La vida plena que Cristo prometió —"yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia"— parece eludir a la mayoría de los creyentes. Muchos viven con un sentido persistente de insatisfacción, buscando en lugares equivocados lo que solo se encuentra en un camino: la muerte al yo. Para vivir plenamente hay que morir completamente. Esta es la paradoja central del discipulado que Jesús presenta en Lucas 14, donde establece requisitos tan radicales que repite tres veces: "no puede ser mi discípulo".
Cristo habla de aborrecer padre, madre, esposa, hijos, hermanos y aun la propia vida. No se trata de odio literal —Él mismo mandó amar hasta a los enemigos—, sino de que ningún amor compita con el amor a Él. La ilustración de la NASA resulta elocuente: en 1999, una nave de 165 millones de dólares se estrelló en Marte porque decidieron no comprar un software para ahorrar costos. No calcularon bien. Eso es exactamente lo que Cristo quiere evitar en sus discípulos: que la misión fracase a mitad de camino por no haber contado el costo total.
La vida del discípulo es una vida cruciforme, en forma de cruz. El sufrimiento no es un accidente sino el camino diseñado para conformarnos a la imagen de Cristo. Como el grano de trigo que debe caer y morir para dar fruto, así el yo debe morir para que emerja la vida verdadera. El pastor Núñez lo ilustra con la parábola de la perla: el vendedor pide todo —casa, dinero, familia, y la persona misma— porque todo le pertenece a Cristo. No quedamos como dueños sino como administradores. Y paradójicamente, al renunciar a todo, encontramos todo lo que anhelábamos, porque su voz nos lleva a Él, y en Él está la fuente de todo gozo genuino.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Y ahora te invito a que abras la Palabra de Dios en el Evangelio de Lucas, capítulo 14. Vamos a estar leyendo a partir del versículo 25 hasta el 33. Esta es un puente entre la segunda carta de Pedro y la carta de Judas, que fue una parte de una misma serie, pero lo he hecho a propósito en vista de que este es el primer domingo del año. Me parece que es un texto apropiado en virtud del mensaje del domingo anterior, donde se nos hablaba, donde Pedro nos hablaba, que en vista de que todas estas cosas han de ocurrir —refiriendo al Juicio Final— qué clase de vida debiéramos mostrar en santa conducta y piedad.
Ahora yo creo que este es un mensaje que nos va a ayudar, que nos debe ayudar a entender qué se requiere para vivir la vida a plenitud. Piense por un momento: si tú entiendes que no estás viviendo la vida a plenitud de la cual Cristo habló y que fue a la cruz y compró. "Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia." Si no estás teniendo esto, el contenido —yo no digo mis palabras, yo no digo la inflexión de mi voz, yo no hablo de la profundidad de lo que yo tenga que decir— lo que Cristo tiene que decir a esta audiencia que le escucha, esa es la clave de la plenitud de vida para cada uno de sus hijos.
Yo creo que no es un secreto, o más bien que es un secreto a voces, que la mayoría de las personas, incluyendo la mayoría de los creyentes, viven con cierto sentido —mayor o menor— de insatisfacción, aún después de haber nacido de nuevo y aún después de haber conocido las promesas que Cristo nos dio en términos de la plenitud de vida que Él ofrece de este lado de la gloria. De aquel lado no podemos ni siquiera hablar, en el sentido de que es obvio que habrá plenitud de vida, pero Cristo no vino para entregarme una vida que tenga que esperar hasta que yo cruce el umbral a la eternidad para disfrutar de la abundancia de la vida.
La pregunta sería: ¿qué es lo que estorba, lo que impide la experiencia de dicha vida? Porque parecería ser que, a la luz de la promesa que Cristo hizo, como que Él se equivocó, como que realmente Él definió una vida que la mayoría de sus hijos como que no acaban de encontrar. Con esa introducción, yo quiero leerte a Lucas. Inicialmente se anunció —quizás en su boletín— que iba a predicar el versículo 25 al 27 o al 28; revisando esto después, yo creo que era necesario llegar hasta el 33, que completa el pasaje. Y esto es lo que el texto está diciendo.
Escucha cómo inicia: "Grandes multitudes le acompañaban, y Él, volviéndose, les dijo: 'Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre y a su madre, a su mujer, e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga su cruz y viene en pos de mí no puede ser mi discípulo.'" Una clase difícil es que simplemente no puede. "Porque, ¿quién de vosotros, deseando edificar una torre, no se sienta primero y calcula el costo para ver si tiene lo suficiente para terminarla? No sea que, cuando haya echado los cimientos y no pueda terminar, todos los que lo vean comiencen a burlarse de él diciendo: 'Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar.' O, ¿qué rey, cuando sale al encuentro de otro rey para la batalla, no se sienta primero y delibera si con diez mil hombres es bastante como para enfrentarse al que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando el otro todavía está lejos, le envía una delegación y pide condiciones de paz."
Escuche ahora cómo el cierra: "Así pues, por tanto, conclusión: cualquiera de vosotros que no renuncie a todas sus posesiones no puede ser mi discípulo."
El 4 de diciembre del año 1996, la NASA envió a Marte una aeronave conocida como Mars Pathfinder, a bordo de un cohete Delta 2 desde Cabo Cañaveral. Iba con la misión de explorar la superficie de Marte. Salida en diciembre del 96, llegó el 4 de julio de 1997, aterrizó en un valle conocido como Ares Vallis. Al aterrizar, el módulo llegó bien, se abrió y dejó salir el vehículo explorador para hacer múltiples estudios y análisis para entender y conocer un poco de la atmósfera marciana, la climatología, la geología y la composición de sus rocas y suelo.
La NASA determinó que, después del éxito —que fue un gran éxito, realmente la primera aeronave que llegaba hasta allá—, después del éxito de esa misión, la idea era enviar una nave cada dos años, y el lema se convirtió en "más rápido, mejor y más barato." Pero las cosas no fueron tan bien como la NASA planificó. En diciembre del año 1999, otra aeronave, el Mars Polar Lander, intentó hacer su aterrizaje en el planeta, pero la aeronave no frenó apropiadamente, se estrelló contra la superficie y se partió en mil pedazos. Estudios posteriores determinaron —los ingenieros determinaron— que hubo un fallo en el sistema de frenos; los frenos se cerraron muy rápidamente, pero que el fallo pudo haberse evitado si la NASA hubiese comprado un software que decidieron no comprar para cortar costos en una nave de 165 millones de dólares. En otras palabras, la NASA no calculó bien el costo total de la misión.
Eso es lo que Cristo no quiere que le ocurra a sus discípulos. Por eso les está hablando de que el que se quiere llamar discípulo de Cristo tiene que calcular bien el costo, no vaya a ser que su misión discipular fracase a mitad de camino o justo al final de la misión, como ocurrió con esta aeronave. Philip Ryken cuenta la historia que yo acabo de relatar, hace la observación y dice: ese es el error que Cristo quiere evitar que sus discípulos cometan, y por tanto, en más de una ocasión, Él les advirtió acerca del costo que tenía seguirle.
Este pasaje que yo acabo de leer sigue inmediatamente después de la famosa parábola de la gran cena, donde el dueño de la casa envía un siervo a invitar a todo tipo de gente a que venga a cenar y a celebrar, una cena que tenía que ver con el segundo retorno de Cristo —que va muy bien después del sermón del domingo pasado—. Y sin embargo, la gente que fue invitada comenzó a rechazar la invitación por diferentes razones y todos comenzaron a excusarse. El primero dijo: "He comprado un terreno y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses." Otro dijo: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos; te ruego que me excuses." Y también otro dijo —escuche, esta es como la mejor excusa, y no lo era—: "Me he casado y por eso no puedo ir."
Con esa historia, entonces, Cristo pasa al texto que yo leí al principio para ayudarles a entender a sus discípulos, a aquellos que le estaban siguiendo, que cuando tú decidas identificarte con su nombre, hay un costo que tú tienes que estar dispuesto a pagar si tú quieres vivir la vida plenamente. Muchos se sienten atraídos a Jesús, a la luz de Jesús, pero cuando sienten el calor de la luz se alejan: el calor del compromiso. En la parábola anterior, la parábola de la cena, aparentemente lo que estaba interfiriendo con aceptar la invitación eran, en la superficie, cosas materiales —uno había comprado un terreno, otro había comprado cinco yuntas de bueyes—, pero en un caso tenía que ver con una relación importante, quizá la relación humana más importante: "Yo me acabo de casar; permíteme atender estos asuntos primero." Pero el problema real no estaba ni en la esposa ni en las cosas materiales; estaba en la persona que dio la excusa.
Lo que Cristo hace, entonces, habiendo relatado esta parábola, es mirar para atrás y, como que Cristo dice en buen dominicano, "aquí hay demasiada gente, y yo sé que este grupo de gente no está interesado en seguirme por las razones correctas; hay que filtrar esta multitud." Múltiples veces las multitudes seguían a Jesús y con frecuencia, ¿saben qué hacía Él? Él confrontaba la multitud. Y Él comienza por ayudarnos a entender que no hay nada en la vida de un verdadero discípulo de Él que pueda competir con su señorío o con su voz, que no hay nada que lo pueda poner a Él en un segundo plano. De la misma manera que cuando Él dejó la gloria dejó privilegios y derechos y cosas a las que estaba acostumbrado desde la eternidad, de esa misma manera, cuando nosotros pasamos a ser discípulos de Cristo, yo renuncio a todo privilegio, a todo derecho, a toda cosa material y aun a mis relaciones, aun si ellas son lícitas, como mi padre, mi madre, mi hijo, mi hermano, mis hermanas, y más aún si son ilícitas. Jesús no acepta competencia para hacer su discípulo.
Grandes multitudes le acompañaban: algunas movidas por sus enseñanzas, algunas movidas por los milagros que Él hacía, algunas simplemente movidas por el pan que se habían comido, como Él dice en Juan 6. De manera que Cristo tenía muy claro las motivaciones erróneas de por qué muchas de las multitudes le seguían. Pero Él nunca estuvo positivamente movido por las multitudes. Los cuatro evangelios tienen 34 pasajes distintos, aunque algunos son complementarios o paralelos, donde se nos habla de que grandes multitudes le seguían. Pero Jesús siempre conoció el corazón de cada persona que estaba en la multitud. Jesús siempre supo cuál era la razón por la cual él o ella estaba aquí en el día de hoy.
Lo que Jesús está haciendo en esta ocasión, como lo hace en otras ocasiones, es separar los amantes de la verdad de los fanáticos de la verdad. Los amantes de la verdad son los verdaderos discípulos de Cristo. Como aman la verdad, están dispuestos a sacrificar absolutamente todo lo que es contrario a la verdad. Los fanáticos de la verdad, por otro lado, son aquellos que están dispuestos a vitorear y aplaudir el domingo en la mañana la verdad; están dispuestos a aprender la verdad, a memorizar la verdad, a repetir la verdad, a recitarla, hasta que comienzan a vivirla y el costo comienza a hacerse alto, y en ese caso renuncian a la verdad.
Jesús se propone hablar de lo que implica ser un discípulo de Él, y quiere hacerlo de una manera tan radical que les establece los requisitos y luego dice: si no llenas ese requisito, no puedes ser mi discípulo.
No es que tendrá dificultad, no es que tendrá una lucha, no es que tendrá una vida mediocre, y un discípulo, no es que no te considero discípulo. En el paso de los años, cada vez más yo concluyo que hay cada vez menos verdaderos hijos de Dios y discípulos de lo que yo pensaba.
Sabes que Cristo habló múltiples veces de la salvación, y la Palabra lo hace, las epístolas también, y siempre habla de la salvación como algo gratuito para mí, aunque costoso para Él. O sea, Él paga el precio de la salvación, pero en todos los casos cuando habló del discípulo me dejó saber que yo pago el precio del discipulado. Yo creo que eso es como una justa ecuación: yo pago el precio de tu salvación, pero tú vas a pagar el precio de tu discipulado. La salvación fue costosa, la sangre del Unigénito; el discipulado también es costoso.
No hay duda de cuál es el tema de este pasaje que yo acabo de leer: es el costo del discipulado. Versículo 26: "no puede ser mi discípulo." Versículo 27: "no puede ser mi discípulo." Versículo 33: "no puede ser mi discípulo." De la misma manera que la misión de redención costó su sangre, costó su vida, la vida del Unigénito, de esa misma manera Dios espera que mi vida discipular pueda seguir el patrón de la vida discipular —vamos a llamarle— de Jesús frente al Padre. No puede ser que mi Hijo esté dispuesto a pagar un costo que tú no estás dispuesto a pagar.
Lo que yo quiero —el título de mi mensaje en este día— es: para vivir plenamente, tú tienes que morir completamente. Déjenme decirles otra vez: para vivir plenamente, tú tienes que morir completamente. Yo aquí, al iniciar este año 2020, recuerdo que se requiere —qué hay que hacer— para ser un verdadero discípulo de Jesús, para que la misión no nos encuentre a ti y a mí a mitad de camino, o al final.
Entonces, aquí hay tres preguntas que podemos hacerle al texto, que salen del mismo texto. Número 1: ¿Qué significa aborrecer a tus familiares más cercanos y aun tu propia vida? Es increíble que Cristo dijera: "Tienes que aborrecer padre, madre, hijo, hija, hermanos, hermanas" —con todos los familiares— y espera, se me quedó uno: tú mismo. Tienes que aborrecer aun tu propia vida. Número 2: ¿Qué significa cargar tu propia cruz y hacerlo diariamente, como Él mismo enseñó en una ocasión anterior que el mismo Lucas registra en 9:23? No es que cargues tu cruz un día, llegues al calvario y te crucifiques en ella, sino diariamente. Número 3: ¿Qué significa calcular el costo de ser discípulo de Cristo?
En mi opinión, este es el texto más demandante de todos en cuanto a lo que es la vida de un discípulo de Cristo. No hay otro más alto; hay algunos parecidos, hay algunos complementarios, pero no hay uno que tenga una demanda mayor.
Entonces, de nuevo, comencemos. "Grandes multitudes le acompañaban." Cristo se da media vuelta, ve que hay mucha gente; debía estar contento, debía estar aplaudiendo. Pero sabes que Él no estaba tan contento con estas grandes multitudes. No es la primera vez que pasa: en Juan 6 pasa la misma cosa. Cristo ve esa multitud, se voltea y dice que grandes multitudes le seguían, y de repente Él dice: "Déjenme decirles una cosa: si tú no estás dispuesto a beber mi sangre, a comer mi cuerpo, no puedes seguirme, no puedes ser mi discípulo." Sabes lo que dice el texto: que inmediatamente después, desde ese momento en adelante, muchos de sus discípulos jamás le siguieron.
Sabes lo que el texto dice, que Cristo no se puso la mano en la cabeza lamentando: "¿Qué error cometí? Coloqué el estándar y el costo tan alto que tiene seguirme." No. Él se volteó otra vez, miró a sus discípulos —a los doce, digamos— y les dijo: "¿Y si ustedes se quieren ir también?" En otras palabras, a mí no me interesan discípulos a medias, porque no son discípulos. A mí no me interesan discípulos que calculan el costo, pero lo calculan mal.
¿Tú sabes realmente en qué año del ministerio de Jesús estamos? Estamos en el segundo año de sus tres años de ministerio. El primer año es conocido como el año desconocido —valga la redundancia—, el año desconocido, porque es un año que solamente Juan registra en los primeros cuatro capítulos de su Evangelio; nadie más lo registra. Es un ministerio que se da en Judea, en la parte sur; ahí está la boda de Caná, ahí está el encuentro con Nicodemo, ahí está el encuentro con la samaritana. Todo eso es en el primer año; Juan lo registra, Mateo no lo registra, Marcos no lo registra, Lucas no lo registra.
Su segundo año fue como el mejor año, en un sentido: el año de la popularidad. Grandes multitudes, grandes multitudes venían a verlo, a escucharlo, a creer algunos. El tercer año es el año del rechazo. Pero todavía estamos en el año de la popularidad. Ahora, cualquiera que oye estas palabras de Cristo y otras similares hubiera concluido: "Pero eso no es una manera de aumentar la popularidad, ¿no? Eso no es una manera de aumentar la asistencia a la iglesia", vamos a llamarla. Pero si algo queda claro en la enseñanza de Cristo, es que Cristo nunca estuvo detrás de cantidad, sino de calidad.
La manera en que uso este mensaje, si tú quieres, es para decirte el tipo de discípulo que yo espero que todo el cuerpo pastoral esté buscando en Híbil, y no de otra calidad, porque yo quiero para Híbil lo que Cristo quiere para su grey. Cristo inició enseñando que para hacer un verdadero discípulo, tú tienes que estar dispuesto a aborrecer padre, madre, mujer, hijos, hijas, hermanos, hermanas. Seguro que cuando yo dije "padre, madre, mujer", a alguno dije: "Tú eres muy radical; esto está bien porque tú sabes que me pone difícil." Pero Cristo no se para ahí; dice: "Y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo."
Obviamente, Cristo, a la luz del resto de lo que dice, está usando la palabra "aborrecer" de manera relativa, porque ese mismo Cristo nos mandó a amar aun a nuestros enemigos. Entonces, lo que les está tratando de decir es: yo no puedo tener ningún amor relacional que compita con el amor que tú tienes por mí, y no puedo tener ningún amor por ninguna otra cosa, por ninguna persona —incluyéndote a ti mismo— que compita con mi amor por Él. Entonces, cuando Jesús menciona todos estos familiares, Él se percata de que le faltaba algo y dice: "Bueno, espera, y aun su propia vida." Tenemos que aborrecer nuestra propia vida.
Entonces, ¿qué significa eso? Jesús comienza a ayudarnos a entender que, ya que Él colocó a todos los familiares en un plano secundario, necesitaba ahora tomar el "yo" y desplazarlo del centro donde nosotros lo tenemos, colocarlo en una posición de subordinación a su persona, para que Él pueda ocupar el lugar que a Él le corresponde. Entonces, esta es la primera pregunta que estamos considerando ahora: ¿qué significa odiar tu propia vida? Porque es la única manera de que tú llegues a disfrutar la vida plenamente.
Y de inicio, yo te puedo decir que disfrutar la vida plenamente, la vida de abundancia, requiere matar el "yo". Decía alguien que en el bautismo es una ilustración; en el bautismo se supone que yo ahogo el "yo". Pero Martín Lutero decía posteriormente: "Pronto aprendí que el yo es un gran nadador." Y sigue reapareciendo. El tuyo y el mío.
Adán y Eva disfrutaron, antes de la caída, de la vida plena que Cristo luego viene a comprar y a entregarte. En otras palabras, Cristo vino a devolverte lo que Adán y Eva entregaron. Cristo vino a devolverte —de este lado de la gloria, no tienes que esperar— de este lado de la gloria lo que Adán y Eva perdieron. Adán y Eva, en comunión con Dios, tuvieron una felicidad plena, de manera que tú pudieras definir la felicidad como comunión con Dios. Y si eso es cierto, entonces no hay nada —ni circunstancia, ni persona, ni evento, ni pérdida— que te pueda robar la felicidad, porque la felicidad la acabamos de definir como comunión con Dios. Lo único que me puede robar la felicidad, si es comunión con Dios, soy yo mismo cuando pierdo mi comunión con Él.
Sin embargo, el hombre ha estado buscando dicha felicidad de todas las maneras posibles, en todos los lugares posibles, en todas las relaciones posibles, en todas las cosas materiales posibles, pero la felicidad parece eludirle en cada ocasión. Y lo que Cristo —lo que Dios— le revela al pueblo judío en el Antiguo Testamento es: tu problema es que cada una de estas búsquedas no es más que una cisterna agrietada que no retiene agua, en vez de venir a mí, a la fuente de agua viva que no se agota, que no se cansa, que no para, y de donde depende el resto de lo que tú andas buscando.
No hemos acabado de comprender que la vida del discípulo —como se señala en un libro que leí hace dos o tres días, que inspiró literalmente este mensaje; no pude avanzarlo mucho por falta de tiempo— es una vida cruciforme, es una vida en forma de cruz. De hecho, hasta hace poco tiempo todas las iglesias estaban construidas y diseñadas por dentro en forma de cruz: un pasillo largo en el medio y un pasillo horizontal en algún lugar del templo, como diciendo: la vida cristiana tiene esta forma, forma de cruz; es una vida cruciforme.
Y por tanto, lo que lleva a la felicidad —escúchame detenidamente— es el sufrimiento. ¿Qué? Yo te lo voy a demostrar de la Palabra de Dios. El sufrimiento que experimentamos como discípulos del Señor —escucha la clave ahora— no solamente lo soportamos, sino que convertimos en gloria lo soportado. Al final del sufrimiento, lo que te espera es la felicidad que buscabas. Pero la manera como eso ocurre, en ese orden, es: en la medida en que soportas el sufrimiento, tú conviertes lo soportado en gloria, y te encuentras frente a frente con la felicidad que andabas buscando.
Un verdadero discípulo de Cristo entiende que él o ella no solo es salvo por medio de la cruz, sino que su vida luego tiene forma de cruz.
Escucha lo que alguien decía: la vida cruciforme es el medio por el cual Dios nos enseña que tenemos que perder la vida. Escucha bien: tenemos que perder la vida que siempre pensábamos que necesitábamos para ganar la vida que siempre quisimos. ¿Me entendiste, o es muy profundo, o es muy rápido? Tienes que perder la vida que tú siempre pensabas que necesitabas, pero que Dios decía: "No es lo que necesitas, es lo que yo quiero que tengas." Lo que tú quieres es lo que Adán perdió, y lo que Adán y Eva perdieron está en mi persona, en mi diseño y en mi propósito. Por tanto, tú tienes que estar dispuesto a perder la vida que tú siempre pensabas que necesitabas para ganar la vida que siempre quisiste.
Hay una serie de rutas de dolor en la vida cristiana, y cuando tú tomas cualquiera de esos caminos sin ninguna razón —escúchame—, o sea, tú analizas y dices: "No hay ninguna razón para tomar este camino que no sea la gloria de tu Señor." Esa es la única razón. Lo que tú encuentras al final de ese camino, donde no había razón humana alguna para seguirlo que no fuera la gloria de Dios, es que te encuentras de frente con la felicidad que andabas buscando.
¿Dónde está la palabra? Gracias por preguntar. Hebreos 12:2: "Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe." ¿Quién? Jesús. "Por el gozo puesto delante de él soportó la cruz." Notaste el orden: él soporta la cruz aquí, y lo que le espera es el gozo. Al final del sufrimiento, la diferencia está en que lo pudo ver y creer que ese es el diseño; él toleró, soportó la agonía de la cruz por el gozo puesto delante de él.
¿Tú sabes que el dolor de la cruz es tan agonizante que hubo que acuñar, crear una palabra nueva para el dolor de la cruz? Que en inglés —y en español, porque se pierde— es "excruciante." Tú encuentras la palabra "cruz" ahí: "ex-cruz-iante." Hubo que crear una palabra; no había una palabra para expresar la agonía de la cruz. Y el texto dice que él soportó ese dolor excruciante, agonizante, por el gozo que le esperaba.
En esta semana yo meditaba y concluí que voy a escribir un libro, probablemente el año que viene, porque ya hay demasiado que escribir para este año. Un libro de 15 o 20 premisas cristianas que, si tú las sigues, tienes una vida plena. ¿Fácil? Ah, ¿libre de problemas? No. No libre de problemas; quizá llena de problemas. Escucha cómo Dios, en premisas, no simplificó la vida; nosotros la complicamos.
Escucha lo que dice Eclesiastés 2:26: "Porque a la persona que le agrada —¿cuál es la condición? Agradarle— él le ha dado sabiduría, conocimiento y gozo." ¿Qué es más sencillo que eso? Él no dice: "¿Sabes qué? El problema es que andas buscando un gozo que tú quieres, que de hecho yo quiero darte, pero lo andas buscando a través de cisternas agrietadas." Mira cómo ocurre: el gozo no se encuentra en lugares distintos, en formas distintas, en cosas distintas, en viajes distintos, en relaciones distintas. El gozo se encuentra de otra manera, y es que el gozo es el fruto de algo: yo voy y doy a la persona que me agrada.
De esa misma manera, Proverbios 16:7, ¿qué dice? "Cuando los caminos del hombre complacen a Dios." La misma idea: como que él te dice primero, "Mira, esto es lo que tú haces; este es el fruto que yo doy." Cuando los caminos del hombre complacen a Dios —eso es lo que tú haces—, esto es lo que yo hago: "Yo hago que aun tus enemigos estén en paz contigo." Cristo me simplificó, Dios me simplificó la vida. El gozo es algo que Dios da a aquellos que le agradan.
Escúchame: la única manera —no una manera, la única manera— de agradar a Dios es viviendo para su gloria. No hay otra manera. Literalmente. Pero eso que Cristo pone, el estándar donde lo puso, para entonces ser su discípulo, tengo que odiar mi propia vida, porque mientras yo no odie mi propia vida no voy a poder vivir para su gloria; voy a vivir para mi conveniencia, o comodidad, o gloria, o entendimiento. Odiar nuestra propia vida implica morir a ti mismo.
Esta idea está en cada evangelio, de diferente manera. Mira cómo Juan lo dice en el versículo 24: Cristo hablando: "En verdad, en verdad os digo." Esto es un modismo hebreo, la repetición. En verdad, *truly, truly*. Cuando los hebreos oían eso, prestaban atención, porque esto es como decir "amén, amén." Y ustedes saben que nosotros decimos el amén al final, pero puedes escuchar lo que se dijo. Cristo decía el amén antes de decirlo, como quien dice: "Amén, amén. Yo estoy aprobando y afirmando esto." "En verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la pierde" —mejor dicho, el que aborrece— "porque el que ama su vida la pierde, y el que aborrece su vida en este mundo la conservará para vida eterna."
Jesús, pero tú como que viniste a dar un estilo de vida al revés: para ganar hay que perder, para perder hay que ganar; cuando pierdo, entonces gano. Ahora bien, ¿cuál fue el primer grano de trigo que murió, que cayó en tierra y murió? Cristo. ¿Quién dio los primeros frutos como grano de trigo muerto? Cristo. Pero luego él tomó esa misma misión y nos dice: "Ahora que tú me viste como grano de trigo morir, y viste los primeros frutos, que hasta el sepulcro se abrió y muertos salieron, ahora tú eres el próximo grano de trigo, y a menos que tú caigas al suelo y mueras, no darás fruto." La única forma de vivir una vida plenamente es muriendo completamente.
En buen dominicano: tu vida no se trata de ti. Olvídate de eso, bájate de ese caballo. Como la vida de Cristo tampoco se trató de él. Pero una cosa es decirlo y otra cosa es vivirlo. Una cosa, decía un autor, es decir "mi vida no se trata de mí" cuando todo está saliendo bien, y otra cosa muy diferente es decir "mi vida no se trata de mí" cuando estoy clavado en un madero, cuando estoy en dolor, cuando estoy en agonía.
Es decir, el poder en tu vida y en la mía —déjame leerlo— que resulta en bendiciones es en proporción directa al grado con que tú y yo estemos dispuestos a odiar nuestra vida y a morir a nosotros mismos. El grado de poder de Dios en mí, a través de mí, que resulta en bendiciones es directamente proporcional al grado de muerte que yo esté dispuesto a sufrir y a darle al yo.
"Pastor, usted tiene un rato ya hablando de morir al yo, de morir a mí mismo, de mi vida. ¿De qué usted está hablando?" Estoy hablando de lo que Filipenses 2 escribe para Cristo: morir a nuestras voluntades, a nuestros sueños, a nuestros deseos, a nuestros planes, a nuestros derechos, a nuestras metas, a nuestra reputación, a lo que queremos.
Una ilustración, con detalles dejados fuera a propósito: mi esposa y yo teníamos ciertos planes para estos días de vacaciones; los cedimos en aras de la causa de Cristo, y eso es suficiente con que yo lo diga. Y sabes que lo hicimos llenos de gozo. Yo solo tengo una pregunta: ¿tu grano de trigo ha caído al suelo y ya murió? Es la única pregunta que Dios me hace. "Bueno, pastor, yo hice una profesión de fe hace muchos años, yo he estado viniendo a la iglesia desde entonces." Yo no te pregunté eso; yo no te pregunté si hiciste una profesión de fe ni si has venido a la iglesia. Yo te pregunté si, después de que tú dices que hiciste esa profesión de fe, verdaderamente Cristo puede examinar tu vida y decir: "Ese yo está muerto."
Porque cuando eso ocurre, esto es lo que sale del corazón; de la abundancia del corazón habla la boca, y lo que dice es: "Ya sea por vida o por muerte, lo único que me interesa es glorificar a Cristo." No me interesa si voy a morir, no me interesa cómo muero —colgado o no colgado, quemado o no quemado, ahogado o no ahogado—; no me interesa si muero en mi tierra o en otra tierra, si muero acompañado de mi familia o si muero solo. No me interesa. Si vivo, no importa si es en una cárcel o fuera de la cárcel, si es acompañado o solo. Lo único que me importa es que la conducta con que estoy viviendo hoy esté glorificando a Cristo, yo personalmente, en mi respuesta a la vida.
El morir como el grano de trigo implica cosas diferentes para muchas personas. Hay cosas que yo quisiera hacer en mi vida —como la que acabo de ilustrar— que he estado a punto de hacer y no las voy a poder hacer, y otras que son de vida y tampoco las voy a poder hacer. ¿Por qué? Porque Dios me hizo otro llamado. Yo me fui a Estados Unidos para nunca regresar y convertirme en un hombre de ciencia, en laboratorios de investigación, de infectología. Dios me hizo otro llamado; yo morí a eso. Cuando el sueño estaba ahí, a punto de materializarse, con una oferta —mi esposa la conoce—, yo dije que tenía que pensar por una semana. Pero al final de la semana tomé la daga y me la clavé a mí mismo.
Para algunos esto implica abrazar la causa de Cristo como una prioridad y dejar todo lo que tenía de prioridad como algo secundario. Para otros implicaría estar dispuesto a recibir menor salario —conozco algunas personas que han hecho eso justamente para responder a un llamado al ministerio—, con menos reputación y menos nombre. Para algunos implicaría poner su profesión en un segundo plano; para otros implicaría dejar el deseo por el éxito, la reputación, el aplauso y el ser reconocido por otros. Hablando un poco más al plano práctico, para nosotros, esposos y esposas, el ser grano de trigo y caer al suelo y morir implica que en lo adelante las necesidades físicas, emocionales y espirituales —hablando como esposo ahora— de mi esposa serán prioridad en mi vida, porque eso es lo que Dios me ha pedido.
Mi esposa y yo tuvimos una conversación acerca de esto ayer. Dejo los detalles de lado también, que tenían que ver con nosotros precisamente, porque Dios no me ha pedido que viva mis deseos, sino que trate de llenar los deseos y necesidades emocionales, espirituales y físicas de mi esposa. Y a la esposa le ha pedido lo mismo para el esposo. Para algunos, morir al mismo yo implicaría ser fiel a su esposo o esposa y dejar a ese amante o amante que tenían, o que tengo.
Cuando yo muero de esa forma, los primeros en beneficiarse son mis allegados. Los primeros en beneficiarse fueron los discípulos cuando Cristo murió de esa forma. Si mi esposa no ve el fruto del grano de trigo morir, mejor dicho, si mi esposa no ve el fruto de mi grano de trigo que ha muerto, entonces posiblemente yo no haya muerto al yo. Yo todavía estoy peleando en mi vida, porque ella no le está viendo el beneficio.
Un hombre que haya muerto como grano de trigo, que haya caído al suelo, es un hombre crucificado con Cristo. Y un hombre crucificado con Cristo, imagínatelo ahora, tiene cierta característica. En primer lugar, él no puede ver para atrás. En segundo lugar, es obvio, él solamente puede ver en una sola dirección. ¿Te acuerdas las palabras de Pablo? "Olvidándome de lo que está atrás", claro, porque no puede ver para atrás, estoy crucificado. "Y esforzándome hacia lo que está adelante", claro, porque estoy crucificado y no puedo ver para ningún otro lado.
Imagínatelo en la cruz. El hombre no puede moverse. Sabes que le clavaron la voluntad al madero, no puede hacer nada. Así lo es el discípulo de Cristo: tiene una voluntad clavada al madero de Cristo. Y él sufre la angustia de la cruz. Pero de la misma manera, cuando tienes la vida crucificada, no puedes volver atrás, no puedes mirar atrás, no puedes volver atrás. De hecho, Cristo lo dijo con otras palabras, pero exactamente igual: "Nadie que habiendo puesto la mano al arado mira hacia atrás es digno del reino de Dios."
De toda forma posible, Cristo trató de explicarme en qué consiste la vida del discípulo. Tú quieres entrar al reino de Dios, tú no sabes lo especial que es el reino de Dios. No puedes querer poner la mano al arado, hacer una profesión de fe, hacer ciertos sacrificios y ahora querer mirar para atrás para disfrutar cosas de la vida anterior, porque entonces no eres digno del reino de Dios que está hacia delante. Eso implica que ese hombre no vuelve a disfrutar su vida anterior, no vuelve a disfrutar los placeres que la vida secular y la vida mundana, pagana e impía proveen y prometen. No vuelve a desearla. Cuando recuerda esa vida, ya no le produce satisfacción, no se siente atraído por esa forma de vivir. Hay un rechazo, porque tiene una mente renovada y tiene una nueva naturaleza.
Entonces, es que la cruz nos trajo victoria, pero Cristo primero tuvo que lucir como un perdedor para luego lucir como un victorioso. No se da de otra manera. La vida de un discípulo, igual lo enfatizo, es una vida conforme a la cruz. Eso implica que para el cristiano —y esto es algo que en generaciones anteriores lo entendieron así, muy anteriores, como nosotros sabemos que lo entendieron así porque lo escribieron— el sufrimiento es un estilo de vida. La carta a Timoteo le dice: "Todo el que quiera vivir una vida piadosa será perseguido." En otras palabras, para el cristiano, el verdadero discípulo de Cristo, el sufrimiento no es una experiencia extraña, no es una sorpresa, no es algo indeseable. No, claro que no.
Pablo les dice a los filipenses, en el capítulo 1 versículo 29, les dice: "A nosotros se nos ha concedido..." Recuerda que lo que se te concede es un privilegio. Entonces, permíteme agregar la palabra privilegio —que yo sé que no está en el original—: a nosotros se nos ha concedido el privilegio no solamente de creer en Cristo, sino de sufrir por Él. Ahí está el estilo de vida. Para el cristiano, el ser salvo es un estilo de vida, y el sufrimiento es también parte de ese estilo de vida, porque va a haber sacrificio, porque va a tener que poner todo de manera secundaria a lo que es mi llamado. No puedo ni siquiera dejar que mi propio yo pueda vivir, porque a partir de cuando yo soy comprado por Cristo y Él pasa a ser mi dueño, yo no tengo derechos que reclamar. Así como Cristo no reclamó ninguno de sus derechos que Él tenía como segunda persona de la Trinidad, yo no tengo privilegios que reclamar.
De hecho, es el pasaje donde Pablo dice: "Todo lo que yo tenía antes, todo lo que yo había logrado, yo lo considero como basura", porque nada de eso tiene valor. Por ejemplo: "Yo soy de la tribu de Benjamín, y fui circuncidado al octavo día, y fui entrenado por Gamaliel, y yo soy fariseo, hijo de fariseo." ¿Y qué? ¿Qué es lo que tiene valor? Yo soy un hijo de Dios, comprado a precio de sangre, con sus pecados perdonados para el resto de la eternidad, que tiene su garantía y su identidad en Cristo y solamente en Cristo, y su suficiencia y satisfacción de vida en Cristo. Mi vida no está en este mundo.
Visto por encima del sol, el sufrimiento para el cristiano es un privilegio que Dios te ha dado. Escúchame, ¿para qué? Para que seas conformado a la imagen del Hijo. Tú puedes creer que Dios, primero, te creó para su gloria —Isaías 43— y luego que nos desviamos y nos caímos, nos redimió. Y Romanos 8 de una manera clara nos dice que todas las cosas cooperan para bien para aquellos que aman a Dios y son llamados conforme a su propósito. ¿Pero cuál es el bien para el cual cooperan? Ser conformado a la imagen del Hijo. Cada dolor, cada sufrimiento, cada pérdida, cada angustia, cada cruz tiene el propósito expreso de conformarte a la imagen de Cristo. ¿Eso no es un privilegio? Dime, ¿es un privilegio ser conformado a la imagen de Cristo o no? Es un privilegio que pocos tienen, pero hay una sola forma de hacerlo. ¿Cuál? El dolor y el sufrimiento que contribuye a matar el yo.
En la sumisión para ser conformado a la imagen de su Hijo está la felicidad del discípulo de Cristo. En la sumisión para ser conformado a la imagen de Cristo está el gozo del discípulo de Cristo. Está la historia que yo les conté hace años atrás —creo que estamos en la congregación de manera que muchos no la habrán escuchado—. Miguel Ángel, el gran escultor, estaba empujando una piedra en un momento dado hacia un lugar. Entonces alguien le pregunta para qué estaba llevando esa piedra a un lugar tan especial, y él le dice: "Bueno, hay un ángel que quiere salir." Le preguntaron cómo él sacaba un ángel de la roca, y él dijo: "Yo tomo mi cincel, yo tomo mi martillo, y yo comienzo a quitarle todo lo que no luce como un ángel. Y al final, lo que queda en la roca es un ángel."
Y eso es lo que Dios hace: Él toma su cincel, que se llama la vida, y toma al Espíritu Santo, que es su martillo, y me toma a mí, la roca de piedra, y comienza a quitarle todo lo que no luce como su imagen. Y mientras más golpes recibo, más a su imagen yo luzco. ¿Me oyes? Otra vez: cuando nos sometemos voluntaria y sumisamente para ser conformados a la imagen de Cristo, estamos glorificando a Dios. Escúcheme: cuando me someto voluntariamente para ser conformado a la imagen de Cristo, estoy glorificando a Dios. La gloria de Dios y el gozo del cristiano son compatibles. En otras palabras, no hay nada que le traiga gloria a Dios que no resulte en el gozo de mi vida. ¿Entendiste el diseño de la vida? Fue ahora porque Dios te dice que vivas para su gloria, porque cuando vives para su gloria, tú encuentras lo que andas buscando: una vida plena, una vida de gozo, porque has vivido para mi gloria.
Bueno, el tiempo se ha ido y contestamos una pregunta de las de atrás, pero es un solo culto de manera que, tranquilos. Segunda pregunta: ¿qué significa cargar tu propia cruz y hacerlo diariamente, como solo se había dicho en una ocasión? O sea, no cargarla una vez, sino diariamente, según Lucas 9:23. El académico Darrell Bock o Gerald Hawthorne —o el erudito que mencionamos— dice lo siguiente: "Cargar nuestra cruz significa la aceptación de todo sacrificio, sufrimiento y persecución que se experimenta al seguir a Jesús, y no simplemente sufrimientos ordinarios." Yo no le puedo decir a nadie que la diabetes que tengo desde hace 50 años es mi cruz. ¿De qué cruz te hablan? Eso es un sufrimiento ordinario. No, es sufrimiento extraordinario y sacrificio.
¿Por qué Jesús usó esa comparación? Él habla de que nosotros tenemos que estar dispuestos a cargar nuestra cruz cada día. En la antigüedad, como tú sabes, la cruz era un instrumento no solamente de castigo, sino de vergüenza. Y los que iban a ser crucificados eran forzados a llevar la parte horizontal hasta el lugar donde los iban a crucificar. En la vida de Cristo, eso fue así: la cruz era un instrumento de vergüenza inimaginable. Alguien decía que la única forma de comparar el grado de oprobio que la cruz producía... La iglesia primitiva nunca andaba con medallita de cruz, nunca andaba con aretes en forma de cruz, nunca una cadena tenía un colgante con forma de cruz, porque era un instrumento de vergüenza.
Entonces, ¿qué es lo que Cristo hace? Alguien decía —me estaba describiendo, perdón— que la única manera de comparar ese sentimiento de vergüenza que la cruz producía a los crucificados, es como que alguien te tome en una plataforma, te coloque en un lugar donde pase la mayor cantidad de gente, y que te ponga un letrero arriba que diga "violador de menores". Eso es lo que más se acerca a la experiencia de vergüenza que la cruz significó. Cristo tomó y soportó la cruz —dice Hebreos 12— por el gozo puesto delante de Él. ¿Saben lo que hizo en la cruz? Tomó el instrumento de vergüenza, lo soportó y lo convirtió en gloria.
Tiene que ver lo que yo hablaba más tempranamente. ¿Crees lo que dijo? Casi así. Escucha, Juan 12:27 al 28: "Y ahora mi alma se ha angustiado, y ¿qué diré? Padre, sálvame de esta hora." Él está en angustia. A mí me encanta cuando yo puedo escuchar que el Hijo de Dios está en angustia, para que cuando yo me encuentre en angustia, alguna de ustedes no confunda la angustia con falta de fe necesariamente. Él está en angustia, él está en dolor. Él dice: "¿Qué voy a decir? Padre, sálvame de esta hora." No. "Para esto he llegado a esta hora." Entonces, ¿qué es lo que voy a decir? "Padre, glorifica tu nombre", allá en la cruz.
Y el Padre dice: "Lo he glorificado." Yo oí una voz del cielo que le dijo: "Lo he glorificado, y de nuevo lo glorificaré", allá en la cruz, cuando tú llegues ahí. De manera que Jesús soportó el mayor dolor, la mayor agonía, en un lugar llamado el Calvario. Lo soportó y convirtió la cruz en gloria. Jesús no esperó entrar al otro lado de la eternidad para experimentar la gloria del Padre. Jesús experimentó la gloria de Dios en la cruz, clavado, sangrando, de tal manera que el dolor que él soportó lució glorioso a la hora que Jesús lo experimentó.
La vida cruzcéntrica o cruciforme requiere de la muerte de mi voluntad para abrazar la voluntad de Dios. Escucha esta cita: las realidades es que es fácil decir que nosotros somos personas quebrantadas, pero se nos dificulta admitir que somos personas quebrantadas porque hemos quebrantado la ley de Dios. Esa es la razón. Estamos quebrantados porque estamos en rebelión contra Dios, no solamente el incrédulo, el creyente también.
En las palabras de John Henry Newman: "Cada uno de nosotros es un rebelde que necesita entregar sus armas." Cada uno de nosotros es un rebelde, es un yo que vive todavía, luchando. Cada uno de nosotros necesita tomar su alma, deponerla, y poner esa alma a los pies de Cristo, dejar de luchar y dejar de batallar. Y el día de Isaías que decía: "¡Ay del que contiende contra su Hacedor!" Y nuestras batallas se dan porque continuamos armados y luchando contra ese Hacedor.
Es importante creer que no solamente Jesús es mi Salvador y mi Señor. Es importante creer todo lo que dice su Palabra en cuanto a este tema de hoy: el costo del discipulado. Tengo que morir a mí mismo. Yo tengo que creer que todo sufrimiento ha sido diseñado por Dios para mí con propósitos específicos. Te voy a decir algunos.
Número uno: traer gloria a su nombre. Yo creo que eso está claro en todas las páginas de la Biblia. Número dos: para humillarme. Todo sufrimiento, la experiencia del dolor, tiene la intención de lo que Dios le dice al pueblo judío en Deuteronomio 8, al final de los cuarenta años en el desierto: "Te saqué del desierto para humillarte", porque el yo todavía es el que está luchando contra Dios, "para probarte, probar si verdaderamente tú eres un discípulo mío." Y número tres, para ver lo que hay en tu corazón. En otras palabras, tu corazón y el mío están llenos de cosas que yo no conozco ni me imagino, y tú sabes cómo yo las veo en la medida que salen por mi boca, pues de la abundancia del corazón habla la boca. Entonces, ahí te resumí tres en uno, porque eso es un solo versículo.
Número uno: traer gloria a su nombre. Número dos: humillarme, probarme, ver lo que hay en mi corazón. Número tres: conformarme a su imagen, ya hablamos. Número cuatro: experimentar su gracia todo suficiente. Y número cinco: traer gozo a mi vida en la experiencia de su gracia sustentadora. O sea, el sufrimiento tiene como resultado traer gozo a mi vida, porque el gozo es el fruto de ser conformado a la imagen de Cristo, y ser conformado a la imagen de Cristo requiere de las experiencias de dolor por las cuales él y yo atravesamos.
El tiempo se ha ido. Déjame llegar a la tercera pregunta y la voy a concluir relativamente rápido con una historia. Entro a la tercera pregunta: ¿qué significa calcular el costo de ser discípulo de Cristo? Me gusta cómo Juan Carlos Ortiz cuenta una historia de la perla del gran precio. Algunos de ustedes, muchos de ustedes, recordarán que Cristo comparó el Reino de Dios con la perla del gran precio: que el Reino de Dios es como un hombre que encuentra una perla, que fue y vendió todo lo que tenía, y entonces compró el campo donde la perla fue encontrada, que estaba enterrada. Se quedó sin nada para poder comprar esa perla.
Entonces, esta es la historia que Juan Carlos Ortiz construye. Un hombre ve esta perla y le dice al comerciante: "Quiero esa perla, ¿cuánto cuesta?" El vendedor le dice: "Es muy cara." "¿Cuánto?" "Mucho." "Bueno, ¿crees que podría comprarla?", pregunta el hombre. "Oh, sí", dice el comerciante, "todos pueden comprarla." "Pero pensé que había dicho que era muy cara." "Lo dije." "Bueno, ¿cuánto?" "Todo lo que tienes", dice el vendedor. "Está bien, la compraré." "Está bien, ¿qué tienes?" "Bueno, tengo diez mil dólares en el banco." "Bien, diez mil dólares. ¿Qué más?" "Eso es todo lo que tengo, nada más." "Bueno, tengo unos pocos dólares más en el bolsillo." "¿Cuánto?" "Déjame ver, cien dólares." "Eso también es mío", dice el vendedor. "¿Qué más tiene?" "Eso es todo, nada más." "¿Dónde vives?", pregunta el vendedor. "En mi casa." "Sí, eres dueño de una casa." El vendedor escribe: "Casa, es mía. ¿Dónde esperas que duermas?" "En mi casa de campaña." "¡Oh!, tienes una casa de campaña, ¿verdad? Eso también es mío. ¿Qué más?" "¿Se supone que debo dormir en mi auto?" "¡Oh!, ¿tienes un auto?" "Sí, tengo dos de ellos." "Son míos." "Ahora te has llevado mi dinero, mi casa, mi casa de campaña y mis autos. ¿Dónde va a vivir mi familia?" "¡Oh!, ¿tienes una familia? También es mía." "Tengo una esposa y tres hijos." "Ahora son míos."
De repente el vendedor exclama: "¡Oh, casi lo olvido! Tú también eres mío. Todo se vuelve mío: esposa, hijos, casa, dinero, autos, y tú también. Ahora escucha la parte buena. Te permitiré usar todas esas cosas por el momento, pero no olvides que todas son mías, al igual que tú. Y cada vez que necesite alguna de ellas, debes renunciar a ellas, porque ahora yo soy el dueño."
¿Entendiste de qué se trata? ¿Cuál es el costo? No tienes nada. ¡Absolutamente nada! Eres un simple administrador de lo que Dios te ha dado para que vivas con eso, y luego tú puedas entender que todo le pertenece a Él, incluyendo mi propia vida. No tengo derechos ni privilegios: esposo, esposa, hijo, casa, carro, finanzas, inversiones. Todo es suyo. Y si no te lo doy, no tienes la perla del gran precio. Me quedo sin perla, te quedas sin salvación. No tenemos idea de lo que implica el Reino de Dios.
Y aquí Cristo estaba hablando de cosas lícitas. ¿Te imaginas las cosas que tenemos ilícitamente? Posiciones, dinero, relaciones. Cristo dice: "Si vas a ser un discípulo mío, te pido que no tengas nada lícito. Y encima dices, ¿piensas que te voy a aceptar con cosas ilícitas?" Si sigues su voz, tendrás todo lo que anhelabas, pero que buscabas en lugares equivocados. ¿Sabe por qué si sigue su voz va a encontrar todo lo que anhelaba? Porque su voz te lleva a Él, y en Él tú tienes todo lo que anhelas.
De dos maneras: uno, Él es la fuente de todo gozo y satisfacción. Y número dos, todo lo que en esta vida pudiera darte algo de gozo genuino y legítimo es Él quien lo provee. Por eso es que tienes que seguir su voz, pero tienes que creerle. No es solamente que Él es tu Señor y Salvador; tienes que creerle que Él tiene tu mejor interés en ti todo el tiempo. Es obedecer creyendo que la obediencia precede al deseo de hacer su voluntad. Y tres, la obediencia no solamente precede al deseo de hacer su voluntad, la obediencia precede al gozo.
Yo me he dado la oportunidad esta semana de meditar mucho acerca de todas estas cosas. Y si hay algo que volví a quedarme claro, recordando lo aprendido, es esto: "Por el gozo puesto delante de Él", allá a donde Él había de llegar, "soportó la cruz." ¿Qué fue lo que Cristo hizo? Obedeció al Padre hasta llegar a la muerte, y muerte de cruz. Él estaba angustiado, Él no tenía el deseo, pero obedeció. Y cuando llegó a la cruz, pasada la cruz, se encontró con el gozo.
Pero así es como la vida está diseñada: la vida cruciforme. No hay vida de discípulo de Cristo satisfactoria que no tenga forma de cruz. Para vivir plenamente, necesitas morir completamente.