IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Hay momentos en que la vida se comprime en un solo clic. Un resultado de laboratorio. Un diagnóstico inesperado. Una llamada que cambia los planes de golpe. En esos instantes, lo primero que surge no siempre es la fe serena, sino una avalancha de preguntas que amenaza con arrastrar la paz. ¿Cómo se da gracias cuando el corazón está atribulado? ¿Es siquiera posible hacerlo con honestidad?
La respuesta que nos ofrece la Escritura no es sencilla, pero sí es clara: dar gracias en todo no es un optimismo forzado ni una negación del sufrimiento. Es una mirada deliberada hacia la fidelidad de Dios, sostenida incluso desde el fondo del dolor.
El corazón palpitaba rápidamente, la mandíbula tensa, la respiración agitada. Eso fue lo que experimentó Cristina al abrir en su computadora el resultado de la prueba de su hijo Rafael: positivo para Covid-19. Lo que siguió fue un torrente de preguntas imposibles de silenciar: ¿Se le complicará? ¿Contagió a su abuela? ¿Y el esposo, recién diagnosticado con una aneurisma en la aorta?
Lo que parecía una visita familiar ordinaria se convirtió en días de aislamiento, fiebre que no cedía y, finalmente, la noticia de que su esposo debía ser hospitalizado con inicio de neumonía. En medio de todo eso, la gratitud no fue lo primero que brotó del corazón. Y esa honestidad importa. La Biblia no nos llama a fingir paz cuando no la sentimos, sino a buscarla activamente, a elegirla, a ejercerla como una disciplina forjada en la confianza en Dios.
La Escritura es directa al respecto: «Den gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para ustedes en Cristo Jesús» (1 Ts. 5:18). No por todo, como si el dolor fuera un bien en sí mismo, sino en todo: en medio de, a pesar de, dentro de las circunstancias más difíciles. Y en otro lugar, el apóstol Pablo amplía el cuadro: «Que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes, con toda sabiduría enseñándose y amonestándose unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con gratitud en sus corazones. Y todo lo que hagan, de palabra o de hecho, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de Él a Dios el Padre» (Col. 3:16-17). La gratitud, según Pablo, no es un sentimiento que llega solo: es el fruto de una vida empapada de la Palabra y de la comunidad del cuerpo de Cristo.
Fue en medio del agotamiento —entre diligencias para buscar medicamentos, viajes diarios al hospital y tardes sentada frente al mar orando— cuando algo comenzó a cambiar. No las circunstancias, sino la mirada.
Cristina empezó a recordar y enumerar cada detalle del cuidado de Dios en ese tiempo difícil. Que su hijo había tenido fiebre precisamente ese fin de semana que no tenía previsto visitar, lo que permitió detectar el contagio a tiempo. Que ni su mamá, ni su hija ni ella resultaron infectadas. Que el seguro médico cubría el centro de salud donde su esposo fue internado. Que una joven amiga apareció con almuerzo, jugos y café mientras esperaban la admisión hospitalaria. Que hermanos trabajando en el Ministerio de Salud gestionaron medicamentos de alto costo en tiempo récord y sin gasto alguno. Que el Cuerpo de Cristo se hizo presente en oraciones, llamadas y mensajes que trajeron consuelo real. Y que, en la soledad de un apartamento que se sentía demasiado grande, resonaba una promesa antigua: «Nunca te dejaré ni te desampararé» (Heb. 13:5).
Contar la gracia no es minimizar el dolor. Es negarse a que el dolor sea la única realidad visible.
Mientras tanto, en mi interior agitado, comencé a recordar y guardar cada uno de los detalles del cuidado, la gracia y el amor de Dios en ese tiempo difícil de tribulación pasajera. Ciertamente cada día había muchas razones para dar gracias a Dios.
Dar gracias en todo es, según Pablo, la voluntad de Dios para sus hijos. No una sugerencia piadosa ni un ideal reservado para quienes tienen una fe extraordinaria, sino una instrucción concreta para cualquier creyente, en cualquier circunstancia. Eso incluye los resultados de laboratorio que nadie quiere leer, los diagnósticos que llegan sin aviso y las noches largas de espera en pasillos de hospital.
Si hoy te encuentras en medio de una de esas tormentas —haciéndote las mismas preguntas, sintiendo que la fe apenas sostiene el peso de la incertidumbre—, la invitación es simple aunque no fácil: detente, reflexiona y comienza a enumerar los momentos donde puedes identificar la mano de Dios cuidando, proveyendo y sosteniéndote. Dios es bueno, y lo es siempre. La gratitud puede brotar incluso a través de las lágrimas, y eso no la hace menos real ni menos poderosa.
Cristina Incháustegui es psicóloga escolar con un diplomado en Educación Cristiana del Seminario Teológico Presbiteriano de Mérida, México. Es esposa de José Alfonso Poy y madre de dos hijos. Miembro de la IBI desde 2010, sirve en el ministerio de misiones Antioquía y en Ezer. Además, es directora del Programa AMO para América Latina y el Caribe. Ama la enseñanza bíblica y cree firmemente en el poder formativo de la educación.
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