Integridad y Sabiduria
Sermones

Valentía para las batallas de la vida

Joel Peña 17 febrero, 2019

La vida cristiana no es solo una carrera de resistencia, sino también una carrera de relevos donde Dios usa a una persona por un tiempo y luego pasa el testimonio a la siguiente. Algunos acaban de recibir ese testimonio y apenas comienzan a correr; otros llevan años corriendo con firmeza, cargando cicatrices de batallas pasadas; y otros van terminando su carrera, más lentos pero aferrados a lo que recibieron. No importa la etapa: el compromiso es guardar la fe hasta el final, sabiendo que la historia no nos pertenece a nosotros sino a Dios.

Cuando Moisés muere después de 120 años y cuatro décadas guiando a Israel, Dios no hace pausa ni se lamenta. Simplemente dice a Josué: "Mi siervo ha muerto. Ahora levántate". Josué había sido preparado durante años para ese momento. Vio cómo la batalla contra Amalec se ganaba no con espadas sino cuando Moisés levantaba los brazos al cielo. Acompañó a Moisés al monte donde Dios escribió su ley. Escuchó a Moisés declarar que prefería quedarse en el desierto con la presencia de Dios antes que ir a la tierra prometida sin él.

El llamado a ser fuerte y valiente —repetido cinco veces— no era un llamado a desplegar habilidades militares sino a desarrollar convicciones internas arraigadas en el corazón. Y Dios no dejó a Josué sin razones: le recordó sus promesas, le dio instrucciones claras en su ley, y le aseguró su presencia. Las batallas vendrán —enfermedad, escasez, relaciones rotas, historias que marcan— pero el llamado no es mirarse al espejo sino inclinar ese espejo hacia el cielo y ver a quien prometió estar con nosotros hasta el fin.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Fuimos, hermanos, para mi vida en su palabra! El día de hoy, hermanos, nos vamos a estar adentrando a la palabra de Dios para conocer algunos principios que Dios da en la palabra para hacernos valientes en las batallas de la vida. Nos vamos a adentrar también en la vida de un par de líderes increíbles de la palabra de Dios: Moisés y Josué, para conocer cómo el llamado a ser valiente fue para ellos, pero es para nosotros hoy también.

Yo recuerdo claramente, hace unos dieciséis años más o menos, que enseñé a niños por primera vez. Nunca había enseñado a niños; yo incluso esquivaba enseñar a niños, porque se requieren algunas destrezas y algunas cosas que ustedes saben para que ellos puedan entender y captar el mensaje. No puedes enseñarles como si fuera un sermón normal, sino que necesitas recursos. En esa ocasión no pude evitar el compromiso; estaba aquí en la IBI cuando llegó esa oportunidad, y me imaginaba y oraba: "Señor, ¿qué voy a enseñarles?" Pensaba enseñarles una vez más de Sansón; eso es bíblico y tiene muchas enseñanzas, pero seguro lo han oído muchas veces. Pensé también en enseñar de Jonás en el pez, y entonces nada me animaba ni me identificaba.

Lo que decidí fue enseñar como de cinco o seis personajes al mismo tiempo, y al principio fue una locura, pero después Dios lo usó. Lo que Dios me movió a hacer fue: "Okay, comienza con un personaje." Entonces yo me convertí en un personaje; imagínate que es Sansón, y explica la historia de Sansón. Incluso me vestí de Sansón, más fuerte y con cabello. Entonces cuando terminaba la historia de Sansón, terminaba con una voz desde los cielos al siguiente personaje que le dijera: "Te toca a ti." Inmediatamente yo me devolvía, me cambiaba, y volvía con el otro personaje. Este otro personaje también contaba su historia, pero seguía hasta el final diciéndole al otro: "Te toca a ti, te toca a ti", hasta que llegaba entonces a los niños. El último personaje les decía a ellos: "Te toca a ti." Fue mi victoria más grande en la enseñanza de niños; nunca más lo volví a hacer, pero fue grande.

Algo cierto que me di cuenta en ese momento, yo mismo al revisar las historias, es algo claro que está en la palabra de Dios: la vida en el Señor, la vida cristiana, no solamente es una carrera de resistencia, sino que también es una carrera de relevos. Donde Dios quiere usar a alguien en un momento, pero la historia de esa persona termina, la historia de Dios continúa, y esta persona entonces da paso a la siguiente. Es como cualquier carrera de relevos, ¿verdad? El primer corredor lleva su barra —el testigo, como se le dice técnicamente; qué gran comparación, qué analogía con nosotros, se llama testigo o testimonio en una carrera de relevos—, y esta primera persona corre su parte, pero entrega el testimonio al siguiente corredor para continuar la carrera.

Hermanos, eso tiene tantas implicaciones para nosotros. Dios usa analogías tan prácticas: con la carrera, con la batalla, con los soldados, con los agricultores. Pero esta carrera de relevos tiene un sentido profundo cuando conocemos que algunos de nosotros aquí acabamos de recibir el desigual testimonio y estamos así calentándonos para correr, porque apenas iniciamos. No sabemos ni siquiera los retos que vendrán. Pero otros ya tienen tiempo corriendo, tienen el testimonio agarrado firmemente y corren a gran velocidad, con firmeza, con heridas, con cicatrices, porque han caído, porque han pasado por luchas, pero siguen corriendo bien agarrados del testimonio.

Y otros su carrera va terminando ya. Ya no corren tan fuerte, tan rápido; están lentos, porque llega el momento en que ya van a terminar y van a tener que soltar el testimonio. Pero aunque no corran con la misma rapidez, aunque no tengan los mismos músculos de antes, se concentran en una sola cosa: agarrar el testimonio y llevarlo. Esa es la gran realidad de nuestra vida como cristianos: no importa en la etapa donde estemos, hay un compromiso de llevar nuestra fe, de guardar nuestra fe hasta el final. Y otros vendrán y continuarán la historia que no nos pertenece; es la historia de Dios, aunque la nuestra termine.

En los pasajes que vamos a revisar hoy, una historia termina —la de Moisés—, y Moisés entrega el testimonio al siguiente: Josué. Él es el encargado de continuar la carrera, y en medio de esa carrera tendrá muchas luchas y dificultades. No hay cuestionamiento alguno de que en nuestras carreras las batallas, las luchas y las adversidades están presentes. Algunas de un nivel que nosotros podemos decir: "Yo puedo manejarlas, porque me recuerdo lo que pasó antes y confío en que Dios lo hará de nuevo." En otras ocasiones son tan grandes que exceden nuestra capacidad, y decimos: "¡Aquí sí me ataquillé!"

Vamos a encontrar algunas similitudes en estas historias, pero quiero preguntarnos a nosotros mismos: ¿qué hacemos cuando la lucha y la batalla están delante en esta vida? ¿Hay un temor que nos paraliza y olvidamos todo lo que hemos aprendido y los hechos de Dios? ¿O escuchamos la voz de Dios, como le dice a Josué: "Sé fuerte y valiente", y nos ponemos de pie y confiamos en lo que Él nos ha dicho? Esa es la gran pregunta.

Yo quisiera que usted me acompañara a dos pasajes de la palabra de Dios. El primero se encuentra en Deuteronomio, capítulo 31, y el otro en Josué, capítulo 1. Vamos a estar leyendo ambos pasajes. Deuteronomio 31:7-8 —así que abra su Biblia, apréndala, y los que lo necesiten, un seguimiento—. Dice así:

"Entonces llamó Moisés a Josué y le dijo en presencia de todo Israel: 'Sé firme y valiente, porque tú entrarás con este pueblo en la tierra que el Señor ha jurado a sus padres que les daría, y tú se las darás en herencia. El Señor irá delante de ti; el Señor estará contigo. No te dejará ni te desamparará. No temas ni te acobardes.'"

Pasamos a Josué 1 y leemos del 1 al 9:

"Sucedió después de la muerte de Moisés, siervo del Señor, que el Señor habló a Josué hijo de Nun, ayudante de Moisés, diciendo: 'Mi siervo Moisés ha muerto. Ahora, levántate, cruza este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel. Todo lugar que pise la planta de vuestro pie os he dado, tal como dije a Moisés. Desde el desierto y este Líbano hasta el gran río, el río Éufrates, toda la tierra de los hititas hasta el mar grande, que está hacia la puesta del sol, será vuestro territorio. Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida. Así como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré. Sé fuerte y valiente, porque tú darás a este pueblo posesión de la tierra que juré a sus padres que les daría. Solamente sé fuerte y muy valiente. Cuídate de cumplir toda la ley que Moisés mi siervo te mandó; no te desvíes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito dondequiera que vayas. Este libro de la ley no se apartará de tu boca, sino que meditarás en él día y noche, para que cuides de hacer todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino y tendrás éxito. ¿No te he ordenado yo que seas fuerte y valiente? No temas ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas.'"

Estos versículos nos hablan del fin de la vida de Moisés. Moisés tenía ciento veinte años en ese momento cuando le habla a Josué y le encarga la labor de dirigir al pueblo. Una historia asombrosa de la fidelidad de Dios para con su pueblo a través de este siervo de Dios. A nadie más, hasta ese momento, se le había llamado siervo de Dios; solo a Moisés. Era un hombre que había sido fiel en lo que a él le tocaba hasta el momento de entregar su liderazgo. Y Josué es entonces aquel quien recibe la encomienda.

Pero me llama mucho la atención un par de cosas de estos dos primeros versículos de Josué 1. Describen la muerte de Moisés, o por lo menos la anuncian. Dice: "Sucedido después de la muerte de Moisés, siervo del Señor, que el Señor habló a Josué hijo de Nun, ayudante de Moisés, diciendo: 'Mi siervo ha muerto. Ahora pues, levántate, cruza este Jordán...'" etc. Oye, ¿quién murió? No fue cualquier persona. Fue la persona que Dios usó para sacar a este pueblo con portentosos milagros de Egipto. Y no solo salen de Egipto: durante cuarenta años, a través de Moisés, Dios habla, Dios obra, Dios disciplina, Dios guía al pueblo. Cuarenta años. Y ahora en estos dos primeros versículos, Dios dice: "Murió Moisés. Te toca a ti." Es simple, ¿verdad? Como que no le dedicó mucho tiempo: "Este era mi siervo de Dios..." Pero como hemos dicho antes, la historia no se trata de Moisés ni de su siervo; se trata de Dios.

Uno pudiera detenerse allí y pensar: "Oye, Dios no solamente conocía el fin de los años de Moisés —porque Él mismo se lo dijo en los capítulos 30 al 33: 'Moisés, ha llegado tu hora. Dios le informó a Moisés: se acabó el tiempo'—." Estamos delante de un Dios que conoce el fin de nuestros días, pero no solo eso, sino que los determina y los limita. Job lo dice de una forma más clara, hablando de los días del hombre; dice en Job 14:5: "Ya que sus días están determinados, el número de sus meses te es conocido, y has fijado sus límites para que no pueda pasarlos."

¡Dios determinó el día exacto, la hora exacta del fin de la vida de Moisés, y así lo hace con todo ser humano! Nadie, como hemos dicho antes, vive más de la cuenta, ni nadie se fue a destiempo para Dios. Él determinó y puso el límite en su plena sabiduría y voluntad. ¿Qué usa Dios para determinar esto? Bueno, yo creo que la vida de David nos habla de esto. Hechos 13:36 nos muestra que Dios toma en cuenta los propósitos para los que llama al hombre al determinar sus días. Dice allí: "Porque David, después de haber servido el propósito de Dios en su generación, durmió." Eso es lo que determina nuestro tiempo aquí: se cumplió el propósito de Dios, llegó el final de tus días. Si no se ha cumplido, Dios quiere manifestarse a través de ti cumpliendo sus propósitos; tenemos más tiempo. Pero así fue en el momento de Moisés. Dios, el dueño de la historia.

Yo creo que desde ahí uno puede ir pensando: al Dios a quien yo debo creer en mi momento de batallas no es un Dios que juega los dados. Es el Dios que tiene conocimiento absoluto de mi vida y de lo que vendrá, y si podré o no manejar lo que estoy viviendo. Es una sabiduría que excede por mucho a la nuestra. Y la pregunta es si nosotros creemos en esos momentos en un Dios como ese, tan sabio y con tanto conocimiento.

Lo segundo que me llamó la atención de la muerte de Moisés es que Dios no está en ese momento diciendo: "A mí el mío se murió, ¿y ahora quién va a guiar a este pueblo, a este pueblo tan necio? ¿Y ahora quién podrá ayudarnos?" No. Incluso si nos vamos a nuestro tiempo: "Dios, ahí se murió Billy Graham, ¿quién va a alcanzar a la tierra?" "Si murió Fulano, que era pro, ahora está aquí en el cielo conmigo, ¿quién hablará de la santidad?" No. Lo que Dios hace en ese momento es lo siguiente: murió uno, siguiente. Inmediatamente, Dios describe la muerte de Moisés y le dice: "Ahora pues, Josué, levántate, cruza el Jordán y toma la tierra que yo te estoy dando."

¡Vaya! Dios elige a quien quiera —incluso eligió a la burra de Balaam para hablar por Él— y lo usa, y después pone a otro. Pero esa sabiduría, conocimiento y omnipotencia escapan nuestra imaginación. A veces nosotros nos quedamos cortos de entender que Él es quien gobierna y reina en medio de toda la historia y de nuestras vidas.

Josué sigue, entonces. Josué ha sido ayudante de Moisés desde que era joven. La Biblia relata que Josué acompañaba a Moisés, lo acompañaba al tabernáculo, se quedaba incluso en las puertas del tabernáculo. Lo acompañó —como vamos a ver más adelante— hasta parte del monte Sinaí, donde Dios les reveló la ley a Moisés y al pueblo de Dios. Era su ayudante. Y asombrosamente nosotros podemos ver cómo Dios fue preparando a este hombre desde su juventud hasta el momento en que Dios le dice: "Sé fuerte y valiente."

Por eso nosotros vamos a ver hoy tres partes en nuestro mensaje. Primero, la preparación para la valentía: la preparación que Dios le dio a Josué para ese momento de llamarlo a ser valiente y fuerte. La segunda es el llamado a la valentía: ¿qué significa? ¿Qué implicaciones tenía para Josué ser fuerte y valiente? Y lo último, la razón y la base para la valentía: ¿Dios ofrece alguna razón, o simplemente nos dice "¡fuerte, hermano, adentro, éxito!"? O, ¿da razones contundentes para que nosotros podamos decir: "Yo seré fuerte y valiente"?

Comencemos por la primera parte: la preparación para la valentía. Aquí vamos a ir a varios textos, varios pasajes, que nos mostrarán varios eventos de la vida de Josué donde él fue preparado para el momento de ser llamado a ser valiente. Y esto no es coincidencia. Cuando Dios nos hace un llamado a algo —a enfrentar una batalla, una lucha, un monte que es muy grande—, es porque algo ha hecho en nuestras vidas para prepararnos para ese momento. Y en el caso de Josué, fue así.

La primera vez que Josué sale en la Biblia es en Éxodo capítulo 17. En ese momento, nada más y nada menos, cuando el pueblo de Dios ya se acercaba a la tierra prometida, tenía en medio un pueblo llamado Amalek que no quería dejarles pasar. "Por favor, Amalek, ¿puede darme un permisito para yo llegar?" "No, no, no. No pasan por aquí. Aquí, si pasan, se mueren." Dios entonces dirige a Moisés para que peleen contra Amalek. Josué es delegado por Moisés para que dirija el ejército que pelearía en la batalla, pero Moisés subiría a una colina y allí estaría clamando a Dios con los brazos en alto para que Dios ayudara en la batalla.

Y ustedes recordarán, lo que han escuchado y leído en esta historia: mientras Moisés levantaba los brazos, Josué y el pueblo de Israel prevalecían en la batalla; pero cuando Moisés se cansaba, el pueblo de Amalek prevalecía e Israel perdía. Y yo me imagino a este Josué con su espada en la mano, dirigiendo allí al frente de la batalla, peleando y diciendo: "¡Ah, estamos venciendo! Dios está con nosotros." Y de repente veía la colina, veía a ese hombre arriba. Y peleando y peleando, de repente Amalek prevalecía y echaban para atrás; y cuando volvía a ver la colina, Moisés tenía los brazos caídos. Y así fue la batalla hasta que Dios les dio la victoria.

Josué pudo pensar al final: "A ver, ¿cómo es esto? Depende de este padre, y de lo que yo estoy estudiando aquí, y de aquel hombre que está clamando a Jehová por la batalla." Entendemos entonces que Josué comprendió algo que David reveló después: que la batalla es del Señor. Y era necesario que Josué entendiera eso, hermanos. Las batallas que él iba a enfrentar lo iban a poner a dudar y a prueba: ¿dónde estaba su confianza? ¿En afilar la espada y entrenar al ejército, o en confiar que la batalla y la victoria vienen de Dios, su Señor? Eso era necesario para su preparación en la valentía.

La siguiente ocasión que podemos ver de la vida de Josué —y podemos ver muchas, pero hemos elegido solo cuatro— se encuentra en Éxodo 24. Allí nosotros vemos lo que había mencionado antes. Dios le dice a Moisés: "Sube al monte, que yo te daré mi ley para mi pueblo." Dios iba a estar allí con su dedo escribiendo las leyes en tablas de piedra. Y Josué, siervo de Moisés, es llamado a acompañarlo; ni siquiera los ancianos ni líderes fueron llamados. Dios le dijo a Moisés: "Dile al pueblo que se quede ahí, que no se acerque." Ese monte estaba humeando, truenos caían, y el pueblo temeroso escuchó a Moisés decir: "Quédense ahí." "Sí, está bien, claro." Incluso a los ancianos no los llevó; trajo a Josué. ¿Por qué? Porque Dios estaba preparando a Josué.

Josué en ese momento sube hasta cierta parte del monte; Moisés continúa hasta la cima donde recibe la ley. Y Moisés entonces baja con estas placas de piedra escritas por Dios. Ahí Josué puede entender que este Dios, además de ser aquel que pelea las batallas, es un Dios que se revela a través de la ley, de su Palabra escrita, y que esa Palabra es fundamental para su pueblo. Dios se toma la delicadeza de escribirla Él mismo. Josué ve todo esto y comprende: esto debe ser central en la vida del pueblo de Dios. No es coincidencia que dentro del llamado a la valentía que vamos a ver más adelante, la ley y la Palabra de Dios sean el marco de referencia para ser fuerte y valiente. Por eso Josué conoce que este Dios es el Dios de la ley y que ha revelado su voluntad a través de ella.

El siguiente momento es uno que creo que la mayoría de nosotros recordamos. Josué siempre estaba a la puerta del tabernáculo y tenía muchas oportunidades allí, porque Moisés entraba y hablaba con Dios. Josué podía oír y escuchar las oraciones de Moisés, y una de esas oraciones es: "Si tu presencia no va con nosotros, no nos saques de aquí." Voy a leer Éxodo 33:13: "Ahora pues, si he hallado gracia ante tus ojos, te ruego que me hagas conocer tus caminos, para que yo te conozca y haya gracia ante tus ojos. Y considera también que esta nación es tu pueblo." Y Dios respondió: "Mi presencia irá contigo y yo te daré descanso." Y es ahí cuando Moisés dice: "Si tu presencia no va con nosotros, no nos hagas partir de aquí."

Antes de esa conversación, Dios le había dicho a Moisés: "Mira, este pueblo es rebelde, de dura cerviz. Lo mejor es que yo no vaya con ellos, porque los consumiría. Así que voy a mandar un ángel delante de ti y del pueblo que los acompañe, pero yo no iré con el pueblo." Y Moisés se quedó así, en un momento de verdad. "Yo no quiero un ángel. Yo te quiero a Ti, Señor. Yo no necesito un suplente. Yo sé lo que es estar en tu presencia, los beneficios, lo que Tú haces cuando nos acompañas. Por favor, Señor, ven con nosotros, o no nos movemos de aquí." Josué está escuchando todo esto: la presencia de Dios es indispensable para su pueblo, no es cualquier cosa, no es opcional. Incluso el que Moisés haya dicho "yo me quedo aquí si Tú no vas con nosotros" significaba nada más y nada menos que: "Me quedo en el desierto, sin mucha carne, sin agua —a menos que toques la roca—, con insolación, pasando trabajo, pero contigo; antes que la tierra prometida sin Ti."

¿Te has dado cuenta de la centralidad de la presencia de Dios para la vida de Moisés, y que Josué está conociendo y valorando eso? Y hermanos, yo no sé, pero cuando veo eso, esa importancia que Moisés le daba, me hago la pregunta: ¿qué tan importante es para mí la presencia de Dios en mi vida? ¿Me conformo con la tierra prometida y no importa que Dios esté lejos? Lamentablemente muchos de nosotros hacemos ese intercambio, ese trueque: "Todo está bien en mi vida, me está yendo bien en el trabajo, en la universidad, tengo todo lo necesario, estoy bien, aunque estoy un poco alejado de Dios." Moisés te hubiera dicho: "Tú estás loco. Yo prefiero estar en carencia pero con Dios, porque de Él viene la salvación, de Él es mi batalla, de Él es mi esperanza, de Él es todo." Yo creo que es una gran verdad para que nosotros meditemos: cuánto valoramos el que Dios esté con nosotros, que su presencia vaya delante de nosotros, y que nosotros caminemos por donde Dios está obrando y donde Dios está, y no por donde nos conviene o el mundo nos ofrece.

La última experiencia que podemos ver, que Dios usa para preparar a Josué para la batalla, se encuentra en Números 11, y esta es muy peculiar, porque es posible que tú y yo hayamos estado en esa tentación en la que estuvo Josué. El pueblo de Dios quería carne. Yo no sé si usted, pero yo soy amante de la carne: chicharrón y cosas así. Lo siento, hermanos, toda la finura se va en ese momento, ¿y qué finura?

Mi esposa no es así, me ayuda. Gracias a Dios, me ayuda a balancear. Pero ese pueblo quería carne. Yo lo entiendo: querían carne. "Señor, por favor, carne", clamaban allá. Pero lo hacían de una forma que hacía ver a Dios como un Dios injusto que no estaba pendiente de ellos. Incluso se quejaban delante de Él, volvían a lo que había antes, decían que estaban mejor. Y Dios en ese momento —veamos— se desencarga de ese problema, les da la carne. Incluso se llenan hasta tres codos del piso de carne y comen carne. Dice la Biblia que comieron hasta por las narices.

Pero Dios ve la carga de Moisés y lo ve cargado, desesperado, y decide: "Bien, Moisés, voy ahora a poner del mismo Espíritu que está en ti en 70 hombres adicionales. Y estos 70 hombres te van a ayudar con la carga." Estos hombres en ese momento comienzan a profetizar y a proclamar la voluntad de Dios. Ahí el pueblo, 70 hombres hablando. En ese momento ellos profetizan, pero salen, se alejan del campamento, y quedan dos allí. Ya no vuelven a profetizar los que se fueron, pero estos dos siguen profetizando. Y un Josué los ve y va corriendo a donde está Moisés y le dice lo siguiente.

Números 11:28 dice: "Entonces respondió Josué hijo de Nun, ayudante de Moisés desde su juventud, y dijo: Moisés, señor mío, deténlos." Pero Moisés le dijo: "¿Tienes celos por causa mía? Ojalá todo el pueblo fuera profeta, que el Señor pusiera su Espíritu sobre ellos."

Piense un poco en la enseñanza que pudo haber recibido Josué en ese momento. Josué le dice a Moisés: "Silencia a esa gente. Tú eres el único, tú eres el de la autoridad, Dios habla a través de ti. Hay 70, sí, pero yo los mandaré a callar, estos dos que están profetizando, cállalos. Tú eres el hombre." Y Moisés le dice: "Josué, estás equivocado. Yo no soy el centro de la atención aquí. Esta obra no es mía. Esta es la obra del Espíritu de Dios. Ojalá no fuera yo solo el que oye a Dios, sino que todos profetizaran y conocieran la voluntad de Dios."

Y Josué aprende que el siervo de Dios no está ahí para llamar la atención, sino para ponerse detrás del telón y que Dios sobresalga. Eso aprende Josué en todo su caminar. Desde ese momento en adelante, Josué fue preparado, fue recibiendo enseñanzas para ser valiente y ser fuerte.

La pregunta es: ¿cuáles son las experiencias en las vidas de cada uno de nosotros? ¿Podemos decir que nos han pulido, nos han capacitado, nos han hecho llorar, sí, pero que también nos han hecho más fuertes para el momento en que somos retados a ser valientes y a confiar en Dios? Es posible que muchos recuerden las batallas anteriores y hoy puedan decir: "Así como yo pude vencer al oso y al león antes, este gigante no es nada, porque Dios está conmigo." Pero es posible que haya otros que hayan olvidado esas experiencias con Dios, y ahora, en el momento en que Dios les pide confiar y dar el paso, escuchan: "Te voy a entregar lo que está ahí delante de tus ojos, pero tienes que pisar y caminar hasta allá", y para eso tienes que ser valiente.

La pregunta también es: ¿cómo se muestra en una persona que ha entendido que la batalla es del Señor? ¿Será que cuando llega la batalla inmediatamente consulta si la cuenta del banco está bien? Gracias a Dios. Miguel usa mucho estas expresiones en las conversaciones: "Gracias a Dios que tenemos un carro ultraseguro, premiado", por todo. "Estamos bien, estamos seguros ahí." ¿Eso es mostrar que la batalla es del Señor? ¿O es que en el momento de la presión y la adversidad hay un hombre, hay una mujer que se podrán ante Dios y dirán: "Señor, yo no puedo pelear, pelea por mí"? Y los hijos de ese hombre y esa mujer los ven, y no están viendo preocupación, sino que ven a un hombre y a una mujer que dicen: "Espérate, hijo, vamos a orar. Dios nos puede ayudar." Y ellos pueden recibir la enseñanza de que la batalla es del Señor.

¿Y qué tanto entonces podemos haber sido preparados en valorar la presencia de Dios? Ya lo hemos dicho antes: el pastor Luis Núñez nos está enseñando los miércoles acerca de vivir los Salmos. La semana pasada fui ministrado profundamente. Lloraba en una de las canciones, porque me hacía preguntar: "¿Qué pasa, Señor?" Y a veces yo no anhelo tu presencia como estos salmistas. Él explicaba cómo el ciervo brama y clama por las corrientes de agua, así clama por ti, oh Dios, mi alma. "Clama mi alma así por Dios. Yo tengo un deseo de estar con Dios y de su presencia." Muchas veces no, hermano.

Y en el Salmo 63 también explicaba: "Oh Dios, dice el salmista, tú eres mi Dios; te buscaré con afán." Oh hermano, ¿usted sabe lo que es estar afanado? Y por muchas cosas, ¿pero ha estado alguna vez afanado por buscar y encontrarse con Dios? Yo le dije: "¿En qué se te ve ansioso? No me has parecido alguien afanado por buscar a Dios. ¿Alguien te ha dicho eso alguna vez?" Pero este salmista decía que su alma tenía tanta sed, su carne lo anhelaba tanto, que lo buscaba con afán. ¿Qué relevancia tiene que la presencia de Dios esté con nosotros, hermanos? Eso ayudó a Josué a prepararse para el momento de la valentía y del llamado a la valentía.

Ahí está la preparación a la valentía que Dios hizo a través de Moisés en la vida de Josué. Ahora viene el llamado. El momento en que ya estamos aquí: Josué recibe el legado de Moisés, tiene que sustituirlo, y ahora Dios usa palabras que repite en repetidas ocasiones: "Sé fuerte y valiente." Cinco veces en los pasajes que les dimos. Hay otra más, incluso más adelante, que es el pueblo diciéndole a Josué. Dos veces Moisés se lo dice a Josué, en Deuteronomio 31:7 y 31:23: "Sé firme y valiente." Y la palabra firme es la misma que fuerte; más adelante no sé la diferencia en la traducción, pero es la misma en el original. Sé firme y valiente, dos veces.

Josué 1:6: "Sé fuerte y valiente." Josué 1:7: "Solamente sé fuerte y muy valiente." Josué 1:9: "¿No te he ordenado yo? Sé fuerte y valiente." Josué, ¿te queda claro el llamado, o tengo que repetírtelo un poquito más? No tome a la ligera, hermano, cuando cosas se repiten en la Biblia. Cuando frases, cuando mandatos son continuamente repetidos en la Palabra de Dios, eso le da seriedad y peso a ese llamado. Es como si Dios agarrara a Josué de las ropas, lo pusiera contra la pared y le dijera: "¡Óyeme bien! Josué, sé fuerte, sé valiente. Esto es algo serio."

La pregunta es: ¿qué significa eso? Pudiera preguntar Josué: "¿Ok? Dame más detalles." Como dicen los jóvenes: "Dame el dato." La misma información en las palabras del original hebreo de "sé fuerte" implica, primero, firmeza. Pero también es una firmeza de algo bien asentado, algo que permanece a pesar de los movimientos. Pero también tiene una característica de dureza: no es solamente que no se mueve, sino que no se quebranta fácilmente. También esa palabra tiene que ver con fortaleza, pero del carácter más que de los músculos. Es una fortaleza interna que no se deja influenciar, que no se deja doblar fácilmente.

Josué necesitaba ser de esa manera: alguien que permaneciera claro y firme en sus convicciones acerca de Dios, y que no se dejara influenciar. La palabra "valiente" es casi igual que la anterior en el original. Incluso, en algunos versículos de la Biblia, puedes constatar que la palabra usada para "fuerte" es traducida como "valiente", y la usada para "valiente" es traducida como "fuerte". Es como si Dios usara dos palabras similares para decir lo mismo. Como nosotros en estos días, cuando alguien te dice: "Ponte los pantalones y abróchate el cinturón." Ya tú sabes que lo que viene es fuerte, entonces prepárate. Pues estas dos palabras tienen significados similares: "valiente" también es de determinación. Es alguien decidido, resuelto y osado, alguien que tiene un carácter, unas convicciones internas tan arraigadas en su corazón, que es casi imposible moverlo. Y ese es el llamado: ser fuerte y valiente.

Y tú te preguntarías: ¿qué implicaba el ser fuerte y valiente para el llamado y la responsabilidad que Josué iba a tener? Podemos ir desde lo más obvio hasta lo más complejo. Las tres razones más obvias que podemos encontrar para ser fuerte y valiente son las siguientes. Primero: hermano, te vas a encontrar con enemigos en la tierra prometida. Toda esa región que Dios describe en los versículos 3 y 4, y allí la palabra en Deuteronomio 7 dice que hay siete naciones, siete naciones que son más numerosas que tú, con más armas y más recursos, incluso con edificaciones para que no puedas pasar, como Jericó. Y tú tienes que ir allá, vencerlos y sacarlos de allí. El llamado a ser fuerte y valiente está claro: hay que serlo para lograr eso. Por el enemigo que está al otro lado está claro que necesitamos ser fuertes y valientes.

Allá están los hititas, los gergeseos, los amorreos, los cananeos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos, y como dice Miguel frecuentemente, todos los feos. Pero eran pueblos paganos, pueblos que no amaban a Dios, que sacrificaban a sus hijos y todo lo demás. Y Dios decide que esa tierra era de Israel, pero había que ser fuerte y valiente para conquistarla.

Lo segundo, y es también algo entendible —y seguro ha estado en esa situación—: hay que ser fuerte y valiente porque quien ocupó tu lugar no es nada más y nada menos que aquel que tiene el currículo de ser llamado el hombre más manso de la tierra en sus tiempos. Así lo dice la Palabra de Dios en Números 12. Y ese hombre más manso fue aquel que lideró a este pueblo con milagros, con su vara abriendo el mar, etcétera, etcétera. E incluso ese hombre, siendo el más manso, fue el que golpeó la piedra en un momento de enojo. Y tú puedes verte desde este lado, en la posición de Josué, pensando: "Oye, los zapatos que yo voy a tener que llenar son demasiado grandes para mí." Por eso fue llamado a ser fuerte y valiente.

Y por último, uno que a veces no entendemos en su real dimensión: el frente de los enemigos está claro, el frente de cubrir o suplir a Moisés también está claro, pero el frente más serio desde mi punto de vista es liderar a un pueblo como Israel, hermano. Y ese puede ser tú y yo, pero era un pueblo descrito en la Palabra como un pueblo rebelde, necio y obstinado en su pecado.

Hasta tal punto, hermanos, que en el momento en que Dios le dice a Moisés: "Mira, Moisés, tu vida ya va terminando". Ahora bien, él josué —pero como tu vida va terminando— tengo que decirte algo: yo conozco a este pueblo. Este pueblo, cuando tú te mueras y vaya a la tierra prometida, van a adorar de nuevo a otros dioses, van a negarme y van a olvidarse de mí. Y yo quiero que tú hagas algo, Moisés: quiero que aquí vas a ser el cantante de esta canción, para que comiences a enseñarla al pueblo.

Y el contenido de esta canción era justamente todo esto. Dios explicaba que este pueblo iba a entrar a la tierra prometida, se iban a ingresar de todas las bendiciones que allí había, y se iban a olvidar de Dios y van a adorar a otros dioses, y las largas consecuencias del juicio de Dios iban a venir. Te imaginas que un día el pastor Luis Nuy se ponga aquí delante y diga: "Le vamos a enseñar una nueva canción". Y el contenido de las letras de esa nueva canción —Dios conociendo que muchos, Dios no lo permita, que muchos de los que estamos aquí vamos a negar a Dios en el futuro, nos vamos a apartar de él— la letra de la canción pudiera decir: "Yo sé muy bien que te apartarás, yo sé muy bien que te irás, y la la la la la la la la la".

Pero imagínate cantar eso todos los días, recordándote de lo que vas a hacer, y que Dios lo conoce de antemano, y así ocurre, y vienen los castigos, y ya tú adoras, aun adoras, no cantas. De esa gran verdad. Ese es el pueblo que aquí en Josué está llamado a liderar, hermanos: el pueblo que iba a negar a Dios aun después de la bendición. Y Josué entonces necesitaba ser fuerte y valiente para poder dirigir a este pueblo de esta forma.

Y te digo algo, hermanos: ¿por qué considero esta una de las batallas, o de los frentes más difíciles, para Josué en ser fuerte y valiente? Porque en el caso mío —tal vez en tu caso— cuando el enemigo es externo, que está ya fuera atacándote y tú lo enfrentas de vez en cuando, por lo menos va a ser. Y dices: "¡Ay, qué bendita lucha!", pero te duermes tranquilo. Pero cuando el enemigo es interno, cuando es con quien duermes, cuando es aquellos aquí sostenidos: tus hijos, o aquel papá necio, o aquellos familiares, aquellos hermanos de la Iglesia que tienes que ver frecuentemente, hermano, esa es la batalla más seria, y el llamado a ser fuerte y valiente es más serio aún, pero es el mismo llamado.

Y así como Josué tenía un reto abismal para enfrentar esas batallas, él no ganaría ninguna de ellas con las espadas o los caballos; era con el poder del Señor. Es el mismo caso tuyo y mío con nuestras batallas. Los recursos, la psicología, la experiencia, todo lo demás, a veces ocupan el lugar de Dios. Y pensamos que el ser fuerte y valiente es hacer uso de todas esas cosas, cuando la realidad es que es un carácter interno que debe producir sí una acción. No es el despliegue de habilidades; es el carácter interno que muestra la valentía.

Todos somos dominicanos, la mayoría de los que estamos aquí sabemos lo que es un tipo guapo, el que no va a arreglarlo. Y uno piensa: "Ese es un tipo guapo, es valiente". Pero cuando Dios llama a Josué a ser fuerte y valiente, no le dice en algún momento: "Prepara el ejército bien, equípalos, afila las espadas, que los caballos también". No, es a ti, es tu persona. El llamado a ser fuerte ante las batallas y las luchas es en tu corazón, es en tu mente, que recuerdas de Dios, que te transforma la mente de tal forma que tú sabes que nada te moverá porque crees lo que Él dijo. No es lo que tienes, no son los aplausos de otros; es lo que Dios te dijo, eso es lo que no te mueve. Y por eso es trascendental para nuestras vidas.

Yo sé que muchas veces viene la duda, y me imagino que Josué la tuvo. "¿Seré un fracaso? ¿Llenaré esos zapatos?" Vienen desánimos y desalientos que tantas veces nos paralizan; no hacemos nada porque es demasiado. La ansiedad nos arropa por lo que vendrá. Y esas son preguntas sinceras: ¿qué vendrá? Pero el llamado que Dios hace es a desarrollar unas convicciones de carácter basadas en lo que conoces de Él, y en la historia —a través de su Palabra— lo que conoces de la historia de tu vida, que Él te ha mostrado.

Dios preparó a Moisés para la valentía; Dios lo llamó a la valentía, pero no lo dejó así sin más, sino que le dio razones para la valentía. Dios no es como el faraón, que manda a construir sin proveer los recursos —los ladrillos para la construcción—, sino que cuando Dios llama a hacer algo, Dios provee los recursos para cumplirlo. Y por eso, en cada llamado que Dios le hace a Josué para ser fuerte y valiente, Dios da una razón.

Entonces, acompáñame a esas razones. La primera se encuentra en el versículo 6: "Sé fuerte y valiente, porque tú darás a este pueblo posesión de la tierra que juré a sus padres que les daría". ¿Por qué? Porque tú la darás; porque Yo lo juré. La primera razón contundente para que Josué fuera fuerte y valiente es la promesa de Dios, el recordar que Él lo prometió. Y esa es la misma base, el sustento y la columna donde debe basarse nuestra valentía para las batallas de la vida: las promesas de mi Dios. ¿Qué me ha dicho? ¿Qué me ha revelado de Él? Y yo entonces caminaré confiado. Dios cumplirá lo que prometió.

La primera base. Lo segundo es que Dios proveyó instrucciones claras para esa valentía, y está en el versículo 7: "Solamente sé fuerte y muy valiente". Quiero pararme allí un momento. Aquí Dios le añade algo al llamado: "Solamente sé fuerte y muy valiente". Es como si Dios le pusiera un énfasis ahora. "Tú vas a ser fuerte por mis promesas, pero ahora sé solamente fuerte y valiente para" —si lo traduce la Reina Valera: "para"— pero en el caso de la Biblia de las Américas: "cuídate de cumplir toda la ley que Moisés mi siervo te mandó. No te desvíes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito dondequiera que vayas".

Hay un instructivo, un marco de referencia para ser fuerte y valiente, Josué: la ley. Cuida de cumplirla. Y me llama la atención el énfasis que Dios le da a esto. Porque Josué —y recuerda, aquí estás tú y yo en este paralelo de la vida de Josué— en su llamado a conquistar y a liderar este pueblo, iba a ser tentado a doblar esto. Su pueblo se fue a adorar a otros dioses, y él iba a ser tentado a irse con ellos. Como le ocurrió a Aarón, cuando Moisés estaba en el monte con las leyes y el pueblo le dijo: "Aarón, ya este hombre no va a bajar de arriba. Vamos, adoraremos a ese dios". Y Aarón dijo: "Así también vamos", y se dobló.

Pero en el caso de Josué podemos ver que iba a ser tentado a lo mismo. El pueblo se iba a desviar, pero Josué tenía que mantenerse con cuidado en cumplir toda la ley de Moisés. Y cuando vemos más adelante en el capítulo 24 de Josué, podemos ver a un hombre que se mantuvo allí. Decidió: "En cuanto a mí y a mi casa, serviremos a Jehová". Este hombre estaba claro de lo que dice aquí.

Y hermano, así mismo en nuestras batallas, el enemigo se va a meter allí. Va a tratar de convencer nuestra mente, de hacernos olvidar de lo que debemos hacer, de lo fieles que debemos estar ante el caminar delante de Dios, la santidad que Dios merece. Y yo quiero hacer un énfasis especial para los jóvenes que están aquí: aquellos que están en la universidad, aquellos que están rodeados del mundo y de las presiones fuertes que esta sociedad y los medios presentan. Constantemente todo lo que te rodea te va a decir: "Suelta eso". Constantemente el mundo te va a decir: "Sí a eso". Constantemente te va a decir: "Suelta lo que estás agarrando".

Pero por eso Dios le dice a Josué claramente: "Solamente sé fuerte y muy valiente para cumplir lo que está aquí". Esto no va a ser tan fácil, pero Dios ha mostrado que esto te mantendrá vivo. Y hermanos, no disculpen la expresión, pero el caminar con el Señor no es para mamitas, perdón. Porque lo digo, no quiero ser de detrimento a nadie, pero está claro en la vida que lo constante y lo común en la carrera cristiana es la lucha y la batalla, son los retos que vienen. Los cómodos están, no en la bonanza —incluso muchos llaman a examinarnos cuando estamos también por tanto largo tiempo que nadie nos critica ni nada—, sino que vendrán batallas, vendrán momentos de ansiedad, de dolor, de pérdidas.

Y lo que Dios hace, en énfasis, es recordarte lo que te da. En el versículo 8 incluso hace aún mayor énfasis y explica un poco más: "Este libro de la ley no se apartará de tu boca, sino que meditarás en él día y noche, para que cuides de hacer todo lo que en él está escrito. Lo proclamarás y meditarás en él, porque entonces harás prosperar tu camino y tendrás éxito". Ahora bien, Dios no dice: "Si lo cumples y meditas en él y vives en base a él, yo te bendeciré y prosperaré", sino que tú te harás prosperar y tendrás éxito.

Es cierto que en nuestra vida el caminar con el Señor, Dios es lo central; Dios provee el inicio, el final, la fe —el autor de la fe y el consumador de la fe—, pero nuestro rol es también importante para nuestra bendición. Por eso Dios le dice: "El cumplir esta ley te va a bendecir, o vas a fracasar". Y no somos ignorantes de que muchas de nuestras batallas, lamentablemente, han venido no porque vinieran así, sino porque nosotros lo hemos buscado, porque nos hemos alejado de la ley de Dios. Y por eso Dios le dice: "Porque entonces harás prosperar tu camino y tendrás éxito".

Y por último, en cuanto a las razones que Dios da para ser fuerte y valiente, dice el versículo 9: "¿No te lo he mandado yo? Sé fuerte y valiente. No temas ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas". Te imaginas a Josué dándole al botón de rebobinar y estar ahí como Moisés, escuchando a Moisés decir: "Si tu presencia no va conmigo, no nos saques de aquí". Y entonces escuchar ahora: "Yo voy a estar contigo dondequiera que vayas". Era importante eso para Josué.

Incluso Dios, en el versículo 5, lo detalla aún más y dice: "Así como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te desampararé." ¿Tú recuerdas a Moisés y todo lo que yo estuve con él? Yo estaré contigo de la misma forma. Y Josué había visto lo importante que era tener la presencia de Dios.

Amados, sus promesas, su ley y su presencia son el sustento de nuestra valentía. No olvidemos lo que Él ha prometido, no nos despeguemos de su ley y no dejemos de buscar su presencia. El Josué del Antiguo Testamento pudo oír esto: "Yo estaré contigo." Pero el Josué del Nuevo Testamento —Josué significa "el que va a salvar"— tiene el mismo nombre: Jesús, que es "el Señor salva." Y ese Josué no solamente recibió la promesa; Él es quien nos da la promesa: "Estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo."

Es a través de Él que dice Pablo en 2 Corintios 1:20, que las promesas de Dios en Él, en Jesús, son sí, y en Él son amén. Por Jesús recibimos todas las promesas que Josué recibió. Si Dios está con nosotros, entonces, ¿quién contra nosotros?

No podemos ser ingenuos. Hay batallas que son batallas. Hay batallas de enfermedad que no parecen irse nunca. Hay batallas de escasez, sin trabajo, que no parece abrirse la puerta nunca. Hay batallas familiares, de relaciones que son tan serias, que tú dices: "¿Y quién arregla este lío?" Hay historias que han marcado tan profundamente que tú dices: "Señor, ¿cómo podré sobrepasar esto?"

Pero Dios te manda a ser valiente, no con un espejo mirándote a ti. Sino que ese mismo espejo tú lo inclines cuarenta y cinco grados y veas al cielo. No te veas a ti, sino que veas sus promesas, su palabra y su presencia. Él estará contigo.

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Joel Peña

Joel Peña

Joel Peña sirve como uno de los pastores de la Iglesia Bautista Internacional, donde también dirige el ministerio de consejería bíblica. Es ingeniero industrial con estudios de posgrado en Productividad y Calidad, y sirvió en su profesión por 13 años antes de dedicarse al ministerio pastoral. Completó un Doctorado en Ministerio en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Angélica Rivera y juntos tienen dos hijos, Samuel y Abigail.