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Acoso en la selva y la dignidad
Acoso en la selva y la dignidad

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Cultura, sociedad y ética

Acoso en la selva y la dignidad

Enrique Crespo 23 mayo, 2022

Colombia ocupa uno de los primeros lugares en América Latina en persecución de cristianos —el puesto treinta a nivel mundial en 2022, según Puertas Abiertas—. En ese contexto, una joven misionera lleva años sirviendo en territorio indígena, entre presencias armadas ilegales, rumores amenazantes e interrogatorios. Enferma, agotada y con la salud de su madre deteriorándose, decide regresar a casa. No es una deserción; es una retirada estratégica para sanar, recuperarse y volver.

Su historia no es excepcional. Muchos de quienes llevan las buenas nuevas del evangelio en Colombia y en otras regiones del mundo operan en el anonimato, entre paramilitares, guerrilleros, comunidades que rechazan a sus miembros convertidos y carencias de todo tipo. Sangre, sudor y lágrimas en silencio: esa es la marca de su servicio. Y sin embargo, algo en ellos no se quiebra.

La realidad que pocos ven

Cuando la misionera describe su rutina, los términos que emergen son duros: burnout, depresión, fatiga, tristeza acumulada. Durante años, dos hombres en motocicleta pasaban lentamente frente a ella con miradas intimidantes. Las advertencias llegaban por distintos canales. En el mercado, un desconocido la interrogaba; luego se enteraba de que era un líder de grupos ilegales. La presión no era episódica; era constante, sistemática.

A todo esto se suma la dimensión invisible del trabajo misionero: la soledad, el anonimato, los recursos escasos, el desgaste espiritual. Nadie aplaude en los territorios indígenas de Colombia. No hay plataformas ni reconocimiento público. Hay niños que escuchan el evangelio por primera vez, familias que cambian, comunidades que reciben atención médica, Escrituras que se traducen a lenguas originarias. El fruto existe, pero el costo también.

«¿Valió la pena?»

Al conversar con esta sierva de Dios, la pregunta inevitable llega: «¿Valió la pena?». La respuesta transforma el ambiente. Le brillan los ojos, cobra vida, se incorpora en el asiento. Con lágrimas, responde que muchos vinieron a salvación, que niños y familias escucharon el evangelio, que el trabajo fue real y los frutos también. No habla de logros personales; habla de vidas que encontraron a Cristo.

Entonces viene la segunda pregunta, la más profunda: «¿Jesús es digno de esto?». Las lágrimas aumentan. La respuesta no se hace esperar: «¡Claro que Él es digno! Dio su vida por mí. Siendo Dios se hizo igual a mí, pasó necesidades en este mundo, murió crucificado y me adoptó para ser miembro de su familia. ¡Él es digno de usar mi vida como desee, y aún más!».

¡Claro que Él es digno! Dio su vida por mí. Siendo Dios se hizo igual a mí, pasó necesidades en este mundo, murió crucificado y me adoptó para ser miembro de su familia. ¡Él es digno de usar mi vida como desee, y aún más!

No hay argumento teológico más contundente que ese. No es una fórmula aprendida; es la convicción forjada en años de servicio real, de amenazas reales, de dolor real. Y es exactamente la misma respuesta que se escucha de muchos como ella, en distintos rincones del mundo donde el evangelio avanza con dificultad.

Cristo es digno: fundamento de toda entrega

El libro de Apocalipsis lo expresa con precisión: «Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque Tú fuiste inmolado, y con Tu sangre compraste para Dios a gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación. Y los has hecho un reino y sacerdotes para nuestro Dios; y reinarán sobre la tierra» (Ap. 5:9b-10). Ese cántico no es solo liturgia celestial; es la razón de fondo de toda misión cristiana. Cristo compró con su propia sangre a personas de toda etnia y lengua, incluidas las comunidades indígenas de Colombia. Ir hasta allá —y pagar el precio que eso implica— es responder a lo que Él ya hizo primero.

La dignidad de Cristo no demanda heroísmo emocional ni indiferencia al sufrimiento. Esta misionera llora, se agota, necesita recuperarse. Pero debajo del cansancio permanece intacta una certeza: Jesús lo merece todo. Es hora de secarse las lágrimas, comer algo, recuperarse y volver a la batalla. Porque Él es digno.

Enrique Crespo

Enrique Crespo

Enrique Crespo fue llamado a salvación en 1980 y desde entonces ha servido al Señor en la evangelización, enseñanza, consejería y predicación. Es miembro de la IBI desde 2005 y, desde 2015, dirige Misión Antioquía, el ministerio de evangelismo, plantación de iglesias y misiones de la iglesia. Posee estudios en Mercadeo, Derecho, Educación y Teología, incluyendo una Maestría en Estudios Teológicos del Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Aurora Almánzar y tienen tres hijos adultos: Aldo, Iván y Javier.

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