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Predicando y discipulando en tiempos de COVID-19
Predicando y discipulando en tiempos de COVID-19

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Iglesia y ministerio

Predicando y discipulando en tiempos de COVID-19

Enrique Crespo 16 abril, 2020

El cierre de templos y las restricciones de movilidad que ha experimentado el mundo en tiempos de crisis no representan, en primer lugar, un problema para la iglesia. Son, más bien, una oportunidad que el Señor otorga al cristianismo occidental para volver a lo básico, fundamental y prioritario de la tarea que Jesús, como cabeza de su iglesia, nos encomendó: ver el mundo con sus ojos, servir imitando al Maestro, y cumplir la misión para la cual fuimos enviados, así como el Padre lo envió a él (Mt 28:19-20; Jn 20:21; Mr 1:38).

La Biblia no solo señala esa tarea; también traza un curso de acción. A continuación se presentan, de manera sencilla y práctica, algunas ideas sobre cómo podemos evangelizar y discipular incluso cuando las circunstancias parecen trabajar en nuestra contra.

Ver la necesidad del mundo con ojos de compasión

El primer paso es mirar a la humanidad tal como Jesús la ve. Al recorrer ciudades y aldeas, el Señor contempló a las multitudes y «sintió compasión por ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9:36). No las vio únicamente como enfermas o contaminadas; vio, por encima de sus dolencias, una profunda necesidad espiritual.

Hoy, los sistemas ideológicos que prometían respuestas —el relativismo moral, el consumismo, la religiosidad superficial— han demostrado ser incapaces de ofrecer esperanza ante una crisis que les queda grande. Sus fundamentos resultan endebles frente a la angustia real. La crisis no crea esa necesidad: la revela. Por eso, el primer movimiento del cristiano no es organizativo sino contemplativo: mirar a los semejantes con ojos de piedad, con la misericordia con la que Dios mismo los mira.

Orar con seriedad, formar equipo y predicar con la boca

Ante esa necesidad, la estrategia de Jesús fue, antes que cualquier otra cosa, la oración. Cuando envió obreros a la mies, comenzó por pedir a sus discípulos que oraran (Mt 9:37-38), y él mismo pasó noches enteras en esa práctica (Lc 6:12). La iglesia primitiva lo imitó con perseverancia —el término griego proskarteréo indica adherirse estrechamente, persistir con diligencia, como si estuvieran «pegados» a la oración (Hch 1:14)—. No se trata de oraciones esporádicas o rutinarias, sino de una comunión real y sostenida con Dios.

Después de orar, Jesús actuó con rapidez: llamó a quienes quiso, formó un equipo y les asignó como primera tarea simplemente estar con él (Mr 3:13-14). Lo principal no es la estrategia ni la técnica, sino la relación con Cristo. Esto exige abandonar de una vez el «cristianismo light» que se conforma con escuchar un audio en el auto o leer el versículo que envía una aplicación. No es suficiente. La fortaleza espiritual que los primeros discípulos mostraron, y que hoy exhiben nuestros hermanos que pagan su fe con la vida en países perseguidos, proviene de haber construido sobre la roca (Mt 7:24-27). Paradójicamente, es precisamente donde abunda la persecución donde el cristianismo crece con más vigor; donde abunda la comodidad, tiende a languidecer.

La segunda tarea que Marcos registra en ese mismo pasaje es predicar: kerússo, un término que evoca al pregonero callejero, al heraldo que proclamaba los edictos del rey en voz alta. El Maestro no nos llamó a tener lindas vidas espirituales privadas. Quien tiene comunión genuina con el Señor no puede permanecer callado. «Predicar con la vida» es necesario, pero insuficiente: debemos explicar con palabras la razón por la cual hemos sido transformados y podemos tener paz cuando el mundo se sacude. Esa paz no proviene de un temperamento tranquilo ni de una valentía natural; proviene de una esperanza que supera esta vida temporal. Tenemos vida eterna, lo creemos de verdad, y eso se puede —y se debe— proclamar.

El aislamiento no revoca el mandato. La tecnología ofrece hoy herramientas concretas: reuniones virtuales vía Zoom, Facebook Live u otras plataformas; recursos digitales de ministerios como Cru, Bible Project o Story Runners; materiales de evangelismo como las cartas Perspectivas y Solarium. Son herramientas valiosas, pero siguen siendo solo eso: herramientas. Si el 98% de los cristianos no evangeliza, no es por falta de recursos ni de capacitación. Es, en esencia, porque no amamos a Dios lo suficiente como para que sus prioridades sean las nuestras. Sin ese amor, no podremos cumplir sus mandamientos (Jn 14:15), y él nos ha mandado hacer discípulos.

El evangelio es valioso, y la forma de probarlo es pagando un precio alto por él. Por tanto, si otros ven cómo vivimos, ¿cuánto creerán que vale el evangelio?

La misericordia concreta completa el testimonio

Finalmente, Marcos señala que Jesús envió a sus discípulos a sanar, a hacer obras de misericordia (Mr 3:15). El centro del cristianismo no es preservar una vida impoluta, sino tener algo que compartir con los demás: mostrar con obras lo que se proclama con la boca, de manera que la gloria sea para Dios y no para nosotros mismos (Ef 3:10; Stg 1:27; 2:14-26).

Eso puede ser tan sencillo como transferir una ofrenda en línea a quien lo necesita, dejar en la puerta de un vecino un paquete de alimentos básicos con una nota que presente el evangelio, o simplemente cargar el peso de un hermano que atraviesa angustia (Gá 6:2). La creatividad no tiene límites cuando la motiva el amor genuino. Lo que sí tiene límites es el temor paralizante que nos encierra en nosotros mismos. Obedecer al gobierno, guardar las medidas de precaución necesarias y amar activamente al prójimo no son opciones excluyentes; son la expresión integrada de una fe que funciona (Stg 2:17).

La crisis no suspende la misión. La clarifica. Y en esa claridad, el llamado es antiguo y vigente: ver como Jesús ve, orar como Jesús oró, estar con él antes de salir en su nombre, proclamar su evangelio sin vergüenza y demostrarlo con misericordia concreta. Estamos a tiempo. Ahora es el tiempo de Dios.

Enrique Crespo

Enrique Crespo

Enrique Crespo fue llamado a salvación en 1980 y desde entonces ha servido al Señor en la evangelización, enseñanza, consejería y predicación. Es miembro de la IBI desde 2005 y, desde 2015, dirige Misión Antioquía, el ministerio de evangelismo, plantación de iglesias y misiones de la iglesia. Posee estudios en Mercadeo, Derecho, Educación y Teología, incluyendo una Maestría en Estudios Teológicos del Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Aurora Almánzar y tienen tres hijos adultos: Aldo, Iván y Javier.

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