La Biblia no fue dada para satisfacer nuestra curiosidad, sino para transformar nuestras vidas. Hace 493 años, Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de una iglesia en Wittenberg, y lo que detonó ese movimiento fue algo simple: el estudio de la Palabra. Lutero comenzó a notar que lo que leía no correspondía con la práctica de la iglesia ni con la vida de la gente, y llegó a una conclusión radical: solo la Escritura tiene autoridad completa para dictar lo que creo y cómo vivo.
El apóstol Pablo le encargó a Timoteo que persistiera en las cosas que había aprendido, y le dio razones poderosas: las había recibido de maestros dignos —su abuela Loida y su madre Eunice, mujeres cuya vida daba credibilidad a su enseñanza—; esas verdades podían conducirlo a la salvación mediante la fe en Cristo; toda Escritura es inspirada por Dios; y la Palabra lo equiparía completamente para toda buena obra. La Biblia instruye, reprende, corrige y disciplina en justicia. No es como una hormona que infla rápidamente y luego desinfla, sino como una vitamina que nutre el alma en el largo plazo.
La pregunta que cada creyente debe hacerse no es si afirma que la Biblia es su autoridad, sino qué cosas hace específicamente porque la Biblia se lo dice, qué cosas evita porque la Biblia las prohíbe, y qué actitudes está cultivando porque la Palabra lo exhorta. Conmemorar la Reforma significa renovar el compromiso con este libro: darle más tiempo, acercarse con la actitud correcta y buscar métodos que expriman su contenido para provecho del alma.
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Hoy hace 493 años, la iglesia, el pueblo de Dios, celebra lo que se denomina la Reforma Protestante. Hace exactamente esa cantidad de tiempo, casi 500 años, 493 años, cuando Martín Lutero tenía apenas 34 años, él clavó en las puertas de una iglesia de Wittenberg, en Alemania, 95 frases, 95 tesis teológicas, se ha venido a llamar, que fue su, digamos, su crítica a todo lo que era la práctica de la iglesia en ese momento. Y eso detonó un gran movimiento reformador que hoy en día llamamos, aunque no se llamó así en su momento, que cambió la iglesia, la dividió de hecho, pero cambió también la sociedad y el mundo eventualmente.
Es un evento importante para nosotros como pueblo de Dios. Es un buen momento para recordar quizás el fundamento de ese movimiento, dónde nace, dónde explota, cuál fue lo que detonó este movimiento. Y básicamente, para hacerles sencillo, lo que detonó este movimiento fue el estudio de la Palabra por parte de Martín Lutero. Él comenzó, en un momento dado cuando se dedica al sacerdocio, a estudiar la Palabra de Dios, comienza a exponerse a la enseñanza que aquí está, y se comienza a dar cuenta de que muchas de las cosas que leía no se correspondían con la práctica de la iglesia, pero no solamente con las prácticas religiosas: la práctica de la gente, la vida de la gente, no se correspondía con lo que se supone que la Palabra de Dios revelaba.
Y él comienza a cuestionar: ¿quién tiene la autoridad sobre mi vida? ¿Quién me dicta a mí lo que yo creo y lo que yo hago? En otras palabras, ¿quién es mi autoridad en materia de fe, en lo que yo creo, y en materia de práctica, en cómo yo vivo? Y él llegó a la conclusión de que no es la iglesia, no son los sacerdotes, no es la costumbre, no es la tradición. Solo la Palabra, sola la Escritura, tiene la autoridad completa para dictarme a mí lo que yo voy a creer y cómo yo voy a vivir.
Y el grito de guerra, por así decirlo, de la Reforma Protestante, del movimiento que Martín Lutero inicia, fue ese concepto de que solo la Escritura me va a decir lo que yo voy a creer y cómo yo voy a vivir, lo que se conoció como Sola Scriptura. Treinta años luego de ese momento, desde el año 1517, cuando él clava las tesis teológicas en la iglesia de Wittenberg, hasta sus 62 años, cuando muere, treinta años se paró Martín Lutero defendiendo, argumentando, postulando, predicando el hecho de que la Biblia, la Palabra de Dios, es la absoluta autoridad para el creyente en lo que cree y lo que hace. Y recibió mucha oposición de diferentes frentes, incluyendo dentro de la propia iglesia, de la cual eventualmente fue expulsado.
Y cuando uno analiza la pasión con la que Lutero defendió la autoridad bíblica, obviamente esa pasión de defender la Biblia como su autoridad nace en la propia Palabra. Si nosotros nos vamos a la segunda carta de Pablo a Timoteo, nos vamos a dar cuenta de que en todos los capítulos —son apenas cuatro capítulos— hay exhortaciones de Pablo para que Timoteo se cuide, tenga en su esmero, en su observación, el cuidar la doctrina, el cuidar la enseñanza, el cuidar la Palabra, el mantener ese depósito, ese tesoro que él había recibido de Pablo y de otros, en la vida de Timoteo.
Yo quiero hacer un recuento rápido de algunas de esas instrucciones de Pablo a Timoteo, para luego concentrarme en un pasaje de manera específica. Voy a dar un vistazo rápido a algunos pasajes. 2 Timoteo 1:13, Pablo le dice a Timoteo: "Retén la norma de las sanas palabras que has oído de mí, en la fe y el amor en Cristo Jesús. Guarda, mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros, el buen depósito que te ha sido encomendado." El tesoro, la verdad, la enseñanza que tú has recibido, guárdala con cuidado.
2 Timoteo 2:2: "Y lo que has oído de mí en la presencia de muchos testigos, eso encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros." Ese mismo capítulo, versículo 14: "Recuérdales esto, encargándoles solemnemente en la presencia de Dios que no contiendan sobre palabras, lo cual para nada aprovecha y lleva a los oyentes a la ruina." Y el versículo 15: "Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la Palabra de verdad."
El cuarto capítulo de esa misma carta, versículo 2: "Predica la Palabra, insiste a tiempo y fuera de tiempo, redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción, porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos, y apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a mitos." Y faltó uno que va a ser el texto de hoy, por eso no lo leí.
Pero si ustedes se fijan, cinco pasajes en una carta tan corta acerca de que Pablo le pasa a Timoteo el bastón ministerial, y le dice: cuida la Palabra, enseña a hombres fieles que enseñen esta Palabra que tú has recibido, procura con diligencia manejar con precisión la Palabra de verdad, reténla como algo preciado, como un tesoro que has recibido. Constantemente Pablo le exhorta a Timoteo que cuide eso. Su preocupación, obviamente, era que esto es nuestra autoridad, la misma de Lutero.
Y mi pregunta, y la pregunta para cada uno de nosotros, si sería una buena manera de conmemorar la Reforma, es reflexionar acerca de qué tan autoritaria es esta Palabra para mí, qué tan sometido estoy yo a ella.
¿Es realmente la Biblia, la Palabra de Dios, mi autoridad en términos de lo que yo creo y determina lo que yo hago? Pensando sobre eso, si no es esa pregunta lanzada al aire, muchos dirán —quizá la mayoría dice— "claro, claro, que la Palabra de Dios es mi autoridad". Eso es una doctrina que la tenemos aprendida. Pero quizás si vamos un poquito más profundo y nos preguntamos: "Ok, es la Biblia de autoridad", pregúntate qué cosas haces específicamente porque la Biblia te lo dice, te lo instruye. Estamos explorando un poquito a ver si la Biblia es la autoridad de nuestras vidas.
¿Qué cosas yo hago en mi vida porque la Biblia me lo dice? ¿Qué cosas yo no hago porque la Biblia me lo condena, me lo prohíbe? ¿Qué actitudes —porque no solamente lo que hago y lo que no hago— qué actitudes de corazón estoy persiguiendo cultivar en mi vida, porque yo sé que son cosas que la Palabra de Dios me exhorta a tener? Un corazón compasivo, un corazón generoso, un corazón humilde, manso, pobre de espíritu, como veíamos en semanas pasadas. Un corazón obediente a las instrucciones de Dios, un corazón abierto a la crítica de los demás.
¿Qué está pasando en la búsqueda de esas virtudes? O, perdón, ¿qué actitudes hay en mi vida que se supone que no deben estar presentes porque la Palabra de Dios me dice que no sea así? Actitudes de orgullo, de materialismo, de ingratitud, de envidia, de queja. Y ahí, cuando nos veamos qué hacemos y qué sentimos, nos vamos a dar cuenta de si esta Palabra es la autoridad para mi vida.
Eso fue lo que movió el útero de todas las reformas protestantes: la Biblia no está siendo honrada como autoridad. Pablo le escribió a Timoteo y le dice: "Cuida la Palabra, atesórala, enséñala con diligencia". En otras palabras, le está diciendo: "Vívela también, cuídate de vivirla". Y eso es precisamente la idea central del texto que yo quisiera que estudiáramos en el día de hoy, que está en 2 Timoteo 4:14-17.
En esos cuatro versículos, Pablo le da a Timoteo un mandato y cuatro razones para obedecer ese mandato. El mandato es literalmente, tiene el versículo 14: "Tú, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste". Ese es el mandato. Más adelante sabemos que las cosas que ha aprendido tienen que ver con las Sagradas Escrituras, pero el mandato es: persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste. Sigue haciendo lo que tú has aprendido, Timoteo.
Como dije ahora, más adelante vamos a ver que eso tiene que ver con la Palabra de Dios. Pero el llamado aquí es persistir. El "tú, sin embargo" del versículo 14, fíjense que dice "tú, sin embargo", tiene que ver con que —Timoteo, perdón— Pablo viene hablando de falsos maestros, de impostores, de gente que no está enseñando la verdad, gente perversa, gente impura, gente que está muy lejos de la verdad. Y ellos van a ir de mal en peor, dice el versículo 13. Y le dice: "Tú, sin embargo, a diferencia de ellos, diferente a lo que ellos están haciendo —ellos van de mal en peor—, pero tú estás llamado a persistir, a continuar, a habitar en aquellas cosas que tú has aprendido y de las cuales te convenciste".
Obviamente, fíjense que hay dos cosas importantes: Timoteo aprendió y Timoteo se convenció de estas cosas en las cuales está llamado a persistir. En una ocasión, al gran predicador Charles Spurgeon —como ustedes saben, siempre lo citamos, o con frecuencia lo citamos—, uno de sus críticos le dice: "El problema de Spurgeon es que él sigue predicando hoy en día, en el siglo XIX, un Evangelio del primer siglo. Él es un predicador atrasado y retrógrado". Cuando Spurgeon oyó la crítica, mencionó que esa fue la mejor alabanza, el mejor elogio que le pudieron haber hecho a un predicador cristiano y evangélico, porque se supone que nosotros deberíamos estar predicando un Evangelio del primer siglo, persistiendo en las cosas que hemos aprendido y manteniéndonos ahí.
Y realmente nosotros tenemos la tendencia, hoy en día, —y a manera de aplicación en este punto— de que todo lo moderno es mejor que lo anterior, y eso no necesariamente es así. Hay muchas cosas modernas que mejoran con el tiempo, pero hay muchas cosas del mundo moderno que no son mejores que lo que teníamos en el pasado. A veces hasta la propia tecnología —que pudiera ser fácilmente mejorable— saca otro modelo, y sucede que ese nuevo modelo del carro, del celular, del zapato, es peor que el anterior. No lo hice, pero ve acá: progresó y retrocedió. Lo moderno no necesariamente es mejor.
Y nosotros tenemos la tendencia a desechar lo viejo porque llegó algo nuevo: una moda, un estilo, una forma hasta de ser iglesia, y cambiamos las cosas que hemos aprendido por nuevas formas o nuevos fondos, y nos equivocamos de medio a medio. Van a ver cosas, hermanos, en asuntos de fe, en cosas que creemos, en asuntos de práctica de nuestra vida, que nunca pasarán de moda y nunca serán viejas, porque tienen que ver con el carácter mismo de Dios, y Dios no cambia. Y como reflejo de ese carácter invariable, inmutable, las cosas de fe y de práctica que están basadas en el carácter de Dios no están llamadas a cambiar.
Poniendo algunos ejemplos de cosas en las cuales nosotros debemos persistir: Pablo le dice "tú, persiste en las cosas que has aprendido". Algunas cosas que nosotros como creyentes nunca vamos a dejar pasar y tenemos que persistir. Por ejemplo, en asuntos de fe: la salvación nunca —hermano, nunca— podrá ser por obras. La salvación nunca será ganada por el ser humano, por más que se perfeccione, por más que avance, por más que aprenda y por más que sepa. El hombre no puede salvarse a sí mismo. Es una condición constante de la Palabra de Dios, y lo llama siempre, implica que el hombre siempre, para siempre, tendrá que ir en busca de redención a los pies de la cruz de Cristo. Eso no puede cambiar, hermanos. Por más filosofías, por más espiritualidad vacía que nosotros experimentemos en nuestros días, el ser humano nunca podrá ser salvo por obras y nunca podrá auto-redimirse. Esa es una verdad en la cual tenemos que persistir.
Nunca la salvación podrá ser a través de otra persona que no sea Cristo. Nunca habrá otros caminos, nunca habrá un complemento, nunca habrá algo adicional, nunca habrá algo más. Cristo es el camino, la verdad y la vida, dice Juan 14. "Nadie va al Padre sino es a través de mí", dijo Cristo.
La iglesia siempre será el instrumento de Dios para ganar e impactar al mundo. Toda tendencia —y no critico con esto los recursos tecnológicos modernos de la computadora y demás—, pero si eso me lleva a alejarme de la comunión personal, cercana, espiritual con mis hermanos, es una tendencia peligrosa. Porque la iglesia es una composición de gente limándose los unos a los otros, sosteniéndose, consolándose, hablando, exhortándose a hacer lo bueno. Y a través de este cuerpo, en sus diferentes capacidades —gente que puede predicar, gente que puede enseñar, gente que tiene dinero para dar, gente que va al campo misionero, gente que enseña a los niños, gente que es médica y sirve en comunidades pobres—, a través de este cuerpo que Dios redime, impacta al mundo.
Y toda tendencia que me aleje de esa realidad, yo debo decir: "Cuidado, que esta tendencia puede afectar una verdad en la cual yo debo persistir". La predicación de la Palabra siempre será el vehículo que Dios usa para salvar a sus hijos.
Esto: yo leo, yo explico, el predicador que esté aquí lee y explica la Palabra de Dios. Ese es el vehículo de Dios para salvar y para santificar a su iglesia. Eso no va a cambiar. Podemos oírlo por DVD, podemos oírlo por pantalla, podemos, pero el fondo es el mismo. Ahora, no, no, no, vamos a reunirnos en un grupo y vamos todos a hablar; eso tiene su espacio, pero no sustituye la predicación de la Palabra de Dios hecha por una persona dotada por Dios, capacitada por Dios para hacer eso. Verdades en las cuales debemos persistir.
Y la Biblia, por más que avancemos, siempre será la Palabra inerrante y revelada de Dios, completa. Cosas de fe en las cuales debemos persistir. Y así yo pudiera hacer una lista mucho más larga que esa, pero hay cosas prácticas en nuestra vida en las cuales estamos llamados a persistir. Recuerden, Pablo a Timoteo: "Persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste."
La infidelidad matrimonial nunca estará pasada de moda. O perdón: la fidelidad matrimonial nunca estará pasada de moda. La infidelidad nunca será algo conveniente y provechoso para ningún matrimonio. Relaciones abiertas... Bueno, hoy en día la gente dice: "¿Por qué tenemos que ceñirnos a una sola persona? Hay que ser exclusivo. Si yo ya me reconozco, mi naturaleza, y yo no puedo estar con una sola persona, bueno, vamos a tener una relación abierta." Lo que es: yo estoy contigo, pero no solo contigo. Eso existe. Nosotros no somos tan atrasados. Un mandato que dice: "dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne; que Dios ha unido, no lo separe el hombre." ¿Qué es eso? ¿Tres mil quinientos, cinco mil años atrás? "Por Dios, seamos más modernos, avancemos. Una relación abierta." Eso nunca podrá ser; viola un principio básico de la Palabra, el fundamento mismo de la familia. Obviamente, esas son cosas en las cuales debemos persistir.
Jóvenes, obedecer a los padres no es un asunto de tiempo. Hoy en día se cuestiona la autoridad, todo el mundo cuestiona la autoridad. "Yo obedecer a los padres... Papi, tú sí eras atrasado. Pero papi, pero mami, eso no es nada, eso lo hace todo el mundo." Increíblemente, el mismo argumento de hace cuatro mil años: la gente quiere hacer lo que hace el montón. La pureza sexual antes del matrimonio es una verdad en la que hay que persistir. "No, porque la gente tiene que conocerse antes de casarse." ¿Sí? ¿Conocerse? Ah, que no, que la gente tiene que irse a la cama antes de casarse; eso es otra cosa. Pero yo puedo conocer a una persona y mantenerme puro sexualmente.
De hecho, gente que ha estado en ambos lados ha dicho que una vez que la impureza sexual comienza a ser la norma de una pareja, ellos dejan de comunicarse y de conocerse. Lo peor que le puede pasar a una pareja de novios es iniciar la intimidad sexual: dejan de hablar, dejan de conocerse y comienzan a discutir. Hagan una encuesta y evalúenlo.
Cumplir las leyes y pagar los impuestos nunca será un asunto del pasado. "Bueno, hoy en día la Biblia se escribió cuando había gobiernos más honestos; hoy en día los gobiernos son más corruptos, eso es un tema del pasado." No. Esas son cosas en las que hay que persistir. De hecho, los gobiernos eran más corruptos en la época bíblica que lo que son ahora. Ahora hay democracia, puedes hablar, puedes escribir un artículo en un periódico quejándote. Antes no. ¿Se fijan? Hay asuntos en los cuales estamos llamados a persistir: cosas que creemos y cosas que hacemos, de las que no podemos salirnos.
El mandato de persistir de Pablo es sumamente importante para esta generación. Es una generación dada a ser variable, voluble, emocional, poco esforzada. La rapidez tecnológica nos ha llevado a ser rápidos también en nuestros deseos. Nos cansamos rápido de las cosas, nos aburrimos de hacer el bien. Bien dijo Pablo en una ocasión: "No te canses de hacer el bien." Persiste en hacer el bien. El ser humano, con su tendencia pecaminosa, se cansa de hacer el bien; cuánto más en una generación que está constantemente probando lo nuevo, probando lo moderno, precisamente porque se cansa de lo anterior.
A veces la gente se cuestiona: ¿Valdrá la pena el esfuerzo? ¿Se me retribuirá el sacrificio realizado? ¿Alguien se dará cuenta de que yo estoy rallando aquí la yuca? Esto no es fácil. ¿Alguien se dará cuenta? ¿Me retribuirá por eso? Y el llamado es: sí, vale la pena. Persiste. Ese es el mandato: persistir en aquellas cosas que hemos aprendido.
Ahora bien, las razones por las cuales debemos persistir en esas cosas que Timoteo había aprendido y de las cuales se había convencido. La primera razón para persistir en esas cosas es la calidad de los maestros que Timoteo tuvo. Fíjense en el versículo 14, la segunda parte, y el versículo 15, la primera parte. Voy a leer el 14 completo: "Tú, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quiénes las has aprendido, y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras."
Sabiendo de quiénes las has aprendido y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras. Nosotros sabemos, de este mismo libro, en el capítulo 1, versículo 5, lo que Pablo le dice a Timoteo. Oigan: "Porque tengo presente la fe sincera que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también." Timoteo había tenido unas maestras de la Palabra excelentes, de las Sagradas Escrituras, extraordinarias. Obviamente no solamente le transmitieron un conocimiento, sino que vivieron una vida frente a él.
La razón por la que digo eso es porque Pablo no hubiese apelado a Timoteo diciéndole "persiste en las cosas que has aprendido, porque tú sabes de quiénes las recibiste" si esas mujeres no hubiesen tenido un buen testimonio. Estas mujeres le daban credibilidad a las cosas que Timoteo había aprendido. Pablo apela: "Ellas son dignas de que tú persistas. Su enseñanza fue tal que ellas son dignas de que tú persistas." Y ese es el primer argumento: ellas no solo enseñaron algo, sino que vivieron lo que enseñaron.
Es el tipo de creyente, hermanos, cuya vida complementa el mensaje que predica, cuya vida ilustra el mensaje que profesa. Yo puedo predicar desde acá un amor incondicional, pero si yo bajo de aquí y no lo vivo, la gente no va a tener mucha idea de lo que es el amor incondicional, el amor compasivo. Esta gente vivió lo que predicó, y Timoteo aprendió y se convenció de eso. ¿Cómo se convenció Timoteo? Obviamente Timoteo tenía una fe personal, pero yo quiero especular que parte de su convicción viene de haber visto un mensaje predicado y un mensaje vivido en su madre y su abuela: un mensaje convincente.
¿Qué tan convincente pudiera ser mi mensaje frente a mi hijo si yo predico una cosa aquí y cuando bajo soy algo totalmente diferente? ¿Qué tan convincente es ese mensaje para él? Ayer estábamos en la casa de mis padres comiendo y hablando, y mi hijo está en la edad en que quiere orar. Cuando vamos a comer, él quiere orar; entonces uno le permite orar, y después yo siempre cierro con la oración, pero él quiere orar. E hizo una oración muy hermosa que nos conmovimos. Me ganaba ahí; nos conmovimos con la oración porque él comenzó a orar así —tenga mi paciencia, pero le voy a decir cómo oró para ilustrar un punto—: "Señor Jesús, gracias por este día, por papi y por mamá, por Lolo y Lala" —que son sus abuelos—, "por Luke y Sofía" —que son sus primitos—, "el Luke está malito, Señor, que se mejore con la medicina, por Judi y por Jesús" —que son mi hermano y mi cuñada—, "por Bladi y por Fátima" —que son mi otra hermana y su esposo—. ¿Por qué más pidió? Ah, "gracias, Señor Jesús, por el helicóptero" —un helicóptero que le regalamos recientemente y que se le acabó la pila—. Todo eso dentro de la oración.
Y él terminó. ¡Ay, Señor! Yo verdaderamente me alegré y me puse contento de que él esté aprendiendo a orar. Pero yo no quiero solo que lo aprenda; yo quiero que se convenza. Podemos enseñarle a orar, pero no necesariamente le vamos a enseñar a confiar. La oración es un acto de confianza, donde yo vengo con un corazón confiado de que Dios me escucha y Él me responde. Él no sabe eso todavía. Él sabe orar; él no sabe confiar. Y yo quiero entonces enseñar a Elías a orar, pero a confiar yo quiero que lo aprenda y se convenza en su propio corazón de estas cosas.
Pero yo tengo que tener un testimonio creíble, un testimonio que lo convenza de que la fe de su papá es una fe real, es una fe por la que su papá le ha visto pagando costos, sacrificios, esfuerzos, luchas, pero es una fe real, genuina. Si yo no vivo eso, hermano, no lo voy a convencer. Y usted sabe una cosa: él va a orar cuando yo se lo pida, y va a leer la Biblia, pero eso dista mucho de lo que Dios quiere de nosotros. Yo quiero que ore y confíe. Yo quiero que lea la Biblia y la obedezca. Yo quiero que venga a la iglesia, pero que ame a Dios también. Porque podemos orar sin confiar, podemos leer la Biblia sin obedecer, y podemos venir a la iglesia sin amar a Dios.
Este Timoteo había aprendido y se había convencido de estas cosas por intermedio de quién, entiendo yo: por intermedio de su madre y su abuela, Eunice y Loida. Cuidemos nuestras actitudes frente a nuestros hijos. Podemos convencerlos de nuestra fe, o podemos sembrar en ellos una rebeldía hacia nuestra fe cuando nuestra vida dista de lo que predicamos. Eso produce, no solamente que no los convence, sino que los revela contra nuestra fe, y produce una resistencia. Y lo que el niño dice en su corazón es: "Yo no quiero esa fe, ese Dios no lo quiero, porque es un Dios que me ha decepcionado, porque yo no lo he sabido vivir frente a él."
Vivamos, entonces, en constante reflexión, en constante introspección, diciéndonos: lo que te predico, yo lo estoy viviendo. Y cuando yo no lo vivo, hermanos, frente a mis hijos, frente a mi esposa, no hay que seguir predicando; hay que
Esto es algo muy importante: yo tengo que pedir perdón. Pedir perdón a mi hijo de tres años, de cuatro años, de cinco años. Si ofendí a mi esposa frente a mi hijo, la tengo que pedir perdón frente a él. Restituir. Y así se va enseñando una fe que convence.
Segunda razón por la que Pablo le dice a Timoteo: persiste en las cosas que has aprendido, de las cuales te convenciste. En el versículo 15, la segunda parte, dice: "las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús." Persiste en esas cosas, Timoteo, porque esas cosas te pueden conducir a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús.
En otras palabras, esta enseñanza, Timoteo, te puedes salvar; tiene el potencial de salvarte. Y hay aquí algo implícito que, aunque es implícito, está claro, y es que tú, Timoteo, no te puedes salvar por ti mismo. Tú, Timoteo, eres un ser humano, y si el ser humano es dejado a su propia sabiduría, él no encuentra a Dios, él no se salva. El ser humano no sabe cómo salvarse, el ser humano no puede, no tiene la capacidad de auto-redimirse. Tiene que ser una revelación de Dios a través de Su palabra que traiga a la persona al vehículo de salvación que es Cristo. Tú no puedes salvarte. Romanos 10:17: "la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Cristo." Debe ser instruido, orientado. La gente no encuentra a Dios sin ayuda; la gente puede verlo, pero en su pecaminosidad necesita que alguien le ayude e instruya en la revelación especial de Cristo, revelación específica de que Cristo nos salva.
Y yo voy a hacer una declaración un poquito chocante para los cristianos evangélicos que estamos aquí: uno no se salva por fe. No es la fe que te salva. No es la fe que te salva; es Cristo que te salva, mediante la fe que tú pones en Él. Yo conozco personas que entienden que están bien con Dios porque dicen: "yo soy un hombre creyente, soy un hombre de mucha fe." ¿De mucha fe en qué? "No, que tengo fe. Soy un hombre confiado, optimista, de fe, un hombre que tira para adelante. Yo sé que Dios… yo tengo fe. Eso es lo importante: la fe, la confianza." Eso no salva a nadie, hermanos.
Las Escrituras te dan sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. La única fe que salva es la fe en Cristo Jesús, y ¿en qué específicamente? En que Cristo se sacrificó por mis pecados, yo me he arrepentido de mi vida y le he pedido perdón a Cristo por mi vida, y le he dicho: "Sálvame, Señor. Yo sé que tú pagaste el precio en mi favor." Eso salva. Otra cosa no salva. No es la iglesia, no es la denominación, no son mis obras, no es mi bondad, no es mi generosidad, no es mi altruismo, no es ser buen padre o buen esposo. Nada de eso, hermanos. Es la fe en Cristo Jesús, y las Escrituras me conducen constantemente a eso.
En esta semana yo normalmente veo una sección de religión que se publica en el diario por internet, y hay artículos de todo tipo. Para ilustrar este punto, precisamente, de esta fe general —esta fe en la que la gente cree que está bien con Dios porque tiene una espiritualidad determinada— encontré un artículo que ilustra este punto. El título se llama "Lineado con el amor de Dios", del 23 de octubre del 2010, hace una semana. Esta persona escribe lo siguiente. Es un poco complicado, pero la idea es para que ustedes se den cuenta del tipo de espiritualidad que anda por ahí y en qué la gente está confiando.
Dice el artículo: "Muy frecuentemente se dice que señales en el cielo, grandes acontecimientos en la tierra, y al compás de esto viene una lineación planetaria en la casa del zodíaco de Piscis, que se marcó con el advenimiento de un mesías, el cual se expresó en el inmenso Jesús. A este efecto también se producirá otra lineación, considerada con y por amor, con conciencias cósmicas, interestelares e interplanetarias que están colaborando para asistir en la depuración de la carga tóxica del planeta y de su humanidad. Ya entonces el hombre tendrá que haber definido en qué lugar situarse: si a la derecha de Cristo o a su izquierda, el anticristo, la antítesis del amor."
Espiritualidad sin fundamento. La gente tiene la idea de que la espiritualidad es algo espiritual que no se palpa, que se piensa, pero que no necesariamente se entiende; y si yo estoy tratando de conectarme con esa espiritualidad extraña, mística, sin fundamento… ¿porque quién se inventó esto? ¿De dónde sale? ¿De qué mente sale que la lineación planetaria produce desintoxicación moral del planeta? La desintoxicación moral del planeta vendrá con el arrepentimiento de la humanidad, no con la lineación planetaria.
Lo estoy diciendo de esta manera: este es el artículo, tiene mucho más, pero este es como el corazón del asunto. Lo grande es que se menciona a Jesús y a Cristo en dos ocasiones: "el inmenso Jesús." Sí, está inmenso, porque ¿por qué no obedecemos lo que Él dice? Si Él es el parámetro para definir quién va a estar a la derecha y quién va a estar a la izquierda, Él es el parámetro. Él ya dijo que tú vas a tener que definir si te vas a sentar a la derecha o a la izquierda de Cristo, si eres anticristo o eres pro-Cristo. Bueno, si Él es el parámetro, leamos Su Palabra, obedezcamos Su Palabra. Pero no; la gente quiere buscar una espiritualidad sin compromisos, que los salve pero que no los someta. Eso no es posible.
La salvación viene en Cristo, a través de la fe en Él, en Su obra redentora, únicamente, exclusivamente. No hay nada más. Y el llamado de aplicación de este punto es que yo creo que uno tiene que desistir de toda búsqueda de espiritualidad que no esté basada en la Palabra. Toda búsqueda de espiritualidad que no esté fundamentada en esta Palabra es una búsqueda vacía, fútil y vana; no conduce a ningún objetivo, porque todas estas cosas no están basadas en un ejemplo histórico de poder y virtud, sino en cosas que la gente se inventa.
Tercer punto. El primer punto: persiste en las cosas que has aprendido. ¿Por qué, Pablo? Bueno, porque las aprendiste de gente que es digna de que tú persistas. Número dos: estas cosas te pueden conducir a la salvación. Número tres: estas cosas tienen una autoridad divina. Fíjense en el versículo 16, la primera parte: "Toda escritura es inspirada por Dios." Si toda escritura es inspirada por Dios, toda escritura tiene la autoridad de decirme lo que yo voy a creer y lo que voy a hacer. Ese fue, digamos, el fundamento de la Reforma Protestante hace 493 años.
La Palabra es inspirada por Dios. Y sabemos que el Antiguo Testamento tuvo el consenso de Cristo; cuando Cristo vino a la tierra, el Antiguo Testamento estaba compilado, cerrado, estaba en hebreo y en griego, y Jesús se refirió a ese Antiguo Testamento como "escritura." Los apóstoles, en dos ocasiones —en una ocasión Pablo y en otra ocasión Pedro— llaman al Nuevo Testamento "escritura." En una ocasión Pedro se refirió a los escritos de Pablo, que son complicados de entender, como "escritura." En otra ocasión Pablo cita a Lucas 10:7 como "escritura"; Lucas es un evangelio neotestamentario. Tenemos el Antiguo Testamento, sellado por Cristo; tenemos el Nuevo, sellado por los apóstoles. Toda escritura es inspirada por Dios.
Y aquí el término "inspirada" no recoge bien lo que significa en el original. No es inspirada en el sentido de una elevación del alma del autor —¡uup, qué bonito que salió esta palabra! Literalmente la palabra significa que la Palabra es exhalada, respirada por Dios. Y sabemos que no solamente fueron pensamientos exhalados, fueron palabras exhaladas. Literalmente, 1 Corintios 2:13 dice que Dios une pensamientos espirituales con palabras espirituales; en otras palabras, comunica exactamente lo que Dios quiso decir. A eso es a lo que llamamos que la Palabra de Dios es verbalmente inspirada: palabra por palabra, está ahí lo que Dios quiso que se dijera.
Y esta es la tercera razón por la cual Pablo le dice: "Timoteo, oye, persiste en estas cosas que tú has aprendido. Esto es la Palabra de Dios; esto tiene autoridad." Y yo me pregunto, en nuestras vidas, ¿qué áreas de tu vida todavía no están sometidas a la autoridad bíblica? Tú sabes. Hay cosas que tú haces, hay cosas que tú piensas, que crees que están fuera del consejo bíblico, y lo sabes. Y yo lo sé: en dónde estamos fallando, dónde estamos desobedeciendo, dónde estamos no sometidos. El pastor oraba al principio; si hay áreas sublevadas de nuestras vidas ante la autoridad de la Palabra, ciertamente todos los que estamos aquí podemos decir que sí, que hay áreas en nuestras vidas sublevadas contra la autoridad de la Palabra. Recordemos: la Palabra de Dios es la autoridad, es la revelación exhalada de Dios para nosotros. Reflexionemos en eso y sometámonos.
La cuarta razón por la que Pablo le dice a Timoteo: persiste en las cosas que has aprendido. La primera: la gente que tal te enseñó es digna de ser obedecida, de que tú persistas. La segunda: te pueden conducir a la salvación. La tercera: es inspirada por Dios. La cuarta: el crecimiento que tú vas a tener como producto de persistir en estas cosas. Está en el versículo 16, la segunda parte, y el 17: "Toda escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra."
La palabra no solamente te salva; te conduce a la salvación de tu alma, te conduce a la santificación de tu vida, al crecimiento necesario en tu vida. Si te sometes a ella, ella va a hacer cuatro cosas contigo: te va a instruir, te va a reprender, te va a corregir, te va a instruir en justicia. Esas cuatro cosas a la vez es la palabra, para que seas completo, para toda buena obra, para la que Dios quiere hacer contigo. Tú vas a ser completo si la palabra de Dios es tu autoridad, si persistes en las cosas que has aprendido. Esto te forma de tal manera que tú estarás capacitado, cabal, para hacer lo que Dios quiere en tu vida.
Estas cuatro cosas se complementan una con la otra. El enseñar, que es el primer verbo que tenemos ahí, es útil, es beneficioso. El enseñar tiene que ver con enseñar la verdad: Jesús es Dios, es una verdad; la fornicación es pecado, es una verdad. Eso es una instrucción, y hay cosas, muchas veces, donde nosotros estamos mal instruidos y necesitamos recibir instrucción. Pero la palabra no solamente te dice la verdad: la palabra de Dios te reprende, ese es el segundo verbo. Te corrige de tu error, te dice que estás mal, corrige el camino: eso es pecado, eso está mal hecho, no respondas así.
Cuando revisas la palabra de Dios, cuando la estudias, si te sometes a ella, te va a reprender y te va a decir lo que estás haciendo mal. Pero no te deja ahí. La palabra de Dios te corrige; no solamente te dice lo mal que estás haciendo. El tercer verbo es corregir: te dice qué vas a hacer ahora de nuevo, de bueno. El versículo típico para ilustrar esto es Efesios 4:28, donde Pablo le dice: "El que robaba, que no robe más", ahí está la reprensión; "sino que trabaje con sus propias manos y ayude a los débiles", ahí está la corrección. Le dice que no robe, y le dice ahora que trabaje.
La palabra te corrige y te instruye. Te instruye, te reprende, te corrige. Como ilustré hace un momento: las relaciones sexuales fuera del matrimonio están mal, pero no te deja ahí. Te dice: ahora trata a tu cónyuge, a tu pareja, a tu novio o novia, con sensibilidad, con pureza; protéjanse, cuídense, ministren a otros, sirvan en su soltería para el beneficio del reino. Te corrige. Y por último, te instruye en justicia: no solamente te dice lo que es correcto, sino que te disciplina para que tú puedas persistir en lo que es correcto. Te disciplina en justicia, en rectitud. Es algo increíble lo que la Biblia hace; impresionante.
Alguien lo ilustraba así: el efecto que la palabra tiene en nuestras vidas es como el efecto que tienen las vitaminas en el cuerpo, en comparación con el que tienen las hormonas. A veces la gente toma hormonas y como que se inflan; la gente comienza a levantar pesas y se infla viviendo de hormonas, de esteroides. Pero se desinflan fácil, rápido. Fue algo súbito, fue algo que no fue desarrollado. Las vitaminas no tienen ese efecto tan inmediato, sino que a largo plazo te van nutriendo, te van formando interiormente, te van mejorando. La palabra de Dios es así: a veces la leemos y sentimos que no pasa nada, pero es como una vitamina para el alma. En el momento apropiado ese principio vendrá y te ayudará, te corregirá y te instruirá, aunque no lo sentiste en ese momento.
A veces usamos la palabra como si fuera una hormona: vamos a la palabra porque necesito consuelo, dame un salmo, espera, ¡qué bien me siento ya!, y vamos constantemente a la palabra para sentirnos mejor, no para ser transformados por ella. Eso cambia las cosas. Y esas cuatro cosas son lo que la Biblia hace en nosotros: te instruye, te reprende, te corrige y te instruye en justicia. ¡Qué efecto tan perdurable!
Howard Hendricks decía que la Biblia no fue dada para satisfacer nuestra curiosidad, sino para transformar nuestras vidas. Ese es el objetivo de la Biblia: transformar las vidas. Y yo me pregunto entonces tres preguntas muy elementales. Primera: ¿cómo está tu tiempo en la palabra? ¿Tomas el tiempo adecuado? ¿Le das espacio en tu agenda, en tu mente, en tu corazón? Sí, quizás lees la Biblia media hora cada día y la estudias media hora, pero ¿realmente tu mente está ahí en ese momento?
Segunda pregunta: ¿cuál es tu actitud en ese tiempo? Puede ser que estés leyendo, pero ¿cuál es tu actitud al venir a la palabra? La actitud correcta es: Señor, cambia, Señor, transforma, muéstrame las áreas de mi vida que no se corresponden con lo que Tú quieres de mí, y dame la fuerza para cambiar. Tercera pregunta: ¿cuál es tu método? Porque a veces leemos la Biblia sin ningún método, sin ser diligentes en preocuparnos por cómo puedo exprimir la palabra. Esas cuatro cosas que la palabra hace —que instruye, que reprende, que corrige, que disciplina para justicia— ¿cómo las aprovecho?
Les voy a poner un ejemplo. No es que esté recomendando este método solamente, pero es una ilustración de que, si soy diligente, voy a encontrar formas para ser alimentado por la palabra y exprimirla lo más posible. Howard Hendricks tiene un libro que se llama *Living by the Book* —viviendo por el libro, o como diríamos en dominicano, viviendo por el librito—, y es un libro que nos enseña a estudiar la Biblia. Él tiene todo un método desarrollado ahí. En una parte propone nueve preguntas que le hagamos a la palabra de Dios cuando estamos estudiando. No tenemos que aprenderlas hoy; es una ilustración de cómo pueden haber métodos que mejoren el estudio personal y el beneficio que obtenemos de la Biblia.
Él se pregunta: ¿Hay algún ejemplo a seguir? Segunda pregunta: ¿Hay algún pecado a evitar que está presente en el texto que estoy leyendo? ¿Hay alguna promesa a reclamar, que me hable directamente a mí? ¿Hay alguna oración que aprender? A veces oramos como nos parece, pero cuando vamos a la Biblia, nuestras oraciones son tan diferentes a las oraciones bíblicas de los hombres y mujeres de Dios, que tendríamos que decir como los discípulos: "Señor, enséñanos a orar; yo no sé orar." Viendo las oraciones bíblicas aprendemos mucho de cómo Dios espera que sus hijos se acerquen a Él.
¿Hay algún mandato a obedecer? Obviamente la Biblia está llena de mandatos, y alguien dijo que si yo obedeciera el 95% de los mandatos que la palabra de Dios me instruye, ese 5% restante no tendría mayor importancia: estaríamos casi siempre en la voluntad de Dios. ¿Hay alguna condición a llenar? El versículo de Juan 15:7 ilustra este punto: "Si ustedes reposan en Mí, habitan en Mí, y Mis palabras habitan en ustedes, pidan lo que deseen y les será hecho." Muchas veces leemos solo "pidan y se les dará", pero hay que habitar en Él. Eso es una condición a cumplir: ¿estoy habitando en el Señor, habitando en su palabra de manera tal que esa condición se llene? Y así sucesivamente; ese es un ejemplo de métodos que podemos usar para exprimir la palabra de Dios para nuestro provecho.
Entonces, hoy, día de la Reforma, yo creo que sería una buena forma de conmemorar y de honrar la memoria de aquellos que se levantaron en nombre de la palabra y dijeron: "La palabra es mi autoridad." Si nosotros hoy renovamos nuestro compromiso hacia este libro y le decimos a Dios: "Señor, yo quiero que este libro sea mi autoridad en lo que creo y en lo que hago; ayúdame a sacarle el jugo, ayúdame a persistir en esas cosas que Tú me has enseñado ya, de las cuales estoy convencido, porque es Tu inspiración y es beneficioso para el alma." Que renovemos el compromiso que tenemos con la palabra de Dios, que le demos más tiempo, que vayamos con la actitud correcta, que busquemos un método que nos funcione para conocer más lo que Dios tiene para nosotros.
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Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.