Integridad y Sabiduria
Sermones

Te sirves a ti mismo o sirves su causa, no ambas

Miguel Núñez 9 febrero, 2014

Jesús camina con determinación hacia Jerusalén, donde le esperan burlas, azotes y muerte. Por tercera vez anuncia a sus discípulos lo que está por suceder, y por tercera vez ellos no logran comprenderlo. Pero lo que ocurre inmediatamente después de este anuncio resulta desconcertante: Jacobo y Juan se acercan a Jesús con una petición audaz. Quieren un cheque en blanco. "Concédenos que en tu gloria nos sentemos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda." Mientras el Maestro habla de entrega total, ellos piensan en posiciones de poder.

Jesús no los rechaza con dureza, pero les hace ver su ignorancia. "No sabéis lo que pedís." Les pregunta si pueden beber la copa que él beberá, si pueden ser bautizados con su bautismo de sufrimiento. Ellos responden con la autoconfianza típica de quien no conoce su propio corazón: "Podemos." Los otros diez discípulos se indignan, no por humildad ofendida, sino porque se les adelantaron en la competencia por el poder.

Ante este panorama, Jesús presenta los valores del reino como una contracultura radical. En el mundo, los grandes se enseñorean de los demás; entre ustedes, el que quiera ser grande debe ser servidor, y el que quiera ser primero debe ser siervo de todos. El modelo es él mismo: el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos. Este medio versículo resume toda la misión de Cristo. La pregunta que queda es si quienes dicen seguirle están dispuestos a descender por el mismo camino.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

En su Palabra. Bueno, era que yo te voy a invitar a que tomes la Palabra, de Marcos 10, comenzando en el versículo 32 hasta el 45. Es un texto relativamente largo, pero que nos habla de un solo evento que ocurrió en un momento dado en este peregrinar de Jesús.

"Iban por el camino subiendo a Jerusalén, y Jesús iba adelante de ellos. Y estaban perplejos; los que le seguían tenían miedo, y tomando aparte de nuevo a los doce, comenzó a decirles lo que le iba a suceder. 'He aquí, subimos a Jerusalén y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles. Y se burlarán de él y le escupirán, le azotarán y le matarán, y tres días después resucitará.' Y se le acercaron Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, diciéndole: 'Maestro, queremos que hagas por nosotros lo que te pidamos.' Y él les dijo: '¿Qué queréis que haga por vosotros?' Ellos le dijeron: 'Concédenos que en tu gloria nos sentemos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.' Pero Jesús les dijo: 'No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?' Y ellos le dijeron: 'Podemos.' Y Jesús les dijo: 'La copa que yo bebo, beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha o a mi izquierda no es mío el concederlo, sino que es para quienes ha sido preparado.' Al oír esto, los diez comenzaron a indignarse contra Jacobo y Juan. Y llamándolos junto a sí, Jesús les dijo: '¿Sabéis que los que son reconocidos como gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que sus grandes ejercen autoridad sobre ellos? Pero entre vosotros no es así, sino que cualquiera de vosotros que desee llegar a ser grande será vuestro servidor, y cualquiera de vosotros que desee ser el primero, será siervo de todos; porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.'"

Padre, ¡qué gran pasaje! ¡Qué gran realidad! ¡Qué contrastes entre la cosmovisión de los discípulos y la cosmovisión de tu Hijo. Padre, en la mañana de hoy yo quiero pedirte que tú abras nuestros ojos del entendimiento y nos permitas ver los mismos contrastes entre nuestras vidas y la de Jesús. Pero que no nos dejes allí solamente, sino que tú nos capacites para cambiar de visión, para la gloria de tu Hijo, para la honra de tu nombre y la expansión de tu reino. En Cristo Jesús esto lo pedimos.

Como habíamos dicho en el último mensaje —creo que prediqué sobre Marcos un par de semanas atrás, antes de mi viaje a Cuba—, decía que en esta etapa del ministerio de Jesús el Maestro va camino a Jerusalén. Jerusalén estaba situada en un pequeño cerro y, por tanto, era común referirse a la ida a Jerusalén como el subir a la ciudad, y por eso el texto dice que Jesús iba subiendo a Jerusalén. Le acompañan, como de costumbre, un grupo de personas; entre ellos están sus doce apóstoles, y Jesús está teniendo una conversación con ellos.

Pero está teniendo esa conversación en medio de un estado de ánimo que Marcos describe de la forma siguiente: dice que tenían miedo y que estaban perplejos. A la verdad que no sabemos con exactitud la razón del temor y del asombro, pero quizás algunos especulan que era el paso rápido que Jesús llevaba hacia Jerusalén. Quizás es el ambiente que se está respirando alrededor de ellos. Tenemos que pensar —o quizás saber— que apenas faltan unos días para la cruz: quizás diez días, quizás un par de semanas; no tenemos la exactitud, pero faltan pocos días para que Jesús sea clavado en aquel madero, y Jesús va hacia Jerusalén aparentemente con un paso rápido, con una gran determinación. Hay una tensión en el ambiente, hay una oposición que ha aumentado, hay una cierta persecución, una cierta hostilidad.

Y entonces Jesús, camino hacia Jerusalén, separa a los doce en un momento dado y comienza a hablarles por tercera vez acerca de su pasión, de la muerte que Él está a punto de sufrir. La primera vez, o el primer anuncio, aparece en Marcos 8:31. El segundo anuncio aparece en Marcos 9:31. Y ahora este es el tercer anuncio, en Marcos 10:32 en adelante. Este es el anuncio más completo, más preciso de los tres.

Y yo quiero que nosotros prestemos atención, en la medida en que trato de exponer el texto, a siete observaciones que yo voy a hacer en el día de hoy. En primer lugar, quiero que veamos la determinación de Jesús de llegar a la cruz. En segundo, el descaro egocéntrico de dos de sus apóstoles. Número tres, el desconocimiento de esos dos seguidores de Jesús. Número cuatro, el deseo de poder de todo el grupo. Número cinco, la disparidad entre los valores del reino de los cielos y los valores del reino de los hombres. Número seis, el descenso extraordinario de Jesús. Número siete, la descripción de la misión de Jesús. Quizás usted lo pueda recordar, hay una letra que nos ayuda: hay una determinación, hay un descaro egocéntrico, hay un desconocimiento, hay un deseo de poder, hay una disparidad de valores, hay un descenso, y hay una descripción de la misión.

Y con eso, entonces, yo quiero que comencemos con mi primera observación, mi primer punto: la determinación de Jesús de llegar hasta la cruz. Escucha cómo estas palabras revelan algo grandioso. "El Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles." Es la primera parte, la parte que le correspondía al pueblo hebreo. Ahora, Jesús es entregado —o será entregado— a los gentiles, y entonces se burlarán de Él y le escupirán, le azotarán y le matarán, y tres días después resucitará.

Esto le va a ocurrir a la persona en quien ellos han depositado toda su confianza, a la persona en quien ellos han depositado toda su esperanza. Yo creo que un anuncio como ese es capaz de amedrentar a cualquiera, es capaz de confundir incluso a cualquiera. ¿Cómo es posible que el Hijo de Dios, el Mesías, el ungido anunciado, el hombre de los milagros, el hombre que camina sobre las aguas, pueda estar hablando de que va a terminar su vida de esa manera? Eso es confuso.

De hecho, el texto paralelo de Lucas 18, en el versículo 34, dice que ellos no comprendieron nada de esto: "Este dicho les estaba encubierto y no entendían lo que se les decía." La cruz está más cerca, pero su entendimiento no está más claro. Ellos no entienden. Hay algo que les está vedado. Y parte del velo, quizás, se debe al hecho de que ellos llegan a este punto del ministerio de Jesús todavía con ideas preconcebidas. Nosotros todos tenemos ideas preconcebidas acerca de cosas en el reino de los cielos, acerca de cosas en la iglesia, acerca de nosotros mismos, acerca de nuestras relaciones. Y con frecuencia es difícil cambiar nuestras ideas preconcebidas porque forman tanto parte de nuestro ADN emocional, mental y espiritual que no es fácil sacarlas. Y a pesar de que esta es la descripción más completa, ellos no pueden entenderla.

Jesús está poniendo delante de ellos, describiendo, un modelo de vida a seguir: el modelo por excelencia. Él está dejando una forma de entrega que debía caracterizar a aquellos que le seguirían. Cuando nosotros nacemos y comenzamos a crecer, en la medida en que vamos madurando vamos desarrollando nuestra propia vida y nuestra propia agenda, nuestro propio programa, vamos desarrollando nuestro propio reino. Pero cuando yo nazco de nuevo, se supone que esa realidad debe cambiar: ya tu vida no te pertenece, ya tu propósito debe ser el propósito del reino de los cielos. Ya tus propósitos no debieran estar relacionados a esta vida terrenal, sino a otra vida; tú tienes otra patria, tú tienes otra ciudadanía. La vida de entrega, el sacrificio y la vida de renuncia pasan a ser el nuevo camino a seguir. Pero eso no es algo que los discípulos entendieron en este momento, y eso no es algo que la mayoría de los hijos de Dios entienden; pero la historia está llena de esos ejemplos.

Y si hay algo que caracterizó a Jesús en su enseñanza fue la claridad con que Él reveló esta forma de vida. Escucha lo que Él dice en Juan 15: "¿Acordaos de la palabra que yo os dije? El siervo no es mayor que su señor. Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros." Si hay algo que yo aprecio del ministerio de Jesús, y algo que muchas veces veo ausente en el ministerio de hoy, es la claridad con la que Cristo definió el costo de la vida cristiana. "Me persiguieron a mí; claro que os perseguirán a vosotros. Vosotros sois mis discípulos, yo soy el Señor; un discípulo no es mayor que su señor. Claro que lo harán." Y es por eso que en ocasiones hemos dicho que si la vida cristiana no me está costando algo —y algo significativo—, tengo que pausar, detenerme y preguntarme: ¿estoy viviendo la vida cristiana?

El señor de nombre A. B. Bruce, en un libro escrito al final de los años 1800, llamado *The Training of the Twelve* —o El entrenamiento de los doce—, dice que la aflicción es educación para el cielo. La aflicción es educación para el cielo. Y hay algo que lamentablemente el predicador de hoy hace con frecuencia: minimizar el costo de la vida cristiana, tratando de evitar que la gente se vaya. El Señor no le temía a que los discípulos se fueran. El joven rico —del que hablé en mi último mensaje— se acerca a Jesús y le dice: "Yo he cumplido todos los mandamientos", y hablamos del quinto, el sexto, el séptimo, el octavo, el noveno. Y Jesús le dice, en esencia: "Un momentito; eso no es suficiente. ¿Qué tengo que hacer?" "Bueno, en tu caso, ve y vende todo lo que tú tienes, dalo a los pobres, y luego regresa y sígueme." Así no funciona, Jesús.

En otra ocasión, alguien quería seguir a Jesús y le dijo: "Permíteme primero ir a enterrar a mi padre", y Jesús le dice: "Deja que los muertos entierren a sus muertos." Excusas. "Enterrar a mi padre" —que valdría decir—: "Mi padre todavía está vivo; yo voy a trabajar con él mientras viva, cuando él se muera yo lo entierro, y luego te sigo." Era una expresión de la época.

Otro viene a Jesús y le dice que está dispuesto a seguirle, pero le pide: "Permíteme primero despedirme de los de mi casa." Y Jesús le dice: "Nadie que después de poner la mano en el arado mira atrás es apto para el reino de Dios." Claridad del costo.

Y ahora esto es lo que Jesús está describiendo para ellos: "Yo soy su maestro, yo quiero que entiendan que yo voy a ser entregado a manos de los escribas y de los fariseos, y luego ellos a su vez me entregarán a los gentiles, y los gentiles entonces me azotarán, me escupirán y se burlarán de mí, y me matarán incluso, pero yo voy a resucitar."

Le van a hacer eso a su maestro. La determinación de Jesús para llegar hasta la cruz. Quizás ahora avanzando con paso rápido. Esa era nuestra primera observación.

En segundo lugar, quiero que notes el descaro egocéntrico de dos de sus principales apóstoles. Por si acaso, versículo 35, se va a acercar Jacobo y Juan, los dos hijos de Zebedeo, diciéndole: "Maestro, creemos que hagas por nosotros lo que te pidamos." En otras palabras, danos un cheque en blanco. Queremos que hagas por nosotros lo que te pidamos, no te vamos a decir todavía. Primero dinos que sí, luego te decimos. No sé si algunos de sus hijos han hecho eso, pero yo he oído. Algunos me han dicho algunos sobrinos: "Yo te podría hacer un favor." "Bueno, dime." "No, pero dime que sí primero." "Bueno, no te puedo decir que sí porque no sé si lo puedo hacer." Ellos vienen donde Jesús y le dicen: "Queremos que hagas por nosotros lo que te pidamos."

Jesús acaba de hacer uno de los pronunciamientos más serios, más sobrios que jamás haya podido salir de sus labios, e inmediatamente después del anuncio de su muerte, ellos vienen y le piden a Jesús algo como esto. Ellos no quieren oír lo que Jesús tiene que decir de su dolor y sufrimiento, y están más interesados en sus intereses, en sus privilegios. Por eso yo titulé este mensaje: "Te sirves a ti mismo o sirves a su causa, pero no ambas."

El anuncio de la muerte de Jesús a Juan y a Jacobo les entró por un oído y les salió por el otro. Yo no sé qué quizá hubiésemos pensado de haber estado allí; quizá hubiésemos tenido ideas similares. Ellos se acercaron a Jesús con una idea en mente. Mientras Jesús hablaba de su muerte, ellos estaban repitiendo la idea y la pregunta. Probablemente así somos nosotros: tenemos una idea en mente y entonces tenemos una conversación que vamos repitiendo. El otro estaba hablando, pero yo no estoy escuchando, porque yo tengo una conversación en mente, y cuando tú termines, yo te voy a hablar de la mía. ¿No les ha pasado eso? Sean honestos.

Y entonces esto es lo que ellos vienen y le piden: danos un cheque en blanco. La petición es egocéntrica. No hemos leído otra vez la petición, pero es egocéntrica, y realmente la manera como la piden eleva a la enésima potencia la idolatría del yo de estos seguidores. "Danos lo que te pidamos." Nota la diferencia: Jesús está hablando de darse a sí mismo, ellos quieren recibir. Jesús está hablando de morir en una condición de debilidad, ellos quieren poder. Jesús está comunicando que Él va a morir como el que ocupa el último lugar, porque será la muerte en una cruz, la peor muerte posible concebible en aquella ocasión; ellos quieren ocupar los primeros lugares. Jesús está hablando de una muerte que será de su deshonra; ellos quieren honor y gloria.

Jesús pudo haberlos ajusticiado con tal petición, pero les dice, como buen judío, otra vez la misma pregunta: "¿Qué es lo que quieren?" "Oh maestro, no es mucho. Lo único que quisiéramos..." Aquí están haciendo la petición. Esa es la posición uno, la posición de mayor autoridad después del que está en el centro, y la mano izquierda es quien le sigue. "Concédenos esas dos posiciones. ¿Qué queréis que haga por vosotros? Concédenos que en tu gloria nos sentemos a tu derecha y a tu mano izquierda." En otras palabras, ellos quieren convertir a Jesús en el instrumento a través del cual van a llenar sus ambiciones.

Tú piensa que no pasa eso en nuestra mente. Manipularlo no lo podemos hacer, pero sí manipular a Jesús desde el trono de la gracia, para que desde el trono de la gracia se nos concedan las cosas que estamos pidiendo, de tal forma que el trono de la gracia se vuelve en una especie de instrumento que nos concede las ambiciones de nuestro corazón. Y gracias a Dios que Dios muchas veces hace caso omiso a ese tipo de oraciones. Decía la esposa de Billy Graham que si Dios le hubiese concedido los deseos y las peticiones de su corazón, no sabe cuántas veces se hubiese casado antes de conocer a Billy Graham.

Yo no creo que ellos están pidiendo nada malo. Eso es lo increíble de nosotros los seres humanos: que podemos hacer una petición de esta naturaleza y no pensar que eso tiene absolutamente nada de pecaminoso. Y así Ryle, en su comentario sobre este evangelio, dice: "Ellos no conocían su propio corazón ni la naturaleza del camino delante de ellos. Ellos todavía estaban soñando con coronas temporales y recompensas terrenales. Ellos todavía no conocían qué clase de hombres eran." Y más adelante él agrega —nosotros para entonces traerlo a nuestros días—: "Subestimamos nuestras habilidades para resistir la tentación y las pruebas. Nosotros vivimos engañados con relación a las motivaciones y a las intenciones de nuestro corazón."

Y luego entonces, a veces en conversaciones sociales, o con un amigo, con una amiga, o en consejería, decimos: "Recuerda que el corazón es engañoso." Pero cuando yo estoy diciendo esto, yo frecuentemente estoy pensando: "El tuyo es engañoso. Yo el mío lo tengo claro. El mío es veraz, el mío no me engaña, el mío no me traiciona. Es el tuyo."

El texto paralelo de Mateo, Mateo 20, a partir del versículo 17 hasta el 28, tiene una observación un poco distinta, pero que no presenta necesariamente una contradicción. Dice que quien hizo la petición fue la madre de Juan y de Jacobo. Y es posible. Lo que Marcos está reportando es que Marcos sabe de dónde ha venido. Si fue la madre —lo cual, a la luz de todo lo que sabemos de los amigos de la familia— resulta que la madre de Juan y Jacobo, su nombre era Salomé, conocida también como María Salomé. Si tú juntas varios pasajes, como varios académicos han hecho, y la Enciclopedia Internacional Estándar de la Biblia, a partir de varios pasajes del Nuevo Testamento, concluyen que con toda probabilidad María Salomé es la que es llamada hermana de María. Si ese fue el caso, implicaría que Salomé era tía de Jesús, en cuyo caso tendría sentido: "Vamos a pedirle a la tía que hable con el sobrino." Luciría más natural, porque no luciría tan egocéntrico de nuestra parte que nuestra madre le esté pidiendo. Después de todo, fue María que le pidió que hiciera algo y Él convirtió el agua en vino. Quién sabe lo que nos pudiera salir si nuestra madre va y le pide algo como esto.

Él se dirige a ellos porque sabe de dónde ha venido esta petición. Él sabe dónde está el corazón, sabe dónde está el deseo, y se dirige a ellos. Por eso quizá Marcos está hablando con ellos directamente. Recuerden que es muy probable que Marcos simplemente representó el papel de secretario de Pedro al escribir este evangelio. Quizá ellos pensaron que eso tendría más dificultad, también, en decirle que no a su madre o a su tía.

Pero yo creo que vale la pena pausar aquí un momento para ir exponiendo y a la vez aplicando el texto a lo largo del camino. Nos preguntamos: ¿qué es lo que motiva al ser humano a desear, aspirar, poder, posición, prestigio, fama, reconocimiento, honor, gloria? Ya sea que lo admitamos o no, al final del camino no es más que nuestras inseguridades. Aquellas cosas que muchas veces nos hicieron sentir inferiores, nos hicieron sentir no aprobados o rechazados, y pensamos que a través de la escalera del éxito, de los logros, del ascenso, nosotros podremos en un futuro ser mejor valorados por los demás, por la cultura, por el medio, por mi jefe, por mi esposo, y que de esa manera entonces yo me voy a sentir menos inferior, menos rechazado, menos no aprobado. Esas cosas no se piensan con esos términos, pero el corazón sabe razones que la razón no sabe.

Ahora, al final del camino, la raíz —o déjame decirlo de otra manera— el fruto de la inseguridad es el orgullo. En nosotros no hay nadie inseguro que no sea orgulloso, y no hay nadie orgulloso que no tenga inseguridades. Y de ahí que el orgullo es una de nuestras características. El problema es que el orgullo transforma nuestras virtudes en vicios y transforma nuestras fortalezas en debilidades. Aquello en lo que tengo experiencia, aquello en lo que soy fuerte, deja de ser una fortaleza y comienza a ser una debilidad en la medida en que Dios no aprueba mi forma de caminar. Y ahí están estos dos apóstoles, al final de un entrenamiento de dos o tres años, con una pregunta que yo he llamado el descaro egocéntrico, por la manera en que la pregunta está construida: "Concédenos lo que te pidamos." Cualquiera creería que es algo pequeño. Son las dos posiciones primeras en su gloria.

En tercer lugar, quiero que veas el desconocimiento de estos dos apóstoles que causó su autoconfianza. Lo primero fue la determinación de Jesús; lo segundo que nosotros vimos fue el descaro egocéntrico; y ahora el desconocimiento de estos dos apóstoles que causó su autoconfianza. Pero Jesús les dijo: "No sabéis lo que pedís." Ahí la pregunta debía haber sido de su parte realmente. Pues Jesús hace una pregunta: "¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?" Y ellos dijeron: "Podemos." Ahí está el desconocimiento. "Claro que podemos." Ahí está la autoconfianza.

¿Qué pregunta es esa, Jesús? Jesús les dijo: "La copa que yo voy a beber, ¿la beberéis? ¿Y seréis bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?" Yo creo que ellos en seguida dijeron: "¡Se los dijimos! Nosotros podemos." Ahí está. Él mismo lo acaba de decir, Él mismo acaba de afirmar que vamos a beber su copa y vamos a tener el mismo bautismo. Pero ellos no saben que ellos y Jesús están pensando en dos copas distintas y en dos bautismos distintos. Ellos probablemente están pensando en una copa de gloria, quizás una de esas copas que entregan al final de una carrera de autos en Indianápolis, cuando ganas el premio, y entonces bebes de esa gran copa. Están pensando en algo así, o algo similar. Jesús, en cambio, está pensando en algo completamente distinto.

Pensando en otra cosa, porque la copa de la que le está hablando es la copa del sacrificio que está a punto de ofrecer. El bautismo del que le está hablando es el bautismo del sufrimiento que está a punto de pasar. Y ellos, con toda seguridad, dicen que claro que pueden. Ellos no saben que el bautismo del que Cristo está hablando es un bautismo de dolor y de sacrificio, de sufrimiento, que no es un bautismo que va simplemente a salpicar a Jesús; ahí lo van a sumergir en ese bautismo, un bautismo de sufrimiento y dolor. Y ellos dicen que están dispuestos. Quizás están pensando: "Jesús no sabe hasta dónde nosotros estamos dispuestos a llegar con tal de que esas dos posiciones no las entreguen."

Ellos no saben hasta dónde nosotros somos capaces. Dolor, dar, sacrificio, entrega, renuncia: eso no es parte del vocabulario de los apóstoles en este momento. Esa parte de su cerebro fue borrada, ese vocabulario no existe, y ese vocabulario debe pertenecerle a otro, pero no a nosotros, no a nosotros, no a nosotros, que a nosotros se nos ha dado la gloria. Jesús dice: "La copa que yo me voy a beber, ¿la beberéis? ¿Y seréis bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?"

Jesús le estaba hablando solamente a esos dos, y se le estaba hablando a todos. Pero si le hubiese estado hablando a esos dos, eso se convirtió en una realidad para todos que no podemos olvidar: que Jacobo es decapitado en Hechos 12. Él bebió de esa copa, él iba a ser bautizado, y fue bautizado en ese bautismo. Y Juan, al menos, fue exiliado a la isla de Patmos. Algunos hablan de que fue martirizado; probablemente la tradición más correcta es que regresó a Éfeso y murió de edad avanzada, pero no sin antes haber ido a Patmos en el exilio. De manera que ellos pasaron por esta tribulación, y fueron capacitados para pasar por ese bautismo y ese dolor después de la resurrección, después del descenso del Espíritu Santo en Pentecostés, después de haber entendido mejor la causa de Cristo, después de haber tenido los ojos abiertos, después que Jesús proclamara la victoria tres días después de la muerte.

Entonces ellos fueron capacitados. Pero la ignorancia y la autoconfianza son dos de los grandes males del ser humano. La ignorancia nos lleva a creernos saber lo que no sabemos. "Claro que podemos, Jesús." "Señor, aunque todos te nieguen, yo no te voy a negar." "Pedro, me vas a negar tres veces antes de que el gallo cante." En su ignorancia, Pedro no creía que él sería capaz de una cosa semejante. La ignorancia nos lleva a pensar que tenemos poder para hacer aquello que nosotros no podemos. "Tenemos la capacidad, claro, Maestro, podemos." La ignorancia nos lleva a ofrecernos para tareas que nosotros ni siquiera comprendemos ni podemos ni siquiera abrazar.

Jesús les dice: "Ustedes están equivocados, ustedes están en la ignorancia. Van a pasar por el sacrificio, van a probar de la copa, pero ustedes ni siquiera saben de qué yo estoy hablando. Ahora, con relación a la petición, eso ni siquiera está en mi poder ahora mismo; está en el poder del Padre, y será asignado a aquellos que ya han sido designados, preseleccionados." El reino de los cielos tiene una agenda. La agenda marcha a paso claro y definido, los hombres no la cambian, la agenda nunca está atrasada. Y esos dos lugares serán asignados por el Padre en su momento; están reservados. Y nosotros aquí abajo no determinamos eso.

Ese es el lugar de la diferencia de lo que la carne piensa: que el reino de los cielos se maneja desde la tierra. Eso es un sinsentido y una arrogancia de parte de los hombres. Desde aquí no, el reino se maneja desde el cielo, no al revés.

Y en cuarto lugar, quiero que notes el deseo de poder del resto del grupo, motivado por orgullo. El deseo de poder es nuestra cuarta palabra. "Al oír esto, los diez comenzaron a indignarse contra Jacobo y Juan." "Concédenos la mano derecha y la mano izquierda." Aquí estamos los otros diez. "¿Tú vas a creer eso? Se nos fueron adelante, y el Maestro le dijo que iban a beber de la copa y van a ser bautizados. Parece que se lo va a conceder. ¿Y dónde quedamos nosotros?"

Si ellos hubiesen sido humildes, se habrían entristecido con la petición. Los últimos dos o tres años, el Señor me ha ido enseñando muchas cosas de las emociones humanas, de la anatomía del pecado, de cómo somos, cómo funcionamos. Y una de las cosas que he ido viendo y aprendiendo es que la humildad se entristece con el pecado del otro. Es el orgullo y el egocentrismo los que se irritan con el pecado del otro, que son intolerantes con el pecado que el otro comete, que el otro tiene. Jesús, el hombre más humilde que haya pisado la faz de la tierra, viene cabalgando hacia Jerusalén, ve todo el pecado de Jerusalén que está a punto de ser cometido contra Él, y llora por la ciudad. La humildad se entristece con el pecado del otro; es el orgullo el que ve el orgullo del otro y se irrita. Nosotros somos ciegos a nuestro propio orgullo, pero somos casi videntes con relación al orgullo de los demás.

Y aquí están ellos, indignados de nuevo. ¿Qué se habrán pensado? No solamente se les fueron adelante, sino que quizás el Señor les está prometiendo esos lugares. Y hay algo que sabemos: los orgullos competitivos, por definición. La humildad no compite; no le interesa ganar las primeras posiciones, ni tener la razón, ni ser lo máximo, ni ser el primero. Jesús ha hecho algo aquí extraordinario: no les está ofreciendo los lugares que ellos pidieron, pero sí les ofrece dolor y sufrimiento. "La mano derecha no te la puedo dar, la mano izquierda tampoco, pero dolor y sufrimiento sí te puedo prometer." Y la iglesia ha ido avanzando de esa manera, porque la iglesia ocupa territorio en avance y marcha contra viento y marea del reino de las tinieblas, del príncipe de la potestad del aire, del dios de este mundo. La iglesia ha ido avanzando y ha ido conquistando terreno.

Y aquí está Jesús. Ahora imagínate, para que podamos ponernos todos en aquella situación: imagínate esa conversación egocéntrica, la irritación del grupo entero ante el anuncio, bajo la sombra de la cruz. Si hubo un grupo de seguidores de Jesús que manifestó su egocentrismo, que no se lo guardaron y que quedó aquí en registro, fue este grupo de los doce. Ahora, lo increíble es que de ellos la Palabra de Dios dice en Juan 17 que los amó hasta el fin. Los amó hasta el fin. Porque la humildad raramente es provocada y es fácilmente apaciguada.

De manera que este Jesús, ante la indignación de los diez, ha respondido candidamente: "Mis hijos, esas dos posiciones ni siquiera están en mi poder otorgarlas." Y cuando Él pudo haber respondido de otra manera, los otros diez, en su orgullo, están airados, están molestos. La humildad está dispuesta a perdonar aun cuando no habrá recompensa en el perdón, aun si no me voy a beneficiar del perdón. La humildad está dispuesta a perdonar; al orgullo le es difícil. La humildad no regurgita la herida. "¿Cuán herido estoy?" Porque la humildad ha decidido cargar con las consecuencias del pecado del otro. Un hombre a la imagen de Dios, como Jesús obviamente era en toda su plenitud, nunca habló de cuántas veces no le han respetado, cuántas veces han dicho cosas hirientes. Pero eso no lo regurgitó.

Había un abismo enorme entre la concepción y la misión de Jesús, y la determinación de llevar a cabo su misión, y las aspiraciones egoístas y egocéntricas de poder de este grupo. Un abismo quizás insalvable en este momento. Y eso continuó. En el capítulo 8 de Marcos, Jesús está reprendiendo a Pedro porque no tenía en cuenta las cosas de Dios sino las cosas de los hombres. En el capítulo 9 de Marcos, Jesús se indigna con ellos por la manera como trataron a los niños y les estaban impidiendo llegar hasta Él.

Ciertamente ellos no conocían, ignoraban la condición de ese corazón. Eso es lo que dice Jeremías 17:9: "Más engañoso que todo es el corazón, y sin remedio." Y sin remedio. Jesús tiene casi tres años con ellos, hablándoles de cómo vivir, cómo ser, cómo comportarse, cómo caminar, cómo caminar un hombre tallado por Dios. Ellos no han comprendido. Y sin remedio ese corazón.

El llamado que Jesús nos hace es cruz-céntrico. Salgamos de aquí esta mañana pensando de qué manera cruz-céntrica estamos viviendo. Pero la respuesta que nosotros damos no es cruz-céntrica sino egocéntrica. Jesús nos manda a morir a nosotros mismos; el ego tiene que morir. Jesús nos llama a una vida de entrega; ellos quieren una vida relajada, más que de entregar, de recibir. Y de esa misma forma, Jesús nos está llamando a una vida de sacrificios, pero ellos quieren una vida de beneficios.

Pedro le preguntó, en buen dominicano a la clara: "Nosotros, que hemos dejado todo, ¿qué tú tienes para nosotros? ¿Qué hay en ello para mí?" Sí, lo vimos. Es un par de versículos más atrás: "¿Qué tú nos vas a recompensar?" Y Jesús le respondió. Jesús fue encontrando a cada quien justo donde estaban para moverlos de donde ellos estaban a donde Dios quería que ellos estuvieran. Esa es la función del líder, es la función del pastor, es la función del maestro de la Palabra. Él tiene que encontrar a cada persona donde él o ella está, y tratar de moverlo de donde está a donde Dios quiere que esté. Eso es lo que Jesús hizo excelentemente bien, poco a poco.

Quizás parte de la razón por la que el entendimiento de la misión de Jesús estaba un tanto velado es porque, si ellos lo hubiesen entendido, probablemente hubiesen renunciado. Como el grupo de Juan 6 que se fue y jamás le siguió. En la ocasión cuando Jesús les preguntó: "¿Y vosotros queréis iros también?", yo creo que quizás, si lo hubiesen entendido bien, quizás hubieran dicho: "Sí, claro, gracias por la invitación."

Pero estaba medio ciega. Yo creo que muchas veces Dios nos ciega, o más que nos ciega —lo cual lo haría autor de pecado— nos deja en nuestra ceguera, para que poco a poco, cuando yo esté preparado, cuando yo esté listo para poder ver, entonces abrirme los ojos y yo poder decir: "¿Ok, ahora qué veo, ahora puedo?" Porque anteriormente no hubiésemos voluntariado para eso. Si a Moisés le enseñan en una película los próximos cuarenta años de su vida, hubiese dicho: "Aquí esto que me mandaron, a cualquier otro, menos a mí." Dios no los engañó; simplemente los dejó en su ceguera, mientras los iba preparando para el momento.

Pero el gran abismo que existía entre la misión de Jesús —claramente descrita, sobre todo en esta tercera predicción— y las aspiraciones de poder de estos hombres era enorme. En quinto lugar, nota la disparidad entre los valores del reino de los cielos y los valores del reino de los hombres. El versículo 42 al 44, llamándolos junto a sí, Jesús les dijo: "¿Sabéis que los que son reconocidos como gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que sus grandes ejercen autoridad sobre ellos? Pero entre vosotros no es así, sino que cualquiera de vosotros que deseare ser grande será vuestro servidor, y cualquiera de vosotros que deseare ser el primero será siervo de todos."

Jesús comienza a hablarles primero de qué es lo que motiva al mundo secular para la posición de preeminencia: es el poder, es el reconocimiento, la capacidad de ejercer esa autoridad con un sentido de superioridad, y entonces se enseñorean sobre los que son menores, porque se consideran con mayores derechos y mayores privilegios. Y Él está tratando de ayudarles a entender que la cultura cristiana es una contracultura en cualquier momento de la época en que la iglesia haya existido. "No os conforméis", no dice del versículo anterior, sino de este versículo, y se lo dice a la iglesia en cada siglo. Son valores contraculturales. Aquí el que alcanza una posición de liderazgo no tiene mayores privilegios; tiene mayores responsabilidades.

Al mucho se trabaja más arduamente, se levanta más temprano, se acuesta más tarde. Jesús va camino a Jerusalén, Él va adelante; el texto de hoy dice que Él iba adelante, que iba guiando, como buen pastor, como buen líder: va adelante, va caminando, va trazando el camino. Los discípulos, poco a poco, sin darse cuenta, están descubriendo una forma distinta de vida, una cosmovisión diferente; están de hecho, poco a poco, descubriendo a un Jesús distinto del Jesús que ellos se habían imaginado.

Ellos están a punto de descubrir, en unos días, cuando vean al Hijo de Dios —el Dios encarnado, al hombre que caminó sobre las aguas, que calmó la tempestad, que sanó ciegos, que sanó leprosos, que paró muertos—, están a punto de ver a ese mismo hombre clavado en un madero, teniendo todo el poder y restringiendo su poder, no para su beneficio propio. Esa es la humildad, ese es el verdadero poder: consiste en la restricción del poder cuando esto tiene que ver con beneficios personales y no el ejercicio del mismo. "Convierte estas piedras en pan" —Yo tengo el poder, pero rehúso usarlo—. "Baja de esa cruz" —Yo tengo el poder, pero rehúso usarlo—.

Y así sucesivamente. Yo creo que esta es una gran lección para nosotros en la manera en que ahora somos confrontados con la manera como el mundo sirve y la manera como yo estoy supuesto a servir. Y yo tengo que clarificar algunas cosas, porque es más fácil hablar de servicio que servir. Es más fácil hablar de misiones que ir de misionero. Es más fácil hablar de las necesidades de los misioneros que ir a pasar esas necesidades. Es más fácil hacer un servicio que mantener una actitud de servicio de manera más o menos consistente.

Tú me puedes hacer esto: "Sí, claro, hice un servicio." Eso es más fácil que vivir con una actitud de servicio hacia arriba —hacia los que están por encima de mí— y hacia abajo —hacia los que están por debajo de mí—. A veces es fácil, gratificante y motivador servirle a los que están por encima; el presidente te llamó. Pero no tan motivador cuando se trata de servirle a los que están por debajo. En un caso hay servicio; en el otro caso hay un corazón de siervo. Una cosa es servir, y otra cosa es amar a aquel a quien sirvas. Jesús le amó hasta el fin.

¿Sabes qué, hermano? Muchas veces nosotros servimos porque nos sentimos realizados e importantes al servir, y eso mismo tiende a apaciguar nuestra conciencia. Pecamos aquí, servimos allí; este servicio cancela este pecado, pensamos —piensa el corazón—. Claro, no con esas palabras, pero me siento mal hoy, entonces hago esto para Dios; me siento bien hoy, porque claro, fui tan malo ayer que necesito hacer algo bueno hoy. Y eso se llama fariseísmo.

Una cosa es servir, y otra cosa es amar a aquel a quien sirvas. ¿Y sabes cuándo tú ves la diferencia? Cuando aquel a quien sirvas no llena tus expectativas en la manera como reacciona. Si te alejas, tú simplemente estabas rindiendo un servicio. Si permaneces —en inglés, *put in the same place*—, entonces amas a aquel a quien sirves. El siervo permanece sirviendo; el que hace un servicio se aleja, porque sus expectativas al final no fueron llenadas. ¿Te das cuenta de cuánto contracultura es la ética del reino?

Y Él no les está enseñando simplemente un sistema de ética; les está enseñando un estilo de vida, una forma de pensar, de vivir, de liderar, de servir, de descender y convertirse en siervos. Y les dice: "Mira, te lo voy a resumir. ¿Tú quieres ser el primero? Ponte atrás. Si te pones delante, serás el último." Y podemos estar aquí en este mensaje siendo así mismo —pastor, predíquelo, gloria a Dios— hasta que al salir ahora vamos manejando y ahí a la salida, entre los carros, alguien se me mete adelante, y de repente el mensaje se me olvidó, porque yo ni el segundo quiero ser, mucho menos el último.

Dios nos pone, nos prueba en nuestra actitud de servicio en las circunstancias cotidianas de la vida. Yo estoy seguro de que si yo voy saliendo, lo más probable es que usted me vea y me conceda el espacio, porque bueno, era el pastor. Pero si no es el pastor, sino el parqueador que viene en su moto, Dios ve todo eso.

En sexto lugar, quiero que preste atención al descenso extraordinario de Jesús. "Ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir." Ni aun el Hijo del Hombre, ni aun Dios encarnado, ni el Verbo de Dios, el Cordero de Dios, el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el lucero de la mañana, el Creador del universo, la segunda persona de la Trinidad; ni Él vino para ser servido, sino para servir. El descenso extraordinario de Jesús comienza en su gloria y termina descendiendo hasta la tierra. Comienza como Dios y se hace hombre. Comienza como Rey y se hace Siervo. Comienza en la honra y termina en la deshonra. Comienza como Señor y termina en una cruz. Comienza bendiciendo y termina maldecido en un madero. Ni Él vino para ser servido, sino para servir.

Ahí está mi ejemplo. Ahí está mi llamado. Ahí está mi modelo de vida. Ahí están sus huellas. Y luego Pedro, creo, nos dice que Él nos dejó huellas para que sigamos tras ellas. Bueno, ahí están. Si no las tenías tan claras, yo te las estoy señalando. Míralas ahí donde están, míralas. Para ti y para mí. No hay nada de lo que yo predico ni he predicado en cualquier momento a lo que tú debas someterte, a lo que yo no deba someterme también. La palabra de Dios tiene un solo estándar y obliga a toda criatura a someterse a ella, no importa cuál sea su título. Y esa es mi norma y esas son mis huellas también.

Y por último, en séptimo lugar, nunca olvides la descripción más precisa y concisa de la misión de Jesús: Él vino —escúchenlo— para dar su vida en rescate por muchos. Ese texto, que acabo de mencionar y que es apenas medio versículo, es el ápex de la teología de Marcos. Marcos escribe, si pudiéramos decirlo así, para hablar de eso que yo acabo de mencionar. Es el texto quizás clave de este evangelio: "El Hijo del Hombre vino para dar su vida en rescate por muchos."

La palabra ahí usada, tanto en el griego, es una palabra que se usó en su origen para hablar de una fianza que tú pagabas por un prisionero en la cárcel, o para pagar lo que tú pagabas por un esclavo que estabas tratando de liberar. Pero posteriormente, en el lenguaje bíblico, tanto en el hebreo como en el griego, pasó a significar la expiación, el pago de Jesús por mi pecado. Él vino a rescatarme, pero vino a rescatarme a través del pago de una deuda que Él hizo con su sangre. Por tanto, Él es mi rescate, Él es mi propiciación, Él es mi fianza, Él es mi sustituto. Su muerte es vicaria porque pagó por mi pecado, y su muerte es sustitutiva porque murió en lugar mío.

Y eso está descrito en esa frase que acabo de mencionar. Él vino para dar su vida en rescate por muchos. Su muerte no lo sorprendió; Él vino para darla. La cruz no lo sorprendió. Él mismo dice en un momento dado: "Para esta hora yo he venido. ¿Y qué voy a pedir? ¿Evitar la hora? No; si para esta hora precisa es que yo he venido." Y Él ha tratado de comunicarles eso a los apóstoles, pero ellos no lo quieren oír.

Y a veces yo creo que nosotros leemos la Palabra —imagínate que estuviera siendo hablada a nosotros— y vemos las cosas claramente, pero no lo queremos oír. Leemos estas palabras y nos entran por un oído y nos salen por el otro, porque somos como ellos: tenemos sus corazones, tenemos sus expectativas, tenemos nuestros egos enormes, tenemos nuestras arrogancias, tenemos nuestras ideas preconcebidas, tenemos nuestras cegueras, tenemos nuestros orgullos, tenemos nuestras aspiraciones. ¿Sí o no? Si no fuera así, este texto no tendría ninguna relevancia en el día de hoy. Si esto nada más fue para ellos, pues no valdría la pena predicarlo.

Pero después que Jesús termina de tener esta conversación, él como que lo resume todo cuando dice precisamente: "Yo vine para dar mi vida. A mí no me están matando; yo voy a entregar mi vida, y la voy a entregar con un propósito preciso." Entonces, una vida que no va a ser desperdiciada, yo voy a entregarla por un rescate, un rescate de aquellos que el Padre desde la eternidad pasada me dio. Y por eso yo voy a la cruz.

El apóstol Pablo, cuando reflexionó años después acerca de todo esto, lo dijo de esta manera en su segunda carta a los corintios, capítulo 5, y con esto voy cerrando: "Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación; a saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. Al que no conoció pecado le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él." Al que no conoció pecado lo hizo pecado, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él. Él nos reconcilió por medio de su sangre, por medio de su vida.

La pregunta es: ¿cuál es mi respuesta? ¿Cuál es la respuesta que voy a dar? Si estás aquí y aún no has nacido de nuevo, y Dios te abrió los ojos, y el Espíritu de Dios te dio entendimiento de tu necesidad de perdón, ¿cuál es la respuesta que vas a dar? "Si hoy oísteis su voz, no endurezcáis vuestro corazón, como en Meriba." Pero si eres creyente, ya has nacido de nuevo, y hoy has oído su voz, no endurezcas tu corazón tampoco en la dirección en la que Dios quiere moverlo.

Rinde tu corazón, para que puedas ser verdaderamente un siervo para su gloria, y que otros puedan verte a ti y a mí con corazones de siervo, sirviendo su gloria, proclamando su gloria, reflejando su gloria. Y que tú y yo podamos vivir al pie de la cruz, llamando a otros a venir al pie de la cruz, y viendo toda tu vida a través de la cruz.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. ¡Hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra!

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.