El ser humano está cautivado por el drama, por esas historias que nos mantienen en vilo preguntándonos qué pasará. Dios conoce esto y ha dejado en las Escrituras relatos que nos atrapan porque, de una u otra manera, son nuestra propia historia. Zacarías 3 presenta uno de esos dramas: el sumo sacerdote Josué está delante del Ángel del Señor ofreciendo sacrificios, pero sus vestiduras están sucias —literalmente cubiertas de desechos humanos— y Satanás está a su derecha para acusarlo. Si Josué es condenado, todo Israel lo será y el Mesías no vendrá. El pueblo entero, y nosotros con él, pende de este momento.
Pero Cristo interviene. El Ángel del Señor reprende a Satanás y justifica a Josué, no por sus méritos sino porque Dios lo ha escogido. Josué no pronuncia palabra en su defensa; simplemente se cobija bajo la sombra del Ángel. Esta es la única respuesta posible cuando el enemigo nos acusa: refugiarnos en la sangre de Cristo. Luego viene el intercambio glorioso: las ropas sucias son quitadas, la iniquidad es removida, y Josué es vestido con ropas de gala que representan el perdón y la justicia de Dios.
Esas vestiduras no fueron baratas; costaron la sangre de Dios mismo. En la cruz, Cristo cargó nuestras ropas sucias para vestirnos con su justicia. Y el texto cierra con una afirmación llena de esperanza: el Ángel del Señor estaba allí. Él permanece con los suyos, intercediendo, defendiendo, porque la salvación no depende de nosotros sino de Aquel que nos escogió y prometió guardarnos hasta el fin.
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Muy bien, antes de entrar al pasaje que vamos a estar compartiendo en el día de hoy, yo quería compartir lo que ha estado en mi mente en los últimos días. Yo he estado viendo cómo el cine, cómo Hollywood y diversos escenarios de la vida diaria están cautivados por el drama. Usted ve la película de Hollywood hoy día y la mayoría son dramáticas; incluso las películas de superhéroes hoy día están cargadas de drama. A nosotros, como seres humanos, nos encanta el drama, ¿es así o no? Nos encantan esas historias dramáticas que nos cautiven, que hagan que nosotros estemos ahí preguntándonos qué pasará, cómo fue, será así, o habrá otra posibilidad. Siempre estamos ahí pendientes.
Recientemente en el país tuvimos la tragedia de presenciar el caso de esta joven, de esta niña que fue asesinada, la joven Emily, que fue asesinada por el que era su novio, y todo lo que eso conllevó. Y yo he visto a las personas pendientes de ese drama: seguían el caso, seguían el juicio, cómo ha sido, será esto verdad, será esto posible, esta nueva prueba. Han estado así pendientes; incluso el juicio lo transmitieron a través de las redes sociales y muchos lo seguían, incluso hubo en algunos lugares y en los trabajos gente viendo el juicio, pendientes siempre del drama.
En Estados Unidos, en el año 1995 aproximadamente, se celebró lo que para muchos fue el juicio del siglo: el famoso juicio de aquel jugador de fútbol americano, O. J. Simpson, que fue acusado de matar a su esposa y al que se suponía era su amante. Ese juicio fue televisado por 134 días, y los americanos, y parte del mundo, estuvieron 134 días pegados a la televisión tratando de saber qué iba a pasar, cómo se iba a desarrollar ese drama.
Y entendiendo que nosotros somos tan interesados en el drama, Dios ha dejado historias en la Escritura que nos llevan a eso, a cautivarnos con ellas. Es mi intención que mientras revisamos este drama que vamos a ver hoy, no pasemos simplemente 134 días cautivados en él, sino que podamos pasar toda la vida meditando en esto, porque de una u otra manera esa es nuestra historia, y lo que vamos a leer aquí es una representación de ti y de mí. Así que con eso en mente, yo quiero pedirte, por favor, que me acompañes al libro del profeta Zacarías; estaremos viendo el capítulo 3, del versículo 1 al versículo 5.
Dice el texto: "Entonces me mostró al sumo sacerdote Josué, que estaba delante del Ángel del Señor, y Satanás estaba a su derecha para acusarlo. Y el Ángel del Señor dijo a Satanás: 'El Señor te reprenda, Satanás; repréndate el Señor que ha escogido a Jerusalén. ¿No es este un tizón arrebatado del fuego?' Y Josué estaba vestido de ropas sucias en pie delante del Ángel. Y este habló y dijo a los que estaban delante de él: 'Quitadle las ropas sucias.' Y a él le dijo: 'Mira, he quitado de ti tu iniquidad y te vestiré de ropa de gala.' Después dijo: 'Que le pongan un turbante limpio en la cabeza.' Y le pusieron un turbante limpio en la cabeza y le vistieron con ropas de gala, y el Ángel del Señor estaba allí."
Vamos a orar. Señor, en este día venimos delante de ti reconociendo que no somos dignos, reconociendo que somos pecadores, pero que somos pecadores a quienes tú has decidido salvar a través de un glorioso y precioso intercambio. Gracias, Cristo. Y ahora que nos presentamos delante de tu Palabra, te pedimos que tú puedas hablarnos, que tú puedas ministrar a nuestros corazones, que tú puedas edificar a tu pueblo, pero sobre todo que tu glorioso nombre pueda ser exaltado. Señor, yo te pido que tú me permitas ser fiel y que yo pueda predicar tu Palabra con fidelidad, en el nombre de Jesús. Amén.
Muy bien. Para muchos, este libro de Zacarías en el cual vamos a ver el día de hoy es el libro que mejor expone los planes de Dios para la restauración futura del pueblo Israel en el postexilio. Pero ¿quién es Zacarías? Es la primera vez que nos encontramos con él aquí en este libro. Zacarías, en el versículo uno de su primer capítulo, se presenta; él dice: "En el octavo mes del año segundo de Darío, vino la palabra de Dios al profeta Zacarías, hijo de Berequías, hijo de Iddo." Zacarías es un profeta de Dios que habló en el segundo año del rey Darío, en aquel tiempo cuando el pueblo de Israel estaba en el proceso de retornar desde Babilonia a Jerusalén con el propósito de reconstruir la ciudad y reconstruir el templo.
Zacarías viene desde Babilonia, viene acompañado del profeta Hageo y de Zorobabel, y Dios en su gracia decide darle a Zacarías ocho visiones relacionadas a la restauración de Israel. En las primeras tres visiones él les dice lo siguiente: en la primera les dice que el pueblo será restaurado; en la segunda visión les dice que sus enemigos serán juzgados; y en la tercera visión les dice que la ciudad será reconstruida. En estas tres visiones Dios le habla a través de Zacarías al pueblo, diciéndoles: "Oigan, externamente ustedes van a ser restaurados."
Pero aquí surge una pregunta: ¿qué iba a pasar con los corazones de ellos? Ellos ya se habían descarriado en Babilonia, se habían vuelto a sus pecados. La realidad es que mientras ellos estaban en Babilonia no hubo un gran avivamiento en el pueblo de Israel. Probablemente había comenzado algo, pero no había un gran avivamiento. Ellos tienen que descender ahora desde Babilonia a Jerusalén a cumplir con el propósito de Dios de reconstruir la ciudad. Ellos comienzan a descender y ¿qué encuentran en Jerusalén? Encuentran una ciudad destruida, el templo destruido, mucho polvo, mucha tristeza.
Y Dios en su gracia les dice: "Oigan, tranquilos. Yo sé que ustedes están desanimados ahora, pero yo quiero enviar a mi profeta para decirles que el pueblo va a ser restaurado, sus enemigos van a ser juzgados y la ciudad va a ser reconstruida." Pero esta gente conocía a Dios; conocía que Dios había juzgado al pueblo a causa de su pecado, es decir que para Dios volver a restaurarles también tenía que haber una restauración en el corazón de ellos.
Y aquí viene lo que es nuestra cuarta visión, que es el texto del día de hoy, donde Zacarías dice: "Entonces me mostró al sumo sacerdote Josué, que estaba delante del Ángel del Señor." Josué es un personaje real; él era el sumo sacerdote del pueblo de Israel, él había regresado con el segundo grupo de exiliados, como lo dicen Hageo 1 y Zacarías. Él tenía la responsabilidad de representar al pueblo delante del Señor. Y Zacarías ve esta visión donde ve al sumo sacerdote Josué ofreciendo sacrificios al Señor delante del Ángel, cumpliendo sus funciones sacerdotales.
Dice el texto aquí que él estaba delante del Ángel del Señor. Cuando encontramos en el Antiguo Testamento esta expresión, "el Ángel del Señor", está hablando literalmente de Cristo, de la segunda persona de la Trinidad. Josué está delante de Cristo mismo, ahí ofreciéndole sacrificios. Sabemos que el Ángel del Señor es Cristo porque en la Escritura encontramos muchos pasajes en el Antiguo Testamento donde Dios ha decidido revelarse como el Ángel del Señor. Lo encontramos en Génesis 22, hablándole a Abraham; nos encontramos con Moisés en la zarza ardiente en Éxodo 3, donde el Ángel del Señor se identifica con el nombre de "Yo Soy"; lo vemos en Josué 5, identificándose como el Capitán de los ejércitos del Señor. En otros pasajes vemos cómo el Ángel del Señor se identifica como la segunda persona de la Trinidad, aquel que usa los nombres de Dios y también recibe la adoración que solo Dios podía recibir, como lo vemos cuando Manoa ofreció un sacrificio, el padre de Sansón, y el Ángel del Señor recibió dicho sacrificio y dicha adoración.
En esta visión nos encontramos a Josué ante el Ángel del Señor, y el texto dice que Satanás estaba a su derecha para acusar. Una de las preguntas que yo tengo agendada para cuando llegue a la presencia del Señor es: "Señor, ¿por qué tú le diste tanta libertad a Satanás? ¿Por qué tenía tanta libertad para entrar a tu presencia tan fácilmente?" Es una pregunta que yo tengo guardada. Pero en este texto nos encontramos que cuando Josué está ofreciendo sacrificio, Satanás estaba allí haciendo lo que mejor sabe hacer: acusar. Y al igual que como lo hizo con Job en su momento, él comienza probablemente a cuestionar a Dios acerca de su relación con este Josué.
Él probablemente le dice a Dios: "Pero tú no eres un Dios santo, tú no eres un Dios que se supone que no te mezclas con nadie pecaminoso. Este es un hombre pecador que representa un pueblo pecador. Él es el sumo sacerdote, representa sus pecados y los pecados del pueblo. ¿Cómo es posible que tú recibas su ofrenda? ¿Tú no lo ves? Él no es digno. Mira sus vestimentas, están sucias, él hiede." Satanás acusa a Josué de estar delante del Señor, haciendo sus oficios sacerdotales, con vestimentas sucias, como lo vemos en el versículo 3. El versículo 3 dice que Josué estaba vestido con ropas sucias delante del Ángel del Señor. Y para que entendamos la connotación de esta palabra "sucio" en el original, literalmente quiere decir que él estaba lleno de desechos humanos. Josué estaba sucio, y estaba bien sucio.
Satanás ve esta oportunidad como la oportunidad de oro para acusarle. Es importante recordar aquí que Josué representaba al pueblo de Israel; sus vestimentas representaban su pecado y el pecado del pueblo. Satanás tenía razón: Josué no era digno de acercarse a Dios con esas vestimentas; él no era digno de estar delante de un Dios santo estando sucio. Satanás vio esto como la oportunidad de oro para destruir el plan de redención completamente. Satanás sabía que si Josué es vindicado y su sacrificio es aceptado, todo Israel sería aceptado; pero si Josué es condenado y expulsado, todo Israel iba a ser condenado y el Mesías no iba a venir. Estamos aquí en un punto crucial del drama.
Si Dios dice: "Sí, Satanás, tú tienes razón, ellos no son dignos de estar delante de mí, él no es digno de estar aquí, vete de aquí, Josué", en ese momento tú, Israel, él, tú y yo estaremos condenados. Porque Josué aquí está representando al pueblo, pero también nos está representando a nosotros. Es importante recordar, hermanos, lo que el apóstol Pablo dice en Romanos 11: nosotros, los gentiles, que es lo que somos, somos la rama injertada. Si Israel es condenado, nosotros íbamos a ser condenados.
Y aquí está Josué representándonos a todos. Así como lo hizo en su momento con Adán, así como lo hizo en su momento con David, así como posteriormente quiso hacerlo con Cristo, aquí está Satanás preparando el escenario para la matanza. Ahí está Josué, probablemente sintiéndose culpable, sintiéndose indigno, sintiéndose asustado. Y yo quiero hacer un paréntesis aquí: ¿cómo te sientes tú cuando eres acusado por el enemigo por tus pecados?
Uno de los principales errores que nosotros pudiéramos cometer es no conocer a nuestro adversario. Un buen comandante militar se conoce a sí mismo, pero también conoce a su adversario: conoce los misiles que tiene, los hombres que tiene, sus debilidades, sus fortalezas. Satanás es nuestro adversario y anda como león rugiente buscando a quién devorar. Él tergiversa la verdad con una frase llena de engaño y maldad. Él hace que nosotros muchas veces no podamos ver a Dios. Es tan fuerte que con una sola pregunta hizo caer a los mejores de nosotros: "¿Con que dijo Dios que del árbol no comerán?" Con una pregunta hizo caer a lo mejor de nosotros.
Satanás astutamente nos acusa para que no podamos ver al Dios perdonador, lleno de gracia y de bondad. Cuántas veces hemos escuchado a hermanos que pecan y dicen: "Es que yo no me siento digno de venir a la iglesia, yo no me siento digno de orar, yo no me siento digno de leer la Biblia." Hermanos, esto es una artimaña de Satanás, con el propósito de endurecer tu corazón, de que te alejes de Dios y de que te hagas insensible al pecado. No conocer a nuestro adversario es un error, pero no conocer a nuestro Dios, quien es un Padre amoroso y un Dios perdonador, es también un gran error.
Y aquí, en este drama, nos encontramos a Josué callado. Josué no se defiende, él solo calla. Y en el versículo 2 nos encontramos lo siguiente: "Y el Ángel del Señor dijo a Satanás: El Señor te reprenda, Satanás; repréndete el Señor que ha escogido a Jerusalén. ¿No es este un tizón arrebatado del fuego?" Satanás, ¿cómo te atreves? ¿Cómo tú te atreves? Que el Señor te reprenda. ¿No ha sido Dios quien los ha escogido? ¿Acaso Dios desampara o abandona a quien Él ha escogido? ¿Acaso depende de ellos? Satanás, no depende de ellos, depende de mí, que soy quien los ha escogido y quien los justifica.
Cristo, quien es nuestro abogado, como el apóstol Pablo habla, abre su boca y Satanás no vuelve a pronunciar una sola palabra. Como vemos aquí, Josué se escondió bajo la sombra del Ángel; él no se defendió, él no salió y dijo: "Espera un minuto, Satanás, espera, espera, yo no soy tan malo, yo no soy tan malo, yo no he matado, yo no he robado, yo pago mis diezmos y mis impuestos, yo vengo a la sinagoga, incluso yo soy el sumo sacerdote." Josué no dijo una sola palabra, porque él podía oler y ver su ropa sucia, él podía ver su pecado, él era culpable, él estaba sucio delante de Dios.
La única manera de nosotros responder a Satanás cuando él menciona nuestros pecados es cobijarnos bajo la sangre de Cristo. Es decir: "El Señor te reprenda, Satanás, trátalo con Él, trátalo con Cristo. Si la sangre de Cristo no puede perdonarme, yo estoy condenado; pero sabemos que en su sangre hay perdón para nosotros y por eso hay esperanza."
El Ángel le dice: "El Señor te reprenda." Y aquí en este texto vemos algo interesante: vemos la Trinidad operando, la subordinación de la Trinidad operando. Si decimos que el Ángel del Señor es Cristo, y Cristo es el Señor, y el Señor es Dios, ¿cómo es esto de que "el Señor te reprenda"? Bueno, aquí pasa algo muy similar a lo que David, en el salmo más citado en el Antiguo Testamento, dice cuando dice en el Salmo 110: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies." Desde la eternidad pasada, Dios había determinado que las tres personas de la Trinidad iban a tener roles diferentes, y al parecer era la responsabilidad de Dios Padre reprender a Satanás.
Y estas son las mismas palabras que encontramos en Judas 1:9, cuando el arcángel Miguel estaba disputando con Satanás por el cuerpo de Moisés: ¿qué palabras dice Miguel? "El Señor te reprenda." Para muchos estudiosos del idioma original, esta connotación de "te reprenda" tiene una connotación futura; es decir, que lo que el Ángel está diciendo a Satanás aquí es: "El Señor te reprenderá, Satanás." Y eso es algo de lo que nosotros estamos convencidos que va a pasar, cuando un día las obras del maligno serán vencidas y cuando él no tenga poder sobre esta tierra.
Cristo reprende a Satanás, pero a la vez justifica su reprensión. Él dice: "Repréndete el Señor que ha escogido a Jerusalén." Cristo justifica a Josué no sobre la base de sus méritos, no sobre la base de que él era el sumo sacerdote, sino sobre la base de que Dios lo había escogido. No porque él haya hecho algo bueno, no porque lo mereciera, sino porque Dios en su amor y gracia así lo había determinado. Y eso lo vemos en Deuteronomio 7:7-8, cuando Dios dice: "El Señor no puso su amor en vosotros ni os escogió por ser vosotros más numerosos que otros pueblos, pues era el más pequeño de todos los pueblos; sino porque el Señor os amó y guardó el juramento que hizo a vuestros padres."
La razón por la cual este es un pueblo escogido, Jerusalén es un pueblo escogido, tú y yo somos un pueblo escogido, es porque Él nos amó y porque por su gracia lo ha hecho y nos ha escogido. Cristo dijo: "Dios os escogió a vosotros, no vosotros a mí." Y Dios ha prometido no desechar a los que Él ha escogido; Él ha prometido estar con ellos, porque no depende de ellos, depende de Dios, quien es quien nos justifica.
Y dice el Ángel: "¿No es este un tizón arrebatado del fuego?" Un tizón es literalmente un pedazo de madera que se está quemando. Piensen un momento: en esos tiempos, cuando tú ibas a campamentos y estabas frente a una fogata, tú veías ese pedazo de madera ahí que se estaba consumiendo. Si ese pedazo de madera no es sacado del fuego, ¿qué va a pasar? Se terminará desintegrando. El pueblo de Israel se estaba quemando en Babilonia, y tú y yo nos estábamos quemando en nuestro pecado si Dios amorosamente no nos saca de ahí. Es Dios quien nos ha escogido.
Y yo me imagino a Josué aquí. ¿Cómo debía estar Josué? Probablemente estaba saltando. "¡Sí! ¡Habla, Ángel! Mira ahí, Satanás, ¿dónde estás? ¿No eres tú el león rugiente que anda buscando a quién devorar? ¡Ahora es mi hora! Habla, Ángel, habla." Pero hay un problema aquí. Dice el versículo 3 que Josué estaba vestido de ropas sucias, en pie delante del Ángel.
Cristo justifica a Josué sobre la base de que Dios lo ha escogido, pero Josué no podía permanecer allí delante de Dios mismo en esa condición y no morir. Sus ropas sucias representaban el pecado del pueblo y su propio pecado, y Dios es un Dios santo. Él no puede cohabitar con el pecado; esas dos cosas se oponen la una a la otra. Es por eso que Josué tenía que ser cambiado: su suciedad debía ser removida, y para poder estar ahí delante de Dios, él necesitaba ropas limpias.
Y en el versículo 4, el Ángel sigue hablando y dice: "Y dijo a los que estaban delante de él: Quitadle las ropas sucias. Y a él le dijo: Mira, he quitado de ti tu iniquidad y te vestiré de ropas de gala." ¡Wow! Josué estaba sucio delante del Señor, indigno de estar delante de la presencia de Dios, y Cristo intercede y da instrucciones a los ángeles que estaban ahí alrededor: "Quitadle las ropas sucias."
Hermanos, como vemos aquí, es Cristo quien habla y son los ángeles quienes actúan. El Señor no se dirige a Josué diciéndole: "Josué, yo quiero limpiarte, me gustaría quitarte tus ropas sucias. Josué, yo estoy llamando a la puerta de tu corazón, ven, aquí estoy, quiero limpiarte, mira las ropas, aquí están las ropas, póntelas, ven para que te bañes." El Ángel no hace eso; Él reprende a Satanás y luego da orden a los que están cerca: "Vístenlo, quítenle sus ropas sucias." Y cuando vemos aquí lo que hace el Ángel, es mostrar su amor y gracia. Josué no merecía eso, pero Dios así lo hizo.
Y vemos que amorosamente Cristo decide no solamente mandar a quitar la ropa, sino decirle a Josué: "Te voy a quitar las ropas sucias." Él dice: "Mira, yo he quitado de ti tu iniquidad." No simplemente: "Yo estoy despojándote de esas ropas sucias." Esas ropas sucias representan tu pecado, representan tu iniquidad, representan tu maldad, representan el decreto que estaba en tu contra que decía "culpable", y yo lo estoy quitando. Y aquí veo: ¿qué tuvo que hacer Josué? Absolutamente nada.
El pastor Steve Cole dijo una vez: "Dios limpia a los pecadores sobre la base de su gracia soberana, no sobre la base de sus méritos." Tú y yo hemos sido escogidos por Dios por su gracia soberana, no porque nosotros hayamos hecho absolutamente nada. El reformador Martín Lutero, en un momento hablando de este tema, la salvación, y de entender esta verdad, dijo: "Cuando me miro a mí mismo, no sé cómo podría ser salvo. Cuando yo me veo a mí mismo, yo lo que veo son ropas sucias; yo no sé cómo yo podría ser salvo. Pero cuando yo miro a Cristo, no sé cómo podría perderme."
Y esto es importante, hermanos, que nosotros lo entendamos. Josué, en representación del pueblo, no hizo nada para que su iniquidad fuera quitada. Dios lo hizo sobre la base de su gracia, porque lo ha escogido. Tú y yo hemos sido salvos por la gracia soberana de Dios; nosotros no hemos hecho nada para ser salvos.
Ahora, ¿qué nos hace pensar a nosotros que nosotros podemos hacer algo para perder eso que hemos recibido gratuitamente? Dios es el que justifica. No se trata de nosotros, se trata de Él, de lo que ha dicho: que Él a sus escogidos los guardará, porque somos suyos. Y miren cómo lo puso Pablo en Romanos 8, un texto un tanto largo. Dice Romanos 8:33 al 39: "¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo es el que murió, y más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros."
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Tal como está escrito: "Por causa tuya somos puestos a muerte todo el día; somos considerados como ovejas para el matadero." Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por eso estoy convencido —no es que yo creo que hay una posibilidad, o que tengo la esperanza—, yo estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada, nos podrá separar del perfecto amor que es en Cristo Jesús, Señor nuestro. Nada, hermanos.
Hermanos, ni nosotros mismos nos podemos separar de su perfecto amor. ¿Y saben por qué? Porque no se trata de ti, se trata de Él. Se trata de mostrar su gloria, de revelar al mundo que es un Dios perdonador, un Dios lleno de gracia, un Dios de amor. Se trata de Él. Uno de los peores errores que nosotros pudiéramos cometer es pensar que todo este drama se trata de nosotros. Todo esto se trata de revelar quién Él es y lo que ha hecho.
Hace unos años hubo un hombre en la tierra —yo no sé si esta historia es real—, pero hace unos años hubo un hombre en la tierra que decidió salir de vacaciones. Era un hombre adinerado y él dijo: "Bueno, yo voy a salir de vacaciones." Él tomó su Rolls-Royce, lo puso en un bote y dijo: "Yo voy a cruzar todo el continente europeo porque quiero, estando del otro lado, disfrutar y conocer esos lugares, y me voy a llevar mi Rolls-Royce porque quiero andar en mi carro." Él está allá andando en su vehículo, viendo las montañas, los paisajes, y en un momento a otro el motor del vehículo comienza a fallar. Él llama a la gente de Rolls-Royce en la tierra: "Miren, mi motor se detuvo, ¿qué puedo hacer?" Ellos le dicen: "No se apure, nosotros vamos a enviar un mecánico para que resuelva esa situación."
Al otro día lo llaman: el mecánico va de camino. El mecánico llega al otro lado del continente, trabaja el motor, arregla el carro, y el señor sigue con sus vacaciones y disfruta. El hombre se queda sorprendido y sigue su camino. Pero en un momento a otro el hombre piensa: "¡Dios mío, esta gente voló de Inglaterra al otro lado del mundo para arreglar mi carro! ¿Cuánto me va a costar eso?" Y si probablemente ese hombre era como yo, ya eso le dañó las vacaciones, porque uno piensa: "¡Ay Dios mío! Bueno, vamos a disfrutar lo que queda porque ya estamos aquí."
Cuando llegó a Inglaterra, él escribió un correo a la gente de Rolls-Royce: "Quisiera saber sobre la factura del trabajo que ustedes hicieron, las reparaciones que hicieron cuando yo estaba fuera del país. Por favor, quisiera saber cuánto me costará eso." Pasan unos días. Saben que uno estaba bien asustado. No llega la factura, no llega. En un momento llega, y el correo dice lo siguiente: "Estimado señor, no hay ningún registro en nuestros archivos de que algo haya salido mal alguna vez con un Rolls-Royce."
Esta gente de Rolls-Royce quería dejar claramente establecido que no importa dónde esté el carro, ellos no van a permitir que algo dañe su reputación. Ellos no van a permitir que un Rolls-Royce que se encuentra del otro lado del mundo dañe quiénes son ellos. Si ellos tienen que volar de Inglaterra al otro lado del mundo para guardar su nombre, lo van a hacer, porque su reputación es importante para ellos. "Si tenemos que cruzar el mar completo, lo cruzamos, pero nuestro nombre lo guardamos." Y eso es justificación, y eso es lo que el Señor ha hecho por nosotros. El Señor se preocupará de mantener a sus justificados limpios, porque se trata de su reputación y no de la nuestra. Se trata de mostrar quién Él es.
Ahora bien, esto es la justificación, pero esto no nos da licencia a nosotros para pecar libremente. Absolutamente no. El apóstol Pablo, escribiendo en su última carta, a Timoteo, dice lo siguiente: "No obstante, el sólido fundamento de Dios permanece firme, teniendo este sello: el Señor conoce a los que son suyos, y apártese de la iniquidad todo aquel que menciona el nombre del Señor." El estar seguros en Él, en que sea Él quien nos ha escogido, que sea Él quien nos ha dado ropa nueva, que sea Él quien ha quitado nuestra iniquidad, debe ser un letrero grande que diga: "Oye, represéntame bien. Vive dignamente, de forma tal que otros puedan alabar mi nombre por la forma como tú, mi escogido, vives."
Y ahí está Josué, siendo justificado por Cristo, siendo removidas sus vestimentas sucias, entendiendo que el ángel —Cristo— ha quitado de él su iniquidad. Y sigue el texto, y el ángel le dice: "Oye, además de quitar tu ropa sucia, yo ahora te voy a vestir con ropas de gala. No solamente voy a quitar tu iniquidad, tu pecado, tu maldad, no. Yo te voy a dar ahora ropa de gala." Literalmente, en el hebreo dice: "Te pondré ropas de fiesta." Y dice el texto: "Y le pusieron un turbante limpio en la cabeza y le vistieron con ropas de gala."
Cuando Dios instituyó la función sacerdotal en el libro del Éxodo a través de Aarón, Dios estipuló ciertas pautas en cuanto a las vestimentas sacerdotales. Y esto lo vemos en Éxodo 28 y en Levítico 8. Básicamente, el sumo sacerdote tenía dos tipos de vestimenta. Él tenía una vestimenta básica que era de calzoncillos de lino y batas de lino, que es muy probablemente la vestimenta que llevaba puesta Josué en esta visión, y esta vestimenta representaba la pureza y la santidad de Dios. Pero también había otras vestiduras, las vestiduras para celebrar, las vestiduras de gala, que eran para reconocer el perdón de Dios, que el sacerdote se las ponía cuando Dios aceptaba el sacrificio por el pecado del pueblo.
Y Éxodo 28 nos habla de que estas vestiduras tenían oro real, una hermosa tela azul, eran de lino fino, escarlata, color púrpura; había piedras de ónice grabadas en ellas con las doce tribus de Israel, había una coraza de piedra preciosa con inscripciones. Esa vestimenta también tenía un turbante en la cabeza con una hermosa placa de oro que decía: "Santidad al Señor." Esas vestimentas de gala, esas ropas de gala, representaban: "¡Oye, Dios ha perdonado el pecado!" Representaban el poder de Dios, la majestuosidad de Dios, el esplendor de Dios. Y esas son las ropas de gala que el ángel le dice a Josué que le pondrá.
Vemos aquí en el versículo 5 que dice: "Después dijo." Cuando vamos al texto original en hebreo, la mejor traducción para esto no debe ser "después dijo", debió ser "después dije", pues es Zacarías el que habla ahora, y dice: "¡Oigan, que le pongan un turbante limpio en la cabeza!" Es Zacarías quien dice: "¡Oye Dios, no te olvides del turbante en la cabeza! No te olvides de la placa que dice 'Santidad al Señor'. Es importante. Si tú le pones la vestimenta de gala, que se complete." Y dice el texto: "Y le pusieron un turbante limpio en la cabeza y le vistieron con ropas de gala."
En esta parte del versículo 5, el ángel cumple su promesa. Él le había dicho en el versículo anterior: "Yo te vestiré de ropa de gala", y ahora lo hace: lo viste con ropas de gala. Y como yo decía hace un momento, esta vestimenta con todo este indumentario era la vestimenta que Aarón llevaba, que el sumo sacerdote se ponía cuando el pecado del pueblo era expiado, cuando ellos ofrecían sacrificio al Señor y el Señor aceptaba el sacrificio. Y se ponía esa vestimenta para decir: "¡Estamos de fiesta! Alégrense. El Señor ha perdonado nuestro pecado, el Señor ha perdonado nuestra maldad." Y esa es la vestimenta que Josué recibe en el día de hoy.
Hermanos, Dios está envuelto —aunque suene extraño esto— en el mundo de la moda desde el día uno, y las vestimentas que Dios da representan su justicia para nosotros. Nosotros vemos en Génesis 3, versículo 7, cuando Adán peca, y en el versículo 23, cuando Dios le habla, que Dios se encuentra con Adán: "¿A dónde estás?" "Señor, me escondí porque estaba desnudo y tuve miedo." "¿Quién te dijo que estabas desnudo? ¿Comiste del árbol?" Después de que Dios reprende, ¿qué hace Dios? Dios hace un sacrificio por Adán. Él mata animales para vestir a Adán y Eva con las vestimentas de esos animales, para cubrir su pecado y cubrir su vergüenza.
Pero cuando vemos en Apocalipsis —esto es como un portal, un libro donde vemos a Dios obrando, vistiendo— nos encontramos con este pasaje donde vemos a Juan hablando con unos ancianos, y los ancianos le preguntan a Juan: "¿Y quiénes son estos que están aquí vestidos de ropas blancas?" Y Juan les responde: "Estos son aquellos que han sido vestidos por Cristo, cuyas vestiduras han sido lavadas por la sangre del Cordero."
Hermanos, estas vestiduras de gala para nosotros no son simplemente ropas elegantes. Estas vestiduras representan el vestirnos de Cristo. Cristo nos viste de su justicia, Él nos viste de sí mismo para que, vestidos de Él, podamos estar delante del trono de Dios y no morir. Cristo nos viste de Él. Y esto es muy coherente con lo que el apóstol Pablo habló, lo que les dice a los Gálatas en Gálatas 3, versículo 27, cuando dice: "Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo os habéis revestido."
Las vestimentas de gala que Josué recibió no fueron vestimentas baratas. No fueron vestimentas que costaron simplemente la vida de un cordero o de un macho cabrío, no.
Estas vestimentas costaron la sangre de Dios mismo. El ángel viste a José, nos reviste a nosotros con su justicia y santidad para que nosotros un día podamos estar delante de él y no morir. Ahora, quisiera cerrar esta parte de este drama con una afirmación poderosa y llena de esperanza, y él dice en la parte final del versículo 5 que el ángel del Señor estaba allí. Esto es algo que debe dar esperanza a nosotros.
¿Por qué el ángel se quedó allí? ¿Por qué no simplemente dio instrucciones? "Vístalo, yo te quitaré tu iniquidad, que te vista de gala." Porque no simplemente dice eso y se va; no, él se queda allí. Y yo deduzco que hay varias razones por las cuales él decide quedarse allí.
La primera es que él todavía no había acabado con José y con el pueblo de Israel. Aunque él ya lo había vestido con su justicia, aunque él ya había perdonado su iniquidad, aunque ellos ya tenían ropa de gala para celebrar, había unas instrucciones, unos mandatos que él quería darle a José y al pueblo de Israel, y eso lo vemos en los versículos 6 al 10.
Número dos, yo creo que también él se quedó allí para dejar claro que no iba a abandonar a los suyos en ninguna parte del proceso. Que él iba a estar ahí con José, no como un espectador pasivo, sino como un actor activo. Y si él había prometido estar con él hasta el final, estaría con él. Eso es lo que él ha hecho con nosotros y eso es lo que Cristo ha prometido. Eso fue lo que Cristo le dijo a los discípulos cuando ascendió al cielo: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo."
Él ha prometido estar cerca, él está allí. Hermano, aunque tú no puedas sentirlo, aunque muchas veces te sientas que hay algo que te tapa, que estás alejado, Cristo siempre está allí. Cuando tú pecas, él está allí para defenderte de las acusaciones del maligno. Cuando tú caes, él está allí para levantarte. En medio de tu dolor, él está allí para consolarte. Él está allí, y por eso tú y yo podemos correr esta vida cristiana con esperanza, porque él está allí con nosotros, porque no depende de nosotros, depende de él, y él ha prometido estar allí.
Y finalmente, él está allí porque alguien tenía que cargar las vestiduras sucias de José. Las vestiduras sucias de José no podían ser echadas a la basura sin más. Alguien tenía que usarlas, alguien tenía que cargarlas. Allí estaba Cristo, esperando recibir esas ropas sucias para posteriormente usarlas. Hermano, cuando Cristo fue crucificado, él no estaba desnudo; aunque físicamente pudiera no tener nada puesto, él cargaba, él llevaba puestas la ropa sucia de José, la tuya y la mía.
En la cruz, él cargó con nuestro pecado. El que nuestra iniquidad haya sido removida, el que hayamos recibido ropa de gala, costó que Dios mismo se clavara en la cruz vistiendo nuestra suciedad, vistiendo nuestra porquería. Y ahí, clavado en la cruz, cargando nuestra ropa sucia, Cristo dice: "Tetelestai, consumado es. He pagado, he saldado, consumado está. Ahora vístanlos con mi justicia, yo los compré, ellos son míos." En la cruz, Cristo pagó por nosotros para que pudiéramos tener vestiduras de gala.
Aunque no lo podamos ver hoy, llegará un día donde tú y yo seremos revestidos y vestiremos prendas que representarán la justicia de Dios. El apóstol Juan revela que en Apocalipsis 7:9-12 Dios habla de ese grupo de todas las naciones que visten la santidad de Cristo. Miren cómo lo dice el apóstol Juan: "Después de esto miré y vi una gran multitud que nadie podía contar." Cristo no solamente vistió a José; había una gran multitud que no se podía contar, dice Juan, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y palmas en las manos.
Esta gente estaba vestida con vestiduras blancas y palmas en las manos, y ¿qué estaban haciendo? Clamaban a gran voz diciendo: "La salvación pertenece a nuestro Dios que está en el trono y al Cordero." Y todos los ángeles estaban de pie alrededor del trono y alrededor de los ancianos y de los cuatro seres vivientes, y estos cayeron sobre sus rostros delante del trono. ¿Y qué hicieron? Lo que tú y yo un día haremos en su presencia: adoraron a Dios diciendo: "Amén. La bendición, la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fortaleza sean dados a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén."
Hermano, Cristo justificó a José, justificó a Israel, los vistió con ropa de gala. Cristo nos ha justificado a nosotros a través de su sacrificio en la cruz, permitiéndonos disfrutar de ropas blancas para que adoremos su nombre, para que proclamemos quién él es, para que digamos: "¡Solo tú eres digno!" Ahora la pregunta para nosotros, al cerrar en esta mañana, es: ¿cómo vamos a responder a esto que hemos escuchado?
Hermano, si hay algo por lo cual nosotros podemos estar agradecidos, por lo cual podemos vivir vidas plenas, es porque sabemos que él es quien nos justifica, sabemos que él es quien nos ha vestido, sabemos que él es quien nos defiende, él es quien intercede por nosotros, porque sabemos que él está allí para nosotros. Que al salir de aquí, cuando nos sintamos acusados por nuestro pecado, podamos recordar quién es el que está delante del trono intercediendo por nosotros. Que cuando los deseos carnales te inciten a pecar, recuerdes quién fue el que te vistió y lo que tú representas. Que cuando te sientas sucio por tu pecado, puedas recordar que solo la sangre del Cordero puede limpiarte y que en él hay perdón para ti.
Hermano, si tú estás aquí en este día sin Cristo, quiero recordarte que estás sucio, estás cargando tu ropa sucia, y con esa vestimenta sucia no puedes presentarte delante de Dios. Pero él ha dado el camino, él ha dado el acceso para que esas vestimentas sucias puedan ser quitadas, y él está dispuesto a cargarlas en la cruz por ti y por mí. Que el Señor bendiga a su pueblo en el día de hoy, y que al conocer estas verdades seamos empujados a adorar y a servir fielmente a nuestro Señor y Salvador. Que al salir de aquí recordemos a aquel que está en el trono intercediendo por nosotros. A Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, nuestro Señor.
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Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.