Integridad y Sabiduria
Sermones

Una tormenta del alma

Miguel Núñez 2 junio, 2013

Después de calmar una tormenta en el lago de Galilea, Jesús desembarca en territorio gentil y se encuentra con otra tormenta, esta vez en el alma de un hombre. El endemoniado de Gadara representa el infierno en vida: poseído por una legión de espíritus inmundos, vivía desnudo entre los sepulcros, gritando día y noche, golpeándose con piedras, con una fuerza sobrenatural que rompía cadenas y grillos. Su condición tipifica lo que el pecado y Satanás hacen con el ser humano: destruir la gloria de Dios en nosotros. Mientras Dios quiere darnos libertad, Satanás quiere esclavizarnos; mientras Dios quiere darnos dominio propio, Satanás quiere dominarnos.

Los demonios reconocieron inmediatamente a Jesús como el Hijo del Dios Altísimo y temblaron ante su presencia. Le rogaron que no los enviara al abismo y pidieron permiso para entrar en una piara de cerdos, permiso que Cristo concedió. Ni siquiera un demonio puede poseer un puerco sin la autorización de Dios. El resultado fue dramático: dos mil cerdos se precipitaron al mar, y el hombre quedó sentado, vestido y en su cabal juicio. El caos dio paso al orden cuando Dios intervino.

La reacción de los testigos fue trágica: en lugar de celebrar la liberación del hombre, le rogaron a Jesús que se fuera. Los cerdos valían más para ellos. Pero el hombre liberado, lleno de gratitud, quiso seguir a Jesús. El Señor le dio una misión sencilla: ir a los suyos y contar cuán grandes cosas Dios había hecho por él y cuánta misericordia había tenido. Esa misma responsabilidad recae sobre todo aquel que ha experimentado el poder liberador de Cristo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Marcos 5:1-20. Llegaron al otro lado del mar, a la tierra de los gadarenos. Cuando él salió de la barca, enseguida vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo, que moraba entre los sepulcros. Y nadie podía ya atarlo ni aun con cadenas, porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos. Y nadie era tan fuerte como para dominarlo. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras.

Cuando vio a Jesús de lejos, corrió y se postró delante de él, y gritando a gran voz dijo: "¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te imploro por Dios que no me atormentes." Porque Jesús le decía: "Sal del hombre, espíritu inmundo." Y le preguntó: "¿Cómo te llamas?" Y le dijo: "Me llamo Legión, porque somos muchos." Entonces le rogaba con insistencia que no los enviara fuera de la tierra.

Y había ya una gran piara de cerdos paciendo junto al monte, y los demonios le rogaron diciendo: "Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos." Y él les dio permiso. Y saliendo los espíritus inmundos, entraron en los cerdos, y la piara, como unos dos mil, se precipitó por un despeñadero al mar, y en el mar se ahogaron. Y los que cuidaban los cerdos huyeron y lo contaron en la ciudad y por los campos, y la gente vino a ver qué era lo que había sucedido.

Vinieron a Jesús y vieron al que había estado endemoniado, sentado, vestido y en su sano juicio, el mismo que había tenido la legión, y tuvieron miedo. Y los que lo habían visto les describieron cómo le había sucedido esto al endemoniado, y lo de los cerdos. Y comenzaron a rogarle que se fuera de su comarca. Al entrar en la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que lo dejara acompañarle, pero Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: "Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho por ti y cómo tuvo misericordia de ti." Y él se fue y empezó a proclamar en Decápolis cuán grandes cosas Jesús había hecho por él, y todos se quedaban maravillados.

El texto que acabo de leer describe un incidente que ocurrió inmediatamente después de que Jesús calmó la tormenta en el lago de Galilea. Jesús había partido del lado de Galilea, del lado judío del lago, al final de la tarde. Marcos, en 4:35, dice que al caer la tarde partieron, de manera que, como decimos nosotros, ya entrada la noche estaban navegando y remando. En algún momento de la noche ocurrió una tormenta, Jesús fue levantado por sus discípulos, y él calmó la tormenta. Ellos continuaron remando y terminaron del otro lado del lago, el lado gentil, por así decirlo, y tan pronto desembarcaron de la barca, hay un hombre que sale al encuentro de Jesús.

Muchos estamos familiarizados con este evento, sobre todo por esa palabra, "legión", que nos habla de que en este caso eran muchos los demonios dentro de este hombre. Pero no estoy seguro de que cada uno de nosotros se percate de todas las implicaciones de este texto, hasta el punto de que Marcos le dedica 20 versículos para describir de forma detallada todo lo que ocurrió en aquella ocasión. Esta es la única ocasión donde Jesús pregunta el nombre del demonio, y hago esa salvedad porque es este texto el que es usado por muchos para enseñar que, a la hora de liberar a una persona de un demonio, es necesario conocer su nombre. En realidad, esa era una creencia del primer siglo que venía de un trasfondo pagano: los griegos consideraban la liberación de esa manera, y fue pasando de una generación a otra y circulaba en los días de Jesús. Sin embargo, en múltiples otras ocasiones vemos a Jesús haciendo exactamente lo contrario, sin preguntar nombre alguno. Y cuando llegamos al libro de los Hechos, vemos a los apóstoles liberar a una persona de un demonio sin que en la mayoría de los casos hubiera necesidad de preguntar por el nombre. Quizás había una intención particular en este caso, como veremos más adelante, para preguntar por su nombre.

Lo que sí sabemos es que Jesús acaba de calmar una tormenta ambiental, con fuertes vientos, y ahora se ve en la necesidad de calmar otra tormenta, no climatológica como la anterior, sino una tormenta del alma. Es la condición espiritual, es el huracán espiritual de un hombre que viene y se encuentra con él después de haber estado poseído por múltiples demonios, y de una u otra manera Jesús tiene compasión y termina libertándolo. La tormenta de este hombre no era pequeña, y nota cómo usamos la palabra "atormentado": este hombre estaba siendo atormentado, una palabra que viene de "tormenta". Cuando estoy siendo atormentado, estoy siendo golpeado por los vientos de la preocupación, de la ansiedad, de la agitación, y eso es precisamente lo que Jesús encuentra. Ese es el título de mi mensaje: una tormenta del alma.

Yo no creo que haya ninguna otra manera de describir adecuadamente lo que este hombre estaba sufriendo. Con eso quiero que veamos, en primer lugar, la descripción del hombre endemoniado, porque es su condición la que nos permite entender que esto debió haber sido el infierno en la tierra, el infierno dentro de un hombre, para ser descrita de la manera en que Marcos, Lucas y Mateo describen entre los tres lo que ocurrió en aquel día. El relato más extenso es el de Marcos, el más corto es el de Mateo, y Lucas ofrece un relato intermedio, pero Marcos tiene el relato más detallado, que acabo de leer.

Déjenme darles de nuevo, de manera resumida, cuál era la condición de este hombre. En primer lugar, este es un hombre poseído por un espíritu de corrupción o de inmundicia: un espíritu inmundo. Elaboraré un poco más sobre eso más adelante, pero comiencen a meditar en ello. No es un espíritu cualquiera; es un espíritu de inmundicia. En segundo lugar, este hombre moraba entre los sepulcros, en el cementerio, entre los montes, donde frecuentemente se encontraban las tumbas de los muertos. Estaba aislado de todo contacto social. Era un hombre con una fuerza sobrenatural, hasta el punto de que cuando lo amarraban con cadenas y con grillos, rompía las cadenas y destrozaba los grillos. Tú tienes que imaginarte esta situación: para romper los grillos con toda probabilidad te estás hiriendo a ti mismo al hacer la fuerza necesaria para romper grillos de metal. Imagínate la condición de este hombre, su rostro, su piel. Tenía meses, quizás, en esa condición, o quizás años.

Era un hombre indomable. De hecho, la palabra usada allí para hablar de que no podía ser controlado es la misma que se usa para la domesticación de un animal salvaje. Es un hombre no domesticable, si pudiéramos decirlo, en su conducta. Lucas, en el capítulo 8, dice que andaba desnudo, sin ropa. Sigue imaginándote su condición: completamente desnudo, sin reposo, deambulando de noche y de día por los montes, dando gritos a gran voz. No sabemos lo que decía ni lo que pronunciaba, pero tenemos que recordar que este es un ser humano bajo sufrimiento y bajo tormento. Es obvio que estaba sufriendo la tormenta interior, porque el texto dice que él se daba golpes con piedras a sí mismo, como si hubiese querido autodestruirse para terminar con su existencia. Y en su condición atemorizaba a todo el mundo, pues el texto de Mateo, en 8:28, dice que nadie se atrevía a pasar por aquel lugar donde el hombre estaba.

Ahora tienes una idea de la tormenta interior de este hombre. Recuerda que los discípulos salieron en la tarde, se encontraron con una tormenta, y pasar de un lado al otro del lago pudo haberles tomado, según los cálculos, unas tres o cuatro horas. Si le sumamos una hora o dos por causa de la tormenta, probablemente son las diez o doce de la noche, completamente oscuro, y en medio de esa oscuridad te desmontas de una barca e imagina cuán intimidante debió haber sido para los discípulos ver a este hombre que sale a su encuentro en esa condición, caminando con un huracán espiritual en su interior.

Nosotros vivimos amenazados por los fenómenos de la naturaleza que no controlamos. Jesús acaba de controlar una tormenta de la naturaleza, y nosotros vivimos amenazados también por fuerzas de las tinieblas que el libro de Efesios describe como huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales, y contra las cuales luchamos sin poder controlarlas. Pero hay uno aquí que tiene control sobre una cosa y sobre la otra; hay uno a quien todo responde, no importa si es en el mundo material o en el mundo espiritual.

Antes de continuar con la descripción de este texto e ir aplicando algunas de las cosas que vamos viendo, yo no sé en qué condición llegaste hoy, y posiblemente no sea una posesión, pero muchos de nosotros venimos el domingo con tormentas emocionales en nuestro interior.

Fruto, quizás, de una condición personal o de una condición familiar, o de algo que Dios ha orquestado con un propósito definido, o de alguna tentación que Satanás ha traído a tu vida. Pero muchas veces nosotros nos sentamos ahí tranquilos, en medio de una tormenta emocional, y el que está a mi lado, el que está adelante, el que está detrás, no tiene la menor idea de qué está ocurriendo. Y muchas veces Dios me ha traído a su casa precisamente para calmar mi tormenta, para decirme algo, comunicarme algo, para visitarme de alguna manera, de tal forma que yo pueda salir de aquel lugar de una forma distinta.

Yo quiero que tú pienses en eso, porque Dios puede usar este texto, lo que Él tenga que decir en el día de hoy, para visitar la vida de alguien en esta congregación que quizás necesite un toque personal de Dios, por medio de su Palabra y su Espíritu en la mañana de hoy.

Ahora regresemos a este hombre de la historia. Imagínate de nuevo su estado: una tempestad emocional, fruto de este vendaval en su interior, con cientos de espíritus en su interior. El espíritu inicialmente es descrito en forma singular, y se habla de un espíritu inmundo. No sabemos si la razón es que hay uno hablando por todos, como el interlocutor, o es simplemente el hombre mismo endemoniado que está hablando de manera singular, o quizás es que esta legión de espíritus inmundos está tratando de esconder su verdadera identidad y solamente uno está hablando por todos. Esa es una posibilidad.

Pero la realidad es que este hombre es descrito como un espíritu inmundo. Y la manera como la Palabra de Dios describe a los demonios es precisamente de esa forma: aquellos que, al pecar y separarse de Dios, perdieron toda virtud, perdieron toda dignidad, perdieron todo viso de verdad. De ahí entonces que ellos sean asociados a todo acto de iniquidad, de maldad y de corrupción. Por eso no es extraño encontrar en muchas religiones paganas asociaciones con orgías, violaciones de niños y sacrificios de niños, precisamente porque estos espíritus de maldad no tienen en ellos ningún viso ni traza de lo que es la gloria o la imagen de Dios. Y esto es recogido, resumido en una sola palabra: inmundo. Una de las traducciones al inglés dice "foul", como algo que huele mal. Esa es la condición de este espíritu.

La morada de este hombre poseído estaba entre los sepulcros. Y yo creo que eso nos habla de que ciertamente los demonios se correlacionarían mejor con el mundo de la muerte que con el mundo de la vida. Ellos tienen existencia, no hay duda de eso. Pero yo no creo que ellos tengan vida de la misma manera que nosotros. En nuestro estado de incredulidad somos descritos como muertos en delitos y pecados. Si esa es nuestra condición y somos redimibles, imaginémonos la condición en que se pudiera describir a un demonio que no tiene la capacidad de ser redimido. Su asociación es más con la muerte que con la vida. Y ahí él estaba viviendo, entre los sepulcros.

Yo creo que cuando alguien tiene vida verdaderamente, tiene la capacidad de crecer. De ahí que nosotros podemos ser santificados en Cristo por medio de su Espíritu, a través de la Palabra. Los demonios no tienen la capacidad de cambiar. Su condición es la que es desde que cayeron, y será esa misma condición cuando entren al momento de su condenación definitiva. La posibilidad de cambio no existe para ellos. Yo creo también que cuando alguien tiene vida verdaderamente, tiene esperanza. Mientras hay vida, hay esperanza. Pero los demonios no tienen esperanza. Cuando alguien tiene vida realmente, no solamente tiene esperanza, sino que tiene propósito, algo que lo está llevando en una dirección definida hacia donde él va a terminar. Pero los ángeles que cayeron no tienen propósito de existencia para ellos. Tendrán un propósito dentro del plan de redención de Dios porque Dios lo ha permitido, pero ellos por sí mismos no tienen ningún propósito. Y de ahí que yo digo entonces que ciertamente ellos tienen existencia, pero yo no describiría su condición como una de vida. Por tanto, el deambular entre los sepulcros es como una buena tipificación de lo que estos demonios representan.

Por otro lado, este hombre caminaba desnudo. Yo creo que se nos habla un poco quizás de la ausencia de toda vergüenza y pudor en estos espíritus. Cuando ellos cayeron, lo perdieron todo. Cayeron de su posición, perdieron su estatus original, perdieron su dignidad, perdieron su santidad. La Palabra de Dios describe a Lucifer como el más hermoso de los ángeles, el arcángel Lucifer, que termina eventualmente como Satanás. Él pierde todo viso, todo trazo de gloria, y ahora lo que tú tienes es alguien que ha sido completamente destituido de toda virtud en él. Y yo creo que la condición de desnudez de este hombre tipifica bastante bien la condición en que estos espíritus inmundos quedaron.

Este hombre, dice el texto, caminaba de noche y de día dando gritos, sin sosiego, sin esperanza, sin paz. Nosotros no podemos olvidar que la paz es algo que Dios da. El poder estar sereno en tu interior es algo que viene de Dios: "Presentad vuestras súplicas con acción de gracias, y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento". "Mi paz os dejo, mi paz os doy, pero no la doy como el mundo la da." Es ese sentido de paz, de tranquilidad, de serenidad. Es algo que Dios tiene que dar, y obviamente este hombre, caminando de noche y de día, dando gritos, sin sosiego, es también una buena caracterización de cuál es el estado del alma separada de Dios. Yo creo que se nos da también una idea de cuál sería el estado del alma de aquellos que han terminado en la condenación separados de Dios. Es una condición triste, dolorosa, cuando tú la piensas. Se decía de Whitefield que cada vez que él predicaba acerca del infierno, él terminaba llorando. Y un predicador de su época decía: "Si yo voy a huir del infierno, no quiero ir a nadie más que no sea a Whitefield. Él entiende el dolor de dicha condenación."

Este hombre era tan atormentado que se hería a sí mismo con piedras. ¿Te imaginas eso? ¿Te imaginas tener un huracán interno tan grande que tú te agaches, tomes piedras y comiences a herirte a ti mismo? Quizás en un intento de autodestrucción, de terminar con tu miseria. Y yo creo una vez más que esto es una buena descripción, una buena ilustración de lo que el pecado y Satanás hacen con nosotros. Satanás no tiene que atacarte personalmente; lo que necesita es inducirte a pecar, y el pecado se encargará de autodestruirnos. Y yo creo que este hombre tratando de golpearse a sí mismo tipifica exactamente lo que el pecado hace.

Él tipifica un hombre en su última condición de perdición: múltiples demonios en su interior y la autodestrucción. Eso es el pecado en el hombre, en nosotros, en mí. Esa es la condición de pecado que nos ciega y no nos permite ver nuestros propios errores y propias faltas. Ese es el pecado que nos engaña y no nos permite caminar por el camino real, sino que nos envía por veredas de perdición. Este es el pecado en nosotros que distorsiona la realidad y me hace creer que la verdad es mentira y la mentira es la verdad. Este es el pecado en nosotros que nos destruye y destruye a otros. Este es el pecado en nosotros que, mientras me destruye y destruye a otro, me justifica a mí. Eso es lo que el pecado en este hombre está tipificando, caracterizando: un hombre en completa perdición.

Compara la imagen de ese hombre. Recuerda: desnudo, sin paz, gritando, caminando de noche y de día, golpeándose, autodestruyéndose. Imagínate esa condición. Compara eso con la imagen de la gloria de Dios en Adán y Eva al momento de la creación. La imagen de Dios es una imagen de gloria. Cuando Dios creó a Adán y Eva los invistió con su gloria, con su imagen, una imagen gloriosa, la corona de su creación, dice la Palabra. Y pensar que esa gloria de Dios en este hombre ha sido tan y tan destruida. No la imagen; él todavía porta la imagen de Dios, eso es lo que lo hace redimible precisamente, pero ha sido tan y tan destruida la gloria, que este hombre está destituido, desnudo, herido, probablemente golpeado y desfigurado.

Pero este es el hombre que cayó de aquí arriba hasta aquí abajo. Y entre este punto y este otro, ahí estamos nosotros, en una condición que ha ido ensuciando la gloria de Dios y la imagen de Dios en el hombre. Esta es una imagen de sombra, la de este hombre. Esta es una imagen de impureza, de degradación, de deterioro, de corrupción. Todo lo que Adán y Eva no estaban supuestos a tener, a sufrir o a experimentar; todo lo opuesto. Y creo que entonces, en gran manera, esa es la misión de Satanás. Él no puede con Dios uno a uno, pero está tratando continuamente de deshacer todo aquello que tiene que ver con la gloria de Dios.

La gloria de Dios en el hombre: va detrás de Adán y Eva. La gloria de Dios en el matrimonio: va tras el matrimonio. La gloria de Dios en la iglesia: va tras la iglesia. La gloria de Dios en la cruz: tratará de evitar que Cristo llegue a la cruz. Tratar de deshacer, de empañar, de quitarles brillo, de quitar el reflejo a la gloria de Dios. Yo creo que eso es parte de lo que Satanás se ha propuesto.

Si tú piensas en la imagen de Dios en Adán y Eva, parte de esa imagen es la capacidad de este ser humano de relacionarse con Dios. Los animales no pueden hacer eso; el ser humano sí puede. Este hombre endemoniado no puede relacionarse con Dios; la gloria ha sido quitada de él en ese sentido. Parte de la imagen de Dios en el hombre era su capacidad mental e intelectual para razonar, para entender la Palabra, entender los mandatos de Dios, poder obedecer. Este hombre no está en su cabal, no puede pensar lógicamente, no puede obedecer; solo obedece a los espíritus inmundos que están dentro de él. Esa parte de la gloria de Dios, de la imagen de Dios, también se le ha ido.

Parte de la gloria de Dios en la imagen de Dios que le dio al hombre es la libertad del alma, no la autonomía, pero sí la libertad. Si el Hijo del hombre te hace libres, verdaderamente libres, esa libertad este hombre no la tiene. La perdió. Te das cuenta de qué manera Satanás es capaz de robar toda la gloria a la imagen de Dios que nosotros todavía portamos.

La imagen de Dios en el hombre implicaba la capacidad de ese hombre de representar a Dios. De hecho, la palabra "imagen" en hebreo es *tselem*, que implica justamente eso: ser un representante, un ícono de Dios. Este hombre no puede ser un representante de Dios; quedó en esa condición. ¡Qué típica la condición caída de la raza humana en su peor momento!

Ya vimos la condición del hombre. Ahora yo quiero que veamos, en segundo lugar, la reacción de los demonios en su interior ante la presencia de Cristo. El versículo 6 del texto dice que cuando este hombre vio a Jesús de lejos, de lejos, corrió y se postró delante de Él y gritó a gran voz: "¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te imploro por Dios que no me atormentes."

Yo no creo que el correr tras Jesús fuera una manera de confrontar su autoridad; él sabía que no tenía esa capacidad. De manera que el correr e ir delante de Él no pudo haber sido una confrontación de poder, y mucho menos habiéndonos dicho lo que hizo: él se postró delante de Jesús. La palabra en el original, *proskinane*, es una palabra derivada de *proskuneo*, que implica doblarse hacia adelante y hacer reverencia a alguien que merece respeto y reverencia. Esa es la posición que ha adoptado.

Él sabe a quién tiene delante. Escucha cómo le llama: le llama primero por su nombre personal. "¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?" Estos demonios conocen lo que los discípulos no conocían. Recordemos que después de la primera tormenta en la barca, la pregunta final cuando la historia terminó fue: "¿Y quién es este, que aun los vientos le obedecen?" ¿Recuerdan esa pregunta? Yo les decía que habría otra tormenta descrita más adelante, y que en esa otra tormenta, cuando termina todo, entonces ellos se postran de rodillas y dicen: "¿Verdaderamente eres el Hijo de Dios?"

Estos demonios están de rodillas y están diciendo exactamente lo que los discípulos no habían dicho en la primera ocasión: "Hijo del Dios Altísimo." Es un reconocimiento de su posición, de su estatura, de su autoridad, de su poder. Ahora, no está claro qué quisieron insinuar con la pregunta "¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús?" Quizás era en parte decir: "Nosotros no tenemos nada en común; estamos tan separados el uno del otro, ¿qué tenemos que ver contigo?" Es como: "Haz tú tu cosa, nosotros haremos la nuestra, porque no tenemos nada que nos pueda unir." O quizás es simplemente una expresión de temor, entre el postrarse y la pregunta.

Yo creo que de la misma manera que los seres humanos tendemos a ser amedrentados por todo lo que tiene que ver con el mundo de lo oculto —los demonios, gente que tú hablas de esto y ya hay quienes nos dicen que los dejemos, que no mencionemos eso— de esa misma manera la Palabra describe a los demonios en presencia de Dios. Santiago 2:19 dice que los demonios creen y tiemblan. De manera que ahora Jesús ha desembarcado de la barca, y yo creo que en el interior de este hombre hay un temor que no sale siquiera de él, sino de los demonios, que ahora están temblando, que se postran delante de Él y le reconocen como Jesús, el Hijo del Dios Altísimo.

Nota en esta frase, a mi entender, la expresión del temor: "Te ruego que no me atormentes." Yo creo que había un temor ahí. Ahora es interesante que todavía está hablando en singular: "Te ruego que no me atormentes." Alguien pudiera pensar que es el hombre endemoniado quien está hablando, pero creemos que no, por el resto de lo que el texto dice, sino que es uno de los demonios hablando a nombre de los demás. Hay un demonio que viene hablando en singular todo el tiempo, y es después de esta frase —"Te ruego que no me atormentes"— que Jesús le dice: "¿Cómo te llamas?"

Yo creo que Jesús estaba tratando de poner al descubierto la identidad de lo que Él sabía que estaba tratando de ocultarse detrás de ese verbo en singular, para que los otros y sus discípulos supieran: aquí está lidiando con más de un demonio. Algunos de aquellos que han tenido más experiencia que las pocas que yo haya podido tener con este mundo hablan de que en ocasiones ha habido más de un demonio en un individuo, y que uno es expulsado y ellos han quedado convencidos en el momento de que las cosas habían terminado, simplemente para minutos después comenzar manifestaciones nuevamente y descubrir que aparentemente había más de uno en esa persona. De manera que no lo puedo afirmar categóricamente, pero yo creo que es posible que básicamente esta legión de demonios está tratando de ocultarse, hablando a través de un solo interlocutor que le dice ese "Te ruego que no me atormentes."

Yo creo que el miedo que ellos experimentan ante la presencia de Jesús, por un lado, es ese: número uno, el temor a que los vaya a atormentar; número dos, es un recordatorio de lo que ellos perdieron; número tres, es un recordatorio de su condenación eterna; es un reconocimiento de su debilidad ante el poder de Dios; y es probablemente también un recordatorio de la necesidad de su sumisión a ese poder. Isaías, al haber tenido una visión del trono de Dios, tan pronto ve ese trono —en una visión, ni siquiera estando frente al trono, sino teniendo una visión— se siente destruido, deshecho, desintegrado al contemplar la santidad de Dios. Imaginémonos ahora a un demonio que ha perdido todo viso, toda traza, toda virtud, toda dignidad, toda posición. Yo me imagino que su grado de reacción interna debe ser mucho mayor aún ante la presencia del Hijo del Dios Altísimo. Los demonios creen y tiemblan.

"No me atormentes", en singular. Próxima pregunta de Jesús: "¿Cómo te llamas?" "Legión, porque somos muchos." Y de ahí en adelante el verbo cambia a plural: ya somos muchos. No dice cuántos. Una legión implicaba una unidad de combate del ejército romano de unos seis mil soldados. Ahora, no tenemos que tomar eso literalmente para pensar que entonces había seis mil demonios, pero eran muchos. Y una de las razones por las que sabemos que eran muchos es porque fueron capaces de tomar a dos mil cerdos y arrojarlos por un barranco hacia el mar. ¿Cuántos eran? No sabemos, pero muchos.

La posibilidad de posesiones múltiples no aparece solamente en este texto. Nosotros sabemos de María Magdalena que la Palabra de Dios describe que de ella habían salido siete demonios. Nosotros sabemos también por otro texto, Lucas 11, donde Cristo está describiendo una liberación y qué ocurriría con el hombre que es liberado y no establece una relación con Dios. Nosotros asumimos —mal asumimos cuando lo hacemos— que todo el que es liberado ya es salvo. Esos son dos procesos completamente distintos: uno es la liberación y lo otro es la necesidad de salvación, que pudieran ocurrir en un mismo día, pero no necesariamente.

En Lucas 11, Cristo está describiendo algo parecido. Escucha lo que Él dice en el versículo 23 hacia adelante: "El que no está conmigo está contra mí, y el que conmigo no recoge desparrama. Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, pasa por lugares áridos buscando descanso, y al no hallarlo dice: 'Volveré a mi casa de donde salí.' Y cuando llega, la encuentra barrida y arreglada. Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrando moran allí, y el estado final de aquel hombre resulta peor que el primero."

Cuando el espíritu inmundo sale del hombre y no pasa nada más, y el Espíritu de Dios no ha venido a habitar en ese hombre, esa casa que ha sido liberada queda en orden, queda arreglada. Pero el espíritu inmundo, no encontrando descanso, dice: "Yo voy a regresar a la casa." Y cuando regresa, no regresa solo; regresa con siete espíritus peores que él, dice Cristo. Y entrando moran allí, y el estado final de aquel hombre resulta peor que el primero. Claro que va a ser peor que el primero: no solamente por la multiplicidad de espíritus, sino porque habiendo sido liberado por Dios, no existe nada para encontrarse con Dios.

Ahora, el texto no nos dice nada del estilo de vida de este hombre anteriormente para que una legión de espíritus inmundos entrara en él. Yo creo —esto no es canónico, la Biblia no lo especifica de esta manera, por eso estoy diciendo "yo creo"— que las posesiones son parte de un juicio de Dios sobre alguien que ha estado involucrado en ciertos estilos de vida tan degradantes de la imagen de Dios que porta, que como parte de su juicio Dios da permiso para que espíritus inmundos lo invadan y lo atormenten, como parte de su castigo por haber destruido la dignidad de la imagen de Dios en él. Así es como yo lo concibo en mi mente, pero recuerde que la Biblia no lo explica de esa manera.

Este hombre —o más bien los demonios en él— reconocen a Cristo como el Hijo del Dios Altísimo y le rogaban con insistencia que no los enviara fuera de la tierra, dice el texto de Marcos. Pero el texto de Lucas 8:31 dice que le rogaban para que no los enviara al abismo. Nosotros sabemos por la Palabra que hay espíritus inmundos encarcelados, en prisiones oscuras, y hay espíritus inmundos que andan sueltos. ¿Por qué unos están encarcelados y otros están sueltos? Podría ser muy especulativo abordarlo en otro momento y quizá fuera de esta ocasión cuáles serían las posibles razones.

Pero sin lugar a dudas, Judas 6 describe a aquellos ángeles que no conservaron su señorío original. De manera que eran ángeles de poder, con un señorío original que no era cualquier tipo de señorío, sino que era otorgado por Dios, delegado en ellos por Dios. Y a esos que no guardaron su señorío, los ha guardado en prisiones eternas bajo tinieblas para el juicio del gran día.

Eso es donde van a terminar todos ellos, y ese es el lugar donde estos demonios no quieren ir. "No me atormentes, no me envíes al abismo antes de tiempo." Nosotros vamos a llegar allá, pero danos un chance, déjanos aquí libres, déjanos en el área, danos en la tierra. Y de ahí entonces que Marcos habla de "no nos envíes fuera de la tierra" y Lucas habla de "no nos envíes al abismo."

Y ellos entonces, hablando con Jesucristo, le dicen: "Déjanos entrar en los cerdos." Y el texto dice en el versículo 13, y Él les dio permiso. ¿Te das cuenta de que un demonio no puede ni siquiera poseer un puerco sin el permiso de Dios? Mucho menos un ser humano, y mucho menos un hijo de Dios, que no creemos pudiera ser poseído. Un puerco les permite entrar en ellos; de otras palabras, no se atreven ni siquiera a invadir parte de tu creación sin tu permiso. Y son textos como este que a mí me han llevado a aquella conclusión que dije que era mi conclusión: que las personas poseídas son personas sobre quienes Dios ha otorgado un permiso de invasión como parte del juicio, por haber entrado en estilos de vida prolongados y altamente degradantes de la imagen de Dios en él, y esta posesión servirá como su tormento.

Les dan permiso y Cristo les da permiso. Imagínate la reacción cuando dos mil puercos comienzan a correr como locos, llegan a un precipicio sobre el agua del mar, sobre el lago de Galilea, y todos terminan abajo, ahogados. Ahora sí, verdad que hay que preguntarse: ¿y quién es este? Que hasta el endemoniado de Gadara —Gadara, Legión—, una legión de espíritus inmundos, lo obedecen, y que para los espíritus salir e ir a habitar en puercos tienen que pedirle permiso. ¿Y qué clase de hombre es este?

Entonces escucha: "Y vinieron a Jesús y vieron al que había estado endemoniado, sentado, vestido y en su cabal juicio, el mismo que había tenido la legión, y tuvieron miedo." Pero noten esto, es increíble. Cuando tú llegas, te encuentras al hombre que cantaba dando gritos de día y de noche, y ahora él está sentado. Está en paz, está en sosiego. El hombre que estaba desnudo, él está cubierto. Lo hallaron sentado, vestido, y el hombre que era como un demente, en su cabal juicio.

Y lo único que ha ocurrido es que los espíritus de Legión han salido, y eso ha sido suficiente para restaurar en este hombre parte de la imagen de Dios: un juicio cabal, sentido de vergüenza, sentido de pudor y cierta paz. Hasta ahora estaba corriendo en estado de desnudez, y él tiene juicio. Yo creo que el reino de las tinieblas se relaciona mejor con el estado de agitación que pudiéramos experimentar, o que alguien puede experimentar, con la insanidad que pudiéramos experimentar. Cuando me llené de resentimiento, dice el salmista: "Yo era como una bestia delante de ti." Eso es insanidad. Y lo único que el salmista dice que le ocurrió fue que se llenó de resentimiento, y entonces era como una bestia delante de Dios.

El mundo de las tinieblas se relaciona con la agitación, con la desnudez de este hombre, con su insanidad; y el reino de los cielos, con la paz, su vestimenta y su sano juicio. La situación de aquel hombre era caótica. Yo creo que eso es exactamente lo que el mundo de las tinieblas representa: un caos. Cuando tú lees el libro del Génesis, cuando tú abres la Palabra, dice que la tierra estaba vacía y sin orden; algunos textos dicen que era un caos. Y entonces resulta que Dios interviene, habla, y el caos llega a cobrar orden.

Eso es exactamente lo que ocurre cuando un incrédulo viene a los pies de Dios: que el caos de su vida, el caos de su alma, el caos de su estilo de vida, el caos de sus pensamientos, el caos de sus prioridades, comienza a cobrar orden. Porque Dios ha invadido ese corazón, porque Dios ha invadido esa mente. Escucha, así dice C. S. Lewis —es una cita corta, pero es interesante—, haciendo alusión a este pasaje de Legión: dice que su vida antes de venir a Cristo era un zoológico de lujurias, una algarabía de ambiciones, una guardería infantil de temores y un hervidero de odios acariciados. Y él termina la cita diciendo: "Mi nombre era Legión."

En su caso, no estaba describiendo espíritus inmundos; él está describiendo un estilo de vida caracterizado por un zoológico de lujurias, una algarabía de ambiciones, una guardería infantil de temores y un hervidero de odios acariciados. "Mi nombre era Legión." Y ahora, en Cristo, completamente libertado, completamente sanado, libre, limpio, sin condenación, porque no hay condenación para aquellos que están en Cristo Jesús. Con un nuevo derrotero que comienza, primero, con un arrepentimiento de mis pecados, y luego que ese arrepentimiento ha ocurrido, comienza con una ordenación, un orden de mi estilo de vida.

Comienza a ordenar mis relaciones. Por eso es que voy y pido perdón a mi esposa, a mi esposo, a mis hijos, a amigos, a mi pastor, a quien tú entiendas, o a la persona que te trajo a los pies de Cristo. Yo comienzo a ordenar mis relaciones, yo comienzo a ordenar mis finanzas, yo comienzo a ordenar todo mi mundo que estaba —o era— un caos de ambiciones, odios, resentimiento, pecado, lujuria, tal cual lo describe Lewis. Ese hombre comienza a dejar sus vicios: dejar el alcohol, dejar la pornografía, dejar las drogas, dejar todo aquello que lo dominaba, todo aquello que le quitaba la libertad que Dios le dio al hombre cuando puso en él su imagen, imagen que fue esclavizada al pecado.

Y lo que ha ocurrido es que, mientras Dios quiere darnos libertad —"si el Hijo del Hombre te hace libre, eres verdaderamente libre"—, Satanás quiere esclavizarte. Mientras Dios quiere darte dominio propio —que es uno de los frutos del Espíritu—, Satanás quiere dominarte y dominarme a mí. Mientras Dios quiere conformarme a su imagen, Satanás quiere distorsionar la imagen de Dios en mí. Eso es como él funciona. Mientras Dios quiere protegerme, Satanás quiere destruirme.

Y es tan astuto que él es capaz de simplemente inducir emociones, sentimientos y deseos en mí, y dejarme solo. Es como tomar un muñequito, darle cuerda y decirle: "Lo que ella te pueda decir." Yo creo que de esa misma manera, Satanás en ocasiones —permítame la ilustración— no nos toma la mano; nos da cuerda en las emociones pecaminosas, en nuestra mente le dice: "Okay, te puedo decir." Y yo voy directo al precipicio. Cuando la cuerda se me está terminando, eso es el final, y él dice: "Me espera ya abajo, otro más." Eso es Satanás.

Pero Dios quiere preservarme para vida eterna. Dios quiere glorificarse en nuestras vidas; Satanás quiere destruir la gloria de Dios en mí. Y esa es la razón por la que se va tras el ser humano y trastoca y empaña terriblemente la gloria de Dios en nosotros. Pero lo más probable —yo no lo sé porque no soy omnisciente—, lo más probable es que no tengamos aquí a alguien poseído, y si lo tuviéramos, bueno, que Dios me hiciera manifestarlo y que esa persona pudiera encontrar libertad.

Pero eso no dice que este texto esté lejano de mi realidad. No, este texto tiene aplicaciones grandes para mi vida. Algo que hemos venido viendo de varias maneras, pero antes de terminar yo quiero traerte dos o tres aplicaciones extras que nos puedan ayudar un poco a encontrar la relación de este texto con mi vida actual. Porque en ocasiones no es un demonio el que se apodera de mí, pero es una emoción pecaminosa la que se apodera de mí. Y no es un demonio el que me domina y me arrastra, pero es una emoción pecaminosa que me domina y me arrastra y me lleva, como si fuera un demonio sin serlo.

Y cuando Satanás logra incendiar esas emociones, él logró su cometido. Por eso la Palabra de Dios dice: "No se ponga el sol sobre vuestro enojo" —eso es una emoción—, "ni deis lugar al diablo." Hay una relación entre esas dos cosas en el mismo versículo, separadas apenas por una coma: "No dejéis que se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo." No tiene que poseerme para empujarme. Cuando ese odio y ese resentimiento calan en mí, hacen residencia en mí, yo termino muchas veces como decía el salmista: "Como una bestia delante de tus ojos."

Cuando pensamientos y formas pecaminosas invaden mi mente y permanecen en mi mente, ahora mi mente controla mis acciones. Mi mente le dice al corazón cómo debe sentir, el corazón le dice a mi voluntad cómo debe actuar, y ahora de repente yo estoy invadido por pensamientos que me están dominando, controlando y esclavizando otra vez. De ahí que el apóstol Pablo nos diga que nosotros deberíamos pensar en todo lo verdadero, en todo lo justo, en todo lo amable; si hay algo digno de virtud, en esto pensar. Pablo sabe, Pablo está consciente: el terreno de batalla es mi mente. Si permites que el enemigo gane terreno en tu mente, perdiste la batalla. Y algunas batallas las hemos perdido. Yo no sé usted, pero yo las he perdido, y todo comenzó en mi mente cuando permití que ese terreno fuera ganado por él.

El tiempo se ha estado corriendo. En tercer lugar, veamos la reacción de las personas que presenciaron el milagro. Es interesante: los testigos del poder de Jesús tuvieron dos reacciones. Escuchen. El versículo 15 termina diciendo que ellos tuvieron temor. Cuando la gente vino y encontraron al endemoniado sentado —te imaginas que tú estás acostumbrado a ver a un hombre en la condición que la describí—, y de repente tú llegas y él está cruzado de piernas, vestido y tranquilo, como diciendo: "¿Cuál es el problema?" Dice el texto: cuando lo vieron así, tuvieron miedo.

¿Por qué? Yo no creo que era miedo del hombre que estaba tranquilo, porque ya eso pasó; el hombre que estaba desnudo ya estaba vestido. Yo creo que el miedo tiene que ver con la persona que los sacó de esa condición en la que estaba y lo puso en esta otra condición. Porque si antes le teníamos miedo a Legión porque no lo podíamos controlar, resulta que ahora yo estoy en presencia de alguien que controló a Legión.

¿Y quién controla este otro hombre? Porque él controló a legión, y esto es una de las cosas que atemoriza al hombre: tener un Dios que no se deja controlar. Lo que atemoriza es tener a un Dios que es incontrolable, no manipulable, no manejable. Por eso la gente prefiere los ídolos, prefiere los cultos, prefiere la religión del vudú y todo eso, porque en esas religiones los rituales están diseñados, se supone, para controlar y apaciguar a los dioses.

Si tú haces esto, y traes esta flor, y traes aquella otra, y mezclas esta canela, y traes crema perlina, eso apacigua al dios de no sé qué cosa. Entonces tú puedes controlar y manipular; tú le enciendes una vela a un santo de cabo a rabo y eso te da tal otra cosa. Tú tienes control y manipulación sobre los dioses. Pero resulta que ahora hay uno que no hay quien lo controle, porque Él controla lo incontrolable, y su nombre es Jesús. Me da miedo, porque no lo puedo manejar, no lo puedo describir; Él pertenece a otra categoría fuera de serie que yo no conozco cuál es.

Y la multitud tuvo miedo. La próxima reacción es secundaria a la primera. Escuchen el versículo 16 y 17: "Y los que lo habían visto le describieron cómo le había sucedido esto al endemoniado, y lo de los cerdos. Y comenzaron a rogarle que se fuera de su comarca." Como se diría en inglés: *oh, my God*, no puedo creer. Está el hombre que libertó a este endemoniado; yo quisiera que permaneciera conmigo para que me diera libertad de todos mis problemas, y sin embargo ahora le estamos diciendo —el texto dice que le rogaron, en el original está en una forma verbal que implica continuar rogándole— es como si Cristo estaba ahí y ellos: "No, vete, vete. Lo que queremos es que te vayas, que te vayas, te lo rogamos, que te vayas, que no te quedes aquí."

Y en parte quizás es porque perdieron dos mil cerdos. No importa que este hombre haya sido restaurado a su condición de normalidad: son dos mil cerdos, dos mil contra uno. Nosotros sabemos que lo temporal tiene menor importancia que lo eterno. Nosotros sabemos también que el ser humano es más importante que el reino animal, y nosotros sabemos que lo espiritual es más importante que lo material. Nosotros lo sabemos, pero no lo creemos.

Porque cuando nosotros vemos el estilo de vida de aquellos que saben eso que yo acabo de decir, resulta que su estilo de vida contradice todo lo que saben. En su mente el hombre sabe una cosa, pero en su corazón él cree otra. Cuando el hombre se afana más por lo que ocurre en el reino de los hombres —el aquí, el ahora— que por el reino de los cielos, él está poniendo en demostración lo que realmente cree: que esto es lo más importante. Cuando el hombre salva ballenas y luego aborta embriones humanos, él está poniendo de manifiesto lo que realmente cree: que el animal es más importante que el ser humano. Y cuando el hombre gasta tiempo, dinero y esfuerzo en mantener y embellecer su mundo exterior —su cuerpo, su casa— y hace mínimo o ningún esfuerzo por cuidar de su mundo interior, él está poniendo de manifiesto también lo que verdaderamente cree.

Cuando esta gente le dijo a Jesús "vete", ellos pusieron de manifiesto lo que creían: los cerdos son más importantes que Tú y el endemoniado libertado juntos. Vete de aquí.

En cuarto lugar, para ir terminando, veamos la reacción del hombre ya liberado. "Al entrar Jesús a la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que le dejara acompañarle." ¡Qué verdaderamente agradecido! Quería acompañar al Señor, quería ir con Él y servir de testimonio. Tenía un sentido profundo de agradecimiento, y el agradecimiento debiera ser la reacción natural de todo aquel que ha experimentado la obra de Dios en su vida. Debiera ser su estilo de vida: un estilo de vida de agradecimiento.

Sin embargo, la historia de los diez leprosos demuestra que lamentablemente la condición humana es otra. Nueve de diez que habían visto la obra de Dios sobre sus vidas no regresaron a dar gracias. De esa misma manera, Dios vive dando —para usar un lenguaje deportivo— hits, dobles, triples y jonrones en nuestras vidas; y después de que Dios hace todo eso y anota carreras en nuestras vidas, nosotros todavía nos la vivimos quejando y damos poco testimonio de la obra de Dios en nosotros.

El agradecimiento es la actitud del corazón de aquellos que han experimentado el poder liberador de Jesús. El agradecimiento se encuentra del lado opuesto del orgullo: la humildad es agradecida en todo, el orgullo agradece poco.

Y finalmente, en quinto lugar, quiero que vean las instrucciones de Jesús para este hombre. Él quiere ir, quiere acompañarle, está agradecido, quiere dar testimonio. Eso les dice el versículo 19-20: "Vete a tu casa y a los tuyos, cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho por ti y cómo tuvo misericordia de ti. Y él se fue y empezó a proclamar en Decápolis cuán grandes cosas Jesús había hecho por él, y todos se quedaban maravillados."

El Señor le dice: quédate en territorio gentil, en el área de Decápolis —Decápolis eran diez ciudades fundadas por los griegos—, quédate en esas áreas y quiero que hagas dos cosas. Número uno, que proclames cuán grandes cosas Dios hizo por ti. Número dos, de qué manera Dios tuvo misericordia de ti. Quiero que proclames el poder, pero no quiero que olvides la razón por la que el poder llegó a tu vida: misericordia. Proclámalo.

Y el texto dice que él comenzó a decírselo a todo el mundo acerca de esto. Hermano, yo quiero decirte hoy en día que si tú eres alguien perdonado y salvado, tienes exactamente —al igual que yo— la misma responsabilidad de contarle a todo el mundo cuán grandes cosas Dios ha hecho en ti, y de contarle a todo el mundo cuánta misericordia Él ha tenido de ti. Es parte de la Gran Comisión: testificar acerca de la obra de Cristo en mí.

Este hombre tuvo una sola noche de estudios bíblicos, una noche, y con esa noche el Señor le dijo: ya tienes suficiente; solamente quiero que vayas y hagas dos cosas. Diles lo que yo hice por ti y diles que yo tuve misericordia de ti. ¿Tú crees que puedes hacer eso con esa sola noche de aprendizaje? Sí puedes. Pues ve.

Cuando nosotros damos testimonio de la obra de Dios —para cerrar finalmente— nosotros hacemos varias cosas. En primer lugar, mostramos gratitud hacia Dios. Número dos, mostramos su poder sobre nosotros. Número tres, glorificamos su nombre. Número cuatro, informamos a otros que de la misma forma que Él tuvo misericordia de mí, también puede tener misericordia de ti, y por tanto proveemos esperanza. Número cinco, nuestro testimonio pone de relieve la bondad de Dios para con nosotros.

Rápidamente, otra vez: mostramos gratitud, mostramos su poder, informamos a otros que de la misma manera que Él tuvo piedad de mí y fui liberado y sanado, yo también pude ser restaurado, y por tanto proveemos esperanza; glorificamos su nombre y ponemos de manifiesto la bondad de Dios para conmigo.

Ibí, en el nombre de Cristo, yo quiero exhortarte pastoralmente a que busques y encuentres todas las oportunidades posibles para testificar de cuán grandes cosas Dios ha hecho en ti y en tu familia, y para hablar de cuánta misericordia Él ha tenido de ti. ¿Tú crees que puedes hacer eso? ¿Tú crees que puedes hacer eso? Ojalá cada uno de los que estamos aquí podamos decir amén a eso que acabo de preguntar.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.