Integridad y Sabiduria
Sermones

Volveos a mí

Miguel Núñez 29 marzo, 2020

La iglesia de Cristo no está de vacaciones. Si todo lo que Dios mandó a hacer a su pueblo —congregarse, celebrar la Cena, bautizar, llorar con los que lloran, saludarse con un beso santo— ha quedado suspendido por una pandemia, entonces algo más profundo está ocurriendo. El pastor Miguel Núñez plantea una pregunta incómoda: ¿qué está haciendo Dios con su iglesia en este momento? Cita las palabras de un pastor estadounidense que advirtió que si la iglesia sale de esta crisis solo aliviada pero sin arrepentimiento, habrá desperdiciado su momento histórico.

El texto de Jeremías 3 ofrece un espejo. Dios compara la idolatría de Israel con una prostituta que espera clientes en la calle, que abre sus piernas a cualquier transeúnte. El reino del norte fue enviado al exilio por su infidelidad, pero su hermana Judá no aprendió la lección: copió los mismos pecados y fingió arrepentirse sin hacerlo de corazón. La iglesia de hoy, aunque no fabrica ídolos de madera, construye altares en el corazón —al dinero, al entretenimiento, a la posición— y luego condena al mundo por hacer lo mismo.

Sin embargo, el llamado de Dios no viene con amenazas sino con misericordia: «No te miraré con ira porque soy misericordioso». La única condición que pide es simple y devastadora: «Solo reconoce tu iniquidad». No un reconocimiento parcial que preserve la imagen, sino una confesión completa que deje de justificar, minimizar o culpar a otros. El verdadero arrepentimiento duele, no por las consecuencias, sino por haber ofendido al Dios que fue a la cruz. Este es el tiempo de humillarse, buscar su rostro y salir de la pandemia transformados, no simplemente aliviados.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Nuestro siguiente servicio será realizado sin público presente. Damos gracias al Señor por la oportunidad que nos da de estar unidos como iglesia, en inauguración y adoración, aún desde nuestros hogares en la intimidad familiar. Recordemos que la iglesia no es un edificio; somos cada uno de nosotros en quienes mora la presencia del Espíritu Santo. Es nuestra oración que el Señor siga obrando en nuestras vidas en medio de estos tiempos como los que estamos viviendo.

El mensaje de hoy está basado en un texto de Jeremías 3. Hay una gran parte que se va a concentrar en el húb del versículo 12 al 15, pero para llegar al versículo 12, yo tengo un amplio preámbulo que se hace necesario, que está atado a los versículos anteriores y está también relacionado a la pandemia en medio de la cual nosotros nos encontramos. Ya el mundo conoce, cada nación conoce acerca de esta pandemia, producida por un virus que hoy es conocido como SARS-CoV-2, que produce la enfermedad que se llama COVID-19. SARS: síndrome respiratorio agudo severo. Tuvimos uno ya en el año 2002-2003; este es el segundo, de ahí el CoV-2. La palabra COVID, terminada en D, viene del inglés DCS, lo que implica es enfermedad; DCS del coronavirus; 19, algo que se inició en el año 2019. Menciono eso simplemente para contextualizar un poco para la historia futura, donde este mensaje pudiera estar siendo escuchado, y para ubicar dónde estamos con nuestra iglesia en el día de hoy.

Como introducción, yo quisiera usar una vez más las palabras de un pastor muy conocido en Estados Unidos, Reid Ortland, quien publicó en su cuenta de Twitter esta semana pasada unas palabras que yo creo que vale la pena recordar. Él es pastor de la Iglesia Emmanuel Church en Memphis, Tennessee; es también presidente del Ministerio de Renovación en Nashville, Tennessee; y miembro del concilio de la Coalición. Estas fueron sus palabras: "Escucha, pueblo de Dios, si los pastores y nuestras iglesias salimos de esto solo para regresar a la normalidad, aliviados pero sin arrepentimiento, sin oración, sin valentía, habremos desperdiciado nuestro momento histórico." Y él pregunta: "¿Qué más tendrá que hacer el Señor para sacudirnos y despertarnos?"

Yo creo que es un comentario de peso de parte de alguien que entiende no solamente la problemática en medio de la cual nosotros estamos, sino que también entiende que la Iglesia de Cristo, que se encuentra en medio de la misma problemática, no está ahí por accidente, y que no se puede dar el lujo de salir de esa situación de una manera distinta a como entró en ella. Sin lugar a dudas, las enfermedades son fruto de vivir en un planeta caído; es la manera como necesitamos decirlo al inicio. Sin embargo, cuando algo alcanza magnitud y alcance mundial, y logra paralizar las naciones, y junto con eso paraliza todo lo que el Señor nos mandó a hacer como Iglesia, yo no creo que es un momento para pasarlo por alto sin reflexionar y hacernos la pregunta: ¿qué está haciendo Dios con su Iglesia en este momento?

¿Por qué digo esto? Dios nos ordenó congregarnos, como dice Hebreos 10:25, y en el momento actual nosotros no podemos hacerlo ni debemos hacerlo; no sería sabio, no sería prudente. Cristo nos pidió que celebráramos la Santa Cena y que hiciéramos eso con cierta regularidad, y sin embargo, dadas las circunstancias actuales, no sería sabio tampoco poder hacer algo como eso. El Señor nos ordenó que hiciéramos discípulos de todas las naciones y que los bautizáramos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, pero estamos impedidos, y por buena razón. Dios desea que adoremos corporativamente, que oremos corporativamente, como se nos dice en Efesios 5:19, pero las condiciones no lo permiten.

Dios nos llama a que lloremos con los que lloran, como se dice en Romanos 12:15; en la actualidad los funerales están prácticamente prohibidos, no podemos ir y llorar con los que lloran. De hecho, eso aumentaría el riesgo de transmisión, porque el virus se encuentra en las lágrimas también. De tal forma que cada una de las cosas que se supone que una iglesia haga, en el presente momento no las puede hacer. Si no podemos llorar con los que lloran, eso me recuerda al evento descrito en el Antiguo Testamento cuando Dios le anuncia al profeta Ezequiel que Él le iba a quitar a su esposa de golpe, de repente, y que no le iba a permitir llorar, como tampoco podemos nosotros ahora hacer.

Escúchalo como lo dice el profeta Ezequiel, capítulo 24, a partir de los versículos 15 al 22: "Y vino a mí la palabra del Señor diciendo: Hijo de hombre, aquí voy a quitarte de golpe al encanto de tus ojos. Él la amaba, sí, pero no te lamentarás, ni llorarás, ni correrán tus lágrimas. Gime en silencio, no hagas duelo por los muertos; átate el turbante, ponte calzado en los pies, y no te cubras los bigotes ni comas pan de duelo. Y hablé al pueblo por la mañana, y por la tarde murió mi mujer. Y a la mañana siguiente hice como me fue mandado, y el pueblo me dijo: ¿No nos declararás lo que significan para nosotros estas cosas que estás haciendo? Entonces le respondí: La palabra del Señor vino a mí diciendo: Habla a la casa de Israel; así dice el Señor Dios: He aquí voy a profanar mi santuario, el templo de Jerusalén, orgullo de vuestra fuerza, encanto de vuestros ojos y deleite de vuestra alma; y vuestros hijos y vuestras hijas a quienes habéis dejado detrás, caerán a espada. Haréis como yo he hecho: no cubriréis vuestros bigotes ni comeréis pan de duelo."

Ese que él está en Babilonia, al pueblo ya se ha ido a Babilonia; el reino del sur se ha ido a Babilonia, al exilio. Dios le hace una aparición, le habla, le dice que su esposa va a morir y que no la puede llorar, y que con eso él estaba tipificando el hecho de que vendrían días después, días futuros, múltiples años, cientos de años después, cuando Dios iba a destruir no solamente la ciudad, sino el templo de Jerusalén, el encanto de los ojos del pueblo judío, de la misma manera que la mujer de Ezequiel era el encanto de sus ojos. Y que eso el pueblo le iba a traer sobre sí mismo como consecuencia de sus iniquidades, y que por tanto no valía la pena llorar por tal juicio.

En las presentes circunstancias no podemos llorar con los que lloran, como ya dijimos. La Biblia comienza con una boda, termina con una boda; no podemos celebrar bodas. Dios nos manda a tener comunión unos con otros, como vemos en Hechos 2 y en Hechos 4; nosotros no podemos hacerlo, no debemos hacerlo, sería inapropiado hacerlo. Y menciono todo esto simplemente porque para mí eso es lo más cercano que yo puedo pensar a una disciplina de Dios para su Iglesia. La Iglesia no está de vacaciones, no está en un retiro; ciertamente la Iglesia no son los templos, los edificios, somos nosotros, pero a la luz de la Palabra, nosotros no estamos siendo Iglesia. Y es que eso es lo que está haciendo la Iglesia, o debería hacer. Un mensaje no es ser Iglesia, obviamente; el mensaje está saliendo porque la Palabra de Dios nunca ha sido encadenada y no lo va a ser en esta ocasión. Nosotros no podemos saludarnos con un beso santo, como Pablo llama a los corintios a hacer en 1 Corintios 16:20, 2 Corintios 13:12, y 1 Tesalonicenses 5:26.

No podemos hacer nada de aquellas cosas a las cuales fuimos instruidos, y hay razones para no poderlo hacer. Si Dios está en control de todo lo que ocurre en su universo, es Dios quien ha sometido a su propia Iglesia a las condiciones actuales. En mi texto, en un momento dado de la exposición, será Jeremías 3, versículos 12 al 15, pero como mencioné, yo voy a tener que hacer uso de gran parte del capítulo 3 para que puedas entender de qué es que se está hablando. La idea es poder hablar de la necesidad que el pueblo de Dios tiene de entender que necesita enmendar sus caminos antes de que sea muy tarde, de manera que no tengamos que decir, como se dice en inglés, "too little, too late": muy poco, muy tarde.

A veces lo que Dios ve es un arrepentimiento parcial, que le permita al pueblo seguir su estilo de vida algo modificado pero no radicalmente cambiado, y al mismo tiempo poder tener las bendiciones de Dios. Yo no puedo dejar de mencionar, de compartir contigo mi carga por el pueblo de Dios en las circunstancias actuales, y principalmente por el liderazgo del pueblo de Dios, porque como va la cabeza siempre irá el resto del cuerpo. La condición del pueblo de Dios en el día de hoy, tal como la vemos, es muy similar a la condición del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento.

Para situarnos en el contexto del texto de Jeremías 3, yo necesito hacer un poco de historia. David fue coronado como rey; David gobernó 40 años y murió. Subió a la corona su hijo Salomón, quien gobernó 40 años y murió. A la muerte de Salomón el reino se dividió en dos: un reino del norte, formado por diez tribus, conocido como Israel o Efraín, que era el nombre de la tribu más grande, y el reino del sur, constituido por dos tribus y llamado Judá, por ser también la tribu mayor de las dos. Recuerda eso: el reino del norte, diez tribus; el reino del sur, dos tribus; el norte es Israel, Judá es el reino del sur.

Dios le advirtió a Judá en el sur que prestara atención a lo que había pasado a su hermana en el norte, porque de lo contrario aquello que había ocurrido a su hermana sería la misma suerte que ellos tendrían. Su hermana fue enviada al exilio; el Imperio Asirio se los llevó cautivos, en una gran parte como esclavos. Judá no hizo caso, y Judá fue enviada al exilio aproximadamente 150 años después, a Babilonia, precisamente porque no prestó atención a la advertencia del Señor y copió la misma idolatría y la misma inmoralidad sexual de su hermana. ¿Cuál fue el pecado principal de ambos reinos? La idolatría y la inmoralidad sexual. Dios llamó a la idolatría de los judíos adulterio, ya que Él era su esposo. Recordemos eso para que podamos entender más adelante el texto.

El Señor comparó la idolatría de Israel con el acto sexual de una prostituta, de manera chocante en ocasiones, sobre todo en el lenguaje original. Escucha lo que Ezequiel dice en 16:25. Ezequiel ya está en el exilio, ya ha caído el reino, se ha ido al exilio, pero Dios le está hablando todavía para que se entienda por qué está en el exilio y qué fue lo que Judá hizo antes de que fuera enviada allá. Escucha lo que él dice en 16:25: "No hubo esquina donde no te exhibieras para prostituirte." Escucha estas palabras chocantes: "Te abriste de piernas a cualquiera que pasaba y fornicaste sin cesar."

Con eso Dios estaba haciendo referencia a los ídolos y a los actos de adoración que Israel sostuvo y mantuvo. Debajo de cada árbol frondoso había un altar. A cada acto de adoración Dios llamó fornicación. Con lo único que Dios pudo comparar la idolatría del pueblo hebreo fue con la fornicación y el adulterio.

Escucha lo que Dios dice en Jeremías 3. Es el capítulo nuestro, pero voy a llegar hasta el versículo 12; tengo que llegar ahí primero. Fíjate bien en Jeremías 3:2, primera parte, de la Nueva Versión Internacional: "¿Dónde no te has acostado con alguien?" Dios le dice a Israel: "Fíjate, mira las colinas, los lugares altos, ¿dónde no has fabricado un altar?" Presiono ese lenguaje que la versión dice: "Dónde no se han acostado contigo." Phil Ryken, en su comentario sobre este libro, dice que la palabra traducida "acostado contigo" implica violencia sexual, y es como si Dios dijera: "¿A dónde es que no te han violado?"

Y él agrega: Israel quería pasarla bien. En inglés, Ryken señala que Israel pensaba: "Bueno, estamos teniendo estas orgías en ocasiones, con mujeres de otros pueblos, en medio de nuestra adoración pagana; estamos teniendo un buen tiempo de entretenimiento." Y Dios dice: "Lo que tú llamas un buen tiempo no es más que una violación de mi esposa. Me están violando a mi esposa Israel; tus ídolos lo están haciendo." Así ve Dios nuestras idolatrías, porque al final somos nosotros los que sufrimos las consecuencias de nuestros "buenos tiempos", que no son buenos. Traen enormes y largas consecuencias sobre su pueblo.

Dios dice: "Te han violado." Los dioses ajenos, dice Phil Ryken, siempre son abusivos. No hay dioses ajenos como tal, pero aquellas cosas que nosotros abrazamos como ídolos son esos dioses ajenos, y esos ídolos abusan de nosotros sin ni siquiera existir. Nos causan daño, nos traen consecuencias, nos alejan de Dios, nos roban el gozo, nos roban la esperanza, nos roban la pasión por la Palabra de Dios, por las cosas de Dios, aun por el reino futuro, y todo se convierte otra vez en el aquí y el ahora. Dios dice: "Lo que tú llamas buen tiempo, yo lo llamo violación sexual; tus ídolos te violan y te dejan sangrando del alma."

Este es el contexto, este es el trasfondo del texto al que nosotros vamos a llegar. Escucha lo que Dios dice ahora en el mismo versículo 2, donde yo leí la primera parte; te voy a leer la segunda parte: "Te sientas junto al camino como una prostituta en espera de un cliente." Dios no pudo usar un lenguaje más gráfico para describir lo que es la idolatría ante sus ojos. De la Nueva Traducción Viviente: "Te sientas sola como un nómada en el desierto; contaminaste la tierra con tu prostitución y tu perversidad."

La idolatría para Dios tiene el mismo peso que la fornicación y el adulterio. Y eso es como luce la iglesia cuando coquetea con el mundo. Eso es como luce el creyente cuando habla en nombre de Dios pero vive el estilo de vida del mundo: como una prostituta que espera en la calle a su próximo cliente. ¿Y qué significa "mi próximo cliente"? Mi próximo cliente es una nueva forma que el hombre imagina de pecar, con la intencionalidad en cada nuevo diseño de no ser descubierto, como si lo que importara es que el hombre me descubriera y no que Dios lo conociera. Esta nueva forma de pecar es tu nuevo cliente, en el lenguaje figurado que venimos usando.

Continúa el versículo 4: "¿No acabas de llamarme padre mío? Tú eres el amigo de mi juventud." Y tú estás pensando: "Me llama padre mío, me llama amigo de mi juventud; ¿acaso guardará rencor para siempre? ¿Mi padre, mi amigo de la juventud, estará indignado hasta el fin?" Escucha lo que Dios dice: "Así has hablado, pero has hecho lo malo y has hecho tu voluntad." ¿Qué es lo que Dios está diciendo? Tú hablas de una manera, tú actúas de otra manera. Cuando hablas me llamas padre; cuando hablas me llamas el amigo de tu juventud. Pero cuando vas a vivir, vives de otra forma. Tú dices que yo soy un buen padre, eso es lo que cantas, pero luego salimos y hacemos nuestra voluntad de día y de noche.

Continúa el capítulo 3, versículos 6 al 10, un poco más largo. Durante el reinado de Josías, Dios trajo un avivamiento. "El Señor me dijo: '¿Te has dado cuenta de lo que ha hecho la caprichosa Israel?'" Es el reino del norte. "Como una esposa que comete adulterio, Israel ha rendido culto a otros dioses en cada colina y debajo de todo árbol frondoso. Yo pensaba que después de haber hecho todo esto regresaría a mí, dice Dios, pero no lo hizo. Y su desleal hermana Judá lo observó." Es el reino del sur. "Vio que me divorcié de la infiel Israel debido a su adulterio; Dios le envió al exilio, le dio certificado de divorcio. Pero Judá, esa hermana traicionera, no tuvo temor, y ahora ella también me ha dejado y se ha entregado a la prostitución."

Israel en el norte, las diez tribus, me dejó y se entregó a la prostitución de sus ídolos. Judá hizo exactamente lo mismo, y la historia de su hermana no les sirvió de advertencia. Israel llegó a pensar: "¿Cuál es la gran cosa? Esto es común, esto es normal." No le pareció nada fuera de lo común cometer adulterio al rendir culto a ídolos de madera y de piedra. Así que ahora la tierra se ha corrompido. "Sin embargo, a pesar de todo esto, su infiel hermana Judá, el reino del sur, nunca ha vuelto a mí de corazón; sólo fingió estar arrepentida. Yo, el Señor, he hablado."

Judá, el reino del sur, vio al reino del norte cometer todo tipo de abominación e idolatría, y vio también el juicio que Dios trajo sobre ellos y los envió al exilio. En vez de servirle de escarmiento, hizo exactamente lo mismo. Y luego dice que el reino del sur no volvió su corazón de verdad, que simplemente lo fingió. Fingió haberse arrepentido, lo dijo pero no lo hizo; su arrepentimiento fue solo de palabras, pero nunca de hecho.

Y eso es como el cristiano que peca, que va donde Dios, le pide perdón y dice que se arrepiente, y al otro día, a los dos días, a la semana siguiente, está haciendo exactamente la misma cosa. Habla de una manera, vive de otra manera. Y en el Nuevo Testamento se nos dice que hay dos formas de arrepentimiento. Yo tengo que estar consciente de esas dos formas, porque es posible que yo y tú hayamos practicado una de ellas en ocasiones, y la otra en otras ocasiones, o quizás la mayoría de las veces una de un tipo y no del otro.

El apóstol Pablo dice que hay una forma de arrepentirse que es real y una falsa; que hay una forma de arrepentirse que es conforme a Dios y una forma de arrepentirse que es conforme al mundo. Y eso aparece en la Segunda Carta a los Corintios, capítulo 7, versículos 8 al 11, leyendo de la Nueva Traducción Viviente: "No lamento haberles enviado esta carta tan severa." Pablo los confrontó, les envió una carta severa, les mostró su pecado. Y él siguió: "No lo lamento. Aunque al principio sí me pesó, porque sé que les causó dolor durante un tiempo." Ese es uno de los problemas de las voces proféticas: cuando traes la confrontación, causa un dolor, y ese dolor a ti te duele y tú lo lamentas. Pero luego recapacitas, como Pablo lo hace, y dice: "Ahora me alegro de haberla enviado, no porque los haya lastimado, sino porque el dolor hizo que se arrepintieran y cambiaran su conducta."

"La clase de tristeza que Dios quiere que su pueblo tenga, de modo que no les hicimos daño de ninguna manera: la clase de tristeza que Dios desea que suframos nos aleja del pecado y trae como resultado salvación. No hay que lamentarse por esa clase de tristeza. Pero aquí viene la segunda forma de arrepentimiento: la tristeza del mundo, a la cual le falta arrepentimiento, resulta en muerte espiritual." "¡Tan solo mira lo que produjo en ustedes esta tristeza que proviene de Dios! ¡Qué fervor, qué ansiedad por limpiar su nombre, qué indignación, qué preocupación, qué deseo de verme, qué celo y qué disposición para castigar lo malo! Ustedes demostraron haber hecho todo lo necesario para corregir la situación."

Eso es exactamente lo que la iglesia necesita hacer: todo lo necesario para corregir sus diferentes situaciones. De manera que la iglesia tiene que pasar por un período como de lamento, de luto, en gran forma. Quizás no lo diseñamos así tan a propósito, pero en gran forma el ambiente, el ánimo de la reunión, un tanto a oscuras, representa por lo menos parte de la tristeza que mi corazón siente por el estado en que la iglesia de hoy se encuentra.

Tanto el reino del norte, Israel, como el reino del sur, llamado Judá, se apartaron de Dios y abandonaron la fuente de agua viva, y cavaron cisternas agrietadas que no retienen agua. Una vez más, voy a citar a Philip Ryken, porque para mí es el mejor comentario, en términos académicos y pastorales, que yo he podido leer acerca de este profeta. Él dice lo siguiente: que cuando Israel abandonó la fuente de agua viva y fue a beber de cisternas que no retienen agua, fue como abandonar las aguas frescas de un manantial e ir a beber de una cloaca. El reino del sur nunca aprendió la lección al ver el exilio del reino del norte.

En el versículo 8 de Jeremías, Dios le dice, le dio certificado de divorcio. La iglesia de hoy es el pueblo de Dios, es conocida como la novia de Cristo, pero esa novia tiene muchos amantes. Nosotros no fabricamos los ídolos de oro y de madera y no nos vamos debajo de un árbol frondoso a construir un altar para colocarlo allí, porque somos mucho más sofisticados que eso. Pero nosotros construimos nuestros propios ídolos y tenemos nuestros propios altares: ídolos de orgullo, de nombre, de posición, de dinero, de diversión o entretenimiento, de inmoralidad sexual. Llevamos esos ídolos y los colocamos en el altar del corazón.

Mientras vivimos de esa manera, esto es lo triste, condenamos al mundo por hacer la misma cosa que nosotros hacemos. Condenamos al mundo por hacer la misma cosa que nosotros practicamos. Uno de los mayores problemas que Pablo tenía con el judío era justamente lo que yo acabo de decir. En Romanos 2, uno escucha lo que dice: "Por lo cual no tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas, pues al juzgar a otro, a ti mismo te condenas, porque tú que juzgas practicas las mismas cosas." Este es el lenguaje del Nuevo Testamento.

Si Jeremías viviera en un tiempo como este, yo estoy seguro de que lo primero que él haría es brindarle un espejo a la iglesia y pedirle que, antes de mirar al mundo, viera el espejo y cómo ella luce en el día de hoy. Es por ahí donde Jeremías comenzaría. Es por ahí donde Pedro comienza. Escucha: primera carta de Pedro, porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios, que comience. Es tiempo ya de que cierto juicio comience, pero no por la sociedad que está de fuera, sino por la casa de Dios. Y si comienza por nosotros primero, ¿cuál será el fin de los que no obedecen al Evangelio de Dios?

Tú sabes que las edificaciones de las iglesias han sido cerradas por buen motivo en nuestros días, pero esos no son los únicos templos que han sido cerrados. Dios ha cerrado múltiples otros templos. Los templos de adoración al cuerpo, que muchos llaman gimnasios, han sido cerrados. Yo sé que muchos van ahí por razones de salud, pero sabemos que múltiples otros van por otras razones. Me contaba una terapista que conozco que aquellos hombres que van y se ejercitan y que han logrado desarrollar sus músculos abdominales hasta que se les forman cuadritos, cuando están sudados, usan la camiseta y se la levantan hasta el rostro para secarse, con la intencionalidad de exhibir lo que han desarrollado con el ejercicio.

Los templos dedicados al entretenimiento y a la comida han sido cerrados. Los templos dedicados al hambre y al gozo han sido cerrados. Los templos usados por mucha gente, no todo el mundo, por mucha gente que tienen nombres de salones de belleza, han sido cerrados. Los templos llamados casinos, donde se adora al ídolo número uno de la humanidad, han sido cerrados. Y el ídolo número uno del mundo, llamado dinero, como acabo de decir, ha sufrido un duro golpe: hoy tiene valor y es posible que mañana se caiga.

Ese es el trasfondo de Israel antes de que Jeremías pronuncie las palabras con las que vamos a lidiar de aquí en adelante. Pero quería ubicar a la iglesia en su contexto y para que podamos ver que esto no es simplemente algo que tiene que ver con el pasado; esto es algo que tiene mucho que ver con el presente que tú y yo estamos viviendo.

Escucha ahora entonces mi texto. El título de mi mensaje es: "Volveos a mí". El versículo 12 al 15 de Jeremías 3 dice lo siguiente: "Ve y proclama estas palabras al norte y di: Regresa, infiel Israel, declara el Señor. No te miraré con ira, porque soy misericordioso, declara el Señor. No guardaré rencor para siempre. Solo reconoce tu iniquidad, pues contra el Señor tu Dios te has rebelado, has repartido tus favores a los extraños bajo todo árbol frondoso y no has obedecido mi voz, declara el Señor. Volved, hijos infieles, declara el Señor, porque yo soy vuestro dueño, y os tomaré uno de cada ciudad y dos de cada familia, y os llevaré a Sión. Entonces daré pastores según mi corazón que os apacienten con conocimiento y con inteligencia."

Se le llama a Jeremías que profetice al reino del norte, y algunos han pensado que él fue enviado a las diez tribus que se habían ido a Asiria y que allá pudiera ir, persuadirlos y traer algunos de regreso hasta Jerusalén. De hecho, el Talmud judío así es como lo piensa, como lo tiene. Pero muchos otros piensan que quizás Jeremías fue simplemente enviado al norte del territorio de Israel, donde estaban las diez tribus, porque había quedado gente judía cuando otros se fueron al exilio, y que Dios estaba llamando a ese remanente que estaba ahí todavía a que regresara a Dios y pudiera entonces juntarse con Judá y formar un solo pueblo.

Entonces, en el texto que yo leí hay cuatro observaciones que yo quisiera hacerte en el resto del tiempo que tenemos. Número uno: nosotros encontramos un llamado a regresar a Dios, o un llamado al arrepentimiento. Número dos: nosotros vemos el carácter misericordioso de Dios como la base para llamar al pueblo al arrepentimiento, no la justicia, sino el carácter misericordioso de Dios. Número tres: Jeremías describe la condición para el perdón de pecados. Y número cuatro: la promesa para un pueblo que así se arrepiente.

Obviamente vamos a comenzar por el primer punto de enseñanza, que es el llamado al arrepentimiento, o el llamado a regresar, a regresar, oh Israel. "Ve y proclama estas palabras al norte y di: Regresa, infiel Israel, declara el Señor." Jeremías lloraba por la condición espiritual del pueblo. Esa era uno de los problemas de los profetas: que al profeta le dolía profundamente la condición del pueblo, y aunque su confrontación sonara severa, su corazón estaba partido en dos. Jeremías es conocido como el profeta llorón.

El pueblo se había apartado mucho, mucho, mucho y no se había percatado de lo mucho que se había apartado. Y Dios usa al profeta Jeremías para llamar a su pueblo a regresar. La palabra "regresar", en sus diferentes formas, en este capítulo 3 aparece dieciocho veces. ¡Dieciocho veces! Y en el libro de Jeremías aparece no menos de noventa veces. Eso nos deja ver dos cosas: lo insensible que fue el pueblo a la voz de Dios, que Dios tiene que usar un profeta, un libro entero de un profeta, y repetir la idea de regresar noventa veces. Pero también nos deja ver la insistencia de ese Dios fiel que continúa persiguiendo a su amada infiel con la intención de hacerla regresar a su presencia.

De manera que esto es bueno que lo recordemos. "Regresa" es una forma de llamar al pueblo al arrepentimiento, y la palabra "regresa" aparece en el versículo 12, en el versículo 14, en el versículo 22, y otras formas aparecen en otros versículos de este mismo capítulo. El arrepentirse en el libro de Jeremías implica dos cosas: número uno, tú dejas atrás tus ídolos anteriores, y número dos, tú te mueves en dirección y cercanía de Jehová. No es uno solo. No es que tú vas a permanecer con tus ídolos y te los vas a llevar para acercarte a Jehová, de manera que tú puedas tener lo mejor de los dos mundos. No, eso no es arrepentimiento y regresar a Dios.

Regresar a Dios implica que tú te vuelves a Dios para alinearte con sus prioridades. Dejamos nuestros ídolos. Dejamos nuestras formas pecaminosas de vivir, nuestros estilos de vida pecaminosa. Pero lamentablemente el creyente, frecuentemente en el Antiguo Testamento, en el Nuevo Testamento y en la historia presente, frecuentemente quisiera muchas veces poder acercarse a ese Dios, tener sus bendiciones, pero al mismo tiempo guardar unos ciertos amoríos con sus ídolos. Es como el esposo que quiere tener una esposa y una amante, o como la esposa que quiere tener a su esposo y un amante.

Dios dice: conmigo no se puede jugar. Mira lo que le hice a mi pueblo. Tienes que regresar, y tiene que ser un regreso incondicional, alinearte conmigo. ¿Y qué implica alinearme con Dios? Implica ser de una misma mente con Él. Implica amar lo que Él ama. Implica odiar lo que Él odia. Implica medir todo en este mundo por el estándar de la Palabra. Implica que yo estoy de acuerdo todo el tiempo con el veredicto de Dios: lo que Dios llama malo, es malo; lo que llama bueno, es bueno; lo que llama profano, no importa cuán simplista sea, es profano; lo que Él llama sagrado, es sagrado, no importa si yo lo entiendo o no. Esa es la idea de J. C. Ryle en su libro sobre santificación.

Dios dice "regresa" en Jeremías; en el Nuevo Testamento, Dios dice "arrepiéntete": la misma cosa. Volveros, regresar, lo estamos tratando como la misma cosa. Y entonces esto es lo que Juan Calvino dice: "El arrepentimiento es un volver a Dios que resulta de un corazón que le teme, no a su justicia, sino que le ama y le reverencia, que consiste en la mortificación de la carne y del viejo hombre y en la vivificación del espíritu."

Entonces, el primer punto de enseñanza de estos versículos que leímos, del dos en adelante, es el llamado de Dios, persistente y continuo, a regresar a una esposa infiel que se resiste a la voz de su amante, a regresar a su compañía de manera exclusiva.

Número dos: Dios hace ese llamado al arrepentimiento en base a su carácter benevolente. La segunda parte del versículo 12 contiene la base para el llamado a regresar: su carácter benevolente. "No te miraré con ira." Imagínate a este esposo contra quien la esposa ha sido adúltera múltiples veces, y que le está haciendo un llamado, y finalmente le dice: "¿Sabes qué? Si regresas, no te voy a ver con ira, porque yo soy misericordioso. Yo disfruto más traerte por misericordia y darte misericordia que castigarte en juicio, declara el Señor. No guardaré rencor para siempre." La palabra "misericordioso" es *hesed* en el original.

Es como si Dios estuviera diciendo esto: la base del llamado al arrepentimiento es su carácter bondadoso. Es como si Dios estuviera diciendo: "Como soy, como yo perdono, ven y arrepiéntete. Como yo perdono, ven, arrepiéntete. Como mi gracia es mayor que cualquiera de tus pecados, ven y sé sincero y humíllate." ¿Por qué? Porque mi gracia es mayor que cualquier cosa que me puedas contar. Es como si Dios estuviera diciendo: "Como soy fiel, a pesar de tu infidelidad, ven y confiesa tu infidelidad. Porque cuando la confiesas, tú no me vas a hacer a mí infiel. Yo soy fiel a pesar de tu infidelidad. Ven, yo te invito."

Tú puedes ver entonces en nuestro Dios algo tan extraordinario: que después de casarse con su pueblo, después de observar su prostitución, los llama en base a la misericordia. Eso es exactamente lo que el libro de Oseas muestra con Gomer, la prostituta con quien él se casa. Ella vuelve y se prostituye, y él va al mercado y vuelve, la compra y la trae, ilustrando cómo Dios hizo con su pueblo.

Número 3, este es el punto de enseñanza: hay una condición para el perdón de Dios que está en el texto, en el próximo versículo, versículo 13: "Solo reconoce tu iniquidad." Hoy hay gracia. Tus pecados son muchos; yo pudiera tener múltiples requisitos para perdonarte, porque tú has hecho atrocidades. Debajo de cada árbol frondoso abriste tus piernas a cada transeúnte, esperabas como un nómada en el desierto que espera a su próximo cliente. Yo pudiera exigirte grandes cosas; sin embargo, yo te he reducido la condición para mi perdón a una sola cosa: reconoce tu iniquidad, pues contra el Señor, tu Dios, te has rebelado.

Reconoce que has sido rebelde, reconoce que has sido inicuo. "Has repartido tus favores a los extraños bajo todo árbol frondoso" es un lenguaje para referirse a los ídolos y a los altares debajo de cada árbol frondoso, pero Dios usa un lenguaje que hace alusión a la prostituta que distribuye sus encantos, que ofrece sus encantos a cada uno de sus clientes. Esto es lo que Dios dice: "Has repartido tus favores o encantos a los extraños bajo todo árbol frondoso, y no has obedecido mi voz, declara el Señor."

El verdadero arrepentimiento requiere de un verdadero reconocimiento: admite tu iniquidad, reconoce tu pecado. El verdadero arrepentimiento reconoce nuestra conducta pecaminosa y reconoce algo más: que nadie más es responsable de mi pecado sino yo. Santiago 1 lo dice perfectamente. Eso habla de que cuando yo estoy verdaderamente en el camino del verdadero arrepentimiento, nadie más es responsable de mi conducta pecaminosa ni de mis sentimientos pecaminosos que nosotros mismos.

Cuando admitimos nuestra iniquidad —Dios nos está llamando: "Ven y reconoce tu iniquidad"—, ¿qué es lo que ocurre? Nosotros dejamos de justificar nuestro pecado. Nosotros dejamos de ocultar nuestro pecado, porque entendemos que de quien yo necesitaría ocultarlo es de Dios, y no puedo ocultarlo de Él; ¿para qué ocultarlo de los hombres? Nosotros dejamos de minimizar nuestro pecado, dejamos de negarlo cuando somos confrontados, y dejamos de culpar a otros como la causa de mi situación.

Cuando esas cosas no están, esa ausencia milita en contra de mi verdadero arrepentimiento. Y Dios está llamando al pueblo de Israel, está llamando a la iglesia en el día de hoy: que verdaderamente regrese, pero que regrese bien, que regrese como debe regresar, con admisión de culpa completa y absoluta, con transparencia, pues Él lo conoce todo. Él está dispuesto a darte misericordia, pero no con un reconocimiento parcial.

Cuando mi reconocimiento es parcial, o cuando mi arrepentimiento es parcial, frecuentemente lo que hacemos es calcular del 1 al 10 mi pecado: "Si yo confieso hasta el 5, yo creo que probablemente pueda quedar bien parado frente a los hombres, limpiar mi figura, confesar algo, y ya estoy bien." Y Dios dice: "No, me falta del 5 al 10." Hemos oído aquí confesiones profundas que nos chocan a veces por lo abiertas que han sido. Cada vez que yo escucho cosas así, yo me digo: hay un hombre, una mujer o un joven —porque a veces han sido jóvenes— que están teniendo un arrepentimiento verdadero.

La palabra arrepentimiento en el hebreo tiene varios vocablos distintos, pero uno de ellos implica devolverse en U. Pudiera implicar la misma palabra que estaba con Dios, me devolví en U y aposté; pudiera significar eso también. Pero en el contexto de Jeremías, es que deje los siglos, que deje el camino por donde iba transitando y me devuelva en U, en sentido contrario, para encontrarme con Dios. Es la palabra metanoia en el griego del Nuevo Testamento, que implica un cambio de mente, un cambio interno que entonces induce un cambio externo. Porque si cambio de mente, cambio de forma de pensar; si cambio de forma de pensar, cambio de forma de vivir. De manera que el cambio de mente se traduce en un cambio en mi estilo de vida, en mis hábitos pecaminosos, y un cambio de comportamiento.

Pero hay otra palabra en el hebreo que está relacionada al arrepentimiento, y es una palabra que implica dolor. Me duele, no las consecuencias que estoy viviendo por mi pecado —eso pudiera dolerme—, pero lo primero que me duele es que yo le haya hecho esto a Aquel que fue a la cruz y derramó sangre por mi pecado, que me limpió de los mismos pecados. Me pesa, me duele, con un sentido de dolor tal que no quisiera volver a hacer las mismas cosas.

Los teólogos de la Edad Media nos ayudaron un poco a entender esto mejor. Ellos desarrollaron dos ideas respecto al arrepentimiento: el arrepentimiento por atrición y el arrepentimiento por contrición. El arrepentimiento por atrición está motivado más bien por miedo a las consecuencias. Realmente no me duele tanto haber ofendido a Dios; realmente, si las consecuencias no me fueran a llegar, yo prolongaría mi práctica de pecado, porque en realidad es a las consecuencias a las que les tengo temor. Eso es un arrepentimiento por atrición; probablemente no dejaríamos de pecar siquiera.

El arrepentimiento por atrición, decían estos teólogos, nos lleva a calcular hasta dónde yo debo confesar, sin tener que llegar a confesarlo todo, para preservar la imagen, el buen nombre, calmar la conciencia y decir "ya yo confesé." Ese arrepentimiento no busca reparar el daño causado al otro, sino evitar las consecuencias. Y por eso siempre queremos saber cuál es el mínimo que yo tengo que hacer para evitarme las consecuencias.

Pero los teólogos de la Edad Media nos ayudaron a entender que hay otro tipo de arrepentimiento, que es por contrición, que me causa un pesar y dolor por haber ofendido al esposo Dios, al esposo de la iglesia, Cristo. Entonces el creyente que está sintiendo ese arrepentimiento comienza a pensar de qué manera puede actuar: número uno, para complacer a Dios; número dos, ¿qué es lo que yo tengo que hacer para jamás, jamás volver a estar lejos de Él?; número tres, ¿qué es lo que se requiere para yo no volver a andar por el mismo camino? Me voy a devolver en U hacia Dios, pero ¿qué es lo que yo necesito hacer para que, después que me regresé a Dios, no me devuelva otra vez al lugar y a las prácticas anteriores?

Si la motivación realmente es la gloria de Dios, entonces habrá en nosotros una disposición de querer regresar a ese Dios y de arrepentirnos de cada pecado del cual yo esté consciente. En la madrugada, esta mañana lloraba y volvía a arrepentirme, y trataba de hacer conciencia de mis pecados, de manera que yo pudiera poner en práctica esto que hoy estoy predicando. Eso nos da una idea de cuál de esos dos arrepentimientos es más grato al Señor.

La persona verdaderamente arrepentida está pensando continuamente en formas, en barreras, en límites que le impidan volver a regresar de donde cayó. Cuando después de pecar seguimos flirteando con el mundo y andando por el mismo camino, primero estamos mostrando que el arrepentimiento no fue genuino, y número dos estamos mostrando que realmente el dolor por haber transgredido la ley de Dios, el corazón de Dios, mi pacto con Dios, no fue tal.

Finalmente, hay una promesa para el pueblo arrepentido en el texto que yo leí. Escucha: versículo 14, "Volved, hijos infieles"; versículo 12, "Volved"; versículo 14, "Volved"; versículo 22, "Volved." "Volved, hijos infieles, declara el Señor, porque yo soy vuestro dueño." ¿Cuál está la promesa? "Yo tomaré uno de cada ciudad y dos de cada familia, y los llevaré a Sión. Y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con conocimiento y con inteligencia."

Jeremías insiste en la necesidad de que los hijos de Dios se vuelvan a Él: volver, versículo 12; volver, versículo 14; volver, versículo 22. A lo largo de la narración de los profetas en el Antiguo Testamento, hay dos características que sobresalen en relación a la relación —valga la redundancia— de Dios con su pueblo: el pueblo es frecuentemente descrito como la esposa infiel, y Dios es descrito como el esposo fiel. En el versículo 14, son llamados "hijos infieles", y luego Él dice: "Volved a mí, porque yo soy vuestro dueño. Yo os compré, yo os encontré cuando no valíais nada."

Afortunadamente, la infidelidad de Israel no hizo que Dios se volviera infiel. Ellos se olvidaron de Él como esposo, se olvidaron de Él como padre; y sin embargo, Dios nunca se olvidó de ellos como hijos. Es como Pablo le dice a Timoteo en su segunda carta cuando le dice: "Si nosotros somos infieles, Él permanece fiel." Yo no puedo, dice Dios, hacer una promesa y no llevar a cabo mi promesa; yo no me puedo negar a mí mismo.

Eso es como Pablo lo dice: si nosotros somos infieles, Él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo, no puede echarse para atrás en sus promesas.

Del versículo 15 está al final del capítulo, que no voy a cubrir todo eso, obviamente. El lenguaje de juicio del profeta Jeremías da la vuelta y se convierte en un lenguaje de promesa, en base a un llamado que Dios le está haciendo al pueblo a regresar. Eso es algo que está todavía por verse, que pertenece al reino milenial, para aquellos de nosotros que creemos que habrá un milenio donde Dios unirá gente del reino del norte, el reino del sur, e incluso con gentiles.

Escucha cómo Dios lo dice, al final del versículo 14 y comienzo del 15: "Os tomaré uno de cada ciudad y de cada familia, y os llevaré a Sión." ¿Quiénes son esos? El pueblo de Israel, es remanente, que es Sión, Jerusalén. "Entonces os daré pastores según mi corazón." Eso no ha llegado. "Que os apacienten con conocimiento y con inteligencia."

Dios procura traer a Israel, hacerla multiplicar, hacerla crecer, y va a llegar el momento, incluso en el reino milenial, donde Él estará en medio de ellos, junto con lo que es el pueblo gentil, que constituye ahora todo un solo pueblo. Y de repente, ahora el texto nos va a decir que aquel famoso símbolo que yo reverenciaba en tanto, la Arca del Pacto, ellos no se van a acordar de la Arca del Pacto, porque la Arca del Pacto no era más que un símbolo de la presencia de Dios. Pero en ese nuevo reino, Él será con ellos en su presencia plena.

Escucha entonces cómo Él le dice esto a ellos en el versículo 16: "Sucederá que en aquellos días, cuando os multipliquéis y crezcáis en la tierra, declara el Señor, no se dirá más: Arca del Pacto del Señor. No les vendrá a la mente, ni la recordarán, ni la echarán de menos, ni será hecha de nuevo." ¿Para qué, si el Señor va a estar entre nosotros? No necesitan más el Arca; tenemos la presencia del Dios que el Arca simbolizaba.

Y los judíos no serán caracterizados como hijos infieles nunca más. Su corazón habrá sido cambiado por un corazón nuevo y serán fieles seguidores y adoradores de Dios. Escucha, para ir cerrando, cómo lo dice el versículo 17 y 18: "En aquel tiempo llamarán a Jerusalén Trono del Señor, y todas las naciones acudirán a ella, a Jerusalén, a causa del nombre del Señor." Es algo glorioso. Y no andarán más tras la terquedad de su malvado corazón. Claro que no; ya Dios les cambió el corazón.

"En aquellos días andará la casa de Judá con la casa de Israel." El reino del norte y el reino del sur, os voy a juntar, y vamos a estar en Jerusalén, en el trono de Dios, como lo llama el texto, y vendrán juntas de la tierra del norte a la tierra que di en heredad a vuestros padres.

A lo largo de toda la revelación bíblica del Antiguo Testamento, Dios se muestra como el Padre fiel, amoroso, misericordioso, amante de sus hijos, preocupado por su bienestar, y como el Dios que toma la iniciativa para que aquellos se arrepientan. Y cuando Dios les hace el llamado al arrepentimiento, ni siquiera los amenaza, sino que les dice, como dice el texto de hoy: "No voy a permanecer airado contra ustedes, mi rencor no estará contra ustedes para siempre. Regresa, pues yo soy un Dios, un Padre, un esposo misericordioso."

Y en el Nuevo Testamento, para nosotros, nosotros somos la iglesia. La figura es un novio y una novia: Cristo es el novio, nosotros la novia. Pero nuevamente, la novia de Cristo ha desarrollado múltiples amantes y ha sido infiel. Y en mi opinión, este es un tiempo donde Dios está llamando a la sociedad, por un lado, a reconocer sus caminos desviados y buscar de Él. Pero antes de hacer eso a la sociedad, se lo está haciendo a su pueblo, porque es su pueblo el portador de las buenas nuevas, el mensajero de salvación y de la luz y de la verdad y de la sal.

Y por eso es que me he sentido llamado en el día de hoy, una vez más, a volvernos de nuestros malos caminos, a enmendar nuestros caminos, a aprovechar este día de ayuno y oración internacional para tener un tiempo especial de arrepentimiento, de introspección, de recogimiento, de manera que cuando la pandemia pase, nos encuentre en un estado espiritual robustecido y no de la misma manera como nos encontró al principio.

Para el ser humano, como ya lo dijo el pastor, el virus, el coronavirus, no es su principal problema. Es el pecado, que no tiene una mortalidad de 1 o 2 por ciento, sino del 100 por ciento, a menos que encontremos la cura en Cristo Jesús, mi Redentor, Sanador y Perdonador.

Iglesia, piensa, reflexiona, ora, humíllate, busca su rostro. Habla a Dios, dile que te muestre, que te enseñe, que al final de este camino, tú y yo hayamos sido santificados por la obra misericordiosa del Espíritu de Dios.

Gracias por participar en este servicio de adoración desde tu hogar, en medio de circunstancias que nos impiden congregarnos todos juntos en un mismo lugar. Ora, vamos, para que pronto podamos volver a hacerlo. Y mientras tanto, recordemos que donde quiera que estemos, seguimos siendo la Iglesia de Jesucristo.

Mantengámonos vigilantes en oración, confiando y esperando en nuestro soberano Dios, quien controla todas las cosas y cuida de su pueblo. Recuerda que, aunque nuestras actividades y ministerios permanecen suspendidos, puedes acceder a nuestros sermones, estudios bíblicos, música, artículos de interés y demás recursos audiovisuales a través de nuestros portales web: lareview.org e integridadysabiduria.org.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.