Integridad y Sabiduria
Sermones

Somos testigos: la vida

Pepe Mendoza 29 septiembre, 2013

La fe no se mide por las circunstancias que rodean nuestra vida, sino por nuestra relación con Dios. Abel murió joven y de manera violenta; Enoc vivió 365 años y fue trasladado al cielo sin ver la muerte. Sin embargo, lo que marcó a ambos no fue cómo terminaron sus días, sino que agradaron a Dios mientras vivieron. Esta verdad desafía nuestra tendencia a evaluar la vida cristiana por los logros visibles o las tragedias evitadas.

El domingo en que se predicó este mensaje, mientras una congregación en Santo Domingo adoraba con normalidad, otra iglesia en Peshawar, Pakistán, sufría un atentado terrorista que cobró 85 vidas, incluyendo 37 niños recién llegados de la escuela dominical. Esos creyentes eran parte de la misma nube de testigos que incluye a Noé, Abraham y Sara: personas que vivieron por fe sin recibir todas las promesas, reconociéndose extranjeros y peregrinos en esta tierra, anhelando una patria celestial.

La vida del testigo cristiano se fundamenta en algo superior a las circunstancias. Noé construyó un arca porque creyó en lo que Dios le advertía, no en lo que sus ojos veían. Abraham salió sin saber a dónde iba porque confió en quien lo llamaba. Sara creyó en la fidelidad de Dios más que en las limitaciones de su cuerpo. Sin fe es imposible agradar a Dios, porque acercarse a él requiere creer que existe y que recompensa a quienes lo buscan. Esta fe no trivializa el cristianismo reduciéndolo a peticiones temporales, sino que lo eleva hacia propósitos eternos.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Vamos a darle gracias al Señor! ¡En su Palabra! Somos testigos. ¿Cuál es nuestra responsabilidad como testigos del Señor? Cuando hablamos de alguien que es testigo, estamos hablando de una persona que ha observado un acontecimiento y puede testificar de esa realidad. De tal manera que nosotros somos testigos porque podemos dar cuenta de la obra del Señor en nuestras vidas. Nosotros no somos teólogos; la palabra "teólogo" no aparece en la Escritura como quien opina de Dios o como quien estudia a Dios. El término que se usa para nosotros los creyentes es "testigos", porque nosotros testificamos de lo que el Señor ha hecho en nuestras vidas.

Hoy día estaremos hablando de la vida de aquellos que son testigos del Señor. Pero antes de comenzar directamente con el tema, quiero hablarles de algo que sucedió, algo dramático. Un par de sucesos dramáticos que conmocionaron la prensa la semana pasada, el domingo pasado. Dos sucesos que nos quedan muy lejanos, pero que de alguna manera podemos hablar de ellos de manera muy cercana. Uno de ellos fue en Kenia, donde sabemos que extremistas armados entraron a un mall y mataron a una gran cantidad de personas. Este suceso duró desde el domingo hasta aproximadamente el miércoles. Un suceso doloroso, maligno, un suceso en donde muchas personas inocentes perdieron la vida.

Pero hay otro suceso también, en un país muy lejano pero que también nos queda muy cercano. En la provincia de Peshawar, en Pakistán, sucedió algo tremendo el domingo pasado. Pero antes déjenme darles una pequeña introducción, porque probablemente hablar de un suceso en un lugar tan lejano, bueno, no nos afecta de ninguna manera. Pero yo quisiera acercarlos de alguna forma a lo que allí sucedió.

Peshawar es una provincia en Pakistán que queda en la frontera con Afganistán. Es una provincia convulsionada en nuestro tiempo y convulsionada por muchos años. Podríamos hablar de un par de siglos donde hay una colisión de culturas, de religiones, de tribus, de razas que han hecho de esa zona una zona bastante conflictiva y bastante dolorosa. En Pakistán, el número de cristianos es un número bastante mínimo y se considera a los cristianos como un grupo discriminado, un grupo pobre, un grupo perseguido.

En el año 1883, un grupo de cristianos se reunieron para crear una iglesia: la Iglesia de Todos los Santos, en Peshawar, Pakistán. Es una iglesia anglicana, evangélica, y una iglesia que por muchos años ha dado testimonio de la presencia de Dios en un ambiente tan conflictivo. Desde su construcción, la intención fue mostrar el amor de Dios de esa manera superlativa como el Señor solamente lo sabe hacer. Es una iglesia en forma de cruz, pero que responde también en su arquitectura a las formas orientales. Es una iglesia que está rodeada de textos bíblicos escritos alrededor del templo, pero están escritos en diferentes idiomas que muestran la diversidad del lugar: en persa, en urdu, en pastún, en árabe, en inglés y también en hebreo. Es una iglesia que ha producido y que ha mantenido un gran número de misioneros, muchos de ellos, algunos de ellos, que han muerto en el martirio por testificar de la causa de Cristo. De tal manera que es una iglesia significativa.

Yo quisiera por un momento que ustedes puedan conocer algo de esa iglesia. Yo tengo unas dos o tres fotos de esta iglesia que yo quisiera que ustedes observen para poder hablarles también de lo que allí sucedió. Esa es la congregación, esa es la Iglesia de Todos los Santos. Como ustedes ven, las personas están vestidas de acuerdo a su cultura. Ellos tienen que entrar descalzos al templo conforme a la cultura oriental. Las mujeres se sientan a un lado, los hombres al otro lado. La siguiente imagen, por favor. No es un lugar muy grande, entran alrededor de 200 personas, pero tiene un culto significativo. La siguiente imagen. Ellos adoran, adoran como lo hacemos nosotros, también con música contemporánea, música acorde a su propia región y a su propia cultura. Y como ustedes ven, en la siguiente imagen, nuevamente la imagen de la congregación.

El domingo pasado, al igual que nosotros, al igual que nosotros en este momento, ellos estaban celebrando su culto de adoración. Quizás esta foto fue tomada un par de años antes. Quizás muchas de las personas que estaban en esta imagen estaban también al final del culto de adoración. Durante la última canción, al final del servicio, después de que los niños fueron devueltos a la iglesia para participar de la última adoración, los niños regresan de la escuela dominical, se escuchó una fuerte explosión. Dos extremistas suicidas se inmolaron dentro de la Iglesia de Todos los Santos en Peshawar y mataron a 85 personas, 37 de los cuales eran niños que acababan de llegar de la escuela dominical. Ellos hirieron a más de 120 personas. O sea, de una iglesia de más de 200, que no tiene más de 200, casi todos salieron heridos.

Ahora, esto es algo que nos queda ajeno y que nos queda ajeno a nuestras preocupaciones eclesiásticas. Nuestras preocupaciones quizás en esta región del mundo son otras, pero ellos son nuestros hermanos. Ellos han sufrido el martirio por la causa de Cristo, por ser cristianos. Y esto no es nuevo. Solamente entre agosto y septiembre de este año, solo en Egipto, más de 60 iglesias cristianas han sido quemadas, solo entre agosto y septiembre. Esto es algo que quizás nos queda muy lejos, pero forma parte del testimonio de lo que significa ser cristiano aún en nuestro tiempo, de lo que significa vivir con el Señor aún en nuestro tiempo. Eventos como estos nos hablan de la fragilidad de la vida, pero también del compromiso real que nosotros tenemos como testigos cristianos frente a un mundo convulsionado por la violencia.

Yo tengo una pareja de amigos, junto con Erika, pareja que nosotros conocemos de muchos años. Él es de la India y ella es de Pakistán. Y ellos tenían una vida relativamente cómoda en Inglaterra. Luego ellos se mudaron por trabajo a los Estados Unidos, pero ahora por convicción personal decidieron volver a Pakistán, a pesar de lo que significa volver a Pakistán en estos tiempos. Y ellos, hablando de lo que sucedió en esta iglesia, escribieron lo siguiente. Y yo quisiera que ustedes tomen estas palabras como propias:

"Imagine que usted forma parte del grupo de adoración de la iglesia un domingo cualquiera. Imagine que está cerrando sus ojos en adoración mientras canta, y luego imagine que escucha una fuertísima explosión. Luego abre los ojos y sorprendido se da cuenta que está mirando al mismísimo Señor, el Cordero en el trono. No hay nada de fantasía en esto, porque es justamente lo que les sucedió al coro de la Iglesia de Todos los Santos, lo mismo que a muchos niños de la escuela dominical y a otros asistentes. Oremos por aquellos que quedaron. Señor, que tu nombre sea levantado en alto."

Es el testimonio de vivir nuestras vidas como cristianos en nuestro tiempo. Y yo por eso quisiera hablarles ahora, que nos reubiquemos en nuestra percepción de la vida como testigos del Señor. Acompañando a estos hermanos y acompañándonos también en medio de nuestra realidad, para no trivializar nuestro cristianismo, para seguir acordándonos que el Señor Jesucristo dijo: "Mi reino no es de este mundo." Y por eso hablar de la vida del testigo es hablar de la vida que ha sido inoculada por fe en nuestro testimonio como cristianos. Una vida que va a salir de la naturalidad y que va a caminar en una esperanza nueva, en un camino distinto.

Porque nosotros hemos hablado justamente que nosotros somos testigos de algo que ha hecho el Señor en nuestra vida. Cuando hablábamos hace un par de semanas de Isaías 43, nosotros veíamos que el Señor nos ha entregado, de manera gratuita y misericordiosa, una nueva identidad. Una nueva identidad que se basa en aquello que Él ha hecho por ti y por mí. Él es mi Creador, Él es mi Formador, Él es mi Redentor, Él ha pagado el precio por mi liberación, Él me conoce por mi nombre. El Señor no tiene una línea de ensamblaje para crear hijos de Dios; el Señor nos reconoce por nuestro nombre. Y el Señor es mi Propietario. El Señor no simplemente hizo algo por mí y me dejó de lado. Él dijo: "Yo te quiero para mí, y ahora en adelante tú eres mío." Ese es nuestro sentido de identidad. Nosotros estamos identificados con nuestro Dios, de tal manera que todo lo que soy viene de Él y depende de Él.

Nosotros dijimos también que Él era nuestra seguridad. Que en medio de las vicisitudes de la vida podemos reconocer su presencia, su participación. Tenemos comunión con Él, y de eso nosotros testificamos. De un Dios a quien nosotros conocemos, un Dios a quien nosotros creemos, un Dios a quien reconocemos participante en nuestra vida. No es una idea que yo puedo fabricar; es una realidad que es más grande que yo, más poderosa que yo. Un Dios que interviene sobre mi vida sin que yo lo merezca.

La semana pasada nosotros utilizábamos un ejemplo para ver que ese Dios que participa en nuestra vida tiene que producir un carácter que sea acorde a la intervención de ese Dios. Y veíamos a Jeroboam. Y veíamos cómo Jeroboam había sido separado por Dios, y el Señor le había regalado un mensaje y lo había hecho rey, y le había pedido una única condición: camina conforme a mis mandamientos, obedece lo que yo te digo, sé recto delante de mis ojos. Jeroboam no entendió esa realidad, y él pensó que esa identidad que estaba recibiendo era algo que él merecía y algo que él debía cuidar, y dejó de lado a Dios y dejó de lado la fortaleza del carácter que él debía tener para caminar con el Señor.

Por eso es que nosotros debemos orientar nuestra vida. Y el Dios que está obrando en mí tiene que estar creando un carácter, una personalidad. Tiene que estar obrando en mí de tal manera que ese trabajo que Él está haciendo en mí se grafica en la forma en que yo empiezo a reaccionar ante las diferentes circunstancias que yo enfrento en la vida.

Por eso es que ahora entramos al último tema de esta pequeña serie y queremos hablar de la vida de un testigo. ¿Cómo es que nosotros vamos a vivir? Después de ver lo que hemos visto, después de saber lo que ocurrió en un lugar tan lejano pero tan cercano porque son nuestros hermanos en Cristo.

Vamos a ir al libro de Hebreos, a la carta a los Hebreos, en el capítulo 10, y nos vamos a dar cuenta que el autor de Hebreos, al final del capítulo 10, está guiando, llegando al pueblo al cual le está hablando, y le está diciendo: ustedes también de alguna manera son participantes de estos sufrimientos que le corresponden al pueblo de Dios que vive en un mundo oscuro. Pero es importante entender que hay un factor fundamental en nuestra vida que hace que nuestra vida sea totalmente distinta. Ese factor es la fe.

En el último versículo del capítulo 10, en el verso 39, hay una declaración enfática de parte del autor de Hebreos con respecto al pueblo de Dios. Él dice: "Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para la preservación del alma." Si hay algo sustantivo en nuestra fe, y cuando hablamos de nuestra fe no hablamos de esa simplemente esa intención de mi corazón porque creo algo que no conozco. La fe es en realidad el conocimiento de la Palabra de Dios, la Palabra de Dios y mi confianza en lo que Dios ha dicho es lo que produce fe en mi corazón. Yo baso mi confianza en Él y esa confianza está depositada en la seguridad de que lo que Él ha dicho es cierto, es verdadero y se va a cumplir.

El autor de los Hebreos hace una distinción: nosotros no somos de los que retroceden para perdición, nosotros no somos de los que vamos a caer en el vacío, nosotros somos de los que tenemos fe para preservación del alma. Hay una primera cosa que la fe hace en la vida: la fe preserva la vida, la fe preserva nuestra condición esencial de ser humano creado a imagen y semejanza de Dios. Cuando yo voy a la fe no solamente estoy articulando temas religiosos que afectan mi vida espiritual los miércoles por la noche y los domingos por la mañana. La fe tiene la particularidad de ajustar mi vida entera, de ajustarla de principio a fin.

La fe preserva la vida, y la palabra preservar tiene que ver con el hecho de apropiarse completamente, de empoderarnos de nuestra vida a través de la Palabra de Dios para hacerla valer completamente y no por partes o circunstancias. Nuestra vida cobra un sentido integral, total, por encima de lo contingente. La fe sirve para preservar el alma. Cuando nosotros vamos en fe y vemos nuestra vida, la vemos no como partida en pedazos, sino que la vemos entera en las manos de nuestro Dios. Él es mi Creador, Él es mi Formador, Él es mi Redentor, Él me conoce por mi nombre, yo soy de su propiedad. No una parte, mi vida entera le pertenece a Él. Yo tengo la seguridad de que Él tendrá cuidado de mí: "Nunca te dejaré, nunca te desampararé." "He aquí yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo." La fe tiene esa capacidad de preservar mi alma, de hacerla una, de integrarla en un solo concepto. No se rompe producto de las circunstancias, se integra por el consejo de la Palabra de Dios. Esa es la primera seguridad.

Y luego el autor de Hebreos, en el capítulo 11 en el verso 1, define la fe y dice: "La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve." La fe por un lado integra lo que yo soy y lo convierte en una unidad en las manos de Dios. Pero la fe en segundo lugar me da una certeza y una convicción que trasciende la realidad de este mundo.

Nosotros vivimos muy convencidos de todo lo que se mueve a nuestro alrededor, estamos familiarizados con la vida en este mundo y con sus realidades. Sabemos relacionarnos, sabemos tratarnos, hemos aprendido a manejar en el caos de esta ciudad y sobrevivir, lo que ya es mucho. Hemos aprendido a asegurar nuestras casas, hemos aprendido que no basta una puerta con llave, que se necesita una reja. He aprendido a cómo salir a la calle, he aprendido a caminar, he aprendido a saber en qué barrio uno no debe entrar. Sabemos manejarnos en medio de este mundo.

Pero ser cristiano no es solamente pedir la protección de Dios en medio de esta realidad, sino que debemos trascender sobre esa realidad. Yo tengo la certeza de una esperanza que va más allá de lo que yo veo y tengo una convicción acerca de una realidad que, aunque no está presente delante de mis ojos, es una realidad celestial que es más grande que la realidad temporal.

Esa es nuestra fe. La fe me agranda, la fe me preserva y la fe me agranda. La fe preserva lo que yo soy en una sola realidad divina, y la fe me agranda hacia una realidad que es más grande que la realidad en la que yo vivo y que me hace estar por encima de las circunstancias. Ese es el efecto de la fe en mi vida. Todavía el autor de Hebreos no lo ejemplifica, pero lo va señalando de esa manera.

Dicen los versos 2 y 3: "Porque por ella recibieron aprobación los antiguos. Por la fe entendemos que el universo fue preparado por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve no fue hecho de cosas visibles." Ahora la fe produce aprobación, la fe produce testimonio. Esa fe que me integra y esa fe que me hace salir de las circunstancias es una fe que testifica de una realidad con un Dios presente que es más grande que esta temporalidad.

Nosotros no tenemos ídolos. Los ídolos tenían la capacidad de poder suplir en el corazón del hombre la necesidad de un dios que podía utilizarse cuando era necesario y descartarse cuando ya no se necesitaba. Nosotros tenemos un Dios que trasciende, y por lo tanto los antiguos recibieron testimonio de aprobación, producto de la fe que les permitía demostrar que ellos tenían un Dios más grande que ellos mismos.

Y esa realidad no es solamente la realidad circunstancial de nuestra propia vida, sino que se extiende a una cosmovisión aún más grande, porque el verso 3 dice: "Por la fe entendemos que el universo fue preparado por la palabra de Dios." Nosotros no somos seres racionales en medio de un mundo irracional. Nosotros no estamos buscando que nuestras vidas tengan razón de ser en un mundo donde todo funciona por la casualidad. Nosotros como creyentes creemos por fe que el universo tiene propósito porque fue creado por la Palabra de Dios. No solo mis circunstancias, no solo mi pequeño mundo, sino que la realidad del universo depende del gobierno de un Dios que tiene razón y que tiene el universo en la palma de su mano.

Esa es nuestra seguridad de fe. Yo vivo bajo esa realidad. Yo busco en la Palabra de Dios todo aquello que me integre como persona, que me afirme como persona, que preceda mi vida, que me dé la seguridad de que estoy actuando como el Señor espera que yo actúe. Pero no solamente una fe para este mundo, sino una fe que me da convicciones que trascienden este mundo, una fe que me genera esperanza, una fe que me da seguridad, una fe que me permite tener convicción sobre cosas que yo no veo. Yo puedo decir: el Señor está aquí porque Él lo ha prometido. El Señor está aquí porque Él lo ha prometido en su Palabra, que su Cristo prometió estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Es una realidad invisible, pero Él está aquí. Lo creemos por la fe.

Entonces, esta realidad ahora me lleva a descubrir que la vida de fe de un testigo debe basarse en un fundamento superior al del fundamento humano. El autor de Hebreos usa dos ejemplos que vamos a ver rápidamente, dos ejemplos bíblicos que nos muestran justamente la diferencia entre la realidad del mundo y la realidad de Dios.

Dicen los versos 4 y 5 de Hebreos capítulo 11: "Por la fe Abel ofreció a Dios un mejor sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó el testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y por la fe, estando muerto, todavía habla. Por la fe Enoc fue trasladado al cielo para que no viera la muerte, y no fue hallado porque Dios lo trasladó, porque antes de ser trasladado recibió testimonio de haber agradado a Dios."

El autor de Hebreos utiliza dos ejemplos bíblicos, dos personas que en la línea de la vida podrían estar en lugares completamente opuestos. En un lado está Abel. Ustedes conocen la historia de Caín y Abel, ¿verdad? La historia del primer asesinato, por llamarlo de alguna manera. La historia de Abel está, si lo pudiéramos llamar de alguna manera, plagada de un sentimiento de una vida truncada, una víctima del primer odio humano más profundo. De Abel no conocemos si se casó, si tuvo hijos, si desarrolló su vida. Probablemente murió en su juventud. Una vida truncada, una historia truncada, una noticia de los periódicos dramática de alguien que murió fuera de la edad que le correspondía morir y por lo tanto simplemente queda en el olvido.

En el otro extremo nosotros nos encontramos a Enoc. Enoc, a diferencia de Abel, es un hombre que vivió una vida completa. Dice que a los 65 años tuvo su primer hijo. Imagínense ustedes, a los 65 años tuvo su primer hijo y le puso por nombre Matusalén. Sesenta y cinco años, tuvo su primer hijo, y después de ver su primer hijo, dice esta historia, porque en realidad no es una historia, empieza la genealogía: fulano engendró a mengano, mengano a sutano, etcétera, etcétera, y en eso le dedican dos versículos o tres a la historia de Enoc. Lo cierto es que Enoc, después de dar a luz, de tener a Matusalén como hijo, dice que vivió otros 300 años y crió hijas e hijos. O sea, una vida plena, una vida completa. A diferencia de Abel, Abel tuvo una vida truncada, no le conocemos hijos, no le conocemos esposa. A Enoc le conocemos un pequeño detalle: una larga vida, 365 años, hijos e hijas, una vida completa.

Ahora, nosotros como humanos y seres temporales marcamos la existencia y le damos significado y le ponemos fundamentos sobre los logros que nosotros conseguimos en la vida.

Quizás a Abel decimos "pobre Abel", y de Enoc no podemos decir "oye, ese hombre la vivió de principio a fin, no se le conoce un problema, una dificultad, un error, nada, la vivió bien de principio a fin". Sin embargo, el autor de Hebreos nos dice: no, cuando nosotros caminamos por fe, cuando nosotros preservamos nuestras vidas en fe en la Palabra de Dios, cuando tenemos una esperanza trascendente y la certeza de una realidad invisible, no podemos marcar la vida de los hombres como la marcarían los periódicos.

En realidad, si ustedes se dan cuenta, en el verso 4 no hace una sola mención a la forma en que Abel murió; no hay una sola mención en el verso 4 a la forma en que Abel murió. Lo único que se menciona de Abel fue que fue un hombre que quiso agradar a Dios; él agradó a Dios con su ofrenda, dice: "Por la fe Abel ofreció a Dios un mejor sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó el testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas". Abel se presentó en el poco tiempo de vida; él pudo hacer un vínculo con la eternidad, en la medida en que él tuvo un corazón dispuesto para agradar a su Señor. A él, al Señor, no le importó las noticias que aparecieron con respecto a su muerte, porque a Él le importa lo que esté escrito en el libro de la vida.

Esa es la realidad celestial, y aunque Abel vivió una vida corta, sin embargo se nos dice que por su deseo de agradar a Dios, Dios dio testimonio de que se agradó de Abel. Y el final del verso 4 dice: "Y por la fe, estando muerto, todavía habla". Esto nos da a entender que para el Señor, al Señor no le está en preocupación por las circunstancias que nos afecten, porque Dios es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; no es un Dios de muertos, sino de vivos. Y ese es el testimonio de Abel.

Por el otro lado, nosotros encontramos a Enoc, y en la breve referencia que aparece en Génesis 5 con respecto a su vida, hay dos veces en las que aparece "y Enoc caminó con Dios". Enoc caminó con Dios. Nuevamente, el punto neurálgico de la vida de Enoc no tuvo que ver con los muchos años que vivió, o con los muchos hijos e hijas que procreó, o la tranquilidad y la paz con la que vivió por esos 365 años, sino que tuvo que ver con la realidad de un hombre que caminó agradando al Señor.

Es evidente que, así como en Abel la historia siempre nos llevará a pensar que Abel fue asesinado, en la historia de Enoc no hay un final dramático, pero hay un final glorioso. El final glorioso es que nos dicen que Enoc desapareció porque el Señor se lo llevó al cielo sin pasar por la muerte. ¡Wow! ¿Verdad? Tremendo. Esa es la marca distintiva; la muerte de Enoc opaca todo lo que haya, los 365 años que haya vivido. Y es verdad, y lo encontramos también en el texto, porque en el verso 5, solo en un versículo, tres veces aparece la palabra "trasladado": que Enoc fue trasladado, no fue hallado porque Dios lo trasladó, antes de ser trasladado.

Sin embargo, nuevamente, la marca de referencia de la vida de Abel no está en cómo murió, ni tampoco la marca de referencia en Enoc está en cómo murió. No importa que una haya sido desgraciada y la otra haya sido gloriosa; lo que nos dice el pasaje al final del verso 5 es: "Porque antes de ser trasladado, recibió testimonio de haber agradado a Dios". Antes de ser trasladado, recibió testimonio de haber agradado a Dios antes.

De tal manera que en las vidas de Abel y Enoc nosotros entendemos que hay un fundamento superior en nuestra realidad espiritual, que no depende de las circunstancias, sean malas o sean buenas, sino que el Señor espera que mi fundamento nuevamente sea Él. Se trata de Él, se trata de agradarle a Él, se trata de estar en paz con Él, se trata de recibir de parte de Dios testimonio y que yo testifique de ese Dios que camina conmigo más allá de las circunstancias.

El verso 6 concluye esta idea y dice: "Y sin fe es imposible agradar a Dios". Sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe y que es remunerador de los que le buscan. Sin fe es imposible agradar a Dios, porque solo la fe me conecta con la realidad de ese Dios presente, de ese Dios que está en medio de mi vida.

Entonces, ¿cuál es la definición? Dice: "Es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe". La versión de la Reina Valera del 60, que muchos de ustedes tienen, dice "crea que le hay". Sin embargo, "crea que le hay" suena un tanto poético, mientras "crea que Él existe" suena dramáticamente serio. Yo no me voy a acercar a un Dios impersonal; yo me voy a acercar delante de un Dios que yo tengo que creer que es presente, que es real, que es verdadero, que es consciente, que es adorable.

Dios no es solamente una fuente de bendiciones, dádivas o de respuesta a nuestros dilemas. Dios es un ser personal: nuestro Creador, nuestro Formador, mi Redentor, el que me llama por mi nombre, mi propietario. Dios tiene conciencia de sí mismo, y yo me acerco con temor ante ese Dios personal, pero me acerco por la fe, y me acerco creyendo en las cosas que Él me va a decir y en las cosas que Él ha dejado expuestas en su Palabra. Ese es mi Dios personal.

A veces yo siento que nosotros venimos aquí a la búsqueda de lo que podríamos llamar un "yoga cristiano": quiero sentirme bien. A veces hay personas que me dicen: "Yo sé que necesito orar más y leer más la Palabra", y suenan como unos ejercicios para lograr algo, pero no es como el acercamiento en una relación personal con Dios. El que tiene fe y se acerca, él tiene que creer que Él existe. Leer la Palabra y orar como ejercicios espirituales necesarios para hacer algo en mí es como si tuviéramos un Dios impersonal con el cual yo voy a obtener ciertas cosas producto de este ejercicio que estoy haciendo. El que se acerca a Dios tiene que creer que Él existe y creer que Él es remunerador de los que le buscan.

Es interesante que esta versión que nosotros usamos, la de la Biblia de las Américas, que es mucho más moderna que la versión del 60, clarifica muchos de los términos que nosotros usamos. En las Biblias más tradicionales, la Biblia del 60 dice que es "galardonador de los que le buscan". La palabra "galardonador" es como alguien que da galardón, alguien que da premios, mientras que en el original griego la palabra es "el que paga el salario". El Señor es el remunerador de los que le buscan. Por lo tanto, el Señor no está hablando de que Él va a darnos algo si es que lo quiere o porque no sé qué; el Señor nos va a dar y va a pagar con exactitud y con justicia al que lo está buscando, porque es el remunerador de aquellos que le buscan. El Señor no le debe nada a nadie, el Señor no retrasa su salario a nadie, el Señor le da a cada uno conforme a su voluntad, pero Él sigue siendo justo. Esa es nuestra seguridad con respecto a Dios.

Por eso nuestra vida como testigos debe buscarse y afianzarse en una búsqueda por agradarle a Él en primer lugar, y lo vemos con estas dos vidas: Abel, una vida corta, y Enoc, una vida larga; Abel, una muerte dramática, y Enoc, una muerte gloriosa. Pero ninguno de esos eventos de su vida los marca, sino su relación con el Señor. Nuestras vidas tienen que estar marcadas por nuestra relación con el Señor y no por las circunstancias que nos rodean, porque ese es el fundamento de nuestra fe.

Básicamente, siguiendo con el pasaje, nosotros leemos que ahora nos encontramos con tres personajes bíblicos: con Noé, con Abraham y con Sara. Vamos a leer los versos 7 al 12, del 7 al 12, para continuar con este segundo fundamento de nuestra vida de fe:

"Por la fe Noé, siendo advertido por Dios acerca de las cosas que aún no se veían, con temor preparó un arca para la salvación de su casa, por la cual condenó al mundo y llegó a ser heredero de la justicia que es según la fe. Por la fe Abraham, al ser llamado, obedeció, saliendo para un lugar que había de recibir como herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra de la promesa como en tierra extraña, viviendo en tiendas como Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa, porque esperaba la ciudad que tiene cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. También por la fe Sara misma recibió fuerza para concebir, aun pasada ya la edad propicia, pues consideró fiel al que lo había prometido. Por lo cual también nació de uno, y este casi muerto con respecto a esto, una descendencia como las estrellas del cielo en número e innumerable como la arena que está a la orilla del mar".

Una segunda característica de los testigos cristianos con respecto a la vida y a su vida de fe es que nuestra vida de fe y nuestra vida como testigos del Señor en esta tierra debe producir en nosotros un propósito superior a los propósitos de esta vida común que nosotros estamos viviendo continuamente.

Es cierto que todos nosotros vamos delante del Señor y llevamos nuestras necesidades delante de Él, y es justo y oportuno. Es cierto que nosotros oramos por nuestros trabajos, por nuestra salud, que oramos por novios, oramos por novias, oramos por hijos, oramos por nietos, oramos por aprender a ahorrar, a manejarnos financieramente bien, que oramos por seguridad, oramos por sueños que nosotros tenemos: algún viaje, cambiar el auto, cambiar la refrigeradora de la casa. Todos esos son sueños y peticiones nuestras delante de Dios.

Pero no podemos quedarnos allí. Como testigos del Señor, nuestras vidas trascienden a esa realidad, y el Señor nos enseña que al caminar con Él, nuestras certezas y nuestras convicciones trascienden a la realidad de este mundo. Nosotros no podemos sujetar a Dios simplemente a las trivialidades de nuestras circunstancias contemporáneas. Nosotros podemos pedir, y el Señor dice que Él sabe de aquello que tenemos necesidad, pero como cristianos tenemos que dar un paso más allá, en una realidad que es más trascendente, que es más grande, que es más profunda, que es más hermosa.

Eso lo encontramos en Noé. Dice que Noé fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían.

Cuando nosotros caminamos con el Señor, no vamos a ser solamente advertidos de lo que los periódicos nos dicen. Conforme a lo que los periódicos nos dicen, yo me acercaré delante del Señor en oración. El Señor nos advierte de cosas que el mundo no ve, pero que el Señor llama nuestra atención para que vivamos de manera distinta. Eso es lo que Noé reconoció y eso es lo que Noé por la fe vivió: con temor preparó un arca para la salvación de su casa. Él empezó a levantar un bote en medio de la tierra seca porque le creyó al Señor y no le creyó a las burlas de sus contemporáneos.

Nosotros tenemos que advertir que nuestro Dios, que vive en la eternidad, tiene algo más que decirnos sobre nuestra realidad, que no es solamente la realidad de nuestros contemporáneos. Nosotros vivimos y caminamos como viendo al invisible, y el invisible tiene algo que decirnos que es más grande que nuestra realidad temporal.

Encontramos también la historia de Abraham. Por la fe Abraham, al ser llamado, obedeció, saliendo para un lugar que había de recibir como herencia, y salió sin saber a dónde iba. Abraham, el padre de la fe, nos enseña el secreto de la confianza en el Señor, de un Señor que nos va a llevar a lugares que nosotros desconocemos, a realizar tareas que nunca imaginamos. Dice: Abraham, al ser llamado, obedeció. Obedeció el llamado del Señor para caminar en una tierra que en realidad él nunca recibió. Más adelante se nos dice que Abraham, Isaac y hasta Jacob vivieron en tiendas como extranjeros en medio de la tierra de la promesa, una tierra prometida para ellos que ellos solamente podían mirar de lejos, pero que les pertenecía porque la miraban de acuerdo a la perspectiva de Dios.

Esa realidad no puede ser ajena a nuestras vidas, hermanos. Tenemos que vivir de una manera tal que a través de la fe podamos realizar, darle altura a nuestra relación con el Señor. Nuestro Señor no puede estar solamente ocupado de nuestros asuntos triviales y temporales. El Señor tiene un plan, el Señor tiene más que escasamente un propósito para con la humanidad, el Señor tiene algo que darnos.

Y por eso en el verso 11 también se nos habla de Sara. Noé fue advertido, Abraham fue llamado, a Sara se le prometió algo que ella no podía realizar por sí misma. Ella había pasado la edad de concebir y era estéril, pero el Señor le prometió no solamente un hijo para ella, para satisfacer su necesidad de madre, sino que le prometió una descendencia tan grande como las estrellas del cielo. Algo que era inimaginable para ella en ese momento, pero ella simplemente, como dice el verso 11, consideró fiel al que lo había prometido. Ella miró al Señor y creyó en la seguridad de la promesa de Dios y no en la realidad de su propio cuerpo.

Noé no advirtió ninguna dificultad material en su alrededor; fue la advertencia de Dios. Abraham recibió un llamado para una tierra que iba a él a pertenecerle y que él nunca tuvo en posesión de manera real, pero él creyó en el Señor. Sara veía su cuerpo y no veía en ella las facultades para procrear, pero ella tenía la esperanza de que el Señor era fiel, y el Señor que era fiel iba a cumplir lo que había prometido.

El verso 13 nos dice: "Todos estos murieron en fe, sin haber recibido las promesas, pero habiéndolas visto y aceptado con gusto desde lejos, y confesado que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra."

Y acá hay un principio fundamental, hermanos, de nuestra vida de fe. El mundo en que nosotros vivimos en la actualidad no es un mundo que tenga todos los recursos para que el Señor nos pueda dar todo aquello que el Señor quiere darnos. Este mundo no basta, no es suficiente para poder nosotros vivir bajo la expectativa que el Señor tiene para nosotros que vivamos. "Mi reino no es de este mundo", dijo nuestro Señor. Ya hemos dicho que es válido orar por nuestras necesidades particulares, pero es necesario que nosotros percibamos que en este mundo, bajo estas condiciones de vida, yo nunca me podré sentir completamente satisfecho en el Señor. Yo soy extranjero y peregrino, no pertenezco a este lugar y tampoco me voy a quedar a vivir en este lugar.

Esa es la primera realidad, el primer concepto de poder tener un propósito superior por fe a la realidad de mi vida en esta tierra. Yo no voy a encontrar la consumación de mi existencia en esta vida. Yo tengo la expectativa de un Señor que vendrá por segunda vez y renovará los cielos y la tierra, y viviré con Él para siempre. Pero no se dará aquí, se dará con Él en gloria.

Y por eso es que nosotros encontramos: Noé, Abraham, Sara, pero dice que murieron en fe sin haber recibido las promesas, pero habiéndolas visto y aceptado con gusto desde lejos. Yo acepto con gusto desde lejos lo que el Señor tiene para mí, porque yo sé que eso no será satisfecho en esta tierra.

Dice el verso 14: "Porque los que dicen tales cosas claramente dan a entender que buscan una patria propia. Y si en verdad hubieran estado pensando en aquella patria de donde salieron, habrían tenido oportunidad de volver. Pero en realidad anhelan una patria mejor, es decir, celestial. Por lo cual Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha preparado una ciudad."

Por la fe, en medio de esta vida, aún descubriendo la provisión de Dios de tantas y milagrosas maneras, aún reconociendo que Dios es el que me sostiene y el Señor es mi proveedor, yo reconozco que este no es mi lugar, que yo soy extranjero y peregrino, que estoy anhelando una patria mejor.

La idea de patria es una idea muy interesante, porque la idea de patria tiene que ver con la tierra natal, mi propia nación, en donde nos sentimos vinculados por vínculos jurídicos, históricos, afectivos, culturales. Muchos de nosotros podemos haber pasado diez, veinte, treinta, cuarenta años fuera de nuestra patria, pero nosotros siempre nos sentimos identificados con un lugar: el lugar en donde crecimos, en donde nacimos, en donde fuimos educados, en donde aprendimos nuestras primeras palabras, nuestras primeras comidas. Siempre añoraremos regresar a la patria.

Nosotros tenemos una patria celestial que yo tengo que aprender a vislumbrar y sentir, así como nos identificamos con nuestra propia patria, nuestra patria temporal. Nos identificamos unos con otros cuando nos encontramos y descubrimos gustos comunes, afectos comunes, ideas comunes. Y queremos que nuestros huesos sean enterrados allá en la patria lejana de donde yo salí hace muchos años, pero allá pertenezco, porque ahí está lo que realmente yo soy en esencia. Nosotros en realidad pertenecemos por adopción a una patria celestial, de tal manera que yo puedo ver en este mundo que no hay nada que sea suficiente, a donde yo pueda ir para sentirme acogido y sentirme completamente recibido, porque yo siempre estaré extranjero y peregrino en medio de este mundo. Podré disfrutar de todo lo que aquí se me brinda, podré realmente asentarme en un lugar de manera temporal, pero mis ojos siempre estarán soñando con volver a la patria celestial.

Por eso es que dice: "Por lo cual Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos." Dios no se avergüenza de sus hijos que reconocen que no les basta la tierra para estar satisfechos, que están esperando algo mejor, algo más grande, algo más precioso, algo que solamente viene del Señor, pues Él nos ha preparado una ciudad.

Hermanos, nosotros como testigos del Señor reconocemos que nuestra identidad y nuestra seguridad dependen de Él, que yo tengo que fortalecer mi carácter para que mi carácter se adecúe a la realidad de la identidad y la seguridad que el Señor me ha dado. El Señor que interviene en mi vida tiene que fortalecer mi corazón en obediencia para reconocer que yo soy siervo y Él es Señor, que yo soy criatura y que Él es Dios, que Él es el Salvador y yo soy el rescatado. Yo tengo que reconocer mi posición delante de Él en obediencia, fortaleciendo mi carácter.

Pero en mi vida, ese carácter fortalecido debe llevarme a reconocer que, sin importar mis circunstancias, yo tengo que agradarle a Él. Sin importar mis circunstancias, yo tengo que agradarle a Él y tengo que entender que básicamente mi vida, escrita en el libro de la vida, no se relacionará tanto a los eventos buenos, dramáticos, felices o insospechados de mi existencia, sino en la medida en que yo me relacioné con mi Señor, en la medida en que yo caminé con Él, en la medida en que yo lo agradé a Él, en la medida en que yo le reconocí como mi Dios cercano y presente en mi vida.

Quizás los nombres de Noé, Abraham, Sara, aun Abel o Enoc nos quedan bastante grandes, ¿verdad? Usted podría decir en este momento: "Bueno, Pepe, yo también quiero vivir esa realidad celestial, pero yo trabajo de ocho a seis, tengo una hipoteca por pagar, tengo hijos adolescentes, tengo este problema de salud, tengo una vida tan terrenal." Pero no es verdad, porque no se trata de ti, se trata de Él. Y si yo dejo que tú sigas esa lógica, entonces volvemos al espíritu de Jeroboam y no reconocemos al Dios que es tu Creador, tu Formador, tu Redentor, que te conoce por tu nombre y que es tu propietario. Entonces se trata de ti, no se trata de Él.

Noé no había advertido nada, así que Dios se lo dijo. Abraham no hubiera salido a ninguna parte si es que el Señor no lo hubiera llamado. Sara no hubiera tenido... bueno, habría tenido un perrito para cuidarlo, pero nunca hubiera tenido a Isaac porque su cuerpo no le daba para tener un hijo. No se trata de ellos, se trata del Señor. No se trata de Abel, porque Abel vivió una vida trunca, lo mató su hermano, pero no se trata de Abel; se trata de que Abel agradó a Dios mientras estuvo con vida. No se trata de Enoc, no son los días, es la cercanía con su Señor. Enoc anduvo con Dios. Por lo tanto, por la fe tenemos que creer que Él existe y que es galardonador de los que le buscan, y el Señor te conoce por tu nombre.

Si tú le perteneces a Él, te conoce por tu nombre y Él te hablará a tu corazón. Pero tú tienes que estar dispuesto a vivir una vida para agradarle y a vivir una vida que salga de lo trivial, que pueda mirar a un propósito superior como lo vio Noé, como lo vio Abraham, como lo creyó Sara.

Y esta historia continúa, y vamos terminando. A partir del verso 32, el autor de Hebreos dice: yo quisiera seguir dando ejemplos, pero ya no puedo seguir dando más ejemplos. "¿Qué más diré? Pues el tiempo me faltaría para contar de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, de Samuel y de los profetas, quienes por la fe conquistaron reinos e hicieron justicia, obtuvieron promesas, cerraron bocas de leones, apagaron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada, siendo débiles fueron hechos fuertes, se hicieron poderosos en la guerra, pusieron en fuga ejércitos de extranjeros. Las mujeres recibieron a sus muertos mediante la resurrección, y otros fueron torturados, no aceptando su liberación, a fin de obtener una mejor resurrección. Otros experimentaron vituperios y azotes, y hasta cadenas y prisiones. Fueron apedreados, aserrados, tentados, muertos a espada, anduvieron de aquí para allá cubiertos con pieles de ovejas y de cabras, destituidos, afligidos, maltratados, de los cuales el mundo no era digno, errantes por desiertos y montañas, por cuevas y cavernas de la tierra. Y todos estos, habiendo obtenido aprobación por su fe, no recibieron la promesa, porque Dios había provisto algo mejor para nosotros."

Nosotros todavía estamos en la línea de esos testigos. Nosotros todavía estamos en la misma línea con nuestros hermanos de Peshawar. Nosotros todavía caminamos con el Dios creador y Señor, dueño del cielo y la tierra. Nosotros todavía podemos estar descubriendo la vida abundante que el Señor tiene para con nosotros en medio de nuestras propias circunstancias.

Por eso es que ese pasaje tan conocido que ustedes encuentran en el capítulo 12: "Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios."

Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. A la luz de todo lo anterior podría sonar extraño, pero sí, hagamos que nuestra vida cobre significado descubriendo al Dios de la eternidad en medio de nuestra temporalidad. Estemos atentos para escuchar la voz de Dios cuando nos advierte, cuando nos llama, cuando nos confronta. Busquemos agradar a Dios en todos los detalles de nuestra vida, y vamos a ver cómo en medio de nuestra temporalidad, en medio de nuestro ocho a seis, en medio de pagar las cuentas, en medio de criar a nuestros hijos, en medio de ahorrar, en medio de pagar las cuentas del auto, en medio de los problemas de salud, el Señor nos va a mostrar una eternidad que es más grande que nosotros.

Quisiera terminar con unas palabras de nuestra misionera en Belice, que es Tenacia. Ella tiene pocas semanas allá y ella ha mandado su primer reporte. Y su primer reporte llenó mi corazón porque yo creo que encierra justamente lo que una vida como testigo debe incluir.

Ella dice, contando una circunstancia que le tocó vivir: "Cuando uno llega a conocer el Dios que tenemos, uno sabe que no habrá falla en lo que Él demanda. Yo me suelo trazar objetivos y resultados, pero el simple hecho de obedecerlo cuando Él lo demanda tiene un fin en sí mismo, y de Él es el resultado. Como por ejemplo, una mañana hace pocos días Dios puso en mí un deseo tan grande de ir al río que queda cerca de donde yo vivo, a leer la Palabra de Dios. Salí tempranito y cogí para allá. Mientras meditaba, una señora mayor se me acerca con un cántaro de agua y me saluda y me pide permiso en su idioma para mojar las plantas. Me quito y en inglés le pregunto si quiere que la ayude. La señora, sabiendo que no entendía su idioma, comenzó a hablarme y dejó de hacer lo que hacía para empezar a mirar al vacío y comenzar a llorar y a desahogarse conmigo. Yo en ese momento pensé en mis mujeres de Najaño, en mi mami. Y los ojos se me aguaron a mí también, y sin pensarlo comencé a tocarle la espalda como señal de que yo sentía un dolor que no entendía. Me sentí impotente, pero a la vez eso me guió a comenzar a orar en español por ella. Después se enjugó las lágrimas y me dijo gracias en su idioma. Ella se fue y a los cinco minutos volvió y me dijo 'good morning, hi' y 'goodbye', en un inglés muy asiático, que me parece que fue una señal de agradecimiento. Pero si hay algo que yo sé, es que Dios pudo mostrarle su amor a través de mí."

Son esos momentos los que nos convierten en testigos. Cuando en medio de lo que queremos, deseamos, sentimos, podemos ver un poquito más allá de nosotros y descubrir que el Señor puede usarnos, puede hablarnos, puede manifestarse a nosotros a pesar de nuestra debilidad. Saber que no todo queda aquí en esta tierra, que somos extranjeros y peregrinos con una esperanza que va más allá de lo que aquí tenemos. Pero el Señor puede darnos oportunidades como estas, como yo sé que nos las dará, si es que nosotros estamos dispuestos a caminar como testigos del Señor.

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*Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en Su Palabra.*

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.