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El significado de honrar a las madres
El significado de honrar a las madres

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Familia y relaciones

El significado de honrar a las madres

Cristina Incháustegui 14 mayo, 2024

Hay mandatos que resultan fáciles de obedecer cuando las circunstancias acompañan. Pero hay otros que se vuelven un campo de batalla silencioso, librado en lo profundo del corazón, lejos de toda mirada. El mandato de honrar a los padres pertenece con frecuencia a esta segunda categoría. Para muchos creyentes, la relación con la madre —o el padre— no es un lugar de paz, sino una herida abierta que ni los años ni la fe parecen lograr cerrar del todo.

Este artículo nace de ese lugar: de la honestidad de quien ha orado durante años por una reconciliación que parecía no llegar, y de la gratitud de quien finalmente vio a Dios responder. Es también una reflexión sobre lo que la Escritura nos llama a hacer, independientemente de cómo nos sentimos o de lo que vivimos.

El mandato que no admite condiciones

Cuando Dios entregó a Moisés los Diez Mandamientos en el monte Sinaí, incluyó entre ellos uno que no regula la relación con Él directamente, sino la relación con las personas más cercanas: «Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días sean prolongados en la tierra que el Señor tu Dios te da» (Éx. 20:12). Este mandato no viene acompañado de cláusulas ni excepciones. No dice «honra a tu madre si te crió con amor», ni «si estuvo presente», ni «si lo merece». Es una instrucción directa, universal y sin condiciones.

Cada persona que vive en esta tierra tiene una madre. Dios creó a la mujer con la capacidad única de albergar y dar a luz una vida. Hay madres presentes y amorosas; hay otras a las que sus hijos nunca conocieron; hay abuelas que asumen la crianza de sus nietos cuando sus propios hijos no pueden o no quieren hacerlo. Las historias son tan diversas como las personas. Pero el llamado es el mismo para todos.

¿Qué significa entonces honrar? Según el Diccionario Webster de 1828, el término proviene del latín honoro y significa respetar, tratar con deferencia y consideración, cumplir ciertos deberes hacia la persona honrada, y tratarla con civismo en las relaciones ordinarias de la vida. Sus sinónimos incluyen admirar, apreciar, considerar y aceptar. No se trata de fingir que no hubo dolor, ni de negar la historia. Se trata de una postura del corazón que elige el respeto y la consideración por encima de las propias emociones o resentimientos.

Cuando la obediencia cuesta más de lo que parece

La autora de estas líneas creció en un hogar donde los padres fueron responsables y trabajadores, donde no faltó nada y existía comunicación abierta. Sin embargo, en algún momento que no puede identificar con precisión, comenzó a producirse un distanciamiento interior con su madre. No dejaron de verse ni de hablar —fueron vecinas durante cerca de veinte años—, pero por dentro no había paz. Y sin paz interior, cumplir el mandato de honrar se convertía en un esfuerzo constante que solo rendía frutos por un momento.

Durante años oró. Intentó, en sus propias fuerzas, que todo estuviera bien. Pidió a quienes amaba que intercedieran con ella. Una mañana, su hermana le sugirió algo sencillo pero poderoso: «Ora e intenta buscar, desde cuando eras niña o adolescente, si hay algún momento en el que se produjo esa ruptura entre ustedes». Era una invitación a mirar hacia atrás con honestidad y con los ojos de la fe, no para quedarse atrapada en el pasado, sino para encontrar el punto de inicio de la herida y llevarlo ante el Señor.

Honrar a su madre implicaba respetarla, admirar quién era, apreciarla tal como Dios la había creado, aceptarla y ser considerada con ella. Eso requería algo que ningún esfuerzo humano puede producir por sí solo: una obra del Espíritu en el corazón.

Tuvimos conversaciones profundas y liberadoras, oramos juntas muchas veces y Dios reconcilió nuestros corazones.

La fidelidad de Dios llega a tiempo

El Señor escuchó ese clamor de años. Cuando la madre recibió un diagnóstico de cáncer de hueso, lo que podría haber sido solo dolor se convirtió en un regalo inesperado. Durante los últimos seis meses de vida de su madre en esta tierra, fue posible estar cerca de ella, prodigarle amor, cuidarla y, sobre todo, hablar. Conversaciones profundas y liberadoras, momentos de oración compartida, abrazos que antes costaban y palabras de amor que por fin pudieron decirse con un corazón libre.

Las misericordias de Dios son nuevas cada mañana (Lam. 3:22–23), y Su fidelidad no tiene límites. Él puede reconciliar corazones que la distancia, el tiempo y el dolor habían separado. Puede hacer lo que ningún esfuerzo humano logra por sí solo. Y lo hace a Su tiempo, que siempre es el tiempo correcto.

Si hoy hay una relación con tu madre —o con tu padre— que no está en paz, este testimonio es para ti. Aún estás a tiempo de mostrarle amor, respeto y consideración. Dios no solo manda honrar a los padres; también da la gracia para hacerlo. Y con Él, nada es imposible (Lc. 1:37).

Cristina Incháustegui

Cristina Incháustegui

Cristina Incháustegui es psicóloga escolar con un diplomado en Educación Cristiana del Seminario Teológico Presbiteriano de Mérida, México. Es esposa de José Alfonso Poy y madre de dos hijos. Miembro de la IBI desde 2010, sirve en el ministerio de misiones Antioquía y en Ezer. Además, es directora del Programa AMO para América Latina y el Caribe. Ama la enseñanza bíblica y cree firmemente en el poder formativo de la educación.

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