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Una mujer que teme al Señor será alabada
Una mujer que teme al Señor será alabada

Foto de Engin Akyurt en Pexels

Mujer e identidad

Una mujer que teme al Señor será alabada

Angélica Rivera de Peña 17 junio, 2025

Hace unos dieciocho años, en la despedida de soltero de mi esposo, alguien le preguntó: «¿Qué es lo que más te gusta de tu futura esposa?». Él respondió sin dudar: «Su temor a Dios». Los presentes insistieron: «Está bien, pero hablando en serio… ¿sus ojos? ¿su pelo?». Y él, con toda sinceridad, repitió: «Su temor a Dios». Al recordar esta anécdota hoy, puedo compartirla sin que sea motivo de orgullo, porque reconozco que, si hay algo bueno en mí, es únicamente por la gracia de Dios. Y la verdad es que esa respuesta de mi esposo me reta cada día, porque sé que lo que él más valora no es lo exterior —que también debo cuidar—, sino aquello que no es pasajero.

Con el paso de los años me convenzo más de esta verdad: «Engañosa es la gracia y vana la belleza, la mujer que teme al Señor, esa será alabada» (Prov. 31:30). Este mundo atesora la belleza, el talento y la apariencia por encima de todo. Sin embargo, Dios —cuya opinión es la que verdaderamente importa— declara que lo digno de alabar en una persona es el temor a Él. La belleza exterior se desvanece inevitablemente, pero el temor al Señor embellece de adentro hacia afuera, sin importar la edad ni la etapa de vida.

¿Qué es, en realidad, el temor a Dios?

El temor a Dios puede parecernos un tema ambiguo y poco tangible, por eso vale la pena definirlo con claridad. El temor a Dios es esa reverencia, ese respeto y esa humildad que experimentamos al reconocer lo pequeños que somos frente al Dios grande, excelso y majestuoso que gobierna sobre todas las cosas. Esta conciencia produce en nosotros un deseo genuino de agradarle en todas las áreas de la vida: nos vuelve diligentes en obedecerle en todo cuanto ha establecido en Su Palabra, nos mantiene conscientes de que siempre estamos ante Su presencia y nos restringe de pecar.

El teólogo John Brown lo expresa con precisión: «El temor de Dios consiste en abrigar un asombroso sentido de la grandeza infinita y la excelencia correspondiente a la revelación que Dios ha hecho de estas cosas en Su Palabra y en Sus obras, induciéndonos a la convicción de que el favor de ese Dios es la más grande de todas las bendiciones, y Su desaprobación es el mayor de todos los males».

Esta definición nos interpela: ¿vivimos realmente convencidos de que el favor de Dios es la mayor de todas las bendiciones? Conocer la centralidad del temor de Dios en la vida del creyente nos lleva a examinarnos continuamente, porque el hecho de haber caminado bien con Dios en algún momento del pasado no garantiza que hoy estemos caminando cerca de Él. Por eso, antes de continuar leyendo, vale la pena detenerse y pedirle a Dios en oración sincera que nos examine y nos permita ver cómo estamos en nuestro temor a Él. No para autocondenarnos, sino para consagrar aún más nuestras vidas a Él y encontrar el perdón y la libertad que tenemos gracias al sacrificio de Cristo en la cruz.

Una belleza que permanece y transforma

Dios le da tanto valor al temor a Él porque conoce lo rápido que pasa la vida. En un momento somos jóvenes, y en un abrir y cerrar de ojos llegan las canas, las arrugas y las enfermedades. Si ponemos nuestra identidad en las cosas externas, perderemos el rumbo y nos sentiremos vacíos. En cambio, si basamos nuestras vidas en amar a Dios —buscando conocerle, filtrando cada decisión bajo la luz de Su Palabra, examinando si lo que hablamos, pensamos y hacemos le agrada— entonces seremos personas sabias y seremos alabadas. Ese caminar será visible y resultará en bendición para todos los que nos rodean.

Sin embargo, vivir en el temor del Señor no significa que nunca fallaremos. Somos pecadores, y cuando caigamos, tenemos un abogado fiel: «Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Y si alguien peca, tenemos Abogado para con el Padre, a Jesucristo el Justo» (1 Jn. 2:1). Esta promesa es un ancla: el temor a Dios no es perfeccionismo, sino una orientación constante del corazón hacia Él, que incluye el arrepentimiento genuino cuando fallamos.

El temor a Dios nos llevará a ser personas que viven reconociendo que cada segundo de nuestras vidas está "coram Deo", es decir, delante de Su presencia.

Un ejemplo poderoso lo encontramos en Josué 2. Rahab era una mujer con un pasado marcado por la prostitución, extranjera al pueblo de Israel. Sin embargo, mostró un temor genuino al Dios de Israel al esconder a los espías enviados a examinar Jericó. Dios preservó su vida y la de toda su familia de la destrucción de la ciudad. Más tarde, a pesar de su origen y su historia, fue honrada al ser mencionada junto a los héroes de la fe (Heb. 11:31). Su historia declara una verdad que no cambia: no importa el pasado; quien decide amar y honrar a Dios es recibido por Él con los brazos abiertos.

Vivir delante de Dios, cada día

El temor a Dios no es una emoción pasajera ni un estado espiritual que se alcanza de una vez para siempre. Es una orientación diaria del corazón que reconoce que nuestra meta principal es serle fieles a Él, y que todo lo demás es secundario. Quien vive así será alabado, no porque sea especial en sí mismo, sino porque el Dios para quien ha decidido vivir es grande, asombroso y absolutamente digno de adorar.

Que esta sea nuestra oración constante: «Enséñame, oh Señor, tu camino; andaré en tu verdad; unifica mi corazón para que tema tu nombre» (Sal. 86:11). En un mundo que glorifica lo efímero, el temor al Señor es la única belleza que permanece.

Angélica Rivera de Peña

Angélica Rivera de Peña

Angélica Rivera de Peña es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en la República Dominicana y sirve junto a su esposo, el pastor Joel Peña, en el ministerio de Vida Joven. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y posee un certificado en ministerio del Southern Baptist Theological Seminary a través del Seminary Wives Institute. También forma parte del equipo del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con Joel, y juntos tienen dos hijos: Samuel y Abigail.

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