Integridad y Sabiduria
Sermones

La suficiencia del ministro de la Palabra

Miguel Núñez 3 enero, 2016

La verdadera credencial de un ministro del evangelio no es una carta de recomendación ni un currículum impresionante, sino las vidas transformadas por su predicación. Pablo enfrenta a los corintios con esta realidad: ellos mismos son su carta, escrita no con tinta sino con el Espíritu del Dios vivo en sus corazones. Si alguien debía reconocer la legitimidad de su ministerio eran precisamente aquellos que habían nacido espiritualmente a través de él. Sin embargo, la inmadurez de esta iglesia —una de las más amadas por el apóstol— lo obligaba a defender lo que debía ser evidente.

Pablo es cuidadoso en aclarar que esta confianza no proviene de sí mismo. La suficiencia del ministro es de Dios, quien llama, equipa, unge y abre los corazones de quienes escuchan. La mejor oratoria sin el endoso del Espíritu Santo es palabra muerta. Como decía Robert Murray McCheyne, Dios no bendice tanto los grandes talentos como la semejanza con Cristo.

El apóstol también distingue entre el ministerio de la letra y el del Espíritu. La ley mata porque hace creer al hombre que puede cumplirla y ganarse la salvación. El pastor Núñez ilustra esto con una visita pastoral donde alguien enumeraba sus virtudes morales como boleto al cielo. Pero si Dios examinara solo el primer mandamiento —amar a Dios con todo el corazón— todos quedaríamos afuera. La salvación es por gracia, un regalo sin mérito, recibido cuando reconocemos nuestra incapacidad y confiamos únicamente en la sangre de Cristo derramada por nosotros.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Los hermanos, para vivir en su morada. Vamos a abrir la Palabra de Dios; los invito a abrir ahí en la Segunda Epístola, la Cuarta, a los Corintios de parte del Apóstol Pablo, para continuar nuestra serie. Estamos comenzando el capítulo 3 de esta segunda carta de Pablo a los Corintios, o la segunda carta del Señor a los Corintios vía el Apóstol Pablo. Vamos a estar leyendo en un momento del versículo 1 al versículo 6.

"La suficiencia del ministro de la Palabra" es el título de mi mensaje en esta mañana, y ese título ha sido seleccionado basado en el versículo 5 del texto que está a punto de leer. Nosotros vemos a Pablo en este texto una vez más defendiendo la integridad de su ministerio. Como dijimos anteriormente, quizás la iglesia más amada, o una de las más amadas por el Apóstol Pablo, es la iglesia delante de la cual él tuvo que defender más la legitimidad de su ministerio.

Había un interés de parte de algunos de atacar la legitimidad de dicho ministerio, y para hacerlo entonces recurrieron a atacar el carácter del ministro y, de esa misma manera, a atacar la autoridad del ministro que enseñaba la Palabra. Lo que Pablo está tratando de hacer es poder defender de una manera bíblica lo que fue su llamado y la autoridad depositada en él de parte de Dios para la predicación del Evangelio, y tuvo que hacer esto en vista de la inmadurez de la iglesia de Corinto.

Dada esta realidad, Pablo tuvo que defender su ministerio en diferentes momentos, en diferentes ocasiones y de diferentes maneras. Tuvo que defender la integridad de su carácter, tuvo que defender la fuente de su autoridad, y tuvo que defender cuán legítimo había sido su llamado y, por tanto, su ministerio frente a la iglesia de Corinto. Cuando Pablo hace esa defensa, la asume en vista de que, en realidad, como vamos a ver en el texto de hoy, nadie más podía hacerlo. Nadie más podía defender el ministerio de Pablo que no fuera el mismo Pablo, y de hecho no había mejores testigos que los corintios para poder hablar justamente de que ciertamente Pablo era un ministro fiel de la Palabra de Dios.

Yo quisiera que nosotros pudiéramos recordar algunas de las cosas que dijimos en un mensaje anterior, quizás en el primer o en el segundo mensaje de la serie, cuando Pablo alude justamente al hecho de que los corintios eran su mejor evidencia de la legitimidad de su ministerio. Recuerda estas palabras en 2 Corintios 1: "Nuestra satisfacción es el testimonio de nuestra conciencia, que en la santidad y en la sinceridad que viene de Dios, no en sabiduría carnal sino en la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mundo y especialmente hacia vosotros." Corintios, si hay alguien que debiera tener garantía, seguridad de nosotros, son ustedes mismos, porque ustedes son los testigos de la sinceridad y de la santidad con la cual yo me conduje con relación a todo el mundo, pero en especial hacia vosotros.

Eso es exactamente lo que Pablo está tratando de comunicar, hasta el punto que dos versículos más adelante en el capítulo 1, todavía recordando algunas cosas, Pablo dice: "Nosotros somos el motivo de vuestra gloria. Nosotros somos el regocijo que ustedes debieran tener si reconocen que la salvación de la cual hoy disfrutan llegó por medio de nuestro ministerio, que nos fue encomendado por medio del Señor Jesucristo. De manera que si ustedes no reconocen la evidencia de gracia sobre mi ministerio, a través del cual ustedes llegaron a creer, yo no entiendo por qué ha sido de esa manera."

Con esa introducción, entonces, yo quiero conectar todo el texto de hoy con el último versículo del texto de la semana pasada, porque nos va a ayudar a ver de dónde viene Pablo en su defensa. El versículo 17, que es el versículo que termina el capítulo 2, Pablo dice lo siguiente: "Pues no somos como muchos que comercian con la Palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios y delante de Dios, hablamos en Cristo." Pablo recuerda que hay cosas en su carácter, en su ministerio, en su llamado, que lo diferencian de los demás, y una de las cosas que lo diferencia es que él no ha comercializado con la Palabra de Dios. "No somos como esos que comercian con la Palabra de Dios." La Nueva Traducción Viviente dice: "No somos como esos charlatanes que predican para su propio provecho."

Pablo no aceptaba ni siquiera salario de parte de los corintios ni de parte de ninguna iglesia, de tal forma que ellos eran testigos de lo que les estaba diciendo. "La autoridad me la dio Dios, el llamado me lo hizo Dios, la revelación me la dio Dios, y Dios es mi testigo, junto con ustedes, de lo que estoy hablando. Y estoy tan seguro de eso que yo puedo garantizarles que, como la revelación me la dio Dios mismo, yo hablo de parte de Dios, y yo estoy consciente de que estoy hablando delante de Dios." En otras palabras, si yo comienzo a comercializar con la Palabra de Dios, yo estoy consciente de que Dios es testigo del comercio, que Dios sería testigo, como lo es hoy, de cada centavo que cada predicador de la prosperidad le ha quitado a cada oveja que Cristo compró a precio de sangre.

Es lo que Pablo está diciendo. Yo predico de parte de Dios y estoy consciente de que lo hago delante de Dios. Parece que los demás que predican la Palabra para beneficio propio no están conscientes de que llegará el día en que tendrán que rendir cuentas de lo que han predicado, de cómo han predicado, de con qué autoridad predicaron, de qué contenido tenía su prédica. Pero nosotros no somos como ellos, discípulos. Una vez más, la Nueva Traducción Viviente: "No somos como esos charlatanes. Nosotros somos ministros de Dios."

Y entonces, con eso, él continúa hacia el capítulo 3 con estas preguntas: "¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos? ¿O acaso necesitamos, como algunos, cartas de recomendación para vosotros o de parte de vosotros? Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres, siendo manifiesto que sois cartas de Cristo redactada por nosotros, no escrita con tinta sino con el Espíritu del Dios vivo, no en tablas de piedra sino en tablas de corazones humanos. Y esta confianza tenemos hacia Dios por medio de Cristo; no que seamos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios, el cual también nos hizo suficientes como ministros del nuevo pacto, no de la letra sino del Espíritu, porque la letra mata pero el Espíritu da vida."

Cuando uno lee el texto, ya con la introducción que yo acabo de hacer, en la superficie el texto no parece tan complejo; y sin embargo, cuando uno comienza a escudriñarlo, hay ciertas complejidades que necesitan explicación. Dadas esas complejidades, yo quiero desde ya anunciarte cuáles son las cinco observaciones que yo quiero hacer del texto que Pablo les escribió a los corintios.

En primer lugar, yo quiero que veamos la presentación ante los hombres de un ministro de la Palabra de Dios: ¿cómo se presenta él? Número dos, ¿cuál es la mejor defensa que un ministro de la Palabra realmente tiene? Número tres, ¿quién es el autentificador, el que verdaderamente autentifica a ese ministro de la Palabra? Número cuatro, ¿cuál es la suficiencia de ese ministro de la Palabra? Número cinco, ¿cuál es la diferencia entre un ministro de la Palabra de gracia y un ministro de la ley? Estas cinco cosas están expresadas ahí de parte de Pablo, y quiero comenzar inmediatamente con la primera: la presentación ante los hombres de un ministro de la Palabra.

Pablo comienza el capítulo 3 en los versículos iniciales con dos preguntas, dos preguntas retóricas que no requieren respuesta, pero cuya respuesta es un rotundo no. Pregunta número uno: "¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos?" ¿Es eso lo que yo estoy tratando de hacer ahora, al hablar de la manera que estoy hablando? Y segunda pregunta: "¿O acaso necesitamos, como algunos, cartas de recomendación para vosotros o de parte de vosotros?"

Cuando Pablo escribió la primera carta a los corintios, Pablo hizo ante ellos una auto-recomendación que a nosotros nos parecería un tanto extraño, que una persona se auto-recomiende. Y por eso Pablo está diciendo: "¿Estamos nosotros otra vez recomendándonos de nuevo?" Ahí está la frase: "otra vez", como yo hice en la primera carta. Respuesta: no. Yo no me estoy recomendando; yo estoy simplemente exponiendo una verdad que ustedes conocen. Pero cuando escribió la primera carta él se auto-recomendó, y como decía, eso nos parece extraño, nos parecería un tanto orgulloso en nuestra cultura.

Sin embargo, yo quería hacer dos observaciones con relación a la auto-recomendación. La primera es que en la cultura del primer siglo eso era relativamente común y normal, y no se veía como un acto de orgullo, de tal forma que Pablo está haciendo uso de algo que era parte de la cultura. Y en segundo lugar, aun en nuestra propia cultura, en ocasiones y circunstancias, nosotros hacemos uso de auto-recomendaciones; lo único es que nosotros no le llamamos de esa manera ni lo pensamos de esa manera.

Pero déjame darte un par de ilustraciones. Cuando alguien te pide un currículum y tú llenas un currículum y pones toda la información que ahí pones, tú piensas que estás poniendo información que te va a beneficiar. ¿Qué estás haciendo? Te estás auto-recomendando. "Yo puedo hacer el trabajo que tú necesitas." ¿Cuál es la evidencia de que tú puedes hacerlo? "Aquí va mi currículum." Y luego tú vas a la entrevista y en la entrevista te preguntan: "¿Cuál es alguna de sus fortalezas?" Imagínate que la persona dijera en la entrevista: "Bueno, excuse me, señor, pero yo soy tan humilde que no me atrevo a hablar de mis fortalezas."

La persona debería poder expresar sus sentimientos. Nosotros no podemos darle el trabajo; tú tienes que hablar de lo que tú entiendes, de tus fortalezas. Por tanto, eso representa una especie de autorrecomendación. Luego la persona puede decirte la naturaleza de la empresa que tienen y, dada la descripción del trabajo que ya tú leíste y dado lo que son tus fortalezas, ¿qué tú piensas que puedes hacer por nosotros? Y la persona comienza a venderse a sí misma. Lo puede hacer de una manera más orgullosa o más humilde, dependiendo de cada cual, pero cuando tú terminas de hacerlo, independientemente de cómo lo hagas, te estás recomendando para la posición.

De manera que esto no está tan fuera de lo normal o extraño como pareciera, dada la cultura del primer siglo y aún en las circunstancias en que nosotros vivimos en ciertas ocasiones. Escucha cómo Pablo escribe a los corintios y se autorrecomenda ante ellos en un par de ocasiones. Primero, 1 Corintios 4:15-16: "Porque aunque tengáis innumerables maestros en Cristo, sin embargo no tenéis muchos padres, pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del Evangelio. Por tanto, os exhorto a que seáis imitadores míos." Algo que él vuelve a repetir en el capítulo 11:1: "Sed imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo." Eso se lo escribió a los corintios.

En estas pocas palabras, Pablo les recuerda a los corintios: "Ustedes pueden haber tenido muchos maestros y pueden venir muchos más después de mí, pero la realidad es que ustedes no tienen muchos padres. Ustedes tienen un padre, y soy yo. Yo los engendré." Pero él explica cómo fue por medio del Evangelio, en Cristo Jesús. En otras palabras, la salvación, el nacer de nuevo, llegó a través de mí, y por eso yo me considero con el derecho de escribirles y de confrontarlos de la manera que lo estoy haciendo. Y en segundo lugar, yo me conduje delante de ustedes de una manera que ustedes debieron saber que ya estaba siguiendo a Cristo: "Sed imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo."

Ahora tú puedes entender mejor por qué Pablo le dice a la misma iglesia en la segunda carta, en el capítulo 1, "nosotros somos vuestra gloria." Ustedes debieran estar aplaudiendo y regocijándose en Cristo de que a través de mi ministerio llegó el Evangelio que les dio salvación. En ese sentido Pablo dice "nosotros somos vuestra gloria", no porque seamos los mejores, no porque seamos los superiores, simplemente porque ustedes nacieron como fruto de mi ministerio. Por tanto, nosotros somos vuestra gloria, corintios. Entonces, debieran gloriarse en su salvación y en cómo llegó por medio de mi ministerio.

Entonces, ahora en este texto Pablo hace la pregunta: "¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos?" No. Ya nosotros hicimos eso. Pero yo sí tengo que hacerles ver algunas cosas, y Pablo comienza a ayudarles a ver cosas que ellos no podían ver. Yo creo que algunos de ustedes que son padres podrían identificarse mejor con lo que voy a explicar en lo adelante, porque Pablo sintió la necesidad de defender su ministerio ante los corintios.

En ocasiones, algunos de sus hijos de corta edad han expresado cierta ingratitud hacia las cosas que han recibido, y algunos de ustedes han tenido que sentarse con ellos en diferentes momentos y decirles: "Hijo o hija, ¿quién paga tu ropa? ¿Quién paga tu colegio? ¿Quién paga tu comida? ¿Quién lava tu ropa?" ¿No les ha pasado eso a ninguno de ustedes? Les ha pasado, ¿cierto? Pareciera como que usted estuviera enorgulleciéndose delante de su hijo de que yo soy el que hago todo esto, pero usted no está haciendo eso. La razón por la que usted está haciendo eso con su hijo es porque aparentemente su hijo no ha podido ver, o no ha querido ver, de dónde han venido todas sus bendiciones, y usted, ante la inmadurez de su hijo, ha tenido que poner delante de sus ojos lo que es una evidencia clara que de otra manera él o ella ha pasado desapercibida.

Por tanto, es la inmadurez de los hijos lo que hace necesaria la defensa de su provisión. De esa misma forma, la iglesia de Corinto, que fue una iglesia conocida por su inmadurez —Pablo les llama carnales, lamentablemente—, hizo necesario que Pablo pusiera en evidencia las cosas que debieron haber sido claras para ellos: que su ministerio era legítimo, que su autoridad había sido dada por Dios y que su carácter había sido uno de santidad ante ellos.

Entonces Pablo dice: "¿Estamos nosotros otra vez recomendándonos ante ustedes?" No. Yo lo que estoy presentando es una evidencia que ustedes no han visto. Segunda pregunta retórica: "¿O acaso necesitamos, como algunos, cartas de recomendación para vosotros o de parte de vosotros?" Con esta pregunta Pablo está ayudando a pensar a los corintios lo siguiente: si yo no me puedo autorrecomend­ar, si eso no es lo aconsejable, entonces tengo que venir con cartas de otros que me recomienden, que era también costumbre en el primer siglo. Pero la razón por la que yo no estoy haciendo eso es porque como yo viví con ustedes dieciocho meses, y ustedes vieron la sinceridad y la santidad con la que yo me conduje, y como yo no me aproveché de nadie, lo que yo tengo como evidencia de mi ministerio y legitimidad son ustedes y su salvación. Y eso es superior a cualquier carta que yo pudiera traer.

"¿Acaso necesitamos, como algunos, cartas de recomendación para vosotros?" Respuesta: no. ¿Cómo es que voy a traer cartas que me van a introducir ante ustedes, cuando ustedes fueron introducidos al Evangelio y a la salvación por medio de mí? Eso es un absurdo, corintios. Eso es lo que Pablo está ayudándoles a entender con estas preguntas. Los falsos maestros sí venían con cartas de recomendación de personas más o menos conocidas. Pero no Pablo, quien los engendró. No Pablo, quien les predicó. No Pablo, quien los guió a la salvación. No Pablo, que a muchos de ellos los guió en la santificación. Yo no necesito esas cartas; ustedes son mejores que cualquier carta que yo pudiera traer ante ustedes.

De manera que la presentación de un ministro de la Palabra ante los hombres es su obra de ministerio. Ahí está mi obra de ministerio. Mi obra de ministerio puede ser examinada, mi obra de ministerio puede ser escrutinizada, y entonces se llega a una conclusión después de examinar la obra del ministerio. En segundo lugar, ¿cuál es la mejor defensa de un ministro de la Palabra? Escucha: "Vosotros sois nuestra carta." Pablo llama a los corintios una carta.

"Escrita en nuestros corazones." Con estas palabras Pablo claramente les da a entender: la salvación de ustedes es mejor que cualquier carta de recomendación. La vida de transformación que ustedes han comenzado a experimentar es la mejor evidencia en defensa de mi ministerio. Y por eso él dice: "Vosotros sois nuestra carta." Nuestra carta de presentación, nuestra carta de recomendación, nuestra carta de introducción. Es como si Pablo preguntara: "¿Qué mejor evidencia puedo yo presentar que ustedes mismos, que escucharon la predicación del Evangelio de parte mía, que se convirtieron a través de mi ministerio y que comenzaron a ser santificados a través de mi mentoría? ¿Qué mejor evidencia puedo yo presentar? ¿Qué mejor carta puedo yo traer?"

Ahora nota cómo Pablo dice "vosotros sois nuestra carta", pero esa carta está escrita en nuestros corazones. ¿Qué quiere decir Pablo con eso? Bueno, recuerda que una carta de recomendación es algo que usualmente tú llevas en las manos; en nuestros días, probablemente en un folder, quizás dentro de un maletín. Y Pablo está diciendo: la carta de presentación a la que yo me estoy refiriendo no es una de esas cartas que la gente lleva en la mano, que quizás se dobla y se pone en un bolsillo. La carta de presentación o de introducción son ustedes, y es aquí, en mi corazón, donde yo los llevo.

Pablo tenía una dificultad de separar su ministerio de los corintios y de separar a los corintios de su ministerio. Así amaba Pablo a esta gente. Su gente no creía que Pablo los amaba de esa manera, y Pablo está tratando de convencerlos de que ciertamente es así como los ama. Como les mencioné la semana pasada, cuando tú leas las cartas de Pablo, puedes casi llorar con algunas de sus expresiones. Tú oíste acerca de la inquietud que él tenía en su corazón, cómo no pudo estar quieto hasta que no se encontró con Tito en Macedonia, y Tito le trajo un reporte de los corintios: que se habían arrepentido, que le traía el cariño y el afecto de ellos, e incluso el llanto de los corintios. Y Pablo tuvo paz en su interior. Pablo amó a esta gente.

Si tú haces, como dijimos la semana pasada, un avance rápido en la carta y lees un poco más adelante, escucha cómo Pablo está tratando de convencer a los corintios de la legitimidad de su amor por ellos, algo que ellos no podían creer. En el capítulo 7:2-3, Pablo les dice: "Aceptadnos en vuestro corazón." En otra versión dice: "Ábranme el corazón, por favor; ustedes lo tienen cerrado hacia mí. A nadie hemos ofendido, a nadie hemos corrompido, de nadie hemos tomado ventaja. No hablo para condenaros, porque he dicho antes que estáis en nuestro corazón para morir juntos y para vivir juntos." Casi llora uno al leerlo. Pablo ha dado la vida por esta gente, ha arriesgado su vida por esta gente, y ahora tiene que escribir una carta donde les ruega: "Ábranme el corazón, por favor. Les he dicho que están en mi corazón para morir y para vivir juntos."

Ustedes, corintios, son mi carta, y es aquí donde yo los llevo. Y esa carta, como él dice en el texto que leímos, es conocida por todos los hombres y en todas partes. Ustedes saben que las cartas de recomendación usualmente se llevan en un folder, en un maletín hoy en día; se imprimen y se presentan.

He aquí la transcripción corregida y párrafada:

Pablo está haciendo una presentación privada de esa carta. Pablo está diciendo —si lo hubiese traído en la mano como en la antigüedad, o no sé cómo la envolvían, pero la traía doblada en un libro o algo, perdón, en un bolsillo— que la carta de la que yo estoy hablando no es una carta que se presenta en privado. Es una carta pública: son ustedes. Todos los hombres alrededor han podido ver la obra de transformación de sus vidas, de manera que esto es una carta conocida a todos los hombres y en todas partes. ¿Necesito yo acaso carta de recomendación para presentarme ante ustedes, cuando yo puedo presentarlos a ustedes como mi carta? Obviamente eso es así: ustedes conocen la realidad de mi vida. Ustedes son mi mejor defensa; nadie más pudiera representar un mejor testimonio que el de ustedes.

Ahora bien, Pablo es muy cuidadoso cuando escribe y se adelanta a las objeciones que algunos puedan levantar. Una de esas objeciones pudiera ser en este punto: "Pablo es un orgulloso." O decir: "¿Cómo habla Pablo? Pablo dice que no necesita carta de recomendación. En la primera carta dice que él los engendró, que es su padre espiritual. Pablo se está atribuyendo todo el crédito." Pensando probablemente en esa forma de pensar, Pablo se adelanta y en el versículo 3 aclara cómo él se ve a sí mismo y cómo ve la obra de la cual está hablando. Eso me lleva a mi tercer punto, una observación: el autentificador del ministro de la Palabra. ¿Quién es la persona que verdaderamente autentifica al ministro de la Palabra?

Escucha el versículo 3: "Siendo manifiesto que sois carta de Cristo, redactada por nosotros, no escrita con tinta sino con el Espíritu del Dios vivo, no en tablas de piedra sino en tablas de corazones humanos." En el versículo 2, Pablo dice: "Vosotros sois nuestra carta." Inmediatamente después, como que se autocorrige —aunque no es exactamente una autocorrección sino una explicación de lo que quiso decir— y dice: "Vosotros sois carta de Cristo, escrita por nosotros." En otras palabras, la auténtica carta, que es su salvación y su testimonio, es Cristo. Yo he sido el lapicero, por así decirlo, con el que Cristo escribió dicha carta.

Pero resulta que el lapicero del que yo me valí fue la predicación de la Palabra, de manera que yo soy el instrumento a través del cual Cristo escribió la carta. En un sentido humano, vosotros sois nuestra carta; en el último sentido de la expresión, ustedes son carta de Cristo. Yo he sido el lapicero, yo he sido el predicador, yo he sido el instrumento. Yo prediqué el Evangelio, pero la conversión la produjo Cristo. Eso es exactamente lo que Pablo está diciendo. ¿Y cómo sirvió Cristo de una carta por medio de Pablo? Por medio de la predicación. La carta fue la conversión en sus corazones. Por eso Pablo dice que esa carta no fue escrita con tinta sino con el Espíritu del Dios vivo, porque no se está refiriendo a una carta literal. Se está refiriendo a la carta como un instrumento de recomendación, de presentación, como un testimonio. Y dice: esa carta de presentación es la conversión de ustedes, y esa conversión la obró el Espíritu de Dios cuando yo prediqué por mandato de Cristo.

¿Se dan cuenta? Cuando Pablo predica por mandato de Cristo y la gente cree y se convierte, básicamente estaba probando lo que Pablo describe a los romanos en el capítulo 10, versículo 17: que la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios. Algunas personas se han convertido leyendo un libro; algunas personas se han convertido leyendo la Biblia por sí solas. Pero la gran mayoría de las conversiones de las personas a lo largo de la historia redentora ha ocurrido por medio de la predicación de la Palabra. Dios ha designado la predicación de la Palabra como el instrumento por medio del cual el Espíritu de Dios da vida a aquellos que estaban muertos en delitos y pecados.

Literalmente, Dios lo expresa de esa manera: la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios. Él ha colocado en la predicación de sus ministros una dinámica de conversión que hace uso del Espíritu Santo y de la exposición de su voluntad, de tal manera que cuando todo se ha dicho y hecho, en la gran mayoría de los casos, es la predicación de la Palabra la que produce la conversión de las personas. Y Pablo entonces dice que esta carta no fue escrita en tablas de piedra —refiriéndose al Antiguo Testamento, a los Diez Mandamientos que fueron escritos en dos tablas de piedra— sino que fue escrita en sus corazones humanos. Estas son cartas escritas en corazones humanos.

Eso inmediatamente nos trae a la memoria las palabras del profeta Jeremías, o las palabras de Dios a través del profeta Jeremías, en el capítulo 31, versículo 33. Escuchen: "Porque este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: pondré mi ley dentro de ellos y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo." ¿Notaste cómo Jeremías predijo y anunció que llegaría el día en que Dios escribiría su ley no con tinta, sino en el corazón de los hombres? Lo que Jeremías probablemente no entendió bien fue cómo Dios haría eso, porque no era una carta literal, no era una carta con tinta. Pero sí llegaría el día en que Dios haría uso de su Espíritu para convencer a los hombres, convertirlos, y que entonces ese corazón convertido tuviera nuevos deseos y nuevas habilidades para poder obedecer la ley de Dios.

De manera que, pensando ahora en lo que es el autentificador del ministro de la Palabra —esa era mi observación número 3—, ese autentificador es Cristo. Cuando Pablo dice "vosotros sois carta de Cristo, redactada por nosotros", Cristo lo ha autentificado en la medida en que ha endorsado su ministerio, su predicación, y ustedes se han convertido.

En cuarto lugar, quiero que veamos la suficiencia del ministro de la Palabra. Porque en la manera como Pablo habla, una vez más pudiera pensarse que Pablo se está presentando de una manera como si realmente se considerara suficiente en sí mismo para ser el padre espiritual y engendrar a esta gente, que es algo de lo que habla en la primera carta a los corintios. Pero escucha cómo Pablo dice esto ahora en los versículos 4 y 5: "Y esta confianza tenemos hacia Dios por medio de Cristo." Yo tengo una confianza; esa confianza que tengo no la tengo depositada en ustedes, la tengo hacia Dios, y no la tengo por medio de mí mismo, la tengo por medio de Cristo. "No que seamos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros." No piensen, corintios, que lo que yo acabo de decir —que yo los engendré, que yo soy su padre espiritual, que ustedes son mi carta— no piensen que nada de eso es algo que procede de nosotros. Sino que nuestra suficiencia es de Dios.

Yo creo que con esas palabras Pablo despeja toda duda que pudiese haber en la mente de aquellos que pudieran estar maluzgándolo y tildándolo de orgulloso. Cuando él dice: "¿Sabes qué? Mi confianza yo no la tengo depositada en los hombres, ni en mí, ni en ustedes, ni en nadie más. Yo la tengo depositada en Cristo y es hacia Dios." Yo tengo una confianza, porque el ministro de la Palabra tiene que tener confianza. El tener confianza a la hora de predicar no es símbolo de orgullo, y el no tener confianza a la hora de predicar no es símbolo de humildad. Porque si el ministro no tiene confianza cuando predica la Palabra, no podrá convencer a nadie de que deposite su confianza en la Palabra que le está predicando, ¿sí o no? Si yo no tengo confianza a la hora de predicar y tú estás oyendo mi predicación y me ves desconfiado, ¿cómo quieres que yo confíe en lo que tú mismo no confías?

Pero Pablo dice: "Sí, yo tengo una confianza, pero es hacia Dios y es por medio de Cristo." Cuando en la sociedad actual hemos tergiversado los valores y hemos maluzgado muchas cosas, una de ellas es que pensamos que una persona humilde es la que no habla con confianza ni habla con seguridad. En realidad, lo que ocurre es que cuando hablamos de esa manera no es que somos humildes, sino que nos falta convicción. El ministro de la Palabra tiene que tener convicción y tiene que hablar con confianza: no en él mismo, sino en el texto que predica; no confianza en él sino en la persona que inspiró el texto que está predicando. Esa es la razón por la que Pablo le escribió a Tito y en el capítulo 2, versículo 15, le dice: "Habla, exhorta y reprende con toda autoridad." Ahí Pablo —que no suena a orgullo— está diciendo que tienes que tener confianza y autoridad basada en la Palabra.

Y Pablo dice: "Ahora, corintios, yo no quiero que ustedes piensen que cosa alguna, como la confianza que tengo y la seguridad que tengo, procede de nosotros. No, no, no. Yo no quiero que ustedes piensen que la salvación de la cual disfrutan hoy y la santificación que se ha estado produciendo en ustedes procede de nosotros. Porque nada de eso procede de nosotros. Yo no quiero que ustedes piensen que la salvación que tienen es el fruto de mi oratoria, el fruto de mi capacidad, el fruto de la suficiencia de mis dones." Para nada. Él dice claramente: nuestra suficiencia es de Dios. Y eso es lo que origina el título de mi mensaje: la suficiencia del ministro de la Palabra.

Pablo está consciente de que la mejor predicación del mundo con la mejor oratoria posible, sin el endorso del Espíritu Santo, es palabra muerta. Pablo está también consciente de que el poder de la Palabra no radicaba en la preparación del predicador, aunque Dios puede usar la preparación del predicador; pero al fin de cuentas, la preparación sin la unción del Espíritu tampoco producirá ningún resultado.

Pablo conocía que el poder de la palabra predicada no radicaba en la personalidad, ni en la oratoria, ni en cuán pulido era su lenguaje. De hecho, una de las acusaciones que le hicieron a Pablo, y que él menciona en la primera carta a los corintios, es justamente que la oratoria de Pablo no era tan buena. Y Pablo dice: "No, pero yo estoy consciente de eso. Yo no estoy hablando de oratoria, yo estoy hablando de Cristo y este crucificado." Pablo enseñó una y otra vez, de diferentes maneras, que la suficiencia de la que él hablaba no provenía de él sino de Dios, porque él enseñó de manera recurrente que Dios es quien llama al ministro de la palabra.

Dios es quien le da el don o los dones de enseñanza o predicación al ministro de la palabra. Dios es quien crea las oportunidades de predicación. Dios es quien abre el entendimiento y el corazón del que escucha la palabra. Dios es quien otorga la salvación, y la otorga por gracia, divorciada de todo mérito, y lo hace a través de la fe. Dios es quien en definitiva da la salvación, de la A a la Z.

Pablo está consciente de eso. Por tanto, la suficiencia de la que Pablo habla no puede venir de él, cuando él entiende que de la A a la Z no tiene ninguna letra en el medio, porque Cristo es el Alfa y la Omega. Pablo en ocasiones supo decirle a los corintios: "Yo venía de Atenas, donde se burlaron de mí y se rieron de mí, y llegué a ustedes con temor y temblor." Eso no es de un ministro que se siente suficiente en sí mismo. Pablo les confesó también un momento en que estuvo a punto de perder la vida, como vimos en el capítulo uno de esta carta, y que Dios lo rescató. Eso no es de un ministro que piensa que la suficiencia está en él.

No, Pablo sabe que el ministro de la palabra necesita mandatoriamente el endoso del Espíritu Santo para que la palabra predicada pueda tener cualquier efecto. Y Dios trabaja en el ministro de la palabra para irlo conformando a su imagen. El gran predicador del pasado Robert Murray M'Cheyne decía que Dios no bendice grandes talentos tanto como sí bendice la similitud que tenemos con Cristo. Un ministro santo, decía M'Cheyne, es un arma poderosa en las manos de Dios. Un ministro santo en la mano de nadie no es poderoso, porque la suficiencia no está en él; pero ese ministro conformado a la imagen de Cristo, poco a poco por el Espíritu de Dios, en las manos de Dios es un arma poderosa. De eso es que Pablo está hablando, de esa suficiencia a la que Pablo se refiere.

Mi quinta observación, y última, es esta: la diferencia entre un ministro de la palabra de gracia y un ministro de la ley. Versículo 6: "El cual, refiriendo a Dios, también los hizo suficientes como ministros de un nuevo pacto, no de la letra sino del Espíritu, porque la letra mata pero el Espíritu da vida." Escuchaste lo que Pablo comienza diciendo: "Dios nos hizo suficientes", en voz pasiva. Él no dice: "Yo me hice suficiente. Yo trabajé hasta que llegué a ser suficiente. Yo me esforcé y estudié hasta que fui suficiente de mí mismo." Dios nos hizo suficientes.

Dios nos hace suficientes cuando nos llama, cuando nos equipa, cuando nos unge para una labor específica, cuando nos acompaña, cuando nos da iluminación sobre la palabra de Dios, cuando pone el Espíritu Santo morando entre nosotros. Esas cosas nos hacen suficientes en Cristo, no desligados ni divorciados de Él. Tenemos que ser suficientes, porque imagínate que un predicador de la palabra dijera: "Bueno, yo voy a predicar la palabra, pero yo soy tan insuficiente." Sí, en ti mismo lo eres; pero tiene que ser suficiente en Cristo, porque Dios quiere predicar su palabra, su mensaje, con poder, y tiene que hacerlo a través de suficiencia. Entonces Él hace suficiente al ministro, y luego ministra a través de la suficiencia que Él provee, no que el ministro tiene en sí mismo.

Y para ello dice entonces: habiendo sido hechos suficientes por Dios, Él nos hizo ministros de un nuevo pacto, un pacto que no es como el pacto de la letra, refiriéndose a la ley de Moisés. Y él comienza a comparar entonces al ministro de la palabra de gracia con el ministro de la letra. El ministro de la palabra de gracia tiene su mensaje basado en un nuevo pacto mediado por Cristo; el ministro de la letra, o del pacto de la letra, estaba mediado por Moisés.

Pablo está diciendo: "Yo soy un ministro del pacto que Cristo inauguró en el aposento alto, el jueves de noche, cuando se reunió con sus discípulos, y al día siguiente, el viernes, cuando derramó su sangre a favor de los pecadores. Yo estoy hablando de ese pacto que Jeremías ya anunció en el capítulo 31 del libro que lleva su nombre, cuando hablaba de que llegaría el día en que Dios escribiría su ley en el corazón de los hombres. De ese pacto fui hecho ministro."

Entonces él dice de una manera clara y contundente que no fue hecho ministro de la letra sino del Espíritu, porque la letra mata y el Espíritu da vida. La letra es la ley de Moisés. ¿Pero fue Dios quien nos dio la letra? ¿Fue Dios quien nos dio la ley de Moisés? ¿Cómo es eso? ¿Qué mata? Bueno, la letra, la ley de Moisés, mata de dos maneras.

En primer lugar, mata cuando tú la ves y piensas que puedes cumplir la ley de Moisés, vivir sin pecar, ganarte tus propios méritos y entrar al cielo. Porque si tratas de hacer eso, vas a entrar en condenación. Hace unos días visité a alguien, conversaba con él y le decía: "Don Fulano, ¿cómo está su relación con Dios?" "Yo creo que está bien." "Si usted muriera hoy y Dios le preguntara: '¿Por qué razón debo dejarlo entrar al cielo?', ¿qué le diría?" Y me dijo: "Bueno, mira, yo no fumo, no bebo, no parrando, no tengo vicios ni juego, he dado alguna limosna, y los mandamientos, yo casi los cumplo."

Y yo le dije: "Bueno, asumiendo que usted casi los cumple, pues usted casi entra. Pero nadie ni casi los cumple. Porque si Dios tomara el primer mandamiento de los diez para escudriñarnos, nos dejaría afuera a todos con el primero, y quedan nueve más. Porque la palabra dice: 'Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con toda tu fuerza', y eso solamente lo ha podido hacer el Señor Jesucristo, de manera que yo quedo afuera."

Si yo me muriera y me presentara junto con usted, y me preguntaran qué diría para que me dejaran entrar al cielo, y yo comenzara a decir: "Bueno, yo prediqué tres mil sermones, prediqué en veinte o veinticinco naciones, yo ayuné, yo oré, yo aconsejé, discipulé, evangelicé." Cuando yo terminara de presentar todo mi currículum, me dirían: "¿Usted ve esa otra puerta de allá, aquella que dice 'condenación'? Ese es su lugar."

Entonces sabes que esto es en serio. De hecho, es una de las cosas más serias que yo puedo tratar, a principio de año, con relación a la salvación. Este es un grupo numeroso, y ahora les explico por qué lo digo. Hay personas que piensan que van a entrar al reino de los cielos de esa manera. Piensa por un momento: ¿qué tú le dirías al Señor si te murieras y te presentaras en su presencia?

Porque nosotros hacemos bautismos cada tres o cuatro veces al año, en grupos pequeños. En esos grupos siempre hay una, dos, tres, cuatro personas con quienes tenemos que sentarnos a explicarles, cuando ya yo estaba listo para bautizarlos, cómo uno nace de nuevo y cómo uno entra al reino de los cielos. Porque es más o menos común la experiencia que yo acabo de relatar, para mí como pastor, como también en visitas que hago, como en este caso, después de haber atendido a alguien simplemente para acercarme y llegar a su corazón. Es más o menos común que las personas te digan cosas así, aun cuando estaban pensando en el bautismo: "Pastor, mira, a partir de hace tal tiempo, yo voy a la iglesia todos los domingos, voy al culto de los miércoles también, yo leo mi Biblia, hago mis devocionales." "¿Algo más que tú pudieras decirle al Señor Jesús para que te abra la puerta?" Todo eso es bueno, todo eso es necesario para cultivar un carácter santo después de haber sido salvado. Pero yo tengo que ser salvo primero.

Y lo que Pablo está diciendo es que él es ministro de un nuevo pacto, de un pacto de gracia, y ese pacto de gracia establece que no hay nadie justo, no hay nadie bueno, nadie busca a Dios. Romanos 3:10-11: nadie busca a Dios, no hay nadie justo, no hay nadie bueno, no hay quien haga lo bueno. Efesios 2:8-9: la salvación es por gracia, a través de la fe, no por obras, para que nadie se gloríe. No importa cuánto dinero haya dado, no importa cuántas obras de bien haya hecho, no importa cuántos mensajes haya predicado, no es por obras.

Bueno, entonces, ¿por qué es? Como Dios lo revela: es por gracia. Y por definición, aquello que es por gracia elimina absolutamente toda posibilidad de que haya alguna obra involucrada, porque la gracia precisamente es un regalo que yo recibo sin ningún mérito. Y eso lo recibo el día en que yo, finalmente, por obra de Dios —que es una obra de Dios de la A a la Z—, me han abierto el entendimiento, me han abierto el corazón, y yo he podido entender que soy un hombre pecador, que he pecado incluso tratando de alcanzar mi salvación por mis propios medios. Y que lo único que me salva es la vida de Cristo en la cruz, su sangre derramada a favor de los pecados cometidos a lo largo de toda mi vida. Y al entregarle mi vida a Él y reconocerlo como Señor y Salvador, en ese momento el Espíritu de Dios viene a morar en mí y comienza una obra de santificación que ninguna otra persona puede hacer.

Y ese enamoramiento del Espíritu en mí ilumina la palabra de Dios, crea en mí deseo de leer su palabra, crea en mí deseo de adorar a Dios, crea en mí deseo de obedecer a Dios. Y esa es la obra de la ley escrita en el corazón. Esa es la ley que no es gravosa, es la ley que no es pesada, es la ley que no necesita obrar para ganarse la salvación, sino que él obra porque es algo.

Y claro, dice: nosotros somos ministros del nuevo pacto, del pacto del Espíritu, no de la ley, porque la ley mata. La letra mata; la ley, la letra, la ley, lo mismo. Mata porque si tratas de cumplirla no vas a poder hacerlo, vas a creer que eres algo. Y número dos: cuando se combina con el pecado que mora en tu corazón, es ahí donde te mata, como Pablo lo dijo en Romanos 7:11, que el pecado se aprovechó del mandamiento de la ley y lo engañó. Y cuando lo engañó, lo mató.

¿Cómo lo engañó? ¿Cómo lo mató? El pecado me hizo creer que yo podía cumplir la ley, no solamente que yo la podía cumplir, sino que la estaba cumpliendo. Y Pablo dice: yo era fariseo, de fariseo; en cuanto a la ley, irreprensible. Yo cumplía la ley. Y Pablo dice que cuando llegó entonces a él el conocimiento de lo que la ley verdaderamente es, lo mató. Yo creía que estaba vivo, y cuando yo entendí y me miré, yo estaba muerto creyendo que estaba vivo. Siendo fariseo, siendo maestro de la ley, yo estaba muerto como un cadáver, espiritualmente. Y entonces Cristo me visitó y me dio vida cuando yo reconocí mi pecado y a Él como Salvador.

De manera que en esta mañana, yo creo que es un buen momento al principio del año, con un texto como este, para revisar dónde yo estoy. Porque mientras oraba esta madrugada para el mensaje de hoy, y oraba por cada uno de los que pudieran venir hoy, yo no sabía quiénes vendrían. Yo le pedí a Dios, como pedimos al principio del servicio, que hoy fuera un día de salvación, de visitación. Y la única manera en que eso puede ocurrir es si hoy fuera un día donde el Espíritu de Dios abriera el entendimiento y el corazón de aquellos que escucharon, el corazón para recibir lo que escucharon.

Y en humildad decir: Señor, esta mañana yo te agradezco. Yo entendí que tú me has amado sin yo merecerlo. Perdóname, yo soy un hombre pecador, o una mujer pecadora. Yo he pecado tratando de ganarme mi propia salvación, perdóname. Pero gracias por Cristo Jesús, que derramó su sangre para lavar mis pecados. En esta mañana yo te pido perdón por esa sangre derramada. Entrego mi vida y confieso a un Señor y un Salvador. Y gracias, porque si puedo confesarte como tal, es porque tú abriste mi entendimiento. Tú me diste arrepentimiento, tú me diste deseo de ser perdonado, y tú me diste a tu Hijo para mí.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.