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El propósito de la Navidad
El propósito de la Navidad

Foto de Arturo Añez. en Pexels

Vida devocional

El propósito de la Navidad

Cristina Incháustegui 13 diciembre, 2022

Con la llegada de diciembre vuelven los preparativos familiares, los arbolitos decorados, los aromas de la temporada y los recuerdos entrañables de la infancia. Para muchos, la Navidad despierta una alegría casi instintiva, ligada a tradiciones que se repiten año tras año. Sin embargo, con igual frecuencia se escuchan frases como «este año no tengo dinero para celebrar» o «no tenemos nada que festejar», especialmente cuando el año ha traído pérdidas o momentos difíciles. Y en tiempos marcados por el postmodernismo, incluso el tradicional «Feliz Navidad» ha cedido terreno ante un genérico «Felices fiestas», vaciando la celebración de su contenido más profundo.

Esto obliga a detenerse y preguntar con honestidad: ¿es la Navidad simplemente una fiesta cuyo valor depende de cómo nos sintamos o de lo que tengamos? La respuesta que da la Escritura es radicalmente distinta —y mucho más grande.

El pecado, la oscuridad y la promesa de Dios

Para comprender el propósito de la Navidad es necesario comenzar desde el principio. Dios creó todas las cosas y formó al ser humano con el fin de tener comunión con él y de que lo representara en la tierra. Sin embargo, como lo narra Génesis 3, el pecado quebró esa relación de manera devastadora. La humanidad siguió viviendo, respirando, multiplicándose y construyendo civilizaciones, pero separada de su Creador, sumida en oscuridad espiritual.

No obstante, la historia no termina en esa ruptura. Desde antes de la fundación del mundo, Dios ya tenía un plan para restaurar lo que el pecado había destruido. El apóstol Juan lo expresa con claridad: «Y esta es la promesa que Él mismo nos hizo: la vida eterna» (1 Jn. 2:25). Una promesa nacida no de los méritos humanos, sino de la fidelidad y el amor inquebrantable de Dios por su creación. Pedro confirma la eternidad de ese propósito: «porque Él estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, pero se ha manifestado en estos últimos tiempos por amor a vosotros» (1 P. 1:20).

La Navidad es, precisamente, el momento en que esa promesa antigua tomó forma humana y caminó entre nosotros.

El Verbo hecho carne: la luz que resplandece en las tinieblas

El evangelio de Juan describe con una densidad teológica incomparable lo que ocurrió en Belén: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn. 1:14). Dios mismo, en la persona de su Hijo, descendió a la condición humana. No como un visitante distante, sino habitando entre nosotros, compartiendo nuestra fragilidad para rescatarnos de nuestra muerte espiritual.

La profecía de Mateo lo anticipa con una imagen poderosa: «El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz, y a los que vivían en región y sombra de muerte, una luz les resplandeció» (Mt. 4:16). Ese es el corazón de la Navidad: la luz de Cristo irrumpiendo en la oscuridad más profunda. Su nacimiento, su ministerio, su muerte en la cruz y su resurrección han traído vida verdadera a todos los que creen en Él, perdonados, redimidos y restaurados para disfrutar de comunión con Dios ahora y por la eternidad.

Estás celebrando que la luz llegó a tu vida echando fuera la oscuridad, que Él ha llegado a tu familia perdonando y restaurando, y que aún tienes una esperanza en Cristo para aquellos que no lo conocen aún.

Una celebración que ninguna circunstancia puede quitarnos

Comprendido esto, la Navidad ya no puede reducirse a una «fiesta» cuya validez dependa del estado del presupuesto, del clima emocional o de lo que haya ocurrido durante el año. Su fundamento no está en las circunstancias, sino en un hecho histórico e irreversible: Jesucristo nació, vivió, murió y resucitó. Esa realidad permanece intacta independientemente de cualquier pérdida o dificultad que hayamos atravesado.

Cuando lleguen los preparativos de esta temporada, vale la pena recordar por qué se celebra. No como un ritual vacío ni como una obligación social, sino como la conmemoración gozosa del cumplimiento de la promesa más grande de la historia: que la luz verdadera vino al mundo y las tinieblas no pudieron vencerla. Por eso, la respuesta al «felices fiestas» del postmodernismo sigue siendo, con plena convicción y gratitud: ¡Feliz Navidad!

Cristina Incháustegui

Cristina Incháustegui

Cristina Incháustegui es psicóloga escolar con un diplomado en Educación Cristiana del Seminario Teológico Presbiteriano de Mérida, México. Es esposa de José Alfonso Poy y madre de dos hijos. Miembro de la IBI desde 2010, sirve en el ministerio de misiones Antioquía y en Ezer. Además, es directora del Programa AMO para América Latina y el Caribe. Ama la enseñanza bíblica y cree firmemente en el poder formativo de la educación.

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