Integridad y Sabiduria
Sermones

Velando el uno por el otro

Miguel Núñez 26 abril, 2015

No hay nada más desigual que tratar igual a los que no son iguales. Esta frase, que el pastor Miguel Núñez encontró en un libro de su padre fallecido cuando apenas tenía doce años, captura la esencia de lo que Pablo enseña en 1 Tesalonicenses 5:14-15: dentro del cuerpo de Cristo existen diferentes tipos de personas que requieren diferentes tipos de cuidado. A los indisciplinados hay que amonestarlos, a los desalentados animarlos, a los débiles sostenerlos, y con todos hay que ser pacientes.

Este llamado no es exclusivo del liderazgo. Pablo dirige su exhortación a todos los hermanos, porque en la iglesia las responsabilidades son compartidas. Visitar enfermos, orar unos por otros, confrontar el pecado: nada de esto recae solo sobre los pastores. Somos miembros los unos de los otros, y eso implica obligaciones mutuas que no podemos eludir. El ejemplo de Bernabé ilustra cómo debe lucir este cuidado: un hombre bueno, lleno del Espíritu y de fe, que animaba a todos porque genuinamente se gozaba en la obra de Dios aunque él no hubiera participado en ella.

La paciencia con todos mide el progreso del amor ágape en nosotros. Y el mandato final lo resume todo: no devolver mal por mal, sino procurar siempre lo bueno, para con todos. Esta bondad constante y universal refleja el carácter de un Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos. Lucir como Cristo requiere pedirle a Dios que nos forme a su imagen, porque solo así seremos espejos de sus virtudes.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Vamos a ver lo que Dios tiene para nuestras vidas!

Quiero invitarlos a que abramos la Palabra de Dios en la primera carta a los Tesalonicenses, capítulo 5. Nosotros vamos a leer dos versículos. Habíamos señalado en una ocasión anterior que el apóstol Pablo, al despedirse en esta carta, tiene una serie de imperativos uno detrás del otro, cortos pero importantes. Es como si Pablo hubiese estado escribiendo y de repente se hubiese percatado —no necesariamente fue el caso— pero como que se hubiese percatado de que había cosas puntuales, urgentes que comunicar, y las hace entonces de forma bien breve: pensamientos uno detrás del otro, pero de manera imperativa.

Acá hay algunos de esos imperativos que yo quisiera leer en los versículos 14 y 15. Así dice su Palabra: "Y os exhortamos, hermanos: amonestéis a los indisciplinados, animéis a los desalentados, sostengáis a los débiles, y seáis pacientes con todos. Mirad que ninguno devuelva a otro mal por mal, sino procurad siempre lo bueno, los unos para con los otros y para con todos."

Padre, una vez más, úsanos para honrar tu Palabra y pedir la instrucción de tu Espíritu por medio de ella. Que pueda encontrar aplicación y, por tanto, transformación en las vidas de los que escuchen. Hay cosas que tú quieres comunicar, y permite que yo no comunique ninguna de aquellas que tú no estás pensando en comunicar. Abre los labios del que predica para poder pasar a tu pueblo aquellas cosas que están en tu mente y en tu corazón. Yo te pido que, por medio de ese mismo Espíritu, tú las puedas bajar a mi mente y a mi corazón, y que ellas puedan ir a los oídos de tu pueblo, y de los oídos a sus corazones, y de sus corazones a sus vidas en la práctica. Te lo pedimos en Cristo Jesús. Amén.

Yo comentaba esta mañana con el primer grupo que a la edad de más o menos 12 años mi padre murió, y yo creo que fue quizás una de las pérdidas más significativas que yo haya tenido. Yo creo que yo viví su pérdida antes de que él realmente muriera. Recuerdo perfectamente dónde yo estaba, en el balcón de cuál clínica estaba, en el momento exacto de la mañana en que yo lloré por espacio de una hora inconsolablemente. Y pocos días después —no recuerdo exactamente— mi padre murió, y fue que al morir hubo días en que yo quería recordar cosas que tuvieran que ver con él.

Imagino que eso pasa con frecuencia con personas que han perdido a seres queridos. Yo recuerdo escarbar entre cosas que tenían que ver con él, y había un gavetero con una gaveta en particular donde él había guardado artículos que había escrito, fotos y cosas de ese tipo. Un día yo estaba buscando en esa gaveta —grande para mí, que apenas tenía 12 años— y me encontré con un libro que se titulaba *La educación de un niño excepcional*. A pesar de que yo apenas tenía 12 años, como tenía que ver con mi padre y tenía su firma, yo lo abrí y comencé a leer. Me encontré con una frase que aprendí en esa ocasión y jamás volví a olvidar, y decía: "No hay nada más desigual que tratar igual a los que no son iguales."

Menciono eso porque, en la medida en que yo reflexionaba acerca de estos versículos que acabamos de leer, ciertamente pude recordar de inmediato dicha frase, porque eso es exactamente lo que el apóstol Pablo nos está diciendo: que nosotros tenemos que abordar y tratar a diferentes grupos de personas en la iglesia dependiendo del estadio en que ellos se encuentran. No tiene nada que ver con la dignidad de la persona, no tiene nada que ver con la educación de la persona, pero tiene que ver con el estadio de santificación, el estadio emocional, el estadio en la carrera o en el caminar cristiano en que cada uno de ellos pudiera estar.

Eso es importante para la vida de iglesia, porque nosotros no podemos adoptar la frase mercadológica conocida en inglés como *one size fits all*, "un tamaño les sirve a todos", porque eso no es cierto cuando tiene que ver con los seres humanos y mucho menos con la vida de santificación y de iglesia. Sería injusto tratar a una persona que se acaba de convertir la noche anterior de la misma manera que pudiéramos hablarle o tratar a alguien que tiene 10 o 15 años caminando en la vida cristiana. Eso no sería equivalente.

De esa misma manera, nosotros podemos ver ahora cómo el apóstol Pablo nos dirige y nos dice qué debiéramos hacer con diferentes tipos de personas. Nos llama a amonestar a unos, nos llama a animar a otros, nos llama a sostener a otros, y al final nos dice: "Pero necesitan ser pacientes con todos." A diferencia del texto que expuse hace un par de semanas, antes de la interrupción por motivos de viaje —aquel texto tenía que ver con el liderazgo de la iglesia— este texto es diferente: tiene que ver con todos nosotros, los miembros de una iglesia.

Lo decimos porque el apóstol comienza el versículo 14 diciendo "os exhortamos, hermanos", no líderes: hermanos, todos los miembros de la iglesia, a hacer ciertas cosas. Si hay algo que nosotros hemos tratado de comunicar a la iglesia desde el primer día, y que aquellos que han caminado con nosotros desde el principio recordarán, es que hemos hecho énfasis en que hay múltiples responsabilidades dentro del cuerpo de Cristo que no son exclusivas del liderazgo. Hay cosas que el liderazgo necesita hacer de una forma más enfática o concentrada que la oveja, y no hay duda de que el liderazgo tiene mayores responsabilidades.

Pero para ilustrar lo que estoy tratando de comunicar: la responsabilidad de orar el uno por el otro no es exclusiva del liderazgo. La responsabilidad de visitar a los enfermos en ningún lugar de la Biblia está asignada al liderazgo; todos nosotros somos responsables de visitar a los enfermos, y mientras más cerca del enfermo estamos, con más razón tenemos para ir a visitarlos y llevarles una palabra de consolación. Hay casos donde el liderazgo tendrá que personarse allí, pero en realidad es una responsabilidad de todo el cuerpo de Cristo.

La responsabilidad de la santidad y la disciplina de la iglesia tampoco es exclusiva del liderazgo. El clásico texto de Mateo 18 comienza: "Hermano, si alguien peca contra ti, ve y repréndelo." ¿A los líderes? No, ve donde tu hermano. Y si al ser reprendido él se arrepiente, tú y tu hermano terminaron el asunto; los líderes no tienen que enterarse. ¿Te das cuenta de qué manera la Palabra, con estas pinceladas nada más, nos deja ver que nosotros tenemos responsabilidades que compartimos el uno con el otro? Tenemos que tomar esa responsabilidad más seriamente.

Y la razón por la que tenemos que tomar esa responsabilidad en serio —como dicen los jóvenes, "en serio, sí, en serio"— es por lo que Pablo le dice a los romanos en 12:5. Escucha: "Así nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo en Cristo, e individualmente miembros los unos de los otros." Dos cosas están dichas en este solo versículo: número uno, a pesar de que somos muchos, no podemos olvidar que no somos llaneros solitarios sino que formamos parte de un solo cuerpo; y número dos, tenemos que recordar que somos miembros los unos de los otros. Hay parte de mi vida y parte de tu vida que están entrelazadas y que no pueden ser desligadas una vez nosotros pertenecemos a una iglesia local.

Por tanto, nosotros necesitamos entender nuestras responsabilidades mutuas. La iglesia primitiva probablemente entendió eso mucho mejor, porque fue una iglesia que vivió perseguida y, por tanto, con necesidades. En medio de la necesidad nos buscamos con más frecuencia de manera natural. Pero eso no ocurre cuando generaciones como las nuestras, en los siglos XX y XXI, estamos tan bien suplidos que somos un poco —o mucho— autosuficientes, y por tanto muchas veces no creemos que tenemos necesidad ni siquiera de congregarnos, y pensamos que pudiéramos hacer eso vía internet. Tenemos una generación mucho más individualista, y muchas veces como no nos gusta congregarnos desarrollamos estilos de vida cristianos moralmente, pero cuyo individualismo le quita el brillo a la comunidad cristiana y al llamado de vivir en comunidad.

La Palabra de Dios de manera repetitiva nos llama a llenar responsabilidades los unos con los otros. Déjame darte algunas pinceladas, porque estaría aquí mucho tiempo visitando pasajes, pero solo algunas: la Palabra nos llama a amarnos los unos a los otros, Romanos 13:8; igualmente nos llama a alentarnos los unos a los otros, 1 Tesalonicenses 5:11; nos llama a edificarnos los unos a los otros, en ese mismo texto de 1 Tesalonicenses 5:11; nos llama a servirnos los unos a los otros, Gálatas 5:13; a ser afectuosos los unos con los otros, Romanos 12:10; a tener un mismo sentir los unos con los otros, Romanos 12:16; a aceptarnos unos a otros, Romanos 15:7; a que nos esperemos unos a otros en el contexto de la Cena del Señor, 1 Corintios 11:33 —había personas que estaban llegando primero y sirviendo primero de la Cena, y Pablo dice: "Hermanos, tienen que esperarse unos a otros"—; nos llama a tener el mismo cuidado unos con otros, 1 Corintios 12:25; y nos llama incluso a llevar las cargas de los unos y de los otros, Gálatas 6:2. Y yo no terminé con la lista.

Puedes ver inmediatamente que tenemos responsabilidades mutuas que tenemos que llenar si queremos ser un cuerpo de Cristo que refleja la iglesia que Cristo compró y que quisiera formar. La razón para enfatizar todo eso es la frase con la que Pablo comienza el versículo 14: "Os exhortamos, hermanos", y luego Pablo comienza a darnos algunas ideas de qué cosas nosotros como miembros de este cuerpo necesitamos hacer unos con otros. Pero antes de entrar a esas ideas...

Quise ver generalidades a las cuales la Palabra nos llama en diferentes textos bíblicos, para que pueda creerse luego lo que voy a decir, que tiene que ver con esta carta en particular. Pablo ahora le dice a todos los miembros de la iglesia de Tesalónica, y yo en representación de ese texto a todos los miembros: "Os exhortamos a que amonestéis a los indisciplinados". ¿Son unos de los líderes solamente? "Os exhortamos, hermanos, a que animéis a los desalentados, a que sostengáis a los débiles, y a que seáis pacientes con todos." Diferentes actitudes para diferentes personas o grupos de personas, porque no hay nada más desigual que tratar igual a los que no son iguales. A los indisciplinados no los vamos a aplaudir, y a los desalentados no los vamos a disciplinar.

De manera que yo quisiera comenzar viendo el primer mandato, y es un mandato porque están en imperativos: que amonestéis a los indisciplinados. La palabra amonestar es una palabra muy paulina; aparece siete veces en sus epístolas. En ningún caso la palabra aparece con la intención de avergonzar a nadie; en cada uno de los casos aparece como fruto de un amor y cuidado genuino de alguien que ama a su hermano.

Hasta el punto que, cuando el apóstol Pablo le escribía a los corintios —y si había una congregación que pudiera ser digna de corrección, era la iglesia de Corinto, donde la gente se peleaba: uno se hacía de Pablo, otro de Cefas, otro de Apolos, y otro decía "yo soy de Cristo solamente"— y había gente que vivía en inmoralidad. Se había una iglesia digna de reproche, y a esta, a esos hermanos, Pablo los amonesta. Cuando les escribe en esa primera carta, en el capítulo cuatro, versículo 14, esto es lo que el apóstol les dice: "No escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como a hijos míos amados." Corintios, mi intención al hablarles incluso de forma firme en esta carta no es causarle a ninguno de vosotros ningún reproche o vergüenza, sino que yo tengo un dolor profundo en mi corazón porque los considero hijos míos y amados en el Señor.

Porque en mi corazón lloro. Nosotros tenemos una responsabilidad cristiana que Dios aplaude, que Dios quiere que emulemos unos con otros. Todos podemos y todos debemos ir el uno al otro. Acá, el que resiste la amonestación, perdió; el que se agrada con ella, ganó. Ahora, el texto me dice que yo debo amonestar a los indisciplinados.

Esa palabra ha sido traducida de manera distinta. La Reina Valera 60 tiene la traducción de "ociosos", y la Nueva Versión Internacional tiene la traducción de "holgazanes". La razón es que la palabra en el original fue usada de diferentes maneras y no está claro, dado el contexto, si Pablo se estaba refiriendo a personas indisciplinadas, por tanto desobedientes y rebeldes, o si se estaba refiriendo a holgazanes. Luego, en la segunda carta a los tesalonicenses, él se refiere a ellos porque había personas en esta congregación que no querían trabajar. ¿Se estaba refiriendo Pablo a ellos? Y si se estaba refiriendo a ellos, lo que le estaba tratando de comunicar, probablemente, es que no permitiéramos holgazanes, vagos entre nosotros, que no fueran amonestados debidamente conforme a la revelación bíblica, porque ellos necesitaban entender algunas cosas que Dios ha revelado con relación al trabajo.

Ahora, La Biblia de las Américas prefiere la traducción de "indisciplinados", en cuyo caso nosotros podríamos ver que yo pudiera ser indisciplinado y por tanto no quiero trabajar, o yo pudiera ser indisciplinado y por tanto rebelde, y no me someto a las reglas. Quizás Pablo se estaba refiriendo a algunos de ellos que estaban causando problemas en la congregación. Uno de los comentarios exegéticos consultados prefiere la traducción de "holgazanes rebeldes", en inglés "unruly", aquellos que no se someten a las reglas.

Pero si por casualidad Pablo se estaba refiriendo a personas que no querían trabajar, a la hora de yo ir a amonestarlos, ¿qué les digo? Porque detrás de este imperativo bien corto se esconden, por así decirlo, volúmenes de información. Pablo me dijo que vaya y amoneste a los ociosos —vamos a decir por ahora— ¿qué le digo? Bueno, yo tengo que recordarle que Dios, cuando creó a Adán y a Eva, les dio una orden, un mandato de trabajar; bendijo el trabajo antes de la caída y lo consideró bueno en gran manera. Yo tengo que recordarle que cuando Dios ordenó la semana, la ordenó en seis días de trabajo y solamente un día de reposo.

Y yo tengo que recordarle, sobre todo Pablo, a esta congregación de los tesalonicenses, que cuando él escribe en su segunda carta, él se usa a sí mismo como modelo de trabajo arduo. Y le dice a ellos en la segunda carta a los tesalonicenses: "Pues vosotros mismos sabéis cómo debéis seguir nuestro ejemplo." Pablo continuamente apunta hacia sí mismo como modelo para la congregación, y así debería ser. Los líderes se supone que deben ir delante y las ovejas siguiendo su ejemplo.

"Porque no obramos de manera indisciplinada entre vosotros, ni comimos de balde el pan de nadie, sino que con trabajo y fatiga trabajamos de día y de noche, a fin de no ser carga a ninguno de vosotros; no porque no tengamos derecho a ello, sino para ofrecernos como modelo a vosotros, a fin de que sigáis nuestro ejemplo." Aquí está el apóstol Pablo diciendo en la segunda carta a los tesalonicenses, capítulo 3, versículos 7 al 9: hermanos, nosotros trabajamos arduamente hasta fatigarnos, trabajamos de día, trabajamos de noche, trabajamos con nuestras propias manos, y la razón era que nosotros queríamos dejarles a vosotros un ejemplo. No era que no teníamos el derecho de vivir de aquello que hacemos en el ministerio, pero teniendo el derecho, rehusamos el derecho para que pudiéramos ofrecer un modelo de trabajo para vosotros. El cristiano tiene un llamado a la vida productiva, sin lugar a duda. La vida de piedad no es compatible con la holgazanería.

Ahora, si la mejor traducción no es "holgazanería" sino "rebeldía", y se amonesta a los rebeldes, a aquellos que son indisciplinados, a aquellos que no se someten a las reglas, entonces, Pablo, ¿qué les digo cuando vaya a amonestarlos? Bueno, hay muchas cosas que se les puede recordar, pero una de ellas es que recuerden que el Señor compara la rebeldía con el pecado de hechicería, y eso no es un pecado pequeño. Es nuestra tendencia natural a ser de esa manera, pero la realidad es que la rebeldía trae consecuencias a la persona, a aquellos que están a su alrededor, y a la vida de la iglesia; no produce un convivir sano entre los hermanos.

De esa misma manera, yo tengo que recordarles que el Señor nos ha organizado de tal forma que nosotros nos debemos sumisión: hay una sumisión a las autoridades, hay una sumisión mutua —incluso para quitarle el color jerárquico a esto—. Pero esa sumisión, yo estoy convencida de que, entre otras cosas, Dios la ordenó porque a mí me conviene: en mi rebeldía, someterme es un excelente instrumento para cultivar la humildad en nosotros. El grito de autonomía de la criatura en contra del Creador necesita ser silenciado, y nosotros, cuando venimos a Cristo y proclamamos "Señor", decimos que Él ejerce señorío. Pero si somos honestos, tenemos que reconocer que hay áreas de nuestras vidas que nosotros rehusamos entregar, no en palabras, pero sí en acciones. Y decimos a veces: "Hay una parte de mí que no quiero entregar, hay una parte de mí que me pertenece, hay una parte de mí que todavía no voy a soltar, porque me agrada, porque me produce los resultados que yo quiero."

Y el consejo del apóstol Pablo, entonces, es que a los indisciplinados, rebeldes, o de nuevo en inglés, "unruly" —aquellos que no se someten a la regla— necesitan ser amonestados. Ahora, la actitud del que amonesta, la actitud del apóstol Pablo, es una actitud humilde, es una actitud de preocupación por tu alma, por tu caminar. Y la actitud del amonestado, ¿cuál debe ser? Una de mansedumbre y de agradecimiento por preocuparse por mi caminar. Mañana tú tienes que ir donde alguien; si tú tienes que venir donde mí, hazlo. No nos va a gustar; a la carne no le gusta la amonestación. Pero Dios se va a agradar, y tienes una obligación de velar el uno por el otro.

Este es el título de mi mensaje hoy: "Velando el uno por el otro." Y los mandatos están aquí. Primer mandato: amonestar a los rebeldes o a los indisciplinados. Segundo mandato: que animéis a los desalentados. Es una función vital dentro del cuerpo de Cristo. La vida es difícil, la vida es dura, la vida tiene incertidumbres, la vida tiene desalientos. Entre nosotros hay hermanos, quizás hoy, que han tenido pérdidas de un ser querido; hay hermanos que han sufrido el abandono de un ser querido; hay otros que quizás están bajo circunstancias económicas y presiones difíciles; hay otros que quizás están desalentados por alguna enfermedad física, o por alguna traición de un amigo o una amiga, o por la falta de apoyo moral, o por la presencia de crítica de parte de otros, o por alguna experiencia dolorosa en su vida.

Independientemente de las razones, es posible que en un grupo tan numeroso como este haya personas diversas pasando por circunstancias de desaliento aun hoy en día. Y nosotros mismos podemos dar testimonio de que también hemos pasado por tiempos de desaliento: a veces de un día, a veces de una semana, a veces de meses. Es parte de esta vida en este mundo caído.

Ahora, para que eso pueda ocurrir, para que podamos alentar a los desalentados o animar a los desalentados, dos cosas tienen que darse. Uno tiene que comunicar su desaliento, porque a veces detrás del rostro que presentamos hay un dolor, hay un desaliento, hay una insatisfacción, hay una experiencia que nosotros no conocemos. Pero requiere también de otro que esté dispuesto y deseoso de escuchar el desaliento para animar a ese otro. Y cada uno de nosotros necesita pedirle a Dios que nos ayude a cultivar un espíritu de Bernabé en nosotros.

Quizás usted conoce la historia de Bernabé, pero quizás hay otros que no la conocen. Bernabé fue el hombre que introdujo a Pablo a la comunidad cristiana cuando nadie quería saber de Pablo. Ananías mismo habló con el Señor en oración cuando el Señor le pide que vaya a orar, y este señor —por eso es el perseguidor de la iglesia— dice: "Ananías, yo sé, yo lo he elegido." Y para los que se toman riesgo, e introduce Bernabé, se toman riesgo e introduce a Pablo a la comunidad. Bernabé es el hombre que cree en Marcos y le da una segunda oportunidad cuando Pablo mismo no quiso llevarse a Marcos en su segundo viaje misionero; no lo consideró apropiado porque Marcos lo había abandonado en el primer viaje. Entonces Bernabé decide partir con Pablo, Pablo se va con Silas, Bernabé se va con Marcos, y Marcos escribe el Evangelio de Marcos.

Bernabé se destacó por ser un hombre de aliento; su nombre significa "hijo de consolación" o "hijo de aliento". Sería una bendición para el cuerpo de Cristo contar con múltiples Bernabés entre nosotros. Bernabé se destacó en la iglesia primitiva justamente por tener este espíritu distinto. Cuando la iglesia de Antioquía de gentiles comenzó a crecer, la iglesia judía de Jerusalén se enteró, y fue natural entonces que, como iglesia más madura, quisieran enviar a alguien a Antioquía para que viera, inspeccionara y diera su aprobación o no de lo que estaba ocurriendo. ¿Y a quién usted piensa que enviaron? A Bernabé.

Ahora escuche lo que el texto dice de Bernabé cuando llega a Antioquía, porque si estamos tratando de animarnos a animar a los desalentados, debemos tratar de indagar por la misma Palabra cómo es que se hace eso, cómo luce una persona alentadora. Bernabé es nuestro mejor ejemplo. Cuando llega a Antioquía, en el libro de los Hechos, capítulo 11, leemos lo siguiente en los versículos 22 al 24:

"Y la noticia de esto llegó a oídos de la iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé hasta Antioquía. El cual, cuando vino y vio la gracia de Dios, se regocijó, y animaba a todos para que con corazón firme permanecieran fieles al Señor, porque era un hombre bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe."

¿Escuchaste todo lo que ahí dice de Bernabé? En primer lugar, Bernabé fue, vio, y se percató: "Esto es obra de la gracia de Dios. Yo no tuve nada que ver con esto, yo no estuve detrás de esto que está ocurriendo aquí." Pero el texto dice que, a pesar de que Bernabé no tuvo nada que ver con eso, cuando él vio la gracia de Dios ocurriendo y moviéndose entre los gentiles, él se animó, él se regocijó con ellos. Nuestra tendencia es regocijarnos de aquello en lo que yo estoy involucrado, y nuestra tendencia humana también es ignorar, rechazar o condenar muchas veces aquello en lo que yo no estoy involucrado. Pero en el caso de Bernabé eso no fue así: él fue, vio, y se regocijó.

Y escucha lo que él hace: tan pronto él entiende que esto es obra de Dios, "animaba a todos" —no a algunos, a todos— "para que con corazón firme permanecieran fieles al Señor." Eso es lo que él hacía. Pero yo te voy a decir por qué lo hacía, porque el texto lo dice. El texto literalmente une lo que él hacía con una conjunción, con la razón por la cual él hacía lo que hacía. Escucha: "animaba a todos para que con corazón firme permanecieran fieles al Señor, porque…" Ahí está la razón por la que él hacía lo que hacía: "era un hombre bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe." Este es el calificativo de Bernabé.

Nosotros no somos muy dados a reconocer características en otros, y frecuentemente lo pensamos pero no lo decimos, porque luego se nos vuelve en contra. Sin embargo, la Palabra de Dios habla de personas buenas como Bernabé, habla de personas justas como José el esposo de María, habla de personas intachables como Job, habla de hombres más humildes que todo otro hombre en la faz de la tierra como Moisés, habla de personas de un espíritu extraordinario como el de Daniel. Porque Dios está tratando de decirnos: "Esta es mi obra en ellos, y si ellos han podido caminar de esa manera, ellos reflejan mi carácter. Yo quiero que entiendas que ellos también te pueden servir de modelos."

Y ahora tenemos a un Bernabé que Dios —quien inspira la Palabra— califica de "un hombre bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe." De manera que el animar a otros no es algo que tenga algo de temperamental, como si ciertos temperamentos estuvieran más dados a esa acción que otros; más que eso, es algo de llenura. Bernabé era un hombre lleno del Espíritu y de fe. La bondad en Bernabé —porque el texto dice que era un hombre bueno— es un fruto del Espíritu. Y recuerda lo que Pablo revela en Gálatas 5:22-23.

Hermanos, tenemos que recordar que es preferible un hombre lleno del Espíritu y con poco conocimiento que un hombre lleno de conocimiento y poca llenura. A ver si lo digo otra vez: es preferible un hombre lleno del Espíritu y con poco conocimiento que un hombre lleno de conocimiento y poca llenura. Bernabé era un hombre bueno, pero su bondad había sido cultivada por el mismo Espíritu de Dios, porque la bondad es uno de los frutos del Espíritu.

Si hay algo que yo he aprendido en mi vida cristiana y al leer la Palabra, es que mi progreso en la vida cristiana no puede ser medido por ejercicios espirituales o por disciplinas espirituales, porque si así hubiese sido, los fariseos estarían en primer lugar. La única manera de medir mi progreso en el Señor es por la presencia del fruto del Espíritu, que tiene que ver con el carácter que ha sido formado. Déjame leerte rápidamente el fruto del Espíritu conforme a la revelación de Dios, para que podamos hacernos la misma pregunta que yo me hacía mientras revisaba esta lista una vez más.

Amor: ¿lo tienes? No para con algunos, mis hijos, claro —no hay nada más grande que mis hijos— y los demás. Gozo: ¿lo tienes? Paciencia: ¿la tienes? Mansedumbre: ¿la tienes? Benignidad: ¿la tienes? Bondad: ¿la tienes? Fidelidad: ¿la tienes? Dominio propio: ¿lo tienes? No podemos olvidar que el Señor dijo: "Obediencia quiero y no sacrificio." Quiero la aplicación de lo que conoces y no la teoría que has sabido, porque realmente lo que cultiva el fruto del Espíritu en nosotros no es lo que oigo, no es lo que leo, es la aplicación de lo que entró a mi mente y a mi corazón. Hasta que no lo aplico y no lo vivo, no se ha convertido eso en un verdadero aprendizaje; mientras tanto, solamente somos oidores pero no hacedores.

Todo eso porque la epístola nos está tratando de llamar a animar a los desalentados, pero para yo ser un Bernabé necesito llenura del Espíritu, y la llenura del Espíritu cultivará en mí entonces cualidades que me permitirán ser un Bernabé, un tipo de Bernabé dentro de la congregación, de tal forma que a los desalentados yo pueda animar.

Tercera recomendación o mandato del apóstol Pablo, por instrucción o inspiración del Señor: que sostengáis a los débiles. Y ahí, una vez más, la palabra "débil" no está clara en su connotación. Algunos piensan que pudiera referirse a personas enfermas, pero al mismo tiempo descartan esa posibilidad porque el contexto no sugiere eso; hubiesen estado llamando a la oración más que a sostener a los débiles. Otros piensan que quizás "débil" tenía que ver con personas que eran débiles de conciencia, como aquellos que Pablo menciona en la primera carta a los Corintios, capítulo 8: que si comías carnes sacrificadas a los ídolos en su presencia, tú te convertías en piedra de tropiezo para esa persona que todavía tiene mucho legalismo, y que entonces nuestra libertad en Cristo, mal ejercida, pudiera hacerle piedra de tropiezo. Pero de nuevo, el contexto no sugiere nada similar.

Otros piensan que quizás los débiles tenían que ver con el estatus económico de personas en la iglesia, y eso es posible, porque la iglesia primitiva, sobre todo al principio, no tenía mucha gente de sabiduría, ni mucha gente educada, ni mucha gente de estatus económico. Pero en la medida en que la iglesia creció y otras personas se fueron agregando, era posible que se fueran olvidando, ignorando, relegando a un segundo plano a personas de poca estatura económica, pudiéramos decir. Una evidencia de que realmente la composición de la iglesia era así es lo que Pablo escribe a los corintios en la primera carta, capítulo 1, versículos 26 al 29:

"Pues considerad, hermanos, vuestro llamamiento: no muchos sabios conforme a la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios ha escogido lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y Dios ha escogido lo débil del mundo para avergonzar a lo que es fuerte, y lo vil y despreciado del mundo ha escogido Dios, lo que no es, para anular lo que es, para que nadie se jacte delante de Él."

Quizás tenía que ver con personas débiles en ese sentido de la palabra. Pero otros piensan que quizás tenía que ver con débiles en el sentido en que el profeta Isaías pensó de personas débiles que debíamos sostener, cuando escribió en el capítulo 35, versículo 3: "Fortaleced las manos débiles y afianzad las rodillas vacilantes." Quizás personas deprimidas, quizás personas con poca valoración de sí mismas, personas con complejos por la vida anterior que habían tenido, complejo de inferioridad y cosas parecidas, personas con inestabilidad emocional o espiritual.

Quizás Pablo estaba diciendo: "Tienen que sostener a esos débiles." Pero independientemente de a cuál grupo de personas Pablo se estaba refiriendo, lo que no cabe la menor duda es que hay un llamado a sostener a personas débiles dentro de la congregación de parte de aquellos que no son débiles, y que eso es una responsabilidad que yo no puedo eludir, que es una responsabilidad que yo necesito llenar.

Y de esa misma forma, entonces, tú puedes ver de nuevo que no vamos a hacer la misma cosa ni con el mismo grupo de personas. De nuevo, no vamos a disciplinar a los débiles, sino a los indisciplinados. No vamos a aplaudir a los holgazanes, porque ellos no son dignos de aplauso. No hay nada más desigual que tratar igual a los que no son iguales. Ahora bien, luego que Pablo nos ayuda a pensar en grupos de personas dentro de una congregación —y esta no es una lista exhaustiva, que darían otros— luego que nos…

Ayuda a pensar en ellos. Nos da una cuarta recomendación y nos dice: ser pacientes con todos. Eso es corto, pero eso no es tan sencillo ni tan fácil como parece indicar las pocas palabras que describen esa acción. Si tú entiendes lo que la paciencia es, lo que la paciencia requiere, te darás cuenta de que esto es más complejo de lo que se ve a simple vista. Cuando el Señor Jesús nos dice "aprended de mí, que soy manso y humilde", ese es el carácter que podrá mostrar el fruto del Espíritu cultivado en él, y la paciencia es un fruto del Espíritu.

Pablo está diciendo: ser paciente. Muestra uno de los frutos del Espíritu con todos, hasta con los tesalonicenses, para con ellos, con todos. La palabra misma nos dice que el amor es paciente. La paciencia es un barómetro de cómo anda mi vida espiritual, de cómo estoy progresando. La paciencia mide el progreso de mi amor ágape, que es un valor cardinal en la vida cristiana. Te das cuenta de que cuando Pablo me dice que sea paciente con todos, me está diciendo que ame a todos incondicionalmente.

Cuando la Biblia se refiere a Dios como alguien paciente, la palabra o la frase con la que frecuentemente se califica a Dios en ese atributo es que es lento para la ira. En inglés, algunas traducciones como la de King James usan la palabra *long-suffering*, como que Dios está dispuesto a sufrir por un largo tiempo mis pecados, mis desaciertos, mis impaciencias. Y ahora Pablo nos está llamando a ser como Dios en cuanto a la paciencia.

La paciencia está en el lado opuesto de la ira, de la irritación, de la frustración, de la incomodidad con el otro, de la intolerancia. La paciencia persevera en las relaciones. Imaginémonos que en este cuerpo de Cristo no tengamos paciencia el uno con el otro: las relaciones no van a perdurar, porque no vamos a ser pacientes el uno con el otro, y no podremos tener relaciones sólidas construidas a lo largo de los años. La paciencia pasa por alto las faltas de otros, como Dios ha pasado por alto y me ha perdonado pecados que yo he cometido en el pasado. La paciencia no se irrita fácilmente; por tanto, no se ofende fácilmente. La paciencia no tiene problema al hablar, porque sabe medir sus palabras, porque es lenta para hablar, y es mejor escuchadora que habladora. La paciencia no hiere con facilidad al otro, justamente porque es paciente y sabe esperar.

La paciencia tampoco es selectiva: paciente con este, impaciente con aquel. Yo puedo actuar pacientemente con unos y no pacientemente con otros, pero Pablo nos está llamando a ser pacientes, y eso tiene que ver con la totalidad de aquellos con quienes yo me estoy relacionando. Y así es nuestro Dios: Él es paciente. Eso es lo que Pablo estaba tratando de ver en esta congregación a la cual él está exhortando a hacer estas cosas: quería ver una congregación que reflejara el carácter de Cristo. Eso es justamente lo que yo descubro al reflexionar en Primera y Segunda de Tesalonicenses, por lo cual me motivé a exponer esta carta en sermones, y es que esta carta tiene el potencial de ayudarnos a reflejar el carácter de Cristo como congregación.

Quinta recomendación —mejor dicho, quinto mandato, porque no es una recomendación—: "Mirad que ninguno devuelva a otro mal por mal." Ahí pensamos en venganza. Yo dudo que haya alguien aquí que piense: "Yo soy un vengador." Pudiera ser, pero no creo que eso sea común. Sin embargo, nos vengamos más de lo que pensamos, en algunos casos más fácil de ver que en otros. Por eso yo creo que la frase "mal por mal" es mejor entenderla así: cuando alguien nos habla mal y yo le hablo mal, eso es venganza; estoy devolviendo mal por mal. Cuando alguien me ofende y yo me distancio, yo me estoy vengando; le estoy haciendo al otro pagar por lo que me hizo. Es pagar mal con mal.

Cuando alguien me habla bien y yo le respondo mal, más que venganza —porque no estoy devolviendo mal por bien, sino mal por bien al revés— es más bien orgullo personal que se ha sentido herido. Y puedes ver entonces que hay una serie de acciones que tomamos, concatenadas unas con otras, relacionadas al carácter, pero que no son exactamente lo mismo. Me hablas con amor y yo respondo de mala manera: eso sería contrario a la paciencia. Cuando me irrito porque es la segunda o la tercera vez que quizás hablamos de lo mismo, eso es falta de paciencia, y Dios me ha mandado perdonar a mi hermano setenta veces siete, o un número incontable de veces. Cuando me hablas de algo que la Palabra me ordena y yo me rehúso, eso ya no es venganza, es rebeldía. Pero si hay algo que la Palabra nos deja ver, es que a la hora de relacionarme con el otro no puedo pagar mal por mal, porque eso no es como Dios me ha tratado, y si quiero reflejar el carácter de Cristo, tengo que aprender a hacerlo de otra manera.

Sexto mandato —y no es una recomendación—: sino procurar siempre lo bueno los unos para con los otros, y para con todos. Pablo dice estas cosas como de paso, como al descuido, pero lo increíble es que detrás de esta frase hay un peso enorme en lo que acaba de decir. Déjame desglosarte esta frase. Primero me dice "procurar". El verbo en el original, según estuve escudriñando, es extremadamente fuerte; es un verbo usado con frecuencia para describir a aquellos que estaban siendo perseguidos por su fe. De manera que Pablo está diciendo que a la hora de procurar lo bueno, no es simplemente "tú debieras tratar", no; que yo debiera perseguir lo bueno con esfuerzo, salirme prácticamente de mí mismo, aunque no lo sienta, aunque no lo quiera, y hacer un esfuerzo y lanzarme tras lo bueno. Así de fuerte es el verbo.

Y como si eso no fuera suficiente, Pablo me dice "procurar siempre": no a veces, no con frecuencia, sino todo el tiempo. Yo quiero que hagas ese esfuerzo extraordinario para procurar lo bueno para con el otro. Y si eso no es suficiente, todavía escucha lo que Pablo me dice: yo tengo que procurarlo con esa intensidad, yo tengo que hacerlo siempre, y ahora para con todos. ¿Estás relajando, Pablo? ¿Con todo el mundo? ¿Si tú quieres que yo me esfuerce todo el tiempo, de forma extraordinaria, para con todo el mundo, para procurar lo bueno para con esa persona, independientemente de lo que me haya hecho, independientemente de lo que me haya dicho, independientemente de si el otro está de mi lado o del otro lado? ¿Y por qué quieres que yo haga eso, Pablo? Porque tú eres hijo del Señor, y el Señor es así, y tú tienes que reflejarlo para con todos.

Así es nuestro Dios: Él hace salir el sol sobre buenos y malos, Él hace llover sobre buenos y malos, Él da alimento a buenos y malos, Él da hijos a buenos y malos, Él da salud a buenos y malos, da vida a buenos y malos. Y por eso Pablo cierra esta serie corta de imperativos de convivencia cristiana con un llamado a la bondad para con todos y siempre, precisamente porque entiende que es la manera de nosotros reflejar el carácter de Cristo. Él nos deja ver que necesitamos ser pacientes para con todos, y la paciencia es un fruto del Espíritu, y la paciencia es el fruto de amar incondicionalmente. Si yo puedo ser paciente es porque el Espíritu ya ha trabajado en mí, es porque el amor ágape ya ha sido cultivado en mí, y ahora yo puedo tener y procurar la bondad siempre para con todos.

Hermanos, no podemos olvidar que nosotros tuvimos una época en que caminábamos en tinieblas. Y de hecho Pablo nos dice que hubo un momento en que nosotros no solamente estábamos rodeados de tinieblas y pecado, sino que éramos tinieblas; el pecado estaba adentro. Pero ahora la luz ha resplandecido en nuestro interior, y Dios justamente nos llamó de las tinieblas a su luz admirable para que nosotros pudiéramos reflejar las virtudes de ese que nos hizo el llamado. Porque nosotros somos ¿qué cosa? Nación santa, pueblo escogido, real sacerdocio, con una misión y una sola misión: reflejar las virtudes del que me llamó de la oscuridad en la que yo estaba a la luz en la que yo me encuentro. Y sus virtudes tienen que ver con el amor, con la paciencia, siempre para con todos.

Y Él es quien nos alienta, Él es quien nos fortalece, Él es quien nos sostiene, Él es quien nos amonesta, y Dios quiere que yo refleje todas y cada una de sus virtudes. ¿Tú no quieres eso? ¿Tú no quieres lucir como Cristo? ¿No quieres tener las bendiciones de Cristo? ¿No quieres parecerte al Señor Jesús? ¿No quieres ser un espejo de las virtudes de nuestro Dios? Pues tienes que pedirle a nuestro Dios que haga eso, que haga esa obra en ti. Tienes que pedirle a Dios que te forme a su imagen, que te moldee, que haga lo que tenga que hacer, porque tú quieres lucir como uno de sus hijos. Tú has de ser bendecido, tú has de vivir en gozo, tú has de vivir en paz, tú has de vivir en reposo. ¿No quieres vivir así? ¡Amén!

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.