Statamic
A un metro de la boca del infierno
A un metro de la boca del infierno

Foto de Emir Bozkurt en Pexels

Iglesia y ministerio

A un metro de la boca del infierno

Enrique Crespo 21 abril, 2022

Hay lugares en las ciudades latinoamericanas donde la ley la imponen los que trafican con la desesperación ajena. Lugares donde el olor a marihuana sustituye al aire limpio, donde los cuerpos humanos se consumen a la vista de todos y donde la violencia es el idioma de la supervivencia. Son las «ollas» de Bogotá: centros de expendio y consumo de drogas donde confluyen el abandono, el crimen y la miseria más profunda. Visitarlos no es una decisión turística ni periodística. Es una decisión misionera.

Lo que sigue es el relato de una visita a uno de esos lugares, y de lo que ese encuentro enseña sobre el evangelio, sobre el pecado y sobre la gracia que alcanza incluso a quienes creen que ya no tienen salida.

Lo que se ve cuando uno entra

Al salir de la vía principal y adentrarse por una calle lateral, el mundo cambia por completo. Hay indigentes durmiendo en la acera, cerca de las ollas, para poder regresar a ellas en cuanto despierten. Muchos de ellos fueron, en otra vida, comerciantes, profesionales o empresarios. El vicio los despojó de todo. Ahora son, como los describe la escena, «fantasmas», «cadáveres ambulantes»: tatuados, prostitutas, inmigrantes venezolanos, todos consumiendo drogas abiertamente bajo la protección de una zona de tolerancia donde la policía no entra y los jefes del narcotráfico sí gobiernan.

Con el permiso de esos jefes, se puede entrar. La reunión no es en un lugar acordado de antemano; cambian el sitio sin previo aviso. Se termina en algo parecido a un garaje, un callejón profundo dentro de un edificio en ruinas. El olor se intensifica. El baño es nauseabundo. No hay salida fácil si algo sale mal.

No permiten cámaras, pero sí conversación. Y en esa conversación emerge algo inesperado: uno de ellos, quien parece ser el líder, admite haber ejecutado a más de cien personas. Dice que cuando uno obedece y mata al primero, ya cruzó una línea sin posibilidad de regreso. Dice que no puede dormir en las noches. Dice que no visita iglesias porque «las cosas de Dios se respetan». Y dice, con una convicción que paraliza, que está seguro de su propia condenación: ha hecho demasiado mal y no ve salida posible.

La pregunta que lo revela todo

En medio de la conversación surge una pregunta que no esperaba: «¿Es usted pastor? ¿Su iglesia es bonita y grande?». Al recibir una respuesta afirmativa, el hombre concluye con lógica mundana: «Entonces usted no necesita más gente para ser un líder, ya tiene bastantes personas».

La respuesta a esa pregunta es el corazón de todo. El Señor Jesucristo enseñó que el deseo de ser grande, famoso y poderoso es la lógica del mundo, pero en el reino de Dios todo es al revés: el menor es el más grande. No se va a las ollas a ampliar estadísticas de membresía. Se va porque hay almas que necesitan escuchar que existe un camino al cielo incluso para quienes creen que ya lo han perdido todo.

Antes de salir, los anfitriones —si así puede llamárseles— toman ellos primero de lo que ofrecen, para demostrar que no hay veneno ni sustancia extraña. Luego permiten que se ore con ellos. Ambos muestran respeto. Es un momento extraño y solemne a la vez.

La escena trae a la mente las palabras del Salmo 7: «Los malvados conciben el mal; están preñados de dificultades y dan a luz mentiras… Los problemas que provocan a otros se vuelven en su contra; la violencia que maquinan les cae sobre su propia cabeza» (Sal. 7:14, 16). La violencia que ese hombre ha sembrado lo tiene preso. No puede dormir. Vive en el resultado de sus propias decisiones.

Y, sin embargo, hay esperanza. Incluso para él.

Aún sin saber nadar, Jesucristo es digno de que nos lancemos a la corriente rápida del río.

Un puesto de rescate a un metro de la boca del infierno

Las Escrituras afirman que Cristo nos dejó ejemplo para que sigamos sus pisadas (1 P. 2:21). No el ejemplo de la comodidad ni el de la distancia prudente, sino el de quien se acercó a los leprosos, a los endemoniados, a los publicanos, a los que la sociedad religiosa prefería ignorar. Seguir ese ejemplo puede significar entrar en un callejón oscuro dentro de un edificio en ruinas, sin cámaras y sin garantías.

Alguien lo dijo con precisión memorable: vale la pena poner un puesto de rescate a un metro de la boca del infierno. Eso es exactamente lo que algunos siervos de Cristo hacen en Bogotá, y en muchas otras ciudades del continente, sin que ello haga crecer las estadísticas de ningún liderazgo, sin reconocimiento ni plataforma.

Bogotá merece lágrimas. Pero también merece esperanza. Y la esperanza tiene nombre: el evangelio de Jesucristo, que puede abrir los ojos de la fe incluso en los lugares donde la oscuridad parece más densa y definitiva.

Enrique Crespo

Enrique Crespo

Enrique Crespo fue llamado a salvación en 1980 y desde entonces ha servido al Señor en la evangelización, enseñanza, consejería y predicación. Es miembro de la IBI desde 2005 y, desde 2015, dirige Misión Antioquía, el ministerio de evangelismo, plantación de iglesias y misiones de la iglesia. Posee estudios en Mercadeo, Derecho, Educación y Teología, incluyendo una Maestría en Estudios Teológicos del Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Aurora Almánzar y tienen tres hijos adultos: Aldo, Iván y Javier.

Sidebar Banner

UNETE A NOSOTROS

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit

Banner