El verdadero problema espiritual no está en lo que entra por la boca, sino en lo que sale del corazón. En Marcos 7, Jesús confronta a una delegación de fariseos y escribas que habían viajado desde Jerusalén para cuestionar por qué sus discípulos comían sin lavarse las manos según la tradición de los ancianos. Lo que parecía una pregunta sobre higiene ritual era en realidad un síntoma de algo mucho más profundo: un corazón divorciado de Dios mientras los labios fingían honrarlo.
La tradición del lavamiento de manos comenzó con una intención piadosa doscientos años antes de Cristo. Los ancianos querían proteger la ley, crear una verja alrededor de ella. Pero esa verja terminó reemplazando lo que debía proteger. Jesús lo ilustra con la práctica del Corbán: un hombre podía dedicar sus bienes a Dios y luego usar ese voto como excusa para no ayudar a sus padres necesitados, violando así el quinto mandamiento mientras aparentaba piedad. Lo astuto envuelto en papel de regalo espiritual.
El pastor Núñez advierte que cada generación tiene sus propias formas de lavarse las manos: dar el diezmo fielmente mientras se evaden impuestos, asistir a la iglesia con regularidad mientras se pagan salarios inmorales. La esencia del legalismo no está en las prácticas externas sino en el divorcio entre lo que profesamos y la condición real de nuestro corazón. Cuando ese divorcio existe, Cristo pronuncia palabras devastadoras: "En vano me rinden culto." Lo que Dios busca no es perfección sin pecado, sino sinceridad sin hipocresía, un corazón que reconoce su condición y viene a la cruz sin disfraces.
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¡Vamos a ser malos para mi vida! La verdad era parte de manera que...
Capítulo 7, Marcos 1, continuando con nuestra serie: "Los fariseos y algunos de los escribas que habían venido de Jerusalén se reunieron alrededor de él, y vieron que algunos de sus discípulos comían el pan con manos inmundas, es decir, sin lavar. Porque los fariseos y todos los judíos no comen a menos de que se laven las manos cuidadosamente, observando así la tradición de los ancianos. Y cuando vuelven de la plaza no comen a menos de que se laven. Y hay muchas otras cosas que han recibido para observarlas, como el lavamiento de los vasos, de los cántaros y de las vasijas de cobre. Entonces los fariseos y los escribas le preguntaron: ¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen con manos inmundas? Y él les dijo: Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy lejos de mí. Mas en vano me rinden culto, enseñando como doctrinas preceptos de hombres. Dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres. También les decía: Astutamente violáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y el que hable mal de su padre o de su madre, que muera. Pero vosotros decís: Si un hombre dice al padre o a la madre: Cualquier cosa mía con que pudiera bendecirte es Corbán, es decir, ofrenda a Dios, ya no le dejáis hacer nada en favor de su padre o de su madre, invalidando así la palabra de Dios por vuestra tradición, la cual habéis transmitido, y hacéis muchas cosas semejantes a estas."
Padre, gracias por tu satisfacción. Líbranos, líbranos Dios, de caer en una situación como la que acabamos de describir. Y si alguno de nosotros está allá en ella, te pedimos que tú nos saques de ahí para que podamos estar delante de ti debidamente posicionados, con un corazón contrito y humillado que te honra y te adora en integridad de corazón. Te lo pedimos en tu nombre, Jesús. Amén, amén.
El pasaje que yo acabo de leer decía esta mañana no guarda ninguna relación con el capítulo 6 que terminamos hace un par de semanas atrás, donde se describió la multiplicación de los panes. No estamos seguros por qué Marcos lo colocó en este lugar, pero no creo que eso tenga tanta importancia como la enseñanza, el contenido que está en este pasaje que acabamos de leer y el resto que estaremos leyendo un poco más adelante.
Cuando uno lee un pasaje, uno trata siempre de ver cuál es la enseñanza central, cuál es el eje alrededor del cual gira todo lo demás que está escrito en el pasaje. Y en ocasiones es entonces fácil extraer una frase, un verso, todo un verso, la porción de un verso que pudiera simplificar o ejemplificar cuál es la enseñanza detrás de la cual Jesús estaba este día. Yo creo que si yo tuviera que hacer eso, sin lugar a dudas escogería la segunda parte del versículo 6, donde nosotros leemos: "Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy lejos de mí." Yo creo que todo lo demás que Cristo está enseñando este día está girando en torno a esta gran verdad: el divorcio, la disociación entre la condición del corazón de aquellos que enseñaban al pueblo judío, y aun de los seguidores de esos maestros, y la enseñanza que estaba siendo pasada de una generación a otra generación.
El texto que leímos comienza hablándonos de una delegación de fariseos y escribas que ha venido de Jerusalén. Probablemente es una delegación oficial que ha venido representando al templo. No lo sabemos con certidumbre, pero es lo más probable. Jerusalén ciertamente ha representado el centro de oposición de Jesús. Y ellos van... Jerusalén ha de continuar, Jerusalén representada por sus líderes ha de continuar el acoso hasta que logren clavar a Jesús en un madero.
Y en realidad, cuando uno sigue la historia de los Evangelios, uno se percata que esta gente estaba observando a Jesús, escuchando a Jesús, para atraparlo en la más mínima cosa. No importaba si la enseñanza era algo central a la fe o si era algo periférico de la fe, porque lo que importaba era poderlo atrapar para debilitar su influencia. De manera que ahora nos encontramos ante un caso de lavamiento de las manos que los discípulos de Jesús no estaban realizando. Ellos observaban no solamente lo que Jesús enseñaba, pero observaban las prácticas de sus discípulos. Y entonces ahora el cuestionamiento tiene que ver con prácticas de aquellos que seguían a Jesús y que habían sido llamados sus discípulos.
Ellos habían tomado algo de la tradición de los ancianos, como es calificado aquí en el texto, y han observado que los discípulos de Jesús no siguen la tradición de los ancianos. Cosas que no necesariamente pertenecían a la religión judaica. Y es por eso que yo he titulado este mensaje: Tradición, religión o relación.
Tradición, religión o relación. Y la realidad es que las tradiciones en sí mismas no necesariamente tienen un elemento pecaminoso. Todo depende de qué yo hago con la tradición, cómo la veo, cómo la interpreto, y cómo la equiparo o no con la ley de Dios. Pero no hay una sola nación en el globo terráqueo que no tenga tradición, y no hay una sola religión que no haya desarrollado ciertas tradiciones a lo largo del camino. El problema no está en la tradición, sino en la implicación de la tradición en un momento dado.
Y para estudiar el texto que tenemos por delante, yo creo que la mejor forma de hacerlo es observando o revisando las tres conversaciones que Jesús tiene en este texto. Yo solamente leí una, pero vamos a leer las otras dos. En primer lugar, Jesús tiene una conversación con la delegación que vino de Jerusalén, con los escribas y los fariseos; eso es lo que acabo de leer, del versículo 1 al versículo 13. Luego se voltea y se dirige a las multitudes, y le habla entonces a la multitud que estaba allí congregada a su alrededor, versículo 14 al 16. Y entonces luego entra a una casa no identificada, se retira con sus discípulos, y allí tiene otro diálogo con sus discípulos de una manera más íntima donde él trata de explicarles algunas de las cosas.
Pero por ahora veamos el primer diálogo, el diálogo con los fariseos y los escribas que han venido a cuestionarlo. Y el cuestionamiento tiene que ver con el hecho de que sus discípulos no estaban lavándose las manos antes de comer pan. Eso está dicho en el versículo 5. La realidad es que la ley de Moisés no exigía tal práctica. La ley de Moisés exigía que los sacerdotes se lavaran las manos antes de entrar al tabernáculo, y que todo el mundo se lavara las manos si resultaba contaminado con alguna secreción corporal. Se recordarán cómo la menstruación era considerada como algo inmundo, y entonces si tú entrabas en contacto con ese tipo de secreción, debías lavarte las manos. Fuera de ahí, no había ninguna estipulación en la ley de Moisés para el lavamiento de las manos. Y sin embargo, ahora ellos están exigiendo que, de acuerdo a la tradición de los ancianos, sus discípulos entren en esa práctica.
Cuando tú revisas la historia, tú encuentras que esto no comenzó en el primer siglo, en los años de la vida de Jesús. Esto comenzó 200 años antes de que Jesús viniera, este tipo de prácticas del lavamiento de las manos y del cuerpo, y alcanzó su máxima expresión en la comunidad de Qumrán con los esenios, que se retiraron en las cuevas del Mar Muerto, y de los cuales no podemos hablar hoy por falta de tiempo.
Marcos entonces recoge ese evento de ese día, y como él no estaba escribiendo para una comunidad eminentemente judía, sino probablemente para una comunidad romana, él explica estas prácticas. Y nosotros leemos entonces en el versículo 2 y siguientes esto que voy a leer: "Y vieron que algunos de sus discípulos comían el pan con manos inmundas." Ahora Marcos comienza a explicar: "Es decir, sin lavar." Los judíos entenderían lo que implicaban manos inmundas; no tendría Marcos que explicarlo, pero él está escribiendo para otra audiencia.
Y ahora él sigue la explicación: "Porque los fariseos y todos los judíos no comen a menos que se laven las manos cuidadosamente, observando así la tradición de los ancianos. Y cuando vuelven de la plaza no comen a menos de que se laven. Y hay muchas otras cosas que han recibido para observarlas, como el lavamiento de los vasos, de los cántaros y de las vasijas de cobre."
De manera que los judíos no solamente se lavaban las manos antes de comer, sino que se lavaban las manos después de visitar las plazas públicas. Y el entendimiento era que en contacto con la gente, en contacto con las plazas donde los gentiles acudían, ese contacto pudo haberlos contaminado, y al llegar a sus hogares se lavaban las manos. La idea no era lavarse de microbios, porque esa idea ni siquiera existió hasta que Louis Pasteur dio la idea de lo que eran microbios y demás. Pero en ese momento la idea era limpieza de pecado, y ellos realmente estaban convencidos de que la interacción con publicanos, gentiles en esas plazas públicas podía contaminarlos de pecado, y que el lavamiento de las manos y otros lavamientos pudiera ayudarlos a limpiarse de las impurezas pecaminosas que habían adquirido en las plazas.
La idea es que su intención de santificación era genuina, era buena; la manera de obtenerla era de condenar. Y eso es bueno que podamos establecer la diferencia. Cuando los fariseos comienzan 200, 300 años antes que Cristo viniera, ellos tenían una buena intención, pero degeneró en una horrible práctica. Y ahora hay normas que tienen que ver con la tradición de los ancianos que habían sido establecidas precisamente para proteger la ley. Los ancianos de Israel entendían que la ley de Dios, o su cumplimiento, debía ser protegida para que se cumpliera.
Y esa compilación de enseñanza alcanzó de nuevo su punto cumbre doscientos años después de Cristo, cuando se compila entonces lo que hoy he conocido como el Mishná. Y el Mishná decía que la tradición es la verja de la ley. En otras palabras, lo que los ancianos inicialmente, antes de su corrupción, estaban tratando de hacer era establecer ciertas enseñanzas y parámetros que pudieran proteger la ley para su cumplimiento. La intención no era mala la de tener esa verja; la práctica de la tradición fue lo que convirtió todo esto en algo pecaminoso.
Y comenzó cuando ellos iniciaron o tomaron lo que prescribía la ley judía y lo aplicaron más allá de lo que la ley ordenaba. La ley establecía que los sacerdotes se lavaran las manos antes de entrar al templo. Ahora se toma esa práctica y se lleva más allá y se le impone a todo el pueblo, no solamente a los sacerdotes. Y número dos, se impone para antes de comer y después de regresar de las plazas públicas. Ahora estamos teniendo algo que tuvo un origen en la ley, pero que ha sido aplicado en un área o de una forma que la ley nunca contempló.
De esa misma manera, ellos desarrollaron tradiciones o enseñanzas relacionadas al lavado de los objetos, y aquí se mencionan cántaros y se mencionan vasos y se mencionan vasijas de cobre, y tenían todo tipo de estipulaciones. De hecho, el Mishná tiene unas treinta y siete páginas dedicadas solamente a lo que es el lavado de objetos y tipo de superficies y todo eso, cosa que la ley nunca contempló. La intención de proteger la ley fue buena, no fue ni siquiera pecaminosa, fue piadosa la intención; la práctica de cómo lo hicieron, altamente condenatoria o digna de condenar, como ya mencioné.
Si alguno está teniendo dificultad en entender un poco lo que estamos tratando de enseñar de cuál fue su intención inicial, déjame tratar de ilustrarlo con algo del día de hoy que te sea fácil de ver, y luego tú puedes extrapolarlo hacia atrás. La Palabra de Dios prohíbe categóricamente el emborracharse; no creo que hay duda sobre ese acto pecaminoso. Supongamos que una persona decida, de manera personal, no tomar ni siquiera una copa de vino para no entrar en la posible tentación y llegar más allá y pecar, o para no ser piedra de tropiezo a otros, entendiendo que dentro del pueblo cristiano hay más de una forma de ver esa práctica. Como Pablo decidió decir, por lo menos que estaba dispuesto a no comer carne si eso iba a ser piedra de tropiezo. Esto es una verja alrededor de la ley, porque el mandato de la ley no estipula eso. Pero es una verja alrededor de la ley que, si es dejada y es interpretada y enseñada de esa manera, es un fin piadoso.
Supongamos que los pastores de una iglesia, los ancianos de una iglesia —pudiera ser esta iglesia— decidan abstenerse de esa media copa, una copa de vino, como quiera que usted quiera llamarlo, por la misma razón: porque no quiero ser piedra de tropiezo, conociendo las diversidades de personas que existen en sus congregaciones, la posibilidad de alcohólicos en las congregaciones, porque no quisieran entrar en tentación. ¿Eso es algo pecaminoso? Absolutamente no, es algo piadoso, si lo dejamos ahí.
Ahora, si ese cuerpo de pastores eleva esa práctica, esa decisión personal que han tomado, y la equiparan con un mandamiento de Dios, entonces entramos en el ámbito de lo pecaminoso. Si nosotros tomamos esa misma práctica de la abstención absoluta y pensamos que esa práctica en sí misma nos hace más santos, o que si nosotros la estamos llevando a cabo somos más santos que aquellos que no la llevan a cabo de esa misma manera, entonces estamos entrando en el ámbito de lo pecaminoso. Si pensamos que esa o cualquier práctica similar, que la obra misma tiene el poder de santificarnos en vez de su Palabra o el Espíritu de Dios a través de su Palabra, entonces ahora estamos entrando en el ámbito también de lo pecaminoso.
Y eso es exactamente lo que los judíos hicieron con la verja que colocaron alrededor de la ley, que literalmente la equipararon con la revelación de Dios. Y como Cristo mismo lo va a denunciar ahora, de esa misma forma la extendieron de forma obligatoria sobre toda la nación, y estaban entonces ahora juzgando a los discípulos de Cristo por no seguir la tradición de los ancianos. Y aquí en particular tiene que ver con el lavado de las manos, que ellos entendían que los hacía más santos que otros.
Escucha el versículo 5 y 6: "Entonces los fariseos y los escribas le preguntaron a Jesús: ¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen con manos inmundas?" Que viene la respuesta diplomática de Jesús: "Y él les dijo: Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy lejos de mí."
La profecía de Isaías continúa, pero yo me voy a detener ahí para comenzar a analizar dónde estaba el problema de los escribas y los fariseos. El problema de los escribas es que los escribas eran hipócritas. La palabra hipócrita viene del original que implica un actor falso, algo fingido. Y de esa misma manera, el diccionario de la Real Academia todavía define la hipocresía de esta forma: fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que realmente se tienen o experimentan.
Su problema estribaba en que, a través de estas prácticas del lavamiento de las manos, ellos querían aparentar tener una piedad que su interior no tenía, querían aparentar tener una santidad que realmente no caracterizaba su corazón. Y en ese caso no importa si sus enseñanzas eran bíblicas o no; si hay un divorcio entre la enseñanza, aun bíblica, y la condición del corazón, Cristo consideraba eso y considera eso una hipocresía.
Es como venir y escuchar estas enseñanzas u otras y decir amén, como yo les digo a veces amenizar lo que se está predicando, decir amén o decir gloria a Dios o aplaudir y decir: "¡Qué bueno, pastor, predíquelo!" Y luego salir de aquí y en el almuerzo o al otro día ir al trabajo con nuestras palabras, con nuestras actitudes, con nuestras acciones, contradecir todo lo que yo amenicé, todo lo que le dije amén, todo lo que aplaudí, todo lo que le dije gloria a Dios. En ese caso Cristo vendría y nos diría: "¡Hey, hipócrita! Porque has asentido algo que se enseñó ayer y que hoy lo violas de manera tan fácil, has dicho amén, te has puesto de acuerdo con mi Palabra, pero hoy al venir a trabajar has violentado la Palabra que tú ayer aprobabas."
Entonces, problema número uno de los escribas y fariseos era la hipocresía: el divorcio entre lo que ellos profesaban, enseñaban, querían mostrar y lo que realmente había en su interior o la condición de su corazón.
En segundo lugar, versículo 8: ellos abandonaron el mandamiento de Dios, incumplieron las verdaderas estipulaciones de la ley todo el tiempo siguiendo la tradición de los ancianos. Entonces, ahora han abandonado esa práctica. Y Cristo, para que yo pueda entender exactamente a qué se refiere, toma una ilustración de sus prácticas diarias y se la trae ese día y le dice a partir del versículo 9: "Escucha, astutamente violáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición."
No pase por alto la palabra astutamente, porque esa palabra está ahí para ayudarnos a entender algo que recientemente, en uno de mis viajes, yo pude apreciar al escuchar un maestro enseñar cómo tú puedes tomar el error y envolverlo en un papel de regalo tan bonito, tan atractivo, que parece verdad. Yo escuchaba este señor enseñar y decía: "Wow, esto es extraordinario, esto es error a la enésima potencia que luce atractivo, que luce como algo que tú puedes abrazar, pero fue hecho de una manera astuta."
Eso es exactamente lo que Cristo dice: "Astutamente violáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y el que hable mal de su padre o su madre, que muera. Pero vosotros decís: Si un hombre dice al padre o a la madre: Cualquier cosa mía con que pudiera beneficiarte es Corbán, es decir, ofrenda a Dios, ya no le dejáis hacer nada en favor de su padre o su madre, invalidando así la Palabra de Dios por vuestra tradición, la cual se ha transmitido. Y hacéis muchas cosas semejantes a esto."
Corbán es una palabra que ellos habían adoptado para referirse a la práctica de tomar algo y dedicarlo a Dios y llamarle ofrenda a Dios, Corbán. La dificultad estaba en que una vez tú dedicabas algo a Dios, ahora esto se convertía en tu excusa para no ayudar a tu padre o a tu madre con eso que tú habías dedicado como ofrenda a Dios. Si yo tengo una cuenta de banco hoy en día y yo digo: "Esto es Corbán," eso implica que esta cuenta de banco ha sido dedicada a Dios. Ahora, cuando mi padre o mi madre tengan alguna dificultad, yo podría decirle: "Papá, yo quisiera ayudarte, mira, si pudiera lo hiciera, el problema es que hace un año yo hice Corbán mi cuenta de banco y ahora no puedo darte un centavo."
Y Cristo está diciendo: ustedes han hecho el Corbán, han hecho un voto en el día que dedicaron esto al Señor, y han colocado su voto por encima de la ley de Dios, del quinto mandato de la ley de Dios que dice que debes honrar a tu padre y a tu madre. Y ahora entonces le han dado mayor importancia al voto que a la ley que Dios había revelado, y deshonras a tu padre y a tu madre por considerar supuestamente tu voto como inviolable, pero violable mi Palabra.
Y Cristo entonces le enseña cuál es el problema: que su tradición había estado suplantando a Dios. Dios había estado siendo bajado de su trono a un lugar que no le corresponde, el hombre estaba siendo levantado a otro lugar que tampoco le corresponde, y de repente ahora la tradición de los hombres había quedado por encima de la ley de Dios.
Número uno: se volvieron hipócritas. Número dos: ellos abandonaron el mandamiento de Dios, primera parte del versículo ocho. Número tres: se aferraron a la tradición de los hombres, segunda parte del versículo ocho, se aferraron a la tradición de los hombres. Habían abrazado la ley de Dios bajo Moisés, desabrazaron la ley, se movieron entonces a la tradición de los hombres, se aferraron a ella y convirtieron en ley de Dios la tradición de los ancianos. Y es con ese corazón duro que Cristo está lidiando en este caso. Cristo sabe que la esencia de la idolatría es colocar a Dios en un lugar que no sea el primer lugar, es la esencia de la idolatría. Y ellos están en la práctica de tal idolatría porque la ley de Dios había sido desplazada.
El fariseo de esa época, el escriba de esa época leía el Salmo 24, versículos 3 y 4, que dice: "¿Quién subirá al monte del Señor y quién podrá estar en su lugar santo? El de manos limpias y corazón puro." Y ellos tomaban eso de manos limpias y decían: "Esta es la forma de mantenerse entonces en santificación, lavándonos las manos", y aplicaron en múltiples lugares o circunstancias diferentes. Todo el tiempo no queriendo ver que el lavado de las manos tenía que ver con la santidad que tu vida lleva o no lleva, que no podía ser posible que quieras acercarte a Dios mientras tus manos permanecen en robo, mientras tus manos permanecen en adulterio, mientras tus manos permanecen no pagando impuestos, mientras tus manos permanecen en todas estas cosas que son pecaminosas y que el lavamiento de las manos no nos va a limpiar de ellas.
"Bueno, pastor, ¿por qué bueno?" Porque hoy en día nosotros no tenemos el lavamiento de las manos. No, pero nos las lavamos de otra manera. Tenemos hábitos pecaminosos adquiridos a lo largo de la vida, los mantenemos y luego entonces abrazamos la fe cristiana y pensamos que podemos mantener ese hábito siempre y cuando yo venga al templo y cumpla con ciertos requisitos. Yo puedo mantener ese hábito como el que yo cumpla con el diezmo fielmente a la iglesia, pero no pago mis impuestos al gobierno. Siempre y cuando yo mantenga mi diezmo fiel a la iglesia, pues lo que yo haga con mis impuestos no tiene ninguna repercusión. ¿Te das cuenta cómo nos lavamos las manos? Pero de otra manera. Pensamos que si venimos a la iglesia en domingo fielmente, el miércoles fielmente, pero luego pago salarios que no son realmente morales —quizás son legales, pero no morales— a mis empleados, que ya yo me lavé las manos y estoy en completa tranquilidad y paz. Ya sabes cómo cada generación se lava sus manos. Yo creo que es bueno verlo de esa manera y aplicarlo de esa manera para que tú puedas ver de qué forma nosotros pudiéramos también tener actitudes farisaicas.
De manera que ahí estaba su problema: primero, eran unos hipócritas; segundo, habían abandonado el mandamiento de Dios; tercero, habían abrazado la tradición de los hombres y le habían elevado a un lugar que no le correspondía. Y en cuarto lugar, en el versículo 13: "Invalidando así la palabra de Dios por vuestra tradición, la cual habéis transmitido, y hacéis muchas cosas semejantes a estas."
Invalidaron la palabra. Una cosa es abandonar la palabra y otra cosa es invalidarla. Una cosa es que yo diga: "Bueno, mira, tengo varios domingos que no voy a la iglesia", estoy abandonando el mandato de Dios, por así decirlo. Y otra cosa es que yo comience a creer y luego a pensar que ir a la iglesia no tiene ninguna importancia bíblica, no tiene ningún peso bíblico. Eso es lo que ellos han hecho ahora, han invalidado la palabra de Dios por vuestra tradición. Escucha ahora cuál era su segundo gran pecado: la cual habéis transmitido. Esto tiene un par de cientos de años siendo transmitido de generación en generación, de manera que esta generación está preparando el camino pecaminoso para la próxima generación, y Cristo está tratando de lidiar con eso en este momento.
Ellos se convirtieron en los expertos del legalismo, literalmente hablando. Y quizás ese sea un buen momento para pausar y meditar un poco acerca de qué es el legalismo, porque yo creo que muchas veces estamos llamando legalismo a una cosa que no lo es, o estamos llamando santidad a algo que realmente es legalismo.
Algunos piensan, por ejemplo, piensan de aquellas iglesias que tienen música tradicional y que solamente usan un piano, que eso es legalismo. Eso no es legalismo si no hay divorcio entre el corazón de ellos que adoran de esa manera y su posición delante de Dios. Es el divorcio el problema. Eso puede ser una tradición que ellos han seguido como iglesia, como denominación, que no tiene nada de legalismo si el corazón de eso que yo estoy cantando de esa manera, si la condición de mi corazón y mi posición delante de Dios, si aquello que profeso con mis labios están a la par. Nosotros pudiéramos ser con este tipo de música más legalistas si incurrimos en tal divorcio. Yo creo que eso nos va ayudando a entender lo que es y lo que no es.
Algunos pudieran pensar que cuando una iglesia exige cierto código de vestimenta, sobre todo para aquellos que estamos ministrando, que eso es legalismo. No necesariamente es legalismo. Legalismo comenzaría a ser cuando yo piense que mi corbata o mi saco es una expresión de santificación, o que aquellos que nos ponemos corbata somos más santos que los que no se la ponen. Eso sí ya entra en el campo del legalismo, pero puede haber otras razones por las que una institución o una iglesia o un ministerio exija cierto código de vestimenta que no tiene nada que ver con el proceso de santificación o haber equiparado eso con la ley de Dios.
Otros llaman legalismo al hecho de que ciertas iglesias —yo creo que todas las iglesias— observan la comunión de una sola manera, de una forma, y las repetimos mes tras mes o semana tras semana dependiendo de cuán frecuente eso es. Y eso en sí no es legalismo. Legalismo sería cuando yo piense que esa forma de celebrar comunión es la única forma santa de hacerlo y todo el que no lo vaya a hacer de esa manera está bajo juicio o está bajo condenación. ¿Te das cuenta que el legalismo es una condición del corazón que está relacionada a cómo yo pienso con relación a mi santificación, cómo yo pienso con relación a otros, y no necesariamente con ciertas prácticas?
Yo creo que la mejor forma de definirlo la dio nuestro Señor Jesucristo, pero antes de eso, tomando lo que el texto dice, esto es lo que yo escribí, este pequeño párrafo en cuanto al legalismo: La esencia del legalismo es el divorcio —no de parejas— es el divorcio entre la condición del corazón ante Dios y la práctica de eso que se exige, pensando todo el tiempo que las formas externas en sí mismas son las que santifican nuestro hombre interior. Es un divorcio, en primer lugar, entre aquello que profeso y la condición de mi corazón, y luego el pensamiento de que esas formas externas en sí mismas son las que contribuyen a limpiar mi hombre interior. Cuando yo estoy pensando de esa manera, yo estoy caracterizado por la esencia del legalismo.
Jesús lo dijo de esta otra forma, mucho mejor que la mía obviamente: "Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy lejos de mí." Ahí está la esencia del legalismo. Del labio, del labio parecen hombres y mujeres piadosas; de prácticas parecen hombres y mujeres piadosas, pero su corazón no está donde yo estoy, o yo no estoy donde está su corazón. Su corazón no se corresponde con lo que ellos quieren que el otro piense. Los otros están pensando —muchos pensaron en los fariseos como la persona más santificada— el grado de santificación que otros piensan que tuvo ella o ellos tienen no es el grado de santificación que yo veo en sus corazones. Esa es la esencia del legalismo.
Mira cómo John Piper lo explica: "La palabra legalismo no aparece en la Biblia, pero viene de la palabra legal, que se refiere a la ley, y la Biblia tiene mucho que decir acerca de la ley. El legalismo es una cierta actitud." ¿Te das cuenta? Es una actitud, no es una práctica, es una actitud. "El legalismo es una cierta actitud hacia la ley de Dios o, más en general, hacia los mandamientos y las reglas. La esencia del legalismo es que la fe no es el motor de la obediencia."
Y si la fe no es el motor de la obediencia, entonces ¿cuál es el motor de la obediencia? Apariencia, el que otros piensen, obras muertas, para agregarnos, notarse bien. "El legalismo no es simplemente la búsqueda de la ley, es el seguir la ley de la manera equivocada, con alguna otra motivación que no sea por fe. La ley de Dios debe ser seguida", dice Piper. "No es simplemente la búsqueda de la ley, es seguir la ley de la manera equivocada, con alguna otra motivación que no sea por fe. La ley de Dios debe ser seguida."
Así, legalismo no es si usted se esfuerza por obedecer los mandamientos de Dios, sino que es el motor y el combustible que te mueve. El legalismo no es que tú te esfuerces por obedecer los mandamientos —y yo debo esforzarme a obedecer los mandamientos de Dios—. La esencia del legalismo es la razón, la motivación, el motor y el combustible, como le llama él, de por qué yo quiero obedecer los mandamientos de Dios. Y si no es por fe, entonces es por obras; y si es por obras, yo tengo una forma farisaica de estar viviendo, porque esa no es la razón para hacerlo.
Y él termina con esto: "Por lo tanto, el poder del legalismo viene de nosotros mismos, la carne." La carne que se ocupa de hacer las obras porque las obras nos van a santificar, u obedecer la ley porque a través de esta obediencia en el poder de mi carne yo me voy a santificar.
Trillia Newbell, que escribió "Desarraigar" —estos dos artículos estaban juntos— dice: "El legalismo es seguir la ley tratando de ganar el favor de Dios. La meta es salvarse a uno mismo, es hacer buenas obras, no creyendo que Dios justifica por fe solamente." Ahí están unos fariseos, ahí están unos escribas. Esto es lo que Cristo está combatiendo.
Cristo había observado de qué manera ellos vivían, de qué manera ellos enseñaban, y se había percatado —uno lo puede ver a lo largo de los evangelios— de que el legalismo que los caracterizaba es un legalismo que se justifica a sí mismo, y mientras se justifica a sí mismo condena al otro. Es una calle de dos vías: no es simplemente que me justifico, sino que juntamente con la justificación propia viene la condenación del otro que no hace lo que yo hago.
En segundo lugar, por eso es que es una actitud. El legalismo considera sus prácticas espirituales superiores a las del otro. El otro puede tener prácticas espirituales también, pero las mías son mejores, las mías son superiores, las mías son de más impacto, las mías son más santas. El legalismo atribuye a Dios todo el crédito; los fariseos, los escribas, atribuían a Dios todo el crédito todo el tiempo, no importa cuándo ni cómo, Dios era el autor de todo, incluyendo de la uva que se comían. Pero luego condena al otro por no darle el crédito a Dios, pero sin conocer la condición espiritual de ese otro. Atribuían a Dios todo el crédito, condenaban al otro por no darle todo el crédito a Dios, pero no conocían la condición espiritual de ese otro.
Yo leí en un email que alguien me envió con relación a algunas cosas, y decía: "Yo no tengo un espiritómetro." Yo pensaba: es una buena palabra, voy a incorporarla a mi vocabulario. Espiritómetro, espiritúmetro, con qué mido el espíritu del otro o su condición espiritual. Y esa es la esencia del legalismo: el pensar también que tenemos ese espiritómetro con el cual nosotros podamos medir dónde tú estás. Y como no lo tenemos, lo medimos por las prácticas nuestras; si las siguen, ahí están. Los fariseos, pero estaban desconectados de la ley de Dios.
Ahora, el hecho de que ellos vivieron de esa manera tuvo consecuencias. Las consecuencias fueron serias, y Cristo se las dejó saber en media frase. Increíble cómo Cristo puede compactar información en tantas palabras. La consecuencia de toda esta vivencia, escucha cuál, versículo 7: "En vano me rinden culto." Cinco palabras. Esa es la consecuencia.
¿Tú te imaginas que el tiempo que tuvimos esta mañana, Dios lo hubiese visto de arriba y dice: "En vano"? ¿Que el tiempo que estamos teniendo ahora nosotros, Dios mira hacia abajo y diga: "En vano"? ¿Que los tres días que tuvimos en Su Causa, Dios lo hubiese visto de arriba y haya dicho: "En vano"? ¿Tú te imaginas lo triste, doloroso, desesperanzador que eso sería? Y no requería más esfuerzo para que no fuera en vano; lo que requería era más sinceridad. Todo ese esfuerzo en vano.
De esa misma manera, todo mi esfuerzo por estudiar la Palabra, por venir al Grecia el domingo, venir el miércoles —que nosotros aplaudimos, estimulamos, y hoy mismo hemos oído al pastor Fausto estimulando a algunos que no lo hacen para que puedan enriquecer su fe—, pero eso pudiera ser en vano si en realidad el motor de eso no es el apropiado. O si nuestras prácticas fuera de esos días que venimos están disociadas con las creencias que aquí profesamos. Cristo diría: "En vano me rinden culto."
Y esto no es nuevo, esto no es el primer siglo. Ya en el tiempo de Malaquías, Dios había dicho algo: "Si alguien me cerrara las puertas del templo para que no ofrezcan sacrificio ahí." Imagina que Dios diga eso de una iglesia: "Si Dios me cerrara las puertas de esa iglesia para que nadie entre." Ya Dios había dicho a través de Jeremías: "Si ustedes vienen aquí diciendo 'el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor', ¿y el corazón? ¿Dónde está el corazón?" Y eso es lo que tú y yo no queremos: que Dios tenga que hacer esa valoración.
Cristo termina ese conversatorio con la delegación que vino de Jerusalén, los fariseos, los escribas. Se voltea hacia la multitud, segundo diálogo. Ya dijimos que había un segundo diálogo y hay un tercero. Y este segundo diálogo comienza en el versículo 14: "Y llamando de nuevo a la multitud" —ahí está el otro grupo— "les dijo: Escuchadme todos y entended. No hay nada fuera del hombre que al entrar en él pueda contaminarlo; es lo que sale de adentro del hombre lo que contamina al hombre. Si alguno tiene oídos para oír, que oiga."
Alrededor de Cristo siempre había mucha gente. Cuando él termina de explicar esto a la delegación, yo me imagino algo como esto: aquí está Cristo, aquí está la delegación que viene, se reúne con él, quizá aquí se quita al pie de esto, yo hablo con ellos y luego le digo a la multitud. Le digo: "Entiendan, escúchenme y entiendan." Escucha esa combinación: escucharme y entender. Tú no puedes entender si no escuchas bien, y ese es uno de los problemas todo el tiempo en conversaciones sociales, en conflictos matrimoniales, en prédicas, todo el tiempo: es que no escucho bien. Yo no puedo entender si no escucho bien.
La palabra "escúchame", el verbo en el original, aparece nueve veces en Marcos, y en cada una de esas ocasiones tiene que ver con pronunciamientos severos. "Escúchame lo que voy a decir." En este caso: "Escúchenme y entiendan, presten atención. No hay nada fuera del hombre que lo contamina." Versículo 15: "Sino que lo que sale de adentro del hombre es lo que contamina al hombre."
El problema no es lo que entra por la boca. Lo que entra por la boca va a salir; ni siquiera se queda con el hombre. Lo que entra por la boca no llega al corazón. El problema es lo que él tiene en el corazón y que sale por su boca. No es lo que la boca come, es lo que la boca habla. De la abundancia del corazón habla la boca. Y a veces, yo creo que tú mismo has tenido la experiencia, probablemente estás hablando con alguien y las cosas que comienzan a salir, tú quieres decir: "Por favor, cierra la boca, que estoy viendo tu corazón." Es el órgano más largo; la lengua va desde los labios hasta el ventrículo derecho e izquierdo del corazón. Y ahí sale lo que yo soy, lo que verdaderamente yo soy.
Él termina con la multitud. Cuando dejó la multitud, entró en la casa —en cuál casa no sabemos, una casa—. Sus discípulos le preguntaron acerca de la parábola. ¿Cuál parábola? La del versículo 15. Yo te lo acabo de leer; déjame leértelo otra vez: "No hay nada fuera del hombre que al entrar en él pueda contaminarlo, sino que lo que sale de adentro del hombre es lo que contamina al hombre." Entonces los discípulos vinieron después que Cristo dijo "escúchenme y entiendan", y le preguntan: "Dinos de la parábola."
Y él les dijo una pregunta, un bochecito santo: "¿También vosotros estáis faltos de entendimiento? ¿Son tan tardos? ¿No comprendéis que todo lo que de afuera entra al hombre no le puede contaminar? ¿No lo entienden eso? Porque no entra en su corazón, sino en el estómago, y se elimina." ¿Ustedes saben para dónde va? Paréntesis, sí. Marcos hace un paréntesis declarando así limpios todos los alimentos. La limpieza de alimentos que nosotros descubrimos en Hechos 10, cuando Pedro tiene la visión, Marcos ahora escribiendo retrospectivamente —porque el Evangelio se escribió mucho después— dice: "Eso que vemos en Hechos 10, ya Cristo lo había declarado." Y por eso lo pone aquí: "Declarando así limpios todos los alimentos."
Y decía: "Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de adentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricias, maldades, engaños, sensualidad, envidia, calumnia, orgullo, insensatez. Todas estas maldades de adentro salen y contaminan al hombre."
Yo no sé en ese momento —verás, si esto fue enseñado a los discípulos—, pero si hubiese sido predicado a las multitudes y cuando Cristo comienza palabra por palabra diciendo: "Malos pensamientos, robos, homicidios, adulterios", yo me imagino la gente con cada palabra deshaciéndose. Yo les estaba golpeando. Yo no me imagino la autoridad que salía cuando Cristo hablaba. Oímos en Su Causa algún maestro predicar con mucha autoridad; Cristo es otra cosa, fuera de serie, es único en su clase. Imagínate al hablar y decir alguna de estas cosas.
En el lenguaje original aquí hay doce palabras: seis son verbos, seis son actitudes. La manera en que Cristo nos está diciendo es: el corazón está contaminado no solamente por cosas que ustedes hacen, sino también por actitudes que están en el interior, de cosas que todavía no han hecho. Y entonces él comienza a mencionarlas.
Malos pensamientos. Vamos a ver, levante la mano aquel que no ha tenido un mal pensamiento en las últimas cuatro semanas, tres semanas, dos semanas, una semana, tres días, un día. Alguien decía en el primer culto: "No, de esta mañana." ¿Te das cuenta por qué tiene que ser por gracia? Lo difícil, imposible que es para el hombre tener un solo momento donde él pueda estar completamente limpio de culpa. Toda nuestra facultad está dañada por el pecado de principio a fin: mi mente, mi corazón, mi voluntad.
Por eso es que cuando yo pienso en un mal pensamiento, frecuentemente pensamos: "Bueno, el pastor está pensando en pornografía." No, no, ninguna pornografía. Yo estoy pensando: "Y este hermano no está cantando hoy, ¿qué es lo que le pasa?" No me diga que esto es un pensamiento virtuoso. Filipenses 4:8: "En todo lo verdadero." No me diga que tú sabes que esto es verdad, que tú sabes lo que el hermano está pensando. "En todo lo verdadero": si tú no sabes si es verdad, en esto no pensar. "En todo lo justo, todo lo digno, todo lo amable, si es digno de virtud, en esto pensar." Cualquier cosa que no es digna de virtud es un pensamiento pecaminoso. Y en eso yo...
Fornicaciones, no hay que definirlas. Robo, ustedes saben lo que es. Homicidios. "Bueno, yo no he matado a nadie, pastor." El problema es que Cristo toma el Sermón del Monte y define el homicidio como el decirle al hermano "raca" sin razón.
Camellos, envídias, homicidios, homicidas de carácter, adulterios, todo el mundo sabe lo que eso es. Avaricia. "Qué bueno, porque yo no tengo dinero". No, no, no. Usted puede ser el más pobre y ser un avaro. Es querer enriquecerse, querer tener más de lo que usted tiene por motivos que no son piadosos. Vamos a hacer un ejercicio santo ahora: alguno de nosotros queremos tener un poco más de lo que tenemos, y te aseguro que la razón es piadosa, santa. Porque si no lo es, esa es la esencia de la avaricia: querer tener más por una razón no piadosa, que era acumular más.
Es un pecado que yo nunca lo he oído confesar y no creo que lo voy a oír confesar. Yo he tenido gente que viene: "Pastor, yo estoy en adulterio". "Pastor, yo he robado". "Pastor, yo he estado en drogas". Pero yo nunca he oído a nadie que venga: "Pastor, pastor, yo soy un avaro". No, porque el avaro no piensa que es avaro. Él está trabajando duro para su familia: "Porque yo no gasto nada, todo lo guardo para ellos".
Maldades, engaños, sensualidad, envidia. Envidia: querer lo que el otro tiene. Es una forma de envidia, tiene múltiples formas. Hace como un año, yo creo, estudiando el tema, fue que me percaté de todas las formas que toma la envidia. A veces sentirme mal, incómodo por lo que el otro tiene. No es que realmente lo quiero, pero no quiero que él lo tenga.
Calumnia. Calumnia es desde decir algo que no es verdad, hasta tomar la verdad y exagerarla. Eso no es simplemente ponerle salsa a la cosa; es exagerar con un fin dañino, malévolo. Eso es una calumnia.
Orgullo. La esencia del orgullo es querer creerme mejor de lo que soy. Y todos nosotros nos creemos mejor de lo que somos. ¿Usted no lo cree? Porque si usted no lo cree, lo acaba de comprobar. Todos nosotros nos creemos mejor de lo que somos. La única persona que tiene la medida exacta de lo que yo soy se llama Dios. Dios sabe mi mente, mi corazón, sabe dónde estoy, dónde no estoy, sabe cuándo le obedecí por amor, sabe cuándo le obedecí por conveniencia, sabe cuándo le obedecí porque tenía miedo a las consecuencias. Dios sabe cada una de esas cosas. ¿Alguien que no tenga orgullo en este salón? Qué bueno que ya no se levantó la mano, porque lo hubiese probado.
Insensatez. Insensatez es el hablar lo que no se debe, en el momento inapropiado, en el lugar no apropiado. Lo que no debe ser, lo que no es prudente, lo que no ha sido cuidadoso, lo que no ha tenido en cuenta la condición del otro, la condición del hermano, el corazón del hermano, la unidad del cuerpo de Cristo. Todo eso es insensatez, y eso sale del corazón, del tuyo y del mío.
Y Cristo dice: "El problema que tengo no es que venga a mí y lo confiese". Porque si vamos a Cristo y decimos: "Señor, soy sincero, y aquí está mi corazón", esto no es hipocresía, eso es ser sincero. El problema que Cristo tiene es que, teniendo esas cosas, creemos dar otra apariencia de piedad a través de una serie de formas externas que no pueden justificar la condición interna del corazón. Es con eso que Cristo está luchando, y entonces eso es lo que hace que mi culto sea en vano.
No es el pecado en mí; todos tenemos pecado y Él lo conoce. David fue un hombre que pecó. Es la hipocresía del pecado que existe en mí. Es incluso querer engañarme a mí mismo cuando pecamos, y querer decir: "Bueno, pero esto no fue tan malo como otros piensan, esto no es tan grande como otros creen". No, eso no es ser sincero con Dios. Todo pecado es grande para con Dios, pero más grande es su misericordia que nos perdona. De manera que, una vez más, Dios no tiene problema con mi pecado siempre y cuando yo venga y se lo confiese, porque para eso está la cruz. Dios tiene problema cuando quiero ocultar mi pecado, justificarlo, y entonces Él dice: "No, eso sería hipocresía".
¿Te das cuenta de cuál era el tema de la enseñanza ese día? ¿Te das cuenta de qué Cristo quería enseñar a sus discípulos para que pudieran tener el corazón del salmista? Manos limpias y corazón puro. Más de una vez la Palabra de Dios habla de manos limpias, de corazón puro, rectos de corazón. Eso no implica sin pecado, eso no implica que somos como Cristo. Corazón puro implica una vida que está viviendo en santidad y haciendo su mejor esfuerzo, con buenas motivaciones, para seguir viviendo en santidad. Ese esfuerzo en Dios, a través de Dios, para complacer a Dios, vía el poder del Espíritu que mora en él, por fe, por amor a Dios.