Integridad y Sabiduria
Sermones

Transformados por Dios

Miguel Núñez 24 enero, 2016

Donde está el Espíritu del Señor hay libertad, y esa libertad es el punto de partida para la transformación que Dios obra en sus hijos. El apóstol Pablo, al comparar el antiguo pacto con el nuevo, no solo establece la superioridad del segundo —mediado por Cristo, escrito en el corazón, capaz de producir santificación desde adentro— sino que llega a un clímax en 2 Corintios 3:17-18: el Espíritu liberta y transforma.

La libertad que Cristo trae no es autonomía ni licencia para hacer lo que queramos, sino liberación del pecado que esclavizaba la mente oscurecida, el corazón endurecido y la voluntad cautiva. Es como estar en una celda cuya puerta Cristo abre de par en par, pero donde a veces seguimos habitando porque lo conocido nos resulta más cómodo que lo nuevo. Salimos, nos asustamos, volvemos a entrar. Así funciona muchas veces nuestra santificación: un proceso gradual de abandonar patrones viejos.

Una vez libres, comienza la transformación. Pablo dice que contemplando como en un espejo la gloria del Señor somos transformados de gloria en gloria. Ese espejo es la Palabra de Dios, donde vemos a Cristo y en Él los atributos divinos: su gracia, su justicia, su amor. Pero hay una diferencia entre pasar tiempo con la Biblia y pasar tiempo con Jesús en la Biblia. Si solo marcamos el texto, la Biblia queda marcada; si contemplamos a Cristo, la Biblia nos marca a nosotros. Y esa marca produce cambio —no instantáneo, sino progresivo, a través de tribulaciones que van perfeccionando el carácter hasta que un día, en su presencia, seremos semejantes a Él.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Fuimos llamados para vivir en su satisfacción! Soy Oscar y los invito a abrir la palabra de Dios en la segunda carta a los Corintios, capítulo 3. Les recuerdo que hace dos semanas nosotros comenzamos a ver este texto. Vamos a ver a partir del versículo 7 hasta el versículo 18, pero dijimos que vamos a dejar la última parte para que sea cubierta en un segundo mensaje, y en particular los versículos 17 y 18.

Sin embargo, en el día de hoy yo voy a leer a partir del versículo 12 hasta el 18, y voy a hacer una especie de resumen, y no solamente resumen sino de exposición de algunas cosas ya dichas en la primera parte, que sirvan para que usted pueda ver la conexión entre eso que se dijo y esto que Pablo está concluyendo. Porque si divorciamos esos versos, parecería como que el versículo 17 y 18 no tienen nada o poco que ver con lo que antecedió, y sin embargo ellos representan la conclusión o el pináculo, por así decirlo, de todo lo que Pablo estaba tratando de presentar. Y al mismo tiempo, si hay alguien aquí que no estuvo con nosotros, o alguien que estuvo pero que no está recordando bien algunas cosas que dijimos, cuando hagamos esa introducción y entremos al versículo 17 y 18, usted podrá ver mejor la conexión y podrá como que aterrizar mejor en lo que es el punto cumbre de donde Pablo estaba yendo cuando escribió estas palabras.

De manera que, comenzando en el versículo 12 del capítulo 3 de la segunda carta a los Corintios: "Teniendo por tanto tal esperanza, hablamos con mucha franqueza, y no somos como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro para que los hijos de Israel no fijaran su vista en el fin de aquello que había de desvanecerse. Pero el entendimiento de ellos se endureció, porque hasta el día de hoy, en la lectura del antiguo pacto, el mismo velo permanece sin alzarse, pues solo en Cristo es quitado. Y hasta el día de hoy, cada vez que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones. Pero cuando alguno se vuelve al Señor, el velo es quitado."

Y ahora el texto de hoy: "Ahora bien, el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad. Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu."

Te doy gracias otra vez por tu satisfacción inspirada. Conviértela en satisfacción predicada y en satisfacción aplicada, en Cristo Jesús.

Bueno, en el mensaje anterior a este, la primera parte, nosotros comenzamos a ver cómo el apóstol Pablo comparaba el antiguo pacto con el nuevo pacto y ponía de manifiesto la superioridad del segundo sobre el primero. El primer pacto mediado por Moisés, el segundo mediado por la persona del Señor Jesucristo. Y en eso consiste la primera superioridad de un pacto sobre el otro: es que el mediador del pacto bajo el cual nosotros vivimos hoy es muy superior. El Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad encarnada, Dios hecho hombre, es el mediador de este pacto, versus el pacto anterior mediado por Moisés.

En segundo lugar, Pablo nos dejaba ver cómo el primer pacto era incapaz de santificar a los hombres por medio de las obras de la ley. Ningún hombre puede alcanzar salvación, y si no puede alcanzar salvación, no puede alcanzar santificación. Pero Pablo justificaba la ley diciendo que la ley era buena, era justa, era santa, y obviamente así es, así fue, así es, porque la ley representa, como dijimos, la esencia de lo que Dios representa, el carácter de Dios. Al representar el carácter de Dios, representa lo que complace a Dios. Y al mismo tiempo, la ley nos permite ver la imposibilidad que existe en nosotros de cumplirla a cabalidad, y esa imposibilidad que eventualmente descubrimos es lo que nos lleva, o nos debe llevar, debería arrastrarnos prácticamente a la persona de Jesús corriendo, si pudiera usar la ilustración, para que sea Él quien nos salve, porque solo Él ha podido llenar dicha ley.

El pacto de la gracia fue, o es, superior al pacto anterior porque mientras el pacto anterior no permitía la santificación por medio de las obras de la ley, porque no permitía la salvación, este pacto traído por Cristo y colocado en el interior nuestro, en nuestros corazones, es capaz de producir una santificación desde adentro hacia afuera. No teniendo la ley escrita en piedras y externamente, sino teniendo la ley escrita en el corazón y de manera interna, de tal forma que a partir de dicha transformación nosotros, con la morada del Espíritu, somos empoderados para comenzar a cumplir la ley de Dios, motivados por amor a Dios, motivados por amor a Cristo. No la cumplimos a cabalidad, pero comenzamos a cumplirla, comenzamos a complacer a Dios, comenzamos a llevar a cabo aquellas cosas que literalmente ponen, por así ilustrarlo, una sonrisa en el rostro de nuestro Dios. Es que no hay temor de consecuencias; de ahí que Santiago le llama la ley de la libertad.

Finalmente, el pacto de la gracia es un pacto de mayor gloria. En la época de Moisés, Moisés tuvo la oportunidad de ver de cierta manera la gloria de Dios, y la vio de tal forma que Moisés experimentó incluso una cierta transformación de su rostro que reflejaba dicha gloria. Pero en la medida en que Moisés descendía de la montaña y en la medida en que pasaba el tiempo, el reflejo de la gloria de Dios en el rostro de Moisés comenzaba a desvanecerse, lo cual los teólogos entienden era probablemente simbólico de que la gloria del pacto anterior estaba llamada también a desaparecer.

Y Moisés colocó un velo sobre su rostro. En primer lugar, porque al pueblo israelita que lo veía le resultaba traumática la visión de dicha reflexión de la gloria de un Dios con el cual él había estado en contacto. Pero por otro lado, en la medida en que la gloria se desvanecía, la satisfacción de Dios nos enseña cómo Moisés recibió instrucción de parte de Dios de que colocara un velo sobre su rostro, el cual Moisés quitaba cuando iba a entrar a la tienda de reunión o al tabernáculo. Y parece ser que lo que Dios estaba tratando de comunicar era que ciertamente esa gloria que se desvanecía, el pueblo todavía no estaba preparado para entender que esta era una gloria pasajera, efímera, temporal. Y de ahí entonces que Dios no permitía que el pueblo terminara de ver la gloria desaparecer completamente del rostro de Moisés, sino que era instruido a colocar un velo sobre su rostro.

Pero la única persona capaz de hablar con Dios de tú a tú, cara a cara, era Moisés. Ni siquiera los demás profetas. Dios claramente establece que Moisés no era como los demás profetas, porque con él Él hablaba de cara a cara. No necesariamente Moisés viendo la figura de Dios, porque Dios es Espíritu, pero de una manera verbal, el uno conversando con el otro. Sin embargo, ahora nosotros podemos disfrutar de una comunicación con Dios que Moisés disfrutó, pero que también otros no pudieron disfrutar. Cada persona que no ha creído en Cristo como Señor y Salvador permanece entonces en el estado en que estuvieron aquellos que tampoco conocieron al Señor, aunque conocieron la ley.

Esa es la razón por la que el apóstol Pablo nos dice en los versículos 14 al 16, que leímos en su momento: "Pero el entendimiento de ellos se endureció, porque hasta el día de hoy en la lectura del antiguo pacto el mismo velo permanece sin alzarse, pues solo en Cristo es quitado. Y hasta el día de hoy, cada vez que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones. Pero cuando alguno se vuelve al Señor, el velo es quitado."

Pablo está tratando de explicarnos que el velo de Moisés sobre su rostro puede ser comparado a un velo espiritual sobre la mente y sobre el corazón, que existe sobre aquellos que aún no han encontrado a Cristo como su Salvador. Eso es lo que impide que ellos puedan entender la revelación de Dios. Eso es lo que impide incluso que, oyendo la revelación de Dios predicada, ni siquiera el corazón le interese mucho lo predicado.

Escuche cómo Pablo explica parte de esto a los corintios en su primera carta, en el capítulo dos, versículo 14: "Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios." No las acepta, pero ¿por qué no las acepta? Porque para él son necedad y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente. Él no tiene el Espíritu; si no tiene el Espíritu, no tiene iluminación de su mente; si no tiene iluminación de su mente, no puede entender lo que llega a su mente de parte de Dios en su revelación. Y aquello que llega de parte de Dios en su revelación, como se encuentra con un corazón duro —se endureció su corazón, dice Pablo en el texto de hoy— ese corazón no es movido por la revelación de Dios.

Y por tanto, Pablo dice que hasta hoy, cuando se lee a Moisés o con cualquier otro incrédulo, aún hoy hay un velo sobre esa persona. Un velo que fue tipificado con la muerte de Cristo, cuando el velo del templo se rasgó en dos, tipificando con eso que Cristo era capaz de rasgar dicho velo y el velo de cada ser humano que no le conoce aún. Eso es, en esencia, mucho de lo que dijimos la vez anterior, con algunas cosas más aclaradas o amplificadas.

Para poder ver ahora cómo es que Pablo quiere aterrizar todo esto, esta comparación que él está haciendo del antiguo pacto con el nuevo pacto, la superioridad de uno sobre el otro, la superioridad del mediador del segundo sobre el primero, cómo él quiere aterrizar esto, que al mismo tiempo representa como el clímax de lo que él estaba explicando. Es como si la razón por la que él explicó todo eso fuera esto que vamos a mencionar ahora, y que aparece en los versículos 17 y 18, que en esencia constituyen mi mensaje para el día de hoy.

"Ahora bien, el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad. Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu."

Eso es 2 Corintios 3:17-18. Nos hablan de dos acciones del Espíritu de Dios. Una es libertad: la libertad que tenemos la tenemos por el Espíritu. Y la otra es la producción, o el Espíritu que produce, por decirlo de otra manera, transformación. Libertad y transformación: una primero, otra después, ambas producidas por el Espíritu de Dios.

Y cuando pensamos entonces en esa libertad, yo creo que siempre es bueno, y luego en la transformación, que siempre es bueno hacernos preguntas. Nosotros aprendemos a través de un proceso de, en inglés se llama "inquiry", de preguntar, de cuestionar y buscar las respuestas. Entonces podríamos preguntarnos: ¿De qué nos liberta el Señor? ¿Cómo nos liberta? Y si nos liberta, ¿realmente es que estamos o éramos esclavos previamente? Yo quisiera abordar esas preguntas primero, para luego que podamos entender mejor el proceso de transformación.

Pero para responder esas preguntas relacionadas a la libertad o la falta de libertad en el hombre, tenemos que remontarnos a la creación de Adán y Eva. Dios crea a Adán y a Eva y los crea con absoluta libertad, pero no con autonomía. Y yo creo que esas dos cosas se confunden con frecuencia. El hecho de que Adán y Eva tenían la posibilidad, tenían la habilidad, tenían el derecho de escoger entre el bien y el mal, nos dice que ciertamente Dios los creó con libertad absoluta. Su albedrío era libre, pero no autónomo. El hecho de que Dios les impuso una prohibición, les marcó un árbol, les dijo de cuál fruta ellos no podían comer, implicaba que ellos no eran seres autónomos.

Nadie en todo el universo es autónomo. Hay un solo ser con autonomía en todo el universo, y se llama Dios. Para ser autónomo usted necesita ser autoexistente y, por conclusión o por ende, autosuficiente, de tal forma que usted no necesita ni de nada ni de nadie. Y a la vez, o al mismo tiempo, usted necesita ser el estándar por medio del cual se mide todo cuanto ocurre. Ninguna criatura llena tales requisitos. Lucifer trató precisamente de ejercer autonomía y fracasó en su intento. Adán y Eva trataron de ejercer autonomía y fracasaron también en su intento.

Lamentablemente, a partir de la caída, Adán y Eva, que eran portadores de la imagen de Dios, nosotros continuamos portando dicha imagen, pero de una forma manchada, de una forma trastocada. Y de ahí en adelante, ningún ser humano, ninguna criatura humana, ha disfrutado de libertad o de libre albedrío. No porque Dios haya bajado y le haya quitado la libertad a los hombres, sino porque nuestros progenitores, al pecar, esclavizaron su voluntad al pecado, que ahora pasó a ser parte de su naturaleza caída. De manera que no es la intervención de Dios que le quita al hombre su libre albedrío; es la intervención del pecado. Es el hombre mismo que renuncia a su libertad cuando pecó, y ese hombre permanecerá esclavizado a su pecado hasta que Cristo haga algo por él.

Escuche lo que el versículo 17 dice, que ya lo leímos: "Ahora bien, el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad." Lo opuesto también es cierto: donde el Espíritu del Señor no está, no hay libertad. La pregunta que tenemos que hacernos es: ¿Qué es lo que imposibilita la libertad del hombre a partir de la caída? Una libertad de la cual él no disfruta, justamente por las consecuencias que vinieron después del pecado de Adán y Eva.

Bueno, en primer lugar, Pablo nos explica en 2 Corintios 4:4, donde llegaremos próximamente, que el entendimiento del hombre quedó entenebrecido. Si el entendimiento del hombre quedó entenebrecido, el hombre no entiende las cosas como son; no las entiende conforme a la luz de Dios, sino conforme a la oscuridad del mundo. Esa es una razón.

La segunda razón es que el hombre quedó ahora con un corazón de piedra. Lo que eso implica es que es un corazón que no late por Dios, que no siente por Dios, que no le interesan las cosas de Dios, que no lo mueve nada que tenga que ver con Dios. Cuando Dios es predicado, ese corazón no late, se paraliza. Es como si hiciera un arresto cardíaco para responder aquellas cosas que sí son de este mundo, que lo hacen latir con rapidez.

Y en tercer lugar, el apóstol Pablo nos dice algo extraordinario, y es que la voluntad del hombre, en 2 Timoteo 2:25-26, quedó esclavizada a Satanás para hacer su voluntad. Y la pregunta sería: ¿De qué forma Satanás esclaviza al hombre? Y es una forma muy sencilla, porque en cierta manera lo ha hecho de la misma manera, de la misma forma que terminó esclavizando a nuestros primeros padres. Y es que él toma una mentira, la envuelve en papel de regalo que tiene apariencia de piedad, nos la vende a un precio barato, y nosotros la compramos. Y luego que experimentamos dicho regalo piadoso, descubrimos que hemos probado un veneno.

El día que Cristo viene a nuestra vida, Él nos da libertad de todo eso. Nos liberta de la oscuridad de la mente, nos liberta de la dureza del corazón, nos liberta de la voluntad que ha estado esclavizada. Pero ese día que Cristo me liberta, en ese momento, ¿qué ocurre conmigo? Todavía existe en mí una serie de patrones de pensamientos pecaminosos, formas de reaccionar a las cosas de este mundo que son pecaminosas, formas de valorar cosas de este mundo que son también pecaminosas. Y esas cosas necesitan ser destruidas poco a poco en el proceso de santificación, a pesar de que nosotros ya hemos sido declarados libres.

Quizás algo que nos pueda ayudar a entender de qué forma nosotros, siendo libres, permanecemos todavía con ciertas ataduras y ciertas áreas de esclavitud, es esto: Estás en una celda. Cristo viene, toma la llave, abre la puerta, la abre de par en par y te dice: "Hijo, ahora que eres mi hijo, eres libre. Puedes salir, ya eres libre." Pero resulta que, como tienes tantos años en dicha celda, la celda te es conocida y lo que está afuera es completamente desconocido, y tú decides vivir dentro de la celda todavía. Y entonces poco a poco, un día sales de la celda, te da temor y vuelves para dentro.

Así hacemos nosotros en ocasiones después de ser salvos. Hay formas distintas y santas, piadosas, como yo debería hacer las cosas. Y un día yo las pruebo, y cuando las cosas no están resultando como son, yo vuelvo para atrás y hago una de las cosas viejas del pasado. Porque nosotros todavía tenemos con nosotros una cosmovisión caída del mundo, de la vida. Tenemos formas de pensamiento, patrones de conductas que necesitan ser deshechos.

Y permanecemos entonces esclavizados a temores que comenzaron en el jardín del Edén, cuando mis padres adámicos y evánicos se escondieron. Inseguridades, vergüenza, todo esto, todo eso fue experimentado en el mismo jardín del Edén. Y luego entonces las cosas se empeoraron. Quedamos con ese sentido de vergüenza, sentido de culpa muchas veces que nos esclaviza, sentido de inferioridad, nos sentimos a menos, necesidad de aprobación de parte de los hombres, miedo a ser abandonado. A pesar de que Dios me dice: "Aunque tu padre y tu madre te abandonen, que todo el mundo te abandone, yo nunca te abandonaré", a la primera experiencia de abandono estamos petrificados. Es parte de la condición caída del hombre. Experimentamos miedo de no ser amados, y vemos a otro y pensamos...

Lo aman más que a mí. Tenemos, experimentamos temores de no sentirnos realizados en la vida, y todas esas cosas nos esclavizan. Y en ocasiones, cuando el hombre descubre ciertas esclavitudes producidas por esas cosas, él decide liberarse. Pero en vez de acercarse más a Cristo, que es quien le ha dado la libertad primera, él incurre en otras áreas buscando su liberación. Pero en esas áreas en que él incurre, lo único que hace es esclavizarse más, aun siendo quitada vida, que Cristo dijo: "Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia." Cada cosa en la que nosotros incurrimos o en la que permanecemos que corresponde al hombre viejo es contrario a ese propósito declarado en la Palabra de Dios por la cual Cristo vino: "Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia." Cada área de esclavitud le quita abundancia de vida a mis hijos y es contrario al propósito de mi venida.

Pablo ahora nos está recordando que donde el Espíritu de Dios está, hay libertad. Y la libertad es esa libertad en primer lugar del pecado que nos esclavizó de la manera que explicamos. Pero hay una libertad también de las obras de la ley que no podíamos cumplir, pero que ahora, como esa ley está escrita en mi corazón, en mi interior, y a la vez en mi interior vive el Espíritu de Dios, Él pone en mí el querer y el hacer para yo querer cumplir justamente las obras de la ley. No para salvación, sino porque eso es lo que complace a Dios. Coge cada uno de los mandamientos y pregúntate si esos mandamientos, al ser llevados a cabo, no complacen a nuestro Dios. Claro, porque lo representan.

Ahora, cuando Pablo dice que donde el Espíritu de Dios está hay libertad, eso no implica que donde el Espíritu de Dios está hay libertad y nada. Eso no implica que hay falta de sumisión, que hay autonomía. No implica que hay libertad para hacer lo que creamos, sino libertad para que el pecado no impida que yo sea conformado a la imagen de Cristo. Entonces, el primer paso, la primera acción del Espíritu, es justamente libertarme. Donde el Espíritu del Señor está, hay libertad.

A partir de ahí comienza el versículo 18 del texto de hoy, porque a partir de la libertad que Cristo trae a mi vida, ahora estamos listos para ser santificados. Cristo fue a la cruz, y Cristo, cuando fue a la cruz, decía yo esta mañana, Él no fue y pagó una fianza para que me dejaran libre, como alguien que ha caído preso y para dejarlo salir hay que pagar una fianza que a veces son muy altas, otras veces no. No, Cristo no fue a la cruz y pagó una fianza. Cristo fue a la cruz; para la cruz pagó un precio para una libertad definitiva, eterna, que le costó a Él su sangre. Y cuando terminó de sangrar, cada uno de los redimidos de Dios fue hecho libre en la mente de Cristo hasta que cada uno de ellos lo encontrase en el tiempo. Y una vez libertados, el Espíritu de Dios morando en el creyente va a comenzar a hacer esto que el versículo 18 dice.

"Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu."

En ese versículo es donde Pablo nos explica cómo ocurre de manera primaria la santificación del creyente. Y para exponer esa frase larga, donde Pablo muy paulinamente tiene frases y frases y frases que nunca le pone un punto a veces, es una frase muy paulina, pero por lo menos tiene comas que nos ayudan, voy a dividirla en frases porque cada una de estas frases tiene significado, y los significados están conectados hasta que podamos llegar al final de todo ese versículo.

Frase número uno: "Pero nosotros todos." Ese "pero" establece una comparación. ¿Pero qué es lo que? ¿Pero qué, Pablo? Pero nosotros, de los que él va a hablar ahora, nosotros no somos como aquellos. Aquellos que tuvieron la ley escrita en piedras, aquellos que no tuvieron el pacto de gracia bajo el cual nosotros estamos, aquellos que no pudieron contemplar la gloria de Dios sino que Moisés tuvo que hablarles de dicha gloria como intermediario. Nosotros. Pero nosotros todos. No algunos, todos los que hemos sido hechos libertos o libres en Cristo. Recuerda que el versículo 17 habla de libertad. Nosotros todos los que hemos sido libertados tenemos una ventaja. Ellos tenían un velo sobre su entendimiento, sobre su corazón, porque el velo es quitado en Cristo, lo leímos en los versículos anteriores. Solo en Cristo, dice Pablo, es el velo quitado. Nosotros no somos así, y no la mayoría de nosotros, un grupo de nosotros: nosotros todos los que hemos sido libertados.

Entonces, ¿cómo es que somos, Pablo? Segunda frase: "Con el rostro descubierto." Así es que estamos. ¿Y qué implica esto del rostro descubierto? Porque obviamente Pablo no está hablando de que nosotros caminamos sin un velo como Moisés caminó con él, y opuesto porque el incrédulo no tiene un velo físico sobre su rostro. Entonces esto es otra cosa. Tenemos el rostro descubierto, caminamos sin velo, que es un simbolismo para ayudarnos a entender que nosotros todos los que hemos sido libertados hemos tenido ahora la mente iluminada, el corazón cambiado, la voluntad liberada, de tal forma que ahora podemos entender la revelación de Dios. Y como podemos entender la revelación de Dios y el Espíritu mora en nosotros, podemos disfrutar de su revelación y podemos responder a su revelación tratando de vivir conforme a la ley de nuestro Dios.

Entonces Pablo ahora nos dice: en la primera frase estableció un contraste, nos habla de que todos tenemos una misma experiencia, nos habla de parte de esa experiencia, y es que caminamos sin el rostro cubierto. Ahora, en Cristo, la morada del Espíritu nos empodera para nosotros poder comenzar a cumplir las obras de la ley. No las cumplimos todas, Cristo lo hizo por nosotros, ahí está nuestra satisfacción. Pero nosotros queremos complacer a nuestro Dios, y ahí encontramos nuestra libertad de patrones de pecados de la vida anterior. Entonces: frase número uno, nosotros todos; frase número dos, con rostro descubierto; frase número tres, contemplando en un espejo la gloria del Señor.

El espejo al cual Pablo alude aquí no es otra cosa que la Palabra de Dios. En la Palabra de Dios, en la revelación de Dios, nosotros contemplamos la gloria del Señor en la persona de Cristo, que representa la plenitud de la divinidad encarnada y que vino aquí y caminó entre los hombres. Nosotros tenemos en Cristo la revelación de la gloria de Dios, y eso está revelado en su Palabra. Por tanto, al estudiar la revelación de Dios acerca de la persona de Jesús, nosotros podemos entrar en los misterios de la gloria de Dios. Pastor, cuidado, si usted dice alguna herejía ahora. No, yo quiero tener el mismo cuidado. Al comenzar a estudiar la persona de Jesús, nosotros comenzamos a entrar en el entendimiento de los misterios de Dios que representan parte de esa gloria.

En la persona de Jesús, la persona de Jesús nos permite ver la misericordia de Dios, que envía a su Hijo, a su Hijo unigénito, a morir en una cruz por gente que eran sus enemigos. Eso es un misterio. ¿Cómo puede haber una misericordia tan extraordinaria e inagotable, capaz de darle muerte a su propio Hijo por enemigos? Eso es parte de la gloria de Dios.

En la persona de Jesús nosotros comenzamos a ver la gloria de la gracia de Dios, que es capaz de perdonar el peor de los pecados, al peor de los hombres, en la mayor cantidad posible que los haya podido acumular. No hay pecado ni conjunto de pecados que pueda debilitar la gracia de Dios para que ella no te pueda perdonar. Imagina la gloria de esa gracia.

En la persona de Jesús nosotros vemos la gloria de la justicia de Dios, que fue capaz de matar a su Hijo en la cruz para cumplir con los preceptos de la ley, en vez de pasar por alto su propia ley enviando a todo el mundo a salvación y dejando su justicia sin ser cumplida. La persona de Jesús clavada y con el peor trato posible nos dejó ver la gloria de la justicia de Dios.

En la persona de Jesús nosotros vemos la gloria del amor de Dios, que siendo nosotros, como dijimos, sus enemigos, Él amó tanto al mundo que nos dio a ese Hijo para que todo aquel que en Él crea no se pierda, mas tenga vida eterna.

Veo a algunos de ustedes con frío, y si alguien nos puede ayudar con eso ahora.

Toda y cada una de esas cosas mencionadas —su gracia, su misericordia, su justicia, su amor, que son algunas más— representan atributos de Dios, representan atributos que forman parte de la esencia de Dios, todos visibles en la persona de Jesús. ¿Y qué es la gloria de Dios? La gloria de Dios no es más que su propia esencia, lo que es en sí mismo, el conjunto de sus atributos cuando estos atributos son irradiados hacia afuera. Y nadie representa el conjunto de los atributos de Dios irradiados hacia afuera mejor que la persona de Jesús. Cuando Dios Padre pensó, por así decirlo, en sus atributos y los hizo irradiados hacia afuera, el fruto de eso es Jesús hecho hombre. En Él nosotros podemos contemplar la gloria de Dios, y Él está revelado en estas palabras.

De manera que, contemplando como en un espejo la gloria del Hijo de Dios, o la persona del Hijo de Dios, yo puedo ver la gloria del mismo Dios, cosa que aun profetas desearon ver, dice el autor de Hebreos, y no lograron ver. Si este es el espejo en el que yo contemplo a Jesús, y a través de la contemplación yo soy transformado, entonces yo no puedo ser santificado sin leer, estudiar, reflexionar, descubrir y escudriñar continuamente las Escrituras. Y no de manera somera, y no de manera general, porque yo tengo un llamado a manejar las Escrituras con precisión para que yo no tenga algo de que avergonzarme el día de mi muerte, que dice Pablo a Timoteo.

Aun el Antiguo Testamento hay evidencia de que es la contemplación de Dios lo que me transforma. Cuando Moisés sube al monte Sinaí, pasa ahí cuarenta días en el monte contemplando a Dios, teniendo comunión con Dios, Moisés baja, perdón, transformado de una manera que le fue incluso traumática a los israelitas contemplar el rostro de Moisés. Comunión con Dios, transformación de Moisés. Y lo puedes ver de una manera todavía más práctica cuando tú lees la historia del libro de los Hechos capítulo 4.

Y si mi memoria no me falla, tienes a un Pedro, tienes a un Juan. Esta gente está hablando con propiedad, está hablando de nuevo, está hablando de una forma poco usual. Las autoridades están sorprendidas de cómo es que hombres sin educación, gente iletrada, puede estar hablando de la manera que está hablando y con el conocimiento que está teniendo.

Y la segunda observación. Son dos observaciones. Número uno: esta gente no tenía educación, ¿y de dónde salió esto? Primera observación: hay algo extraño. Segunda observación: entonces reconocieron que habían pasado tiempo con Jesús. El tiempo pasado con el Maestro, la contemplación de Jesús, por así decirlo, mientras enseñaba; la contemplación de Jesús en la cruz; la contemplación del Jesús resucitado, ya post resurrección. Toda esa contemplación fue produciendo en ellos una transformación que dejó pasmadas a las autoridades que escuchaban cómo hablaban hombres sencillos convertidos en sabios.

Es la realidad, pastor, pero yo leo la Biblia todos los días. Yo puedo leer la Biblia todos los días y solamente pasar tiempo con la Biblia y no con Jesús. Porque cuando yo leo la Biblia para completar mi ejercicio de hoy, yo he pasado tiempo con la Biblia y no con Jesús. La diferencia pudiera estar —es una ilustración— pero con quién yo paso tiempo es cuando yo tomo la Biblia y le pongo marcadores de diferentes colores. ¿Ustedes hacen eso? Hora, ok. La diferencia es que si el tiempo es solamente pasado con la Biblia, la Biblia se queda marcada. Si el tiempo es pasado con Jesús, la Biblia me marca a mí. Y a menos que la Biblia me esté marcando, yo no estoy pasando tiempo con Jesús en la Biblia.

Cuarta frase: estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria. Permíteme leer toda esta frase por completo: "Contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu". Pablo expresa eso que está escrito en la voz pasiva. Si yo digo "yo me senté", eso es la voz activa: yo me senté. Pero si yo te digo "no, Omar me sentó", eso es la voz pasiva. Él me sentó; "yo fui sentado" sería una mejor manera de explicarlo. Si yo digo "yo fui sentado", entonces eso es algo pasivo, alguien hizo eso por mí.

Lo que está diciendo es que nosotros estamos siendo transformados. Es un tiempo verbal continuo: siendo todavía, en un tiempo continuo, transformados en la misma imagen. ¿En cuál imagen? La imagen de Cristo, la imagen que constituye el propósito número uno de mi elección. Romanos 8:28-30: aquellos que Dios de antemano conoció, a esos Dios predestinó; a los que predestinó, a esos Él llamó; a los que llamó, a esos Él glorificó. Y aquellos que glorificó, el texto dice un poco más adelante que lo hizo para conformarlos a la imagen de Su Primogénito.

La razón de mi elección está aquí expresada en el versículo 18: yo fui elegido en la eternidad pasada para que en el presente actual me vayan transformando, para que en el futuro yo pueda disfrutar de la imagen para la cual yo fui destinado en la eternidad pasada. ¿Te imaginas la mente de nuestro Dios? En el interín, yo necesito contemplar en un espejo la gloria del Señor, de manera que mi transformación, mi santificación, requiere exposición a las Escrituras, y la exposición a las Escrituras requiere aplicación de las Escrituras.

En la medida que uno envejece, una de las cosas por la que doy gracias a Dios es que no solamente se nos agregan arrugas y canas, sino que nos llega nuevo entendimiento a través de tu propia experiencia. Y hoy más que nunca yo estoy convencido de que ninguno de nosotros es transformado si realmente no aplica lo que dice conocer. Yo no conozco hasta que yo no aplico.

Yo ilustraba eso de esta manera, se puede ilustrar de múltiples maneras: tú puedes recibir clases de cómo tirarte en paracaídas, pero nunca te has tirado. No me digas que tú sabes cómo tirarte en paracaídas porque tú nunca te has tirado. Y qué si te tiras y halas lo que no debes halar, o qué si te tiras y halaste lo que debías halar y el paracaídas no abrió, y se supone que tú tienes que hacer otra cosa, pero tú no sabías hacerlo, o como era tu primera experiencia no supiste hacerlo. Pues no sabías cómo lanzarte en paracaídas. Y cuando yo te pregunte después de la primera tirada si tú sabes cómo lanzarte, mejor dime: "Yo me he lanzado una vez, pero no me digas si yo sé cómo lanzarme".

Nosotros en medicina a veces, relajados, bromeamos, y hay casos extraños y raros que aparecen uno en miles y miles de pacientes, y tú has visto quizás uno de esos casos. Y alguien te pregunta y tú dices para comenzar la broma: "Bueno, en mi experiencia de un caso..." Realmente no conoces la enfermedad cuando ves un caso. Alguien no aprende a hacer una cirugía de apéndice porque haya visto cien cirugías de apéndice. Para él aprender a sacar un apéndice, él tiene que hacer una. Y cuando él termine de hacer esa, él todavía no sabe mucho de cirugía de apéndice, porque los apéndices se presentan de diferente manera, diferente forma, diferente tamaño, diferentes colores, diferentes posiciones. Pues de esa misma manera, hasta que yo no tomo la verdad bíblica y la aplico a mi vida en diferentes circunstancias de mi vida, yo todavía no conozco bien lo que yo he leído. Y después que haya hecho todo eso, Pablo nos dice y nos descorazona y nos dice: "Pero ahora tú conoces en parte nada más". De manera que, como yo leía esta semana, la verdadera humildad consiste en reconocer que muchas de las cosas que creemos conocer están distorsionadas o erradas. La eternidad nos dirá eso.

Santiago afirma lo que yo acabo de decir en sus propias palabras: "Sed hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos". Para Santiago, el que oye la palabra y no la aplica está autoengañado; no conoce la palabra. "Porque si alguno es oidor" —fíjate que la oye o la leyó— "o sea, si alguno es oidor de la palabra y no hacedor, es semejante a un hombre que mira su rostro natural en un espejo; pues después de mirarse a sí mismo e irse, inmediatamente se olvida de qué clase de persona es. Pero el que mira atentamente la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, no habiéndose vuelto un oidor olvidadizo sino un hacedor eficaz, este será bienaventurado en lo que hace".

Aquel que mira este espejo, ve cómo es, y luego de ver lo que ese espejo muestra, no sigue las instrucciones que Él dio en dicho espejo. Dice Santiago: él se ha autoengañado. Y él ha visto la ley de la libertad, la ley que lo puede librar de sus formas pecaminosas de ser, y habiéndose vuelto un oidor olvidadizo, no es como aquel que es un hacedor eficaz. Este, el hacedor eficaz, es bienaventurado. Makarios es la palabra: bienaventurado, feliz, contento, bendecido, cualquiera de ellas. ¿Quién es el bendecido? ¿Quién es el bienaventurado? ¿Quién es el contento? ¿Quién es el gozoso? El hacedor eficaz. Para Santiago, la felicidad no radica en oír, sino en la aplicación. Y para Santiago, el espejo es lo mismo: es la Palabra de Dios que debe producir en nosotros el cambio. Y ese es el verdadero seudoríficas que es verdaderamente bienaventurado.

Santiago nos advierte de un peligro. Yo quiero advertirnos de un segundo peligro. Santiago nos advierte del peligro de ser un oidor, un oidor sin aplicar. Yo quiero advertirnos de un segundo peligro. Sería el ser un teórico sin la práctica. Yo quiero advertirnos: un segundo peligro es ser un práctico sin la teoría.

Como aparece muchas veces, nosotros comentábamos también bromeando que tenemos mecánicos que aprendieron donde... bueno, un mecánico de patio, pero no ha leído nunca manual de instrucción, y por tanto en sus prácticas hace muchas prácticas que no deben ser porque no leyó las instrucciones. Si nosotros nos volvemos un práctico sin conocer minuciosamente la teoría, nosotros vamos a practicar muchas cosas erradamente también.

Ahora, la transformación de que Pablo nos está hablando en este texto no ocurre en un abrir y cerrar de ojos, como sí ocurre la salvación. Esa transformación va moviéndose de un grado de gloria a otro grado de gloria, de un grado de santificación a otro grado de santificación. Cuando Adán y Eva pecaron, ellos eran portadores de la imagen de Dios y había gloria en esa imagen, pero la imagen fue manchada. Y ahora Cristo viene a libertarnos y, a partir de la libertad, a renovar la gloria de la imagen que fue manchada en el Edén. Y en ese proceso estamos moviéndonos de gloria en gloria, pero de este lado de la gloria nosotros no vamos a ver lo que es la gloria completa de la imagen de Dios de la cual Adán y Eva eran portadores. Pero Cristo está en ese proceso de llevarnos hasta el punto de experimentar un grado de gloria que nos haga como Él.

Escucha cómo Juan lo dice en su primera carta, 3:2: "Amados, ahora, ahora de este lado, somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser". De manera que tú miras a la persona más santificada sobre la faz de la tierra: él no refleja lo que habremos de ser. "Pero sabemos que cuando Él se manifieste" —en la parusía, como dicen en el original, en la llegada de Cristo, Su venida— "seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es".

¿Te imaginas que llegará un tiempo donde Dios te habrá transformado hasta tal grado que te vas a parar al lado de Cristo y vas a decir: "¡Wow, pero cuánto nos parecemos!"? El texto dice que seremos como Él es. ¿Te imaginas ese momento en la historia de tu vida? No seremos Dios, porque seremos criaturas eternamente, pero la Palabra nos dice: recuerda que Dios te hizo a Su imagen; Adán manchó la imagen; el segundo Adán está puliendo la imagen, glorificando la imagen. Él te va a llevar a ser como Él es.

¿Y cómo se hace eso, pastor? Como dice Pablo: uno va siendo llevado de un grado de gloria a otro grado de gloria. ¿Y cómo se llama eso? Santificación. ¿Y cómo se llama cuando ya me cambien por completo? Glorificación. ¡Wow!

¿Tú sabes cómo Cristo enseñó que eso ocurre? ¿Sabes cómo Cristo pidió al Padre que lo hiciera? Ahora, antes de Su crucifixión: "Padre, santifícalos en Tu verdad; Tu palabra es verdad". Nosotros podemos leer mucha literatura cristiana, lo que yo hago prácticamente todos los días. Podemos leer muchos libros cristianos, lo cual yo hago. Muchos blogs que...

Yo hago muchos artículos, yo también hago, pero al final de la historia, al final del día, solamente es la Palabra de Dios la que tiene el poder de la transformación. Es la única cosa que puede cambiar al hombre. Podemos consumir mucha literatura cristiana, sobre todo ahora que está sobre todo en las redes sociales, y no puedo decir que no lo hago, lo hago, claro que sí, pero tienes que reconocer que el poder lo tiene la Palabra de Dios.

Cristo no ahora dice: "Señor, santifícalo con la literatura cristiana, la literatura cristiana es tu palabra, tu palabra es verdad." Eso no es lo que dice. Dice: "Señor, santifícalo en tu verdad, tu palabra es verdad." La persona que transforma entonces es el Espíritu de Dios. Contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu. Ahí está: "como por el Señor, el Espíritu", equiparando el Espíritu con Dios, como lo hace el texto de Hechos 5 cuando habla de Ananías y Safira, que le mintieron no a los hombres sino a Dios, pero le habían mentido al Espíritu Santo en la narración, y equiparan al Espíritu Santo con Dios. Entonces Dios hace la transformación, pero la hace por medio del Espíritu.

Ahora, finalmente, para llevar esto a una conclusión: Dios es quien hace la obra, pero yo no quisiera que salgamos de aquí pensando que nuestro rol en la santificación es completamente pasivo, porque estaríamos desmintiendo la misma revelación bíblica. Dios no nos necesita, pero Dios diseña cosas de una manera que a veces no entendemos. En este caso diseñó la santificación para que tú y yo participemos, y lo vemos de diferente manera.

Santiago nos hace una invitación, un llamado de atención, y nos dice: tú necesitas ser un hacedor de la Palabra. Tú puedes permanecer pasivo como oidor, o tú puedes participar activamente como hacedor. La bendición está en el hacer. Pablo nos llama en Romanos 12 y nos dice que nosotros no debiéramos transformarnos, no debiéramos adaptarnos. Yo, Miguel Núñez, no debo adaptarme a los patrones de este mundo. Ahí está mi participación. Y me dice que yo debo hacer algo más, y es que yo debo presentarme ante Dios como sacrificio vivo, santo y agradable a mi Dios. Yo necesito hacer eso. Cada imperativo de la Palabra es una invitación de la Palabra a que participes en tu proceso de santificación. Eso es como Dios lo ha diseñado.

¿Y dónde se lleva a cabo eso, pastor? Ya usted nos dijo que por el Espíritu, nos dijo que es poco a poco, de gloria en gloria, hasta alcanzar el máximo grado de gloria en la presencia de Dios. ¿Y dónde? En el vientre, por ejemplo, de donde el niño crece desde un óvulo y un espermatozoide hasta que viene en nueve meses completamente desarrollado. Esto de gloria en gloria, ¿a dónde se está dando? Bueno, se da de este lado de la eternidad, en este mundo caído de dolor, de sufrimiento y de insatisfacción. Y no se puede dar en algún otro sitio. ¿Y por qué no se puede dar en algún otro sitio? Porque en el diseño de Dios así es, así es que Dios lo ha planificado.

Escucha a Pablo hablando en Romanos 5. Y Pablo fue apóstol, él lo vio de manera que yo le creo, y fue inspirado por Dios. Versículos 3 y 4: "Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones." Pablo, ¿y de dónde sale ese gozo de la tribulación? "Sabiendo que la tribulación produce paciencia, y la paciencia, carácter probado." Ese carácter probado está directamente relacionado con la imagen de Cristo. ¿Y cómo se produce ese carácter probado? En la tribulación. O sea, pastor, ¿que para yo ser santificado yo tengo que pasar por tribulación? No lo digo yo, lo dice la Palabra. Hechos 14, si mi memoria no me falla, versículo 22: a través de múltiples tribulaciones entraremos al reino de los cielos.

Bueno, pero ¿por qué Dios no lo hace de otra manera? Porque la tribulación va perfeccionando el carácter, nos va pasando de gloria en gloria. ¿La quieres, la tribulación? No la quieres. ¿Quieres la gloria? Sí quieres la gloria. Si no quieres la gloria, te evitamos la tribulación. Pero como todo el mundo quiere la gloria, no te podemos evitar la tribulación. Pastor, ¿pero yo no tendría otra forma de hacerlo?

Escucha: si tú supieras todo lo que Dios sabe, tú hubieses diseñado tu propia vida tal cual es ahora mismo. Piensa en la tribulación por la cual estás pasando. Si tú supieras todo lo que Dios sabe, y tuvieras todo el poder que Dios tiene, y tuvieras toda la bondad que Dios tiene, y amaras como Dios ama, tú diseñarías tu vida de la misma forma. Si piensas que no, tienes una distorsión de nuestro Dios con relación a lo que Él es y lo que Él es para con sus hijos. Porque como bien dijo Spurgeon, lo hemos citado, que si hubiera un mejor camino —lo estoy parafraseando ahora— de llevar a donde tú estás a donde tú tienes que ir, el amor divino de Dios te hubiese colocado en ese otro camino y no en el que estás.

Es de esa manera como Dios nos lleva de gloria en gloria. Pero cuando nos lleva de gloria en gloria a través de las tribulaciones, el que controla la tribulación una vez más tiene los ojos sobre sus hijos, conociendo su fragilidad, conociendo hasta dónde pueden soportar, y tiene la mano en el termostato, como se ha dicho, regulando el calor de la tribulación, garantizando que el calor produzca el grado de gloria que esta tribulación está supuesta a producir en su carácter, pero garantizando al mismo tiempo que en la prueba su hijo no se derrita y perezca.

¿Entiendes parte de la gloria de la gracia y la misericordia del ser de nuestro Dios? ¿Entiendes ahora por qué en Cristo, en contemplar su vida, su muerte, su resurrección, tú verdaderamente puedes contemplar con el rostro descubierto la gloria de nuestro Dios, cosas que antaño no pudieron hacer? ¿Entiendes el privilegio que tienes de tener a Dios morando en ti? ¿Entiendes el privilegio que es tener la ley de Dios escrita en tu corazón? ¿Entiendes el privilegio que es que la transformación de tu vida no depende de ti, no depende del pastor, no depende del vecino, depende de Dios de forma primaria, que Él te transforma a la imagen de su Hijo en la medida que te lleva de esta tierra a su presencia? Imagina el gozo, la felicidad, la bendición que cada uno de nosotros debería experimentar en pensar solamente en eso.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.