Integridad y Sabiduria
Sermones

En la tormenta, Su Palabra fue suficiente

Miguel Núñez 19 mayo, 2013

La obediencia a Dios no garantiza un camino libre de tormentas. Los discípulos siguieron la instrucción directa de Jesús cuando él les dijo "pasemos al otro lado", y fue precisamente en el centro de la voluntad de Dios donde se encontraron con vientos huracanados y olas que amenazaban con hundirlos. Esta primera tormenta en el lago de Galilea no era un accidente ni una señal de abandono divino; era una clase diseñada para revelar tanto la fragilidad de su fe como el poder absoluto de su Maestro.

Mientras ellos remaban desesperados y sacaban agua de la barca, Jesús dormía en la popa. La reacción de los discípulos delata lo que el temor produce en nosotros: "Maestro, ¿no te importa que perezcamos?" Hay irritación, sarcasmo, incluso acusación en esas palabras. El pastor Núñez señala cómo la ansiedad sigue un patrón predecible: comienza con falta de fe, produce temor, el temor nos vuelve irritables, y la irritación nos lleva a herir a otros sintiéndonos justificados. Cuando estamos atemorizados, magnificamos los peligros y llegamos a conclusiones erróneas.

Una sola palabra de Cristo bastó para calmar el mar. Los mismos vientos que aterrorizaban a pescadores experimentados obedecieron instantáneamente. Y luego vino la pregunta que atraviesa todo el pasaje: "¿Por qué estáis amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?" Las tormentas tienen un propósito revelador: sacan a la luz lo que hay en nuestro corazón y nos muestran quién es realmente Dios. Cuando no podamos sentirlo con nuestras emociones, debemos sentirlo con nuestra fe, creyendo su palabra por encima de nuestros sentimientos.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Yo quisiera invitarlos a abrir la Palabra de Dios en el Evangelio de Marcos para continuar con nuestra serie. Capítulo 4, a partir del versículo 35 hasta el final. Este es el mensaje número 19 en esta serie de Marcos. Y vamos a estar revisando un pasaje sumamente conocido para cada uno de nosotros. Tan conocido que cada vez que nos toca revisar pasajes como este, yo siempre hago la salvedad de que corremos el riesgo de pensar: "Dios no tiene nada que decirme, yo he oído, he leído de este pasaje tantas veces de tal forma que yo voy a relajarme y dejar que otros escuchen." Pero la verdad es que cada vez que entramos a la Palabra y nos proponemos oír de Dios a través de ella, Dios tiene algo que decirnos. Yo espero que sea la ocasión, no solamente para cada uno de ustedes sino para mí también, aún después de haber trabajado y preparado sobre este texto.

De manera que comenzando en el versículo 35 de Marcos 4 hasta el final: "Ese día, cuando ya anochecía, les dijo: Pasemos al otro lado. Despidiendo a la multitud, le llevaron con ellos en la barca como estaba, y había otras barcas con él. Pero se levantó una violenta tempestad y las olas se lanzaban sobre la barca de tal manera que ya se anegaba la barca. Él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal. Entonces le despertaron y le dijeron: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Y levantándose, reprendió al viento y dijo al mar: Cálmate, soslégate. Y el viento cesó y sobrevino una gran calma. Entonces les dijo: ¿Por qué estáis amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Y se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: ¿Quién puede ser este, que aún el viento y el mar le obedecen?"

Este pasaje está a continuación de aquellas parábolas que veníamos revisando en mensajes anteriores: parábolas del reino de los cielos, la parábola del sembrador y cómo esa semilla caía en diferentes tipos de terrenos representando la condición del corazón humano; la parábola de la semilla que luego brota sola, que la tierra la hace germinar por sí sola mientras el sembrador dormía y se levantaba de día, se acostaba de noche, y un día vio cómo la semilla germinó; la parábola del grano de mostaza y el reino de los cielos como esa semilla pequeña que tú la siembras en un principio y eventualmente produce una de las hortalizas más grandes de todas, ese árbol o ese arbusto de mostaza.

Y al final de ese tiempo de enseñanza, quizás al final del día o final de la tarde, porque el texto comienza diciendo que ya había caído la tarde, de alguna forma la gente quería continuar con Jesús, pero Jesús decide que Él debe ir al otro lado. Y eso es lo que le dice a sus discípulos: "Vayamos, pasemos al otro lado." El texto no dice la razón por la que Jesús quería ir al otro lado, pero posiblemente, dado el resto de lo que sabemos de Él, quería volver a predicar el Evangelio a algún otro grupo de aquel otro lado del lago, exponer a otra multitud a su verdad, o algo similar.

Pero antes de que Él pudiera hacer eso, en la mente y el corazón de Dios había otros planes también. Esta era una tarde, o ya una noche, de entrenamiento. Entrenamiento para los discípulos, y de revelación de algunas cosas que estaban en el corazón de ellos y de algunas cosas que estaban en el corazón de Jesús.

Es interesante cuando nosotros revisamos esta sección que sigue a las parábolas. Cuando tú comienzas aquí donde yo comencé hoy y sigues hasta el capítulo 6, te encuentras a Jesús ejerciendo el poder para calmar la tempestad, ejerciendo el poder sobre la naturaleza. Entonces encuentras luego a Jesús ejerciendo el poder sobre el gadareno, aquel hombre que estaba poseído con una legión de demonios. Y tú encuentras a Jesús levantando a la hija de Jairo, tú encuentras a Jesús sanando a esta mujer que tenía una hemorragia por doce años. Una y otra vez Jesús mostrando su poder absoluto sobre toda condición.

Pero en esta ocasión los discípulos van a ver una demostración de poder, por primera vez, en contra de las fuerzas de la naturaleza, en contra de aquello que ellos quizás temían. Y es el hecho de que esta tormenta venía a estar delante de ellos aunque ellos no la conocían. No lo sabían, no lo podían predecir, no tenían manera de predecirlo. Y parte de la razón por la que ellos no podían predecir esto es porque aquella región en aquella época, y aún se habla todavía hoy, es famosa por las tormentas que se levantan de repente, de forma inesperada, con vientos que parecen ser mucho más violentos en la tarde que en la mañana, aunque esta ocurrió en la noche. Pero es la razón por la que muchas veces en aquella ocasión la gente pescaba de noche o muy temprano en la mañana, porque la probabilidad de que vientos fuertes se levantaran no era común. Pero sí lo fue esta noche.

El lago de Galilea está unos 700 pies debajo del nivel del mar, está rodeado de colinas a unos dos mil pies de altura, y esa combinación de las alturas de las colinas con un terreno que está por debajo del nivel del mar aparentemente produce condiciones favorables para que de repente se puedan levantar vientos tan fuertes que se asemejen a vientos huracanados.

La primera experiencia de los discípulos con Jesús en medio de una tormenta, pero no va a ser la última. Habrá otra ocasión que Marcos va a relatar, y que Mateo relata en el capítulo catorce, donde ellos van a estar en medio de otra tormenta, pero Jesús no estaba en la barca en esa ocasión, sino que estaba en la montaña orando. Pero aparentemente ellos no habían aprendido la lección que necesitaban aprender en esta primera, y no se les quedaba. Y hubo necesidad de una segunda.

Y eso es cierto de nuestras experiencias. Una de mis peticiones cada vez que he estado en uno de estos momentos tumultuosos es pedirle a Dios que me ayude a aprender toda la lección que yo necesito aprender de esa tormenta, porque yo sé que si lecciones se me quedan sin aprender, viene un viento de camino donde yo voy a estar otra vez batallando en la tormenta hasta que yo aprenda la lección. Y otra vuelta al monte Sinaí, y otra vuelta al monte Sinaí, hasta que yo haya aprendido lo que Jesús piensa que yo debo aprender.

En esta ocasión la barca está en medio de vientos huracanados, las olas altas hasta el punto que ya el barco ha comenzado a hundirse, estaba tomando tanta agua que en realidad estos pescadores experimentados estaban temerosos. Yo puedo entender que yo me atemorizo ante cualquier viento en una barca, pero entre gente que nació en el mar y que termina temorizada, debió esto haber representado posiblemente una tremenda tormenta.

Y esas tormentas de la naturaleza en este caso tienen similitudes con nuestras tormentas emocionales de la vida. Entonces Jesús nos lleva de la mano muchas veces a estas clases de tormentas porque Él tiene lecciones que darnos que yo no las aprendería fuera de la tormenta. Son tormentas emocionales pero son tormentas reales.

Y la razón por la que yo quiero hacer ese énfasis es porque si esta experiencia que ellos vivieron, ellos la hubiesen visto simple y llanamente como una demostración de poder de Jesús sobre la naturaleza, y no son capaces de interpretar o de extraer ningún contenido teológico de la misma, entonces hubiese sido quizás de mucha lástima el haber pasado por algo como eso y no haber visto lo que Jesús les estaba revelando. Yo creo que eso ocurre muchas veces también con nosotros, donde nosotros hemos pasado por una tormenta de diferentes tipos dependiendo de las familias, y frecuentemente nosotros atravesamos la tormenta. Nos atrevemos a veces incluso a decir que Dios nos ayudó, pero nosotros no supimos extraer de la tormenta, de esa experiencia de vida, la lección teológica o bíblica que Dios quería transmitirnos.

Como dijimos, esta no va a ser la única tormenta en la que ellos se van a encontrar. Y la razón es que cada tormenta tiene cosas específicas, metas específicas que conseguir. Tiene una meta a la que Dios quiere llevarme donde yo tengo que arribar. Tiene un propósito definido, porque como todas las cosas cooperan para bien, de esa misma manera cada tormenta no solamente coopera para bien, pero cada tormenta se levanta en mi vida con un propósito definido, porque Dios la está no solamente levantando sino también orquestándola. Dios la orquesta, ya sea enviándola directamente o permitiéndola. En ambos casos Dios permanece en control, y eso es algo que yo necesito reconocer.

Decía Warren Wiersbe en uno de sus libros acerca de dificultades en la vida, que nosotros enfrentamos en nuestras vidas tormentas correctivas y tormentas de perfección. Tormentas correctivas cuando Dios nos disciplina, y tormentas de perfección cuando Dios simplemente está tratando de santificarme. En este caso, hasta donde nosotros podemos ver, no hay nada pecaminoso que los discípulos hubiesen hecho previo a esta experiencia, de manera que pudiéramos concluir de una manera simple, quizás, pero pudiéramos concluir que esta es una tormenta de perfección. De perfección de su caminar, de perfección de su carácter, de su santificación a lo largo del camino.

Y las tormentas de corrección tienen muchas veces un propósito. Tienen la finalidad de quebrar mi orgullo, la finalidad de deshacerme de mi autosuficiencia, o la finalidad de corregir un mal hábito que yo había cultivado, o la rebeldía en nosotros, o la aguja de la desobediencia, y nos fuerzan entonces a someternos a su voluntad. Por otro lado, las tormentas de perfección tienen la finalidad de fortalecer mi carácter, de ayudarme, de empujarme hacia adelante, hacia arriba en mi camino de santificación.

A veces las tormentas tienen la finalidad de debilitar mis emociones negativas, como lo es el temor. De tal forma que esas tormentas nos enseñan a confiar en Dios, a depositar mi confianza en las manos del Dios que está demostrando en los evangelios que Él tiene control sobre todas las circunstancias que sus hijos pudieran enfrentar en la vida. Y a pesar de esa demostración, en cada una de las circunstancias futuras, como que de alguna manera nosotros olvidamos el récord de Dios en las experiencias anteriores, y es como si estuviéramos enfrentando una nueva dificultad por primera vez.

De tal forma que, a manera de introducción, pudiéramos decir que la lección número uno en este texto es que yo tengo tormentas de corrección y tormentas de perfección. Pero independientemente del tipo de tormenta en la que yo me encuentro o vaya a afrontar, la realidad es que en cada una de ellas Dios quiere revelarme algo acerca de Él, y con toda probabilidad Dios quiere revelarme algo acerca de mí mismo.

Estos discípulos eran pescadores, probablemente expertos, acostumbrados a remar. Ellos probablemente estaban confiados en un tiempo bueno de la noche cuando salieron; probablemente el tiempo era bueno, si no, no hubiesen salido. En un tiempo bueno probablemente salieron confiados en su experiencia, en su capacidad para remar la barca. Y de esa misma forma nosotros hacemos también: cuando nosotros medimos y juzgamos las circunstancias más o menos de una forma que yo entiendo están dentro de lo que yo puedo manejar o controlar, nosotros tenemos la tendencia de no consultar con Dios, no hablar con Dios, porque en realidad eso yo lo puedo manejar. Hasta que entonces yo comienzo a enfrentarme ante algo que yo no puedo controlar, yo no puedo manejar, yo no puedo cambiar, y es entonces en esa situación que nosotros tendemos a buscar de Dios.

Y la realidad es que Cristo ha revelado que separados de Él nada podemos hacer. No hay circunstancias pequeñas o grandes que yo no debiera manejar con la presencia de Dios, que yo no debiera traer a Dios. Y nosotros tenemos que admitir que usualmente nosotros medimos rápidamente, de una forma subconsciente, el tamaño de la tormenta, el tamaño del problema, el tamaño de la dificultad, y entonces decimos: "Este es para mí, esto yo lo puedo manejar, antes de orar, para eso". Pero yo tengo que recordar lo que Cristo ha revelado, y también tengo que recordar que hay tormentas correctivas de esa forma de pensar y tormentas de perfección.

Jonás entró en una tormenta, usted recordará. La tormenta se levanta y Jonás es tirado al mar y es tragado por este gran pez, y adentro, en ese estómago, debía haber tenido otro tipo de tormenta entonces. ¿Por qué? Por desobedecer a Dios. Pero resulta que esta tormenta en la que los discípulos se encuentran es porque obedecieron a Dios. Jesús dice: "Pasemos al otro lado", y ahí inmediatamente recogieron y se fueron.

De tal forma que yo tengo tormentas en las que yo entro por desobedecer a Dios, y tormentas que yo atravieso por obedecer a Dios. Y ahí hay otra lección, y es que la obediencia a Dios no garantiza que yo no tenga que atravesar circunstancias de esta índole o de este tamaño. Fue la obediencia al Padre que llevó a Cristo a una enorme tormenta emocional, hasta al punto de sudar gotas de sangre en Getsemaní, y de ahí a la cruz. Fue la obediencia a Dios que llevó a Pablo a tener cadenas y aflicciones en cada una de las ciudades que le esperaban visitar en el futuro.

Yo creo que nosotros necesitamos entender eso, porque muchos de los problemas del cristiano, muchas de las frustraciones del cristiano, mucha de su desesperanza tiene que ver con expectativas irreales de la vida. Dios nunca ha garantizado un vuelo sin turbulencia. Lo que sí ha garantizado es un aterrizaje suave y seguro. Pero el vuelo sin turbulencia Dios nunca lo ha garantizado; de hecho, yo creo que Él garantizó todo lo opuesto: "En esta vida tendréis tribulación, pero confiad en mí". Jonás desobedece y entra en tormenta; los discípulos obedecen y entran en tormenta. La obediencia a Dios no me garantiza y no me libra de entrar en tormentas.

Lección número dos. Jesús quiere ir al otro lado, quizás a predicar el evangelio, como ya dije. Las multitudes le quieren seguir, pero no pueden en este momento. Había algunos otros barcos alrededor, que Marcos observó. Eso nos da una idea, al leer el relato, que probablemente es alguien que fue testigo ocular de los hechos, que prestó atención a esos detalles de que había otros barcos alrededor. ¿Dónde Jesús estaba durmiendo? Estaba durmiendo en la popa de la barca. Se piensa que probablemente Pedro fue el testigo ocular, que Marcos, como hemos hablado en otras ocasiones, probablemente fue una especie de secretario de Pedro. Pero un testigo ocular es el único que puede prestar atención tan pequeña como estas cosas que está Marcos describiendo en su evangelio.

Yo creo que Jesús tenía un interés marcado en esta noche. Uno no se va a dormir accidentalmente. Yo creo que Jesús se va a dormir cansado del día de la faena, pero conociendo lo que se avecinaba entrada la noche. Cuando la tarde había caído, comenzaron a remar y a moverse hacia el otro lado. Y en realidad, en este momento están en el centro de la voluntad de Dios. Es Cristo que los ha dirigido. Y estando en el centro de la voluntad de Dios es cuando ellos atraviesan o entran en esta dificultad, que sería la primera de esta naturaleza, pero no es la última, como ya habíamos mencionado.

Y de nuevo, la voluntad de Dios en mi vida no me evita las dificultades. No me garantiza la ausencia de dificultades, pero sí me garantiza propósito, me garantiza significado, me garantiza dirección, me garantiza una presencia de Dios en mi vida, e incluso en ocasiones es capaz de garantizarme gozo en medio de la tormenta. La manera como la gracia de Dios se manifiesta, cómo acepto o no acepto, pero en el caso de aceptación, cómo acepto la experiencia, cómo le doy bienvenida a la experiencia. Como le dijo el apóstol Pablo, y dijo: "Por tanto, me gloriaré en las tribulaciones". Esa es la razón por la que alguien como Pablo puede experimentar gozo en la tormenta, porque él no las rechaza, él no se aíra contra ellas, él les da la bienvenida y dice: "Yo mejor me glorío en las tribulaciones", consintiendo que el poder de Dios se perfecciona en la debilidad.

Hermano, la realidad es que aunque este libro tiene todo lo que tenga que aprender acerca de la fe, la realidad es que yo no aprendo la fe hasta que yo no tomo el contenido de este libro y lo llevo a la práctica. Yo no aprendo a manejar a través de un libro que yo leo y luego voy y tomo el examen teórico y lo paso; ya yo sé manejar. Yo tengo que tomar lo enseñado en la teoría y llevarlo a la práctica.

Jesús está consciente que la fe se desarrolla a través de experiencias en la vida, donde nosotros vemos dificultades, donde vemos problemas, donde vemos peligros, donde nos sentimos en debilidad, donde sentimos que las cosas nos abruman, donde las sentimos, las cosas, que tienen más tamaño que nosotros, más tamaño que nuestra sabiduría, más fuerza que nuestra fortaleza. Y entonces, ahí clamo a Dios, y en mi debilidad Dios perfecciona su poder, y mi fe crece. Eso es exactamente lo que va a ocurrir en esta ocasión.

Jesús nos va llevando de experiencias pequeñas a experiencias mayores. Y es que yo sé esto: la experiencia que usted tuvo ayer no va a ser la última; probablemente haya una mayor que está en preparación para la próxima. Esto es, lo hemos hablado en otras ocasiones, una de esas asignaturas mandatorias en el currículum del reino de los cielos. Entonces, tú tienes Tribulación 1, Tribulación 2, Tribulación 3, Tribulación 4, Tribulación 18, hasta que tú te gradúas con un doctorado y entras al reino de los cielos. Él nos va enseñando poco a poco, como lo vemos en esta tormenta.

En este caso, Jesús estaba ahí. Ellos no simplemente sintieron la compañía del Señor, como lo que ha sido en nosotros cuando hemos dicho: "Estoy en gran tribulación, en gran dificultad, pero yo sé que el Señor está conmigo, yo lo puedo sentir". Y cómo eso se siente, ninguno puede describirlo, pero hay un sentido de certidumbre en alguna de estas experiencias donde tú sabes que tú sabes que Dios está contigo. En esta ocasión, ellos ni siquiera tenían que pensar en sus emociones o sentimientos; Jesús estaba allí.

Pero vendría una tormenta similar a esta, en el mismo lugar, en el mismo lago, en el medio de la noche, donde Jesús no iba a estar allí. Porque es fácil tener fe cuando Dios está ahí en carne y hueso, pero otra cosa es cuando Dios no está visible. Y de esa misma forma, yo creo, porque ha sido, bueno, solamente puedo ilustrarlo con mi experiencia, pero yo creo que la experiencia de Job también nos ayuda. Y es que tú tienes momentos de la vida en que Dios está entrenando y tú tienes la certidumbre que Dios está ahí, pero de vez en cuando llega un momento que los santos del pasado llamaron "la hora oscura del alma", donde hay como un sentido de ausencia de Dios en medio de la tormenta.

Esto es exactamente la experiencia de Job. Lo que más frustraba a Job era que él estaba seguro, hasta donde él podía entender, que él no había pecado contra Dios, pero él no encontraba a Dios para hablar con Dios. Si hay algo que frustraba al profeta Habacuc es que él está tratando de que Dios le dé una explicación acerca de la maldad en los tiempos en que él profetizó, y en un momento dado dice: "Pues yo me voy a parar en esta torre a esperar que Dios me hable, esperar que Dios aparezca", porque en ese momento había un sentido de la ausencia de Dios en su vida. Pero es parte del entrenamiento: nosotros tenemos que ser entrenados a confiar no en mis sentimientos, no en mis emociones, sino a confiar en la revelación de Dios.

Jill Briscoe, la esposa del pastor Briscoe, decía en una ocasión: cuando tú no puedas sentir a Dios con tus sentimientos, con tus emociones, siéntelo con tu fe. Fe en lo revelado, fe en lo que Él ha hablado, fe en lo que Él ha prometido. Yo creo que esa es la tercera lección con la que yo quisiera dejarlo en esta mañana: cuando no puedas sentir a Dios alrededor de ti, créele a Su Palabra y no a tus sentimientos, y siéntelo con tu fe y no con tus emociones. Una vez más, cuando no puedas sentir a Dios alrededor de ti, especialmente en medio de la tormenta, créele a Su Palabra y no a tus sentimientos, y siéntelo con tu fe y no con tus emociones.

"Pastor, yo creo que Dios me ha abandonado." No, Dios ha dicho: "Nunca te dejaré ni te desampararé." "Pastor, yo creo que Dios no me ama." No, Dios dio a Su Hijo por mí. No hay manera de que ahora que yo soy Su hijo, Él no me esté amando igual. Yo tengo que sentirlo por lo que la Palabra dice y yo tengo que creer Su revelación por encima de mis emociones. Sobre todo en esta generación, como decía Ravi Zacharias, que tenemos una generación que oye con los ojos y piensa con las emociones.

El pastor, él decía hace un rato que él no podía ver bien, que le prestara mis lentes, y yo iba a decir a manera de broma que no se los puedo prestar porque él no ve sin los lentes, pero yo no oigo sin los lentes. Bueno, no es exactamente así, pero esta generación oye con los ojos y piensa con las emociones. Pero nosotros tenemos una enseñanza en la Palabra a través de la vida de un apóstol que nos enseña que nosotros no debemos ser de esa manera, y que tenemos que crecer, y que nosotros no podemos seguir dependiendo de lo que vemos, porque nosotros no caminamos por vista sino por fe.

Ahora, no haga como me contó un pastor el viernes. Yo estaba predicando la noche en otra iglesia en la zona oriental, y de regreso venía con Omar, el pastor, y él me decía que en una ocasión él venía en un carro y que la persona que iba manejando quería ahorrar, pero que él quería cerrar los ojos para ahorrar. Y yo decía: bueno, parece que él cree literalmente que no caminamos por vista sino por fe. No, usted necesita los ojos abiertos cuando está manejando, aun si usted tiene mucha fe.

Ahora escucha. Si yo necesito ver para creer, yo estoy repitiendo la experiencia de Tomás. Tomás el apóstol había recibido informes de evidencia, testimonio de varias personas, de los diez otros discípulos o apóstoles, acerca de que Cristo había resucitado, y Tomás dice: "No, si yo no veo y pongo mi dedo en la llaga, yo no voy a creer." Y de repente un día, Jesús desciende al nivel de la fe de Tomás y le muestra Sus llagas y le muestra Sus heridas, y le dice: "Ven, Tomás, y pon tu dedo en Mis llagas." Y Tomás se arrodilla y le dice: "¡Dios mío y Señor mío!" o "¡Señor mío y Dios mío!" Tú esperarías que Jesús hubiese dicho en ese momento: "Qué bueno, Tomás, gracias por reconocer Mi señorío, gracias por clamarme Dios." Escucha las palabras de Jesús: "Porque me has visto, has creído. Dichosos los que no vieron y sin embargo creyeron."

El crédito no está en creer porque yo he visto, porque yo he visto milagros, porque yo he visto expulsión de demonios, porque yo he visto los vientos y el mar calmarse. Eso dice: "¿Porque ves has creído?" Déjame decirte: bendecidos, benditos, dichosos, bienaventurados aquellos que no vieron y sin embargo creyeron. Creer por vista implica creer en nosotros, en lo que yo veo, lo que mis sentidos registran, lo que mi mente razona. Pero creer sin haber visto implica creer en Dios, creer en lo que Él ha revelado, creer Su Palabra. La Palabra no dice benditos aquellos que ven señales, sino benditos los que creen sin haber visto las señales.

Las señales tienen un propósito. Dios las ha dado, están aquí. Las señales tienen un propósito de crear fe, sin lugar a dudas. Pero si yo todavía necesito, si estoy continuando, continúo todavía con una necesidad de ver señales para tener más fe, y ver señales para tener más fe, y continuamente: "Señor, Señor, dame otra señal para tener más fe," lamentablemente yo tengo que decirte de la manera más pastoralmente posible: tu fe tiene que crecer, tu fe es inmadura todavía, tu fe está en necesidad de ser alimentada por la Palabra de Dios. Este es el alimento primordial de la fe: Su revelación. Para eso nos fue dada, y eso es como nosotros debemos vivir nuestra vida.

En esta primera tormenta, los discípulos despiertan a Jesús, despiertan a Cristo, y al despertarlo, ellos esperaban que los ayudara de alguna u otra manera. En la próxima tormenta, Cristo no estará ahí para ser despertado. Ellos tenían que aprender a confiar. Ellos tenían que aprender a confiar y a preocuparse menos. Ellos tenían que aprender a confiar y a remar menos. Ellos habían aprendido a remar bien; lo que no sabían era confiar bien.

Cristo sabía que llegaría un tiempo, pronto relativamente hablando, cuando Él no estaría en ningún lugar. En esta ocasión Él está en la barca. La próxima vez estará en la montaña orando y desde lejos los veía. La próxima vez Él no estaría ni en la barca, ni en la montaña, ni en el planeta Tierra, y ellos tendrían que confiar en Él fuera de esta creación visible para ellos. Eso era entrenamiento poco a poco.

Mientras ellos están en medio de la tormenta, en pánico, el Maestro está roncando en medio de la tormenta. ¿Debo de creer que hay gente que mientras otros tribulan, ellos descansan? Hermano, nosotros nos cansamos más por el nivel de preocupación con el que vivimos, el nivel de preocupación con el que nosotros manejamos la vida. Anoche yo le decía a mi esposa: "Estoy atrasado con el viaje. Yo tengo que predicar el segundo sermón, y antes de que el culto termine yo tengo que salir corriendo para el aeropuerto porque si no, pierdo el vuelo." Y a las seis de la mañana comencé a arreglar la maleta, literalmente. Pero sabes qué, yo sé que Él ha estado en control de todo eso. Hay un poco de agitación humana que todo eso produce, pero al final yo tengo que confiar en Dios aun para arreglar una maleta antes de un viaje.

Y hay una realidad lamentablemente dentro del pueblo de Dios, es que el pueblo de Dios prefiere preocuparse antes que orar, prefiere trabajar antes que orar. La preocupación nos da a nosotros un sentido como que estamos haciendo algo. Bueno, estamos haciendo algo, no hay duda, pero lo que no estamos es produciendo nada. Estamos como sentados en una mecedora donde nos movemos para adelante, para atrás, para adelante, para atrás, pero no vamos para ninguna parte. Eso es la preocupación.

Preferimos trabajar antes que orar porque cuando trabajamos yo me siento en control de las circunstancias. Cuando yo oro y le digo: "Señor, bueno, Tú decides," como que yo tengo que dejar que Dios controle, que Dios orqueste, que Dios determine. Y al ser humano eso no le gusta. Manipular, manipular, manipular. Como decimos nosotros, colocar las cosas en el lugar que entendemos que va a funcionar. Y Dios dice: "Bueno, cuando tú te canses, cuando tú termines, cuando tú te hagas a un lado, tú me avisas." Y la realidad es que nuestro trabajo muchas veces estorba el trabajo de Dios.

Dios no nos necesita. Yo creo que eso es algo que usted conoce, pero que nosotros no vivimos como si lo conociéramos. Él creó el universo por Sí solo, sin ayuda. A nadie consultó, a nadie le pidió asistencia. Él abrió Su boca y el universo se creó. Él hoy en día sostiene el mismo universo por la palabra de Su poder. ¿Usted piensa que el Dios que sostiene billones de astros y galaxias puede sostener su vida ínfima? ¿Usted piensa que su vida le pesa mucho más que el universo a Dios? ¿Usted cree que el Dios que puede tener la habilidad de hablar, y al hablar controlar todas las fuerzas físicas, la vida y por añadidura toda la fuerza gravitacional que mantiene todos los planetas en su lugar, toda la fuerza nuclear la mayor y la menor, la fuerza centrífuga, la fuerza centrípeta, todo eso en su lugar? ¿Usted piensa que ese Dios puede controlar su vida? Yo creo que sí.

Y mi falta de fe pone en tela de juicio la fidelidad de Dios. Mi falta de fe pone en tela de juicio la soberanía de Dios. Pone en cuestionamiento el amor de Dios para conmigo. Pone en cuestionamiento el poder de Dios, de Aquel que sostiene el universo por la palabra de Su poder. El problema es uno atrás: ese Dios, cuando yo no expreso suficiente fe en Él, yo pongo en cuestionamiento Sus promesas. "Aunque pases por las aguas, no te anegarán." Si eso dices Tú, eso es lo que Dios dice.

El texto que acabamos de leer es como una representación fiel de Isaías 43: "Aunque pases por las aguas, no te anegarán." Sí, la barca se está llenando, pero Yo estoy consciente de lo que está pasando. Y frecuentemente Dios permite que llegue exactamente hasta ese punto, hasta el punto donde yo creo que ya yo voy a sucumbir, hasta el punto donde yo pienso que ya no hay más esperanza, donde ya todo se ha terminado. Dios espera que llegue al Viernes Santo, donde ya se perdió todo, ¿sabes? Ya se perdió toda esperanza de vida y toda posibilidad de un mañana, para entonces, tres días después, aun habiéndolo anunciado, Él confirmar Sus promesas.

Lamentablemente muchas veces no venimos a ese Dios hasta que estamos cansados. Y en el proceso no solamente yo me canso, sino que yo me lleno de preocupación, me lleno de ira, me lleno de resentimiento. Y tuve una parte de eso aquí. ¿Y tú sabes dónde yo lo veo? Cuando ellos, temiendo hundirse, van donde el Maestro, y en vez de decirle: "Maestro, Maestro, perdón, aquí interrumpimos Tu sueño, pero como Tú no Te has percatado, estamos a punto de hundirnos, ¿Tú podrías ayudarnos?" No, no. "Maestro, ¿no Te importa que perezcamos?" Yo no sé si usted siente la molestia, la ira, la indignación en esas palabras, pero eso no son formas de dirigirte a otra persona, y mucho menos al Maestro. Una forma sarcástica: "¿Tú eres tan insensible que Te duermes mientras nosotros estamos aquí trabajando, sacando agua? ¿Es que no Te importa? Si Tú Te quieres morir, nosotros no."

Están airados. Estamos listos con el maestro en ese momento, y eso es lo que ocurre con nosotros: cuando nosotros comenzamos a preocuparnos, no solamente nos cansamos, en la preocupación nos volvemos airados, sarcásticos y herimos. Y así es como se da el inicio, el origen, la fuente: es una falta de fe que nos llena de temor. Falta de fe, temor; el temor produce en nosotros o nos vuelve irritables. Pero mira dónde comenzamos: falta de fe, temor e irritación. Y la irritación nos lleva a herir e irrespetar al otro, y nos consideramos justificados.

Imagínate que en ese momento hubiéramos dicho: "No sé a quién le habló de esa manera, ¿que ese fue Pedro?" No sé, pobre Pedro. "Esa es forma de hablarle al Maestro, yo creo que no lo habría hecho." Pues claro, tú no eres el que se está hundiendo, el Maestro durmiendo. Nos sentimos justificados en el temor a hacer y a decir lo que nosotros queremos, sobre todo si estamos en medio de la oscuridad, en medio del mar o del lago de Genesaret, con los vientos soplando y las olas llenando la barca. Yo creo que yo hubiera sido atemorizado también. Yo no estoy tratando de ponerme por encima de los apóstoles; yo no he estado allí. Y recuerde que no podemos ser muy juzgadores de cosas que nosotros no hemos vivido. Yo no sé cómo yo hubiese reaccionado, de manera que vayamos despacio y seamos humildes y digamos: sí, así somos.

Cuando nosotros estamos atemorizados, nosotros no vemos las cosas como son. El obrador de milagros, ellos no lo vieron como lo era. Porque cuando yo estoy atemorizado, yo no veo las cosas como son; mis peligros yo los magnifico, mis riesgos yo los magnifico. Nosotros magnificamos la realidad de lo que estamos viviendo, lo transmitimos de esa manera y llegamos a conclusiones erróneas. Y tenemos entonces lo que se llama pensamientos catastróficos: "Nunca va a servir, yo más nunca voy a poder hacer, esto jamás va a funcionar, mi vida terminó." Pensamientos catastróficos. Pero Jesús dice: "Creed en mí, yo he vencido al mundo." Temor, fruto de falta de fe, e irritación; distorsión de la realidad, conclusiones erróneas, y ahí es donde tú y yo no queremos estar.

Lección número cuatro: cuando estoy ansioso, cuando tengo temor, debo recordar que mi ansiedad distorsiona la realidad y la magnifica, llevándome frecuentemente a conclusiones equivocadas.

La gran mayoría de nosotros no nos gusta tomar riesgos; ellos se tomaron un riesgo cada vez que entraron al mar. Decimos al leer la Biblia: el Señor es todopoderoso, todas las cosas cooperan para bien, Él es mi escudo y mi fortaleza, Él es la roca firme, Él me ha redimido, aunque pase por el fuego no me quemaré, aunque pase por las aguas no me anegarán. Pero cuando llega el día de la prueba, se me olvidaron todos los versículos, los versículos no los encuentro. "No vengas ya tú con Biblia ahora."

El problema es que si yo no estoy dispuesto a tomar riesgos, entonces yo nunca podré experimentar el poder de Dios. Y si yo nunca experimento el poder de Dios en mi vida, yo nunca voy a poder crecer mi fe. Mi fe crece como resultado de haber experimentado el poder de Dios, que no tiene que ser algo sobrenatural en el sentido de ver la tormenta calmarse, pero sí el poder de Dios en medio de la dificultad: su gracia, o su perdón, o un milagro en medio de una enfermedad, ¿por qué no? Cualquiera de esas cosas. Pero a menos que yo experimente el poder de Dios, mi fe nunca crecerá. Para que mi fe crezca, yo tendré que experimentar el poder de Dios. Para que el poder de Dios pueda ser experimentado, yo tendré que encontrarme en circunstancias donde el poder de Dios sea necesitado. Y para yo poder encontrarme en esas circunstancias, yo tendré que tomar riesgos. Y para atreverme a tomar riesgos, yo voy a tener que confiar en lo que Él ha revelado. ¿Te das cuenta cómo es un círculo, no vicioso, sino virtuoso?

Jesús se levanta, y el texto dice que reprendió al viento y dijo al mar: "Cálmate, sosiégate." Y el viento cesó, y sobrevino una gran calma. Yo me imagino esto: imagino que en medio de la oscuridad las olas hacían todo el ruido que esas olas hacen, y el viento sonando, y de repente Cristo se para y dice: "Cálmate." Yo creo que el contraste entre ese ruido enorme de agua y viento juntos, y ellos gritando, y esta calma aterradora yo diría, en medio de la noche, de repente ese silencio es como para impactar a uno y decir: "¿Qué fue lo que pasó?" Yo no sé si han estado en medio de la noche en un campo, en algún lugar donde no se oye nada, absolutamente nada. Hay como un silencio que a veces es intimidante. Yo me imagino algo así.

La palabra que Marcos usa, traducida al español como "reprendió", es una palabra griega que es usada por Cristo cuando Él reprende demonios. Y no estamos diciendo que la tormenta era un demonio; hay círculos donde probablemente lo crean de esa manera. Pero lo que estamos diciendo es que Cristo está usando un vocabulario similar, demostrando su poder sobre el mundo de las tinieblas e igualmente sobre el mundo de la naturaleza, de lo físico, de las tormentas. Y cuando Él dice "cálmate, sosiégate", Él está usando una palabra que, cuando miras el original, también es usada en ocasiones para Cristo silenciar a los demonios. De hecho, es una palabra que lleva el sentido de ponerle un bozal a alguien, de tal forma que es como que tú tienes un perro y le pones un bozal, un mozo, y lo silencias. De esa misma manera, en ocasiones Cristo les dijo a los demonios: "¡Cállate!" Y de esta forma, Cristo está ilustrando: "Yo tengo el poder de poner un bozal al viento y callarlo." De ahí la calma que se produce y un silencio absoluto.

Una sola palabra y los vientos le obedecen. ¿No te sorprende? Una sola, obediencia inmediata. Miles de palabras a nosotros, y le desobedecemos. Una sola y los demonios se silencian. Una sola y Lázaro se levanta. Una sola y el mar se aquieta. Miles de palabras y le desobedecemos. Tienes una mejor idea de cuán irreverente es cuando tú y yo lo hacemos.

Algunos hoy en día, en ciertos círculos, leyendo textos como este donde Cristo usó una sola palabra en una demostración extraordinaria de poder, inmediatamente se apoderaron de eso y dijeron: "Mis palabras tienen poder." Y tú oyes a mucha gente diciendo: "Yo declaro, yo decreto, yo ato, yo desato, yo arrebato." La última vez que yo chequeé mi Biblia, Dios habló y creó el universo, no tú. Ni yo. Sus palabras tienen poder. Y no tengo nada que arrebatarle a Satanás. "Yo arrebato mi familia, yo arrebato mi salud." ¿Qué es esto? ¿Qué aberraciones son estas? Mi familia no está en la mano de Satanás, mi salud no está en la mano de Satanás, mi vida no está en la mano de Satanás. Está en la mano de mi Dios todopoderoso, soberano, controlador del cielo y la tierra, que me dio la vida, sostiene la vida y quita la vida. Él está en los cielos y hace lo que le place. ¿Por qué? Dice el Salmo 115:3. Él habló y el universo se creó, Él habló y los vientos se calmaron, Él habló y Lázaro se levantó.

Cuando tú lees el libro del Génesis, cuando tú empiezas a leer Génesis uno, dice que la tierra estaba desordenada y vacía. Era un caos, y Dios habló, y el caos se volvió orden. Cuando Adán habló, el orden se volvió caos. Y eso es exactamente lo que ocurre cada vez que estas personas hablan de "yo arrebato, yo desato, yo esto, yo aquello": están creando un caos en medio del pueblo de Dios. El poder de crear la realidad no está en mí, está en Dios. El poder de cambiar las circunstancias no está en mí, está en Dios. Él es el que ha declarado que Él está en los cielos y hace lo que le place. Él es el que ha declarado que Él crea la luz y Él crea las tinieblas. Él es el que ha declarado que Él da la vida, Él sostiene la vida y Él quita la vida. Nadie más. Solo nuestra generación egocéntrica de hoy en día, con una idea agrandada de sí misma, puede pensar algo distinto.

Jesús se levanta, increpa los vientos, una sola palabra. Y aquí, al final del texto de la experiencia, hay varias cosas que a mí me llaman la atención. Y en primer lugar me llama la atención la extraordinaria humildad de Jesús. Yo no sé cómo usted y yo hubiésemos reaccionado en medio de la noche con los vientos arreciando, las olas entrando a la barca, si alguien te despierta diciéndote: "Maestro, ¿no te importa que perezcamos?" Y Jesús absorbe su irrespeto y continúa con ellos. El Maestro, el que controla los mares, absorbe su irrespeto. Y meditando esta semana sobre esto, yo creo que Dios me ayudaba a entender que así es el amor. El amor absorbe las insuficiencias y debilidades del otro. Y eso es lo que Dios hace con nosotros todos los días: absorber en su ser todas mis debilidades e irreverencias. Así es su amor y su misericordia.

Llama la atención, al final de la experiencia, el gran poder de Jesús. Una palabra y listo. Yo creo que llama la atención también la falta de fe de los discípulos. Aquí está: "¿Por qué estáis amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?" Si hay algo que continuamente a Jesús le llamó la atención, fue la falta de fe de aquellos que le seguían.

Cuando tú sigues leyendo en Marcos 5, Marcos 6, tú llegas a Marcos 6:6. Yo no me había percatado, por lo menos de la manera como está descrito ese versículo. Escucha lo que dice: "Y estaba maravillado de la incredulidad de ellos." Oye, la incredulidad ha de haber sido grande para maravillar a Dios de la incredulidad tuya. ¿Quién es que ha de haber sido tan grande? Cristo está haciendo milagros, está expulsando demonios, está levantando a la hija de Jairo, está sanando a esta mujer con flujo de sangre. Cuando termina de todo eso, Él mira lo que está pasando en la población y dice que Él se maravillaba de su incredulidad. En este caso, Él sabe que ha tenido tiempo cercano con los discípulos y dice: "¿Por qué os amedrentáis? ¿Cómo no tenéis fe?" Y una y otra vez, Cristo llama la atención sobre ellos por ser hombres de poca fe.

Llama la atención la humildad de Jesús, llama la atención el poder extraordinario de Jesús, llama la atención la falta de fe de los discípulos y llama la atención la ignorancia de los discípulos acerca de la persona de Jesús. Escucha cómo es que termina el texto: ¿Quién pues es este que aún el viento y el mar le obedecen? Ellos no saben. Realmente ellos no saben. Y como no saben, tendremos que tener otra tormenta.

Y en la segunda tormenta, ¿sabes cómo termina la segunda tormenta? Con estos mismos hombres y esto es lo que ellos dicen. Recuerda lo que dijeron ahora: ¿Quién es este que hasta los vientos le obedecen? En la próxima tormenta ellos dicen: "Verdaderamente eres el Hijo de Dios", y le adoraron. Finalmente aprendieron. Finalmente saben quién Él es y tuvieron la reacción que debieron haber tenido en primer lugar: "Verdaderamente eres el Hijo de Dios", y se postraron y le adoraron. Eso es lo que esta primera tormenta debió haber hecho, pero no lo hizo. Entonces vamos para la segunda tormenta.

Una y otra vez llama la atención la paciencia de Jesús, pero como el amor es paciente y su amor es infinito, asimismo su paciencia es infinita. Y tolera todos estos exabruptos de los discípulos. Si nosotros pensamos en nuestras vidas y pensamos a través de los evangelios, nosotros tenemos que concluir: nosotros tenemos miedo a las enfermedades, ¿o no? Bueno, Jesús las sanó. Nosotros le tenemos miedo a la muerte, muchos de nosotros; Jesús la conquistó. Nosotros le tenemos miedo a la falta de provisión, el día de mañana, quizás no tengo con qué comer; bueno, Él te multiplicó los panes, te dio de comer. Nosotros tenemos miedo a las fuerzas de las tinieblas; bueno, Jesús las expulsó, eventualmente las desarmó en la cruz, las hizo someter a veces con una sola palabra. Y nosotros tenemos miedo a las fuerzas de la naturaleza, un terremoto, un huracán, y Jesús calmó las fuerzas de la naturaleza. Y con cada una de esas cosas nos estaba diciendo: a partir de ahora tú no tienes ninguna excusa para preocuparte.

Va a subir un avión, Pepe, tú y yo vamos a estar ahí. Y comienza la turbulencia y comenzamos a amedrentarnos nosotros. Él dice: ¿De qué te amedrientas? La barca la controlo yo, y el viento también, y estos aviones no son diferentes. Tranquilo.

Nosotros no queremos ser hombres y mujeres de poca fe. La amonestación acerca de poca fe aparece en Marcos 7:18, aparte de este texto, en Marcos 8:17-18, Marcos 8:21, 8:32, 8:33 y 16:19. Es como: ¿cuándo van a tener fe en mí finalmente? Y Dios quiere que tú y yo desarrollemos esa fe, porque es la confianza en Él lo que va a hacer que el temor vaya desapareciendo.

Yo tengo que creer más en el amor infinito, incondicional de Dios para mí. ¿Sabes por qué? Porque el amor perfecto echa fuera el temor. Mi temor, de acuerdo a lo revelado en la Palabra, en parte es una evidencia de que yo no acabo de comprender o de aceptar el amor incondicional de Dios, porque el perfecto amor echa fuera el temor. A mayor experiencia con el amor de Dios, menor mi temor. Yo necesito entonces experimentar más su amor.

Dicho eso, al final de la experiencia hay muchas cosas que han salido a relucir, pero las pudiéramos resumir en dos: hay cosas del corazón de los discípulos que salieron a relucir y hay cosas del corazón de Jesús, del ser, de la persona de Jesús que salieron a relucir. Dios tomó la tormenta, y ese es el caso en todas nuestras tormentas, y las usa para revelar cosas de nosotros que nosotros no conocemos y traerlas al tapete. Y Dios usa la misma tormenta para revelar cosas acerca de Él. Las tormentas de Dios no solamente son correctivas, no solamente son preventivas muchas de ellas, pero las tormentas de Dios son reveladoras. De Dios y de mí mismo. Estaba revelando algo de Él y estaba revelando algo de mí. Y frecuentemente entonces es la preparación para la próxima experiencia.

Yo no sé dónde tú estás, pero posiblemente algunos de nosotros estemos en medio de una tormenta. Otros de nosotros quizás estamos viendo el horizonte oscuro, las nubes oscuras, pero la tormenta no ha comenzado. Otros de nosotros estamos en la calma porque pasó la tormenta. Y otros de nosotros estamos tranquilos diciendo: "Bueno, pues yo no sé de qué el pastor habla porque yo nunca he estado ahí". No te preocupes, no vayas tan rápido, que tú vas a estar ahí. No tienes que preocuparte, no te agites. Va a llegar. Yo consulté con meteorología. Me dijeron que viene de camino y en tu dirección.

Hay tormentas pequeñas y tormentas grandes. Algunas de ellas vienen envueltas en diferentes tipos de papel. Algunas envueltas en un papel que dice: "A quien pueda interesar", y nos afecta a muchos. Pero otras vienen con mi nombre: "Señor Miguel Núñez, a sus manos". Y han sido diseñadas de manera estratégica, específica, definida, personalmente para mí. Yo tengo la opción de desesperar. Yo tengo la opción de confiar.

Pero, hermano, yo no estoy aquí para acusarte por tu temor, para acusarte por la desesperación, porque no hay ninguna experiencia humana en general de la que yo esté exento o que de alguna manera yo no forme parte de ella. De manera que yo he estado en el temor, yo he estado en la desesperanza, yo he estado en la tormenta, yo he estado en dificultad y yo he sacado agua de la barca preocupado también. Yo he estado ahí. Y estoy aquí más que para decirte "tú eres un hombre de poca fe", para decir: nosotros en general somos hombres y mujeres de poca fe, pero no tenemos que quedarnos ahí. Dios está tratando de hacerme crecer.

Y cuando yo sé eso y confío en el amor incondicional de Dios, yo puedo decir como el apóstol Pablo: me glorío en las tribulaciones, sabiendo que en la tribulación mi Dios será fiel y estará presente, y su presencia será dulce como la miel. ¡Dulce como la miel!

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.