Vivir para la gloria de Dios abarca mucho más que evitar el pecado. Hay innumerables decisiones cotidianas —qué colegio elegir para los hijos, qué nivel de vida desplegar, si aceptar una propuesta de empleo, incluso qué carro comprar— donde la Biblia no ofrece instrucciones específicas. Son las llamadas "áreas grises", moralmente neutras, que sin embargo definen gran parte de nuestra vida. Si no tenemos criterios claros para navegarlas, corremos el riesgo de vivir una existencia que no refleja a Dios, o peor aún, de dividirnos como iglesia por opiniones personales disfrazadas de convicciones bíblicas.
El apóstol Pablo enfrentó esta confusión en Corinto, donde los creyentes debatían si podían comer carne sacrificada a los ídolos. Su respuesta en 1 Corintios 10 ofrece principios atemporales: todo es lícito, pero no todo edifica; nadie busque solo su propio bien, sino el del prójimo. La pregunta correcta no es simplemente "¿es pecado?" sino "¿hay gloria de Dios en esto? ¿Me edifica a mí y a otros?" Esto requiere humildad para buscar consejo, como hicieron los corintios al escribir a Pablo, reconociendo que no podemos apoyarnos en nuestra propia prudencia.
La libertad en Cristo es real y debe disfrutarse, pero nunca a costa de hacer tropezar a un hermano. Pablo llegó a decir que si la comida hacía tropezar a alguien, no comería carne jamás. Esa es la mentalidad de Cristo, quien no se aferró a sus derechos divinos sino que se humilló por nosotros. El cristiano no compra, no consume, no decide igual que el no cristiano: hay capas adicionales de consideración donde cada acción, por sencilla que parezca, puede reflejar algo de la gloria de Dios.
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¡Dominado por la santidad! El Señor nos bendiga, hermano. Que el Señor traiga a nuestras vidas claridad en este momento y que nos ayude a entender Su palabra de una manera precisa. Yo no sabía que el pastor Miguel iba a terminar hoy las tesis con ese título o con ese contenido. Sí sabíamos que era la última tesis de, ya como les dijimos, 95 semanas que se han estado exponiendo estos principios cortos, breves pero significativos para la iglesia, y terminar con la gloria de Dios exaltada, recordando que nuestras vidas deben ser una ofrenda a la gloria de Dios.
Me dio mucho gozo, porque precisamente traigo un mensaje que se titula "Viviendo para la gloria de Dios", un mensaje pertinente dado el momento de las reformas que estamos celebrando. En realidad es un mensaje donde trataré, de alguna manera, de dar principios prácticos de cómo vivir para la gloria de Dios: cómo se hace eso, cómo se obtiene, cómo se logra, cómo es posible hacer eso. La Palabra de Dios nos da diferentes principios para hacerlo.
Nosotros sabemos, desde el libro de Isaías, que el hombre fue creado para la gloria de Dios. La gloria de Dios es todo lo que Él es: es un Dios glorioso. Cuando nosotros utilizamos esa expresión de que algo es glorioso, es que algo es hermoso, maravilloso, virtuoso, agradable, algo digno de ser aplaudido y celebrado. Nuestro Dios es un Dios glorioso en sus atributos, en su carácter, en lo que es, en lo que representa, en su esencia, en lo que ha hecho por nosotros. Es glorioso, y todo lo que es su gloria debe ser proclamado y anunciado a todo el mundo, y en eso estamos nosotros.
Su gloria, entonces, a través de sus hijos, tiene la encomienda de ser esos espejos que el pastor Miguel señaló en la última tesis: ser espejos de la gloria de Dios. De alguna manera, mi modo de vivir, mi modo de actuar en la vida, refleje en los diferentes aspectos algún aspecto glorioso de Dios. Esa es la idea. Y en esa encomienda que nosotros tenemos en nuestra vida, y ese deseo que tenemos los hijos de Dios de glorificarle, hay muchas áreas en nuestra vida en las que nosotros no tenemos indicación precisa de cómo hacer eso. A veces nos sentimos perdidos.
Una de las preguntas que nosotros los pastores más recibimos de la gente es cuando alguien viene y nos pregunta: "Pastor, yo estoy pensando en tal cosa, ¿usted cree que eso sea pecado? ¿Está mal? Yo creo que no, pero hay gente que dice que sí, que está mal, que es pecado." Y la gente se siente confundida: ¿es pecado o no es pecado?, ¿está bien o no está bien? Se entiende con esa pregunta el querer responder a esa inquietud, porque se entiende que si hacemos cosas que son pecado no glorificamos a Dios, y si hacemos cosas que no son pecado, pues glorificamos a Dios.
La pregunta es simple, pero está presente en mucha gente. Y hay muchas cosas en la vida que no se pueden responder con la simple pregunta de si es pecado o no es pecado. Muchas cosas en nuestro caminar son moralmente neutras, que no son ni blancas ni negras, ni buenas ni malas: son áreas grises. Así se han denominado incluso en la literatura pastoral: áreas grises en nuestra vida. Nosotros no sabríamos qué hacer a menos que la Biblia nos diera alguna indicación, o a menos que hubiera esa sabiduría que nos diera alguna orientación.
Yo menciono todo esto porque, si nosotros hemos de vivir para la gloria de Dios, obviamente lo primero que tenemos que hacer es seguir Su palabra. Pero, ¿qué pasa entonces con aquellos aspectos —que son muchísimos— donde Su palabra no se pronuncia, donde no hay nada específico que la Biblia nos indique que tenemos que hacer o dejar de hacer? ¿Qué hacemos? ¿Cómo vivimos para la gloria de Dios en ese sentido? El pasaje que vamos a estudiar dentro de un momento precisamente trae luz en esas áreas grises, moralmente neutrales, de nuestra vida, de tal forma que cuando las vivamos bajo esos principios podamos glorificar a Dios.
Déjenme poner algunos ejemplos de a qué me estoy refiriendo, qué tipo de temas son típicos en los medios cristianos. Mucha gente pregunta: ¿es pecado bailar? Es una pregunta que mucha gente se hace, hay una controversia alrededor de los círculos cristianos acerca de eso. ¿Es pecado ver televisión o ir al cine? O, si veo televisión, ¿qué tipo de contenidos debo ver? Hay toda una controversia. ¿Está mal tomarse una cerveza de camino a casa, o una copa de vino en casa o fuera de casa?
Juntarse con personas no cristianas: increíblemente, hay personas cristianas que entienden que no deben reunirse con personas no cristianas, que no pueden compartir su vida con ellas, y hay cristianos que se han separado del mundo y han hecho tienda aparte en cuanto a reunirse con personas no creyentes. ¿Puede un cristiano ir al gimnasio? A ustedes les puede parecer gracioso, pero hay gente que genuinamente se hace esa pregunta.
Yo estoy trayendo todo esto a colación porque son cosas cotidianas, típicas y del día a día. La idea es: ¿qué criterio empleo yo para responder a esa pregunta? El criterio es: "eso no es pecado". Bueno, vamos a ver más adelante si ese es el único criterio. ¿Puedo ir a un shopping mall? Hay cristianos que preguntan: ¿puedo ir a un shopping mall? ¿Puede un comerciante cristiano tener un arma de fuego? ¿O comer morcilla? Porque ustedes saben que la morcilla es sangre, es sangre coagulada. Entonces hay cristianos que dicen: "no, no, no, no como sangre", porque el libro de los Hechos, en Hechos 15, dice una cosa ahí.
¿Cómo decido todo eso? ¿Puedo ir a una boda católica? ¿O puede un pastor comprarse un carro rojo? Eso yo lo traigo a colación porque en una ocasión me tocó cambiar mi vehículo, y una de las opciones era un vehículo usado. El que compra carro usado no busca color, entonces saben lo que aparece: aparece un carro rojo. Y dentro de la discusión y deliberación familiar, mi esposa me dice: "¿Para qué ese carro rojo? Como que para un pastor como que no está muy pastoral." No digo yo, pero sea como sea, ¿cómo decido?
Parecen temas triviales, pero hay otros temas más importantes en nuestra vida. ¿En qué tipo de colegio debo inscribir a mis hijos? La Biblia no dice nada. ¿Los cristianos deben inscribir a sus hijos solamente en colegios cristianos? O, como algunos han pensado, ¿los cristianos no deben ni siquiera inscribir a sus hijos en colegios y deben tenerlos en sus casas, siendo educados por sus madres, en un tipo de desescolarización? Eso para aquellos que tienen más acceso a recursos económicos. ¿Cuál es el nivel de vida que te es permitido desplegar? ¿A qué tipo de lujos vas a acceder? ¿El dinero se te da para que tú te lo tires encima? ¿Ve otros propósitos a los cuales el dinero debe aspirar? Cuando alguien recibe una propuesta de empleo con mejor salario, ubicación o posición, ¿es bíblico que una esposa trabaje fuera del hogar? ¿Cómo se decide?
Ninguna de esas cosas que mencioné son más que ejemplos, y hay muchas otras. Estas son áreas grises. La Biblia no se pronuncia de manera específica con respecto a ninguna de esas áreas. Pero fíjense también que son tan cotidianas y tan comunes que, si nosotros no tenemos criterios claros para vivir todas esas cosas de tal manera que glorifiquen a Dios, entonces vamos a vivir una vida que no glorifica a Dios. Si no tenemos claros estos criterios, y producto de que no hay claridad en muchas de estas cosas, estos temas se convierten en motivos de chisme, de división y de tropiezo en el cuerpo de Cristo con mucha facilidad.
Entonces las iglesias y el cuerpo de Cristo se dividen y se seccionan, porque están los que creen que el pastor no puede tener un carro rojo y aquellos que creen que sí puede. ¡Que levante la mano el que quisiera que yo me comprara un carro rojo! No me digan. Entonces se escisiona la iglesia basada en criterios personales y no en criterios bíblicos y de amor. Estamos divididos en base a criterios personales y nos convertimos en legalistas: hacemos nuestras propias reglas, cuando las cumplimos nos sentimos bien, y cuando otros no las cumplen, los condenamos.
La realidad, hermanos, es que en todos estos temas nosotros somos libres en Cristo. Cristo nos ha dado la libertad; el Evangelio nos ha dado la libertad. Nosotros no estamos bajo la ley, bajo el peso de la ley —voy a hablar un poquito más adelante de eso— en la que se encontraban los judíos, por ejemplo, en su momento. Pero esa libertad que nosotros tenemos en Cristo: algunos dicen "yo soy libre en Cristo y por lo tanto yo puedo hacer lo que yo quiera" en cualquiera de esos temas, y otros dicen "no, no tenemos tal libertad y no podemos hacer lo que queramos."
Algo así estaba pasando en la iglesia de Corinto. Había una confusión en diversos temas, en algunos asuntos de la vida de la gente, cosas cotidianas, y la gente estaba confundida. Y precisamente Pablo escribe las cartas a los corintios, y uno de sus objetivos es aclarar estos temas de áreas grises, de tal forma que ellos pudieran vivir su vida de una manera que glorificara a Dios. Había discusiones, diferencias, divisiones en diferentes temas, y Pablo entonces escribe su carta.
El problema en Corinto específicamente era varios, pero al que yo me voy a referir hoy es a uno que tenía que ver con comer la carne. No si era de pollo, de res o de cerdo; ese no era el problema. El problema era que había un tipo de carne en la ciudad de Corinto muy común: carne que sobraba de los templos paganos. En los templos paganos —y la ciudad estaba plagada de templos paganos e idolátricos— se ofrecían animales como sacrificio a deidades paganas. De esa carne, un tercio se perdía y dos tercios eran vendidos por los sacerdotes y los oficiales de ese templo en el mercado. Era legítimo para ellos; no había problema. Pero la carne llegaba al mercado siendo carne ofrecida a los ídolos, y de hecho era muy cotizada, porque la gente entendía en su superstición que era carne libre de maleficios, libre de espíritus, que tenía un efecto espiritual.
Los cristianos que se convertían de esa ciudad pagana al cristianismo tenían este dilema: "Ahora que yo me convertí, ¿me es lícito a mí comer carne sacrificada a los ídolos?" Aunque para nosotros eso no tiene mucha importancia, para ellos era una gran controversia, un gran tema, porque esto era algo muy generalizado. Era muy difícil vivir en Corinto y no encontrarte en un cumpleaños, en una boda, en una celebración nacional con carne sacrificada a los ídolos. Tú tenías que tomar la decisión: ¿comes? Tú eres cristiano ahora, y la gente te estaba observando. Ellos tenían esa confusión y le mandaron a preguntar a Pablo: "¿Es lícito comer carne sacrificada a los ídolos?"
Y entonces en su respuesta, que Pablo le da a los corintios, nosotros somos beneficiados de principios que nos van a servir para las áreas grises de nuestra vida. Eso es lo que Pablo les responde en 1 Corintios 10. Él comienza desde el capítulo 8, pero vamos a leer una porción desde el versículo 10:23 en adelante. Espero haberles dado un buen contexto y que, cuando lo vayan leyendo, les capture la esencia de lo que está aquí dicho por lo que ya les introduje.
Dice así, 1 Corintios 10:23-33:
"Todo es lícito, pero no todo es de provecho. Todo es lícito, pero no todo edifica. Nadie busca su propio bien, sino el de su prójimo. Comed todo lo que se vende en la carnicería sin preguntar nada por motivos de conciencia, porque del Señor es la tierra y todo lo que en ella hay. Si algún incrédulo os invita y queréis ir, comed todo lo que se ponga delante sin preguntar nada por motivos de conciencia. Pero si alguien os dice: 'Esto ha sido sacrificado a los ídolos', no lo comáis, por causa del que os lo dijo y por motivos de conciencia; porque del Señor es la tierra y todo lo que en ella hay. Quiero decir, no vuestra conciencia, sino la del otro. Pues, ¿por qué ha de ser juzgada mi libertad por la conciencia ajena? Si participo con agradecimiento, ¿por qué he de ser censurado a causa de aquello por lo cual doy gracias? Entonces, ya sea que comáis o que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. No seáis motivo de tropiezo ni a judíos, ni a griegos, ni a la iglesia de Dios; así como también yo procuro agradar a todos en todo, no buscando mi propio beneficio sino el de muchos, para que sean salvos. Sed imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo."
Yo me imagino que ustedes habrán podido detectar el versículo central de este pasaje, que es el 10:31: "Ya sea que comáis o que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios." El criterio básico, la motivación básica de nosotros al tomar decisiones, y en función de eso adecuar nuestras vidas, es que nuestras actuaciones —la comida, la bebida, y dice Pablo cualquier otra cosa que tú hagas— es que Dios sea glorificado. Que de alguna manera Dios se vea en mi accionar, en mi decidir, en mi comer, en mi beber, en lo que sea que yo haga.
Yo quisiera entonces que profundizáramos un poco en este pasaje, precisamente extrayendo principios de cómo nosotros hemos de glorificar a Dios en nuestras vidas en estos múltiples temas donde no hay mucha indicación, y donde vamos a necesitar discernir qué es lo que vamos a hacer en estos asuntos.
El primer principio que está implícito en el intercambio de la iglesia con Pablo es precisamente este: si nosotros vamos a glorificar a Dios en nuestras vidas, debemos estar dispuestos al consejo en aquellos asuntos donde tenemos libertad. Hermanos, es una gran virtud dejarse guiar en la vida; es una gran virtud dejarse guiar. Esto no está explícitamente en el pasaje, pero el intercambio entre la iglesia de Corinto y Pablo nos habla de que esta gente, ante su incertidumbre, no decidió en base a sus preferencias, no decidió en base al que más sabía, sino que buscaron consejo en una persona madura espiritualmente como lo era Pablo, en asuntos que ellos necesitaban luz.
Y de hecho, no fue ese el único tema que Pablo les resolvió. En toda la carta a los corintios, sobre todo en la primera carta, hay diversos temas que Pablo les resuelve. En 1 Corintios 7, Pablo dice: "En cuanto a las cosas que me escribisteis: bueno es para el hombre no tocar mujer", y él comienza a hablar de la soltería, del matrimonio, de la unión entre un creyente y un no creyente —qué hace, ¿se queda casado, no se queda casado, se separa, no se separa?—. Hay un grupo de temas, pero fíjense que él dice: "En cuanto a las cosas que ustedes me escribieron, yo les estoy respondiendo, dándoles un consejo, una recomendación." En 1 Corintios 8, Pablo dice: "En cuanto a lo sacrificado a los ídolos…"
Sabemos que todos tenemos conocimiento, y ahí comienza a explicar qué hacer, qué no hacer. Como el tema del sacrificio a los ídolos, hay un consejo también que Pablo les ofrece. Y en Primera de Corintios 12, Pablo, otra vez, dice: "En cuanto a los dones espirituales, no quiero, hermanos, que seáis ignorantes", y comienza a explicarles cómo funcionan los dones espirituales en la iglesia, cómo los pueden administrar, cómo los pueden manejar. O sea, una y otra vez la carta a los corintios es una carta de consejo, de consejo que le fue solicitado a Pablo. Esta gente quería saber cómo caminar, cómo vivir.
Y si hay un principio básico de la vida cristiana, hermano, de hecho es el corazón del libro de Proverbios, que es el libro de sabiduría por excelencia de la Biblia: déjate guiar. No te apoyes —Proverbios 3:5— no te apoyes en tu propio entendimiento, no te apoyes en tu propia prudencia. Es muy normal, es muy probable que muchas de tus apreciaciones en muchos de estos temas estén parcializadas, erradas, condicionadas por tu trasfondo, por tus preferencias personales, y muchas veces tus decisiones no van a ser las mejores. Déjate guiar, pregunta, busca qué puedes hacer y de qué manera. Entonces, ¿cuál sería la decisión más sabia?
Pero a veces la gente no está pronta para buscar el consejo. La gente no quiere escuchar lo que otros tienen que decir acerca de las cosas que uno quiere hacer, y hay múltiples razones para eso. La primera razón es el puro orgullo. Literalmente, Proverbios dice que el hombre se cree sabio en su propia opinión. Yo usualmente —no es decir que le pasa a ustedes, pero me pasa a mí— yo usualmente creo que tengo la razón. Es muy difícil encontrar una persona que, en un tema en el que tenga una posición, inmediatamente conceda que el otro tiene las razones. Normalmente nuestra tendencia es resistir y defender nuestro punto de vista, porque es casi —diría— parte del instinto humano defender su punto de vista. Pero nosotros sabemos que ese instinto caído se llama orgullo.
El orgullo humano le dice al ser humano: "Tú estás bien, el otro está mal", y ese orgullo nos impide entender que nosotros necesitamos el consejo. "Yo no tengo que consultarle a nadie para saber lo que voy a hacer con mi vida, con mi matrimonio, con el carro que voy a comprar, con el lugar a donde voy a ir, con las decisiones que voy a tomar. No, yo puedo tomar mis propias decisiones, porque, total, tenemos libertad, lo podemos hacer." ¿He pecado? No. Si yo tomo todo el dinero que tengo y compro un carro nuevo, ¿he pecado? No. Pero yo no lo haría. ¿Por qué no lo haría? Porque no es sabio. Es que hay otra capa, hay una capa adicional en la vida que no es solamente si es lícito, legal, moral o no. Hay cosas que no están en esas categorías; hay cosas que requieren más profundidad.
Entonces hay gente que, sabia en su propia opinión, no busca consejo, porque sospecha que el consejo que le van a dar es contrario al deseo que tiene de continuar ese curso de acción. Yo no lo digo así, o sea, yo nunca he encontrado a una persona que diga: "No voy a ir a buscar consejo porque sé lo que me van a decir." Hay gente que lo ha dicho: "Yo sé lo que me va a decir, pastor." Bueno, pues entonces ese es el deseo. Los deseos internos que tú quieres se oponen a esa sabiduría interna. Y si tú eres un hijo de Dios, el Espíritu Santo te habita; hay deseos e impulsos que el Espíritu Santo pone en ti en la dirección correcta. Normalmente, cuando vemos personas en consejería, la gente no está tan perdida en el espacio; es que está luchando con aquello que sabe que tiene que hacer.
Hay una lucha. No, yo sé que no es fácil, pastor. Es así, pero él sabe, o ella sabe, en qué dirección hay un impulso espiritual. El consejo sigue ese impulso. ¿Qué impide seguirlo? No es que no sea fácil: "Es una humillación, pastor, es una vergüenza, que cuesta." Todo eso, pero el punto es que hay una lucha interna entre la opinión del Espíritu y mi deseo, entre lo que yo quiero hacer y lo que debo hacer. Y a veces la gente no quiere ir porque no quiere oír lo que le tienen que decir.
A veces es pura impaciencia: "Yo no quiero buscar consejo, yo no tengo tiempo para una reunión para que me digan si puedo o si no puedo. No, yo tengo que tomar esa decisión inmediatamente." Y en la impaciencia, aunque puede ser incluso una buena decisión, a veces nos equivocamos en el tiempo de la decisión, porque la decisión tiene que estar alineada no solamente en términos de la decisión en sí, sino del tiempo en el que la voy a tomar. Entonces la impaciencia también me juega una mala pasada.
O hay gente que no tiene con quién consultar, no confía en nadie, o realmente no tiene nadie con quien consultar. Y si ese es el caso de alguno de nosotros que está aquí, pídele a Dios que ponga en tu vida alguna persona, o un par de personas, con las que puedas conversar acerca de tu vida, entendiendo que tú no tienes toda la verdad, entendiendo que no te puedes apoyar en tu propia prudencia, y entendiendo que hay múltiples temas en tu vida en los que vas a necesitar consejo, porque no están explícitamente dichos en la Palabra y vas a necesitar luz, y quieres glorificar a Dios en tu vida.
Un Pablo —que tú les escribas un Pablo—, una llamada, una reunión, o alguien que te pueda decir algo. "Oye, ¿qué hago? ¿Qué tú crees que yo puedo hacer en mi vida?" Yo tengo varias personas con las que hago eso. El pastor Miguel es uno de ellos, y el principal es mi esposa. Gracias al Señor, el Señor nos ha provisto de este consejero espiritual, y ha habido múltiples temas —están los dos aquí hoy— múltiples temas donde mi esposa y yo llegamos a un punto, y yo le digo: "Mira, háblalo con el pastor Miguel; lo que él diga, eso hacemos." Y a mí me ha ido bastante bien con ese asunto, bastante bien, porque se ha subsanado la situación. Mi esposa se percata de que mi deseo no es ganar, sino que hagamos algo que sea sensato y sabio. Y si ella va y le pregunta, y el consejo sale en contra mía, yo lo hago. Y ella ya tiene que hacerlo también; es ambas vías, es ambas vías. Y resulta muy provechoso tener a alguien con quien hacer eso.
Ese es el primer consejo y principio que está implícito aquí: si nosotros vamos a glorificar a Dios en nuestra vida en todos los aspectos —sea que comáis o que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa—, debemos tener a alguien con quien consultemos las cosas de la vida, gente espiritualmente más madura que nosotros, que nos dé luz y que nos dé estímulo en la dirección correcta. De lo contrario, posiblemente, probablemente, nos vamos a equivocar.
Un segundo principio es que, si vamos a glorificar a Dios en nuestra vida, la pregunta —y ya más o menos hablé de esto en la introducción— no es solamente si he pecado o no, sino si hay gloria en ello. En otras palabras, no son nuestras libertades las que determinan nuestro accionar; no es si lo puedo hacer o no lo puedo hacer, sino si lo que voy a hacer genera edificación en mí o en otros. Si no construye sobre mi alma ni construye en el alma de otros, debo desecharlo. Dicho de otra manera, o dicho en corto: Pablo dice, usa tu libertad de una manera espiritualmente beneficiosa para ti y para otros.
Fíjense que el versículo 23 lo dice claramente. Pablo dice: "Todo es lícito, todo es lícito, pero no todo es de provecho." ¿Cómo así? Si es lícito, ¿no debería ser de provecho también? Sí, pero no es así. Las cosas en la vida no son tan simples como parecen. Después que el pecado entra en la humanidad, las cosas no son tan simples como parecen; hay más capas de complejidad y de profundidad a las que el cristiano debe aspirar en su vida. Si nosotros tenemos, por medio de la Palabra y por medio del Espíritu Santo en nuestros corazones, la mente de Cristo, entonces el único criterio de decisión para Cristo no era "¿he pecado o no he pecado?" Él no vivía en el mundo del "yo no hago eso porque es pecado, yo no hago eso porque es pecado". Él vivía en el mundo de la gloria a Dios. Hay cosas que no son pecado, que las podemos hacer, pero que no traen gloria a Dios, por la forma como las hacemos, el momento en que las hacemos, el lugar donde las hacemos.
Entonces esto es claro: Pablo dice, "Todo es lícito, pero no todo es de provecho; todo es lícito, pero no todo edifica. Nadie busque su propio bien, sino el de su prójimo." ¿Cómo así? Tenemos que ser más profundos en nuestra toma de decisiones. Hay aristas en nuestras decisiones, aun de la comida que tomamos, que tienen un efecto en la vida de los demás y en mi propia vida también.
Todo es lícito, pero no todo es de provecho. La palabra "provecho" en el original significa sencillamente ganancia. Tiene que haber una ganancia, un beneficio, de lo que tú haces. ¿Y qué tipo de beneficio? La segunda frase lo especifica: todo es lícito, pero no todo edifica. El beneficio que se está buscando en tu vida y en mi vida debe ser el de edificar al otro. En este contexto particular, un poco más atrás, al hacer referencia a otro versículo, habla de edificarme a mí también. Entonces mis decisiones tienen que incluir al menos ese criterio: ¿eso que estoy haciendo, esa compra que estoy haciendo, ese material que estoy consumiendo, esa película que voy a ver, esa serie que voy a ver, esa decisión financiera que voy a tomar, ese colegio en el que voy a poner a mi hijo, es edificación espiritual para mí y para otros?
Al menos eso, contestada ya la pregunta de si he pecado o no he pecado —y obviamente las cosas que contradicen la Palabra abiertamente están desechadas de plano—, son otro tipo de cosas que son lícitas, pero que caen en ese ámbito. Fíjense cómo...
Ahora, combinando todos los principios que yo le dije —la edificación propia y la edificación de los hermanos—, en 1 Corintios 6:12, el versículo es casi igual al 10:23. Lo que dice el 6:12 es: "Todas las cosas me son lícitas, pero no todas son de provecho." Es lo mismo que el 10:23, que yo le dije, que dice: "Todo es lícito, pero no todo es de provecho." Es lo mismo.
Ahora, el 6:12 dice: "Todas las cosas me son lícitas, pero yo no me dejaré dominar por ninguna." Y el otro, el 10:23, dice: "Todas las cosas me son lícitas, todo es lícito, pero no todo edifica." Y agrega el versículo 24: "Que nadie busque su propio bien, sino el de su prójimo." Que es lo que estoy tratando de demostrar aquí. El versículo 6:12 dice: "Todo es lícito para mí", pero hay cosas que a ti no te convienen. Hay cosas que no son buenas para tu alma, que te esclavizan, que te seducen, que te inclinan en una dirección que no te va a hacer ningún bien. Y en principio tú lo puedes hacer, pero dependiendo de tu trasfondo, dependiendo de cuáles son tus deseos, dependiendo de cuáles son tus tentaciones, hay cosas de las que tú te tienes que abstener, porque no te van a edificar, te van a esclavizar.
Voy a tomar una pregunta como ejemplo sencillo. ¿Puede un hombre cristiano ir a un gimnasio? Sí. ¿Le conviene? Depende. ¿Depende de qué? Bueno, si ese hombre cristiano lucha con la lujuria y con la impureza en sus ojos, y él se siente muy tentado al ver mujeres vestidas de manera sensual, yo le diría: "Tú puedes ir, ¿te conviene?" Depende de qué, depende a qué hora. Y yo le pudiera hacer otra pregunta: si tú tienes esa lucha en tu vida, para yo decirte sí o no, dime a qué gimnasio tú piensas ir, a qué hora, en qué condiciones. ¿Piensas ir solo o con tu pareja, con tu esposa? ¿Qué precauciones tú vas a tomar para que esa tentación que tú sabes que tienes no termine seduciéndote, y termines entonces esclavizado de querer el gimnasio no para hacer ejercicio? ¿Me entienden?
"Pastor, yo me quiero comprar un carro nuevo." Depende. Si tú luchas con el materialismo y tú quieres entonces cada dos años cambiar el carro por ninguna razón, por el simple hecho de que tú tienes el dinero para hacerlo y el otro carro como que ya se te pasó, yo te diría: resiste ese deseo de avaricia. Que dice Pablo, la avaricia es idolatría. Oponte a ese deseo de cambiar el carro porque se te pasó, sin ninguna razón, porque eso es materialismo. Fíjense cómo entonces este tipo de evaluación y de reflexión le dan a nuestras decisiones diarias otro matiz. No se trata de reglas, se trata de principios que guían el barco de mi vida. Y yo veo los obstáculos, y veo las tormentas, y considero que hay unos corales que suben mucho a la superficie, y yo me alejo de ahí, porque yo no quiero encallarme. De eso se trata.
Estos principios que están aquí se tratan de que yo debo pensar de manera más profunda al momento de decidir cualquier cosa: qué implicaciones tiene cada decisión en mi propia vida y en la vida de los demás. De tal manera que cuando yo termine decidiendo algo, eso traiga gloria a Dios, y Dios pueda ser exaltado con mi accionar, y algo de Dios se despliegue en mi decisión. Y ese es el segundo principio que nosotros vemos aquí. El segundo principio es precisamente: ¿hay gloria en lo que yo quiero hacer? ¿Va a glorificar a Dios? ¿Va a edificarme a mí y a edificar a los demás?
Hay un tercer principio que está aquí en la enseñanza de Pablo, y es que si vamos a glorificar a Dios en nuestras vidas, nosotros estamos llamados a disfrutar de nuestra libertad, siempre y cuando eso no sea de tropiezo. Dios quiere que seamos sensibles y evangelísticos, pero no legalistas. Y quiero explicar un poquito lo que es el concepto de legalismo. El legalista es una persona que vive bajo el peso de las reglas. Él entiende que estar bien con Dios es cumplir ciertas reglas. Y en este ámbito de las áreas grises, ¿cómo resuelve el legalista este tema? Donde que si voy a un gimnasio, que si me compro un carro rojo, que si todo lo que estamos haciendo, él pone reglas. "No, no, no, el cristiano no puede ir a eso. Carro rojo, no." Son él para poner reglas, y él pone reglas.
Entonces, ¿qué pasa cuando las cumple? Él se siente bien. O sea, la ley le salva. Y cuando otros las incumplen, los condena. La ley salva y condena para el legalista. Él vive bajo la ley. Ustedes imagínense lo que es vivir así. Nosotros, hasta cierto punto, a veces tenemos rasgos de legalistas, pero el legalismo del judaísmo era algo impresionante. El judío había tomado la ley de Dios y la había descompuesto en 603 mandatos, y dentro de esos mandatos había submandatos. La ley del sábado, el día de reposo, que es el cuarto mandamiento en la ley de Dios, era un mandamiento que tenía 39 submandatos. Y entonces ahí se especificaba: debe ser un día de reposo, cierto, pero ¿cuánto puede caminar una persona en el día de reposo para no violar la ley del sábado? ¿Cuánto puede hablar un individuo el día sábado para no violar la ley del día sábado? ¿Puedo llevar mi animal a comer o a beber el día sábado, o no? Hay especificaciones para todo. Y eso era de los tiempos de antaño, y había un peso de la ley sobre la gente. Y si la cumplían, se sentían aparentemente bien, pero era que nadie la cumplía, casi nunca o nunca.
Al punto, yo viví eso cuando tuve la oportunidad de viajar y hacer un tour por Israel con mi esposa, por una gracia que se nos concedió a unos pastores. Fuimos a uno de los hoteles, y había varios ascensores, y uno de los ascensores tenía arriba un letrero que decía "Shabbat elevator". Y nosotros nos montamos en ese ascensor, y el ascensor se paraba en todos los pisos, en todos los pisos. Y yo solo quería bajar, y el ascensor no me llegaba nunca abajo. Entonces le pregunté al guía, al guía nuestro, que no era nada —no era ni judío, ni cristiano, ni nada— era un guía que conocía mucho la cultura y la religión judía. Y me dijo: "Lo que pasa es que para los judíos ortodoxos, montarse en un elevador y pulsar el botón es trabajo, entonces viola el Shabbat. El elevador del Shabbat: ellos se montan y entonces no tienen que pulsar ningún botón, porque el ascensor se para en todos los pisos. Y se montan en el piso que quieren y de ahí salen." Yo dije: "Bueno..." Pero ustedes saben lo que es vivir bajo el peso de la ley, que un judío ortodoxo encuentre un día a alguien pulsándole el botón a un ascensor, y se sientan condenados por los demás y juzgados. Pues saben lo que es vivir bajo ese peso.
Cristo nos hizo libres, y al que el Hijo hizo libre, será verdaderamente libre, dice la Palabra. Somos libres en Cristo. Nuestra redención, nuestra salvación, no es por lo que yo cumpla o deje de cumplir. Nuestra salvación es por lo que Cristo hizo en la cruz y cumplió por nosotros. Ahora yo puedo vivir en libertad. Y todo esto, todos estos principios, yo los vivo para agradar al que me salvó, no para que me salven. ¡Qué peso se le quita a uno de encima cuando uno entiende esas realidades! ¿A verdad?
Pero entonces Pablo les dice: "Tengan cuidado, pero no se conviertan tampoco en legalistas." Y miren cómo lo dice en 1 Corintios 10:25, que es el pasaje que nos está moviendo. Les dice: "Comed de todo lo que se vende en la carnicería, sin preguntar nada por motivos de conciencia." ¿Qué es lo que le está diciendo? "Vayan, compren la carne que ustedes quieran, no hay problema, porque del Señor es la tierra y todo lo que en ella hay." Y el Salmo 24 es una cita del Salmo 24, algo que los judíos usaban para validar los alimentos. "Del Señor es la tierra y todo lo que en ella hay." "Si algún incrédulo los invita..." Aquí hay otra pregunta. Mira, usted va a la carnicería y no se preocupa, no pregunta nada. Si ustedes quieren ir a la casa de un incrédulo que los invita —los judíos tenían prohibido ir a la casa de los gentiles, ir a casa de un incrédulo les estaba prohibido—, si quieren ir a la casa de un incrédulo, quieren ir, vayan. Coman de todo lo que se les ponga adelante, sin preguntar nada por motivos de conciencia. No pregunten en la carnicería, no pregunten donde los invitan. No hay problema. Ustedes son libres de vivir su libertad cristiana.
"Pero si alguien os dice: 'Esto ha sido sacrificado a los ídolos', no lo comáis, por causa del que os lo dijo y por motivos de conciencia, porque del Señor es la tierra y todo lo que en ella hay. Quiero decir, no por vuestra conciencia, sino por la del otro." Pablo tiene el cuidado, la sensibilidad y el enfoque de: "Ustedes son libres, todo es lícito, pero hay una cosa. Hay veces que tú vas a comer y tu comida va a herir la sensibilidad de un hermano. Eso no vale la pena. No hay carne que pague eso. Olvídate de eso." No sabemos exactamente si esta persona que te invita a su casa, si es un incrédulo y está ahí y dice "eso fue sacrificado a los ídolos", no sabemos si era creyente o no creyente; el texto no lo dice. Suponemos que era un creyente. Y Pablo entonces le dice, parece que este creyente todavía en su mente entiende que eso está mal, que eso es pecado.
Y hay muchos de nosotros, y Pablo lo identifica como el de "conciencia débil", que hay cosas que no están especificadas en la Biblia como buenas o malas, pero nosotros decimos: "¡Qué tan malo!" Nosotros tenemos nuestra propia ley. Y Pablo, en lugar de decirle a ese hermano: "Oye, deja de estar condenando a dos hermanos por estar comiendo algo que eso no está en la Biblia, no está en la Palabra", le dice al maduro, que es el que puede apelar: "Acomódate tú, sacrifícate tú." Pero entonces ahora no va a vivir para sí mismo, sino para el otro. Como Cristo vivió para mí, como Cristo murió por mí, como Pablo se acomodó a todo el mundo, como vamos a ver más adelante, la vida del creyente no es para mí, es para Su gloria.
Y si algo —si una comida, una picadera, un carro rojo, un gimnasio— va a ser de tropiezo para que alguien ponga una excusa y no venga a Cristo, yo prefiero no hacerlo nunca. O debería preferirlo. Debería preferirlo. Entonces aquí está este individuo: que compre en la carnicería, no hay problema; si lo invitan, no hay problema; tienes libertad. Pero sé sensible. Ahora bien, aquellos de nosotros que somos de los que juzgamos a los otros...
Por las cosas que hacen en áreas grises. Crezcamos, crezcamos. Cuando tú te has tentado a juzgar la decisión de otro en áreas grises, sé si orates que tu señalamiento es válido, porque si tú te conviertes en un juez en áreas grises, estás tomando el lugar de Dios. Entonces, así como le exhorto a los maduros a acotejarnos, les pido a los que todavía tienen legalismo y áreas grises decididas que sean más abiertos, que entiendan que la libertad en Cristo incluye áreas en las que la Biblia no se refiere, y que la Biblia deja la libertad y la discreción para nosotros. Toma la decisión que más convenga según el momento, sea cual sea esa área gris.
Ahora bien, quiero mencionar esto como nota —no está en parte de mis apuntes—: hay áreas grises en nuestras vidas que se supone que nosotros tenemos libertad de hacerlas, pero realmente cuando las analizamos bien no son grises, son negras. Yo lo voy a poner un ejemplo, corriéndome el riesgo de parecer legalista: hay contenidos en las redes y en la televisión que no son grises, son negras. Hay películas y series que son negras; no las llamemos grises. Las hemos descolorado nosotros, han perdido con el cloro de la insensibilidad su color, y ahora se ven grises cuando realmente son áreas inmorales, claramente impuras. A veces estoy hablando de cosas pornográficas, extremadamente violentas, a las que nosotros nos exponemos y exponemos con nosotros al Espíritu Santo.
Digo eso con riesgo de parecer legalista, pero creo que estoy con el permiso de la Palabra. Efesios 5:3 dice que la inmoralidad y la impureza y cosas como estas ni siquiera se mencionen entre vosotros, como corresponde a santos. Entonces les hago un llamado a que sean más sensibles con el pecado. También nos hemos insensibilizado y estamos dejando pasar cosas bajo la supuesta libertad que nunca debieron pasar, que las hemos dejado pasar por el filtro de la libertad, no porque son grises, sino porque no nos hemos dado cuenta del daño y de la impureza que contienen. Seamos sabios en eso.
Entonces, hermanos, aquí tenemos estos tres principios para glorificar a Dios: en primer lugar, buscar el consejo; en segundo lugar, pensar si hay gloria en aquello que yo estoy llevando a cabo, para mí o para otros; y en tercer lugar, no solo gloria para mí o para otros, sino edificación —para mí y para otros— que glorifique a Dios. Y en tercer lugar, debo disfrutar de mi libertad siempre y cuando eso no sea un tropiezo.
Algunos pueden decir: "Bueno, pero entonces nosotros tenemos que vivir la vida para los demás, tenemos que estar pendientes de lo que los otros piensan y de lo que no piensan." Y al final Pablo dice, y concluye con esto, en el versículo 31: "Ya sea que comáis o que bebáis o que hagáis cualquier otra cosa, háganlo para la gloria de Dios." Olvídense de ustedes; ustedes son muy pequeños para definir el curso de su vida. Dios y su gloria deben definir el curso de su vida.
Una cita que escuché hace unos días, en uno de los hermanos que decía —creo que era de Franklin— decía: "Un hombre envuelto en sí mismo hace un paquete muy pequeño." Un hombre, una mujer, envuelto en sí mismo hace un paquete muy pequeño. Y esta excusa de que "bueno, yo vivo para los otros" —si no es para la gloria de Dios, no es suficiente—, y si cualquier cosa impide que otra persona vea en mí a Cristo, vea en mí a Dios, yo tengo que desecharlo, por amor al hermano y por amor a Dios.
Y de ahí entonces que Pablo dice: "No seáis tropiezo ni a judíos ni a griegos ni a la iglesia de Dios, así como también yo procuro agradar a todos en todo, no buscando mi propio beneficio sino el de muchos, para que sean salvos. Sed imitadores de mí, como yo también lo soy de Cristo."
Al final, hermano, ¿qué fue lo que Cristo hizo? Cristo, como dice Filipenses 2, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. No consideró sus derechos, no consideró su deidad, no consideró su posición. Dijo: "Yo me voy a entregar por estos seres humanos pecadores para que ellos sean salvos y para que tengan una herencia conmigo." Cristo echó a un lado sus libertades, sus prerrogativas y sus derechos como Dios que era, y se hizo hombre. Esa es la mentalidad que debe guiarnos. Por eso Pablo dice: "Imitadme a mí como yo imito a Cristo."
En este contexto: olvídense de sus preferencias, de lo que ustedes prefieren, quieren y les acomoda, y piensen si eso que les acomoda es tropiezo para un hermano; eso debe primar sobre lo otro, en lo que el hermano crece. Acotéjense, humíllense, que haya ese mismo sentir que hubo en Cristo Jesús. Al punto que Pablo llega a decir en 1 Corintios 8:13 —oiga lo que Pablo dice, so pena o a riesgo de parecer legalista—: "Por consiguiente, si la comida hace que mi hermano tropiece, no comeré carne jamás."
Ese es el principio: sin ser legalistas, hay abstenciones estratégicas, evangelísticas y gloriosas que debemos considerar en nuestra vida. Y hay formas de proceder en nuestras vidas que tienen que ser para glorificar a Dios. Si yo voy a hacer cualquier cosa, que sea para la gloria de Dios. Hermanos, el cristiano no compra igual que el no cristiano, no vende igual, no paga igual, no habla igual, no sufre igual, no celebra igual, no consume las cosas de manera igual. Hay otras capas de consideración que nosotros tenemos que tener en cuenta a la hora de hacer todo eso.
Y cuando en todo lo que yo hago en mi vida no hay un destello, de alguna manera, que alguien pueda deducir gloria para Dios, algo me falta en esa manera de proceder. Ojalá el Señor nos lleve entonces a tener una vida y una mente como la que tuvo Cristo, que se humilló hasta lo sumo para entonces glorificar a su Padre y favorecernos a nosotros de una manera extraordinaria. Es mi deseo que nosotros veamos nuestra vida no en función de lo que es lícito y no es lícito —eso es bueno preguntárselo—, pero espero que seamos más reflexivos y más profundos, de tal manera que nuestras actuaciones, por sencillas que parezcan, le traigan gloria a Dios.
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Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.