Integridad y Sabiduria
Sermones

La venida del Señor

Miguel Núñez 27 julio, 2014

La venida del Hijo del Hombre será un acontecimiento de proporciones inimaginables. Marcos 13 describe señales cósmicas que precederán ese día: el sol se oscurecerá, la luna dejará de dar su luz, las estrellas caerán y las potencias de los cielos serán sacudidas. Inmediatamente después, aparecerá Cristo viniendo en las nubes con gran poder y gloria. A diferencia de su primera venida, cuando llegó casi ignorado a un pesebre, esta vez vendrá como Rey de Reyes, acompañado de los ejércitos celestiales, y todo ojo le verá.

Las señales que preceden su regreso funcionan como las hojas de la higuera: cuando brotan tarde en primavera, anuncian que el verano está cerca. De la misma manera, la generación que vea estas señales sabrá que Cristo está a las puertas. No habrá un intervalo de cien años entre las señales y su venida; ambas ocurrirán dentro del mismo período generacional. Y aunque nadie conoce el día ni la hora, hay una garantía absoluta: el cielo y la tierra pasarán, pero las palabras de Cristo no pasarán. Dudar de su palabra es cuestionar la integridad misma de Dios.

¿Cuál debe ser entonces la actitud del creyente en la espera? Cristo lo repite tres veces: velar. Velar no significa escudriñar el cielo cada mañana buscando señales, sino ocuparse fielmente en la tarea asignada. Como siervos que no saben cuándo regresa el dueño de la casa, debemos mantenernos activos en los negocios del Padre: esparciendo el evangelio, cuidando nuestra salvación, aprovechando la ventana de oportunidad que eventualmente se cerrará. No sea que él venga y nos halle dormidos.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Quiero invitarlos ahora a que puedan irse al libro del evangelio de Marcos, capítulo 13, para nosotros volver a revisar algunas cosas que veníamos revisando y que nos habíamos quedado atrás por unas semanas de vida diferente, de circunstancias. Hace varias semanas comenzamos a ver el capítulo 13 de Marcos y al comenzar hablamos de dos cosas predominantemente que Cristo había enseñado en esa ocasión a sus discípulos. La primera tenía que ver con la destrucción del templo de Jerusalén y parte de la ciudad. La segunda tenía que ver con señales de los finales, de los tiempos finales, de los tiempos por venir.

Luego nos detuvimos porque un domingo en que yo me enfermé, luego tuvimos dos predicadores invitados desde el exterior, y luego yo estuve el domingo pasado en Costa Rica enseñando la Palabra y predicando también. Entonces hoy nosotros continuamos con este tercer mensaje dentro de una miniserie, dentro de la serie del libro de Marcos. Si usted no estuvo aquí y no tuvo la oportunidad de escuchar los dos mensajes anteriores, pues quizás sería bueno que pueda escucharlos durante la semana en el tiempo que usted pueda. Y si usted estuvo, quizás como hace ya varias semanas que estuve predicando acerca de los dos primeros mensajes —que representan la introducción al mensaje de hoy— quizás hoy se encuentra en este momento un tanto desconectado. Yo voy a tratar en breves momentos de reconectarlo con lo que había estado ocurriendo.

En esencia, Cristo ha estado enseñando el día martes anterior a su crucifixión en el templo. Cuando alguien estaba saliendo del templo, uno de sus discípulos se aproxima, lo intercepta y le dice: "Maestro, mira qué piedras y qué edificios." Estaba refiriéndose al templo y a algunas edificaciones dentro del interior del templo; estaba sumamente impresionado y tratando de llamar la atención del Maestro sobre estas grandes piedras con las cuales estos edificios fueron construidos. Y Jesús le dijo: "¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra que no sea derribada." Cristo comienza a profetizar acerca de lo que sería la destrucción del templo, que representaba nada más y nada menos que un juicio sobre el judaísmo ya corrupto del primer siglo, y el templo como su símbolo número uno iba a ser destruido en apenas, quizás, cuarenta años después de la muerte de Cristo.

Los discípulos oyeron esto y obviamente debieron haber sentido algo en su interior, y comenzaron a preguntarle en privado: "Dinos, ¿cuándo sucederá esto? ¿Y cuál será la señal cuando todas estas cosas se hayan de cumplir?" Cristo comienza entonces a explicarles lo que iba a ocurrir cuatro décadas después y, a la vez, comienza a introducir un tema que tenía que ver con los tiempos futuros, tratando de conectar esas dos cosas. Lo que nos faltaba por ver del capítulo 13 es justamente la venida del Señor, y así hemos titulado nuestro mensaje: "La venida del Señor" o "La venida del Hijo del Hombre."

Con eso quiero entonces que puedan ir al versículo 24 de Marcos 13 y leer conmigo hasta el final.

"Pero en aquellos días, después de esa tribulación, el sol se oscurecerá y la luna no dará su luz. Las estrellas irán cayendo del cielo y las potencias que están en los cielos serán sacudidas. Entonces verán al Hijo del Hombre que viene en las nubes con gran poder y gloria, y entonces enviará a los ángeles y reunirá a sus escogidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. De la higuera aprended la parábola: cuando su rama ya se pone tierna y echa las hojas, ¿sabéis que el verano está cerca? Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que Él está cerca, a las puertas. En verdad os digo que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán. Pero de aquel día o de aquella hora nadie sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre. ¡Alerta! Velad, porque no sabéis cuándo es el tiempo señalado. Es como un hombre que se fue de viaje y al salir de su casa dejó a sus siervos encargados, asignándole a cada uno su tarea, y ordenó al portero que estuviera alerta. Por tanto, velad, porque no sabéis cuándo viene el Señor de la casa, si a la tarde, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana. No sea que venga de repente y os halle dormidos. Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡velad!"

Padre, gracias. Gracias porque a ti te ha placido revelar cosas que muchos quisieron saber en el pasado y no escucharon enseñanzas semejantes. Mira, Dios, que este pasaje y otros como él no son necesariamente fáciles de entender, y sin embargo, si tú te molestaste en revelar tal cosa, tú quieres que nosotros las escudriñemos. Yo quiero pedirte que por medio del Espíritu que las inspiró en primer lugar, tú nos permitas escudriñarlas bajo tu dirección. Ayúdanos a no desviarnos del texto inspirado, ayúdanos a no especular, cuídanos de errar, Dios. Ilumina nuestra mente y ayúdanos a entender que ciertamente, si tú lo has revelado, es porque tú entiendes que tus hijos debieran conocerlo, estudiarlo, pasarlo a la próxima generación. Ayúdame a hacer mi trabajo bajo la guianza de tu Espíritu. En Cristo Jesús te lo pido.

Ahí está el texto que acabamos de leer. Como decía, ese y ninguno de los textos que tienen que ver con los tiempos futuros son fáciles de entender. Eso ha hecho que una porción de la iglesia, sobre todo en cierto tiempo para acá, se haya descuidado con relación al estudio de estos textos. Esa es una razón. Hay otras razones, y es que como estos textos han llevado a diferentes interpretaciones a parte de gente ortodoxa y seria, pues han suscitado muchas veces controversias. Entonces, para evitar la controversia, para evitar la división, la iglesia ha sido negligente en su estudio y proclamación, pero la única que ha sufrido con ese abordaje es la iglesia.

Como bien dice la Palabra de Dios en Deuteronomio 29:29, las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos. Las cosas secretas le pertenecen a Dios, pero hay bastante que Dios ha revelado del tiempo futuro y, por tanto, eso nos pertenece a nosotros para estudiarlo, para escudriñarlo, para tratar de llegar a algún entendimiento de aquello que el Espíritu de Dios se tomó la molestia en revelar. La realidad es que recientemente la Coalición para el Evangelio llegó a esa misma conclusión: que estos textos relacionados al tiempo futuro han sido dejados de lado, hemos sido negligentes con ellos, y que si Dios lo había revelado, había necesidad de enseñar lo que es importante. Ellos han dedicado la próxima reunión en abril del año que viene a estudiar y a exponer algunos de estos textos, y le han dado a su tema del año próximo el nombre de "Heaven", el cielo, para precisamente tratar con algunos de los textos difíciles de entender y escudriñar.

En el texto que yo leí hay claramente cuatro cosas que pueden ser fácilmente discernibles, y yo creo que esa es la manera de estudiar textos complejos: vamos a ir a lo que es claro, a lo que es discernible, que no requiere de mucha interpretación, y comenzar allí, y luego entonces continuar hacia el resto. No hay duda de que aquí hay una venida de Cristo; de eso tenemos que hablar. En segundo lugar, aquí hay señales que precederán a su venida, y de eso podemos y debemos exponer. Número tres, hay una garantía que Cristo ofrece de que aquellas cosas profetizadas así serán. Y número cuatro, hay una actitud a la cual nos llama como creyentes en la espera. Yo creo que independientemente de la posición escatológica y profética que uno abrace, esas cuatro cosas están claramente identificadas en el texto.

Comenzamos con la primera: la venida de Cristo. Versículo 24: "En aquellos días, después de esa tribulación, el sol se oscurecerá y la luna no dará su luz, las estrellas irán cayendo del cielo y las potencias que están en los cielos serán sacudidas." Escucha: "Entonces verán al Hijo del Hombre que viene en las nubes con gran poder y gloria." Ahí está su venida.

El texto que yo acabo de leer nuevamente es introducido con una frase que dice "pero en aquellos días." Es una frase profética de los profetas del Antiguo Testamento, una frase conocida por Jeremías, por Joel, por Zacarías. Ellos hablan de "aquellos días" y usan la frase para referirse a los tiempos postreros, de manera que eso nos comienza a posicionar en tiempos futuros —tiempos futuros aún para nosotros— para entender a qué se estaba refiriendo el Señor Jesús. Además, Él nos dice que después de esa tribulación aparecerán señales. El texto paralelo de Mateo dice "inmediatamente después de esa tribulación." La palabra "inmediatamente" nos dice entonces que no habrá mucho tiempo entre esta tribulación y estas señales que preceden su venida.

¿A cuál tribulación pudiera Cristo haberse estado refiriendo cuando la usa como marco de referencia para decir que después de ella vendría el Hijo del Hombre? Bueno, yo creo que el mismo texto de Marcos 13 nos habla de esta tribulación. Versículos 19 y 20: "Porque en aquellos días habrá tribulación tal como no ha acontecido desde el principio de la creación que hizo Dios hasta ahora, ni acontecerá más. Y si el Señor no hubiera acortado aquellos días, nadie se salvaría; pero por causa de los escogidos que Él eligió, acortó los días." Algunos piensan que esta tribulación a la que Cristo hizo referencia tenía que ver con aquel tiempo difícil alrededor de la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70. Pero otros no lo creemos así, y no lo creemos así porque justamente el texto nos dice que si Dios no hubiese acortado los días, a causa de los escogidos, nadie se salvaría. En realidad, en el año 70 la única área del mundo que estaba en conmoción era Israel y en particular el área alrededor del templo, de tal forma que esta tribulación debió de haber sido otro período que debiera trascender justamente al acontecimiento de aquel momento.

Unos creen que antes de la venida de Cristo no habrá tribulación, que simplemente Cristo aparecerá un día. Otros creen que habrá una tribulación, pero cuyo término de tiempo, cuya limitación de tiempo o longitud no es conocida. Otros creemos que habrá una tribulación y que esa tribulación parece coincidir con los siete años de que habla Daniel en sus revelaciones futuras.

De hecho, el mismo Daniel habla de este período de tribulación con un lenguaje similar. En Daniel 12:1 se nos dice lo siguiente: "Y será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces." Daniel le llama a un tiempo de tribulación, sino un tiempo de angustia. Pero lo que sí coincide es que dice que esa angustia sería de tal magnitud que nunca antes ni hasta entonces habrá ocurrido una angustia semejante, usando un vocabulario similar al de Marcos, al de Mateo, cuando dice que será una gran tribulación, tan grande que nunca antes ni después habrá ocurrido una tribulación de tal magnitud.

De tal forma que tú encuentras ese período de angustia o de tribulación descrito en Daniel, en Marcos, en Mateo, en Lucas. Y de esta manera lo describe en Marcos: "El sol se oscurecerá y la luna no dará su luz, las estrellas irán cayendo del cielo y las potencias que están en los cielos serán sacudidas." Nosotros no tenemos los detalles de cómo esas cosas van a ocurrir, pero el lenguaje nos deja ver que los acontecimientos y señales que precederán la venida del Hijo del Hombre serán inimaginables, de magnitudes increíbles, cosas que ojos no han visto ni oídos han oído, cosas que no podrán ser percibidas de antemano, cosas que lo que veremos en los cielos cuando habla de que estos cielos serán sacudidos.

Y esta no es la primera vez que Dios revela algo similar en su Palabra. Esta es una predicción antigua, una predicción que ya había hecho con relación al día final, día de la ira de nuestro Señor, 700 años antes de que Cristo viniera, con un lenguaje casi idéntico. Escucha al profeta Isaías, capítulo 13, versículo 10 en adelante: "Por lo cual las estrellas de los cielos y sus luceros no darán su luz; el sol se oscurecerá al nacer y la luna no dará su resplandor. Y castigaré al mundo por su maldad y a los impíos por su iniquidad, y haré que cese la arrogancia de los soberbios y abatiré la altivez de los fuertes. Más precioso que el oro fino al varón y más que el oro de Ofir al hombre, porque haré estremecer los cielos y la tierra se moverá de su lugar en la indignación de Jehová de los ejércitos, en el día del ardor de su ira."

Lo que profetiza Isaías, Jesús lo reafirma: el oscurecimiento del sol, el oscurecimiento de la luna en su resplandor, el estremecimiento de los cielos en el día en que Jehová decide regresar en la persona de su Hijo y juzgar precisamente a los impíos. Eventos celestiales de proporciones inimaginables: número uno, eso lo describe Isaías; número dos, juicio contra el mundo por su maldad; y número tres, la humillación del hombre arrogante que no le había querido recibir y que le había rechazado. Es un día terrible, un día terrible que el profeta Isaías describe como el día de la indignación de Jehová de los ejércitos y el día del ardor de su ira. Es un día que Jehová describe como un día grande y terrible, un día de salvación para los que le conocen, un día de juicio para los que le han rechazado.

Trata de colocarte en aquellos días. Trata de colocarte en el día en que estas cosas se están ocurriendo, cuando de repente el sol se oscurece, la luna deja de dar su luz y prontamente después, inmediatamente después de estas señales, entonces la aparición en el mismo cielo del Hijo del Hombre con todo poder y toda gloria. Imagínate la sensación que producirá aquel cuadro: oscuridad del sol, oscuridad de la luna, las potestades de los cielos sacudidas, y de repente entonces la aparición del Hijo del Hombre en su segunda venida.

Una gran diferencia entre esta segunda venida y la primera venida. La primera vez prácticamente nadie le conoció; solamente aquellos que vivían en Israel conocieron a Jesús, y de esos es una porción quizás relativamente pequeña. Otros oyeron hablar de Él. En esta ocasión, el libro de Apocalipsis nos dice en el capítulo uno, versículo siete, que todo ojo le verá. Primera vez, casi de manera ignorada; la segunda vez, de manera revelada. La primera vez Jesús viene en función de siervo; esta vez, Apocalipsis 19:16 nos dice que Él viene como Rey de reyes y Señor de señores.

El mismo texto describe al Hijo del Hombre, a quien llama el Verbo de Dios en ese pasaje, como uno con ojos de llama de fuego, vestido con una vestidura manchada de sangre, haciendo referencia a su sacrificio en la cruz, y seguido por una multitud de los ejércitos celestiales vestidos de lino finísimo y blanco, dice el texto. La primera vez, solo, a un pesebre donde quizás apenas venían animales; esta vez Él viene acompañado de todos los ejércitos celestiales. Sacude los cielos, el sol se oscurece, la luna se oscurece. Esta vez Él no viene en la fragilidad de la carne; Él viene en el poder y la gloria del Hijo de Dios. La primera vez Él restringió su poder: cuando tuvo hambre no multiplicó los panes, cuando tuvo sed no sacó agua de la roca, cuando estuvo cansado se paró a descansar. Pero esta vez Él viene con el despliegue de todos sus atributos, en toda su gloria y en todo su poder.

Esta segunda venida no es igual a la primera. Los ángeles que le acompañan tendrán una función. ¿Cómo se dará? No lo sabemos, pero está descrita su función. Versículo 27: "Y entonces enviará a los ángeles y reunirá a sus escogidos de los cuatro vientos, del extremo de la tierra hasta el extremo del cielo." Hoy en día esos escogidos están esparcidos por toda la tierra; no sabemos quiénes son, no sabemos dónde están, pero Dios y sus ángeles los sabrán. En ese momento, los ángeles que le acompañan tendrán, entre sus funciones, la de recoger, traer, reunir en un solo lugar, reunir a los escogidos junto a su Señor. Precisamente porque es un día de visitación especial, de gozo, de regocijo para los que conocen a Dios, y día de juicio para aquellos que le rechazaron. Grande será aquel día.

¿Y eso cuándo va a ser, pastor? Nosotros hoy no lo sabemos. Pero es algo que el texto revela, yo creo con bastante claridad, que la generación que preceda a su venida, la generación que esté presente cuando Él regrese, debe haber tenido señales que debieron haberle dicho a esa generación: "Él está cerca." Y yo creo que eso está en el texto de manera clara. Versículo 28: los discípulos querían saber cuándo iban a suceder estas cosas, y Él les dice lo siguiente: "De la higuera aprended la parábola: cuando su rama ya se pone tierna y echa las hojas, sabéis que el verano está cerca." Versículo 29: "Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que Él está cerca, a las puertas."

Dios no nos ha dejado en la completa ignorancia de la venida de su Hijo Jesús. Él les dice a ellos que esa generación que esté ahí podrá ver algunas señales que deben decirle: "Él está cerca; de hecho, está a las puertas." Y usa la parábola de la higuera, con la cual ellos debieron haber estado sumamente familiarizados, porque los árboles en el Medio Oriente prácticamente todos tienen hojas todo el año, pero no la higuera. La higuera pierde sus hojas en el invierno y recobra sus hojas en la primavera, pero las recobra tarde en la primavera; es el árbol que más tarde recobra sus hojas. Lo que Jesús les está diciendo es que ustedes conocen la higuera, conocen que cuando sus hojas salen, como salen tarde en la primavera, el verano está cerca. Pues de esa misma manera, cuando veáis estas señales, ustedes sabrán que Él está a la puerta, Él está cerca.

Si Cristo viniera en 200 años, nosotros no tendríamos idea, porque no veríamos las señales. Pero si Cristo fuera a venir en el período de esta generación, esta generación debía ser capaz de discernir los tiempos, las señales dadas a los suyos, y poder decir: "Ciertamente Él está cerca, Él está a la puerta." Y de eso es que Cristo está hablando.

Y luego entonces Él procede y hace una declaración que también ha llevado a grandes controversias. Versículo 30: cada vez que Cristo usa la expresión "en verdad", eso era un llamado a prestar atención. Y de ahí que no creemos que Cristo ha revelado esto para mantenerlo en un misterio, sino que lo ha revelado para que conozcamos parte de lo que a nosotros nos toca conocer. "En verdad, presten atención, os digo que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca."

¿Cuál generación? Bueno, aquellos que piensan que estos acontecimientos estaban todos relacionados al año 70, cuando ocurrió la destrucción del templo, piensan que la referencia a esta generación tiene que ver con la generación de Jesús. El problema es que esa generación no vio el cielo oscurecerse, no vio la luna oscurecerse, las potencias no fueron sacudidas y tampoco vio el retorno de Cristo. De tal forma que esa expresión no pudo haberse referido, en nuestra opinión, a esa generación.

Pero si lo que Cristo parece estar diciendo es que la generación que ve las señales que preceden a su venida no pasará sin que antes Él venga, en otras palabras, las señales que preceden su venida y su venida misma ocurren todas en el período de una sola generación. Él no va a enviar señales y luego 100 años después se va a aparecer, porque ya habrá pasado una generación. Sino que la misma generación que vea las señales que preceden su venida es la misma generación que podrá ser testigo ocular de su venida. Y entonces Él dice: "Os aseguro que no pasará esa generación sin que yo venga, sin que vean mi regreso." De eso es que Él está hablando.

Vimos la venida del Señor, parte de cómo va a ser; vimos las señales que preceden su venida. Un tercer punto: la garantía de que estas cosas ocurrirían. Nosotros los seres humanos somos muy dados a no creer las cosas que la Biblia describe y que a nosotros nos parecen fantásticas.

Somos muy dados a rechazar eso. En una ocasión, ya hace un tiempo atrás, pero me vino ahora a la memoria —y muchos no habrán estado allí—, hay una historia que es emblemática, una historia que ilustra lo que acabo de decir de cómo nosotros tendemos a no creer lo que no nos parece fantástico. Se trata del niño que llega a su casa desde la iglesia, desde la Escuela Dominical, y le preguntan sus padres qué le enseñaron. Él dice que le enseñaron la historia de cuando Moisés salió corriendo de los egipcios con los israelitas, y cómo al final, cuando ya todo se había perdido y el mar estaba delante de ellos, tuvieron que construir rápidamente un puente, cruzaron por el puente, y al otro lado entonces volaron el puente con dinamita. Los padres lo vieron y le dicen: "¿De verdad, de verdad te enseñaron eso?" Y él dice: "Bueno, en realidad no, pero si te cuento lo que me dijeron, tú jamás lo creerías."

Dios sabe cuál es la tendencia del corazón humano, y por esa tendencia del corazón humano de negar lo que Él revela simplemente porque le parece fantástico, escucha las palabras de Cristo: "El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán." Tenlo por seguro: primero pasa el cielo y primero pasa la tierra antes de que mi palabra falle. Ahí hay dos cosas reveladas. Número uno: que los cielos y la tierra que nosotros conocemos son temporales, pasarán, serán consumidos, no quedará nada. Es como aquí: no va a quedar piedra sobre piedra que no sea derribada. De esa misma manera, aquí no quedará cielo ni tierra que no vaya a pasar; todo va a colapsar como en una bola de humo.

Y como eso suena fantástico, yo voy a tener que recurrir a la Palabra de Dios otra vez para reafirmar lo que acabo de decir. Si hay algo que Dios hace en su Palabra es que casi siempre lo que revela en un lugar vuelve y lo revela en otro lugar para que no tengamos dudas. En este caso, Él lo revela a lo largo de los evangelios sinópticos, pero luego continúa, y cuando Pedro escribe su segunda carta, en el capítulo 3, escucha el detalle con el que Cristo revela de qué manera los cielos y la tierra serán consumidos y colapsados en un momento dado.

"Pero los cielos y la tierra que existen ahora" —noten la precisión— "los cielos y la tierra que existen ahora están reservados por la misma palabra." Vamos, esperen un momentito: los cielos y la tierra que aún existen en este momento están siendo preservados, están siendo mantenidos por el poder de su Palabra. Hebreos 1 —perdón, Hebreos 1— habla de que toda la creación es sostenida por el poder de su Palabra, o la Palabra de su poder. Pedro nos recuerda ahora la misma cosa: que toda la creación, los cielos y la tierra, están siendo sostenidos por el poder de su Palabra, "guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos." Reservados ahora por su Palabra. Todo lo que Dios hace, lo hace por medio de su Palabra, incluyendo el sostenimiento del universo actual, preservado para el día del juicio cuando sean consumidos por fuego.

Pero Pedro no termina. Versículo 10: "Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche, en el cual los cielos pasarán con gran estruendo" —es como un boom— "y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas." Hay una promesa de que Dios no destruiría el mundo con agua jamás después del diluvio, pero eso no es equivalente a que Dios no destruiría el mundo jamás. En esta ocasión hay una destrucción no solamente de la tierra, sino una destrucción de todo lo que nosotros conocemos como el universo: los cielos actuales y la tierra actual pasarán con gran estruendo, los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y todas sus obras serán quemadas.

Pero no termina. Versículo 12: "Esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos encendiéndose serán deshechos y los elementos siendo quemados se fundirán." Dios quiere que entendamos con precisión cómo esto va a ocurrir, por lo menos hasta un punto. No nos deja solamente aquello que Cristo resume: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán." Aquello que Cristo resume en media oración, Él en Pedro ahora nos da detalles de lo que quería decir.

Y luego termina en esa segunda carta de Pedro, capítulo 3, dejándonos la misma idea desde otro ángulo. Versículo 13: "Pero nosotros esperamos, según sus promesas." Ahí está anclada nuestra fe. Ahí está anclada nuestra seguridad. "Nosotros esperamos según sus promesas cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia." Habrá una tierra de justicia. Habrá un fin a la injusticia. Habrá un momento en que nosotros podamos descansar del pecado y la injusticia que vemos todos los días, cuando a veces nos levantamos y decimos: ¿Por qué prospera el injusto? ¿Por qué prospera el malvado? ¿Por qué Dios no hace justicia? ¿Habrá un final de esos tiempos? Cantamos al principio y decimos "Dios enmendará" —¿recuerdan esa palabra en una de las canciones que cantamos hoy?— Dios enmendará todas las cosas. Este es el tiempo de enmendar, y Dios no nos deja duda de que eso llegará.

Decía que Marcos 13:31 nos deja ver dos cosas: número uno, que la creación y los cielos pasarán, y lo segundo, que su Palabra no pasará. Su Palabra no pasará porque Dios es veraz, en primer lugar. Su Palabra no pasará porque lo que Dios promete, Dios cumple. A Dios no le falta conocimiento de lo que ha de pasar mañana para no poder anunciarlo hoy. A Dios no le falta sabiduría para saber cómo lograr que ocurra lo que Él anunció hoy. A Dios no le falta poder para llevar a cabo justamente lo profetizado por su Hijo años atrás.

Su Palabra no va a pasar porque cuando Dios da su Palabra, Dios da su honor. Hay dos cosas que representan la esencia de Dios: su nombre y su Palabra. Dios dio un mandamiento para proteger la integridad de su nombre, y a lo largo de la Palabra afirma una y otra vez: "Yo he engrandecido mi nombre y mi Palabra por encima de todo." Para que su Palabra falle, Dios tiene que fallar. Para que su Palabra falle, Dios tiene que dejar de ser Dios. Dios y su Palabra son coexistentes a lo largo de la eternidad. Dios es eterno, su Palabra es eterna. Su Palabra ha existido desde que Él existe. Su Palabra es tan poderosa como Él lo es. Él y su Palabra son coexistentes.

Su Palabra no pasará. Puede pasar el cielo, puede pasar la tierra, pero su Palabra no pasará. ¿Por qué? Porque Él es Dios, y su Palabra, cuando sale de su boca, hace justamente lo que Él quiere. En el Génesis, Él abrió su boca, pronunció Palabra, y galaxias —billones, 200 billones de galaxias— salieron de la nada. La nada responde a la Palabra de Dios. ¿Tú puedes creer eso? Nada sale de la nada hasta que Dios habla, y cuando Dios habla, todo sale de la nada. Es el poder de su Palabra.

En ese mismo libro, Dios habla y las aguas retroceden y se separan donde la Palabra dijo que se separarían. En el libro de Éxodo, Dios habla en el Sinaí y el monte se sacude. En el libro de Habacuc, Dios se encuentra con él y habla, y Habacuc tiembla. Es el poder de su Palabra. ¿Cómo no la vamos a creer? El cielo y la tierra pasarán, pero su Palabra —Él te garantiza— no pasará.

Dudar de su Palabra es dudar de la integridad de su ser. Es decirle a Dios: "Yo no te creo. Tú no eres íntegro." Dudar de la Palabra de Dios es cuestionar la veracidad de Dios, es cuestionar su poder, es cuestionar su benevolencia, es cuestionar y dudar de las intenciones y las motivaciones de un Dios que se define como "Santo, Santo, Santo." Dudar de esta Palabra no es poca cosa. De ahí que en ocasiones Cristo, con frecuencia, se irritaba con sus propios discípulos cuando les decía: "Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis? ¿Por qué no crees mi ser? ¿Por qué no crees mi carácter? ¿Por qué no crees mi Palabra?"

Número cuatro entonces: en la espera, ¿cuál debe ser nuestra actitud? Vimos su venida, las señales que la precederían, la garantía de que las cosas sucederían tal cual fueron anunciadas, y ahora número cuatro: nuestra actitud en la espera. La primera enseñanza está inmediatamente en el próximo versículo. No escudriñes lo que no ha sido revelado. De aquel día o de aquella hora, versículo 32, nadie sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre. Durante los días de su encarnación, Cristo restringió sus atributos como dijimos: cuando tuvo hambre no multiplicó los panes, cuando fue a bautizarse no caminó sobre las aguas. De esa misma manera, por razones no reveladas, durante los días de su encarnación, Él y el Padre llegaron a un acuerdo de que el día y la hora de su venida Él no lo sabría, y Él limitó su omnisciencia durante ese tiempo. Hoy, obviamente, entronado y reinando a la diestra del Padre, tiene que saber el día de su regreso, pero ni a los ángeles del cielo se les ha dado la potestad de conocer tal día. Esto es una cosa no revelada; no la escudriñes, no la busques. Primera actitud, primera enseñanza.

Segunda actitud que debiéramos tener en la espera: versículo 33, la alerta. "Velad, porque no sabéis cuándo es el tiempo señalado." En otras palabras, el hecho de nosotros no saber cuándo Él viene no nos debe llevar a la irresponsabilidad, a la negligencia. "Así yo sé que se va a pasar algún día, va a pasar. Sí, yo sé que Él viene, algún día Él viene. Bueno, ya pasaron dos mil años, total no ha venido, sabrá Dios, y pasan dos mil años más," importándonos poco, no encargándonos de las cosas que Él nos encomendó. No, el llamado es a tener una actitud expectante: estar alerta, velar. No dudes eso, no cuestiones eso, créelo, abrázalo y vívelo. Estar alerta, velar, montar guardia.

Bueno, ¿qué implica esto de estar alerta y velar? Voy a decir de primero lo que no implica: no implica que todos los días en la mañana, antes de hojear el periódico, tú vas a ver el cielo a ver si se está oscureciendo, "¿será hoy el día?" Eso no es como nos están llamando a velar.

Hay un tiempo que yo no conozco, de espera. En ese tiempo tú tienes que velar para no comprometer su palabra, en primer lugar. En segundo lugar, tienes que velar para no perder el fervor: por la Palabra, por el Evangelio, por la persona de Jesús, por la venida de Jesús. Como muchos han perdido, que dicen: "Si viene, bien, en esta generación, y si no viene, también; total, va a venir algún día."

Tienes que velar para no dejarte confundir por los falsos maestros y los falsos cristos que han de venir en el camino. Tienes que velar para que eso no ocurra. Tienes que velar para que puedas llevar a cabo la función que Él te asignó en la espera.

Y Él lo dice claramente en este texto, en el próximo versículo, versículo 34: "Es como un hombre que se fue de viaje y al salir de su casa dejó a sus siervos encargados, asignándole a cada uno su tarea, y ordenó al portero que estuviera alerta." Él no ha terminado todavía, pero comencemos ahí. Cristo dice: mira, mi segunda venida es como esto. Hay un hombre que tiene una casa, tiene siervos, tiene un portero. Él se va, pero antes de irse le asignó una función a cada uno y le dijo al portero que estuviera alerta.

En esa parábola, los siervos somos nosotros, la casa es su iglesia, el dueño es Jesús. La enseñanza es: recuerda, antes de irse, Él le asignó a cada quien su función. Él nos ha asignado una función a nosotros, y lo que nos está diciendo es que su regreso debe ser comparado a algo como eso. La deducción es que, como ese siervo, no saben cuándo viene el dueño de la casa, pero tiene una tarea asignada de la que debe encargarse, de hacer la tarea mientras llega, porque no se sabe cuándo llegue.

Y Él lo dice literalmente de esa forma. Lo bueno de hacer la exposición expositiva es que lo que tienes que enseñar sale directamente del texto. Escuchemos el versículo 35: "Por tanto, velad, porque no sabéis cuándo viene el señor de la casa, si al atardecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la madrugada; no sea que venga de repente y os halle dormidos." Habiendo asignado una función, habiendo dejado al portero en su lugar, tú tienes que velar. No sea que Él venga a medianoche, o al canto del gallo, o a la madrugada, y de repente tú estás dormido.

¿Qué implica eso, "hallados dormidos"? No, no literalmente dormidos, sino no haciendo tu función, no haciendo el rol, el papel que debiste haber estado haciendo en la espera. De ahí el llamado a velar, a no ser negligentes. Eso es exactamente lo que Pablo nos dice desde otro ángulo, en otro momento, en el libro de los Hechos, capítulo 4, cuando nos dice: "Aprovechad bien el tiempo porque los días son malos. No andéis como insensatos, como necios; más bien sed sabios."

En otras palabras, nosotros tenemos una ventana de oportunidad. Cuando Pablo dice "aprovechad bien el tiempo", la palabra en el original implica una ventana de oportunidad. Aprovecha esa ventana de oportunidad que se va a cerrar, porque los días son malos. No seas insensato al desconocer la ventana de oportunidad. Cada uno de nosotros tiene una ventana de oportunidad. Yo no sé si Cristo tardará 200 años en venir en este tiempo; muchos de nosotros los predicadores terminaremos de predicar y seremos enterrados. Mi ventana de oportunidad termina. Ustedes como padres tienen una ventana de oportunidad con sus hijos.

Cada uno de nosotros tiene una ventana de oportunidad durante la cual necesita aprovechar bien el tiempo, encargándose de la tarea, sirviendo a Dios, hasta el tiempo de su regreso. Que no nos ocupemos tanto en las cosas terrenales, que yo me encamine tanto con este mundo, con la buena vida que estoy teniendo y lo bueno que está pasando, de tal forma —para ilustrarlo con uno mismo— que yo esté tan enamorado de lo que está pasando, que ahora yo no quiera ni siquiera que el Señor venga, porque quiero seguir haciendo lo mío. Y eso puede pasarnos a cada uno de nosotros: perdemos de vista la función que se nos dejó, que es simplemente preparatoria para su venida.

Velad. Y escuchad lo que Cristo dice para que quedara claro que no estaba hablando solo para el grupito que le estaba escuchando. Versículo 37: "Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: velad." Tercera vez. Tres veces en varios versículos Cristo usa la misma palabra: velad, velad, velad. Y en este último nos está diciendo que esta enseñanza es para todas las generaciones. Lo que a vosotros digo, a ustedes que me escuchan, a todos lo digo: velad.

Ya sabes cómo tienes que velar. Tienes que velar, como dijimos ya, ocupándote en la tarea que Dios nos dio. En el mensaje anterior, o en el anterior a ese, hablamos de que el Evangelio tiene que correr. De hecho, Mateo 24:14 dice justamente eso: "Este Evangelio, esta buena nueva, será predicada en todo el mundo", y entonces —hecho esto, no antes— vendrá el fin. Esa es una de las maneras como tenemos que velar.

Nosotros tenemos que hacer correr el Evangelio. Tenemos que ir y compartir la Palabra. Tenemos que ir y hacerlo como Carlos lo compartió con nosotros: con alguien que tiene un altar a la virgen de Guadalupe, otro que tiene un altar con la Santa Muerte, alguien que es brujo, el vecino de al lado, el paciente que yo atiendo, el cliente que yo tengo. Esa es la manera como velamos. Una de las maneras es esparciendo la semilla en todos los lugares, en todas las oportunidades que Dios nos abre, de tal manera que nos encontremos ocupados en sus asuntos.

Como Cristo estuvo ocupado a los doce años y vinieron a buscarlo, y Él simplemente dijo: "Yo estoy en los negocios de mi Padre." Que alguien te pueda encontrar en tu oficina compartiéndole el Evangelio a alguien, y alguien te pregunte qué haces, y tú puedas decir: estoy en los negocios de mi Padre. En tu hogar, la misma cosa. Velad.

Velad, porque los días son malos. Habrá falsas enseñanzas, falsos maestros, falsas corrientes, tentaciones. El mundo te ofrecerá tentaciones. Estamos viendo días difíciles. Josh McDowell escribió un libro que se llama "La Generación Desconectada", y hace referencia a una publicación —creo que en el New York Times— que decía que el niño de hoy, el joven, experimenta más tentaciones cuando sale de su casa para llegar al colegio, en ese transcurso de su casa al colegio, que lo que sus abuelos tenían cuando salían el viernes a la noche a buscarlas.

Velad. Eso es parte de cómo velamos: cuidando nuestra salvación con temor y temblor. No por temor a perderla, porque ya hemos enseñado tantas veces que el que es verdaderamente regenerado no pierde su salvación, sino porque significa algo tan preciado para ti que no quieres mancillarla, no quieres ensuciarla, no quieres debilitarla, no quieres que adquiera una mala reputación, que el nombre de Dios adquiera un mal nombre.

Que no nos pase como a las vírgenes en la parábola de las vírgenes, en el mismo contexto de los tiempos finales, solo que en un Evangelio distinto. Diez vírgenes con lámparas de aceite. En aquella ocasión la idea era que el novio iba a la casa de la novia, ahí se efectuaba la ceremonia de boda, y luego había una procesión cuando él se llevaba ya a su esposa a su propia casa. La procesión iba siendo iluminada con lámparas de aceite, y van vírgenes en el camino con las lámparas iluminando el camino.

En la parábola resulta que, en la espera del novio, cinco de las diez vírgenes se percataron de que les faltaba aceite. Las otras ya habían tenido su lámpara llena de aceite. Ellas le piden aceite a las que ya habían llenado la suya, y estas les dicen: no, no, ve a comprar. Cuando ellas se van a comprar, llega el novio. Dice la parábola que el novio entonces cerró la puerta, y las vírgenes llegaron con lámparas llenas de aceite, pero tarde. Y el novio les dice: no, yo nunca las conocí.

Con eso concluye la parábola, y con ese "no las conozco" Cristo estaba revelando que estas diez vírgenes representan dos grupos. Un grupo que verdaderamente eran discípulos de Jesús, ocupándose y velando en los negocios de su Padre, por así decirlo, en la espera. Y un grupo que decía hacerlo pero que no lo era, y que en la espera, cuando llegó el novio, perdieron al novio. Estaban vestidas de vírgenes esperando al novio, llegó el novio, y perdieron al novio.

A Israel le pasó lo mismo. Israel estaba esperando al Mesías, añorando al Mesías. Toda mujer judía de 13, 14, 15 años de edad, en esa época, quería ser la madre de aquel Mesías que había sido profetizado. Y llegó el Mesías, y perdieron al Mesías. Velad. Ese es el llamado de todo este pasaje. Tres veces: velad, velad, velad.

Habrá señales, habrá regreso, hay garantía, hay una venida. No sabes el día, no sabes la hora, pero para velar no necesitas el día ni la hora, sino solo creer la Palabra de Dios. Lo que sí está seguro es que Él viene, que Él regresará por los suyos. Será un día de gran visitación, de gran gloria, de gran gozo. Las bodas del Cordero se han llegado, y para ese día nosotros necesitamos estar velando con gozo, porque serán días de gran regocijo y exaltación para sus hijos.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.