IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Megan Tsang en Unsplash
Angélica Rivera de Peña • 17 septiembre, 2024
Vivimos en una época marcada por una profunda confusión en torno a los roles que Dios asignó al hombre y a la mujer. Es una generación que ha relativizado sus valores hasta el punto de llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno, tal como advirtió el profeta Isaías siglos atrás: «¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas!» (Is. 5:20). Esta inversión no es un fenómeno nuevo; sus raíces se hunden en el jardín del Edén, cuando Adán y Eva eligieron creer la mentira de la serpiente en lugar de la verdad de Dios. Desde entonces, comprender el rol y el diseño femenino se ha vuelto motivo de controversia y confusión.
Por eso es necesario volver a la Biblia, que es donde encontramos el llamado y el plan originales de Dios. Y debemos comenzar donde Dios comenzó: en el principio, en Génesis.
«Y dijo Dios: "Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza"» (Gn. 1:26). Tanto el hombre como la mujer fueron creados a imagen de Dios, lo que significa que, al observarlos, se hacen visibles muchos de Sus atributos: la capacidad de disfrutar un amanecer, de comunicarse, de crear, de establecer relaciones. Uno de los propósitos centrales de la creación humana es, precisamente, reflejar a Dios en el mundo.
La mujer, en particular, refleja a Dios de maneras únicas: en su ternura, en su atención al detalle, en su creatividad, en su capacidad de conectar a las personas, en su empatía ante el dolor ajeno y en el cuidado que brinda a quienes la rodean. Luego de crear al hombre y a la mujer, Dios mismo evaluó Su obra y declaró que todo era «bueno en gran manera» (Gn. 1:31). Sin embargo, poco después señaló algo que aún no estaba completo: «No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea» (Gn. 2:18). Este momento es decisivo, porque allí Dios revela el llamado específico de la mujer: ser ezer, ayuda idónea.
La palabra hebrea ezer, traducida comúnmente como «ayuda idónea», es mucho más rica de lo que sugiere su traducción habitual. Kathy Keller, en su libro El significado del matrimonio, lo explica con precisión: «"Ayuda idónea" no traduce adecuadamente el término original hebreo ezer. "Ayuda" connota mera asistencia en la realización de una tarea que podría hacerse sin ayuda. Pero ezer se aplica casi siempre a Dios mismo en Su actividad. En otras ocasiones, se refiere a la ayuda que proviene de la fuerza de un ejército, y sin ella es muy probable que se perdiera la batalla. "Ayudar" a alguien supone entonces compensar lo que le falte de fuerza. La mujer entraña esa ayuda tan particular y especial, ayuda idónea y fuerte.»
Lejos de ser una función menor, ser ezer es un llamado que refleja nada menos que la obra del Espíritu Santo, quien es el Ayudador por excelencia. La mujer tiene capacidades, perspectivas y formas de reaccionar que el hombre no posee, y precisamente por eso es un complemento adecuado e imprescindible. No existe inferioridad en este diseño: hombre y mujer son iguales en valor y dignidad, pero con responsabilidades distintas.
El mundo, sin embargo, promueve abiertamente la insatisfacción con este diseño. Presenta el rol de ayuda idónea como algo indigno e inferior, y lleva a hombres y mujeres a cuestionar la asignación de roles establecida por Dios. Frente a esa presión cultural, es necesario afirmar con claridad que los géneros y sus funciones no son arbitrarios; responden a un propósito mayor, que es la gloria de Dios.
La mujer tiene el alto llamado de complementar al hombre y tiene un poder de influencia enorme. Puede usar ese poder para inspirar o para destruir, tomando en cuenta que influenciar no es lo mismo que manipular.
La diferencia entre influir y manipular es crucial: influir es confiar en el Señor para el resultado que Él disponga; manipular es arreglar las circunstancias según el propio plan. La segunda es una distorsión pecaminosa de la primera. El pastor John Piper lo resume así: «La feminidad bíblica es una disposición de corazón de afirmar y nutrir con fortaleza el liderazgo de los hombres de maneras apropiadas, y recibir ese liderazgo voluntariamente.» Este llamado se extiende también a quienes no están casadas: la mujer soltera cumple su vocación de ezer sirviendo con sus dones y talentos a los hombres y a la comunidad que Dios ha puesto a su lado, y formando a la siguiente generación de creyentes en los caminos del Señor.
Es probable que, al contemplar todo lo que implica este llamado, la primera reacción sea el agotamiento o la sensación de no ser suficiente. Esa respuesta es comprensible y honesta. Pero la buena noticia del evangelio es que Dios no llama sin equipar: Él ha dado Su Espíritu Santo, quien capacita en medio de la debilidad y cubre con Su poder lo que falta.
Este mundo necesita hombres y mujeres que acepten con gozo el diseño original de Dios, que rechacen con discernimiento las distorsiones culturales, que sacudan la apatía, y que abracen este llamado: alto, sí, pero profundamente hermoso, ideado por un Creador que conoce perfectamente a quienes formó.
Angélica Rivera de Peña es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en la República Dominicana y sirve junto a su esposo, el pastor Joel Peña, en el ministerio de Vida Joven. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y posee un certificado en ministerio del Southern Baptist Theological Seminary a través del Seminary Wives Institute. También forma parte del equipo del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con Joel, y juntos tienen dos hijos: Samuel y Abigail.
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