Integridad y Sabiduria
Sermones

Somos testigos: el fundamento

Pepe Mendoza 15 septiembre, 2013

Ser testigo de Dios no es una ocupación religiosa ni un simple cuidado de la conducta moral: es el resultado natural de haberse encontrado con el Dios vivo. Isaías 43 presenta el fundamento de este llamado mostrando que nuestra identidad completa descansa en quién es Él. El Señor se revela como creador, formador, redentor, como aquel que nos llama por nombre y nos declara suyos. Antes de pedirnos que testifiquemos, Él establece que le pertenecemos.

El testimonio cristiano nace también de experimentar la presencia de Dios en medio de las dificultades. Las aguas turbulentas representan circunstancias inevitables que debemos atravesar; el fuego simboliza situaciones que naturalmente deberían destruirnos. La promesa no es evitar estas pruebas, sino que Él estará con nosotros al cruzarlas. Quien ha sido librado cuando humanamente no debería haber sobrevivido tiene algo que declarar.

El pastor Pepe Mendoza ilustra el valor del testimonio con una historia personal: una amiga suya, mujer de vida santa, murió repentinamente al llegar a Santiago de Chile, y un periódico publicó falsamente que había fallecido por una mala práctica abortiva. Quienes la conocían lucharon hasta lograr que se rectificara la nota, actuando como testigos de alguien que ya no podía defenderse. Cuánto más, entonces, debemos testificar del Dios que vive y reina.

Frente a un mundo que presenta sus propios testigos —filosofías, iglesias ateas, voces que niegan a Dios—, el Señor convoca a los suyos: "Vosotros sois mis testigos". No para defender una idea, sino para declarar lo que Él ha hecho en nuestras vidas.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Vamos a ser mis testigos!

De esto vamos a estar hablando quizás a lo largo de un par de semanas, pero déjenme presentarles la idea, cuál es el fundamento de este llamado de parte de Dios, que Él nos hace a poder ser testigos de su presencia. Hoy día en la mañana nosotros reunidos aquí al cantarle al Señor, hemos dado testimonio de quién es Él, hemos elevado nuestras voces delante de Él y hemos dado testimonio de quién es nuestro Señor.

Pero antes de poder entrar directamente al tema, permíteme contarles una historia que yo creo que va a reflejar aquello de lo que yo les voy a hablar. Aproximadamente, no lo sé exactamente, probablemente diez o quince años atrás, cuando nosotros estábamos viviendo con mi familia en Chile, una amiga nuestra que vivía en Perú decide hacer el viaje de Lima a Santiago yendo a visitar a una hermana. Una persona que nosotros conocíamos muy bien, a quien nosotros queríamos mucho, con quien habíamos servido juntos durante muchos años. Si hay alguien aquí que yo puedo reconocer que es una persona santa, era esta persona. Si hay alguien que yo podía reconocer que era una persona consagrada al servicio a Dios, era esta persona, una persona que yo recuerdo con mucho cariño, con mucha estimación, con mucha gratitud delante de Dios por haberla puesto en mi camino.

Ella decide hacer el viaje de Lima a Santiago en bus. Son más de tres mil kilómetros los que hay que recorrer entre Lima, la capital del Perú, y Santiago de Chile, de tal manera que el viaje duraba aproximadamente dos días y seis horas. Eso es lo que dura el viaje entre Lima y Santiago, no es poco, o sea, ese es el viaje y esa es la duración. Cuando ella llega a Santiago, yo recuerdo muy tristemente, ella baja del bus, se encuentra con su hermana, en ese instante ella le dice: "¿Sabes qué? Me siento sofocada, me siento sofocada." Y en ese mismo instante ella se desmaya y muere instantáneamente.

Para nosotros eso nos causó una tremenda conmoción, fue algo difícil de sobrellevar, muchas preguntas. Pero lo más tremendo era estar en un país extranjero y tener que hacer todos los trámites que hay que hacer en ese momento. Y uno no entiende exactamente qué está sucediendo, pero uno tiene que seguir viviendo y tiene que seguir caminando. Hicimos los preparativos, preparamos el entierro, estuvimos acompañando a su hermana en este día trágico.

Pero yo recuerdo un momento que fue muy difícil para mí. Mientras estábamos caminando en el cortejo para llevar a nuestra amiga a enterrar, yo escucho detrás mío a dos personas hablando y una le dice a la otra: "Oye, ¿te enteraste por qué murió esta muchacha? ¿No? ¿O no qué pasó? Mira, el periódico salió..." Y él tenía el periódico en la mano: "Que murió producto de una mala práctica abortiva."

Mi corazón se detuvo, se paralizó en ese momento. Hicimos el entierro y lo primero que hice al salir fue a comprar ese diario. Y realmente, en una nota de prensa, en la parte de los policiales, decía: "Peruana llegada a Santiago con tal y tal nombre, de tal edad, murió sorpresivamente producto de una mala práctica abortiva." Esa era la nota de prensa.

En ese momento mi corazón se estrujó, porque yo no podía pensar en otra persona con un mejor testimonio que ella. Yo no podía pensar que alguien podía escribir una nota de prensa de tal magnitud con una mentira tan flagrante, destruyendo la reputación de una persona que ya no puede defenderse a sí misma.

Con Érica decidimos que esto no podía seguir así, que esto no podía quedarse de esa manera. Nadie la conocía en Chile más que su propia hermana y nosotros. Quizás esto iba a poder pasar desapercibido y nadie más lo iba a recordar. Pero para nosotros era importante poder ser testigos de una vida santa que nosotros habíamos conocido, una vida intachable que debía recobrar su nombre tal como lo había vivido hasta ese momento.

Nosotros nos dedicamos a llamar al director del diario, escribimos notas, escribimos cartas, hicimos investigaciones. El diario me pidió a mí que yo probara lo contrario, me dijo a mí que yo tenía que probar lo contrario. Bueno, hicimos investigaciones, hablamos con la morgue, con la autopsia, y en realidad lo que a ella le había pasado básicamente es que le había dado una trombosis venosa profunda que había acabado en una embolia pulmonar que acabó con su vida inmediatamente. Entonces, esa había sido la razón de su fallecimiento.

Lo cierto es que el periódico, después de muchas luchas, de muchas batallas y de muchas llamadas, decidió hacer una nota clara, una nota pequeña, pero que aclaraba el hecho de que ellos supuestamente habían recibido una información equivocada y por lo tanto estaban corrigiendo lo que ellos habían dicho hasta ese momento. Simplemente fue la restitución de una reputación, nosotros actuando como testigos de una persona que ya no estaba en ese momento para defenderse, pero que nosotros reconocíamos que había vivido una vida intachable, una vida de servicio, una persona que yo nunca había escuchado quejarse, una persona que se había entregado completamente al Señor para servirle con todo el corazón, y por lo tanto nosotros quisimos actuar como sus testigos.

Ahora, no ocurre lo mismo cuando hablamos de nuestro Señor y el llamado que Él nos hace a que nosotros seamos sus testigos. Él no está muerto, Él está vivo, Él vive y reina, es el Señor Dios todopoderoso de quien nosotros hemos cantado en este momento. Pero el Señor también nos llama a poder mostrar como testigos quién es nuestro Dios.

Y es importante que volvamos a reconocer el valor de nuestro testimonio porque estamos viviendo tiempos difíciles, tiempos en que cada día más, con mayor agresividad, se nos están demandando defender las convicciones que sustentan nuestra fe y nuestra vida. Cada día más tenemos que luchar contra las mentiras y las medias verdades que se dicen de aquello que nosotros creemos. Hoy día más que nunca estamos viviendo en un ambiente absolutamente hostil en contra de los valores que decimos creer y afirmar como cristianos. Por lo tanto, el llamado a ser testigos, tal como aparece en la Escritura, es algo que nosotros debemos recobrar.

Pero el ser testigos no es una ocupación, es una bendición de parte de Dios. Es la bendición de poder testificar de un Dios que vive y está con nosotros de manera permanente en nuestras vidas. Si hay un nombre que cataloga a los hijos de Dios, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento, es el título de testigo. Nosotros somos testigos de Él. Eso es lo que Isaías 43 nos quiere enseñar de una manera muy clara.

Pero nosotros tenemos que hacer una profunda diferenciación. Tenemos que diferenciar qué significa testimoniar, qué significa ser testigo del Señor. A veces a nosotros no nos gusta el nombre de testigo porque lamentablemente hay un grupo religioso que se ha apropiado de ese nombre y por lo tanto nosotros no lo usamos con la misma libertad. Sin embargo, es un título que aparece en la Escritura para nosotros los que creemos y por lo tanto tenemos que recuperarlo.

A veces nosotros no usamos el nombre de testigo porque el testigo está relacionado aparentemente con la idea de un chamán. Ustedes saben lo que es un chamán: un chamán es como un médico brujo, alguien que invoca el nombre de Dios y lo hace presente. Y a veces nosotros tenemos la idea de que ser testigo del Señor es tratar de hacer a Dios presente en nuestro tiempo, y esa no es nuestra responsabilidad ni tampoco es nuestro poder.

A veces hemos confundido la idea de testimonio solamente con moralidad. Escuchamos a la gente decir: "Tienes que cuidar tu testimonio." Y cuando hablamos de cuidar nuestro testimonio hablamos de cuidar nuestras acciones, pero el testimonio que el Señor espera de nosotros no solamente va a la parte de nuestras acciones, sino que las acciones son el resultado de una relación que nosotros tenemos con el Señor. Por lo tanto, mis acciones tienen que ser afirmadas por nuestras convicciones de quién es nuestro Dios.

A veces nosotros sentimos que nuestro testimonio sufre producto de las presiones a las que nos vemos sujetos. La gente quiere saber y tiene una agenda con respecto a muchos temas acerca de Dios, y siempre somos empujados como a rincones oscuros en donde la gente espera que respondamos acerca de quién es Dios o qué es lo que hace el Señor.

Finalmente, nosotros tenemos que decir con vergüenza que a veces el nombre de testigo no se usa correctamente. Hace pocos días nosotros veíamos en las noticias que un pastor en Florida había decidido quemar 2.999 libros del Corán en representación de cada una de las víctimas del 11 de septiembre en Nueva York. Por lo tanto, él quería dar ese testimonio que como cristiano quería dar en contra de los musulmanes. Una verdadera vergüenza.

¿Qué es entonces ser testigo? ¿Qué representa para nosotros el ser testigo? Nosotros somos testigos de la presencia de Dios en nuestra vida. El fundamento de nuestro testimonio radica en el hecho de que nos hemos encontrado con el Dios vivo y verdadero, y el Señor ha afectado nuestra vida de tal manera que no ha vuelto a ser la misma.

Eso es lo que Isaías 43 nos enseña. Les invito a abrir sus Biblias y a encender sus Biblias en Isaías 43, y vamos a leer los primeros trece versículos. Vamos a ir avanzando poco a poco a través de estos versículos y vamos a tratar de encontrarles significado a esta realidad.

Como hemos visto, y como nos lo dijo tan claramente nuestro hermano Daniel al inicio de la oración, Isaías intenta resaltar y devolver la gloria de Dios perdida en Israel. Por lo tanto, es la reivindicación del nombre de Dios lo que Isaías intenta resaltar de manera poética a lo largo del libro. Por lo tanto, en medio del juicio de Dios, en medio de la declaración de la disciplina de Dios sobre su pueblo, lo que también se resalta es Evangelio: las buenas noticias para un Israel que aunque caído sigue siendo de gran valor para el Señor.

Por lo tanto, cuando se habla del testimonio, nosotros encontramos en Isaías 43 el verso 10, solamente para que ustedes lo vean desde el principio. El verso 10 de Isaías 43 dice: "Vosotros sois mis testigos", declara el Señor. ¿En qué se fundamenta este testimonio? ¿En dónde está el fundamento de esa realidad?

Vamos a leer a partir del verso 1, el primero, el verso 1 de Isaías capítulo 43. Dice así la palabra del Señor: "Mas ahora así dice el Señor, tu Creador, oh Jacob, y el que te formó, oh Israel: No temas, porque yo te he redimido; te he llamado por tu nombre, mío eres tú." Isaías no presenta una introducción leve de la realidad de Dios en relación con nuestras propias vidas. La primera afirmación en este tremendo versículo es la declaración de que nosotros como testigos de Dios afirmamos que Él es la fuente de nuestra realidad y de nuestra identidad. Nuestro Dios es la fuente de mi realidad y de mi identidad.

Yo te puedo hacer esta pregunta: ¿En dónde radica el origen, la fuente, el comienzo, el germen de lo que eres, de lo que es parte, de lo que te caracteriza, de lo que te distingue, de lo que has construido, de lo que valoras, de lo que rechazas? ¿En dónde está ese origen? ¿Cuál es el eje que mueve tu identidad? La palabra identidad tiene que ver con aquellas cosas que nosotros somos en esencia y hacemos de manera esencial en nuestra vida. Es aquello que nos identifica. De acuerdo a la Escritura, para el creyente, la fuente de identificación, la fuente de origen de un cristiano es el mismo Dios.

El Señor dice aquí en su Palabra, en Isaías 43 en el verso 1, que el Señor es el Creador, es el Formador, es el Redentor, es el Convocador, y Él es el propietario de nuestras vidas. Él es el centro de nuestra identidad, Él es la fuente de nuestro testimonio. ¿Quién soy yo? Yo no soy nada fuera de Él. ¿Qué puedo hacer yo sin Él? Yo nada puedo hacer, porque Él es todo lo que yo soy. El Señor es nuestro Creador, Él nos ha traído a existencia de la nada. No somos fruto de la casualidad, Él es nuestro Creador, pero Él también es nuestro Formador.

Y cuando habla de formador, ¿por qué utiliza la palabra creador y formador? Porque la palabra creación tiene que ver con el hecho de venir a la vida, pero la palabra formador tiene que ver con el hecho de darle propósito a mi existencia. El Señor es el que le provee propósito y sentido a mi existencia. La palabra formador es la palabra que usa el alfarero cuando toma el barro y le da una constitución específica para constituirlo en un instrumento que le sea útil solamente a Él. El Señor es nuestro Creador y Él es nuestro Formador.

Pero también es cierto que por causa del pecado nosotros tenemos que reconocer que ha habido un quebrantamiento de ese diseño de Dios en nuestra vida. Por lo tanto, en la tercera parte del pasaje dice: "No temas, porque yo te he redimido." Es la intervención divina del Rescatador, de aquel que ha pagado el rescate por mi liberación, porque el Señor que me creó y el Señor que me formó ha visto que yo no he cumplido su propósito. Por lo tanto, no basta solamente con reconocerlo a Él como mi Creador y como mi Formador, sino que yo requiero reconocerle a Él como mi Redentor. No temas, porque yo te he redimido. Él me ha comprado de nuevo, Él me ha rescatado, Él me ha dejado libre producto de la esclavitud en la que yo estaba sujeto. Él le ha puesto fin a mi vejamen, a mi dolor, a mi penuria, a mi adversidad, a mi molestia. El Señor me ha rescatado.

Y dice que el Señor me ha llamado por mi nombre. Cuando el Señor me llama por mi nombre, me da a conocer que Él no simplemente ha ejecutado un acto de misericordia sobre mí, sino que Él sabe sobre quién lo ha ejecutado. Yo lo he hecho con Pepe, yo lo he hecho con Marcos, yo lo he hecho con Felipe, yo lo he hecho con María, yo lo he hecho con Roxana, yo lo he hecho con ella de manera particular. No es que yo he tirado mis bienes para que lo tome aquel que lo crea conveniente. No, yo te he llamado por tu nombre. Yo soy tu Creador, tú eres mío, dice el Señor. Te he llamado por tu nombre, mío eres tú.

¿Cuál es el primer reconocimiento de nuestro testimonio? El primer reconocimiento de mi testimonio es que yo soy de Él. Él le produce a mi vida el sentido de identidad que de otra manera estaría perdido. Él es mi Creador, Él es mi Formador, Él es mi Redentor, Él me convoca por mi nombre, yo soy de su propiedad. Eso es lo primero que Isaías dice en el verso uno.

En el verso dos en adelante, nosotros nos encontramos con otra realidad que es sumamente importante reconocer en nuestra vida. Nosotros somos testigos de Dios porque le pertenecemos a Él, porque es la fuente de mi realidad y la fuente de mi identidad, pero yo también soy testigo de Dios porque es la fuente de mi seguridad.

¿Cuántos de nosotros hemos usado tantas veces este pasaje? "Cuando pases por las aguas, dice el verso dos, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama te abrasará. Porque yo soy el Señor tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador." Estoy seguro que en más de una oportunidad nosotros hemos sido consolados y hemos consolado a través de este pasaje. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama te abrasará. Si hay una razón para nosotros ser testigos de Dios, es que podemos reconocer su presencia vital, proveyendo seguridad en nuestras vidas. Eso es lo que nosotros damos como testimonio continuamente, y esa es la razón de ser testigos de Dios.

Acá hay dos elementos: el agua y el fuego. Déjenme decirles algo que seguramente les va a sorprender. Ustedes pueden buscar en la Biblia entera la palabra puente, y la palabra puente no aparece en toda la Biblia, especialmente en todo el Antiguo Testamento. El puente como desarrollo de ingeniería no existía en el Medio Oriente; no se había desarrollado la tecnología para poder cruzar lugares a través de puentes. Por lo tanto, el judío sabía que cada vez que había una corriente de aguas, ¿qué tenía que hacer? Tenía que atravesarla caminando, no había puentes.

Por lo tanto, la idea de las aguas, que es una idea poética, que es un ejemplo en la Biblia, las aguas representan las turbulencias naturales de la vida por las que debemos atravesar. Cuando pases por las aguas, esta no es una posibilidad, es una realidad. Nosotros de manera permanente tenemos que pasar por aguas turbulentas, pero el Señor promete su presencia con nosotros al pasar por esas aguas turbulentas. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo. Ese es nuestro testimonio. Nuestro testimonio no radica en que somos liberados de todas las presiones de la vida. Por el contrario, el Señor nos dice que cuando pasemos por las aguas, el Señor va a estar con nosotros, porque siempre habrá circunstancias inevitables en nuestra vida que serán difíciles, pero que nosotros tendremos que atravesar. ¿Y cuál es la promesa del Señor? La promesa del Señor es su presencia en medio de esa dificultad. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. No llegarás a ahogarte porque mi presencia te va a acompañar.

Ahora, por un lado está el agua, pero por el otro lado está el fuego. Y el fuego en este caso no es algo que los judíos estaban acostumbrados a pasar, como cuando veíamos algunas películas del viejo oeste de los indios que pasaban por encima del fuego. Ustedes han visto las películas que pasan corriendo por el fuego. El fuego no es algo que sea habitual por donde yo deba pasar. Sin embargo, el fuego también representa las tribulaciones expresadas por actos que son en realidad accidentes o dificultades no previstas, un medio de destrucción irremediable que de alguna manera yo no puedo evitar. Las aguas son circunstancias por las que debo atravesar; el fuego son circunstancias que definitivamente me harán daño. Pero el Señor dice en su Palabra: "Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama te abrasará", como dice la Reina Valera del 60 que está en mi disco duro: "ni la llama arderá en ti". Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama te abrasará.

Entonces, parte de nuestro testimonio es reconocer que nuestra vida se debe a la presencia del Creador, nuestro Formador, nuestro Redentor, aquel que nos ha convocado por nuestro nombre, quien es nuestro propietario. Pero además hemos pasado por circunstancias de vida que, aunque debieron ser absolutamente destructivas, no lo fueron porque Él estaba con nosotros. Esa es parte de nuestro testimonio. Yo no debería estar aquí, pero estoy aquí porque Dios vive. Yo no debería haber sobrevivido, pero sobreviví porque el Señor vive, porque el Señor reconoce y afirma a través de su Palabra: "Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama te abrasará." Esto es algo sobrenatural, esto no es algo natural. Hay circunstancias de nuestra vida que de manera natural debieron acabar con nosotros, pero por la Palabra de Dios y por su poder no acabaron con nosotros. Ese es nuestro testimonio. Lo creas o no lo creas, el Señor me libró. Lo creas o no lo creas, el Señor intervino y me sacó de ese lugar.

Y el verso 3 justamente expresa esa realidad: "Porque yo soy el Señor tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador." Yo soy el Dios revelado, yo soy el Dios omnipotente, yo soy el único que le pertenece a Israel, yo soy tu Salvador. Cuando Dios interviene en nuestras vidas, nosotros nos convertimos en testigos de la intervención de ese Dios, un Dios que estuvo con nosotros en los momentos de dificultad, y un Dios que estuvo con nosotros y a través de su Palabra demostró que lo que nos pudo haber hecho completamente daño, no lo hizo porque Él intervino de manera sobrenatural. Y yo lo hago porque soy el Señor tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador.

Y continuemos leyendo el verso 3. Dice: "He dado a Egipto por tu rescate, a Etiopía y a Seba en lugar tuyo. Ya que eres precioso a mis ojos, digno de honra, y yo te amo, daré a otros hombres en lugar tuyo y a otros pueblos por tu vida."

Es evidente que nuestro testimonio tiene que ver con la participación y la irrupción de un Dios soberano en medio de nuestra existencia, que hace patente y hace evidente el hecho de que nosotros somos preciosos ante los ojos de Dios. Cuántas veces nosotros nos preguntamos "¿por qué a mí?", cuántas veces nosotros nos preguntamos "esto es algo que yo no merezco, esto es algo que no viene de mí, esto es algo que no nace de lo bueno que soy, esto es algo que nace de la profunda misericordia de Dios". Y eso es lo que este pasaje menciona. El verso 4 dice: "Eres precioso a mis ojos, digno de honra, y yo te amo. Daré a otros hombres en lugar tuyo y a otros pueblos por tu vida".

¿Cómo no cantar de la misericordia de nuestro Señor? Tenemos valor para él, somos preciosos delante de sus ojos, somos dignos de honra. Es interesante la palabra "digno" en hebreo, porque la palabra digno es la palabra "pesado". La palabra pesado significa como algo que yo no puedo esquivar: eres digno, eres pesado, estás allí, te reconozco, no puedo esquivar mi vista de ti, y yo te amo. ¿Ustedes son conscientes de que Dios los ama más de lo que merecen? ¿Ustedes pueden dar testimonio de que no es su piedad, no es su poder, no es su santidad, no es su belleza física, no es su belleza espiritual? No es nada, no hay nada en ustedes que puedan hacer que el Dios que ha obrado sea por algo que ustedes merezcan.

El Señor dice: "Tú eres precioso a mis ojos, digno de honra, yo te amo. Yo voy a hacer cosas por ti, por esa razón, porque yo soy tu Creador, yo soy tu Formador, yo soy tu Redentor, yo te conozco por tu nombre, tú eres de mi propiedad. Yo voy a estar contigo cuando pases por circunstancias difíciles y cuando pases por circunstancias destructivas, yo te voy a librar porque así lo quiero yo, porque tú eres precioso a mis ojos, eres digno de honra, yo te amo". Yo te amo.

El verso 5 dice: "No temas, porque yo estoy contigo. Del oriente traeré tu descendencia y del occidente te reuniré. Diré al norte: 'Entrega', y al sur: 'No los retengas'. Trae a mis hijos desde lejos y a mis hijas desde los confines de la tierra, a todo el que es llamado por mi nombre y a quien he creado para mi gloria, a quien he formado y a quien he hecho".

El Señor da testimonio de una manera evidente que no hay lugar a donde nosotros podamos huir o escapar de su presencia, que no hay lugar lejano en donde el Señor no nos atraiga para sí. "No temas, porque yo estoy contigo. Del oriente traeré tu descendencia y del occidente te reuniré. Diré al norte: 'Entrega', y al sur: 'No los retengas'. Trae a mis hijos y a mis hijas desde los confines de la tierra". Y el Señor vuelve a reafirmar lo que ha venido reafirmando a lo largo de todo el pasaje en el verso 7: "A todo el que es llamado por mi nombre y a quien he creado para mi gloria, a quien he formado y a quien he hecho".

El Señor nuevamente asume, de acuerdo a su voluntad, un llamado particular para aquel a quien él quiere llamar: "A todo el que es llamado por mi nombre y a quien he creado para mi gloria, a quien he formado, a quien he hecho, yo lo atraeré hacia mí". Ese es el reconocimiento de nuestro testimonio. El Señor es la fuente de nuestra seguridad, no por lo que somos, sino por lo que él es; no por lo que nosotros hayamos hecho o podamos hacer, sino porque el Señor nos ha declarado su amor sobre nuestras vidas. Y ese es nuestro testimonio.

En los versos 8 y 9 de manera particular el Señor hace un paréntesis y él dice: "Sacad al pueblo ciego aunque tiene ojos, y a los sordos aunque tienen oídos. Todas las naciones se han reunido y se han congregado los pueblos. ¿Quién de ellos declarará esto y nos proclamará las cosas anteriores? Que presenten sus testigos y que se justifiquen, que oigan y digan: 'Es verdad'".

El Señor se planta ahora y empieza a hacer un llamado general. Muchas veces nosotros hemos sentido que somos llevados a un juicio y a un tribunal humano en donde se sienta Dios en el banquillo de los acusados para que él pueda defenderse a sí mismo de sus actos y de su propia existencia, como si él debiera responder de los cargos que hay en su contra aparentemente. "Pruébame que Dios existe", dicen algunos. En el caso de la Escritura esto no se da de esa manera. Nuestro Dios es el Rey soberano y el Juez sobre toda la creación.

Dice el Salmo 75, el verso 7: "Porque ni del oriente ni del occidente ni del desierto viene el enaltecimiento, sino que Dios es el juez; a uno humilla y a otro enaltece". Y el mismo Isaías dice: "Porque el Señor es nuestro juez, el Señor es nuestro legislador, el Señor es nuestro rey; él es quien salva".

Esa afirmación se presenta en este pasaje. El Señor dice: "Sacad al pueblo ciego aunque tenga ojos, y a los sordos aunque tengan oídos. Todas las naciones se han reunido y se han congregado los pueblos". El Señor llama. El Señor ha declarado en los versos anteriores cuáles son las características de sus testigos. Los testigos somos aquellos que declaramos la providencia de Dios sobre nuestras vidas, que declaramos a Dios como Creador, como Formador, como Redentor, como el que nos ha convocado por nuestro nombre, nuestro propietario, aquel que es la fuente de nuestra seguridad.

Y ahora el Señor convoca a la humanidad entera y dice: "Ahora que vengan, que vengan las naciones, que vengan los pueblos, que salga ese pueblo ciego aunque tiene ojos y ese pueblo sordo aunque tiene oídos". Cuando se refiere a esa característica se refiere a pueblos sin Dios, que van a dar testimonio de su propia realidad.

En la segunda parte del verso 9 dice: "¿Quién de ellos declarará esto y nos proclamará las cosas anteriores? Que presenten sus testigos y que se justifiquen, que oigan y digan: 'Es verdad'". Vamos a escuchar a los testigos del mundo hablar acerca de la realidad del propósito para sus vidas. ¿En dónde radica tu seguridad? ¿En dónde radica el propósito de tu vida? Vamos a hacerlo concordar, vamos a escuchar a sus testigos. Parece que las naciones se han puesto de acuerdo. Vamos a escuchar en dónde ellos tienen el sostén de su confianza, en dónde radica el propósito para sus vidas. Esos testigos deberán justificar con razones convincentes su verdad. Ellos no serán silenciados, sino que serán escuchados. Tendrán que presentar sus argumentos y recalcar el valor de esa verdad que ellos dicen asegurar. ¿Quién de ellos declarará esto y nos proclamará las cosas anteriores? Que presenten sus testigos y que se justifiquen.

Nosotros escuchamos muchas veces muchas voces en el mundo que niegan la existencia de Dios y que dan cuenta de sus propias razones de existencia. Por ejemplo, uno de ellos es Richard Dawkins. Seguramente ustedes han escuchado hablar acerca de este famoso ateo. Él llega a decir acerca de la creación del mundo y del universo: "El universo fácilmente podría haberse mantenido sin vida y simple, solo física y química, solo el polvo disperso producto de la explosión cósmica que dio origen al tiempo y el espacio. El hecho de que esto no fue así, el hecho de que la vida evolucionó a partir de literalmente nada unos diez mil millones de años después de que el universo evolucionó literalmente de la nada, es un hecho tan asombroso que estaría loco de intentar juntar palabras para hacerle justicia. E incluso este no es el fin del asunto. No solo ocurrió la evolución; esto finalmente llevó a existencia a seres capaces de poder entender este proceso".

Esta es una respuesta de un hombre sin Dios, un hombre que tiene ojos pero que no ha visto, un hombre que tiene oídos pero no ha oído la voz del Señor. Y ese testimonio se contrapone al nuestro.

Pero déjenme contarles algo más. En enero se inauguró en Inglaterra un lugar de culto, una iglesia. Se ha abierto una congregación que se ha llamado "La Asamblea Dominical". Ese es el nombre que ellos se han puesto: La Asamblea Dominical. Ellos tienen como propósito el reunirse para escuchar, para oír excelentes charlas, cantar buenas canciones y celebrar las maravillas de la vida. Es un servicio, y ellos tienen su publicidad: "Es un servicio al que puede asistir cualquiera que desea vivir mejor, ayudar más y reflexionar más". Ellos abrieron las puertas de su congregación en enero de este año. Hoy día ya tienen más de seiscientas personas reunidas semanalmente. Están abriendo congregaciones en diferentes ciudades de Inglaterra, y este octubre están empezando una campaña que se llama "40 días en 40 lugares". Estarán en diferentes ciudades de Inglaterra, de Estados Unidos, de Canadá y de Australia abriendo congregaciones. Se llaman La Asamblea Dominical.

¿Cuál es la Asamblea Dominical? La Asamblea Dominical es lo que se ha denominado ya "la iglesia atea", la iglesia sin Dios. Una iglesia sin Dios que se reúne para oír excelentes charlas, cantar canciones, celebrar las maravillas de la vida. Cualquiera puede asistir, cualquiera que desea vivir mejor, ayudar a otros y reflexionar un poquito más acerca del sentido de la vida. ¿Saben cuál es la sospecha? Que haya muchos aquí que tengan ese mismo propósito: sin Dios, sin la afirmación de quién es nuestro Señor, el Señor que está declarado en su Palabra.

El Señor abre las puertas al juicio y dice: ellos pueden hablar, que declaren lo que ellos creen, que señalen sus convicciones, que presenten sus testigos, que justifiquen la razón de su identidad y la razón de su propósito en la vida, y que digan: "Es verdad". Pero no se trata entre nosotros de un juego filosófico. Se trata de que nosotros hemos establecido una relación de gracia del Dios Todopoderoso con nuestras propias vidas. Ahí radica la diferencia.

Por eso es que en el verso 10 el Señor dice: "Ahora, ellos tienen sus testigos, pero ustedes son mis testigos —declara el Señor— y mi siervo a quien he escogido, para que me conozcáis y creáis en mí, y entendáis que yo soy. Antes de mí no fue formado otro Dios, ni después de mí lo habrá". Esa es la gran afirmación de los testigos de Dios.

Testigos de Dios que no hablamos de un Dios del pasado, sino que somos testigos de un Dios del presente, un Dios que nos llama testigos para que lo conozcamos, para que creamos en Él, para que entendamos que Él es. El Señor no está jugando con filosofías de vida, el Señor está hablando de quién está conmigo y quién no está conmigo, a quién he convocado y a quién no he convocado, quién está gozando de mi refugio y quién no está gozando de mi refugio. Ustedes son mis testigos para que me conozcan, para que sepan que yo soy el que está obrando en sus vidas, para que crean en mí, porque no se trata solamente de propósitos en la vida, sino de los resultados de lo que el creer en mí ha producido en sus existencias, para que ustedes entiendan que yo soy el Dios revelado, el Dios que se ha manifestado. Antes de mí no fue formado otro Dios ni después de mí lo habrá.

Yo me pregunto si es que nosotros estamos en comunión con ese Dios. Esa es la gran declaración de Isaías 43. Isaías 43 no entra en razones de cultura ni de ritos ni de religiosidad; toda relación y toda identidad es con el Señor. Ustedes son mis testigos, testigos que van a actuar de manera particular en mi vida para que me conozcan, para que ustedes sepan quién yo soy, para que ustedes crean en mí, para que entiendan que yo soy. Que no soy fruto, que lo que les pasa en la vida no es fruto de la casualidad, no es fruto de la filosofía, no es fruto de un estilo de vida particular; es producto de mi participación sobrenatural en su existencia, para que ustedes entiendan que yo soy, para que ustedes me conozcan, para que ustedes crean en mí. Antes de mí no fue formado otro Dios ni después de mí lo habrá.

Yo no puedo armarme un Dios a mi medida. No existe un Dios con esas características; no lo hubo antes, no lo habrá después. Nosotros somos sus testigos y el Señor escribe su historia diariamente en nuestras vidas. Nosotros no estamos testificando de un Dios del pasado, porque Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Los cristianos no son hombres y mujeres del pasado, son hombres y mujeres del presente que siguen conociendo, que siguen creyendo, que siguen entendiendo que hay un solo y verdadero Dios. Esa es nuestra afirmación y nuestra seguridad en comparación con cualquier otra realidad y filosofía humana.

Finalmente, hermanos, en el versículo 11 al versículo 13, el Señor vuelve a declarar quién es Él. "Yo, yo soy el Señor, y fuera de mí no hay Salvador. Yo soy el que lo he anunciado, he salvado y lo he proclamado, y no hay entre vosotros Dios extraño. Vosotros pues sois mis testigos, y yo soy Dios. Aún desde la eternidad yo soy, y no hay quien libre de mi mano. Yo actúo, ¿y quién lo revocará?"

Nuevamente el Señor se pone en el lugar principal de la escena y el Señor afirma: Yo, yo soy Jehová, yo soy el Señor, fuera de mí no hay quien salve, yo lo anuncié, yo lo salvé, yo lo proclamé. No hay entre nosotros otro Dios; de eso somos sus testigos. Yo soy Dios desde la eternidad, no hay quien libre de mi mano, yo actúo, nadie puede detenerme. Ese es nuestro Dios, ese es el Dios de quien nosotros somos testigos: nuestro Creador, nuestro Formador, mi Redentor, el que me ha llamado por mi nombre, de quien soy su siervo, el que me ha librado del agua, el que me ha librado del fuego, el que me ha traído de lejos, el que me ha llamado con propósito. ¡Ese es mi Dios!

Este no es un juego de filosofía entre hombres, este no es un juego de estilo de vida, este no es un juego de buenas charlas con buena música con un ambiente para reflexionar. Este es un lugar en donde solamente Dios puede operar, en donde solo Cristo puede salvar, en donde solo la sangre preciosa del Salvador, derramada de manera particular sobre tu vida, puede darle una vida distinta a lo que tú eres hasta este momento. Nosotros somos testigos de ese Dios.

Por lo tanto, yo quiero invitarles a que no nos confundamos, a que no confundamos nuestro testimonio. A nosotros nos encanta opinar, opinar, opinar, opinar; las redes sociales están llenas de opiniones. Lo importante es que demos testimonio de la presencia del Dios todopoderoso en nuestra vida. Es la razón de nuestra testificación; para eso el Señor nos ha hecho testigos. "Vosotros sois mis testigos", dice el Señor. "Me seréis testigos", le dijo Jesucristo a Su iglesia. Somos testigos de Él, somos testigos del Señor. Por lo tanto, en medio de las presiones de la vida para que nosotros respondamos, que quede claro y hagamos un análisis en nuestra vida si es que el Dios de Isaías 43 está dirigiendo nuestra existencia.

El año 155 después de Cristo hubo un tremendo período de persecución en el Imperio Romano. Policarpo era un hombre anciano, era obispo de la ciudad de Esmirna, de lo que ahora es Turquía. Él había llegado a ser discípulo del apóstol Juan, un hombre santo que había caminado con el Señor por mucho tiempo. La persecución había comenzado, y cuando había alguien que testificaba, que podía acusar a alguien de que era cristiano, esa persona era llevada ante los tribunales. Y Policarpo fue llevado ante los tribunales, fue llevado delante del procónsul.

El procónsul empezó a hablar con él y lo instó diciéndole: "¡Jura por la fortuna del César! Maldice a Cristo y te devuelvo la libertad". Policarpo, un hombre anciano, le dice: "Ya que parecen ignorar quién soy, se los diré con franqueza: soy cristiano. Hace 86 años que le sirvo y Él no me ha hecho ningún daño. ¿Cómo podré maldecir a mi Rey y a mi Salvador?" El procónsul volvió a amedrentarlo diciéndole: "Tenemos fieras a las que te echaré si no te arrepientes". Policarpo respondió: "Hagan lo que quieran; no es posible abandonar el bien para abrazar el mal".

Yo me pregunto: ¿qué era para él el bien? Quizás el bien era mantenerse con vida, quizás el bien era volver a alcanzar su libertad. El mal era de manera evidente el fuego de la hoguera o los dientes de las fieras. Pero Policarpo, al igual que el testimonio de Isaías, el bien no estaba en las circunstancias. El Señor era el bien, Dios era el bien. Y por lo tanto él podía decir: "No es posible abandonar el bien para abrazar el mal", porque él sabía que el Dios bueno y misericordioso estaría con él aún en medio de las brasas que iban quemando su cuerpo, porque el Señor había prometido que iba a estar con él. Él tenía una relación con el Señor, y esa relación con el Señor es lo que lo volvió un verdadero testigo. Durante 86 años he servido a este Señor y no me hizo ningún daño. ¿Cómo podré maldecir a mi Rey? Esta es la verdad.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.