¿Cuánto dinero necesitas para sentirte seguro? Una encuesta reveló que la mayoría de los estadounidenses cree necesitar más de un millón de dólares para alcanzar tranquilidad financiera. Detrás de esa cifra late una mentira universal: si logramos acumular suficientes recursos, seremos libres de la ansiedad. Pero Jesús, en Lucas 12, ofrece una perspectiva radicalmente distinta. La vida es más que el alimento y el cuerpo más que el vestido. Las riquezas materiales son cosas buenas, pero nunca fueron diseñadas para ser el centro de nuestra existencia ni la fuente de nuestra seguridad.
Cristo invita a considerar los cuervos y los lirios del campo. Aves impuras que no siembran ni cosechan, flores silvestres que no trabajan, y sin embargo Dios los alimenta y los viste con mayor esplendor que Salomón en toda su gloria. Si el Señor cuida así de criaturas tan efímeras, ¿cuánto más hará por su pueblo? La ansiedad, nos recuerda el texto, es un ladrón cruel que solo quita: roba gozo, descanso, salud y confianza en las promesas de Dios. No añade un solo día a nuestra vida.
El llamado no termina en dejar de preocuparse; continúa con una invitación positiva: buscar el reino de Dios. A quienes lo hacen, el Padre se complace en darles ese reino. La estrategia práctica incluye soltar las ataduras materiales mediante la generosidad —vender bienes y dar ofrendas de misericordia— para acumular un tesoro eterno que ningún ladrón puede robar. Nunca nos arrepentiremos de ser generosos. Las cosas del mundo jamás satisfarán, pero Cristo siempre será suficiente.
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Y como dice Nehemías, el gozo del Señor es su fortaleza, ¿no? Y cada vez que estoy aquí con ustedes me siento fortalecido en el Señor a causa del gozo de Dios, que está aquí evidente en su compañía, en el pueblo de Dios. Entonces, saludos del seminario, de Boyd Skylands, y también saludos de la Iglesia Bautista de Clifton, donde yo sirvo como parte del equipo pastoral y donde tenemos el privilegio y el gozo de tener a Felipe, a Sintia y a Castro con nosotros. Seguro que si Felipe estuviera aquí me daría una bofetada, sino dos saludos. Bueno, aún más, Sintia quizá. Porque todo el mundo conoce a Felipe y a Sintia.
Bueno, vámonos adelante. Vayan por favor, abran sus Biblias en el libro de Lucas, capítulo 12. Entonces abran sus Biblias, enciendan sus pantallas, lo que sea, para ir al evangelio de Lucas, capítulo 12. Y mientras están abriendo, quiero hacerles una pregunta: ¿Cuánto necesitan para estar cómodos? ¿Cuánto dinero, cuántos recursos se necesitan para estar cómodo, para estar seguro?
Esa fue la pregunta que hizo la empresa financiera Charles Schwab al público americano hace uno o dos años. Hicieron un estudio y querían saber cuál era la opinión general del público americano. Y quizá la respuesta les va a sorprender. La mayoría de la gente decía que la figura necesaria, como si fuera un patrimonio neto necesario para estar cómodo, sería 1.1 millón de dólares. Y aún más, para ser rico, la mayoría del público decía que necesitaba 2.4 millones de dólares. No sé cuánto es eso en pesos, pero estoy seguro de que, sea en dólares o en pesos, yo estoy por debajo de ese nivel de seguridad y aún más de confort. De hecho, nueve de cada diez americanos están por debajo de ese nivel de confort.
Pero lo que yo creo que esto nos ayuda a entender un poquito es lo siguiente: cuando una persona dice un número, una figura, lo que refleja de su corazón en ese momento es que si pudiera alcanzar ese nivel de riqueza, podría ser libre de inseguridad, ansiedad y preocupación por el futuro, por su condición. Se sentiría libre, ¿no? Porque le parece que las riquezas le van a dar libertad. Yo creo que eso es lo que está detrás de esa respuesta de la mayoría de la gente. Y claro, esto no es una dinámica exclusiva de Norteamérica o los Estados Unidos; es una dinámica mundial, porque son asuntos de nuestros corazones.
La realidad es que nuestras ambiciones, nuestros deseos y el lugar donde buscamos la seguridad están muy lejos, a veces, de lo que nos enseña Cristo y de lo que nos asegura el Evangelio. El pasaje que vamos a leer en un momento nos dice algo muy diferente: el diseño de Cristo para la vida de su pueblo es muy diferente. Entonces vamos a leer juntos, comenzando en Lucas, capítulo 12. Voy a comenzar leyendo en el versículo 22. Por favor, escuchen la palabra de Dios.
"Dijo a sus discípulos: Por tanto les digo, no se afanen por su vida, qué han de comer, ni por su cuerpo, qué han de vestir. La vida es más que el alimento y el cuerpo es más que el vestido. Consideren los cuervos, que ni siembran ni siegan, ni tienen almacenes ni graneros, y Dios los alimenta. ¿Cuánto más valen ustedes que las aves? ¿Quién de ustedes podrá añadir con afanarse un día a su vida? Pues si no pueden lo que es menos, ¿por qué están afanados por lo demás? Consideren los lirios, cómo crecen; no trabajan ni hilan, y les digo que ni aun Salomón con toda su gloria fue vestido como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba que hoy está en el campo y mañana es echada en el horno, ¿cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe? Ustedes, pues, no busquen qué han de comer o qué han de beber, ni estén ansiosos, porque todas estas cosas las busca la gente del mundo; pero su Padre sabe que necesitan estas cosas. Más bien busquen su reino, y estas cosas les serán añadidas. No teman, manada pequeña, porque a su Padre le ha placido darles el reino. Vendan sus bienes y den ofrendas de misericordia. Háganse bolsas que no se envejezcan, un tesoro inagotable en los cielos, donde no se acerca el ladrón ni la polilla destruye. Porque donde esté el tesoro de ustedes, ahí también estará su corazón."
Esta es la palabra de Dios. Dos mandamientos, dos ideas en general son las que vamos a encontrar en este pasaje, y creo que, gracias a Dios, nos van a ayudar a hacer como un diagnóstico de nuestros corazones. En primer lugar, Cristo nos manda: no te preocupes, no se preocupen, en los versículos 22 al 31.
Y no sé si tienen conocimiento del contexto de este pasaje, pero en el capítulo 12 del mismo Evangelio, Cristo acaba de enseñar una parábola, una historia, de un hombre rico que construía graneros cada vez más grandes para tener como un almacén de riquezas. Y como quizás ustedes saben, al final de esa parábola encontramos que el hombre, en medio de la noche, el Señor viene y le dice: "Vas a morir, voy a tomar tu vida, necio." Esto es lo que dice, así en el versículo 20: "Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedir tu vida, y lo que has provisto, ¿para quién será?" Así es. Escuchen: así es el que hace tesoro para sí y no es rico para con Dios.
Entonces, después de haber dicho eso —la idea de que nosotros somos llamados como el pueblo de Dios a ser ricos para con Dios—, la pregunta es: ¿cuál es el problema? ¿Cuál es el obstáculo que se interpone entre esta idea de que el pueblo de Dios debe ser rico para con Dios y la realidad? Si es tan claro, ¿por qué es tan difícil para la gente? Yo creo que Cristo entiende perfectamente el obstáculo en nuestro corazón: es la ansiedad, la preocupación.
¿Por qué es un obstáculo? Porque la ansiedad me dice: no, no, no, si yo vivo con manos abiertas a Dios, voy a perder el control, voy a perder la seguridad. Mis riquezas son parte de mi identidad, son las cosas que me aseguran que no importa lo que ocurra la semana que viene, o el mes que viene, o el año que viene; si tengo seguridad económica, seguridad financiera, puedo tener verdaderamente seguridad sin importar las circunstancias. Entonces nosotros queremos aferrarnos a la riqueza. La ansiedad nos dice: si no las tengo, tengo inseguridad, y nos roba la oportunidad de ser ricos para con Dios.
Entonces Cristo nos va a dar cuatro razones en este pasaje, cuatro razones por las cuales nosotros no debemos preocuparnos. No solamente tenemos que escuchar el amor del gran Maestro; no solamente dice "no os preocupéis", sino que dice: "Os voy a dar unas razones por las cuales no tienen que preocuparse." Si no tienen confianza en el mandamiento, os voy a dar apoyo para ayudaros a entender el mandamiento.
En primer lugar, veamos por qué no debemos preocuparnos: porque la vida consiste en más. En el versículo 23, eso es lo que dice Jesús: "La vida es más que el alimento y el cuerpo es más que el vestido." Estas cosas —la ropa, el vestido, la comida— son cosas materiales, son cosas buenas. Cristo no dice que son cosas malditas; de hecho, dice que verdaderamente las necesitamos. Incluso cuando nos enseña a orar, nos dice que vamos a pedir al Padre por el pan de cada día; tenemos esas necesidades. Pero son solo cosas; no son la meta ni el objetivo de la vida.
Si usted está aquí esta mañana, por cualquier razón, y no es creyente, no es cristiano, su problema no es que tiene deseos demasiado grandes ni sueños demasiado gigantes. El cristianismo y el Evangelio de Cristo dicen: tú tienes deseos que son demasiado pequeños. Las riquezas materiales son solamente cosas; el Evangelio nos ofrece un tesoro infinitamente más grande.
Y vamos a hablar más de eso en un momento, pero el cristianismo no dice: "No, tú tienes que hacerte, como se dice en inglés, *self-sufficient*", o tienes que bajar tus expectativas por cosas más pequeñas. No, el cristianismo nos ofrece algo aun infinitamente mejor que las cosas materiales. Pero el mundo y nuestros corazones y el pecado nos mienten y nos dicen que la vida se compone de estas cosas: riqueza material, comodidad. Pero la realidad, la verdad —si usted ha sido un creyente por un tiempo— sabe que estas cosas nunca pueden satisfacer.
Tú puedes vivir la vida entera siguiendo y buscando riquezas materiales, y quizá lo vas a conseguir, quizá consigues 2,4 millones de dólares, lo consigues. ¿Te vas a satisfacer? No, nunca. Tú puedes preguntar al más rico del mundo, puedes buscar a cualquier persona y puedes leer biografías. Por ejemplo, ¿cuánto es suficiente? ¿Tu corazón está satisfecho en cosas materiales? No lo vas a encontrar, porque la vida no consiste en estas cosas, dice Jesús. No son innecesarias, no son malas, pero no son el centro de la vida, el propósito, la meta de la vida.
En segundo lugar, ¿por qué no debemos preocuparnos? Porque Dios cuida de los suyos. Vemos esto en el versículo 24 —y es como un bocadillo— y en los versículos 27 al 29, en los dos lados; el versículo 25 al 26 es el pan del bocadillo. ¿Qué significa esto? Bueno, Cristo no solamente dice que no debemos preocuparnos, sino que ahora, como el buen maestro que es, dice: "Les voy a dar unos ejemplos para asegurarles que pueden confiar en que Dios va a proveer por ustedes."
En ese momento pienso: por un minuto, Cristo podría haber dicho: "Bueno, voy a darles una charla acerca de la doctrina de la providencia y una teología sistemática." Pero no hace eso. Dice: "Miren esos cuervos por ahí. Miren esas flores por ahí, los lirios." Esos dos ejemplos —un animal y una flor— son los ejemplos que nos enseñan que Dios cuida de los suyos.
Mira lo que hace. En los versículos 24 al 26 habla de los cuervos. ¿Y por qué los cuervos? De todos los animales que hubiera podido escoger —no sé si había unos cuervos ahí al lado del lugar donde Él estaba enseñando a sus discípulos—, pero por cualquier razón, Jesús elige utilizar a los cuervos como una ilustración. Ahora, yo tengo un prejuicio contra los cuervos. Yo creo que son como ratas con alas: son feos, sucios. Y no solamente es mi opinión personal; si van a leer el Antiguo Testamento van a descubrir que son animales impuros. Entonces yo estoy de acuerdo con Dios en esto, mi opinión de los cuervos: son animales feos, sucios, no hacen nada, no trabajan, comen de los cuerpos de otros animales que han muerto, son sucios.
¿Y qué dice Jesús? Que los cuervos no siembran ni tienen almacenes ni graneros, pero ¿qué hace Dios? Dios alimenta hasta a ellos, hasta los cuervos sucios y malditos. Y la implicación es esta: si el Señor del universo cuida de esta manera por esos cuervos, esas aves sucias, ¿cuánto más va a cuidar por su pueblo? ¿Cuánto más?
En segundo lugar dice: "Mira los lirios, estas flores." Ahora, nos gustan los lirios, son bonitas. Pero ¿cuál es el mismo mensaje? Dice: "Mira estas flores. Echa un vistazo al campo y mira estas flores así del campo. No hacen trabajo, no hacen nada, son completamente dependientes de la tierra, los minerales, el agua y el sol." Y Dios los viste, les da vestido, cuida por estas flores. Y de hecho dice: "De tal manera..." Y quizás estás escuchando y dices: "Bueno, sí, gracias, Jesús. Las flores, qué bien, qué bonitas."
Pero Jesús, que sabe que nosotros necesitamos ser como arrestados en nuestra mente y en nuestros corazones, dice aquí algo asombroso de las flores. No sé si lo escucharon. Les digo, versículo 27: "No trabajan ni hilan, y les digo que ni aun Salomón con toda su gloria fue vestido como uno de ellos." Y yo me imagino que los discípulos —especialmente Pedro— en ese momento estaban como: "¿Cómo? ¿Los lirios del campo más esplendorosos, más gloriosos que Salomón? ¿El rey, el hijo de David, el que construyó el templo, el que tenía tantas riquezas y tesoros materiales que todo el mundo conocía su fama? ¿Cómo puedes decir, Jesús, que los lirios, las flores del campo, tienen más esplendor, más gloria en su vestido que Salomón?"
Porque tenemos los ojos de fe para ver que esos lirios son completamente dependientes de la provisión de Dios. No pueden hacer nada por sí mismos. Y Cristo está diciendo aquí: si el Señor cuida por esas flores que van a perecer y van a ser quemadas en el hogar, y otros lirios van a reemplazarlas, otros lirios van a crecer la semana que viene, si Dios cuida por ellos, ¿cuánto más va a cuidar por su pueblo, por su gente? Lo dice aquí mismo en el versículo 28: "¿Cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe?"
El asunto es este: es un asunto de fe. Tenemos ojos para ver, oídos para escuchar, tenemos corazones que creen y se confían en las promesas de Dios.
Bueno, tercero: ¿por qué no debemos preocuparnos? Porque la vida consiste en más, porque Dios cuida de los suyos, y aquí en el medio del bocadillo, en los versículos 25 al 26, Cristo dice que la ansiedad, la preocupación es inútil y absurda. No debemos preocuparnos porque la ansiedad, la preocupación es inútil y absurda, no sirve para nada. Mira lo que dice: "¿Quién de ustedes podrá con afanarse añadir un codo a su vida? Pues si no pueden lo que es menos, ¿por qué están afanados por lo demás?"
Yo soy pastor, historiador, trabajo en un seminario, en una universidad. No soy científico, pero hasta hoy en mi vida corta no he descubierto cómo hacer que la tierra vaya en una órbita más lenta alrededor del sol. Todavía son 365 días al año. Todavía no he descubierto cómo hacer que cuando la tierra hace su rotación sobre su eje, sean más de 24 horas. No, mi ansiedad no puede hacer que la tierra vaya más despacio en su órbita. No vale para nada, no contribuye nada, es absurdo, es inútil.
Y pausa conmigo para considerar eso, reflexionar un poco sobre esto. Cuando tú y yo nos sometemos a la ansiedad, cuando comenzamos a ser ansiosos acerca de nuestra provisión material, de nuestras circunstancias, ¿cuándo fue la última vez que la ansiedad te dio algo, te dio un regalito? No. La ansiedad es un ladrón. La ansiedad, la preocupación es un ladrón cruel: solo quita, nunca añade, no te da nada, no vale para nada. Pero así nos sentimos. La ansiedad nos roba del gozo, nos roba del tiempo, del descanso, de la alegría, de la salud, de la piedad, de la confianza en las promesas de Dios. No añade nada, no vale para nada.
En cuarto lugar, ¿qué dice Cristo? ¿Por qué no debemos preocuparnos? Ahora nos da una razón positiva: porque buscamos el reino de Dios, en los versículos 29 al 31. Nos ha dado de hecho tres razones por las cuales la ansiedad nos hace daño, pero ahora nos da una razón positiva: porque nosotros, el pueblo de Dios, somos la gente que sigue y vive para el reino de Dios.
Mira los versículos 29 al 31: "Pero ustedes, pues, no busquen qué han de comer o qué han de beber, ni estén ansiosos, porque todas estas cosas buscan la gente del mundo. Pero su Padre sabe que necesitan estas cosas. Más bien, busquen su reino, y estas cosas les serán añadidas."
Es un mensaje muy claro. Pero es como si Dios tuviera que repetirlo, como si Cristo lo tuviera que repetir de nuevo a nosotros. Si Dios alimenta los pájaros, si a las flores les da ropa, les viste, ¿cuánto más va a hacer para sus discípulos? No busquen estas cosas.
Hay una bondad de Cristo en esto, una ternura de Jesús en esto. Les da una orden negativa, como un mandamiento negativo: "No sean ansiosos, no hagan eso." Pero no se detiene ahí. Y Dios siempre opera de esta manera: no solamente nos da mandamientos negativos, prohibiciones; siempre nos da mandamientos positivos. En vez de ser ansioso, busca el reino de Dios. Siempre funciona así la vida cristiana: prohibición, y luego un mandamiento positivo. Busca el reino de Dios. Toma la ambición de tu vida y ponla en el reino de Dios, no en las cosas financieras, no en las cosas materiales.
La realidad, de hecho, es esta: si nosotros no escuchamos esto, si no somos liberados por la gracia de Dios, nuestras posesiones nos van a poseer a nosotros. Pero el diseño de Dios es que nosotros veamos nuestras posesiones como mayordomos de Dios, que veamos que son simplemente cosas que Dios nos ha entregado por un tiempo, y que nosotros poseamos nuestras posesiones, y que ellas no nos posean a nosotros.
Y si dudas el diagnóstico del corazón que nos da Jesús aquí, solamente pausa por un momento y considera la cultura en la cual vivimos. Bueno, considera tu corazón, no solamente la cultura de afuera; considera el corazón aquí adentro, tuyo y mío. Y esto, yo sé —aunque no soy dominicano, ni francés, ni alemán— yo sé que esto no se trata de una sola cultura, por ejemplo en Norteamérica, o en España, o en Alemania, o en Corea, o en Santo Domingo. Esto es un problema global, porque es un problema humano, porque es un problema del corazón.
Nuestras culturas nos mienten y nos dicen que la próxima comida es deliciosa, y ahora tenemos nuestros móviles haciendo fotos de lo que estamos comiendo. "Mira, si tú pudieras comer esta comida, tendrías gozo." ¿Qué gozo te va a traer? No. Tú sabes, estábamos haciendo chiste ayer con unos amigos: nos viene muy fácil quejarnos. Llegamos a esa comida, a ese restaurante así de fama, lo comemos y bueno: "Es que mira, el pan estaba un poco duro y seco." Tenemos una capacidad para quejarnos, nunca somos satisfechos. Pero la cultura y nuestros corazones nos mienten y dicen: "No, no, si tú puedes alcanzar aquello, vas a ser contento, vas a ser satisfecho."
La próxima comida, la ropa, los coches, los hogares, las casas, las vacaciones, una cirugía: esas cosas te van a dar identidad, contentamiento, felicidad. Pero así no funciona con el pueblo de Dios. Eso es lo que está diciendo Cristo. Lo ha dicho aquí: la gente del mundo vive así. ¿Qué significa cuando Jesús dice "la gente del mundo"? Está diciendo "los gentiles", o como si fueran las personas que no conocen a Dios. Y la conexión es importante, no es coincidencia: la razón por la cual ellos buscan estas cosas y viven de esa manera es porque no conocen a Dios. Si conocieran a Dios, no iban a vivir así.
La verdad es que somos seres materiales, somos seres físicos, humanos; tenemos necesidades materiales. Por supuesto, claro que sí. Rogamos, pedimos por pan cada día al Señor, pero nuestras vidas no consisten de estas cosas. Estamos buscando, viviendo para el reino de Dios, y cada otra cosa, cada otro objetivo en la vida, es subordinado a esto.
La verdad es que si tomamos esto al revés, hay un gran peligro aquí para el cristianismo. Está el peligro de que tú y yo podríamos manipular el cristianismo y la fe para hacer que Dios nos dé lo que nosotros queremos. "Dios, yo quiero estas cosas materiales, y yo te veo a ti como si fueras un espíritu especial que me puede dar lo que yo quiero, porque puedes satisfacer mis deseos materiales." Y el cristianismo se convierte ahora simplemente en un vehículo para satisfacer nuestro deseo por las cosas de esta vida. Tenemos que tener cuidado: eso no es el cristianismo, eso no es el evangelio; es un evangelio falso. El pueblo de Dios busca el reino de Dios y vive por un tesoro eterno.
Entonces, Cristo nos ha avisado: no se preocupen, no sean ansiosos, no se afanen. Pero ahora, ¿qué más nos dice? En segundo lugar, en los versículos 32 al 34, dice: inviertan sabiamente. Otra vez, un mandamiento negativo: no se afanen, no se preocupen, no sean ansiosos. Y ahora positivamente: inviertan sabiamente. Inviertan sabiamente.
Mira lo que dice. Con una ternura —yo creo que Cristo veía los ojos de sus discípulos y veía que estaban algo así como... ¿qué?— dice: "No teman, manada pequeña." Ahí, en el versículo 32: no teman, no teman. Él es consciente de la tentación de mirarnos a nosotros mismos y sentir nuestra debilidad. Somos vulnerables, débiles, inseguros; pero nos asegura: no tienen que temer. ¿Por qué? Mira lo que dice en el versículo 32: porque a su Padre le ha placido darles el reino.
La cosa a la cual nos ha mandado a seguir, a buscar —el reino—, en ese mismo momento Cristo dice que a Dios le place daros el reino. ¿Tenéis que buscar el reino? Tienen que buscar el reino de Dios, pero les puedo asegurar que a Dios le da gozo, le place dar el reino a su pueblo. ¡Qué misericordia de Cristo, para asegurarnos que la cosa a la cual hemos sido mandados a buscar, a Dios le place dárnosla! ¡Qué lujo, qué gracia, qué misericordia!
Entonces, ¿cómo funciona? ¿Cómo es que Dios nos llama a invertir de esta manera, a invertir en su reino? Hay que hacerlo de una forma sabia, con sabiduría. Hay dos dinámicas aquí: hay cosas de las cuales nos tenemos que deshacer, y hay cosas que tenemos que ganar. Estas son las estrategias de inversión del reino de Dios: cosas de las cuales nos tenemos que deshacer, y cosas que tenemos que ganar.
En primer lugar, ¿qué dice Jesús? Esto es lo duro de este pasaje. En el versículo 33 dice: "Vendan sus bienes y den ofrendas de misericordia." Y hasta este punto me encanta este pasaje. En nuestra carne, en nuestra naturaleza humana, así yo quiero ser ese tipo de personalidad, es como que Jesús viene y dice: "No, no, no, no, no, no." Es desafiante. Si vas a vivir por mi reino, yo te voy a llamar a vivir de una manera radicalmente diferente que el mundo. Y aquí da un mandamiento: "Vendan sus bienes y den ofrendas de misericordia."
Hay cosas de las cuales nosotros nos tenemos que deshacer. Tenemos que tener cuidado aquí, vale. No es que Jesús esté utilizando aquí una forma de expresarse que debemos entender fuera de contexto. Hay veces en los Evangelios donde encontramos a Cristo en el hogar de un hombre o una mujer con riqueza, y no les dice a ellos: "Vendan todo lo que tienen." No lo hace siempre. Y hay ejemplos —pues ustedes están escuchando el libro de Hechos ahora, creo que cada domingo— hay ejemplos en el libro de Hechos de creyentes en esa etapa que tenían muchos recursos financieros, y los apóstoles no les dicen: "Arrepiéntanse." Ellos van a utilizar sus recursos para el apoyo de la iglesia y para el avance del reino.
Entonces, tenemos que tener cuidado, pero nuestros corazones nos pueden engañar. Por eso necesitamos, como si fuera, el shock de lo que dice Cristo, porque nuestros corazones son duros y celosos. Necesitamos que el peso de este mandamiento se ponga encima de nosotros un poco. No debemos adelantarnos demasiado rápido a decir: "Bueno, esto es una metáfora, es hipérbole, y por eso ya sé." No, no; debemos tener cuidado. Cristo lo dice así por una razón, porque Él conoce nuestros corazones. Nosotros nos podemos mentir a nosotros mismos, nos podemos engañar. Y da un mandamiento radical, como si nos diera un puñetazo hacia el corazón, y dice: "Vendan sus bienes y den ofrendas de misericordia."
Yo creo, verdaderamente, que los oyentes originales de Jesús en este momento —sus discípulos— eran un grupo diverso. Me imagino que había alguno en ese grupo que tenía muchos recursos económicos, algún hombre rico, quizá; pero la mayoría no. La mayoría de sus discípulos no eran de los ricos. Y Jesús no dice: "Bueno, para ustedes tengo este mandamiento, pero para estos tipos de aquí tengo este otro mandamiento." No: les dice a todos, vendan sus bienes y den ofrendas de misericordia. Es un comando, un mandamiento para cortar las cadenas, como si fuera, que se atan a nuestros corazones.
No sé si lo sientes: el poder de las cosas materiales en tu corazón. Es que casi tienen ataduras a nuestros corazones, ¿no? Y Cristo nos está llamando, de una manera muy estratégica, a cortar esas ataduras a nuestros corazones. El deseo por más, el materialismo, el consumismo, las mentiras del mundo que me dicen: "Si yo pudiera conseguir eso, sería feliz; si yo pudiera conseguir eso, tendría seguridad." Está diciendo que la manera por la cual tú vas a hacer batalla contra esas cadenas en tu corazón es cortándolas: dar ofrendas, regalos, ayuda a otros; sé generoso.
Y si quieres ver un ejemplo en vivo de esto, Lucas nos da uno en el capítulo 18 del mismo Evangelio. Quizá conocen esta historia: es la de un hombre joven rico que se acerca a Jesús y le pregunta: "¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?" En la superficie, este joven parece que tiene todo bien; es un hombre moral, dice que ha cumplido la ley. Jesús le mira y le dice: "Aún te falta una cosa. Solo una cosa: vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Y ven, sígueme." Es casi igual que este pasaje de esta mañana.
Y quizás se recuerden cómo respondió ese hombre joven rico. Lucas dice que al oír esto, el hombre se entristeció mucho, porque era muy rico. Su corazón estaba, como si fuera, atrapado por esas cadenas de cosas, de sus riquezas materiales, y fueron las cosas que le prohibían seguir a Cristo. El mandamiento de Jesús de ser generoso aquí es como una prueba: ¿cómo está tu corazón ahora mismo? Si las riquezas materiales son los obstáculos que no te permiten seguir a Cristo, eso revela algo, ¿no?
¿Cómo debemos entonces...? Lucas nos ayuda a entender que ese hombre joven de verdad tenía riquezas materiales, pero tenía una pobreza espiritual. ¿Cómo podemos nosotros evitar ese tipo de pobreza espiritual? Es ese tipo de pobreza que también es eterna. ¿Cómo lo hacemos? Bueno, la estrategia es esta: debemos dar generosamente. Debemos dar generosamente. Hay cosas de las cuales tenemos que deshacernos. Este es el principio para un creyente, ¿no? Nunca —túyanlo bien— nunca nos vamos a arrepentir de ser generosos.
¿Cuándo fue la última vez que el Señor te ayudó a saber que había una necesidad? Quizá la semana pasada: un amigo, un hermano en Cristo, un miembro de tu familia que tenía una necesidad, quizá financiera, una necesidad material. Y tú —bueno, en mi caso yo hablo con mi esposa—: "No sé, ¿dónde estamos en el mes? No sé cuánto nos va a quedar hasta el fin del mes; me parece que esto va a ser difícil, va a ser un sacrificio." Hablamos así por horas, es difícil, nos cuesta. Pero al momento de dar la ayuda material, después de eso, inmediatamente sentimos gozo. Toda esa preocupación —podemos hacer tanto, podemos hacer esto, podemos hacer aquello— en un momento desaparece. Y sentimos el gozo del Señor en haber tenido la oportunidad de haber dado apoyo o ayuda a un hermano, una hermana en Cristo, o a nuestra iglesia. Me imagino que ustedes conocen la misma experiencia. Nunca nos arrepentimos por ser generosos. Nunca vas a tener ese sentimiento de: "Ojalá pudiera volver atrás para haber sido menos generoso." Nunca vas a sentir eso, porque eso no es el diseño de Dios.
Ser generoso de esta manera, en la vida cristiana, requiere intencionalidad; tienes que planear para ser generoso. Típicamente no ocurre de manera espontánea —de vez en cuando sí—, pero típicamente tenemos que planear. Si no planeamos, si no somos intencionales en esto, nuestros corazones, otra vez, nos van a engañar; vamos a ser seducidos por las riquezas. Entonces hay que asegurarse de mantener que esos cables del mundo, esas cadenas del mundo, no se aferren a nuestros corazones. Y la generosidad es una de las estrategias que Dios nos ha dado para ser libres de estas cosas.
Segundo, no solamente hay cosas de las cuales tenemos que deshacernos; hay cosas que hay que ganar.
Mira lo que dice el versículo 33: "Haceos bolsas que no se envejezcan, un tesoro inagotable en los cielos, donde no se acerca el ladrón ni la polilla destruye." Si sus sueños, si sus deseos están limitados a esta vida, vas a ser dejado sin nada en la vida futura. Tú tienes que invertir en cosas que van a quedar en la vida eterna, porque lo que está diciendo Jesús es que la ropa, la comida, las cosas de este mundo van a desaparecer. Va a llegar un tiempo muy pronto, quizá, donde no va a valer para nada.
Tú quieres invertir, tienes que construir bolsas, como si fuera la capacidad de acumular un tesoro eternal. Es increíble lo que nos está diciendo. La manera por la cual nosotros ganamos tesoro eternal es regalando tesoro terrenal. Si quieres ganar tesoro eternal, tienes que deshacerte del tesoro terrenal. Esta es la conexión entre nuestro corazón y nuestro comportamiento. Tenemos amores que están desordenados, queremos hacer ídolos del corazón, pensamos que podemos tener contentamiento y felicidad en las cosas del mundo. Es difícil porque nuestros corazones hacen batalla contra esto.
Déjame hacerles unas preguntas de aplicación en esto. En su carrera profesional, ¿cuál es el objetivo de su carrera profesional? Pues, yo puedo avanzar un poquito aquí, tener una promoción para allá, quizá ganar un poco más de dinero. No hay nada malo con un avance en tu carrera profesional. Pero quizás, si estás buscando el reino de Dios y Dios te da promoción y vas avanzando en tu carrera profesional, quizá no es para que tú puedas tomar más vacaciones, o comprar otra casa, o un coche más grande. Así funcionan la gente del mundo, como dice Jesús.
Quizá Dios te está avanzando en tu carrera para que tú puedas ser movilizado para una obra misionera. Quizá el objetivo de tu vida no es quedarte en Santo Domingo el mayor tiempo posible. Quizá va a llegar un día, ingeniero, abogado, no sé qué, cuando Dios te va a movilizar a otra parte del mundo para una obra misionera. No te más. Pero, ¡qué gloria, qué cosa gloriosa sería eso!
Padres, ¿cuáles son sus deseos más grandes para sus hijos? Si es simplemente que tengan vidas cómodas, con riquezas, que se casen con gente así civilizada, no hay nada malo con eso. Yo creo que mis hijos se casen con unas mujeres civilizadas, claro. Pero la vida no es todo eso. Sea como un padre, espero que su deseo como padres es que nuestros hijos en nuestros hogares conozcan al Señor y sean dispuestos a ser instrumentos en Su mano para Su gloria. ¿No? Amén.
Pero eso va a significar que a veces nosotros vamos a tener que darnos cuenta de que nuestros deseos como padres están desordenados, y necesitamos a la comunidad, a la Iglesia de Cristo para recordarnos: "Mira, hermano, es una cosa buena que tu hija quiere irse a ser misionera a esta parte del mundo. Esto es para la gloria de Dios." Amén y amén.
Quizá en sus matrimonios, el objetivo de su matrimonio no es, como he dicho, tener más tiempo para vacaciones, o hacer más turismo, o hacer más compras. No hay ninguna cosa mala en esas cosas en sí mismas, pero si es el objetivo de tu matrimonio, esas son como son los matrimonios del mundo. El diseño de Dios para su matrimonio es que un marido y una esposa son como herramientas para estimularse el uno al otro para avanzar en su conocimiento de Dios, para crecer en su amor por Dios y por Su reino, y salir como una pareja misionera por todo el mundo. Quizá sea aquí en Santo Domingo donde les va a utilizar en su matrimonio, pero otra vez, quizá el Señor les va a utilizar en otro lugar.
Pero este tipo de mentalidad cambia toda nuestra perspectiva acerca de no solo las cosas materiales, sino del objetivo y la meta de nuestras familias, nuestras carreras, nuestros hogares. Y nos dan la oportunidad de vivir vidas liberadas de la ansiedad, vidas liberadas de la preocupación. Todavía vamos a hacer batalla, claro que sí. Y yo me imagino que hay algunos de ustedes que entraron esta mañana y sentían la carga de la ansiedad, pensaban: "No sé la semana que viene, yo no sé cómo voy a hacer la vida, porque no queda dinero en el banco, no hay gasolina en el coche y no hay comida en la nevera." Pero miren las aves, miren los lirios.
Yo vi un ejemplo poderoso de esto en mi vida. Tenía un colega en el seminario, también uno de los pastores en nuestra iglesia en Louisville, que hace unos años fue a una consulta con su médico y le dijeron que tenía, de forma muy seria y muy grave, cáncer. Y le dijeron un plan de tratamiento: si el cáncer no le iba a matar, el tratamiento le iba a matar. Y ustedes, algunos que han conocido a gente con cáncer, saben eso: si el cáncer no te mata, el tratamiento te puede matar. Hicieron todo lo que podían, tratamiento después de tratamiento. Y llegó un punto, como esto ocurre de vez en cuando, donde el Señor en Su sabiduría decidió no sanarle, y llegó un punto donde los médicos le dijeron: "No hay nada más que podemos hacer, vas a morir."
Y yo le fui a visitar; los otros pastores le estábamos visitando en su hogar, en el hospital, en los días finales. Y llegué, y ese era un profesor de seminario. Le encuentro en la cama y tiene su computadora, tiene la pantalla abierta, y solamente tenía una imagen de un pájaro ahí. Este es un hombre que era, como he dicho, profesor en un seminario, sabía su teología, su doctrina, pero en ese momento de sufrimiento, en ese momento de cierta ansiedad acerca de su futuro, de su familia, él necesitaba la enseñanza más simple de Cristo: "Considera las aves, considera las aves." Si Cristo nos asegura de eso, podemos mirar no solamente a esta vida, sino incluso a la muerte, confiándonos en Cristo.
Si usted está aquí esta mañana y no es un cristiano, el mensaje no es: "Bueno, el predicador me dijo que debo salir de aquí siendo generoso." Eso no es el cristianismo. La generosidad simplemente es una evidencia de que el Señor te ha dado un corazón nuevo, pero la generosidad no te puede salvar. La única razón por la cual tú o yo podemos tener paz en esta vida o paz eternal, la única razón por la cual nosotros podemos tener un tesoro infinito para la eternidad, es porque tenemos a Cristo. Cristo es nuestro gran tesoro.
Entonces, ¿cuánto necesitas? ¿Cuánto es suficiente? Las cosas del mundo nunca van a ser suficientes, las cosas del mundo nunca te van a satisfacer, pero Cristo siempre satisface, Cristo siempre será suficiente.
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