Someterse a la voluntad de Dios no es algo que la naturaleza humana haga de manera automática, gozosa ni voluntaria. Si hay un lugar donde Cristo revela con claridad su humanidad, es en Getsemaní, donde luchó intensamente con la voluntad del Padre antes de entregarla por completo. Pasado ese momento, no hay más angustia ni tribulación en Jesús; el resto del camino hacia la cruz lo recorre triunfante. La decisión de someterse con aceptación reverente es lo que causa la lucha interior, pero una vez tomada, la tristeza, la ira y el desánimo comienzan a disiparse.
El sometimiento a la voluntad de Dios frecuentemente implica soledad, incluso orquestada por él mismo. Jesús anunció a sus discípulos que todos lo abandonarían, cumpliendo lo que estaba escrito en Zacarías. Pedro, seguro de sí mismo, juró que jamás lo haría, pero Jesús le advirtió que esa misma noche lo negaría tres veces. Nuestros deseos frecuentemente son mayores que nuestros logros; todos nos creemos mejores de lo que somos y somos peores de lo que creemos. Pedro tuvo que caer para descubrir su autosuficiencia y orgullo.
En Getsemaní, Jesús sudó gotas de sangre mientras oraba intensamente, pidiendo tres veces que pasara de él aquella copa, pero siempre concluyendo: "No sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras". Mientras tanto, los discípulos dormían en lugar de velar y orar. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil; por eso la instrucción de Jesús fue velar y orar para no entrar en tentación. Getsemaní representa el lugar donde se entrega la última fibra de la voluntad propia. Allí terminan las luchas, los cuestionamientos y las alternativas. La vida después de ese momento de rendición es mucho más fácil.
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Marcos 14, versículo 27.
La semana anterior habíamos concluido revisando los eventos de la última cena, donde el Señor instituyó el nuevo pacto en su sangre, que en esencia representó un anuncio de lo que iba a vivir al día siguiente, de lo que iba a ofrecer en la cruz. Él simbolizó con elementos —el pan, el vino— lo que al día siguiente estaría haciendo en realidad con su cuerpo y con su sangre, algo que los discípulos en el momento no pudieron apreciar, pero que al mirar hacia atrás pudieron comprender, de la misma manera que nosotros hemos podido comprender hoy lo que realmente significó y lo que significa cada vez que nos reunimos y compartimos el pan y el vino.
El simbolismo o la importancia de esos dos elementos no radica en la conversión del pan en el cuerpo de Cristo y del vino en la sangre de Cristo, como proclama la doctrina de la Iglesia de Roma, sino en lo que representó en la cruz cuando Cristo fue y lo hizo en vivo, si pudiéramos decir, pero que Él anunció simbólicamente la noche anterior para que nosotros continuáramos haciéndolo por el resto de nuestros días hasta que Él regresara.
Terminaba la cena, ellos salen hacia Getsemaní en una caminata, de manera que lo que yo voy a relatar acontece entre el aposento alto y Getsemaní, y luego Getsemaní mismo. Con eso yo quiero que comencemos a leer en el versículo 27.
"Y Jesús les dijo: 'Todos vosotros os apartaréis, porque escrito está: Heriré al pastor y las ovejas se dispersarán. Pero después de que yo haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea.' Entonces Pedro le dijo: 'Aunque todos se aparten, yo sin embargo no lo haré.' Jesús le dijo: 'En verdad te digo que tú, hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces.' Pero Pedro con insistencia repetía: 'Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.' Y todos decían también lo mismo."
"Y llegaron a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: 'Sentaos aquí hasta que yo haya orado.' Y tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a afligirse y angustiarse mucho. Y les dijo: 'Mi alma está muy afligida hasta el punto de la muerte. Quedaos aquí y velad.' Adelantándose un poco, se postró en tierra y oraba que si fuera posible pasara de Él aquella hora, y decía: '¡Abba, Padre! Para ti todas las cosas son posibles. Aparta de mí esta copa, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras.'"
"Entonces vino y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: 'Simón, ¿duermes? ¿No pudiste velar ni por una hora? Velad y orad para que no entréis en tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.' Se fue otra vez y oró diciendo las mismas palabras. Y vino de nuevo y los halló durmiendo, porque sus ojos estaban muy cargados de sueño, y no sabían qué responderle. Vino por tercera vez y les dijo: '¿Todavía estáis durmiendo y descansando? Basta ya. Ha llegado la hora; el Hijo del Hombre es entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vámonos. Mirad, está cerca el que me entrega.'"
Padre, estas palabras que acabamos de leer no son simple historia. Es una historia, pero tiene un mensaje poderoso y una advertencia poderosa para cada uno de nosotros. La fidelidad de tu Hijo, la traición de los suyos, la seguridad de Pedro de que él no era como los demás, nos sirve a cada uno de nosotros de espejo y de advertencia. Dice ciertamente: "El que crea que está firme, cuídese de que no caiga." Padre, danos corazones humildes y sometidos a la predicación de tu Palabra, a la verdad de tu Palabra.
Moldea la mente, el corazón y la voluntad de quienes te escuchan, y comienza con quien predica. Dios, la Palabra moldea la mente, el corazón y la voluntad del predicador; poca esperanza habría ahí para los predicados. Padre, encuéntranos exactamente donde cada uno de nosotros está y háblanos de manera particular a cada uno de nosotros. Comienza aquí arriba y termina allí abajo, pero que nosotros no dejemos de escuchar. Te lo pedimos en tu nombre, Jesús.
Yo no sé si a usted le pase, pero cuando yo leo la Palabra, y sobre todo cuando la leo en conjunto con ustedes, hay un sentido de reverencia y sumisión que se apodera de mi corazón y de mi ser. Yo creo que así debe ser, porque su Palabra es una extensión de lo que Dios es, y su Palabra contiene mensajes que van más allá de lo que las simples letras parecen transmitir.
En este caso, yo he titulado el mensaje que está encerrado en estos versículos: "Mi sumisión a su voluntad." Ese título, elegido de esa manera, contiene dos ideas que frecuentemente revolotean en nuestra mente. Una es la voluntad de Dios, y la otra es mi sumisión a la misma. Yo creo que, sin lugar a dudas, cada uno de nosotros ha luchado con esas dos ideas. Cada uno de nosotros en algún momento ha creído conocer la voluntad de Dios, y de la misma manera, cada uno de nosotros ha tenido tribulación o ha luchado con someterse a la voluntad que ya Dios nos ha revelado.
A veces nosotros queremos conocer esa voluntad para ver si coincide con la nuestra, y si coincide, pues entonces nos sentimos aprobados. Pero en otros casos quisiéramos conocer esa voluntad pensando que nos vamos a someter a ella, cuando en realidad, al descubrir que no coincide con la nuestra, frecuentemente nos herimos, luchamos, nos rebelamos, nos desilusionamos o nos frustramos. Y yo no creo que haya una persona aquí que en algún momento de su caminar con Cristo no haya experimentado alguna de esas emociones frente a la voluntad de Dios.
Y todas esas emociones no son más que síntomas, señales, indicaciones de que someterse a la voluntad de Dios no es algo que la naturaleza humana necesariamente hace de manera automática, ni de manera gozosa, ni de manera voluntaria. Tenemos que reconocer, porque lo vemos en Jesús incluso en este momento, que frecuentemente hay una lucha con esa voluntad de Dios. Esa lucha a veces es porque yo necesito tomar una decisión y quisiera conocer la voluntad de Dios, y no tengo seguridad de que la estoy viendo. Otras veces la lucha no es por conocerla, sino que, habiéndola conocido, no puedo aceptarla; me resisto. Y otra vez la lucha puede ser porque quiero encontrar una alternativa a la voluntad que estuve buscando, que Dios me reveló, pero que no me gusta.
En Getsemaní, yo creo que si hay un lugar donde Cristo revela con claridad su humanidad, es aquí. Si hay un momento donde Él está en la capacidad plena de su humanidad y podamos nosotros verlo, es aquí, en este momento, donde está buscando una alternativa ante el Padre cuando está orando. Y la realidad es que, al final del camino, solo el sometimiento a la voluntad de Dios va a traer a nuestro corazón la paz que quisiéramos tener, siempre y cuando ese sometimiento a su voluntad sea hecho con aceptación reverente.
La lucha de Cristo en Getsemaní no es en la cruz. Pasado Getsemaní, tú no encuentras ya a Jesús en tribulación; no lo encuentras luchando, no lo encuentras afanado, no lo encuentras angustiado. Es aquí donde está la angustia, es aquí donde Él expresa sus emociones, su angustia y su profunda tristeza. El resto del camino tú encuentras a Jesús triunfante. Lo que nos viene a decir a nosotros es que realmente es la decisión de someternos a la voluntad de Dios con aceptación reverente lo que causa esa lucha interior que hemos experimentado. Sometidos a la voluntad de Dios de esa manera, el resto del camino y el resto de mis días será mucho más fácil.
Es cuando yo hago eso cuando la tristeza, como la vemos en Jesús aquí, comienza a disiparse. Es cuando la ira, la lucha, el desaliento, el desánimo comienzan a desaparecer. Porque finalmente puedo disfrutar de la plenitud del Espíritu de Dios para que yo pueda llevar a cabo la voluntad de Dios, que es buena, aunque no la veo; que es agradable, aunque no la puedo sentir así hasta que no tenga la plenitud del Espíritu; y que es siempre perfecta.
En el texto de hoy, entonces, yo quisiera que pudiéramos ver, en primer lugar, que el sometimiento a la voluntad de Dios muchas veces implica permanecer en la soledad, y con frecuencia en una soledad también orquestada por Dios, con alejamiento de aquellos más cercanos a ti. El versículo 27: "Jesús les dijo: 'Todos vosotros os apartaréis, porque escrito está: Heriré al pastor y las ovejas se dispersarán.'"
El anuncio que Cristo acaba de hacer tiene dos particularidades. Número uno: ninguno de los once sería excluido. "Todos vosotros." Judas ya se fue; cuando Jesús le dio el pan, Satanás entró en él y partió; quedan once. Ninguno de los once sería excluido de este anuncio: "Todos vosotros os apartaréis." Y la segunda peculiaridad del anuncio es que esto tampoco es una sorpresa: "Porque escrito está." Jesús está simplemente citando a uno de los profetas del Antiguo Testamento. Zacarías 13:7 dice: "Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas."
Con esto, Jesús está informando a sus discípulos lo que está a punto de ocurrir. No es algo que a Él le va a tomar por sorpresa, en primer lugar, y número dos, es algo que su Padre ya visualizó, que su Padre ya orquestó. La soledad que Él está a punto de experimentar es parte de la prueba, de la tentación a la que tiene que ser sometido y que Dios ha orquestado para Él. Es un abandono que Cristo conocía anterior a su encarnación; Él era, y Él es, y Él será siempre Dios, y eso estaba anunciado cientos de años antes de que Él viniera.
El futuro guarda sorpresas para ti, guarda sorpresas para mí. Hay cosas que sobre el mañana que hoy jamás hubiésemos soñado; eso no ha ocurrido jamás de manera sorpresiva en la mente de nuestro Dios. Jesús hace el anuncio, pero Pedro no lo cree.
Pedro no cree lo que Jesús acaba de mencionar, a pesar de que está en su Antiguo Testamento. Está en la vida que ellos conocían y, aun estando allí, quizás habiéndolo leído u oído en alguna ocasión, Pedro no lo cree. Y aquí la respuesta de Pedro, versículo 29: "Aunque todos se aparten, yo sin embargo no lo haré." En otras palabras, ellos pueden ser infieles, yo no. Tú no me conoces, Jesús. Tú no sabes lo que yo soy capaz, tú no sabes hasta dónde yo estoy dispuesto a ir por mis amigos. Yo jamás lo haría. Yo estoy dispuesto no solamente a ir a la cárcel, como ya lo había anunciado anteriormente; yo estoy dispuesto a ir hasta la muerte.
Pero Pedro no conoce cosas que a veces nosotros tampoco conocemos, y es que nuestros deseos frecuentemente son mayores que nuestros logros. ¿Sí o no? Nuestros deseos frecuentemente son mayores que nuestros logros. "Voy a leer la Biblia, voy a leer este capítulo y luego me voy a acostar y me voy a dormir", versículo 5. Grande sea que no dura ni siquiera para terminar el capítulo.
Jesús oye a Pedro. Jesús oye la incredulidad de Pedro en sus palabras, y Jesús le dijo: "En verdad te digo que tú, hoy, esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces." Pero Pedro insiste. Pedro con insistencia repetía: "Aunque tenga que morir contigo, no te negaré." Y todos decían también lo mismo. ¡Oh, la naturaleza humana!
Estos dos versículos que acabo de leer son muy precisos, muy enfáticos. Escucha a Jesús: "En verdad, tú, hoy, esta misma noche, antes de que amanezca, antes de que el gallo cante dos veces, me negarás tres." "En verdad" es una frase enfática. Presta atención: es un "amén" en el original. Nosotros decimos "amén" después que oímos lo que el otro va a decir; Jesús lo decía antes de decirlo, porque Él puede hacer eso. Él puede decir "amén" a lo que Él va a decir. Él sabe que es cierto lo que va a decir.
"En verdad, tú, Pedro" —que estoy hablando a ti, Pedro—, tú eras el que has hablado en primer lugar, tú eras el que te sientes más seguro, tú eras el que estás dispuesto a morir conmigo. "En verdad te digo a ti: tú, hoy, esta noche, es más, dentro de esta noche, antes de que el gallo cante dos veces, me negarás tres." Y los otros le hicieron el coro a Pedro y dijeron lo mismo, dice el texto.
Pedro no solamente en pocas horas lo iba a abandonar, lo iba a abandonar y después lo iba a negar, y lo iba a negar no solamente una vez sino tres veces. Una cosa es abandonar al maestro —Judas lo abandonó, otros lo habían abandonado en Juan 6:66, dijimos—, pero otra completamente distinta es negarlo. Y negarlo una vez es una cosa, y negarlo tres veces es otra cosa. Y negarlo cuando él está ausente de ti es una cosa, y negarlo cuando está presente contigo es otra cosa. Y negarlo diciendo "yo realmente no lo conocí mucho" es una cosa, y habiendo caminado con él sobre las aguas y luego decir "maldita sea, yo nunca he visto a ese hombre", eso es otra cosa.
Pedro tiene que pasar por esta experiencia y caer en ella para descubrir la autosuficiencia, el orgullo, su autojusticia interior, que solamente pudo haber sido expuesta a través de una experiencia de esta manera. A veces tenemos que caer —decíamos el domingo anterior— para darnos cuenta de que somos capaces de peores maldades que aquellas que hemos condenado. Y si tú revisas tu historia, probablemente vas a encontrar en algún momento justamente tu tropiezo, un tropiezo mayor que aquel a quien has condenado. Y quizás tú puedas decir: "Bueno, yo nunca he estado ahí." No vaya tan rápido; va a estar ahí.
Si eres hijo de Dios, Dios nos pone a todos a través de ese caminar, porque si hay algo que necesita hacer es formar la imagen de Cristo en nosotros, hasta que podamos decir con Pablo: "El que crea que está firme, cuídese de no caer." Y todos decían también lo mismo; todos se creen incapaces de una experiencia como esta.
Recuerda una frase que mencioné hace varios domingos atrás en uno de mis sermones, que decía: "Todos nosotros nos creemos mejores de lo que somos, y somos peores de lo que creemos." ¿Recuerdas esa frase? Todos nosotros, incluyendo quien habla, nos creemos mejores de lo que somos, porque hay una gran parte de nosotros que nosotros no vemos. Hay una gran parte de nosotros que nuestra limitación humana, mi carne pecadora, no puede ver, pero que Dios ve, y que nosotros somos peores de lo que pensamos. Y de ahí entonces la lista de personajes que revisamos la semana pasada, donde vimos a Abraham, donde vimos a David, donde vimos a Pedro y donde vimos un sinnúmero de personas similares.
Cuando nosotros juramos, cuando nosotros hacemos promesas como Pedro está haciendo en este momento, lo que está ocurriendo muchas veces es lo siguiente. Yo no creo que en el momento, con lo que Pedro estaba viviendo, le estaba haciendo hipócrita. Yo no creo que Pedro estaba diciendo: "Yo lo voy a traicionar, pero le voy a decir que no lo voy a traicionar." No. Yo creo que Pedro creía genuinamente que era capaz de mantenerse en la fidelidad en medio de la tentación. Porque lo que ocurre es que muchas veces cuando nosotros hacemos promesas o juramentos, estamos contando solamente con los deseos que están presentes en nosotros, y se nos olvida contar con la presencia de la carne y de huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales.
Porque al final de cuentas, dice el apóstol Pablo para instrucción de la iglesia: "Mi lucha no es contra sangre ni carne." No es contra, ni siquiera en la última instancia, un hijo de Dios regenerado. Su última lucha no es ni siquiera contra su propia carne ni contra su propia sangre, sino contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales, que usan tu carne y la mía para crear la lucha. La carne no regenerada, la carne débil, la carne que se siente atraída y seducida, la carne que tiene deseos pecaminosos, la carne que todavía sigue pecando.
Cristo no tenía una lucha con una carne pecaminosa, pero tenía un cuerpo humano con debilidades, igual que nosotros; por eso Él fue tentado en todo, dice el autor de Hebreos. Pero la realidad es que nuestra lucha es tanto contra huestes espirituales de maldad, más que con seres humanos, que cuando Cristo va a la cruz sin haber pecado, el texto de la Palabra no dice que Él venció al Imperio Romano, que venció a Pilato, que venció a Herodes, que venció al Sanedrín, que venció al Sumo Sacerdote. ¿Sabe lo que el texto dice? Que venció a los poderes de las tinieblas, los desarmó, y ninguno de ellos tuvo escapatoria. La lucha en la cruz, o camino a la cruz, era entre Cristo y los poderes de las tinieblas, que actuaban a través de entidades humanas. Y esa es nuestra lucha.
Y Jesús les hace un anuncio de abandono. Y en medio del anuncio de abandono, de infidelidad, Jesús hace una promesa: "Después que yo haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea", como quien dice: "Me esperan allá." Después que yo haya muerto y haya resucitado, me voy a ir a Galilea; yo los voy a esperar allá. Pero antes, Jesús tiene que pasar por un momento de soledad.
¿Sabes cuándo? No lo olvides: en medio de la voluntad de Dios. Es el sometimiento a la voluntad de Dios el que frecuentemente nos lleva a tiempos de soledad. Esta no es la primera vez que el sometimiento a la voluntad de Dios llevó a Cristo a la soledad. Él estuvo en el desierto cuarenta días y cuarenta noches, solo, combatiendo contra el mismo Satanás que tiene que combatir al final de sus días. Movido —empujado, dice el texto de Marcos en el original— empujado por el Espíritu al desierto, en medio de la soledad. Eso es parte del diseño de Dios para con nosotros.
En segundo lugar, quiero que notes que el sometimiento a la voluntad de Dios no solamente te lleva a tiempos de soledad, te lleva a tiempos de angustia. Versículo 30 en adelante: "Y llegaron a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: 'Sentaos aquí hasta que yo haya orado.' Y tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a afligirse y a angustiarse mucho." Escuchen esto: afligirse y angustiarse mucho. Yo no sé si tú prestas atención a los adjetivos en la Palabra. No simplemente dice "angustiarse", dice "angustiarse mucho"; en este caso un adverbio de cantidad. Y les dijo: "Mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte." Esta aflicción no es pequeña: "Estoy tan afligido que me voy a morir." Esto es Jesús, en medio de la voluntad de Dios.
Yo tengo que recalcar eso, porque nosotros muchas veces creemos que como la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta, eso implica que si estoy en medio de la voluntad de Dios, siempre estaré gozoso, siempre estaré en paz, siempre estaré sin problemas, siempre estaré sin aflicción. No, eso no está en esta Biblia. Jesús está en Getsemaní por voluntad del Padre, y Getsemaní es un lugar muy significativo para la experiencia que le está ocurriendo, porque Getsemaní era un huerto en una de las laderas más bajas del Monte de los Olivos, donde se cultivaban aceitunas, y allí se prensaban y trituraban las aceitunas para sacar el aceite de ellas, de manera que su alma está siendo prensada y triturada en el lugar donde se prensan los olivos.
Pastor, en medio de la voluntad de Dios, Él llegó allí con once individuos. Pero recuerda que el sometimiento a la voluntad de Dios frecuentemente me lleva a la soledad. Cuando llega allí, el texto no lo especifica de esa manera de forma exacta, pero nos imaginamos que deja a ocho de ellos a un lado y sigue con tres: con Pedro, con Juan y con Jacobo. Pero luego deja a esos tres también y avanza más adelante. Ahora está solo, Él y el Padre, y nadie más. Y allí en Getsemaní comenzó a afligirse y angustiarse mucho. Y les digo: en este momento todavía está con los tres cuando declara "Mi alma está muy afligida hasta el punto de la muerte." Estar en la voluntad de Dios no implica estar siempre en paz, en gozo, tranquilo, sin problemas.
De hecho, los mayores problemas que Jesús tuvo, los tuvo por hacer la voluntad de Dios, desde que comenzó a enseñar hasta que terminó en la cruz. Él está triste, profundamente triste, y la razón de la tristeza no es especificada, pero podemos especular con cierto razonamiento: él tiene un abandono que él mismo está profetizando que va a ocurrir. Pero por otro lado, no solamente el abandono; yo creo que en la medida en que tú creces en la vida cristiana, tú puedes ver cómo la condición espiritual en otros muchas veces te entristece. De manera que la razón por la cual ellos le abandonan habla de una condición espiritual en ellos; yo creo que eso pudo o debió haber entristecido a Jesús, al ver que tres años después ellos no estaban donde debían estar. De haber estado más hechos conforme a su imagen, más maduros, no lo hubiesen abandonado.
Quizás las consecuencias que él sabía que vendrían sobre Israel en general, sobre el pueblo judío —que de hecho él llora en un momento dado, montado sobre un asno, cuando se va aproximando a la ciudad de Jerusalén— nos hablan de que realmente el pecado en otros lo entristecía, las consecuencias. Pero él tiene un dolor físico al que sabe que se aproxima, y él es humano; él está actuando en toda su humanidad. Él sabe, porque tiene años teniendo comunión íntima con el Padre, quien lo viene preparando, que hay un abandono del Padre mismo que está siendo preparado de tal manera que llega un momento en que Jesús está en la cruz absolutamente sin nadie, incluyendo a su propio Padre. Es donde Cristo, en su enorme agonía, dice: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" No solo los once, no solo Pedro —tú, en medio de tu voluntad, estoy solo. Tres horas de oscuridad, el momento más funesto de la tierra; está ese momento, por eso la oscuridad: el momento en que Cristo va a la cruz y carga con nuestros pecados, Dios le permite sentir el abandono que experimentarán aquellos que se van al infierno en condenación eterna.
Si hay un momento en que tú puedes ver la humanidad de Cristo, es aquí, en Getsemaní. El texto paralelo de Lucas nos dice que él sudó gotas de sangre; es un fenómeno conocido en medicina como hematidrosis, donde bajo condiciones extremas de estrés físico y emocional el individuo o un animal pueden experimentar hemorragias en las glándulas sudoríparas, y al sudar, el sudor sale ensangrentado. Esa es la indicación externa de la agonía interna, y tú lo escuchas también en sus palabras.
De manera que el sometimiento a la voluntad de Dios frecuentemente me lleva a tiempos de soledad, y el sometimiento a la voluntad de Dios frecuentemente me lleva a tiempos de angustia. Pero quiero que veamos también, en tercer lugar, cómo el someterse a la voluntad de Dios muchas veces no solamente implica soledad y angustia, sino que requiere de mucha oración, y de intensa oración.
En algún momento Jesús deja a los ocho, deja a los tres, se va hacia adelante, se queda solo. Sus instrucciones fueron decirles a los tres que se quedaran y velaran. Adelantándose un poco, se postró en tierra y oraba que si fuera posible pasar de él aquella hora, y decía: "¡Abba, Padre! Para ti todas las cosas son posibles. Aparta de mí esta copa, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras."
Las palabras hablan de su lucha. "¡Abba!" es la forma más íntima de referirse al Padre; solamente Jesús se atreve a hacer eso, es como "Papito". Es parte de la agonía. "Para ti todo es posible": Jesús está actuando en toda su humanidad; él sabe, Dios, Padre, tú no tienes imposibilidades. Yo sé cuál es tu voluntad, pero si fuera posible... No hay otra alternativa, no hay otro camino, no tienes otra forma de lograr esto que tú me habías anunciado; he andado detrás de esa alternativa. Esto es lo que tú has determinado, pero no hay otra forma.
Pero escucha cómo Jesús ora, porque es la manera como tú y yo tenemos que orar, y es la manera como tú y yo vamos a triunfar: "Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras." No es lo que mi carne desea, no es lo que traía mi carne, no es lo que mis instintos humanos me dicen; es lo que tú quieras, eso es lo que yo necesito hacer. No es lo que mis sueños quisieran; yo quiero lo que tú quieres para mí.
Getsemaní tiene un significado para nosotros, y lo vamos a aplicar a nuestras vidas. Yo creo que pocos de los hijos de Dios han estado en Getsemaní. Yo creo que los mártires que llegaron a la hoguera pueden, si estuvieran vivos con nosotros, pudieran decir: "Sí, yo estuve ahí." Yo creo que muchos de los otros hemos estado donde estuvieron los ocho: cerca, muy cerca. Yo creo que otros hemos estado donde estuvieron los tres: cerca, muy cerca. Pero muy pocos han estado donde estuvo el uno, Jesús.
Getsemaní es el lugar donde tú entregas la última fibra de tu voluntad. Getsemaní es el fin de la lucha humana contra la voluntad de Dios. Getsemaní es el lugar donde finalmente tú reconoces: es Dios, Él sabe lo que hace; yo soy criatura, yo no sé lo que Dios está haciendo. Yo me someto, pongo mi mano sobre mis labios y escucho y obedezco. Job estuvo ahí finalmente: "Me cubro la boca, me arrepiento en polvo y ceniza."
Yo creo que muchos de nosotros somos más como Jonás. "Ok, voy a hacerlo, voy a predicar. ¿A dónde? A Nínive. Ok, Nínive." El Señor dice que se arrepiente Nínive, y una escuela del profeta lo dice: "Miren, se ha arrepentido y tú perdonándolo." Yo creo que muchos de nosotros vivimos así. Si solamente hubiésemos llegado a ese Getsemaní y pasado ese Getsemaní, la vida es mucho más fácil. Se acabaron las luchas, se acabaron los cuestionamientos, las interrogantes. "Señor, esta es tu voluntad, yo me someto. Esto es lo que quieres, yo lo recibo."
Cuando nosotros vivimos luchando con la voluntad de Dios, no hemos llegado a ese Getsemaní. En manos de Dios tenemos sueños, tenemos aspiraciones, tenemos cosas que hemos visionado. Y cuando la voluntad de Dios choca con esas cosas, nosotros entramos en tribulación. Jesús está en eso. Pero Jesús finalmente hace una entrega absoluta y completa, entrega la última fibra de su voluntad, y de ahí en adelante tú no escuchas una palabra más similar desde aquí al Gólgota. No hay nada; todo había terminado.
La vida después de Getsemaní es mucho más fácil. No hay una expresión de agonía. En Getsemaní tú dejas el orgullo —que no sería el caso de Cristo, pero lo esperamos en nosotros—, la autosuficiencia —que tampoco sería su caso—. Pero en Getsemaní tú dejas también la debilidad de la carne, las alternativas, los cuestionamientos, las interrogantes; no hay otra alternativa. Dejamos nuestras inseguridades. Ya no tienes nada que probar, ya no tienes nada que temer.
Mientras Jesús oraba intensamente y sudaba gotas de sangre, estos tres, del otro lado, dejaban como una encomienda —"velad"— lo que estaban haciendo. Versículo 37: entonces vino y los halló durmiendo, y dijo a Pedro —a Pedro, Pedro, tú has sido el portavoz—: "Ya comenzamos a caminar en dirección del cumplimiento de mi profecía." Le digo a Pedro: "Simón..." Pedro significa roca. No sabemos si esa es la razón para que Cristo no se refiriera a él como Pedro, sino como Simón: tú no eres una roca ahora mismo. "¿Duermes?" Pero hay una interrogante sobre Pedro que debiera haberle abierto los ojos hacia donde se dirigía: "¿No pudiste velar ni por una hora? Mi encomienda al dejarte fue velar. Yo vine a la hora y tú estabas durmiendo. ¿Tú que vas a morir conmigo, ni por una hora pudiste velar?" Jesús ha comenzado a revelar la debilidad de la carne: de Pedro, la tuya y la mía.
"Velad y orad", versículo 38, "para que no entréis en tentación." En el versículo 37 está el cuestionamiento; en el 38 está la instrucción. "Pedro, te dormiste. Velad y orad para que no entréis en tentación." Escucha ahora de los labios de Jesús algo que ya yo dije con mis propias palabras de otra manera. Jesús lo dice mucho más enfático, obviamente con mucho más autoridad: "El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil." No puedes contar solamente con los deseos del espíritu. "Pedro, tú quizás no quieres traicionarme; quizás ese es tu deseo, tu espíritu tiene disposición, pero tienes una carne, y tu carne es débil, y si no lo has conocido, lo estás a punto de conocerlo." Yo sé que yo lo he conocido; estoy seguro de que todos nosotros lo hemos conocido, y quizás no nos hemos percatado.
El enemigo es muy astuto, y de ahí la instrucción. Nota cómo Jesús no simplemente les dice "orad"; no, eso no es suficiente. Tú tienes que velar y orar, tú tienes que estar alerta. El enemigo es astuto; sabe cómo acercarse, es como una serpiente que se acerca de una manera imperceptible: no te das cuenta.
Primero, él logra distraerte. Cuando se está acercando de este lado, primero te distrae del otro lado, de tal manera que tú estás prestando atención a ese lado, pero su ataque realmente viene por el otro. Tienes que estar alerta. No puedes pensar que esa es la única manera como él se acercará a ti. De ahí la necesidad del estado de alerta.
Y luego, en la alerta, tienes que orar. Porque en la oración tú le presentas a Dios tu debilidad, le confiesas tu debilidad, confiesas tu dependencia de Él, le confiesas tus temores. En la oración Él trae cosas a tu mente que tú no estabas tomando en consideración. Él trae sabiduría. En la oración Él abre tus ojos para ver cosas que no estabas viendo, e incluso para ver las implicaciones de cosas que sí estabas viendo, pero que tenían implicaciones que te estaban siendo desconocidas. En oración Él renueva nuestras fuerzas, renueva sus promesas, nos visita con un entendimiento nuevo y fresco de la circunstancia que estoy viviendo.
El espíritu, hermano, tiene deseos que la carne no puede cumplir. Está claro en la Palabra, está claro en este ejemplo, está claro en la vida de Pedro, está claro en la vida de Pablo. "Yo no entiendo lo que a mí me ocurre", proclama, exclama con frustración el apóstol Pablo. "Lo que yo quiero hacer en el espíritu no hago en la carne. Lo que sí quiero hacer no hago, y lo que no quiero hacer en mi espíritu termino haciendo." Y el apóstol Pablo nos deja ver cuál es el problema en Romanos 7:18: "Porque el querer está presente en mí, pero hacer el bien, no." El querer está presente en mi alma, en mi espíritu regenerado; ese querer claro que está. Pero el hacerlo no está en mí. Entonces, si no está en mí, ¿cómo lo hago? Por medio del Espíritu de Dios que mora en ti.
Por eso tengo que orar. Por eso tengo que depender de Él. Por eso tengo que agarrarme de Él. Y por eso, cuando la tribulación viene y el viento te remueve, tienes que agarrarte de Dios. Y en oración —en oración, en ocasiones esa es mi palabra literal—: "Dios, en estos momentos yo he decidido agarrarme de ti, porque no hay nada más de lo que te puedas agarrar."
"Mi alma se deleita en la ley de Dios", se escucha a Pablo. "Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios en mi hombre interior, mi alma regenerada" —Romanos 7:22—. "Pero" —versículo 23— "veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente." Yo tengo dos leyes: una, mi hombre interior, que se deleita en la ley de Dios; pero tengo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente y me hace prisionero de la ley del pecado que está en los miembros.
Pedro debió haber estado velando y orando. Pero sabes qué, ¿él se durmió? El texto no dice eso explícitamente, pero se durmió. Dice que estaba cansado. El sueño es una necesidad natural, claro que es natural, pero es de la carne que se cansa. El sueño no es malo, pero cuando estás bajo tentación y ataque no te puedes dormir; tienes que orar. A veces Dios nos despierta para orar. A veces Dios no te deja dormir, como pasó anoche: para orar y volver a orar, y tú te acuestas y Él vuelve y te levanta; tienes que volver a orar.
Y Pedro está a punto de conocer eso. El espíritu regenerado muchas veces tiene deseos de agradar a Dios en maneras que a la carne no le interesan, porque la carne tiene instintos, deseos y debilidades propias. Los discípulos van a aprender eso. Pero escucha lo que ocurre: ya Pedro fue reprendido una vez, Jesús se fue otra vez, y el versículo 39 dice que oró diciendo las mismas palabras. No podemos pasar de alto eso: las mismas palabras. ¿Sabes cuáles fueron esas palabras? "Padre, si es posible" —por segunda vez—, "haz que pase de mí esta copa, pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieras." Jesús está luchando. Esta no es una lucha de una sola vez.
Y luego Jesús regresa —versículo 40— y los halló durmiendo otra vez, pudiendo ser reprendidos, porque sus ojos estaban muy cargados de sueño. Nota cómo no dice que a ellos no les importaba lo que a Jesús le estaba pasando; no, ellos están débiles en la carne y no sabían qué responder. "Estamos cansados, Jesús." Y es entonces cuando Él se retira otra vez. El cansancio, el sueño, el hambre, el aceite: son necesidades humanas comunes. Pero a veces es necesario incluso parar esas cosas, porque es tiempo de orar y velar. Cuarenta días en el desierto —Jesús, Moisés—, sin comida, sin agua, un ayuno sobrenatural, obviamente, pero era tiempo de velar y orar.
Eso es exactamente lo que Jesús le dice a Pedro: "Para que no entréis en tentación." Dicho y hecho, porque Judas viene de camino. Cuando Judas llegue, los once desaparecerán; habrán caído en la tentación. La forma más fácil, humanamente hablando, de salir de un conflicto es huir; es lo primero que nos viene a la mente.
Dios conoce nuestras debilidades. Escucha lo que el salmista dice en el Salmo 103:14: "Porque Él sabe de qué estamos hechos; se acuerda de que somos solo polvo." Él sabe de qué estamos hechos. Los que no lo sabemos somos nosotros. Pero Él sabe que nosotros somos como el polvo, que el viento lo empuja y así se va. Y de ahí que Él tiene continuamente que velar por nosotros.
El texto paralelo de Mateo 26 dice que Jesús por tercera vez oró: "Aparta de mí esta copa, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras." Esta no fue una sola oración. Recuerda que el texto dice que Él estaba muy angustiado, profundamente triste. Esta angustia no se fue con una oración. El Padre dijo: "No, no hay otra forma." Y Cristo no dijo: "Bueno, ya está bien, ya lo acepto." Una segunda vez: "Hijo, no hay otra forma." Y una tercera vez, como cuando Pablo le pide a Dios que le quite su aguijón por tres veces, y a la tercera el Señor dice: "Ya basta, te bastará mi gracia." Como cuando Moisés le pidió a Dios reiteradamente que lo dejara entrar a la tierra prometida, y Dios le dice: "Ya, Moisés, está bueno; no me vuelvas a hablar más de esto." ¿Te das cuenta de la lucha, de cuánto puede alguien pedirle a Dios que cambie esa voluntad? En Moisés, en Jesús, en Pablo.
Y después, la tercera vez, ya habiendo orado de esa manera, vino por tercera vez y les dijo: "¿Todavía estáis durmiendo y descansando?" No estaban velando, no estaban orando. La tentación que ya venía, venía de camino; no le iban a poder resistir. Había sido anunciada, pero ellos no lo tomaron en cuenta. Y la falta de oración es una de las maneras como el enemigo comienza a distraernos antes de hacer su ataque final. Él distrae con cosas, con actividades, con preocupaciones; me quita mi tiempo con Dios. Él va a venir pronto, ha logrado distraerme y ha interrumpido mi conexión con Dios. Estamos desperdiciando un recurso enorme cuando no hacemos uso de la oración.
Cristo está un poco irritado con ellos al final. La frase traducida como "basta ya" es una frase que, dice la lingüística, es un poco rara en el original; es una frase de exasperación. Por eso está traducida de esa manera: "Basta ya." Quizá: "Ya está bueno de dormir." Y cuando podéis hacedlo de esa manera, ya Él hace la transición final: "Ha llegado la hora." ¿Cuál hora? "Y aquí el Hijo del Hombre se entrega en manos de los pecadores. Levantaos, vámonos; mirad, está cerca el que me entrega." La hora en que el Hijo del Hombre va a ser entregado, la hora de su crucifixión, ha llegado. Pero también ha llegado la hora de Judas, que ya viene de camino.
Escucha de nuevo. Ha llegado la hora: primera anotación, la hora de su crucifixión. Segunda anotación: "Levantaos, vámonos; mirad, está cerca el que me entrega." De ahí en adelante no hay más lucha entre Jesús y el Padre, no hay más. En la cruz, cuando Él dice: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", es una lucha; Él está expresando, tiene una expresión existencial de algo que está viviendo en el momento, y nos está dejando escuchar a nosotros y al Padre lo que está sintiendo. Pero no es una lucha por su voluntad. Él muere allí y entrega su espíritu, pero lo pudo hacer después de que en Getsemaní entregó la última fibra de su voluntad. Es allí donde Él muere a sus propios deseos.
Es allí donde, cuando nosotros luchamos, se da esa lucha: ocurre la tristeza, el desánimo, el desaliento, la ira, el resentimiento, la depresión. Pero una vez que nosotros le decimos a Dios: "No más. No más un pulso contigo. Tú ganas, y tu ganancia ha sido buena, y tu ganancia me va a hacer bien, y tu ganancia es perfecta." Pero escucha la clave: "Que no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieres." Esa es la clave.
Yo creo que nosotros vivimos continuamente con deseos: yo quiero esto, yo quiero hacer, quiero soñar, quiero alcanzar, quiero lograr, quiero comprar, quiero adquirir, quiero tener. Yo creo que sería mucho más beneficioso, de mucho más gloria para Dios y de mucho más tranquilidad para nosotros, si pudiéramos decir: "Señor, en mí aquí: yo no quiero nada que tú no quieras." Yo no sé si tú haces esto, pero yo lo hago en oración: "Señor, no le haga caso a nada de lo que mi carne quiere." Yo oro de esa manera. Yo tengo una humanidad igual que la tuya, y mi humanidad —como se dice en inglés— craves: tiene deseos, anhela cosas. "Yo, Señor, Tú no le hagas caso, porque yo sé que eso no es de tu Espíritu." A una hora yo tolero eso, pero no porque lo quiero, sino para decirte que no lo quiero aunque está ahí. "No le hagas caso."
¿Cuál es la probabilidad de que el Señor responda a una oración como esa? Si pedimos conforme a su voluntad, Él nos oye. La renuncia a nuestra voluntad —en singular— es la respuesta final a los desencantos, tribulaciones, batallas y sinsabores de la vida.
Escrito está tu historia y la mía. Yo no hago historia, yo vivo Su historia, hecho en Cristo Jesús para hacer buenas obras que Él preparó de antemano para que anduviera en ellas. Todos mis días están escritos en Su vida. Cuando Él me llame a terminar, mientras Él continúe conmigo en esta vida, en esta tierra, estaré con Él.
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