Integridad y Sabiduria
Sermones

La suficiencia de las escrituras

Miguel Núñez 24 septiembre, 2017

La Palabra de Dios contiene todo lo necesario para la salvación, la santificación y una vida que glorifique a Dios. Esta es la doctrina de la suficiencia de las Escrituras, que en el contexto de la Reforma protestante significaba que no necesitamos las tradiciones ni el magisterio de Roma, pero que hoy abarca mucho más: entender para qué exactamente la Biblia es suficiente.

Segunda de Timoteo 3:14-17 establece que las Escrituras son suficientes para enseñar, reprender, corregir e instruir en justicia, equipando al creyente para toda buena obra. En cuanto a la enseñanza, la Palabra tiene poder para abrir ojos ciegos y crear fe. La historia del rico y Lázaro lo ilustra con claridad: Abraham le dice al rico que si sus hermanos no escuchan a Moisés y los profetas, tampoco se persuadirán aunque resucite un muerto. No hay milagro ni testimonio humano que pueda crear la fe que la Palabra no puede crear. En cuanto a la reprensión, Cristo mismo lo demostró al enfrentar a Satanás en el desierto con un simple "escrito está" repetido tres veces.

Pedro confirma esta verdad: el divino poder de Dios nos ha concedido todo lo concerniente a la vida y la piedad mediante el verdadero conocimiento de Cristo. Mientras más lo conocemos a través de su Palabra, más fácil se vuelve la obediencia. La Escritura también nos da perspectiva correcta ante el sufrimiento, recordándonos que las aflicciones presentes son leves y pasajeras comparadas con la gloria venidera. Dios prefirió darnos a su Hijo antes que darnos respuestas, porque es una persona quien consuela, no explicaciones impersonales.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Hoy, a la encomienda de seguir, por lo menos, pensamos seguir animando a la iglesia, motivándola e inspirándola hacia su causa. Por eso hemos tomado este desvío, por así decirlo, de la serie sobre el libro de los Hechos. La semana pasada prediqué acerca de la autoridad de las Escrituras, y en el día de hoy voy a predicar acerca de la suficiencia de las Escrituras. Todo eso está bajo la sombrilla de lo que es Sola Escritura. Faltaría un tercer mensaje, pero no lo vamos a traer durante este tiempo, sobre la inerrancia de las Escrituras. Pero hoy el tema es la suficiencia de las Escrituras.

Tenemos varios pasajes que quisiéramos usar para poder abordar este tema. Pero yo, una vez más, quisiera no simplemente tomar un pasaje de las Escrituras y hablar de la suficiencia, porque hay muchos pasajes de los cuales uno pudiera hacer eso. Me gustaría conectarlo en el contexto histórico en el que nosotros estamos ahora: el 500 aniversario de la Reforma Protestante. De manera que voy a comenzar ahí, para que podamos entender qué surgió hace 500 años atrás, esta doctrina de la suficiencia de las Escrituras, de qué manera ellos la vieron, y de qué manera fue posteriormente ampliada como verdaderamente necesita ser vista.

En la época de la Reforma, la batalla básicamente era entre los reformadores, que insistían que nosotros solamente necesitamos la autoridad divina e inerrante de la Palabra, y la autoridad de la Iglesia de Roma. Ahí estaba la lucha: los reformadores versus Roma, que insistía en que, además de la Palabra, nosotros necesitábamos —y esa es la palabra: necesitábamos— obligatoriamente también las tradiciones y el magisterio, o las enseñanzas de la iglesia.

Entonces, en el contexto del siglo XVI, el concepto de la suficiencia de las Escrituras se limitaba, en esencia —o mejor dicho, déjame devolverme un momentito—, en ese contexto, cuando se hablaba de la suficiencia de la Escritura, en esencia era lo mismo que hablar de Sola Escritura. Porque con suficiencia de la Escritura lo que se estaba tratando de comunicar era: no necesitamos las tradiciones, y no necesitamos al clero de Roma, con todos sus concilios y todos sus veredictos; las Escrituras son suficientes.

Pero en el día de hoy, la suficiencia de la Escritura es mucho más que eso. Ciertamente no necesitamos las tradiciones, pero ya hoy nosotros no solamente pensamos, cuando hablamos de suficiencia de las Escrituras, en que no necesitamos las tradiciones, sino que pensamos: ¿para qué es que verdaderamente las Escrituras son suficientes? Y en realidad eso es importante, porque nosotros tenemos que reconocer que las Escrituras no son suficientes para fabricar un carro.

Hay una historia jocosa de alguien que naufragó y está en una isla desierta, y entonces la pregunta es: si tú estás en una isla solo, naufragaste, y solamente puedes tener un libro, ¿cuál libro quisieras? Obviamente, si tú le preguntas a cristianos, dicen la Biblia. Pero hay una persona que está escuchando esta pregunta y dice: yo quisiera un libro para fabricar un barco o un bote para salir de allí. Pues esa es la idea: que nosotros a veces espiritualizamos las cosas y perdemos de vista que realmente Dios nos dio su Palabra para algo en particular, específico, y que hay otras cosas que Él nos ha permitido, dentro de ese marco de referencia que es la Biblia misma, poder escudriñar: la ciencia, el uso de la razón, las matemáticas, por ejemplo, y así sucesivamente.

Entonces, la suficiencia de las Escrituras es nuestro tema hoy; la autoridad de la Escritura fue nuestro tema la semana pasada. Y cuando se habla de los atributos de la Palabra, recuerden que nosotros dijimos que Dios y su Palabra nunca están por separados: donde está Dios está su Palabra, y donde está su Palabra está Dios. De la misma manera, entonces, que Dios tiene atributos, la Palabra de Dios tiene atributos. Y clásicamente, los atributos de los cuales se ha hablado cuando se piensa en la Palabra son precisamente: suficiencia, autoridad, claridad —sobre todo en lo que tiene que ver con la salvación— y necesidad. A algunos de nosotros agregaríamos la inerrancia o infalibilidad de las Escrituras, pero otros entienden que la autoridad implica inerrancia e infalibilidad.

Si nosotros no tenemos un entendimiento claro de estas verdades, una de las cuales estoy exponiendo hoy, Sola Escritura tendría poco significado. Las Escrituras, por ser inspiradas por Dios, como mencionamos la semana pasada, es esa inspiración la que le da su autoridad; es esa inspiración lo que le da su inerrancia o infalibilidad; es esa inspiración lo que hace que sean abundantemente claras cuando tiene que ver con la salvación; y es esa inspiración la que las hace suficientes. La pregunta es: ¿para qué son suficientes?

Diferentes personas han definido la suficiencia de la Escritura de diferentes maneras. En este año se publicaron, en vista del 500 aniversario de la Reforma, múltiples libros en torno a las solas y en torno al movimiento reformado. Uno de esos libros se llama *God's Word Alone*, "La Palabra de Dios solamente", publicado por Matthew Barrett. Él define la suficiencia de las Escrituras diciendo que todas las cosas necesarias para la salvación y para vivir la vida cristiana en obediencia a Dios y para su gloria están contenidas en las Escrituras.

John Piper, por otro lado, la define de una manera similar, pero dice lo siguiente: las Escrituras son suficientes en el sentido de que son las únicas palabras inerrantes e inspiradas por Dios que necesitamos para conocer el camino de la salvación y el camino de la obediencia. Entre las definiciones que encontrarás en mi estudio, yo creo que la más completa es la de la Confesión de Westminster, de unos doscientos o trescientos años atrás. Y dice lo siguiente: "El consejo completo de Dios con relación a todas las cosas necesarias para su gloria y para la salvación, la fe y la vida del hombre, están claramente establecidas en las Escrituras o se pueden deducir de ellas, y nada ha de añadirse a esta revelación de su voluntad, ni por nuevas revelaciones del Espíritu ni por las tradiciones de los hombres."

Entonces, cuando nosotros hablamos de Sola Escritura, o mejor dicho de la suficiencia de las Escrituras, nos estamos refiriendo a las verdades que el hombre necesita conocer para su salvación, su santificación y para glorificar a nuestro Dios; todas ellas están reveladas en su Palabra. John MacArthur afirma que la Biblia ciertamente es la autoridad máxima en todos los asuntos espirituales. Sola Escritura, simplemente dice MacArthur, significa que toda la verdad necesaria para nuestra salvación y para nuestra vida espiritual es enseñada explícita o implícitamente en las Escrituras. Y luego agrega: el mayor defensor de Sola Escritura tiene que admitir que la Biblia no dice nada acerca de las estructuras del ADN, de la microbiología, de la gramática del idioma chino o de la ciencia espacial.

De manera que las Escrituras contienen todo lo que necesitamos conocer acerca de Dios, todo lo que necesitamos conocer acerca de la vida espiritual del hombre, todo lo que nosotros necesitamos conocer de cómo relacionarnos con Dios, y todo lo que nosotros necesitamos conocer para glorificar a Dios y para llevar una vida de obediencia que glorifique y que sirva de adoración a nuestro Dios en nuestro quehacer diario. Sin embargo, la suficiencia de las Escrituras no elimina la necesidad de maestros —Dios ha dotado a la iglesia de maestros—; la suficiencia de las Escrituras no elimina otras autoridades —Dios nos ha dado autoridades en el gobierno, en el hogar, en la iglesia y en otros lugares—; y la suficiencia de las Escrituras no elimina la ciencia ni elimina el uso de la razón.

De manera que tenemos que tener claro de qué es que hablamos cuando hablamos de la suficiencia de las Escrituras. Ahora, lo que sí nosotros podemos decir con toda certeza es que cuando la Biblia habla en un área, en esa área sobre la cual está hablando, su autoridad está por encima de todo maestro, de toda autoridad, de toda ciencia y de toda razón humana. Eso sí podemos afirmarlo categóricamente. ¿Vamos entendiendo? ¿Ok?

Entonces, de los pasajes que las Escrituras nos brindan para hablar de la suficiencia de las Escrituras, ¿cuál de esos pasajes escogió usted? Gracias por preguntarme; yo lo voy a decir. La segunda carta a Timoteo, escrita por Pablo en sus últimos años, muy poco tiempo antes de morir: una carta muy personal, muy intensa, muy práctica, muy emocional. En el capítulo 3 hay varios versículos que yo quisiera abordar. Uno de ellos ya lo vimos la semana pasada, pero solo una porción de ese versículo que yo no expuse aquella mañana. Pero hay otras cosas que sí quisiera decir de este texto.

Entonces, en 2 Timoteo 3:14-17, nosotros leemos lo siguiente: "Tú, Timoteo, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quiénes has aprendido, y que desde la niñez has sabido las Escrituras, las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios" —eso lo vimos la semana pasada— "y es útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra."

Pablo anima, al final de sus días —poco tiempo antes de morir—, a su discípulo más joven, a que recuerde las Escrituras: Escrituras que le fueron enseñadas desde muy joven, que fueron transmitidas a él de parte de su abuela Loida y de parte de su madre Eunice.

Y entonces, Pablo recuerda que esas escrituras son una fuente de sabiduría que lleva la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. De manera que ahí, Pablo comienza a darme una idea de qué es lo que él entiende que las escrituras son. Recuerda: estas escrituras son una fuente de sabiduría que te llevan a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús.

Y entonces dice que estas partes de su suficiencia son capaces de instruir al hombre para que sea perfecto, completo —esa es la idea—, equipado para toda buena obra. De manera que si queremos hacer al hombre completo, como Dios quiere que lo sea, y queremos equiparlo para toda buena obra, la palabra de Dios inspirada por Dios es suficiente. Entonces, esa persona que va a ser capacitada, o después de ser capacitada, tiene en sus manos un instrumento útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia. Para esas cuatro cosas, las escrituras son suficientes.

Equipado para toda buena obra, para hacer al hombre completo: mientras lo haces completo, cuando le estás formando, si tú necesitas de algo para formarlo, las escrituras son suficientes —para corregirlo, para enseñarlo, para reprenderlo y para instruir en justicia—. Entonces yo creo que valdría la pena tomar estas frases por separado y ver de qué manera el resto de la palabra ilustra, enseña o abunda sobre cada una de ellas.

En primer lugar, las escrituras son suficientes para enseñarnos. Es la primera frase: para enseñar el camino de la salvación, para enseñarnos el Evangelio. Y no solamente son suficientes para enseñar el Evangelio, sino que ellas tienen en sí mismas el poder de abrir los ojos de aquellos que estaban espiritualmente ciegos y crear fe en ellos. La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios. Estas escrituras son suficientes para darle la vista a aquellos que están ciegos espiritualmente y crear fe en ellos al mismo tiempo.

Escucha: no hay milagro ni hay testimonio personal que pueda crear en el hombre la fe que la palabra no puede crear. Yo voy a tratar de demostrar eso, no solamente de explicarlo. Yo voy a tomar la palabra de Dios y demostrar que no hay ni milagro ni testimonio bajo el cielo que pueda crear fe que la palabra no puede crear. Y yo quiero ilustrar eso, y probarlo a partir de la misma palabra.

Tú conoces esta historia que está dicha en Lucas 16. Es narrada y se habla de un hombre rico y se habla de un pobre de nombre Lázaro; ambos mueren. Lázaro va al seno de Abraham, el hombre rico va al Hades, a la condenación. Entonces, déjame leerte parte de la historia solamente, porque tú conoces la historia.

"Había cierto hombre rico que se vestía de púrpura y lino fino, celebrando cada día fiestas con esplendidez; y un pobre llamado Lázaro estaba echado a su puerta, cubierto de llagas, ansiando saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico. Además, hasta los perros venían y le lamían las llagas. Y sucedió que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico y fue sepultado." (Lucas 16:19 y siguientes.)

El texto continúa con un diálogo. En el diálogo está el hombre rico sufriendo, con su lengua seca. Ahí está, viendo del otro lado a Abraham y a Lázaro, y le dice: "Padre Abraham, envía a Lázaro para que pueda mojar mi lengua." Y Abraham le responde que no puede cruzar: no puede cruzar de aquí allá, hay un gran abismo. Pero este hombre rico se acuerda de que tiene cinco hermanos, y él está en tal agonía que quisiera que el Padre Abraham tuviera misericordia y pudiera enviar a Lázaro a decirles a sus hermanos cuán horrendo es aquel lugar.

Y entonces, en el versículo 27 de Lucas 16, continúa la historia y dice: "Te ruego, pues, Padre, que lo envíes a la casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos, de modo que él los prevenga para que ellos no vengan también a este lugar de tormento. Pero Abraham dijo: ellos tienen a Moisés y a los profetas; que los oigan." Y el rico decía, como si le estuviera reclamando: "No, Padre Abraham, tú no entiendes; como no has estado aquí en el lugar de tormento, no entiendes. Pero si alguno va a ellos de entre los muertos, se arrepentirán." Mas Abraham le dijo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguno se levanta de entre los muertos."

Hermanos, yo creo que ustedes estarían de acuerdo conmigo en que si ahora mismo se apareciera alguien venido del Hades, del infierno, eso sería un milagro, ¿sí o no? Si él viniera y nos hablara de cuán horroroso es aquel lugar donde hay llanto y crujir de dientes, eso sería un gran testimonio, ¿no lo creen? Abraham le dice: ni que se levante un muerto del infierno y vaya y haga ese milagro y se aparezca, ni que vaya y dé su testimonio de vida; si no escucharon la palabra hablada por Moisés y los profetas, tampoco escucharán ni se persuadirán si alguno se levanta de entre los muertos.

No hay milagro ni hay testimonio que pueda crear la fe que la palabra no puede crear. La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios. Hermanos, escúchenme: tu testimonio es importante, pero no es el Evangelio. El Evangelio es el testimonio del Señor Jesucristo, que nació, vivió, cumplió la ley, padeció, colgó en la cruz, murió por nuestros pecados, pagó la pena por mis pecados, fue sepultado, resucitó, se levantó de entre los muertos al tercer día y hoy gobierna desde los cielos, sentado en gloria a la diestra del Padre. Este es el testimonio que cambia vidas y que crea fe en el corazón y el interior del hombre.

Con eso, claramente Dios revela la suficiencia de la palabra cuando se trata de la salvación del hombre. Por eso el apóstol Pablo decía: "Los judíos piden señales, los griegos buscan sabiduría; nosotros ni hacemos señales ni milagros, ni estamos predicando la sabiduría del hombre. Nosotros predicamos a Cristo, y a este crucificado." Pablo sabía dónde radicaba el poder para salvación: en el Evangelio, que es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree, del judío primeramente y luego del gentil o del griego.

La palabra de Dios es más poderosa que lo que pueda decir alguien que saliera del infierno y nos hablara en el día de hoy. De hecho, alguien se levantó de la gloria, vino y se encarnó, nos habló del más allá, nos habló del cielo, nos habló del infierno, y ¿saben qué hicieron? Lo clavaron en una cruz. "Si no obedecen a Moisés y a los profetas, no se persuadirán si alguno se levanta de entre los muertos."

De eso hablamos la semana pasada: la autoridad de la palabra. Dios habló y de la nada se formó todo; eso es poder y autoridad. ¿Cuánto poder se requiere para formar billones de galaxias? Un poder infinito. Déjenme decirles: ese mismo poder usado para formar el universo entero es el mismo poder usado para levantar a un muerto espiritual, traerlo a la vida y hacerlo completamente nuevo. Es el mismo poder de Dios, infinito en su extensión. ¿Te imaginas lo inadecuados que nosotros somos para hacer algo como eso?

Entonces, Dios levanta a los muertos por la misma palabra que creó el universo de la nada, y por ese poder Dios llama las cosas que no son como si fueran. Esas escrituras han sido impregnadas por ese poder. Una vez más: la fe viene por el oír, y el oír viene por la palabra de Dios. Cuando una iglesia deja de proclamar el testimonio de Jesucristo para proclamar en su lugar el testimonio de los hombres, hasta deja de ser iglesia. Por eso decíamos en la tesis: lo que define a una iglesia es la presencia o no del Evangelio.

Lamentablemente, en muchos lugares eso es lo que ocurre hoy. En vez de la predicación de la palabra, hay muchos testimonios de hombres; eso tiene su lugar y tiene su importancia —escuchen los testimonios de los bautizados—, pero eso tiene un lugar particular que no puede reemplazar el testimonio de nuestro Señor Cristo Jesús. En la antigüedad, los profetas falsos hicieron algo similar: reemplazaron la palabra de Dios por visiones y sueños, como ocurre hoy.

Entonces, las escrituras son suficientes para enseñar: para enseñar el camino de la salvación. ¿Y para qué más? Para enseñar el camino de la santificación. Una vez que yo nazco de nuevo, yo tengo que seguir creciendo, yo tengo que seguir santificándome. Y esto es como Cristo lo anunció desde un principio, en Juan 17:17: "Padre, santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad."

Su palabra es definida como fuego; es capaz de consumir impurezas en nosotros. Su palabra es definida como martillo en el libro de Jeremías, porque es capaz de destrozar cosas, fortalezas espirituales en nosotros. Y esa palabra no da golpes físicos, pero cuando actúa, su poder es demoledor. La experiencia de Saulo camino a Damasco es suficiente para probar lo que estamos diciendo.

Saulo era un perseguidor de la Iglesia, un fariseo de fariseos, de la tribu de Benjamín, instruido bajo Gamaliel, con todas las credenciales posibles; y él va caminando a Damasco. Y Cristo se encuentra con él y le habla —ahí está la palabra—. Y cuando él cae en tierra, oye una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Él dijo: "¿Quién eres, Señor?" Y le respondió: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer." Ese encuentro, al oír la palabra de Cristo, fue capaz de darle salvación a Saulo, lo convirtió en Pablo, y posteriormente fue capaz de santificar al mismo Pablo.

El hecho es que cuando la santificación no se está dando en el creyente, no es por carencia —la palabra es suficiente—; es por negligencia del hijo de Dios. Ahora bien, la palabra de Dios tiene que ser consumida, tiene que ser meditada. Si tú quieres ser santificado, no solamente tienes que consumir la palabra; tú tienes que aplicar la palabra. Pero tienes que aplicarla a ti mismo, porque a veces nosotros la consumimos y se la aplicamos a otro, ¿o no?

Leemos algo en la Palabra y pensamos en alguien, y a través de ese versículo que leímos juzgamos a esa persona. ¿Tú no has hecho eso nunca? ¿De verdad? Ok, confiésate, arrepiéntete. Leemos algo en la Palabra y decimos: "Eso es lo que yo digo, porque oye, eso es lo que fulano no hace." Esa aplicación que acabas de hacer ni lo transforma a él, ni te transforma a ti, porque no se dio para eso.

Leemos algo, inmediatamente damos un copy-paste, y ahí va un email, o ahí va un Twitter, o va algo, y la enviamos a otros, pero no la enviamos al corazón de nosotros. Y esa Palabra entonces no hace su trabajo.

Escucha lo que Jerry Bridges dice. Bridges fue un gran hombre de Dios; murió el año pasado. Dios nos dio la oportunidad de tenerlo almorzando con nosotros en la oficina meses antes de su muerte, y la verdad que fue un gran deleite poder conversar con un hombre en sus 80 y tantos años que verdaderamente ha vivido la santidad de Dios. El deseo es el siguiente: es imposible practicar la piedad sin una ingesta constantemente consistente y equilibrada de la Palabra de Dios en nuestras vidas.

Constante: todo el tiempo. Consistente: en otras palabras, cuando estás leyendo un libro de la Biblia y llegas a una conclusión, esa conclusión tiene que ser consistente con otra conclusión de otro libro de la misma Biblia, para que no estemos hablando las cosas por los moños, como decimos. Y la Palabra tiene que ser equilibrada; en otras palabras, está muy bien que yo lea los textos que me bendicen, los textos que me prometen, los textos que me levantan, los textos que me animan —todo eso es gracia, decían los puritanos, no importa si están en el Antiguo Testamento o en el Nuevo Testamento—. Pero yo tengo que leer también los textos que me confrontan, los textos que me acusan de cosas que yo estoy haciendo, los textos que me señalan, los textos que me recuerdan las consecuencias —y todo eso es ley, decían los puritanos, no importa si están en el Antiguo Testamento o en el Nuevo Testamento—.

Alguien pudiera preguntar: "¿Por qué yo no puedo avanzar en mi santificación sin la Palabra? ¿Por qué no puede ser a través de la experiencia, como yo he escuchado un par de ocasiones?" Bueno, porque la Palabra es el instrumento que Dios diseñó y al cual le impregnó poder para santificarte. Después de todo, Cristo dijo: "Padre, santifícalos en tu caminar..." —su experiencia es verdad—. "Santifícalos en tu Palabra; tu Palabra es verdad." Entonces, las Escrituras son suficientes para enseñar —como leímos en 2 Timoteo—.

Número dos: las Escrituras son suficientes para reprender. Nosotros pudiéramos hacer una lista larga de pasajes de la Palabra de donde se puede ilustrar esto, pero yo creo que el mejor pasaje para ilustrar que las Escrituras son suficientes para reprender —para reprender al que quiere seducirte, para reprender al que está tratando de que sigas el camino que Dios no te ha señalado— es el encuentro de Cristo con el archienemigo de Cristo. Es Cristo con el anticristo en el desierto: un duelo entre el mayor representante del reino de las tinieblas y el mayor representante del reino de la luz.

La segunda Persona de la Trinidad, el Unigénito de Dios, Dios mismo, el agente creador, se encuentra con Satanás, y Satanás lo tienta. Y Cristo pudiera haber dicho: "Oye, yo te creé, yo soy el agente de la creación, Lucifer, yo te formé." Pudiera haber hecho alarde de Su posición. ¿Y sabe qué hace? En cada una de las tentaciones: "Escrito está... escrito está... escrito está." ¡Qué glorioso uso de las Escrituras, que son suficientes para librar toda batalla espiritual! La batalla espiritual más poderosa, con el archienemigo de Cristo mismo, frente a frente, cuerpo a cuerpo. Simplemente desenvainó la espada y dijo: "Escrito está... escrito está... escrito está."

Las Escrituras son suficientes para reprender. Cristo lo mostró: son suficientes para reprender al que está en pecado, son suficientes para que tú mismo seas reprendido por ellas, porque como dijimos la semana pasada, las Escrituras son más cortantes que cualquier espada de doble filo y son capaces de penetrar tu interior separando el alma del espíritu, capaces de separar el tuétano de las coyunturas y capaces incluso de discernir tus pensamientos y las motivaciones de tus pensamientos. Hebreos 4:12 nos dice eso. Son suficientes para la reprensión del otro: si tú tienes que aconsejar a alguien, eres pastor o eres un amigo, entonces son suficientes para ejercer disciplina de iglesia. Ve y reprende a tu hermano, confronta a tu hermano, porque la palabra tiene ese poder. Son suficientes para enseñar el camino de la salvación, para enseñar el camino de la santificación, son suficientes para reprender cuando alguien está tratando de seducir, para reprenderte a ti mismo.

En ese lugar, las Escrituras son suficientes para corregir al que está en error. Hay múltiples pasajes, pero uno solo voy a citar. Priscila y Aquila escucharon a Apolos predicar. Apolos tenía fama de buen predicador, era un predicador poderoso en palabra y conocía las Escrituras. Escuchemos lo que el libro de los Hechos dice en el capítulo 18, a partir del versículo 26: "Este Apolos había sido instruido en el camino del Señor y, siendo ferviente en espíritu" —imagino que eso quiere decir lleno del Espíritu—, "hablaba y enseñaba con exactitud las cosas referentes a Jesús."

Entonces, si hablaba con exactitud las cosas referentes a Jesús, ¿cuál sería el problema que este hombre pudiera tener? Aunque —y ese "aunque" ya me introduce como una figura de contraste—, solo conocía el bautismo de Juan. Ese "solo" me dice hoy que no conocía algo en las cosas. Y comenzó a hablar con denuedo en la sinagoga. Pero había un "pero" ahí: cuando Priscila y Aquila lo oyeron, lo llevaron aparte y le explicaron con mayor exactitud el camino de Dios. Este es un hombre dotado por Dios, ferviente en espíritu, está hablando la palabra, poderoso en espíritu, poderoso en predicación. Cuando hablaba de Jesús tenía el camino claro, hablaba con exactitud. Pero Priscila y Aquila habían conocido las Escrituras un poco más, habían entendido un poco más allá, y entendieron que a Apolos le faltaba algo. Lo llamaron aparte y le explicaron con mayor exactitud; le completaron con la misma Escritura el conocimiento incompleto de las Escrituras que él tenía. Las Escrituras son suficientes para corregir al que está en el error.

Y finalmente, en cuanto a ese texto se refiere, para lo que dice a ti, Timoteo: las Escrituras son suficientes para instruir en justicia. La Nueva Traducción Viviente dice que las Escrituras nos enseñan a hacer lo correcto, nos enseñan a obedecer. La Biblia Amplificada en inglés, traducida por mí ahora para este texto, dice que son suficientes para guiarnos a comportarnos honorablemente y con valentía moral. Las Escrituras, si yo realmente quiero saber —es que no sé, viene mi trabajo y todo bajo presión y hay cosas que yo no sé si son éticamente correctas o no—, son suficientes para enseñarme qué es lo correcto, lo que puedo hacer y no debo hacer en un ambiente de trabajo. Por eso es que Miqueas le dice al pueblo judío en 6:8: "Tú sabes lo que Dios requiere de ti." ¿Y cómo lo sé? En las Escrituras. Ya Él te lo ha revelado: solo practicar la justicia, amar la misericordia y andar humildemente con tu Dios. En otras palabras, no necesitas más que lo que Dios ha revelado para saber lo que es correcto o no correcto. Quizás necesitas un maestro, si puede ser; quizás necesitas un Apolos y una Priscila que te ayuden a entender cosas que tú no has acabado de entender, pero Dios ya lo ha provisto.

Eso es exactamente, con otras palabras, lo que Pedro les escribe a sus seguidores en su segunda carta, en 1:3. Escucha: yo voy a usar la palabra que Pedro quiso —e inspiró en Pedro— para afirmar con otro texto, con otro autor, lo mismo que acabo de exponer de Pablo a Timoteo. Pedro dice en 2 Pedro 1:3: "Pues su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia." En otras palabras, Dios, por medio de su divino poder —y ¿dónde está ese divino poder? En las Escrituras, de las que estamos hablando—, nos ha concedido todo; no alguna cosa, todo. Todo lo concerniente a la vida —la vida tiene que ver en el contexto con la vida eterna y espiritual de que estamos hablando— y todo lo concerniente a la piedad, es decir, la santificación de la que ya hablamos. Y ¿cómo lo concedió? Mediante el conocimiento de aquel que nos llamó.

Déjame ver si entendiste bien. Dios nos concedió todo lo que yo necesito para vivir espiritualmente bien, para caminar en piedad, es decir, santamente. Pero me lo concedió, dice el texto, mediante el verdadero conocimiento. En otras palabras, si no conozco a Cristo en primer lugar, no tengo todo lo concerniente a la vida y la piedad. Pero luego que lo conozco, yo no tengo todo lo que necesito conocer en el día uno, en el mes uno, en el año uno. Yo necesito seguir creciendo en el verdadero conocimiento de aquel que me llamó, porque ahora yo solamente conozco en parte. Llegará un momento —dice Pablo en 1 Corintios 13— en que conoceré completamente, pero ahora que conozco en parte necesito seguir conociendo de aquel que me llamó, porque mientras más yo conozco de Él, mejor vivo y mejor vida de piedad tengo. ¿Pastor, o sea que si yo no estoy viviendo tan santamente lo que me falta es verdadero conocimiento del que me llamó? ¡Bingo!

Mira cómo J. I. Packer lo dice en su libro *El conocimiento del Dios Santo*. ¿Para qué fuimos creados? Pregunta Packer, y él mismo se responde: para conocer a Dios. ¿Cuál meta debiéramos tener en la vida? Respuesta: conocer a Dios. ¿Cuál es la vida eterna que Jesús da? Conocimiento de Dios. Entonces él cita Juan 17:3: "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado." Packer pregunta: ¿qué es lo que produce más gozo, deleite y contentamiento que cualquier otra cosa? El conocimiento de Dios. Y entonces cita: "No se gloríe el sabio de su sabiduría, ni se gloríe el poderoso de su poder, ni el rico se gloríe de su riqueza", Jeremías 9:23.

Packer vuelve y pregunta: de todos los estados en que el hombre se puede encontrar, ¿cuál le trae más placer? El conocimiento de Dios. Y entonces cita Oseas 6:6: "Porque me deleito en la lealtad más que en el sacrificio, y más en el conocimiento de Dios que en los holocaustos." Nosotros no ofrecemos holocaustos de becerros y corderos y todo eso que se ofrecía en el Antiguo Testamento, pero ofrecemos otro tipo de holocaustos. ¿Y qué es? Cuando venimos a la iglesia, cuando oramos, cuando leemos la Palabra, cuando oramos juntos: todos esos son nuestros sacrificios ofrecidos a Dios. Y Dios dice: "Yo me deleito más en que me conozcan; me deleito más en el conocimiento de Dios que en los holocaustos."

Una vez que te percatas de que tu meta principal en la vida es conocer a Dios, dice Packer, la mayoría de tus problemas caen en su lugar de manera natural. Una vez que yo me percato de que mi meta número uno es conocer más de aquel que me llamó, mis problemas comienzan a caer en su lugar, comienzan a organizarse, mis prioridades comienzan a ocupar su lugar. Escucha a Pedro otra vez en su segunda carta, 1:3: "Pues su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia." Dios nos ha concedido todo lo necesario para nuestra vida de obediencia, todo sin excepción para mi vida abundante. Escucha: no dije vida próspera, sino abundante. Cristo dijo: "Para esto yo he venido, para que tengáis vida y la tengáis en abundancia", definida en términos espirituales. Nos ha entregado todo lo necesario. Mientras más conozco de Cristo, más fácil es mi vida de obediencia. ¿Y dónde conocemos de Cristo? En su Palabra. Su Palabra es suficiente.

Mira cómo Pablo lo dice a los corintios. Lo precioso de las Escrituras es su congruencia. Te dije lo que Pablo le dijo a Timoteo, te mostré lo que Pedro le dice a sus seguidores, que es exactamente lo mismo: que la Palabra es suficiente, que ya tenemos lo que necesitamos para la vida de piedad. Y ahora te voy a mostrar cómo Pablo se lo dice a los corintios, cómo Pablo les explica que en mi santificación, o vida de piedad, está relacionada al conocimiento de Cristo, y que el conocimiento de Cristo está en su Palabra. ¿Cómo Pablo se lo dice? 2 Corintios 3:18: "Pero nosotros todos, con el rostro descubierto —porque ya conocimos a Dios, teníamos un velo, pero ya nos lo quitaron—, contemplando como en un espejo la gloria del Señor" —¿y dónde contemplo como en un espejo la gloria del Señor? En su Palabra—, "estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, por el Señor, el Espíritu."

Pablo me dice que la transformación de gloria en gloria es mi santificación, que yo estoy siendo transformado de gloria en gloria en la medida en que yo contemplo. Mira que no dice "en la medida en que te esfuerzas, en la medida en que luchas" —aunque esas cosas hay que hacer— pero eso no es en este contexto a lo que él se está refiriendo ni donde el énfasis está, sino que tú estás siendo transformado de gloria en gloria en la medida en que tú contemplas la gloria de Cristo, la gloria del Señor, y entonces vas siendo transformado a su imagen y eres transformado por el Espíritu.

Ahora, alguien pudiera decir: "Bueno, para dormir muy bien, yo voy entendiendo, y qué bueno, pero eso es como más fácil ahora que la Biblia completa —tenemos los 66 libros— y la gente de antes, la gente del Antiguo Testamento que no tenía toda esta revelación, entonces también la Biblia incompleta era suficiente, la palabra incompleta era suficiente para la vida y la piedad." Eso es como una buena pregunta ahora.

John Frame, uno de nuestros teólogos contemporáneos muy apreciado, nos ayuda a entender. Escuche lo que él dice: en cualquier momento de la historia redentora, desde Adán hasta donde estamos, la revelación dada hasta ese punto ha sido suficiente. En otras palabras, cuando Dios crea a Adán y Eva y les dice lo que les dijo, y luego les dice: "Mira, creced y multiplicaos, este es el jardín, cultívalo, cuídalo, labrad el jardín", y luego les dice: "Pero ese árbol ahí en el medio, no comas de esa fruta, porque el día que comas, morirás", esta era la única revelación que Adán y Eva necesitaban para vivir piadosamente en ese momento. No estoy diciendo que yo no necesito mucha más revelación, pero en cada momento de la historia redentora, la revelación que Dios le haya dado a la gente era suficiente hasta ese punto.

Es la razón por la que cuando Abraham —perdón— el rico le dice: "Abraham, mira, manda a alguien de aquí del infierno a que le avise a mis hermanos lo horrible que es este lugar", le dice: "No, no, porque ellos tienen a Moisés y a los profetas. Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no serán persuadidos aun si resucitara uno de los muertos." Porque en cada momento de la historia redentora, la revelación que Dios haya dado hasta ese momento era suficiente.

Ahora, lamentablemente, cada vez que el pueblo de Dios ha considerado la revelación de Dios insuficiente, ha violentado su revelación y ha pagado las consecuencias. Mira algo en el Antiguo Testamento, a través del profeta Jeremías, capítulo 5, versículos 30 y 31. Esto es Dios hablando a través del profeta: "Algo espantoso y terrible ha sucedido en la tierra." Dios estaba espantado. Imagínate lo que significa espantar a Dios. Espantoso y terrible: los profetas profetizan falsamente, los sacerdotes gobiernan por su cuenta, y a mi pueblo así le gusta. Pero, ¿qué haréis al final de esto?

Dios dice: "Esto es espantoso." ¿Qué es lo que es espantoso? Bueno, no es tanto que los profetas falsos hablen falsamente, eso es lo que pueden hacer. No es tanto que los sacerdotes gobiernan por su cuenta y no consultan mi revelación. Lo espantoso es que a mi pueblo así le gusta. Le gustan las mentiras, las ilusiones, las revelaciones, los sueños, aquello que le da placer. Y hoy en día eso es llamado "revelación". No le llamaríamos extrabíblica, porque la Biblia no estaba completa; como le llamaríamos "extra-profeta": una revelación que los profetas de Dios no han traído.

En el caso del Edén, cuando Adán y Eva pecaron, ellos consideraron insuficiente la revelación que Dios les había hecho y abrazaron una revelación. No le llamaríamos extrabíblica, porque ni siquiera la primera página de la Biblia se había escrito; le llamaríamos "extra-Dios": la trajo la serpiente, no Dios. Y abrazaron una revelación extra-Dios en el jardín, extra-profeta en el Antiguo Testamento, y extrabíblica en nuestros días. Muchísima gente va a iglesias donde la Biblia no es abierta, estudiada ni predicada. Eso no es muy diferente. Esto es justamente lo que tendríamos que decir hoy: lo peor de todo es que a ese pueblo así le gusta, porque lo ponen a brincar y a saltar.

El mismo Dios nos dejó en su Biblia la revelación de su mente, de su corazón, de su voluntad y de su plan. ¿Qué hacemos nosotros buscando fuera de la mente de Dios? ¿Qué hacemos nosotros equiparando la tradición, como lo ha hecho la Iglesia de Roma? ¿Qué hacen los mormones escribiendo un libro que se llama "Otro Evangelio de Jesucristo"? El mismo nombre te dice que es falso: otro evangelio. ¿Qué hacen los Testigos de Jehová haciendo una traducción completamente contraria al resto de las traducciones que se han hecho? ¿Tú quieres la respuesta? Lo mismo que hacen evangélicos que van a iglesias donde la palabra no se predica y escuchan sueños, visiones y mentiras de hombres. Lo mismo. No hay diferencia; solamente la sombrilla que cambia.

La palabra de Dios es suficiente para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en justicia. Déjenme ir cerrando. Quiero cerrar de manera similar, pero para levantarte el espíritu —aunque yo creo que todo eso debía haberte levantado el espíritu; a mí me lo levantó durante mi estudio— pero en medio de la confusión en la que nosotros vivimos hoy, yo creo que es bueno recordar que la palabra de Dios también es suficiente para cultivar la esperanza en nosotros.

Si tú lees las noticias de los últimos días, es aterrador: de terremotos, ciclones, inundaciones, rumores de guerra, y no de cualquier guerra. Pero cuando tú abres la Palabra, tú comienzas a descubrir la fidelidad de Dios con su pueblo en el pasado, y descubres que Dios dice que Él no cambia. Por tanto, tú debes esperar que ese Dios te será tan fiel hoy como lo fue ayer. Eso levanta mi ánimo, levanta mi espíritu.

Escucha cómo Pablo lo explica en Romanos 15:4, hablando de la suficiencia de la Escritura: "Porque todo lo que fue escrito en tiempos pasados —esto es, todo lo que fue escrito en tiempos pasados— para nuestra enseñanza se escribió, para que Pablo —escucha— a fin de que por medio de la paciencia y del consuelo de la Escritura tengamos esperanza." ¿Lo viste? Todo lo que se escribió fue para nuestra enseñanza, de manera que por medio de la paciencia —o sea, que tengas paciencia— y por medio del consuelo de las Escrituras, tú puedas tener esperanza. Dios consuela a su pueblo por medio de su Palabra y cultiva su esperanza por medio de su Palabra.

En su Palabra, el pueblo de Dios descubre un Dios fiel, poderoso, sabio, misericordioso, bondadoso, soberano. Todo eso a favor de los suyos. Porque si yo descubro todo eso en contra de mí, yo tengo problema. Pero cuando yo descubro a un Dios soberano, omnipotente, omnisciente, omnipresente, justo, bueno, misericordioso, ¡y sé que lo mejor de todo esto es a favor tuyo! ¡Wow!

Para otra de las formas como Dios cultiva la esperanza en nosotros y nos brinda consuelo en su Palabra —porque su Palabra es suficiente para consolarme— es que Él nos da perspectiva: la perspectiva correcta de esta vida y de la venidera. La mayoría de nuestras quejas, lamentos, depresiones y decepciones tienen que ver con una sola cosa: la perspectiva incorrecta. Grábate esa palabra: perspectiva. Necesito un ajuste de perspectiva. Si son esposos cristianos, recuérdense uno al otro que hay perspectiva.

Mira cómo Dios nos brinda perspectiva. Déjame compartir dos o tres pasajes rápidamente y cierro. El Salmo 119:92: "Si tu ley no hubiera sido mi deleite, entonces habría perecido en mi aflicción." El salmista no dice: "En mi aflicción yo leí tu Palabra." No dice eso. En mi aflicción, tu Palabra fue mi deleite. Él la leyó, él la escudriñó, él la meditó, él la rumió, él la aplicó. Y al aplicarla, ¡wow!, eso comenzó a darle una perspectiva diferente a su aflicción. Él hizo todo eso: la leyó, la consumió, la meditó, la rumió, la aplicó, hasta que ella trajo la perspectiva correcta del dolor y el sufrimiento.

Por eso el mismo salmista dice: "Bueno fue para mí ser afligido." ¿Cuántas veces usted le ha dicho: "Señor, qué bueno ser afligido"? El salmista se lo dijo porque él había obtenido la perspectiva correcta. Él hizo eso hasta que aprendió algunas cosas por las cuales Dios permite las pérdidas. Él rumió la Palabra hasta que entendió que es preferible tener a su Hijo que tener respuestas: muy superior. Él rumió la Palabra hasta que aprendió que las preguntas que hacemos con frecuencia cuestionan el carácter benevolente y fiel de nuestro Dios. Él rumió la Palabra hasta que aprendió que la fe en ese Dios llena los espacios en blanco de mis preguntas.

Hermano, las respuestas a tus preguntas, aunque Dios te las diera, no adormecen tu dolor. Si el anestesista te explica que tienes un absceso debajo de la muela y que con el absceso quizás la anestesia no está tomando, no está funcionando bien —ya tienes la explicación—, ¿tú crees que tienes menos dolor con la explicación? No. La respuesta no aminora, no adormece mi dolor. La fe sí, y eso se adquiere conociendo a Aquel que te llamó, y eso está en su Palabra.

Dios prefirió —recientemente Luis compartió eso con nosotros, que estuvo con Chris la semana pasada en un retiro de adoración donde estaba Joni Eareckson Tada— y decía que Dios prefirió darnos a su Hijo antes que darnos respuestas. Claro, porque es la persona de su Hijo la que me consuela, es la persona de su Hijo la que me fortalece, no respuestas. Las respuestas son impersonales. ¿Qué me consuela? Una persona, no respuestas impersonales. Es su Hijo, en una cruz, con brazos abiertos extendidos, habiéndola cerrado, diciendo: "Yo estoy aquí por amor a mi Padre y por amor a ti. Él me envió a salvarte y por eso estoy aquí. Y esta cruz debe explicar mucho de tus dolores, sacrificios, pérdidas y sufrimientos por los cuales tendrás que atravesar, porque hay un plan redentor que tú no entiendes ahora, pero que es bueno para todo el universo."

Y ahora entiendo mejor lo que Pedro dice: que Dios nos ha concedido todo lo concerniente a la vida y a la piedad mediante el conocimiento de Aquel que nos llamó. La Palabra nos recuerda —cuando nos da perspectiva— cuál debe ser nuestra actitud ante el dolor y el sufrimiento. Escucha lo que Pedro escribió: 1 Pedro 4:12: "Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que en medio de vosotros ha venido para probaros, como si alguna cosa extraña os aconteciera. Antes bien, en la medida en que compartís los padecimientos de Cristo, regocijaos, para que también en la revelación de su gloria os regocijéis con alegría."

Pedro le escribe a cristianos, los llama "amados." Pedro entiende y admite que la prueba no es fácil, y la llama fuego. Pero Pedro también dice: "Pero no os sorprendáis." Nunca en la Palabra de Dios se ha dicho que va a ser aguantable —es fuego—, no os sorprendáis cuando llegue. Es la experiencia común a todos los hombres, incluyendo los hijos de Dios. Y Pedro nos dice que ha llegado para probarnos, para probar nuestra fe.

Recuerda que lo que estamos viendo es de qué manera Dios usa su Palabra, y de qué manera la Palabra es suficiente para consolarnos y brindarnos perspectiva en medio del dolor y el sufrimiento. Por medio de la Palabra, lo que me falta la mayoría de las veces es perspectiva. Escucha cómo Pablo me ayuda a entender que lo que yo necesito no son respuestas a mis preguntas, sino perspectiva. El que subió al tercer cielo fue el hombre que no preguntó "¿por qué?" cuando sufrió, porque él tenía perspectiva.

Escucha lo que dice en Romanos 8:18: "Pues considero —dice Pablo— que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada." La gloria venidera es tan masiva, tan grande, dice Pablo, que cuando tú le hablas de estos sufrimientos, mira, eso ni siquiera es digno de que se mencione. "Pablo, ¿tú estás seguro?" Sí. ¿Pero cómo? Porque a la luz de la gloria venidera, a la luz de la gloria venidera, tus sufrimientos, dificultades, pérdidas y dolor pierden su tamaño, pierden su intensidad, y pierden las quejas y las depresiones que ellas causan. A la luz de la gloria venidera, entonces, ¿qué es lo que necesito? Perspectiva de la gloria venidera.

Si no me crees lo que acabo de decir —que a la luz de la gloria venidera el sufrimiento pierde tamaño e intensidad—, oye lo que Pablo escribe a los corintios en 2 Corintios 4:17: "Y dice que todo ese sufrimiento" —y tú sabes que la lista de Pablo era larga; no creo que nadie con la inscripción de siervo de Cristo haya pasado más que ese pobre hombre— "es una aflicción leve y pasajera, que nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación." Esto es leve y es pasajero. Es que tú no conoces lo enorme que es la gloria venidera, ni conoces lo eterno que es la gloria venidera. Por eso es pasajera, por eso es leve, y no merece comparación ni mención a su lado.

¿Pero cómo quiero esa perspectiva? Mediante el conocimiento de Aquel que nos llamó. Dios nos ha concedido por su divino poder todo lo concerniente a la vida y a la piedad mediante el conocimiento de Aquel que nos llamó. ¿Lo conoces? ¿Lo conoces verdaderamente? Porque en realidad dice "mediante el verdadero conocimiento." ¿Lo conoces de oídas? ¿Es Él tu deleite todo el tiempo, no solo cuando cantamos? ¿Todo el tiempo, cuando te sientes débil, te refugias en Él y en su revelación? ¿En qué cosas tú gastas tus energías? ¿Tu mayor energía, cuándo fue la última vez que leíste, meditaste, rumiastes y verdaderamente rumiastes para aplicar la Biblia? Eso requiere a veces horas, días, semanas, meses en un mismo texto o pasaje.

¿Verdad? Te lo voy a poner más fácil: ¿cuál fue el último libro que leíste? ¿Tenía que ver con Dios, y qué aprendiste de él? ¿Es la Palabra tu ancla en la tormenta, o es un amigo, una amiga, un pastor, un consejero? ¿O es la Palabra? Hay tormentas, hermanos, que se llevan a tu amigo, a tu amiga, al pastor y a todo el mundo. Lo único que sostiene en la tormenta es el ancla de la Palabra de Dios. No hay otra cosa. Ella es suficiente. Ella te enseña, ella te da perspectiva, ella te abre los ojos al tamaño de Cristo, a su carácter, a su fidelidad, a su poder. Ella te habla de la gloria venidera y hace leve y pasajero tu dolor y sufrimiento. Ella hace innecesarias las respuestas, porque en ella Dios derrama a su Hijo, que es más que tus respuestas.

Este es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.