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Fuerza y dignidad son sus vestiduras y sonríe al futuro
Fuerza y dignidad son sus vestiduras y sonríe al futuro

Foto de cottonbro studio en Pexels

Mujer e identidad

Fuerza y dignidad son sus vestiduras y sonríe al futuro

Angélica Rivera de Peña 19 marzo, 2024

Las noticias que recibimos a diario pintan un cuadro sombrío: catástrofes naturales, guerras entre naciones, pandemias, enfermedades devastadoras, muertes prematuras, crisis financieras e injusticias de toda clase. A nuestro alrededor el sufrimiento es una realidad constante y, aunque quisiéramos decir que las cosas mejorarán, la verdad es que este mundo va de mal en peor. Ante ese panorama, la imagen de la mujer de Proverbios 31 resulta sorprendente: «Fuerza y dignidad son su vestidura; y sonríe al futuro» (Prov. 31:25). ¿Cómo es posible esa sonrisa? ¿De dónde nace esa fortaleza?

La respuesta no está en que ella desconozca el peso de la realidad, sino en que su corazón está anclado en Dios. Un Dios sabio, bueno y fiel, capaz de sostener y fortalecer a su pueblo sin importar el valle oscuro que le toque atravesar.

La soberanía de Dios: fundamento de la esperanza cristiana

Ante tanta maldad y tantas circunstancias difíciles, es tentador pensar que Dios ha perdido el control del mundo. Sin embargo, la Escritura nos recuerda que Él gobierna y que tiene un plan sabio y justo que ejecutará a su tiempo. Por eso el creyente puede reírse de lo por venir: no porque ignore los peligros, sino porque confía en la sabiduría y la bondad de Aquel que dirige la historia.

Esta confianza descansa en la certeza de que nada ocurre sin que Dios lo permita y de que somos amados con un amor extraordinario. Eso significa que, aun en la aflicción más profunda, Él mismo estará presente para consolarnos y fortalecernos. No se trata de un optimismo ingenuo que cierra los ojos ante el dolor, sino de una fe que mira el dolor de frente y aun así declara: «Dios es suficiente».

El testimonio del dolor que enseña a confiar

Si hubieran convocado un concurso para elegir a la persona más temerosa del futuro, la autora de estas líneas confiesa que habría ganado sin mayor competencia. En los primeros días de su matrimonio, el solo pensamiento de perder a su esposo la hacía llorar durante largo rato. La posibilidad de una enfermedad grave —propia o de algún ser querido— la llenaba de ansiedad. El futuro se presentaba incierto y amenazante.

Pero llegó un dolor que ninguna fuerza humana habría podido resistir: la muerte de su bebé a los dos días de nacido. Y fue precisamente en ese dolor más profundo donde conoció de manera nueva a un Dios tierno, compasivo y consolador que la visitaba trayendo Su Palabra como bálsamo sobre sus heridas. Aprendió que, sin importar el valle o el desierto que Él permitiera atravesar, su gracia sería más que suficiente para sostenerla y fortalecerla.

Lo paradójico —y lo hermoso— es que esa tribulación, en lugar de volverla desconfiada y temerosa, la fortaleció en su Señor. Entendió que Dios es suficiente y que Él mismo es el mayor bien. Esta experiencia no es exclusiva de una sola persona: es el patrón que la Escritura describe una y otra vez. El sufrimiento, cuando pasa por las manos de un Dios soberano y amoroso, produce en sus hijos una confianza que no se forja en ningún otro lugar.

Aunque no sé lo que traerá para mí el mañana, Dios será fiel en sostenerme, hasta llevarme a mi dulce hogar en el cielo.

Una fortaleza que no viene de nosotros

Es importante aclarar qué significa, y qué no significa, sonreír al futuro. No se trata de masoquismo ni de un deseo de sufrir. Tampoco es una actitud de indiferencia ante el dolor ajeno o propio. Significa, sencillamente, que el creyente no necesita vivir ansioso, preocupado ni amedrentado por lo que vendrá, porque su confianza descansa en el Dios que lo ama y que siempre dispondrá lo que es mejor para él.

Si le toca atravesar las llamas, Dios estará a su lado. Si ha de andar por el valle de sombra de muerte (Sal. 23:4), no andará solo. La fortaleza y la dignidad de las que habla Proverbios 31:25 no nacen del carácter, de la experiencia acumulada ni de la estabilidad emocional del creyente; vienen de un Dios poderoso que fortalece y sostiene a los suyos aun en la aflicción más honda, transformando el temor en esperanza. Esa es la vestidura que ninguna circunstancia puede arrebatar.

Angélica Rivera de Peña

Angélica Rivera de Peña

Angélica Rivera de Peña es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en la República Dominicana y sirve junto a su esposo, el pastor Joel Peña, en el ministerio de Vida Joven. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y posee un certificado en ministerio del Southern Baptist Theological Seminary a través del Seminary Wives Institute. También forma parte del equipo del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con Joel, y juntos tienen dos hijos: Samuel y Abigail.

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