Integridad y Sabiduria
Sermones

Somos testigos: el carácter

Pepe Mendoza 22 septiembre, 2013

El fundamento de nuestro testimonio cristiano descansa en quién es Dios: nuestro creador, formador, redentor, quien nos llama por nombre y nos hace suyos. Pero ese fundamento exige una segunda parte: un carácter que sostenga lo que afirmamos. Si decimos que Dios nos redimió, ¿qué áreas de nuestra vida han cambiado? Si decimos que él nos protege en medio del fuego, ¿cómo ha fortalecido eso nuestro carácter? El carácter es lo que provee integridad, esa coherencia interna que permite actuar de la misma manera en distintas circunstancias. Job lo ilustra perfectamente: tras perder todo, pudo adorar y decir "el Señor dio y el Señor quitó" porque había forjado un carácter íntegro en su caminar con Dios.

La historia de Jeroboam muestra el camino opuesto. Era un hombre valiente, trabajador, con dotes de liderazgo. Dios mismo lo escogió y le prometió el reino de Israel con una condición clara: obediencia completa. El Señor cumplió su palabra, le entregó diez tribus y hasta detuvo una guerra civil para protegerlo. Sin embargo, Jeroboam dejó de mirar a Dios y empezó a temer lo que la gente pudiera hacer. Buscó consejeros que alimentaron sus temores humanos y terminó creando becerros de oro y una religión a su medida. Su carácter no se fortaleció en el Señor sino en sí mismo.

Cuando dejamos de ser testigos por falta de carácter, terminamos siendo testigos de nosotros mismos. Obedezcamos al Señor y no a nuestro corazón, no a la multitud, no a los medios consejos. Porque somos sus testigos, y él sigue siendo Dios.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

En esta mañana quiero invitarles a ver sus Biblias en Primera de Reyes, el capítulo 11. Primera de Reyes, capítulo 11, y vamos a continuar con aquello que estábamos compartiendo la semana pasada: somos testigos.

La semana pasada nosotros estuvimos viendo Isaías, el capítulo 43, los primeros 13 versículos, y descubríamos el fundamento de nuestro testimonio. El fundamento de nuestro testimonio es Dios mismo. Él es la fuente de todo aquello que nosotros somos y de todo aquello que nosotros emprendemos. Como dice Isaías 43:1, Él es nuestro creador, Él es nuestro formador, el que le da sentido y propósito a nuestra vida. Él es nuestro redentor, el que nos compró por precio a pesar de la realidad de nuestro pecado. Él es aquel que nos convoca por nuestro nombre, de tal manera que sabe quiénes somos y nos reconoce de manera personal. Y todo eso trae consigo afirmar, y es Dios que nos afirma, Él es nuestro propietario.

Esa es la razón de ser de nuestra identidad como personas y como cristianos. Cuando alguien nos pregunta quiénes somos, nosotros podemos decir: somos criaturas de Dios a quien el Señor le ha dado una identidad y un propósito, que ha sido rescatado por la sangre preciosa de Cristo, a quien el Señor conoce por mi nombre y de quien el Señor es mi propietario. Es el sentido de nuestra identidad, pero también somos testigos de la seguridad que el Señor le provee a nuestra vida.

El Señor le provee a nuestra vida y esa seguridad no solamente la testificamos a través de la música y los cantos, sino que la experimentamos diariamente: aunque pases por las aguas, yo estaré contigo. Esa es la seguridad que nosotros tenemos, que en medio de todas nuestras circunstancias nosotros podemos reconocer la presencia poderosa de Dios en nuestras vidas caminando con nosotros. Tenemos que pasar por circunstancias difíciles, pero no estamos solos. El Señor nos acompaña y esa es razón para dar testimonio delante del mundo de que nosotros testificamos de un Dios a quien le pertenecemos y un Dios que tiene cuidado de nosotros.

Pero el Señor testifica en Isaías 43 y dice aún más todavía: aunque pases por el fuego, no te quemarás. Y algo notable en nuestro testimonio como cristianos es poder reconocer que, aunque ha habido circunstancias en nuestra vida que hubieran acabado con nosotros porque así debió ser, eso no se dio por el decreto soberano de Dios. Aunque pases por el fuego, no te quemarás ni la llama arderá en ti. No es que ahora mi cuerpo es anticombustión; lo que sucedió fue que el Señor, de manera soberana y por parte de su decreto, Él decretó que el fuego no me toque. Eso es parte de mi testimonio también. Nosotros testificamos de esa presencia y de la intervención divina del Señor en nuestras vidas.

Ustedes son mis testigos, dice más adelante Isaías 43. Son testigos míos para que me conozcan, para que me sigan conociendo, para que crean en mí y para que entiendan que yo soy Dios y no hay otro dios formado por hombre que pueda hacer lo que yo estoy haciendo en sus vidas. Esa es la naturaleza de nuestro testimonio: la naturaleza de un Dios que interviene y un Dios que reconoce que lo que Él anuncia, nadie lo va a revocar. Nosotros podríamos sostenernos en esa verdad y esa verdad es el fundamento de nuestro testimonio.

Ahora, ese fundamento de nuestro testimonio requiere una segunda parte. No podemos quedarnos solamente con aquello que el Señor ha decretado. ¿Cuál es la expectativa de Dios para todo aquel que recibe este precioso regalo de la intervención de Dios en su vida? Ahora nosotros tenemos que decir: somos testigos, y el Señor requiere un carácter, un carácter que sostenga esto que estamos afirmando y un carácter que sea el resultado de este obrar de Dios.

Si Dios es mi creador, pues tiene que haber un carácter que lo sostenga. Si yo digo que le ha dado propósito a mi vida, tiene que haber un carácter que sostenga este propósito. Si yo digo que Él me ha redimido, ¿qué áreas de mi carácter han cambiado para que yo reconozca que Dios me ha comprado por precio? Si el Señor me llama por mi nombre, ¿cómo es que mi carácter debe sostener ese llamado de tal manera que cuando Dios me llama yo pueda levantar mi cabeza y decirle aquí estoy, Señor? Si yo soy propiedad de Dios, ¿cuál es el carácter que el hijo de Dios debe tener que respalde ese llamado del Señor?

Si en medio de las circunstancias de mi vida en las que yo he ido caminando, el Señor me fue proveyendo su presencia, su sostén, su abrigo, su abrazo, ¿cómo es que eso ha ido cambiando mi carácter, fortaleciéndolo y haciendo que se parezca más al carácter de mi Señor Jesucristo? Si el Señor me sostuvo y me apartó de las llamas del fuego, cuando yo merecía ser quemado producto de lo que yo hubiera hecho, pero el Señor decretó que no me queme, ¿cómo eso afectó mi carácter? Si el Señor declara que yo soy su testigo, que estoy conociéndolo, creyéndole, que yo estoy entendiendo que Él es Dios, ¿cómo me está afectando eso a mí de tal manera que mi carácter se ve transformado por aquello que el Señor está haciendo en mi vida? Somos testigos de mi carácter.

La palabra griega para carácter es usada originalmente como la impresión que se hacía sobre una moneda, el rasgo característico que le daba a una moneda un valor determinado y una denominación determinada. Eso era el carácter. Cuando nosotros hablamos del carácter, lo hablamos en dos sentidos. Lo hablamos en el sentido de las características propias, inherentes a una persona. A veces hablamos del carácter en el sentido de una herencia. "Hoy ese muchacho sacó el carácter del padre", lo decimos muchas veces, ¿verdad? Como en relación a que se parece a la formación recibida por el padre, tiene ciertas cosas y ciertos rasgos que solamente pueden haber salido de manera heredada.

Pero básicamente el carácter no solamente tiene que ver con esas características propias, sino que también tiene que ver con los atributos, los valores, las cualidades desarrolladas que determinan la ética y las acciones de una persona. Yo forjo mi carácter. El carácter lo voy determinando en la medida en que voy caminando en la vida y voy asumiendo valores y voy asumiendo principios y voy asumiendo comportamientos que se van forjando en mi propio corazón.

Si decimos que estamos caminando con el Dios de Isaías 43, quien ha decretado nuevamente que Él es mi creador, que Él es mi formador, que Él es mi redentor, que Él me convoca por mi nombre y que Él es mi propietario, ¿cómo eso ha afectado mi carácter? ¿Y en qué medida ese carácter testifica también de la presencia de ese Dios en mi vida?

El carácter es lo que me provee integridad. La integridad es el cúmulo de valores, el cúmulo de acciones y fortalezas que en mi vida hacen que yo sea una persona completa, sin grietas, sin carencias, que tengo un molde unificado de pensamientos, de acciones, de sentimientos, que le dan coherencia a mi vida, conexión, relación lógica, sentido. Una persona de integridad es una persona que va a actuar de la misma manera en diferentes oportunidades y circunstancias, porque tiene un carácter unificado, un carácter probado, un carácter forjado.

Quizás la persona que más caracteriza esa realidad en la Biblia es la persona de Job, este siervo sufriente de Dios. En el primer capítulo y el segundo capítulo nosotros encontramos, brevemente se lo voy a mencionar porque no es la razón de ser de nuestro texto, pero para entender el carácter como este ente unificado que permite sobrevivir a las circunstancias. Después de que se le habían anunciado que habían venido tribus de afuera y le habían robado, que habían sucedido desastres naturales que habían acabado con su ganado, después de que le habían anunciado la muerte de sus hijos, dice la Palabra: "Entonces Job se levantó, rasgó su manto, se rasuró la cabeza, y postrándose en tierra, adoró y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El Señor dio y el Señor quitó, bendito sea el nombre del Señor". En todo esto, Job no pecó ni culpó a Dios.

Job se preparó debido a la cultura de su tiempo y él se postró en adoración, se rasuró la cabeza producto del duelo que él iba a hacer, pero el carácter unificado de Job permitió que él no se desborde producto de las circunstancias. Él conocía al Señor y por lo tanto él decía: el Señor dio y el Señor quitó. Él es mi creador, Él es mi formador, Él es mi propietario, Él sabe quién yo soy, Él no me deja solo, cuando yo pase por las aguas Él va a estar conmigo, el Señor me hubiera apartado de esta prueba si Él hubiera deseado. Él había fortalecido su carácter.

En el capítulo siguiente, cuando aparece que él pierde su salud, nosotros conocemos este pasaje. Dice: "Entonces su mujer le dijo", y ahí viene la frase: "¿Aún conservas tu integridad?" ¿Aún conservas tu integridad? O sea, ¿tú no te has partido en pedazos? ¿Es que no ha quedado una grieta por ahí donde podamos meter algo y romperte? Todavía estás íntegro. "Maldice a Dios y muérete". Pero él le dijo a su mujer: "Como habla cualquier mujer necia has hablado. ¿Aceptaremos el bien de Dios y no aceptaremos el mal?" En todo esto, Job no pecó con su lengua.

Esta integridad, esta fortaleza de carácter, nosotros a veces la esperamos como un milagro. Nosotros queremos que eso suceda como un milagro cuando pasamos por circunstancias difíciles, pero en realidad no se trata de un milagro sino del proceso de convivir con un Dios que va fortaleciendo mi carácter y lo va haciendo cada vez más íntegro. No es el resultado de lo que va a suceder instantáneamente en un momento de prueba determinado. Va a ser el resultado del trabajo de Dios, el trabajo continuado en mi alma, donde mi carácter va adquiriendo cohesión, va adquiriendo coherencia, se va haciendo íntegro.

Y eso sucede producto de lo que Isaías 43 señala. El Señor se presenta, yo tengo que reconocerle continuamente como el Creador, como el Formador, como el Redentor, como el que me convoca por mi nombre. Yo no me puedo ocultar de Él, Él sabe quién yo soy, Él es mi propietario. Y el Señor nos invita a que nosotros como testigos sigamos conociéndole, sigamos creyendo en Él, sigamos entendiendo que lo que nos está sucediendo no es casual, es el obrar del Dios Jehová, el Dios revelado. El Señor no ha cambiado en su deseo de seguir resaltando el carácter personal en nuestras vidas.

De tal manera que el Señor nos ha puesto como testigos y nos ha dado el fundamento de su presencia, pero ahora, en segundo lugar, Él está requiriendo que nuestro carácter sea establecido. Por eso es que yo he querido invitarles a ir a Primera de Reyes capítulo 11. Al principio, durante varios días de la semana, yo estuve trabajando sobre otro personaje de la Biblia, un personaje virtuoso. Aquí no le gusta compararse con el personaje ganador. A todos nos encanta ir a ver una película y siempre vamos a estar nosotros del lado del héroe, ¿verdad? Nos vamos a sentir que sus cualidades son las nuestras, vamos a tener una empatía formidable con el héroe y con todas sus características. Sin embargo, yo quisiera ir a otro personaje.

En Primera de Reyes capítulo 11 nosotros nos vamos a encontrar con la aparición de un hombre conocido como Jeroboam, hijo de Nabat. Solamente para mostrarles en relación que tiene que ver con nuestro tiempo, si en el tiempo de Jeroboam o quizás algunos años después alguien en Judá lo hubiera querido poner a su hijo Jeroboam, hubiera sido como querer ponerle en nuestro tiempo a nuestro hijo Hitler o Stalin, por llamarlo de alguna manera. Entendieron, ¿verdad? Algunos entendieron.

Realmente este personaje, Jeroboam, es en la Biblia un sinónimo de vergüenza y corrupción. Una y otra vez leemos frases como estas, por ejemplo: "E hizo lo malo ante los ojos del Señor y anduvo en el camino de Jeroboam y en el pecado con que hizo pecar a Israel." Hablando de otro rey, en otra época, siempre lo ponen como sinónimo, su maldad como sinónimo a lo que Jeroboam hizo en algún momento. En los libros históricos también encontramos amenazas como estas: "Haré tu casa como la casa de Jeroboam, hijo de Nabat, por la provocación con la que me has provocado a ira y porque has hecho pecar a Israel." Realmente, acercarnos a Jeroboam es acercarnos a un problema serio, pero yo quisiera que podamos ir a la vida de este hombre y podamos encontrar de alguna manera en qué medida el carácter no permite que nosotros seamos verdaderos testigos del Señor.

En Primera de Reyes capítulo 11, los versos 26 al 28, acompáñenme por favor. Abran sus Biblias, enciendan sus Biblias como ustedes les gusta, pero acompáñenme en esta lectura. Primera de Reyes capítulo 11, los versos 26 al 28: "Y Jeroboam, hijo de Nabat, un efrateo de Sereda, cuya madre, una mujer viuda, se llamaba Serúa, era siervo de Salomón y se rebeló contra el rey. Y esta fue la causa por la cual se rebeló contra el rey: Salomón había edificado el Milo y cerrado la brecha de la ciudad de su padre David. Este Jeroboam era guerrero valiente, y cuando Salomón vio que el joven era industrioso, lo puso al frente de todo el trabajo forzado de la casa de José."

¿Quién era este Jeroboam que aparece por primera vez aquí en este pasaje? Jeroboam era hijo de Nabat, era un efrateo, por lo tanto era descendiente de Efraín, uno de los hijos que le nació en Egipto a José, el hijo de Jacob. El pasaje nos habla, y aunque ustedes saben que el texto bíblico es bastante sencillo en sus descripciones, nos dice que él era un efrateo de Sereda, una localidad que es desconocida en este momento, no se han encontrado vestigios arqueológicos de esta ciudad, probablemente una aldea muy pequeña. Sin embargo, nos da algunas características de este hombre. Dice: "Cuya madre, una mujer viuda, se llamaba Serúa." Acá hay una cosa interesante: cuando se menciona que era hijo de una mujer viuda, probablemente Jeroboam había sido de un origen muy humilde, al señalar que era hijo de una madre viuda, por todos los problemas que la viudez ya consigo en el Israel antiguo.

Se nos dice que él era siervo de Salomón, pero se nos habla en el verso 28 que este Jeroboam era guerrero valiente. Una de las características fundamentales de un joven de ese tiempo era su capacidad de poder servir militarmente a su rey. Y señalarlo como un guerrero valiente era realmente, podríamos señalar, un título que valía mucho en el currículo de ese tiempo. Era un guerrero, y no solamente un guerrero, sino que él era un guerrero valiente. Y no solamente era un guerrero valiente, sino que continuando con el verso 28 dice: "Y cuando Salomón vio que el joven era industrioso." Que era industrioso era que él era trabajador, que ponía manos a la obra. Es como podemos señalarlo: un muchacho trabajador, un muchacho de origen humilde, un hombre valiente, un hombre que aparentemente tenía también dotes de liderazgo, porque se nos dice en el pasaje que Salomón lo vio y lo vio como un hombre trabajador y lo puso al frente de todo el trabajo forzado de la casa de José.

Definitivamente este era un muchacho que a simple vista había salido desde abajo, tenía características que evidenciaban sus capacidades en ese momento: era un guerrero valiente, era un buen trabajador, tenía dotes de liderazgo. Se le entregó el manejo de los obreros para las obras de Salomón, que eran muchos, especialmente de la tribu de José, que era una de las más grandes. Por lo tanto, dentro de las gerencias generales de trabajos forzados, quizá él recibió una de las mejores. Hasta este momento nosotros podríamos hablar de una historia de éxito.

Ahora, hay algo interesante que es necesario notar y ver en el contexto histórico. Nosotros vemos que en este momento, si le damos la vuelta a la página, y perdón, Primera de Reyes capítulo 11 empieza con la apostasía y las dificultades de Salomón. Salomón se había hecho un hombre rico, poderoso, había asegurado las fronteras de su nación. Sin embargo, él se había descuidado en algo que es muy importante reconocer: yo no puedo ser sabio sin ser obediente al Señor, yo no puedo ser sofisticadamente sabio sin ser sencillamente obediente al Señor. Y Salomón se había convertido en un sabio sofisticado, pero se había olvidado de que la sabiduría empieza con el temor de Dios, con la obediencia al Señor. Y él había olvidado uno de los mandamientos principales y más claros del Deuteronomio. Deuteronomio 17:17 dice: "Tampoco el futuro rey tendrá muchas mujeres, no sea que su corazón se desvíe; tampoco tendrá grandes cantidades de oro y plata." Un mandamiento muy sencillo que simplemente el gran sabio Salomón debió obedecer.

Cuántos de nosotros nos sentimos sumamente sabios en los detalles más difíciles de la Palabra, pero nos olvidamos de los pasajes más sencillos que el Señor nos invita a obedecer y que no requieren más interpretación que el leerla. Pero a veces esos son los de aquellos que estamos más lejos en nuestra vida.

Lo cierto es que si leemos Primera de Reyes 11 del 5 al 8, nosotros nos vamos a dar cuenta de la terrible devastación espiritual en la que Salomón había caído: "Salomón siguió a Astoret, diosa de los sidonios, y a Milcom, ídolo abominable de los amonitas. Salomón hizo lo malo a los ojos del Señor y no siguió plenamente al Señor como le había seguido su padre David. Entonces Salomón edificó un lugar alto a Quemos, ídolo abominable de Moab, en el monte que está frente a Jerusalén, y a Moloc, ídolo abominable de los hijos de Amón. Así hizo también para todas sus mujeres extranjeras, las cuales quemaban incienso y ofrecían sacrificios a sus dioses. Y el Señor se enojó con Salomón porque su corazón se había apartado del Señor, Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces y le había ordenado en cuanto a esto, que no siguiera a otros dioses, pero él no guardó lo que el Señor le había ordenado." Y ahí nosotros tenemos entonces esta tremenda situación, y esto trajo consigo probablemente una serie de desórdenes públicos que son manifiestos en la manera en que este rey gobernaba.

De acuerdo a la Escritura, Salomón estaba en un proceso de trabajo de grandes obras, del desarrollo de grandes obras monumentales que eran la prueba de su grandeza y su gobierno. Salomón entonces estaba construyendo la casa de Dios, estaba construyendo el Palacio Real, estaba construyendo el muro de Jerusalén, estaba construyendo una fortaleza militar en Milo, que eran unas columnas para salvaguardar Jerusalén, y estaba construyendo en ese mismo momento dos fortalezas militares. Eso le generó la necesidad de mucho trabajo forzado, y ahí es donde aparece Jeroboam haciendo ese trabajo.

Lo interesante del texto, simplemente para contarles la historia para que nosotros nos ubiquemos en este momento: desde el primer momento en que aparece Jeroboam en el 11:26, dice que él se rebeló contra el rey, él se rebeló contra el rey. Era evidente que había mucho malestar en Israel producto de esta leva, este trabajo forzado, este trabajo que estaba llevando al pueblo de Israel a mucho cansancio. Un rey que se había apartado de Dios, un rey que no estaba caminando conforme al consejo de Dios, era un rey que definitivamente le estaba causando dolor a su pueblo. Y se nos habla de una rebelión de parte de este hombre Jeroboam, que era un hombre distinguido en ese momento. Lo cierto es que nosotros desconocemos cuál fue la causa de su rebelión. Simplemente, la palabra "rebelarse" que se usa aquí en el pasaje dice que Jeroboam levantó la mano contra Salomón. No es que le puso la mano, sino que levantó la mano. No se nos abre en el pasaje de que fue una rebelión para derrocar al rey, no fue una insurrección.

Quizás lo que fue es una gran reclamación en contra de los trabajos forzados que el pueblo estaba obligado a hacer, por los trabajos forzados o por las condiciones del trabajo forzado. Lo cierto es que en Primera de Reyes capítulo 11, el verso 40, nosotros encontramos que dice: "Salomón procuró dar muerte a Jeroboam, pero Jeroboam se levantó y huyó a Egipto, a Sisac rey de Egipto, y estuvo allí hasta la muerte de Salomón." Los estudiosos dicen que puede haberse tratado de un período de exilio de unos 10 a 12 años, en donde Jeroboam, después de haber levantado la mano contra Salomón y haberse ganado el odio del rey, sabiendo que su vida corría peligro, huye a Egipto y permanece allí por varios años.

Esa es la historia natural de este hombre. Así como nosotros tenemos nuestras historias naturales que están llenas de recuerdos y circunstancias, situaciones donde se manifiesta en nuestro currículum nuestro talento, nuestras virtudes, nuestras fortalezas, nuestras debilidades, nuestros éxitos y nuestros fracasos. Sin embargo, así como en nuestras vidas también el Señor ha irrumpido de manera soberana en un momento menos pensado, así también el Señor irrumpió en la vida de este hombre de manera particular para cambiarla de una vez y para siempre.

En Primera de Reyes, el capítulo 11, del verso 29 hasta el verso 39, nosotros nos encontramos con un gran paréntesis, un gran paréntesis en donde el Señor irrumpe en la vida de Jeroboam y le dice: "Yo tengo un encargo especial para ti. Yo tengo un encargo para ti que yo quiero que tú cumplas." Un profeta llamado Ahías silonita se le presenta en el camino cuando Jeroboam está saliendo de Jerusalén y está descendiendo de Jerusalén, probablemente después de haber tenido algún tipo de reunión de trabajo. Él está saliendo de Jerusalén y este profeta se le planta en el camino. Se nos cuenta que él tenía un manto nuevo; la idea de manto nuevo es un manto muy valioso, muy costoso. Y el profeta se planta delante de él, se saca el manto y rompe el manto, que en ese momento era algo sumamente costoso, y lo rompe en 12 pedazos. De una manera simbólica lo rompe en 12 pedazos.

Y después de haberlos roto, dice el verso 31 del capítulo 11 de Primera de Reyes: "Y dijo a Jeroboam: Toma para ti diez pedazos, porque así dice el Señor Dios de Israel: He aquí, arrancaré el reino de la mano de Salomón, y a ti te daré diez tribus." Imagínense este momento, ese momento en donde este hombre sin mayores expectativas es detenido por este profeta y este profeta le lanza esta tremenda declaración: "He aquí, arrancaré el reino de la mano de Salomón, y a ti te daré diez tribus."

Lo cierto es que esta convocación de parte de Dios no implicaba que el Señor estaba mirando a Jeroboam de manera especial. En realidad se trataba de sus asuntos, y Él estaba buscando un instrumento, un siervo, un testigo para que cumpla sus propósitos, porque en todo el pasaje no se habla de Jeroboam sino se habla del plan de Dios.

Leamos a partir del verso 32, por favor, del capítulo 11. Dice: "Pero él tendrá una tribu por amor a mi siervo David, y por amor a Jerusalén, la ciudad que he escogido entre todas las tribus de Israel. Porque me han abandonado, y han adorado a Astoret, diosa de los sidonios, a Quemos, dios de Moab, y a Milcom, dios de los hijos de Amón, y no han andado en mis caminos para hacer lo recto delante de mis ojos, y guardar mis estatutos y mis ordenanzas como lo hizo su padre David. Sin embargo, no quitaré todo el reino de su mano, sino que lo haré príncipe todos los días de su vida, por amor a mi siervo David, a quien escogí, el cual guardó mis mandamientos y mis estatutos. Pero quitaré el reino de mano de su hijo, y te lo daré a ti, es decir, las diez tribus. Y a su hijo daré una tribu, para que mi siervo David tenga siempre una lámpara delante de mí en Jerusalén, la ciudad que yo he escogido para poner allí mi nombre."

El Señor no estaba hablando de Jeroboam; el Señor estaba hablando de sus planes y propósitos, porque no se trata de nosotros, se trata de su plan perfecto y la posibilidad de que el Señor, por pura gracia, nos permita colaborar en sus planes perfectos.

Lo cierto es que el llamado se convierte en algo precioso en Jeroboam. Miren lo que el Señor le dice en los versos 37 al 39: "Y a ti te tomaré, y reinarás sobre todo lo que deseas, y serás rey sobre Israel. Y sucederá que si escuchas todo lo que te ordeno, y andas en mis caminos, y haces lo recto delante de mis ojos, guardando mis estatutos y mis mandamientos como hizo David mi siervo, entonces estaré contigo y te edificaré una casa perdurable como la que edifiqué a David, y yo te entregaré a Israel."

Esto no es algo que estaba en los planes de Jeroboam; esto es algo que surgió del corazón de Dios. "A ti te tomaré, tú reinarás, serás rey sobre Israel." Esto no es un derecho de Jeroboam, es algo que Dios le estaba entregando. Le estaba dando un nuevo sentido de identidad, lo estaba convirtiendo en su testigo, le estaba diciendo: "Yo te voy a dar a ti, yo te voy a tomar, tú reinarás sobre Israel, tú serás el rey de Israel, no porque tú lo merezcas, sino porque así lo he deseado yo."

"Y yo te voy a poner una condición en tu carácter." Miren lo que sigue diciendo en el verso 38: "Y sucederá que si escuchas todo lo que te ordeno, y andas en mis caminos, y haces lo recto delante de mis ojos, guardando mis estatutos y mis mandamientos como hizo David mi siervo." Si escuchas todo lo que yo te ordeno, si andas en mis caminos, si haces lo recto, si guardas mis estatutos y mis mandamientos, y ahí está el ejemplo de David. El Señor está poniendo una condición de fortalecimiento de carácter: te voy a dar un reino, esa es tu nueva identidad, tú serás rey, pero yo reclamo obediencia perfecta. Esa es la condición de fortalecimiento de tu carácter.

"Y yo te prometo entonces mi presencia: entonces estaré contigo, y te edificaré una casa perdurable como la que edifiqué a David." El Señor promete su presencia, y el Señor promete su actuación y su protección. Y el Señor le dice: "Y yo te entregaré a Israel, y afligiré la descendencia de David por esto, mas no para siempre."

El Señor está allí. La identidad y la seguridad está en este pasaje, tal como lo vimos en Isaías 43, pero este pasaje le añade a Jeroboam una condición de fortalecimiento de carácter: tú tienes que escuchar todo, no una parte, no lo que te conviene, no lo que te gusta, no de vez en cuando. Tú tienes que escuchar todo lo que yo te ordeno, tienes que andar en mis caminos, tienes que hacer lo recto delante de mis ojos, tienes que guardar mis estatutos, tienes que guardar mis mandamientos. Entonces yo voy a estar contigo.

Ahora, Jeroboam, señores, las tiene todas: guerrero valiente, industrioso, líder, y ahora llamado por el Señor de una manera particular. El Señor lo toma y le dice: "Voy a hacer esto contigo porque yo lo quiero de esa manera." Sin embargo, no es la historia que nosotros oímos de Jeroboam más adelante. Más adelante, simplemente para hacerles la historia breve, ya que el tiempo va corriendo, muere Salomón. Roboam su hijo toma el reino, un muchacho necio, o un hombre necio, que toma el reino y no escucha las quejas naturales del pueblo, producto de todos los años de trabajos forzados, y eso genera una rebelión.

Jeroboam es llamado desde Egipto y él lidera esta presentación de queja. Jeroboam se presenta delante de Roboam y le dice: "Roboam, tu padre nos sujetó a un tremendo yugo, a una tremenda carga. Si tú nos bajas esa carga, nosotros vamos a servirte con alegría." Eso fue lo que Jeroboam fue a decirle a Roboam, hijo de Salomón, el día de su proclamación como rey. Roboam le dijo: "Denme tres días, voy a consultar a ver qué cosa me dicen mis consejeros."

Los ancianos que fueron convocados le dijeron: "Oye, baja la carga de tu padre Salomón y tú vas a tener a estos tus súbditos sirviéndote para siempre." Él no escuchó este consejo, sino que fue donde los jóvenes, donde sus amigos de la juventud, a preguntarles: "¿Y ustedes qué opinan?" Y ellos le dijeron: "No, no, no, no. Tú eres el rey. Mira, si Salomón lo hizo así, tú lo tienes que hacer el doble, porque tú eres doblemente más grande que Salomón. El tamaño de tu dedo meñique es más grande que la cintura de Salomón, y con ese dedo los vas a aplastar."

¿Qué sucedió? Lo que tenía que suceder. Israel se rebela y Jeroboam, conforme al plan de Dios, es nombrado rey. Y esto no es ajeno a la intervención de Dios. Dice 1 Reyes 12:15 —espero que me estén siguiendo, porque esta es una historia vibrante, no se me queden en el camino, el que pestañea pierde— dice: "El rey no escuchó a su pueblo, no escuchó al pueblo, porque lo que había sucedido era del Señor, para que Él confirmara la palabra que el Señor había hablado por medio de Ahías silonita a Jeroboam, hijo de Nabat."

Nuevamente, el Dios que da un orden es el Dios que interviene y hace que todas las circunstancias se realicen conforme a su plan. Esto era parte de la confirmación del plan de Dios, para que Él confirmara la palabra que el Señor había hablado. Aun este Roboam necio había sido usado por Dios para confirmar lo que el Señor Dios todopoderoso le había prometido a Jeroboam.

Y no solamente eso, sino que cuando Roboam se vio destronado y una gran parte de Israel se va con Jeroboam, él anuncia una guerra, él anuncia la salida a una gran batalla. El capítulo 12, el verso 21 dice: "Cuando Roboam llegó a Jerusalén, reunió a toda la casa de Judá y a la tribu de Benjamín, ciento ochenta mil hombres guerreros escogidos, para pelear contra la casa de Israel y restituir el reino a Roboam, hijo de Salomón." No solamente hubo un momento de crisis, sino que ahora aparentemente nacía una guerra civil. Ciento ochenta mil hombres estaban dispuestos a pelear por Roboam para restituir el orden al reino dividido.

Pero nuevamente el Señor interviene y envió un profeta, dice el verso 22, llamado Semaías, un hombre de Dios que fue a hablarle a Roboam, diciéndole el verso 24: "Así dice el Señor: No subiréis ni pelearéis contra vuestros hermanos los hijos de Israel. Vuelva cada uno a su casa, porque de mí ha venido esto." Y ellos escucharon la palabra del Señor y se volvieron para irse conforme a la palabra del Señor.

El Señor confirmó el reino a Jeroboam a través de la necedad de Roboam, el hijo de Salomón. Y el Señor le confirmó el reino a Jeroboam impidiendo una guerra civil. El Señor hizo estas dos cosas. Lamentablemente, no fue Roboam ni la guerra lo que derrotó a Jeroboam; fue la debilidad de su propio carácter.

Vamos a ver qué hace Jeroboam. Tenemos unos diez minutos, vamos a darle vuelta a esa realidad. Dice el verso 25: "Entonces Jeroboam edificó Siquem en la región montañosa de Efraín y habitó allí, y de allí salió y edificó Penuel." Como todo rey, tenía que ir edificando ciudades en donde él iba a gobernar.

Y en el verso 26 empieza el resquebrajamiento de su corazón: "Y Jeroboam se dijo en su corazón: Ahora el reino volverá a la casa de David. Si este pueblo continúa subiendo a ofrecer sacrificios en la casa del Señor en Jerusalén, el corazón de este pueblo se volverá a su señor, es decir, a Roboam rey de Judá, y me matarán y volverán a Roboam rey de Judá."

¿Quién es el que lo puso como rey? El Señor. ¿Quién es el que lo protegió contra una guerra civil? El Señor. Pero él no reconoció a Dios como testigo que afirmaba su identidad y su seguridad. Ahí él podía reconocer que dependía de Dios mismo.

¿Cuántas veces el Señor hace algo en nuestras vidas producto de que somos sus criaturas? Él es nuestro formador, Él es nuestro redentor, Él nos llama por nuestro nombre. Somos de su propiedad, nos saca de las aguas, no deja que el fuego nos queme. Y cuando el Señor nos pone en la situación en la que por su gracia estamos, nosotros empezamos a dudar que viene de Él. Eso es lo que hizo Jeroboam.

Jeroboam empezó a pensar en su corazón que el Señor no tenía un plan perfecto para su vida, que se había olvidado de un pequeño detalle. El Señor dividió el reino y el Señor se lo confirmó. Pero el pequeño detalle era que los israelitas tenían que seguir adorando en Jerusalén, porque el Señor no iba a dividir la religión judía, pero iba a confirmar a Jeroboam como rey sobre Israel. Pero él dijo: "Aquí hay algo malo, porque ya no se trata de Dios quien me ha confirmado, sino de lo que la gente pueda hacer."

Jeroboam saca los ojos de Dios, quien lo había protegido, guardado, prometido y asegurado su presencia, y trasladó su mirada de los ojos en Dios a lo que la gente pudiera o no pudiera hacer. Y eso es lo que nosotros hacemos tan a menudo. El Dios que nos habla con absoluta claridad nos asegura una cosa, pero nosotros bajamos la mirada y empezamos a ver lo que los hombres están haciendo, y tememos a los hombres antes que a nuestro Señor.

Esa era la gran debilidad de carácter de Jeroboam. Y él, en lugar de mirarse como un siervo de Dios en que el Señor estaba cumpliendo un plan perfecto en donde no se trataba de él sino del Señor, él empezó a ver su propia conveniencia. Él empezó a ver si las circunstancias le eran favorables o desfavorables. Él cambió el eje central de su propia vida de la voluntad de Dios a su propia voluntad. Él no se fortaleció en el Señor, él se fortaleció a sí mismo y le tuvo temor a los hombres. Y no se puede ser testigo del Señor bajo esa realidad.

Él recibió la claridad de un mensaje de parte de Dios en donde Dios le estaba prometiendo que él iba a ser rey. Y si tú me obedeces en todo lo que yo digo y guardas tu corazón, yo soy el que voy a fortalecer tu casa para siempre. Pero él no miró la promesa de Dios. Él miró a los israelitas. Y nosotros hacemos eso todo el tiempo, todo el tiempo.

El pasaje continúa y dice: "Y el rey tomó consejo e hizo dos becerros de oro, y dijo al pueblo: Es mucho para vosotros subir a Jerusalén. He aquí vuestros dioses, oh Israel, los cuales te hicieron subir de la tierra de Egipto. Puso uno en Betel y el otro lo puso en Dan. Y esto fue motivo de pecado, porque el pueblo iba aún hasta Dan a adorar delante de uno de ellos."

Dice que el rey tomó consejo. ¡Qué importante es tomar consejo, verdad! Pero ¿qué clase de consejo es ese que lo hace apartarse de lo que el Señor le había prometido? ¿Qué clase de consejeros él encontró que simplemente le confirmaron sus temores humanos y lo único que le permitieron hacer fue dos ídolos para que el pueblo de Israel se aparte de Dios? Dos becerros de oro, y le dijo al pueblo: "Es mucho para vosotros subir a Jerusalén. He aquí vuestros dioses, oh Israel, los cuales te hicieron subir de la tierra de Egipto."

Yo me imagino a esos consejeros: "Mira, tenemos que hacer algo. Mira, es verdad, si ellos van a Jerusalén, no importa lo que Dios te haya dicho, lo cierto es que se van a apartar de ti porque van a ver el palacio y van a pasar por delante de Roboam y los van a convencer, y luego a ti te van a matar. Hagamos algo, busquemos en la Biblia, a ver alguna parte, algún texto donde haya algo que hayan hecho los israelitas que les haga recordar. ¡Ya sé! ¿Tú te acuerdas que Aarón en el desierto qué hizo? Un becerro. ¿Y qué dijo Aarón cuando construyó el becerro de oro? ¿Y con qué lo construyó? Con los aretes y las joyas de todos los israelitas de ese tiempo. Entonces, históricamente es correcto. Hagamos un becerro también. No hagamos uno, hagamos dos. Vamos a ser más religiosos todavía, más religiosos que Aarón."

Y se presenta y les dice: "Es mucho para ustedes subir a Jerusalén. Acá están dos becerros. Vamos a poner dos becerros de oro." Y dice: "He aquí vuestros dioses, oh Israel, los cuales te hicieron subir de la tierra de Egipto." ¡Hermanos! ¡Ah, Señor!

¿Ustedes saben qué pasó con el becerrito de oro del desierto? ¿Ustedes saben qué pasó? ¿Qué hizo Moisés cuando bajó? Lo hizo polvo y lo tiró al río. Pero cuando nosotros no escuchamos todo el consejo de Dios, vivimos haciéndonos becerrito. Vivimos escuchando consejos de otros que nos dicen: "¡Mira, la Biblia dice por ahí!" Pero termina de leer el pasaje.

Interesantemente dice que él puso un becerro en Betel y el otro lo puso en Dan. Betel era el lugar donde Jacob había tenido la visión de la escalera del cielo. Y Dan es otro lugar especial. Si nosotros lo leemos en el libro de los Jueces, vamos a encontrarnos el pleito de unos israelitas por un ídolo, por un ídolo de barro, y unos descendientes de Moisés que se creyeron sacerdotes y crearon un sacerdocio en honor a ese ídolo de barro. Nuevamente, Jeroboam toma con sus consejeros la Palabra de Dios sin ninguna profundidad y la utiliza para sus propios beneficios.

Versos 31, y vamos terminando: "Hizo también casas en los lugares altos, se hizo sacerdotes entre el pueblo que no eran de los hijos de Leví. Y Jeroboam instituyó una fiesta en el mes octavo, en el día quince del mes, como la fiesta que hay en Judá, y subió al altar."

Así hizo en Betel, ofreciendo sacrificio a los becerros que había hecho, y puso en Betel a los sacerdotes de los lugares altos que él había construido. Entonces subió al altar que había hecho en Betel el día quince del mes octavo, es decir, en el mes que él había planeado en su propio corazón. Instituyó una fiesta para los hijos de Israel y subió al altar para quemar incienso.

El Señor puede haber hablado con absoluta claridad en nuestras vidas, como lo hizo con Jeroboam. Jeroboam era un guerrero valiente, era un hombre trabajador, un líder nato, un hombre preocupado por el bienestar de su pueblo, un hombre a quien el Señor le habló con claridad y, sin merecerlo, le dijo: "Yo te voy a dar a ti a Israel, a ti te lo voy a dar." Pero el Señor le dijo: "Tú tienes que fortalecer tu carácter en el conocimiento de mis mandamientos, de mis estatutos. Tienes que escuchar todo lo que yo te digo, porque solamente así yo voy a estar contigo y voy a hacer que tu reino sea un reino para siempre." Pero él no lo hizo.

Él, en lugar de mirar y temer al Señor, tuvo temor de los hombres. Y al tener temor de los hombres, él buscó consejeros que no le respondían al temor de Dios, sino que le respondían al temor de los hombres. Si hubieran sido consejeros que temían a Dios, le hubieran mostrado todo el consejo de Dios, pero como eran consejeros que temían a los hombres, le mostraron el medio consejo de la Palabra de Dios.

Cuando dejamos de ser testigos por falta de carácter, terminamos siendo testigos de nosotros mismos y de nuestras propias creencias. Terminamos creando una religión a nuestra manera. A gran escala podemos llegar a tener nuestro propio templo. Hay muchos Jeroboam en estos días que tienen sus propias iglesias y sus propios templos, que han creado su religión aparentemente cristiana, pero en donde honran a los hombres y le temen a los hombres, y no al Dios vivo y verdadero. O podemos tener una religión en pequeña escala: mi religión a mi manera, como yo la quiero vivir.

Llegó el momento en que Jeroboam ya no quiso parecerse a la religión judía, sino que creó su propia religión, su propio culto a su imagen y semejanza. Creó sus propios sacerdotes. Él mismo se paró en el altar, él estableció fechas de celebración que había establecido en su propio corazón. Su fin estaba cercano.

En el capítulo 14 nosotros vamos a encontrarnos, de una manera muy triste y muy rápida, cómo es que el Señor ahora habla de este hombre al que le prometió todo. Dice el verso 7 del capítulo 14 de Primera de Reyes: "Ve, di a Jeroboam: Así dice el Señor Dios de Israel: Por cuanto te levanté de entre el pueblo y te hice príncipe sobre mi pueblo Israel, y arranqué el reino de la casa de David y te lo di a ti, pero tú no has sido como mi siervo David, que guardó mis mandamientos y me siguió de todo corazón para hacer solo lo que era recto a mis ojos, sino que has hecho más mal que todos los que fueron antes de ti, y fuiste e hiciste para ti otros dioses e imágenes fundidas para provocarme a ira, y me arrojaste detrás de tus espaldas. Por tanto, he traído mal sobre la casa de Jeroboam, y cortaré de Jeroboam a todo varón, tanto esclavo como libre en Israel. Barreré completamente la casa de Jeroboam como se barre el estiércol hasta que desaparece del todo. Cualquiera de los de Jeroboam que muera en la ciudad se lo comerán los perros, y el que muera en el campo se lo comerán las aves del cielo, porque el Señor ha hablado."

Tenemos que pedirle al Señor, hermanos, que el Señor nos fortalezca en nuestro carácter. No basta con deleitarnos en las promesas de Dios. Nosotros somos testigos también en la medida en que nuestro carácter se integra y se conecta y se convierte en absolutamente obediente a aquello que el Señor ha establecido. Muchos de nosotros jugamos con lo que Dios nos dice. Muchos de nosotros tenemos el espíritu de Jeroboam. Yo lucho en mi corazón con el espíritu de Jeroboam permanentemente. Cuando el Señor me dice una cosa y yo inmediatamente trato de justificarla en términos humanos. Cuando el Señor me manda una cosa y yo inmediatamente trato de desobedecerla en términos humanos.

Volvamos a pedirle al Señor que fortalezca nuestro carácter, un carácter que le glorifique, un carácter que sea sustentado plenamente en Dios. Porque volviendo nuevamente a Isaías 43, los versos finales que nosotros leímos, los versos 11 y 12, se dice: "Yo, yo soy el Señor, y fuera de mí no hay Salvador. Yo soy el que lo he anunciado, yo he salvado, yo lo he proclamado. No hay entre ustedes un dios extraño, no existe. Ustedes entonces son mis testigos, declara el Señor, y yo, yo soy Dios." Ustedes son mis testigos y yo soy Dios. Esa es la relación que nosotros tenemos con Él. Yo soy el que lo he anunciado, yo soy el que ha salvado, yo soy el que lo he proclamado. No hay un dios que pueda hacer esto. Ustedes son testigos de mi intervención y yo sigo siendo Dios.

Hermanos, luchemos con el espíritu de Jeroboam. Luchemos con el espíritu de Jeroboam, porque el Señor, al igual que con Jeroboam, sigue teniendo inmensa gracia con nosotros. Pero obedezcamos al Señor y no a nuestro corazón. Obedezcamos al Señor y no a la multitud. Obedezcamos al Señor y no a la circunstancia. Obedezcamos al Señor y no a los medios consejos. Obedezcamos al Señor conociéndolo, conociendo la Palabra, conociéndolo cada día más. Porque Jeroboam cayó porque los consejos eran solo medias verdades de la Palabra, no el consejo completo de la Palabra del Señor.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.