El reino de Dios es un reino al revés, donde las puertas no funcionan como parecen y las técnicas para una vida verdaderamente buena contradicen todo lo que el mundo valora. Las bienaventuranzas de Mateo 5 no son un listado de consejos motivacionales sino un martillo divino que nos tumba al piso, como decía C.S. Lewis, porque nadie puede leerlas y quedarse tranquilo.
Según Jesús, los verdaderamente felices son los pobres en espíritu que saben que no tienen nada valioso que mostrarle a Dios, los que lloran por su pecado en lugar de airarse, los mansos que no buscan gloria porque saben que no la merecen. Son los hambrientos de justicia que dicen no a la lujuria y sí a pagar sus impuestos, no por miedo sino porque su alma desea lo correcto. Son los misericordiosos que perdonan setenta veces siete porque recuerdan las 216 camionetas de plata que les fueron perdonadas, los de limpio corazón que pueden orar tranquilos porque sus cuentas con Dios están claras, los pacificadores que calman el fuego en lugar de avivarlo, y los perseguidos que entienden que ser rechazados por el mundo significa ser recibidos por Cristo.
Como los hobbits de Tolkien —pequeños, gorditos, de pies anchos— los bienaventurados no son los héroes típicos. En esta historia hay un solo Rey digno de corona. Pero si mantenemos el rostro hacia abajo y los ojos en Jesús, viviremos para escuchar: bien hecho, buen siervo fiel.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
¡Próspero y malo para mi vida en su Palabra! Buenos días, iglesia. Buenas tardes ya. Mi nombre es Jairon Amnún y es un privilegio para mí estar nuevamente delante de ustedes, con la Palabra de Dios delante, con la Palabra de Dios encima, esperando poder agradar a Dios con lo que presentamos.
Antes de iniciar quiero dar gracias a Dios y animar una vez más a las madres que están aquí en medio. Nuestro más, ahora que mi madre está por ahí atrás sentada. A las que tienen niños pequeños, que el Espíritu Santo las llene de paciencia. A las que tienen niños mayores, les llene de sabiduría. A las que tienen hijos adultos, les dé discernimiento, y a las que han sufrido pérdidas, les dé consolación.
En la tarde hoy vamos a estar en Mateo capítulo 5, versículos 1 al 12. Acompáñeme ahí, por favor. El Evangelio según Mateo, capítulo 5, versículos 1 al 12. Vamos a estar en el Sermón del Monte, el inicio del Sermón del Monte, las llamadas bienaventuranzas.
Antes de iniciar, déjeme decirle algo que creo que todos saben. El Sermón del Monte es una de las porciones de la Biblia más conocidas en el mundo entero y de mayor importancia también para muchos. De hecho, el pensador cristiano Agustín de Hipona decía de este Sermón que todo aquel que piadosamente y con corazón abierto medite el Sermón del Monte encontrará allí el estándar perfecto de la vida cristiana.
Pero este Sermón no solamente ha impactado a cristianos, sino que el mundo en general encuentra su valor y su propósito. Por ejemplo, Mahatma Gandhi, este pensador filósofo político no cristiano, se refiere a ese Sermón diciendo: "Yo no tengo interés en el Jesús histórico. No me importa si alguien demuestra que Jesús nunca vivió o que lo que narran los evangelios no es más que la imaginación de algún escritor. El Sermón del Monte, sin embargo, seguirá siendo verdad para mí", decía Gandhi.
Ahora, que sea famoso y que sea influyente no significa que es fácil de tragar o fácil de leer. Mira cómo lo dice este antiguo ateo convertido al cristianismo, C. S. Lewis. Él dice esto: "Ante la pregunta de si me agrada el Sermón del Monte, si agrada se refiere a gustar o disfrutar, supongo entonces que a nadie le agrada. ¿A quién le gusta que lo tumben al piso con un martillo? No puedo imaginarme a nadie más muerto espiritualmente que aquel que puede leer este Sermón y quedarse tranquilo."
Yo no sé si tú viniste a la iglesia hoy listo para que te den un martillazo y te lleven al piso, pero esto es exactamente lo que hace este Sermón del Monte. Y así como hace esto el Sermón, así hacen para mí estas bienaventuranzas, este inicio del Sermón. Preparémonos para el martillo divino leyendo la Palabra de Dios, Mateo capítulo 5.
"Cuando Jesús vio a las multitudes, subió al monte, y después de sentarse, sus discípulos se acercaron a Él, y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados. Bienaventurados los humildes, los mansos, pues ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios. Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan y digan todo género de mal contra ustedes falsamente por causa de mí. Regocíjense y alégrense, porque la recompensa de ustedes en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que ustedes."
Señor Dios, Señor Jesús, Tú eres nuestro amoroso Señor y Maestro. Tú sabes mejor que nosotros lo que necesitamos. Nosotros hemos demostrado a lo largo de nuestra vida que solo nos podemos; lo único que nos sale fácil es pecar. Y escuchar estas palabras, Señor, esas bienaventuranzas son tan diferentes a lo que nosotros creemos y hacemos. Nosotros te rogamos en esta tarde que Tú nos bendigas con la capacidad de someternos ante Ti. Señor, danos el poder del Espíritu para escuchar, para hablar verdad. Señor, danos el poder del Espíritu para ser transformados conforme a esta verdad. En tu nombre, Jesús. Amén.
Ese es el primer sermón del primer libro del Nuevo Testamento, y estas son las primeras palabras de ese primer sermón. Esas bienaventuranzas son la introducción, o mejor dicho, la base de todo lo que Cristo va a decir en adelante. Y cada uno de estos dichos, proverbios o bienaventuranzas pudiera ser un solo sermón o más. De hecho, esta porción es una de las que más libros se ha escrito en la historia de la fe cristiana.
Y es que las bienaventuranzas contienen, como los trucos, no los atajos, sino cuáles son las técnicas para poder vivir una vida buena. Pero resulta que esta buena vida tiene la característica de que para vivirse, las cosas no son como parecen. Es como si fuera una puerta que dice "empuja" y tú la empujas y no, y resultaba que había que jalarla. O una botella que de pronto no se abre a la derecha sino a la izquierda. No importa cuánto tú te esfuerces, no llegas al resultado que tú querías, y lo único que encuentras es fricción.
Las bienaventuranzas son la entrada, las técnicas, de cómo vivir una vida verdaderamente buena, cuando la puerta la empujo y no funciona, cuando la botella la abro y no se abre. Y de hecho las bienaventuranzas son un regalo de Dios para nosotros, como un mapa que nos lleva justo al corazón del carácter de un hijo de Dios.
Empecemos con el texto. Los primeros dos versículos nos dan un poquito del contexto, ¿no es cierto? Dicen: "Cuando Jesús vio a las multitudes, subió al monte." ¡Vean esto! Él vio multitudes, subió al monte, después de sentarse, ¿quiénes se acercan a Él? Sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba. ¿Qué es lo que notamos aquí? ¿O mejor dicho, a quiénes ve Jesús? Multitudes.
¿Cuántos líderes multitudinarios tenemos hoy en día? Pareciera que muchos, pero ninguno como Jesús. Él era un predicador muy, muy, muy conocido. A cada ciudad que entraba, todo se turbaba, todo el mundo se alteraba, todo el mundo quería acercársele. De hecho, ustedes conocen las historias: algunos trataban hasta de tocarlo, con tal de tocarlo podían ser sanados, decían. Jesús estaba tan ocupado, tan rodeado de personas, que dicen los evangelios en varias ocasiones que él tenía que levantarse tempranito, antes que nadie más, para poder orar a solas. De hecho, también los evangelios nos enseñan al menos en dos ocasiones que Jesús no tenía tiempo ni para comer, porque todo el tiempo estaba rodeado de personas.
Ahora, ¿a quiénes fue que Jesús enseñó? No sé si te diste cuenta de lo que dice el texto. Dice que le seguían las multitudes, pero ¿quiénes se acercaron a Él? Sus discípulos. Esto no es una coincidencia. El ministerio de Jesús tocaba las masas, pero impactaba a los discípulos. Todos recibían algo, pero algunos lo recibían todo. Y esa es una buena manera de iniciar esta tarde, esta mañana. ¿Dónde estás tú? ¿Eres parte de la multitud que le gusta escuchar de Jesús, o eres parte de los discípulos que se sientan a aprender de Él? El primer grupo recibe algo, pero el segundo grupo lo recibe todo. El primer grupo habla de Jesús, pero el segundo grupo escucha al Señor.
Ahora, dicho eso, ¿ya tú has notado qué alta opinión tenía el Señor de sí mismo? Como dije ahorita, hoy en día cualquiera puede tener una multitud detrás. Basta tener cierta personalidad y una cámara y ponerte en YouTube y ahí tú tienes un canal, miles de seguidores, no digo por eso, multitudes que te conocen. Sin embargo, ¿cuántas personas tú conoces que tienen multitudes siguiéndoles y se suben a un monte a enseñar?
Yo creo que no tenemos la capacidad de pensar en ese momento, hace dos mil años. Con multitudes siguiéndole, Jesús no se paraliza pensando en de qué les voy a hablar. No se pone a pensar, como tú sabes, en maquillaje ni en si hace un buen show. Jesús sube al monte y entonces, como un rey, se sienta, para que vengan ante su presencia, se acerquen a Él, y entonces Él empieza a enseñar.
Y noten algo. Hoy en día nosotros no sabemos cuál era exactamente el lugar donde Él dio el Sermón del Monte. Hay un par de opciones, de lugares muy bonitos, todos tienen sentido, pero no sabemos cuál era. Sin embargo, sí sabemos lo que Él dijo. Tan poderosas son las palabras del Señor Jesús que ciertamente el cielo y la tierra van a pasar, pero sus palabras no.
Y su discurso inició con una simple palabra que Él repite nueve veces aquí: una simple palabra, "bienaventurados". Esa es una palabra dominical ya para nosotros, una palabra de domingo. Yo nunca le he dicho a alguien en la calle: "Mira, sea bienaventurado tú." Esto no es algo que uno dice mucho. Otras traducciones nos la presentan como "dichoso" o inclusive "feliz". El problema que tienen esas traducciones es que "feliz" se refiere a un sentimiento de adentro, pero "bienaventurado", en el original, a lo que se refiere es al sentimiento que tú tienes porque recibiste un veredicto favorable, como que las cosas se te dieron de más, se te dio lo que tú estabas esperando, y eso hace que tú te sientas bendito.
Yo creo que la mejor palabra dominicana para "bienaventurado", y lo confirmé con el profesor de griego que estaba en el sermón anterior, es "chepozo". Como tú te sientes cuando se te dio algo que no esperabas: "Yo no pensé y se dio. ¡Yo soy un chepozo bendito, sea Dios!" Pues esa es una buena palabra para definirlo, con todo el respeto a la versión de la Biblia en latín así. Ahora, otra palabra que es la que se usa en inglés es "blessed".
Bendecido, *hashtag blessed*. Cuando uno usa eso, tú lo ves en Instagram o ahí: tú estás en la playa, en un lugar hermoso, todo muy bien. Tú tiras la foto y pones abajo en tu *caption*: "blessed", bendecido. O tú estás en un restaurante y la comida se ve buenísima: "blessed", bendecido. Tu hijo se graduó: "blessed", bendecido. Se dio el negocio: "blessed", bendecido. Cristo dice algo totalmente diferente a eso. Uno cree que el bienaventurado es el que todo le sale bien, y Cristo está diciendo: no, no es así.
Porque el reino de Dios es un reino contracultural. Quédate con esta frase: el reino de Dios es el reino al revés. El reino al revés. Y como nadie sabe mejor que nuestro Creador cómo debemos vivir, vivir al revés es la única forma de vivir verdaderamente. El reino al revés es la única manera de encontrar verdadera bendición y bienaventuranza.
Así que aquí vienen los trucos: son ocho trucos, ocho técnicas para tener una vida verdaderamente buena y feliz, según el Creador de la vida. Primera técnica, obvia, fácil, todo el mundo se sabe esta. Bienaventurados los pobres. Dice Mateo 5:3: "Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos." Ya vamos viendo qué tan al revés es este reino, porque nadie quiere tener un pobre cerca.
Esa es la condición de nuestro corazón, y Cristo dice: no, bienaventurados los pobres en espíritu. ¿Qué es un pobre? No es tan fácil de definir, porque el pobre ve a otro más pobre y dice: no, oye, pobre él; yo estoy bien. Sin embargo, la Real Academia de la Lengua Española lo define: pobre es aquel que no tiene lo necesario para vivir. Creo que es una buena definición: aquel que no tiene lo necesario para vivir.
¿Y cómo se ve el pobre? Bueno, el pobre no tiene mucho de valor, no tiene mucho que sea valioso. El pobre no puede hacer gran cosa; sabe que en sí mismo no puede hacer gran cosa. El pobre —esto es importante— recibe lo que le dan; lo que le dan, lo recibe. El pobre pide, pide. El verdadero pobre sabe que está en necesidad. Y el verdadero pobre no tiene que mirar para abajo: está en tal necesidad que no mira para abajo a nadie; él sabe que está ahí en el fondo.
Pues el pobre espiritual de quien habla Cristo sabe que no tiene mucho que mostrarle a Dios, sabe que no tiene mucho valioso ante la mirada de Dios. El pobre espiritual sabe que está en necesidad de salvación. El pobre espiritual recibe lo que Dios le dé; lo que sea que Dios le dé, lo recibe. El pobre espiritual sabe que no puede hacer nada para ganar su libertad. El pobre espiritual pide y pide, y clama y ora; pero si ya pediste, sigue pidiendo, y pide y clama y ora e implora y ruega. Y el pobre espiritual tampoco tiene que mirar hacia abajo, porque sabe que a lo más es un hermano lo que tiene al lado.
El reino de los cielos es un reino de regalo, es un reino de gracia. ¿Cómo se recibe la gracia? Con manos abiertas. El reino de los cielos no puede ser ganado por raza, ni por valor, ni por fuerza, ni por riqueza. El reino de los cielos se les da hoy a los pobres, a los despreciados, a las prostitutas, a los endeudados. La característica principal para obtener entrada al prestigioso club del reino de los cielos es ser un pobre, enfermo y necesitado, y saber que lo es.
El reino al revés es para aquellos a quienes se les está cayendo el mundo encima. Y si eso eres tú, bienvenido. Y si no eres tú, bueno, también eres tú; pasa que no lo sabes todavía. El reino al revés dice que el primer truco para una buena vida es ser pobre.
Segundo truco, versículo 4: "Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados." Es nuestro Dios que dice: felices los infelices. Parece una contradicción: ¿los que están llorando son los realmente felices? Pero llorar, si somos honestos, debería ser una respuesta natural para nosotros cuando pensamos en el mundo en que vivimos. Te voy a dar algunas estadísticas simples. El 100% de las personas que está aquí ha pecado hoy. ¿Sabías eso? Absolutamente todo el que está aquí esta mañana, de una manera u otra, ha pecado ya.
No voy a dar mucho detalle, pero conversaba con uno de mis hijos y le decía: "Mi amor, tú pecaste." Y él me decía: "Mi amor, tú querías pecar." Me dijo: "No, papi, yo no quería pecar." Piense en esa realidad. Decía a mi hijo lo que es también la mía: ¿no te pasa que tú no quieres pecar y tú vuelves y pecas, que tú no quieres fallar y tú vuelves y fallas? Esa es la realidad de la vida bajo el sol: que nuestro pecado está siempre delante de nosotros. Eso es algo que debería llevarnos a llorar.
Pero vamos a decir que aquí, en el servicio pasado no había, pero quizás en este servicio está la persona que hoy no ha pecado. Cero pecado. Mira: 100 de 100. Se levantó con devocional un domingo. Se levantó con devocional, puso música cristiana. Y por supuesto que era una madre, el Día de la Madre: le cocinó a la muchacha un desayuno increíble, y la muchacha después de eso tuvo un día increíble. La mamá ha tenido un día increíble. Pero tú sabes que antes que se acabe el día, tú vas a pecar. Mas digamos que no; digamos que alguien va a pecar contra ti. Ese es el mundo en que vivimos: que cuando tú no la fallas, otro falla contra ti.
Vamos a decir que has tenido el día en que tú no pecas y nadie pecó contra ti. Amado hermano, en el mejor de los momentos, una llamada puede desbaratarte la vida. Un semáforo que alguien no respete puede desbaratártelo todo. Una equivocación —o aun tú haciéndolo bien— una equivocación de otro puede desbaratar todo por lo que hemos construido toda nuestra vida. Y si eso no fuera suficiente, la mejor de las vidas termina en la muerte. Es por eso que la realidad es que todo el mundo vive con el sufrimiento detrás de la oreja.
Esa es la condición debajo del sol, y Cristo dice: sí, reconozco a los que hoy lloran. Pero, ojo, que Cristo no dice: bienaventurados los llorones. No es que el cristiano vive con una cara larga, llorando por todo; no es que todo es una tristeza. Es un llanto, es una lágrima, es un dolor por nuestro pecado, por nuestra pobreza, y por el pecado que está alrededor de nosotros, por la pobreza de los que están alrededor de nosotros.
Y yo no sé tú, pero yo estoy muy lejos de ahí. Ante el pecado mío —esta mañana yo mismo pequé—, mi reacción ante el pecado, en vez de lágrimas, fácilmente es ira. ¿No es cierto? ¿O cómo estás tú? Cuando alguien peca, ¿con gratitud lloras, o tú te aíras, te molestas, te decepcionas? En vez de ir delante de Dios con dolor, tú quieres ir delante del otro con furor. Y por eso vivimos tristes, airados y amargados.
Pero Cristo nos enseña que si tan solo lloráramos por el pecado, seríamos consolados y seríamos verdaderamente felices y bienaventurados. El reino de la felicidad no es para los felices. Hay momentos en que deberíamos afrontar y aceptar nuestra debilidad y nuestra tristeza; que como el apóstol Pablo deberíamos decir por momentos: "¡Ay de mí! Yo no sirvo para nada. ¿Quién me va a librar de este cuerpo de muerte?"
Los trucos para una buena vida: primero, pobreza; segundo, llanto. Tercer truco, versículo 5: "Bienaventurados los humildes" —o dice Reina Valera: "los mansos"—, "pues ellos heredarán la tierra." Este es el reino al revés. Friedrich Nietzsche, uno de los pensadores y filósofos más influyentes de todos los tiempos, decía que lo bueno es todo aquello que te hace sentir más poderoso y te da más poder, y lo malo es todo aquello que tenga apariencia o procedencia de debilidad. O sea que los mansos serían algo horrible para Nietzsche. Y Cristo dice: no, los mansos son los bienaventurados.
En el mundo, los fuertes y los valientes son los que mandan: los inteligentes, los que echan pa'lante, los que tiran pa'lante; esos son los que mandan, esos son los que tienen, esos son los que se ganan el respeto de los hombres. Pero Cristo dice: sí, pero los verdaderos dueños son los mansos, los fáciles de ignorar, los humildes, los que no llaman atención sobre sí mismos. Lo que el que tira pa'lante y el fuerte quieren, el manso lo tiene, por herencia. Dice: "Bienaventurados los mansos, pues ellos heredarán la tierra." Ellos no tienen que ganársela; ya otro se la ganó y se la da. Su Padre es el dueño de todo y Él se los da.
Por tanto, los mansos pueden recibir la ofensa, porque ellos saben que son peor de lo que la gente piensa. Los mansos pueden perdonar; los humildes pueden perdonar porque ellos saben que han sido perdonados. Los humildes no tienen que defenderse, porque ellos tienen un perfecto Defensor en los cielos, tienen un Abogado ante el Padre. Y oye esto: los humildes no buscan la gloria, porque ellos saben que no la merecen, ellos saben que no son dignos. Y esos —esos humildes y mansos— dice Jesús: esos son los dueños de la tierra, esos son los verdaderos herederos.
Hay una historia que siempre viene a mi mente cuando pienso en humildad; es una historia real. La cuenta este escritor que nadie se la conoce, y se la comentó un amigo llamado Doug. Doug le hace la historia: que en el verano de 1966 se estaba trabajando en una conferencia muy grande en Londres. Era una conferencia anual y siempre invitaba a un buen orador. Este Doug fue asignado al grupo de personas que tenía a cargo la limpieza del lugar. A medianoche él estaba barriendo las escaleras en el centro de conferencias cuando llegó un caballero mayor y le preguntó si la conferencia era efectivamente en ese salón.
Doug le dijo que sí, pero que había llegado tarde, que ya todo el mundo se había acostado a dormir y que empezaba al otro día. El hombre estaba vestido de una manera muy sencilla, nada ostentoso; tenía un pequeño maletín con él. Y Doug le dice: "¿Usted viene a la conferencia?" "Sí, yo vengo a la conferencia." "Pero usted tiene que dormir", le pregunta. Y el señor le dice: "Miren, la verdad que no." "Bueno, hay una habitación ahí donde están durmiendo los estudiantes que vinieron; son como unos cincuenta, pero usted cabe ahí."
Gracias, hermano. "Oye, ¿tienes con qué dormir?" "La verdad que no, yo no vine preparado para esto." "Bueno, entra a la cocina, saca una toalla y le pone la toalla en el piso, y luego saca otra toalla para ponerse de almohada." Y luego Doug, una persona se prepara también al lado del señor mayor para acompañarlo, para dormir uno al lado del otro.
Cuando van a acostarse, se da cuenta de que el hombre no ha cenado y le dice: "¿Tienes hambre?" "La verdad, yo tengo un poco de hambre." El hombre va a la cocina y lo que encuentra son unas hojuelas de maíz con leche, es decir, cornflakes con leche, y le prepara su cereal al señor mayor.
Mientras están sentados cenando, el hombre empieza a compartirle que él tenía varios años trabajando en su casa. Él tenía un pequeño ministerio que servía principalmente a hippies y a viajeros, a personas, tú sabes, a los marginados de la sociedad. Dice que él tiene años sirviendo ahí junto a su esposa, y que él ha visto varias personas convertirse al Señor, no cientos, pero varias personas convertirse al Señor.
Y Doug hizo: "¡Qué interesante! Mira qué ministerio tan chévere, así pequeñito, pero bueno." Y nada, se acuestan como les dije. Doug se duerme al lado de este señor para acompañarlo. Se levanta la mañana siguiente y Doug se encuentra que está en graves problemas. Los líderes de la conferencia se le acercaron y le dijeron: "¿Tú no sabes quién es el señor a quien le pusiste en el suelo? Es Francis Schaeffer. Ese es el charlista de la conferencia, ese fue el invitado internacional, él es el conferencista principal del congreso, y tenemos una habitación separada solo para él."
Y Doug dice que él no dijo nada. Yo no tenía idea de quién era este hombre. Él no sabía la celebridad que era, uno de los principales pensadores de la historia cristiana, quien definitivamente formó gran parte del pensamiento correcto de la iglesia el siglo pasado, y que su pequeño ministerio ciertamente era pequeño, pero había impactado personas clave. Él servía en Suiza, pero resulta que Schaeffer nunca reveló nada de eso. Él nunca dijo nada de eso. Él aceptó en humildad su suerte y estaba agradecido por lo que Dios le había dado.
¿Cuán lejos estamos de ahí? Yo, al llegar, Doug, pero me siento... tú puedes llamar a tu jefe de Jairo, ¿eso lo saben? ¿Y llamas Jairo, quién? Pero esos somos nosotros. Pero Cristo dice la verdad realmente: los verdaderamente felices son los pobres, los llorosos, los humildes. Dice el versículo 6, los hambrientos y sedientos.
"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados."
Cuando Cristo se refiere al hambre y a la sed, Él se refiere a los deseos más profundos de nuestro interior. Es el hambre y la sed lo que hace que un bebé llore o que un señor mayor trabaje. Es el hambre y la sed lo que motiva todo lo que nosotros hacemos en el día a día. O como bien decimos en Dominicana: el mal comido no piensa.
A la vez, es cierto que nuestros apetitos están un poco dañados, porque nosotros, siendo que tenemos hambre de algo mejor, nos satisfacemos con disparates. Llenamos nuestro paladar de basura y por eso nos sentimos llenos, pero enfermos, hinchados. La pornografía, por ejemplo, nos hace sentir culpables, nunca nos satisface, y sin embargo volvemos una y otra vez cuando nos sentimos solos, y terminamos sintiéndonos más solos. La vanagloria: lo bien que se sienten cuando hablan bien de nosotros, y desde que se acaba nos sentimos vacíos. El chisme nos llama la atención y queremos un poco más, y damos un poquito más, y luego seguimos igual de insatisfechos con nosotros mismos. La ira: le damos suelta a la ira, que pague, y luego nos llenamos de remordimiento.
Pero por el contrario, la justicia nos llena genuinamente. Y el hambre y la sed por justicia nos lleva a decirle que no a la lujuria, porque sabemos que es contrario a lo que Dios quiere para nosotros. Un corazón que está deseando la justicia de Dios decide decir que no a copiarse en un examen, decide decir que sí a pagar por sus impuestos, no porque los vayan a encontrar, sino porque su alma quiere hacer lo que es correcto delante de Dios. Bienaventurado, ese, el que genuinamente se integra de corazón, no solo de apariencias.
Y no solo eso. Yo creo que Cristo también tenía en mente el desear la justicia alrededor de nosotros, no solamente adentro. Es dolerse con el dolor del necesitado, del extranjero, de la viuda, de los huérfanos, aun de los animales maltratados. Es dolerme con la injusticia que está a mi alrededor. Y de manera particular, es un hambre y una sed por ver que la justicia de Dios revelada en el Evangelio sea exaltada en todo lugar, que toda persona pueda creer en el Cristo Jesús.
El quinto truco para una buena vida, según Jesús, está en Mateo 5:7: "Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia."
Pero la sociedad se burla de eso. Si te fallan, la mala tuya. Si te fallan, mala mía. No importa cuántos años tú tengas de cristiano: una persona te falla y tú desconfías de él o de ella. Nadie puede vivir una vida de misericordia bienaventurada, ¿no es cierto? Aun cuando tú le muestras misericordia a alguien, tú te preguntas: ¿hasta cuándo? De hecho, acompáñame a Mateo 18, por favor, porque ese es un problema de hoy.
Mateo, capítulo 18. El que vamos a ver es un conocido personaje por muchas cosas, llamado el apóstol Pedro. Y la gente siempre habla de que era muy impulsivo, y es verdad. Pero en este caso estamos viendo a un Pedro muy, muy comedido, un Pedro muy paciente.
En Mateo 18:21 tenemos a Cristo. Entonces se le acerca Pedro y le pregunta a Jesús: "Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí que yo haya de perdonarlo? ¿Hasta siete veces?" Siete son como poquitas, pero dígame: siete veces perdonar a la misma persona. Una madre, claro, siete veces al día con mi hijo. Pero alguien que no tenga tu apellido, alguien que no sea de tu familia. Piensa en un hermano de la iglesia. ¿De verdad tú lo vas a perdonar siete veces? Piensa en la última persona que tú has perdonado siete veces, no que te chocó y le pediste perdón, no, sino que le has perdonado sus faltas siete veces.
Pedro está siendo muy dadivoso. Pero Cristo es Cristo. En el versículo 22: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete." En cuarto de básica, mi profesora de religión, que era profesora de matemáticas también, nos estaba enseñando de este pasaje. Y ella decía: "El Señor así te perdona, setenta veces siete." Y alguien hizo la matemática. Yo creo que eran 490 veces. 490 veces. Dios no me deja mentir, yo pasaba días contando cuántas veces yo había fallado, porque yo no quería llegar a 490, que me mandara al infierno.
Cristo está diciendo aquí: no, ese no es el punto. Obviamente Él perdona, sí. Setenta veces siete por hora perdona nuestro Señor a nosotros. Cristo está diciendo: esta debería ser la actitud de tu corazón cuando alguien peca contra ti. Tu hermano alrededor tuyo, Dios quiere que lo perdones siempre.
Y por si no fuera suficiente, Él nos hace una pequeña historia que voy a leer por arriba solamente. El pastor predicó de ella, creo que este mismo año. Versículo 23 en adelante:
"El reino de los cielos puede compararse a cierto rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al comenzar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos."
Es decir, 216 toneladas de plata. Es decir, una tonelada es, más o menos, lo que aguanta una camioneta grande. Imagina: 216 camionetas grandes llenas de plata. Eso es mucho, mucho, mucho, mucho, mucho. Una cantidad insalvable para nosotros de dinero. "Pero no teniendo él con qué pagar, su señor ordenó que lo vendieran junto con su mujer e hijos y todo cuanto poseía." Entonces el siervo, versículo 26, postrado ante él, dijo estas palabras: "Ten paciencia conmigo y todo te lo pagaré."
¿Qué pidió el siervo? Paciencia. ¿Qué le da el señor en el versículo 27? Le tiene compasión y le perdona la deuda. Le dieron mucho más de lo que él pidió. Pidió paciencia; le dieron perdón.
Ahora bien, al salir ese siervo, el versículo 28, encontró uno de sus conservos que le debía cien denarios, el salario de cien días, 50 mil pesos, 100 mil pesos, sí, una cantidad real de dinero, cien días. Y echándole mano le ahogaba diciendo... ¿leyeron el versículo 28, cómo empieza? Pero al salir aquel siervo, él salió de que le perdonaran 266 millones de deuda, y empezó a ahogar a alguien que le debía 50 mil pesos.
Versículo 29: "Entonces su conservo cayó a sus pies y le suplicaba." ¿Qué le dijo? "Ten paciencia conmigo y te pagaré." Ustedes han escuchado eso antes. Él lo acababa de decir. "Ten paciencia conmigo, te pagaré." Sin embargo, él no quiso.
Pero cuando sus conservos vieron lo que había pasado, se entristecieron mucho, y fueron y le contaron a su señor todo lo que había sucedido. Entonces, como Dios no se le pasa una, llamando al siervo, su señor le dijo: "¡Siervo malvado! Te perdoné toda aquella deuda porque me suplicaste. ¿No deberías tú también haberte compadecido de tu conservo?" Versículo 35: "Así también mi Padre celestial hará con ustedes, si no perdonan de corazón cada uno a su hermano."
Entonces, ¿cuánta misericordia yo debo tener? ¿Cuánta misericordia existe? Esa, esa cantidad. Si tú quieres recibir perdón, tienes que perdonar. Si tú quieres recibir misericordia, tienes que ser misericordioso.
Termino ese punto con una frase de John Stott en su libro sobre el Sermón del Monte. Él dice: "¡Son los mansos los que pueden ser misericordiosos!" El ser manso es reconocerles a los demás que somos pecadores. El ser misericordioso es tener compasión de los demás porque ellos también son pecadores.
El reino al revés conlleva entonces que seamos, para ser felices: llorosos, o mejor dicho, que lloremos; pobres; hambrientos; misericordiosos; humildes. Y versículo 8, de limpio corazón.
Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios. El enfoque aquí, hermano, es la sinceridad, es la transparencia, es la limpieza. Como unos lentes que deben estar limpios para poder ver a través de ellos, los lentes en nuestra alma deben estar limpios para poder ver a Dios. Jesús está hablando de una vida sin hipocresía, una vida sin engaños, una vida sin doble moral, una vida sin deseos ocultos.
Déjame decirte algo: esto trae una tranquilidad como ninguna otra cosa. En mis tiempos de escuela ocurría —no sé si te pasó— cuando el profesor pedía la tarea y todo el mundo no sabía qué hacer, pero el que tenía la tarea estaba tranquilito. Digo, si es manso porque, si no, yo: "Profe, yo, yo, yo." Pero si es manso, cuando piden la tarea está como tranquilo, como que hay paz. El que tiene sus impuestos al día, cuando lo auditan, está tranquilo. Pues el que tiene sus cuentas claras con Dios puede ir tranquilamente delante de Dios a orar.
Déjame decirte esto, hermano: si tú estás teniendo problemas de oración, es muy probable que estés teniendo problemas de confesión. Que haya algún pecado que tú no has venido a cuentas con Dios y, por tanto, no te sientes tranquilo delante de Él en oración. Solo el de limpio corazón puede orar; solo el que sabe que no tiene cosas ocultas con Dios puede orar. Pero tener cuentas claras, tener la limpieza, no significa nunca haber pecado, no significa perfección.
Hace unos seis años, más o menos, yo tuve una pequeña crisis mientras leía los Salmos. Porque yo encontré oraciones de David donde él decía cosas como en el Salmo 26: "Hazme justicia, oh Señor, porque yo en mi integridad he andado, y en el Señor he confiado sin titubear." Y yo decía: "David, ¿también? ¿Tú, David?" Pero David hizo cosas y, aun así, hablaba de esa manera. ¿Cómo podía David hablar de sí mismo con integridad, con limpieza, como diciendo "yo soy un hombre limpio"? Yo no sabía qué hacer; la verdad, yo no entendía lo que estaba pasando.
Entonces fui donde el pastor Pepe, que estoy seguro que recuerdan. Y yo le dije: "Pepe, ayúdame a entender esto. Yo no entiendo esta tranquilidad que tiene David delante de Dios." Y Pepe, con la sabiduría y la elocuencia que lo caracterizan, me dijo algo como esto: "Jairo, es que David hacía sacrificios." No, no, no. David se presentaba delante de Dios, pedía perdón por sus pecados, llevaba el cordero, lo sacrificaba y creía en ese sacrificio. Cuando él pecaba, iba delante de Dios, pedía perdón, y tú sabes qué: David salía de ahí perdonado. Él podía confiar en que la sangre del cordero lo limpiaba de su maldad; él no tenía por qué quedarse patinando en su pecado si su pecado ya había sido perdonado por el cordero.
Y eso es exactamente lo que tú y yo podemos hacer. Hay algo como torcido en nosotros, que uno dice que no está bien, y te empiezan a recordar tus pecados. Y ahí como que: "Sé que Dios no me va a perdonar… Dios sabe todo lo que yo he hecho." Y Dios te dice: "Para, para, para." "Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo" —no para pasar por alto, sino— "para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad." Y dice Juan un poquito más adelante: "Yo les escribo estas cosas para que no pequen, y si alguno peca, ¿qué tenemos frente al Padre? Abogado tenemos delante del Padre. ¿Quién? Jesucristo, el justo."
Esta limpieza de corazón es poder encontrarte delante de Dios y decirle: "Señor, perdóname. Yo sé que peco, yo sé que he pecado, yo sé que vivo pecando, pero perdóname." Y cuando tú le dices eso, si tú confías en el sacrificio del Cordero, ese pecado ha sido perdonado, ya está. Tú puedes ir delante de Dios cada día con tranquilidad y tener un corazón limpio, limpiado por su pureza, y verlo a Él por su gracia, con esa forma de la cruz que nos permite verlo en su gran hermosura. Y esa es la bienaventuranza, esa es la del que puede ver a Dios.
El pobre, el que llora, el humilde, el hambriento, el misericordioso, el limpio de corazón. Dice Mateo 5:9: "Para una buena vida, bienaventurados los que procuran la paz —los pacificadores—, pues ellos serán llamados hijos de Dios." John Stott comenta este pasaje diciendo que Dios ama la reconciliación y está haciendo ahora, a través de sus hijos, lo mismo que hizo a través de su Hijo: traer la paz. A lo que se refiere Cristo aquí es que cuando tú llegas a un lugar, ese lugar está más pacífico porque tú estás ahí, no más alterado.
Hay millones de áreas en las que podríamos aplicar esto, pero yo pienso en las redes sociales. ¿No es notado? Un cristiano tan bajito y tan tranquilito, cómo se altera cuando violan sus derechos en las redes sociales. La cantidad de improperios que podemos decir en redes sociales cuando estamos hablando de un candidato, o de algún deportista que no nos guste. Y tú dices: "Pero, ¡es pacificador!" Pero este hombre está echando leña al fuego. Y Cristo dice: "Bueno, ese hombre se va a perder la bienaventuranza, se va a perder la bendición." El cristiano, en vez de avivar el fuego, debería calmarlo.
Y tú sabes qué: hoy es el día de las madres, un hermoso día, pero día con familia extendida. Y esto es para todos nosotros. Cuando tú llegas a la comida familiar o a la cena familiar, ¿las cosas se alteran o se tranquilizan? ¿Eres tú de los que aviva el fuego, o eres tú de los que calma las cosas? Pues Cristo dice que así como Él trae paz, nosotros deberíamos traer paz.
Déjame decirte que ser pacificador nos va a costar, porque la gente va a decir: "¿Qué le pasa a esa persona?" La gente se va a burlar de nosotros. Y si tú eres de los que antes agitaban, es muy, pero muy posible que cuando la gente te vea pacificando, te quieran empujar. Como a los mansos y los humildes, a los pacificadores los empujan. Pero Dios les dice: "Hijos." Dios les dice: "Hijos."
Y es ligado a esto que encontramos la octava bienaventuranza, versículo 10 en adelante: "Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan y digan todo género de mal contra ustedes falsamente por causa de mí." Oigan, no es accidente que Jesús pase de pacificadores a persecución, porque el mundo ama tanto la guerra y el odio que cuando vea personas trayendo la paz, las va a rechazar. Pero la Palabra enseña claramente que nosotros somos responsables de nuestras acciones, no de las de los demás. Por tanto, mientras dependa de nosotros, estemos en paz, pero los otros no van a estar en paz con nosotros.
Siendo en esto, en nuestro país todavía —aunque hoy oramos viendo el cambio— todavía no hay tanta persecución para el creyente. Si tú lo comparas con el Medio Oriente o con muchas otras naciones, aun naciones avanzadas, donde tú ni siquiera puedes —como decía el pastor Miguel— criar a tus hijos de acuerdo a la Palabra porque te los quitan, nosotros la tenemos bien. Pero si tú eres creyente, hay alguna manera en que regularmente vas a sufrir algún tipo de persecución. Porque si tú eres luz, al que le gusta andar en la oscuridad le va a afectar y va a querer sacarte de ahí. Y pareciera que nuestro país se está sintiendo cada vez más así, donde se hace cada vez más difícil poder ser cristiano en la luz pública, donde es cada vez más difícil que una persona pueda estar en la palestra pública siendo creyente.
Y Cristo dice: "Pues están siendo bienaventurados. Van a recibir mi bendición, porque en este reino al revés, lo rechazado del mundo es lo que yo recibo." Cristo también nos dice aquí en este texto que miren a quiénes vinieron antes de ustedes. La Biblia está llena de profetas y de hombres y mujeres de Dios que antes que nosotros sufrieron persecución. Ustedes se añaden a una lista bendecida donde está también David, donde está también Jeremías, donde está también Jesús mismo. Así que en el momento de persecución podemos mirar a Él, que caminó antes de nosotros, a Él que está delante de nosotros, y decir: "Señor, en ti confiamos. Tú dices que esto es una bendición."
Según Jesús entonces, ocho trucos para una buena vida. Estos no salen en la revista, pero sí salen en la Palabra: bienaventurados los pobres en espíritu, bienaventurados los que lloran, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, bienaventurados los misericordiosos, bienaventurados los de limpio corazón, bienaventurados los pacificadores y bienaventurados los que padecen persecución. Y yo miro mi vida y yo digo: "Yo no estoy ahí. Yo no estoy ni cerca." Si esas son las características de una verdadera buena vida, mi vida no va para nada bien. Es por eso que este es un martillo divino que nos sienta y nos hace repensar cómo estamos caminando, qué es lo que estamos apreciando, qué le estamos enseñando a nuestros hijos.
Entonces yo digo: "Señor, yo no voy a llegar ahí." Y luego yo miro a Jesús, el Bienaventurado, y yo digo: "Señor, esto es inalcanzable." Y el Señor me dice: "Hijo, Yo lo alcancé por ti. Por eso yo morí: por tu arrogancia, por tu altivez, por tu ira, por tu juicio, por tu suciedad, por tu lujuria, por tu búsqueda de comodidad. Yo soy el Dios bendito y bienaventurado por los siglos, y Yo me hice maldición por ti para que ahora tú seas bienaventurado."
Y tú sabes qué más me dice Él —y te lo dice a ti también—: "Tú no estás solo. Mi Espíritu Santo está en ti. Mi Espíritu Santo está en ti para ayudarte a rendirte, para ayudarte a confiar, para ayudarte a dejar de vivir para ti, para ayudarte a someterte genuinamente a mí, para ayudarte a buscar primero mi reino y mi justicia, para ayudarte a genuinamente depender de mí." Y yo le digo: "Señor, ayúdame, porque yo te necesito."
Permíteme cerrar con esta historia. El siglo pasado se imprimió la primera edición de lo que serían uno de los libros más influyentes y una de las mayores obras de la literatura inglesa, conocido en español como El Señor de los Anillos.
Si no conoces los libros, pues probablemente conoces o has visto las películas. El escritor J. R. R. Tolkien era un creyente, un profeso cristiano, que quería mostrar diversas cosas, pero una de ellas era el peregrinar cristiano. Las aventuras de la vida cristiana como tal. No es como Narnia, pero sí tiene tanta enseñanza para nosotros ahí, y una de esas que pasamos mucho por alto son los Hobbits.
Conozcan los Hobbits. Son estas figuras humanas que tienen entre dos y cuatro pies de altura, cuando son altos, cuatro pies, o sea, como por aquí. Gorditos, de pies anchos, a tal punto que no pueden usar zapatos por lo anchos que son los pies, andan descalzos, lampiños, que viven una vida muy relajada, escondidos en una pequeña comarca, sin inventar mucho con la gente de afuera. No son tus héroes típicos, digamos.
En esta historia, El Señor de los Anillos, por supuesto, están personajes como Aragorn, el Rey, el fuerte, el mejor de los hombres; o Legolas, el mejor de los elfos, rey también de elfos; o Gandalf el Gris, luego Gandalf el Blanco, ese increíble mago que protege la Tierra Media. Todos esos personajes gloriosos y fuertes. Y en medio están estos cuatro Hobbits, estos cuatro típicos pequeñitos, chiquitos, con nombres como Frodo, Sam, Merry y Pippin.
Sin embargo, recae sobre ellos cuatro, en medio de la comunidad del Anillo donde están estos hombres gloriosos, la mayor carga que alguien pudiera tener. Y los Hobbits lo cumplen, y definitivamente, de manera increíble, son la clave para que se venza la batalla contra el mal.
Al final de la tercera película, o el tercer libro, el bien gana y Aragorn el Rey está siendo coronado por Gandalf el Blanco en ese hermoso castillo. Ya no hay maldad, ya quedan todos los buenos. Y en la ceremonia de coronación está toda la comunidad del Anillo, y todos esos hombres poderosos y grandiosos que ya les mencioné. Todas estas razas, todas estas personas poderosas están ahí, todos llorosos, muertos de gozo, pensando que por fin la Tierra había sido liberada. Por fin había un Rey, ya había un Rey que podía rescatarlos, que había podido guiarlos con bondad.
Y Aragorn, después de ser coronado con su corona, va pasando por donde cada uno de estos personajes, y cada personaje se postra delante de él. Los mira, los saluda, los abraza, y juntos lloran. Están ahí Legolas, Éowyn, Elrond, Gimli, y todos esos hombres y mujeres poderosos y sabios. Y al final de esa caminata gloriosa, Aragorn llega a donde están los cuatro Hobbits, y parecen cuatro niños, así pequeñitos, entre todos esos hombres. Y por supuesto, cuando ellos ven a Aragorn, su Rey que los rescató tantas veces, ellos se postran, y Aragorn se agacha, los mira a los ojos, y les dice: "No, amigos, ustedes no se postran ante nadie."
Porque estos cuatro pequeñitos y débiles fueron los que liberaron la Tierra Media. Porque estos cuatro, débiles en sí mismos pero confiados, fueron los que se convirtieron en los verdaderamente fuertes. Porque en el reino al revés, la Tierra fue salva por esos pequeñitos.
Hay algo ahí para mí y para nosotros. Nosotros no somos los poderosos. Ninguno de nosotros es Aragorn, ni Gandalf, ni Legolas, ni nada de eso; nosotros no somos los grandes y fuertes. A lo más que llegamos en esta historia es a Hobbit: gordito, pequeñito, con pie grande. En esta historia hay un solo Rey, hay un solo digno de gloria y honra; ese es el único que va a ser coronado al final.
Pero, amado hermano, si tú y yo mantenemos nuestro rostro hacia abajo con los ojos puestos en Jesús, tranquilos en pobreza, tranquilos en escasez, sin buscar nuestra gloria, en humildad, en mansedumbre, en hambre y sed, aun en persecución; si tú y yo vivimos una vida que no se trata de nosotros, oh amado hermano, tú y yo también vamos a estar en la celebración, y nuestro Rey nos va a mirar al rostro, y lo más que nos va a decir es: "Bien hecho, buen siervo fiel."
Así que, amado, tú quieres ser bienaventurado: bendice al Bienaventurado por los siglos. Tú quieres ser bendito y feliz: bendice al Dios eterno y Padre en nuestro Señor y su Cristo. Tú quieres una vida buena: no te olvides de que tu vida no se trata de ti, y rinde tu vida para eso.
Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet www.integridadysabiduria.org. ¡Hasta la próxima, cuando nos reencontremos en Su Palabra!
Jairo Namnún sirve como director ejecutivo de Coalición por el Evangelio, encargado de idear y supervisar el contenido del ministerio. Posee una Maestría en Estudios Teológicos del Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Patricia Namnún y juntos tienen dos hijos: Ezequiel e Isaac.