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Crónicas misioneras: A un metro de la boca del infierno (parte 2)
Crónicas misioneras: A un metro de la boca del infierno (parte 2)

Foto de Luo Chris en Pexels

Iglesia y ministerio

Crónicas misioneras: A un metro de la boca del infierno (parte 2)

Enrique Crespo 27 abril, 2022

En un sector de Bogotá donde se concentran las llamadas «ollas» —centros de expendio y consumo de drogas—, entre personas desnutridas, con signos visibles de deterioro físico y humano, la luz de Cristo brilla. Exactamente ahí, entre dos de esos puntos de muerte lenta, existe una iglesia. No una iglesia imponente ni conocida. Una congregación humilde, plantada por un siervo anónimo, a un metro de lo que bien podría llamarse la boca del infierno.

La escena podría parecer excepcional. No lo es. Es, en realidad, el patrón normal del reino de Dios.

El inmigrante que no olvidó su misión

Él llegó a Colombia huyendo de la crisis social y económica de Venezuela. Como tantos otros migrantes, lo dejó todo atrás. Pero a diferencia de quienes llegan pensando únicamente en reconstruir su vida, este hermano llegó con una convicción que lo precedía: los seguidores de Cristo son sal y luz dondequiera que estén. Ese es, precisamente, el motivo por el cual el Señor nos ha dejado en este mundo (Mt 5:13-16; Jn 20:21; Mt 28:18-20).

Formado en seminarios e iglesias venezolanas, con escasos recursos y poco respaldo institucional, comenzó a predicar en uno de los sectores más peligrosos de Bogotá. Su congregación no está compuesta por profesionales ni por familias estables. Está compuesta por personas que viven en condiciones de hacinamiento: delincuentes, trabajadoras sexuales, adictos. Los que el sistema ha descartado. Los que muchas iglesias prefieren no ver.

Y sin embargo, ahí está la iglesia. Porque ahí está él, imitando a su Maestro.

El libro de Hechos sigue escribiéndose

Lo que ocurre en ese rincón de Bogotá no es un caso aislado. Es el mismo impulso que recorre toda la historia del pueblo de Dios. Cuando la persecución dispersó a los primeros discípulos, no se detuvieron: «Los que fueron dispersados iban por todas partes predicando la palabra» (Hch 8:4). La crisis no interrumpió la misión; la extendió.

Algo similar ocurrió con la diáspora venezolana. Hace algunos años, el encargado de misiones de una importante denominación venezolana relataba que, al inicio de la ola migratoria, su denominación intensificó el entrenamiento en evangelismo y discipulado para sus miembros. La visión era clara: cada persona que salía del país podía convertirse en un misionero. No en teoría, sino en la práctica cotidiana. El testimonio de esa visión puede verse hoy en Ecuador, en Panamá, en Colombia. Se habla incluso de un avivamiento entre los inmigrantes venezolanos.

Un hermano anónimo, sin nombre en los titulares, sin respaldo de grandes organizaciones, es uno de esos misioneros. Su historia no aparecerá en ninguna revista cristiana de circulación masiva. Pero el Señor soberano del universo lo conoce, lo usa y lo sostiene.

Ahí donde da la impresión de que el gobierno de Dios no llega, es ahí, en medio de dos ollas, donde la luz de nuestro Señor brilla.

La luz que resplandece en la sombra de muerte

Las palabras de Mateo resuenan con una actualidad perturbadora: «El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; y a los asentados en región de sombra de muerte, luz les resplandeció. Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: "Arrepentíanse, porque el reino de los cielos se ha acercado"» (Mt 4:16-17). Jesús no comenzó su ministerio público en Jerusalén, entre las élites religiosas. Lo comenzó en Galilea, región fronteriza, despreciada, mezclada. Lo comenzó entre los marginados.

Ese es el Dios que seguimos. Un Dios que no espera a que las condiciones sean ideales para actuar. Un Dios que planta iglesias a un metro de la boca del infierno porque su soberanía no tiene zonas de exclusión.

El Espíritu Santo sigue escribiendo el libro de Hechos. La pregunta que este hermano anónimo de Bogotá nos deja no es retórica: ¿cuál será la historia que nosotros añadiremos?

Enrique Crespo

Enrique Crespo

Enrique Crespo fue llamado a salvación en 1980 y desde entonces ha servido al Señor en la evangelización, enseñanza, consejería y predicación. Es miembro de la IBI desde 2005 y, desde 2015, dirige Misión Antioquía, el ministerio de evangelismo, plantación de iglesias y misiones de la iglesia. Posee estudios en Mercadeo, Derecho, Educación y Teología, incluyendo una Maestría en Estudios Teológicos del Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Aurora Almánzar y tienen tres hijos adultos: Aldo, Iván y Javier.

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