Integridad y Sabiduria
Sermones

Unidad en la diversidad

Héctor Salcedo 11 mayo, 2014

La tendencia humana a la división se ilustra con la historia de un náufrago cristiano que, estando solo en una isla, construyó tres chozas: su casa, la iglesia a la que asistía y la iglesia que había abandonado por asuntos de conciencia. Aunque ficticia, esta imagen refleja una realidad dolorosa: incluso siendo una congregación de un solo miembro, encontró razones para dividirse de sí mismo. Esta inclinación natural al conflicto y la separación atraviesa siglos de historia cristiana y se intensifica cuando las iglesias crecen y la diversidad de trasfondos aumenta.

Hechos 15 presenta el primer gran conflicto de la iglesia primitiva: judíos creyentes exigían que los gentiles convertidos se circuncidaran y guardaran la ley de Moisés. La tensión era real, pero en lugar de dividirse, hicieron algo extraordinario: viajaron a Jerusalén para conversar con los apóstoles y ancianos. Hubo mucho debate, pero también disposición para escuchar. Pedro recordó cómo Dios había dado su Espíritu Santo a los gentiles sin distinción, y Jacobo confirmó que esto concordaba con las palabras de los profetas. El criterio no fue el parecer de unos u otros, sino lo que Dios estaba haciendo y lo que su Palabra decía.

La conclusión del concilio revela sabiduría práctica: en lo esencial —la salvación por gracia mediante la fe— no hubo negociación. Pero en lo secundario, ambos grupos cedieron por amor mutuo. Los judíos aceptaron no imponer la circuncisión; los gentiles acordaron abstenerse de ciertas prácticas por consideración a sus hermanos. Preservar la unidad del Espíritu requiere esfuerzo, humildad para escuchar, atención a la obra de Dios, y disposición a ceder en aquello que puede cederse.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Las herramientas para vivir en su llamado. En una ocasión, y esto es una historia ficticia, una persona quedó varada en una isla. Era una persona cristiana que, por algunas razones de viaje, naufragó y quedó varada en esa isla, y duró varios años ahí viviendo solo, aislado del resto de la humanidad. Varios años más adelante, este individuo fue descubierto por unos rescatistas, y cuando estos llegaron, estuvieron indagando cómo él pudo sobrevivir a las condiciones adversas del tiempo y a las condiciones adversas de la isla en la que él se encontraba.

Él comenzó a explicarles las cosas que había desarrollado, las habilidades que había adquirido, pero curiosamente ellos observaron que él había construido tres chozas, y no pudieron evitar preguntarle las razones de las tres chozas. Él, con mucho gusto, dijo: "Bueno, esta que está a mi derecha es mi casa, ahí es donde yo vivo. Fue la primera que hice porque obviamente necesitaba guarecerme del viento y de la lluvia." Le preguntaron: "¿Y esta que está al centro?" Él les dijo: "Bueno, esa es la iglesia a la que yo asisto, la iglesia en la que yo me congrego." Entonces él lo dejó ahí, y ellos se dieron cuenta de que él no se había referido a la tercera choza, así que le dijeron: "Pero, ¿y la tercera choza?" Y él, como con un poco de reserva, dijo: "Bueno, esa era la iglesia donde yo iba, pero yo he dejado de ir por asuntos de conciencia."

La historia, aunque ficticia, ilustra una tendencia humana, incluso dentro de los cristianos, a dividirse con mucha facilidad y por cualquier cosa. En este caso de la ilustración, era tanta la tendencia a la división que él mismo se dividió a sí mismo, siendo una iglesia de un solo miembro y de un solo predicador. Él no estuvo de acuerdo con la forma como la iglesia se estaba llevando a cabo, y entonces decidió plantar otra ahí y dejó la primera.

Muchos de nosotros, el pueblo cristiano, hemos sufrido por siglos de divisiones constantes, de tensiones constantes, de conflictos constantes, y muchos de los que nos observan nos preguntan: ¿Qué es lo que pasa con el pueblo cristiano? ¿Por qué hay tanta división? ¿Por qué hay tantas diferencias? ¿Por qué hay tantas denominaciones? Ciertamente hay muchas divisiones y denominaciones, aunque no todas las denominaciones distintas implican que pensamos totalmente diferente, o sea, que no todo lo que se ve dividido está realmente dividido. Pero ciertamente sí hay mucha división dentro de nosotros.

Tenemos una tendencia natural a que cuando otro no piensa como yo pienso, yo me distancio, yo me resisto a tener una comunidad cercana con esa persona, con esa congregación. Incluso puede ser mi propia congregación, y dentro de mi congregación yo he decidido no compartir o no invertirme completamente porque no estoy del todo de acuerdo con ciertas cosas. Quiero aclarar desde el principio que este mensaje aboga y propone que debemos estar unidos a pesar de la diversidad que hay entre nosotros, pero que esa unidad debe darse en las cosas esenciales y básicas que no son negociables.

El corazón de nuestra fe está claro en la Palabra, muy claro. Seguimos a Jesucristo como único Redentor, como único Mediador de nosotros hacia Dios Padre, el único Creador que existe, que mandó a su Hijo a morir por nosotros, y su Palabra nos ha revelado eso claramente. Pero fuera de ahí, y hay muchas otras cosas fundamentales, fuera de esas esenciales hay muchas otras cosas que no deberían ser motivos de división, motivos de fractura ni motivos de conflicto entre nosotros.

Como les decía, esta ilustración presenta de manera muy sencilla algo que es una realidad entre nosotros: esa realidad de dividirnos, de alejarnos y de tener conflictos entre nosotros es mucho más común en iglesias como la IBI, que es una iglesia que ha estado creciendo por la gracia de Dios, y donde muchos venimos de trasfondos distintos y tenemos entendimientos distintos y comprensiones distintas de un sinnúmero de cosas.

El apóstol Pablo, en Efesios —este no es el texto que vamos a analizar hoy, pero solamente como referencia—, hablando a los efesios, en el capítulo 4 dice lo siguiente, versículo 1: "Yo pues, prisionero del Señor, os ruego que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos unos a otros en amor, esforzándoos por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz."

Me interesa resaltar de ese pasaje el llamado que Pablo hace, el mandato que Pablo le da a los efesios: hacer un esfuerzo por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Fíjense, primero, que es un esfuerzo que hay que hacer. No es algo que viene de manera automática y natural en las iglesias; todo lo contrario, lo que viene de manera natural y automática en las iglesias es la tendencia a aislarnos y a distanciarnos. Pero hay algo por lo que hay que trabajar, para que sea posible que, a pesar de esta tentación a la división y a la diferencia, nosotros podamos unirnos en un mismo sentir.

Segundo, Pablo dice claramente que hay que preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Es decir, que mi esfuerzo debe ser por preservar algo que ya el Espíritu ha puesto entre nosotros. De manera espiritual, al recibir a Cristo en nuestros corazones, al ser hijos de Dios y tener en nosotros el Espíritu Santo, hay un vínculo común entre nosotros, algo muy fuerte que nos vincula y que está ahí presente. Por lo tanto, mi esfuerzo debe ser por preservar algo que ya el Espíritu ha hecho. El Espíritu ha puesto entre nosotros un deseo de estar juntos, un deseo de caminar juntos, pero nuestras tendencias pecaminosas todavía nos siguen dividiendo.

Entonces, este esfuerzo por preservar la unidad debe ser algo diligente, debe ser algo que lo procuremos cada día, que lo procuremos como cuerpo, como iglesia. De tal forma que podamos reflejar la unidad por la que Cristo oró en Juan 17: que seamos uno, como Cristo y el Padre son uno.

Hechos 15, que vamos a estudiar en el día de hoy, nos enseña, nos instruye en cómo una iglesia puede, a pesar de las diferencias, estar unida. ¿Cómo podemos preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz? ¿De qué forma podemos hacer eso? Y aunque aquí no están todas las instrucciones que podemos traer para un tema como este, por lo menos hay cuatro condiciones que una iglesia debe observar para poder preservar la unidad en el vínculo de la paz.

Quisiera que fuéramos a Hechos 15 y leyéramos los primeros 11 versículos como contexto. Hechos 15 se escribe después del primer viaje misionero de Pablo. Para ese momento, la iglesia ya había sido testigo de muchas conversiones en el mundo gentil, es decir, entre todos aquellos que no son judíos. Pablo ya había andado por Asia Menor, por muchas comunidades, países y naciones que eran parte del Imperio Romano. Había muchos paganos, muchos romanos, muchos gentiles que estaban viniendo a la fe en Jesucristo.

Pero, ¿qué pasa? Los primeros que vienen a la fe en Jesucristo son los judíos. Y cuando los judíos ven a esta gente viniendo a la fe en Jesucristo, se preocupan y comienzan a ponerles condiciones, comienzan a ponerles dificultades, porque, ¿cómo va a ser que esta gente venga, con ese trasfondo, y no haga esto o no haga aquello? Por lo tanto, lo que vemos aquí en Hechos 15 es que, producto del crecimiento, comenzó a haber una diversidad en la iglesia que trajo la división y trajo la tensión. Y eso es obviamente común cuando crecemos, porque mientras más crecemos, más diversidad de trasfondos habrá entre nosotros.

Leamos entonces los primeros 11 versículos de Hechos 15, y luego saquemos algunas enseñanzas de lo que este pasaje nos trae. Dice:

"Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: 'Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos.' Como Pablo y Bernabé tuvieran gran disensión y debate con ellos, los hermanos determinaron que Pablo y Bernabé y algunos otros de ellos subieran a Jerusalén, a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión. Así que siendo enviados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria, relatando detalladamente la conversión de los gentiles, y causaban gran gozo a todos los hermanos. Cuando llegaron a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia, los apóstoles y los ancianos, y se informaron de todo lo que Dios había hecho con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos que habían creído se levantaron diciendo: 'Es necesario circuncidarlos y mandarles que guarden la ley de Moisés.' Entonces los apóstoles y los ancianos se reunieron para considerar este asunto. Y después de mucho debate, Pedro se levantó y les dijo: 'Hermanos, vosotros sabéis que en los primeros días Dios escogió de entre vosotros que por mi boca los gentiles oyeran la palabra del Evangelio y creyeran. Y Dios, que conoce el corazón, les dio testimonio dándoles el Espíritu Santo, así como también nos lo dio a nosotros. Y ninguna distinción hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones. Ahora pues, ¿por qué tentáis a Dios poniendo sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Creemos más bien que somos salvos por la gracia del Señor Jesús, de la misma manera que ellos también lo son.'"

Estos primeros versículos nos describen la discusión, el debate y el conflicto que se presentó cuando los gentiles comenzaron a venir a Cristo, cuando comenzaron a creer en el Evangelio. Se nos dice que judíos creyentes comenzaron a poner objeciones a que esta gente entrara y a que se le considerara salva, aun sin haber obedecido la ley de Moisés ni siquiera haberse circuncidado, que era el principio de iniciación al cumplimiento de la ley de Moisés.

Eso es lo que vemos en este texto, eso es lo que vemos lo que está pasando en este capítulo. Como les decía, mi deseo es sacar lecciones de cómo podemos nosotros en la diversidad preservar la unidad. La primera lección que es clara, que es evidente en este pasaje, es que para conservar la unidad en la diversidad yo necesito aceptar y valorar —incluso aceptar y valorar— que va a haber diferencias en el cuerpo de Cristo, producto de múltiples factores. Va a haber diferencias, va a haber gente que no piensa como yo pienso, van a haber cosas en las que no estamos de acuerdo.

Como dije al principio, hay cosas en las que tenemos necesariamente que estar de acuerdo como mínimo. Pero hay otras cosas en las que no vamos a estar de acuerdo, y yo tengo que entender eso y aceptarlo. Muchos de nosotros, cuando vemos una diferencia, aun sea menor, lo vemos como un gran problema, lo vemos como que no podemos ni siquiera compartir con ese hermano, producto de esa diferencia de opinión: porque yo no veo eso así, yo no lo entiendo así, yo no hago eso, ellos deberían hacer otra cosa. El asunto es que cuando la diferencia se nos presenta, tendemos inmediatamente a rechazarla y a dividirnos.

Si nosotros vamos a crecer de manera sana, tenemos que entender que en un grupo como este, aquí cada cabeza es un mundo, y usted va a ver cosas en mi vida y yo voy a ver cosas en su vida que, cuando no son de orden pecaminoso —no estoy hablando de cosas pecaminosas que son claras en la Palabra, ni de doctrinas cardinales que están claras en la Palabra—, son pareceres, preferencias, inclinaciones, maneras de entender las cosas distintas, y producto de eso, muchos de nosotros decidimos dividirnos o no tener comunión con esa persona. Tenemos que entender que la diversidad va a estar presente en la iglesia de Cristo, y si queremos permanecer unidos tenemos que aceptar la diversidad.

En este caso, lo grande de la iglesia de Jerusalén y de la iglesia de Antioquía —que es donde se presenta el conflicto— lo grande la hizo difícil, lo grande trajo la controversia. La iglesia creció, gente de otro trasfondo entró, y ahora tenemos problemas y discusiones. Yo me pregunto aquí en este grupo cuántos trasfondos no hay representados: trasfondos religiosos, gente que viene de diferentes iglesias, con diferentes doctrinas, con diferentes modos de ver muchísimas de las cosas importantes del cristianismo. Pero además de eso, venimos de regiones del país, de países diferentes, venimos de familias diferentes. Cada uno tiene una configuración mental y de entender la vida, y si no estamos dispuestos a convivir en medio de la diferencia, vamos a tener muchos problemas y mucha división.

¿Qué fue lo que pasó específicamente entre los judíos y los gentiles? Bueno, los judíos entendían que los gentiles debían obedecer la ley de Moisés, circuncidarse y obedecer todos los mandatos de la ley. Ellos tenían miles de años obedeciendo la ley. A los gentiles no les parecía, porque se les había predicado el Evangelio de Jesucristo, el Evangelio de la gracia, de que somos salvos por fe. Entonces, ¿qué produjo esto? Un conflicto. Un conflicto a tal punto que ni los judíos estaban dispuestos a ceder, ni los gentiles estaban dispuestos a ceder, y tuvieron que ir a hablar con los apóstoles en Jerusalén para ver cómo se resolvía este asunto.

Lo primero que yo quiero resaltar y que entendamos es que la unidad en la diversidad requiere que nosotros entendamos y aceptemos que va a haber gente que piensa diferente a nosotros en muchos aspectos, de muchas formas distintas, y que tenemos que estar de acuerdo en lo básico, pero después de ahí, muchas de las demás cosas tienen que ser aceptadas e incluso valoradas, porque la diversidad trae muchas veces riqueza al cuerpo de Cristo.

Primera enseñanza. La segunda enseñanza que vemos en estos textos es que la unidad en la diversidad implica, requiere, que estemos dispuestos a conversar nuestras diferencias. Miren lo que pasó en el versículo 2: dice que como Pablo y Bernabé tuvieran gran disensión y debate con ellos, los hermanos determinaron que Pablo y Bernabé y algunos otros subieran a Jerusalén a los apóstoles y a los ancianos a tratar esta cuestión. Miren también el versículo 6: "Entonces los apóstoles y los ancianos se reunieron para considerar este asunto." Y luego el versículo 7 nos dice: "Y después de mucho debate…" O sea, el punto: la diferencia y el conflicto no los dividió automáticamente, sino que lo que produjo en ellos fue: vamos a conversar, vamos a hablar, vamos a llevar esto a los líderes para que nos digan si estamos mal, si estamos bien, dónde debemos corregir. Ellos no quisieron dividirse desde el principio, sino que sugirieron hablar y conversar.

Este no es un viaje sencillo, ir a Jerusalén desde Antioquía no es un viaje sencillo. O sea, aquellos están verdaderamente haciendo un esfuerzo por mantener el vínculo, la unidad. Como decía Pablo en Efesios 4, de mantener la unidad de la iglesia: vamos a esforzarnos por mantenerla, a donde tengamos que ir a conversar esto iremos, vamos a hablar, vamos a llevar el asunto a los apóstoles, vamos a entender nuestras posiciones, a presentar nuestros argumentos y a entender lo que el otro tiene que decir. Y definitivamente, como vamos a ver más adelante, esto produjo sus beneficios y sus bendiciones.

Una de las grandes dificultades que nosotros tenemos para conversar nuestras diferencias es que no sabemos escuchar. A veces no estamos tan abiertos a considerar que quizás el otro tiene razón, quizás yo estoy equivocado, y a veces ya me he dado cuenta de que estoy equivocado, pero aun así no cedo de mi posición, porque hay un asunto de orgullo personal ya involucrado. Una de las dificultades mayores que tenemos para conversar nuestras diferencias es esa: escuchar al otro y escuchar lo que él tiene que decir. Esto no es aplicable solamente a la iglesia, es aplicable a todas las relaciones humanas. Pero qué difícil se nos hace escuchar lo que el otro tiene que decir. A veces el otro me está argumentando, y ya yo estoy pensando en cómo le voy a rebatir lo que está diciendo, armando mi argumento, sin seguir su lógica, sin prestarle la atención debida, y entonces nunca entiendo su punto.

Es increíble que cuando uno analiza el libro de Proverbios —saben que es un libro de consejos, es un libro de consejería prácticamente, de cómo vivir la vida, de cómo ser sabio—, el consejo más frecuente, si usted lo lee de principio a fin, de Proverbios 1 a Proverbios 31, es el que más se menciona y se repite: déjate enseñar, escucha, acepta la corrección, no te apoyes en tu propia prudencia. ¿Quién no conoce Proverbios 3:5? Que dice: "Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia." No creas que te las sabes todas, porque no te las sabes todas. Hay errores, tú eres falible, yo soy falible, yo me equivoco, yo veo las cosas distorsionadas por mi trasfondo, por mi formación.

Entonces lo mejor que podemos hacer, lo más apropiado cuando hay una diferencia de opinión, es: déjame escuchar bien qué es lo que tiene que decir. Hermano, muchas veces con frecuencia nos oponemos a alguien o a algo sin conocer profundamente lo que esa posición implica, lo que ese parecer implica, pero yo me opongo porque yo tengo uno diferente, sin conocer profundamente lo otro, sin dejarme enseñar, sin escuchar, sin atender. Y esto es, como les dije, el consejo que más se menciona en el libro de Proverbios: déjate enseñar, escucha, sé apto a la corrección. De hecho, si vemos que el libro de Proverbios es un libro para alcanzar sabiduría —que lo es, es un libro para hacer sabio—, lo que estoy diciendo es que una de las condiciones para ser sabio es aceptar la corrección, y muchas veces aceptar que estoy equivocado, escuchar al otro, escuchar su parecer, su punto de vista.

Eso lo vemos muy presente en este texto de Hechos 15: ellos quieren debatir, quieren hablar, quieren llegar a un entendimiento, a un acuerdo. En una ocasión —y esto es una historia real, no es ficticia como la del principio— un periodista va a un hospital psiquiátrico, a un manicomio, a ver cómo se estaba manejando, ver qué sucedía ahí, qué ocurría. Este entra en la zona y está escuchando a algunos de los guardias. En un momento dado, mientras los internos están almorzando y haciendo ciertas cosas, el periodista se sorprende de que, habiendo más de ciento cincuenta internos, solo hay tres guardias de seguridad para cuidarlos. Le llama la atención y le pregunta a uno de los guardias: "¿A ustedes no les da temor que en algún momento esta gente se amotine, se una y los ataque, los agreda?" Es una preocupación válida, yo lo habría preguntado lo mismo, honestamente. Pero la respuesta del guardia fue rápida y natural: "No", le dijo, "los locos nunca se ponen de acuerdo."

Y wow, fíjense que esto es real, esto es real. La capacidad para ponerme de acuerdo es parte de ser una persona funcional. El que tiene problemas mentales no es capaz de llegar a acuerdos, de acordar cosas, de decidir conjuntamente. Entonces, cuando nosotros como cristianos nos encerramos en nuestras posiciones y en nuestras maneras de ver las cosas, y no damos ni siquiera la más mínima posibilidad de consideración a mi posición, me estoy comportando —no voy a decir como un loco, no lo voy a decir— disfuncionalmente. Hay algo de demencia en la desunión. ¡Qué cosa! Hay algo de demencia en esa incapacidad.

Vamos a hablar de la segunda enseñanza que nosotros vemos en este texto. Primero, yo tengo que entender que la iglesia de Dios es diversa y va a haber gente que piensa diferente a mí, por lo tanto yo tengo que desarrollar esa capacidad de poder conversar, hablar, discutir y ver los distintos puntos de vista que hay.

Lo tercero que vemos en este texto es que la unidad en la diversidad va a requerir que yo ponga mucha atención a lo que Dios está haciendo y a lo que Dios dice. Lo que debe resolver la controversia no es mi parecer, es el parecer de Dios. Lo que debe resolver la diferencia y la controversia no es mi opinión, es la opinión de Dios y la voluntad de Dios.

Miren lo que ocurre en el versículo 7. Dice que después de mucho debate —ellos estaban hablando, discutiendo y conversando, había una discusión acalorada, pongámoslo así en este momento— ¿qué sucede después? Pedro se levantó y les dijo. Miren con qué viene Pedro, ¿qué es lo que Pedro les plantea a esta gente?

"Hermanos, vosotros sabéis que en los primeros días Dios escogió entre vosotros que por mi boca los gentiles oyeran la palabra del Evangelio y creyeran. Y Dios, que conoce el corazón, les dio testimonio dándoles el Espíritu Santo, así como también nos lo dio a nosotros, y ninguna distinción hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones. Ahora pues, ¿por qué tentáis a Dios poniendo sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar?"

En otras palabras: señores, pongamos atención a lo que Dios está haciendo. Es verdad que quizá no estamos de acuerdo con algunas cosas, pero veamos si Dios está trabajando. Ahí hay evidencias de la obra de Dios en las vidas de estos hermanos. No es importante lo que a mí me parece, es el parecer de Dios.

Fíjense que Pedro no enfrenta la primera controversia con relación a esto. Ya en Hechos 10 Pedro había ido a la casa de Cornelio, un romano, un gentil, había entrado en su casa, había compartido con ellos, y se nos dice en Hechos 10 que Cornelio y toda su familia confió en el Señor Jesucristo, puso su fe en Cristo y todos fueron convertidos en esa casa. Pero cuando Pedro vuelve a Jerusalén, le dicen: "Pedro, supimos que tú estabas en casa de un gentil comiendo, compartiendo con ellos. Eso lo prohíbe nuestra ley." Era gente que todavía eran cristianos, pero que pensaban que la ley de Dios, la ley de Moisés, debía ser cumplida y todavía observada en su cabalidad.

En esa situación Pedro les relata: "No, escuchen, yo tampoco entendía esto. Yo tuve una revelación, fue Dios quien me llevó a ese lugar. Yo vi lo que Dios está haciendo en ellos. Dios les dio Su Espíritu Santo, muchos de ellos tuvieron manifestaciones espirituales, yo soy testigo igual que ustedes. Dios está haciendo algo en ellos que nosotros no entendemos bien, pero lo está haciendo." Ese fue el testimonio de Pedro en Hechos 10 y 11.

Y miren qué es lo que pasa en Hechos 11:18. Ya al final de esa conversación dice: "Y al oír esto, se calmaron y glorificaron a Dios, diciendo: '¡Así que también a los gentiles ha concedido Dios el arrepentimiento que conduce a la vida!'" ¡Wow! Ellos estaban cambiando su manera de pensar. Ellos pensaban que los gentiles no eran parte del plan de Dios, pero ahora lo que Dios estaba haciendo, la obra que Dios estaba haciendo, les decía a ellos que estaban equivocados.

Fíjense entonces cómo nosotros cambiamos nuestra manera de pensar y podemos unirnos cuando nos ponemos a ver lo que Dios está haciendo y vemos la gracia de Dios actuando en la vida de una persona. Y es verdad, tiene esto, tiene aquello, pero hoy está edificado, está dando fruto. Tenemos que ser cuidadosos entonces cuando tomamos una decisión de dividirnos o separarnos por cualquier razón.

Entonces, a pesar de que Pedro ya había hablado de esto en Hechos 11 y había dicho que los gentiles son parte del plan de Dios, todavía había algunos hermanos en Hechos 15 que no estaban de acuerdo con ese parecer, que entendían que la ley de Moisés debía ser observada. Y hay algo interesante que quiero mencionar como un paréntesis dentro de mi mensaje.

La mente judía, una mente que había sido educada en la ley de Dios, entendía que para ser salvo había que cumplir la ley. Eso es lo que ellos entendían. Nosotros sabemos que desde el pasado Dios anunció que es por fe: Abrahán creyó y su fe le fue contada por justicia. Sabemos que siempre ha sido por fe. Pero los judíos entendían que no era por fe, sino por obras. Entonces, en este caso Pedro les dice: "Dios les dio a los gentiles el arrepentimiento para la vida, Dios les dio el Espíritu Santo. ¿Cómo podemos discriminar?" Y ellos decían: "No, no puede ser. No puede ser que la salvación sea así, un regalo, una gracia, un don, que la gente creyó, puso su confianza en Cristo y eso los salva. No puede ser."

Y esa es una de las resistencias más comunes que yo he encontrado en mucha gente. Hay mucha gente que está convencida de que la salvación por fe en Cristo no puede ser. Cuando uno predica que no es por obras, yo lo he visto en múltiples ocasiones, la gente como que… o sea, ¿que tú pones tu fe en Cristo, te arrepientes y ya, y ya tú haces lo que tú quieras? No, no, no. Hay una resistencia humana para entender, Señor, la salvación es un don, es un regalo. ¿Cómo lo recibo? Por medio de la fe.

Claramente, el versículo 11, que es el versículo central de toda esta controversia: "Creemos más bien que somos salvos por la gracia del Señor Jesús, de la misma manera que ellos también lo son." No es por el cumplimiento de la ley, no es por obedecer una serie de mandatos. Es por poner mi fe en que Cristo me limpió de pecado, en que Él pagó la culpa que pesaba sobre mí, que eliminó y borró los pecados que yo había cometido frente a Dios.

¿Y ahora entonces yo vivo como yo quiera? No, no. Ahora vivo sometido al Dios que les salvó, al Dios que les regaló la vida eterna. Ahora es diferente. Y no solamente eso, sino que ahora yo tengo, a través del Espíritu Santo, el deseo de obedecer a Dios. No para ser salvo, sino porque me salvó. Entonces, ¿qué tenemos que hacer? Arrepentirnos. Tenemos que arrepentirnos de nuestro pecado.

Y mucha gente dice: "Bueno, también yo lo voy a considerar, pero yo tengo que arreglar ciertas cosas." ¿No ven que Él arregla las cosas? "No, yo tengo primero que limpiarme." ¿No ven que Él te limpia? "No, yo tengo que disfrutar un poquito más mi vida." "Me gusta un chimá." ¿No ven que en Él hay gozo? ¡En Él hay gozo! Ahí empieza el gozo, en Él. Amén, amén. Gloria a Dios. No sé cuánto tiempo llevamos de no entender esto: que es un regalo, es un regalo. Y yo entiendo, porque yo estuve ahí. Es inexplicable, humanamente hablando, cómo un Dios no me exige nada y me lo da todo. Me exige que me humille ante Él, me arrepienta y acepte el regalo de la salvación.

Esto es lo primero que Pedro dice. Fíjense que la unidad en la diversidad va a requerir que nos fijemos en lo que Dios está haciendo en la vida del otro. Luego viene Pablo y Bernabé, en el versículo 12. Miren lo que dice el versículo 12: "Toda la multitud hizo silencio y escuchaban a Bernabé y a Pablo, que relataban las señales y prodigios que Dios había hecho entre los gentiles por medio de ellos." O sea, una vez más: déjenme contar lo que Dios está haciendo, para que no juzguemos a esta gente incorrectamente. Miren lo que Dios está haciendo en medio de ellos.

Y un poquito más abajo viene Jacobo, en el versículo 13. Jacobo es Santiago, el hermano de Jesús, el hermano de carne de Jesús. "Cuando terminaron de hablar, Jacobo respondió diciendo: Escuchadme, hermanos. Simón ha relatado cómo Dios al principio tuvo a bien tomar de entre los gentiles un pueblo para su nombre." Ya Simón lo dijo, Simón dio testimonio de esto. Pero miren lo que agrega Jacobo, que es muy importante: "Y con esto concuerdan las palabras de los profetas." Y ahí relata a Amós, el profeta Amós.

En otras palabras, no solamente la experiencia de lo que Dios está haciendo debe convencernos de unirnos a los hermanos. Lo que Dios está haciendo, la experiencia, sí; pero esa experiencia debe ser consistente con lo que la Palabra dice. Textualmente: "Con esto concuerdan las palabras." Esto no es algo que no fue avisado; fue algo avisado, que Dios iba a llegar a los gentiles. Esto está en la Escritura. No tenemos que inventar las cosas, ni decir: "Imagínate, eso no tiene precedente en la Palabra." Hay precedente para lo que Dios hace, porque Dios es consistente con su Palabra.

La unidad en la diversidad requiere entonces que estemos atentos a lo que Dios está haciendo y a lo que Dios está diciendo por medio de su Palabra, y que yo pueda discernir si esto es de Dios. Esa diferencia que yo tengo contigo, ¿pero cuál es la verdad? La verdad es lo que Dios ha dicho y lo que Él está haciendo, no lo que yo crea. Porque ustedes saben, yo sé, ¿verdad? Dios puede tener una diferencia doctrinal conmigo. Estoy de acuerdo con eso. Quizás Él piensa algo diferente, y yo tengo que someterme a su criterio más que hacerlo a él someterse al mío.

Entonces, la unidad en la diversidad va a requerir que yo entienda que hay diversidad y que yo la deba aceptar. La unidad en la diversidad va a requerir que yo hable con el otro, que yo entienda su posición, y entonces en ese hablar, en ese debatir, mis argumentos deben ser: ¿qué ha dicho Dios? y ¿qué está haciendo Dios? Eso es lo sano, porque eso no nos lleva a tu punto y a mi punto, sino al punto de Dios. Y al final, el Señor es nuestro vínculo, es el vínculo que nos une, es el Espíritu en nosotros. "La unidad del Espíritu en el vínculo de la paz", dice Efesios 4.

Por último, la unidad en la diversidad va a requerir que estemos dispuestos a ceder en aquellas posiciones en las que podamos ceder. Quiero hacer esa salvedad, esa aclaración, porque hay algunas posiciones, como las cosas básicas, en las que no podemos ceder. Los discípulos no cedieron en el Evangelio de Jesucristo. Versículo 11 del capítulo 15: "Creemos más bien que somos salvos por la gracia del Señor Jesús, de la misma manera que ellos también lo son." Esa declaración es inamovible, innegociable.

Pero en cuanto a la discusión, era que los judíos entendían que ellos tenían que hacer y cumplir la ley para ser salvos. Este debate determinó que no es necesario cumplir la ley. Somos salvos por gracia a través de la fe en el Señor Jesucristo. Claro, ahora ellos pasan a hablar de las cosas que son negociables. Eso no es negociable; ellos pasan a hablar de las cosas que sí son negociables.

Fíjense cuál fue la conclusión en los versículos 19 y 20. Esto es Jacobo hablando y concluyendo. Dice: "Por tanto, yo opino", después de haber debatido, visto la Palabra y demás, "yo opino que no molestemos a los que de entre los gentiles se convierten a Dios." No les pongamos este yugo de la ley. Está claro que la ley es buena, pero no es necesaria para salvación. Hay muchas cosas de la ley que hay que obedecer, pero no para salvación. Y eso es lo que Santiago, o Jacobo, dice claramente: no los molestemos con este tema de la circuncisión, porque eso no es necesario para salvación.

En otras palabras, se les dijo primero a los judíos que cedieran. Yo me imagino que los judíos, si se les dijo eso primero a ellos, dijeron: "¿Ah, así? ¿O sea que nosotros tenemos que ceder? Nosotros somos el pueblo de Dios, ¿y por qué nosotros tenemos que ceder y ellos no?" Y mire la sabiduría entonces de Dios. Versículo 20: "Sino que les escribamos que se absténgan de las cosas contaminadas por los ídolos, de la fornicación, de lo estrangulado y de sangre." Gentiles, cedan también. Yo me imagino a los gentiles diciendo: "¡Ganamos!" No, no se emocionen tanto. Ustedes también tienen que someterse a ciertas cosas por amor a sus hermanos judíos, porque para ellos esto es importante.

Hay cosas, hermanos, en nuestra vida que nosotros tenemos el permiso de Dios para hacer, que no son pecaminosas en sí mismas. Algunas de mis expresiones están siendo un poco generales, pero tienen múltiples aplicaciones. Uno decide no hacerlas por amor al hermano que entiende que no se deben hacer. En 1 Corintios hay un ejemplo extraordinario de esa disposición a ceder por amor al hermano.

En un momento dado, a Pablo se le pregunta: "Pablo, ¿podemos comer carne sacrificada a los ídolos?" Era una carne que se vendía en el mercado y que provenía de los templos paganos. Los templos paganos sacrificaban animales, corderos, vacas y demás. Y cuando sobraba la carne, ellos la vendían en el mercado a buen precio, y los cristianos se la estaban comprando. Entonces había hermanos que entendían que no podían comprar esa carne, que ningún cristiano debía comprarla, porque esa carne estaba sacrificada a los ídolos.

Pablo dice claramente: "Esa carne no le hace nada a nadie." Claramente lo dice. No le hace nada a nadie. Y agrega: "Pero si tu hermano está convencido en su conciencia de que es pecaminoso y no se debería hacer, por amor de tu hermano no lo hagas." Entonces, hermano, este es un criterio importante para muchas decisiones en nuestra vida. Hay cosas que nosotros vamos a decidir no hacer, no porque sean pecado, sino porque la mejor manera de amar a mi hermano, que está en otro nivel de entendimiento, que ve las cosas de manera diferente, es esa.

Como yo entiendo que la iglesia es diversa y cada cabeza es un mundo, hay cosas a las que yo me voy a ajustar. No a todo, porque viviría siendo un pelele de los demás, pero hay cosas a las que voy a ser sensible, porque son importantes en el entendimiento de esa persona, y prefiero no serle piedra de tropiezo.

Y eso fue lo que pasó aquí en el Concilio de Jerusalén. Este hecho concluye con que judíos ceden, gentiles ceden. No vamos a ceder en el Evangelio de Jesucristo, porque somos salvos por gracia, a través de la fe en Jesucristo. Eso está claro. Pero en esto sí cedemos, y en aquello también cedemos. Fíjense cómo esta gente, a partir de ahí, si seguimos leyendo —no voy a leer todo el texto—, mandaron cartas a la iglesia de los gentiles informándoles de este acuerdo entre gentiles y judíos, donde estaban de acuerdo en cómo iban a manejar las cosas.

Esto fue un capítulo clave para la continuación del Evangelio de Cristo en ese momento. Yo me imagino —no me imagino, pero— qué hubiera sido de la iglesia primitiva si en este punto, en Hechos 15, los judíos dijeran: "No, pues nosotros no vamos a compartir con los gentiles", y los gentiles dijeran: "Pues nosotros no vamos a compartir con los judíos tampoco."

Y se divide la iglesia en su mismo nacimiento. Dios no lo permitió, Dios no lo permitió, porque entendía que la unidad, en este caso, era importante para mantener la fuerza y el empuje que la iglesia venía teniendo. Y gracias al Señor, esta gente pudo acordar cómo iban a manejar las cosas en este conflicto.

Nosotros tenemos mucho que aprender de este suceso. Ojalá nosotros tengamos esta disposición, esta comprensión de lo diverso que es la iglesia, de que requiere un esfuerzo para mantener la unidad, para conversar, para escuchar, para entender, para aceptar que quizás estoy equivocado, de que quizás en ocasiones yo tengo que ver qué es lo que Dios está haciendo antes de juzgar. Tengo que analizar Su Palabra y no fijar mi imposición sin haber estudiado el punto bíblicamente. Y por último, cuando me doy cuenta de que mi posición es cedible, que puedo ceder en algo, ceder en aras de la unidad, para beneficio del cuerpo de Cristo, para la gloria de Su nombre y para que seamos un fiel reflejo de lo que Dios es.

Así que es mi sentir, es mi deseo, nuestra oración, que el Señor nos ayude a tener sabiduría para poder manejar lo que nosotros estamos presenciando, al menos en la IBI y otras iglesias también, pero me refiero a nosotros, que es nuestra iglesia. Mucha gente de diferentes trasfondos, de diferentes lugares; tenemos que ser sabios, fijar los pilares que son inamovibles y conversar todo lo que es movible, por amor mutuo, para que seamos una comunidad de gracia y de verdad al mismo tiempo. Que el Señor sea con nosotros.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.com. Hasta la próxima, cuando nos reencontremos en Su Palabra.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.