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América Latina necesita ser reevangelizada: Las campañas evangelísticas y el movimiento Pentecostal
América Latina necesita ser reevangelizada: Las campañas evangelísticas y el movimiento Pentecostal

Foto de Luis Quintero en Pexels

Iglesia y ministerio

América Latina necesita ser reevangelizada: Las campañas evangelísticas y el movimiento Pentecostal

Miguel Núñez 28 marzo, 2016

En el artículo anterior de esta serie examinamos la llegada del evangelio a América Latina y las primeras olas misioneras que marcaron nuestro continente. En esta segunda entrega nos concentramos en los últimos cincuenta años: el movimiento pentecostal, las campañas evangelísticas masivas y la evangelización de la clase media y alta. Se trata de un período de crecimiento numérico extraordinario, pero también de profundas distorsiones del mensaje que debemos proclamar.

Para comprender el presente, conviene recordar brevemente el pasado. La llegada de Cristóbal Colón trajo consigo un evangelio que negaba la suficiencia de las Escrituras y del sacrificio de Cristo, y que reconocía al papa como vicario de Cristo en la tierra: un evangelio vicario que todavía es creído por el ochenta por ciento de los latinoamericanos. Luego vinieron protestantes inmigrantes que formaron iglesias cerradas para sus propias comunidades —un evangelio privado que viola la Gran Comisión—, seguidos por misioneros bien intencionados que fundaron escuelas, hospitales y casas de publicación, pero que no lograron su propósito principal de evangelización: un evangelio educacional y social, con forma de Dios pero sin poder para transformar el corazón. Sobre ese trasfondo llegamos al período que ahora nos ocupa.

El evangelio reducido a cuatro leyes

Entre las décadas de 1970 y 1980, las campañas evangelísticas impulsadas por la Cruzada Estudiantil para Cristo —con las famosas «4 leyes espirituales»— alcanzaron a millones de personas en todo el continente. Bill Bright, fundador de esa organización, tenía sin duda las mejores intenciones al desarrollar este recurso, buscando comunicar el evangelio de manera accesible, especialmente a los estudiantes universitarios. Sin embargo, el resultado fue una reducción problemática del mensaje.

Las cuatro leyes —el amor de Dios, la separación del hombre por el pecado, la provisión de Cristo y la necesidad de recibirlo como Señor y Salvador— son verdaderas, pero están incompletas. Lo que resulta más evidente es lo que falta: una sola mención del arrepentimiento. La «oración del pecador» que las acompaña lleva al oyente a agradecer a Dios por el perdón de sus pecados, pero nadie puede agradecer un perdón que no ha pedido después de arrepentirse genuinamente. El evangelio es simple, pero no es simplista. Miles, o quizás millones, de personas hicieron esa oración sin mostrar después evidencia alguna de una vida transformada. A esto podríamos llamarlo un evangelio reduccionista o pragmático, pero no es el evangelio.

Dios quiere que estemos apasionados por los perdidos, pero no debemos estar tan apasionados por ellos que perdamos nuestra pasión por la verdad del evangelio. Si nuestra pasión por los perdidos supera nuestra pasión por la verdad de Dios, inevitablemente diluiremos el mensaje. Y cuando eso ocurre, nos sentiremos tentados a ocultar al inconverso que seguir a Jesús tiene un costo. El evangelio, sin embargo, «es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego» (Rom. 1:16). No hay razón para avergonzarnos de él ni para rebajarlo.

El evangelio de la prosperidad y la crisis pentecostal

Algunos pensadores y analistas no cristianos han caracterizado al pentecostalismo como el movimiento social más importante que haya cubierto toda la región en el siglo XX e inicios del XXI. En la mayoría de los países de América Latina, los pentecostales representan entre el sesenta y cinco y el setenta y cinco por ciento de la población protestante. Solo en Centroamérica y Suramérica —sin contar el Caribe— hay cerca de quinientos millones de personas que se identifican como cristianos, de las cuales entre cuarenta y sesenta millones son protestantes.

Sin embargo, la mayor parte del mensaje que se escucha hoy en muchos de esos púlpitos, en la radio y en la televisión, es el evangelio de la prosperidad, con su acompañante: la mentira del «proclámalo y recíbelo». No hay nada nuevo bajo el sol. Satanás solo cambia la envoltura de sus mentiras para engañar al mismo ser humano que engañó en el jardín del Edén. En aquel entonces la serpiente le ofreció a Adán prosperidad espiritual: «Puedes ser como Dios». Hoy le ofrece prosperidad material a criaturas caídas en medio de una sociedad materialista: «Puedes ser rico». Solo cambia la envoltura. Para una generación tan egocéntrica y codiciosa como la nuestra, el evangelio de la prosperidad parece la receta perfecta. No obstante, como ha señalado John Piper, este falso evangelio «es una abominación a Dios». Ofrecer riquezas materiales a un inconverso como motivación para seguir a Cristo es guiarlo directamente al infierno.

A este problema se suman otros excesos dentro de estas corrientes. El énfasis desproporcionado en manifestaciones sobrenaturales y en la guerra espiritual ha servido para distraer al pueblo de la Palabra de Dios. Muchos en estos círculos sostienen que antes de predicar es necesario expulsar demonios del área, como si la proclamación de las Escrituras no fuera suficiente por sí misma. Junto con esto, abundan las falsas profecías pronunciadas bajo la fórmula «Así dice el Espíritu de Dios», que nunca se materializan, y un uso de los dones del Espíritu que no se corresponde con las directrices de 1 Corintios 14.

Si mi pasión por los perdidos es mayor que mi pasión por la verdad de Dios, es muy probable que voy a equivocarme con el evangelio.

La urgencia de predicar el evangelio verdadero

El evangelio de la prosperidad ha inundado América Latina, y gran parte de sus seguidores provienen de la clase media: precisamente el sector de la población que históricamente no había sido alcanzado por el evangelio en nuestros países. El resultado es una pseudo-evangelización que está más cerca del infierno que del cielo. Muchos que han hecho una profesión de fe y que han seguido el movimiento de señales y prodigios han abrazado, sin saberlo, un no-evangelio. Puede que sean sinceros en su celo, pero si no ha habido un verdadero arrepentimiento evidenciado por un cambio de vida, van camino a la condenación. Y alguien tiene que advertirles. La iglesia fiel tiene la responsabilidad de proclamar el evangelio completo —sin reducciones, sin añadidos materiales y sin vergüenza—, porque ese es el único mensaje que tiene el poder de salvar. En la próxima entrega de esta serie analizaremos cómo puede actuar la iglesia hoy en la re-evangelización de nuestro continente.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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