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El poder de la palabra en nuestras vidas
El poder de la palabra en nuestras vidas

Foto de Jakson Martins en Pexels

Vida devocional

El poder de la palabra en nuestras vidas

Miguel Núñez 27 septiembre, 2024

Dios no nos llama a obedecer Su Palabra simplemente porque disfrute ver a Sus hijos sujetos a Su autoridad, sino porque entiende que hay algo singular que ella puede hacer en nosotros, algo que resulta directamente en nuestro bien. Sin embargo, el ser humano pasa gran parte de su tiempo distraído en asuntos triviales que alimentan la carne y le roban el apetito por la Escritura, a pesar de que el propio Cristo advirtió que «la carne para nada aprovecha», pero que Sus palabras «son espíritu y son vida» (Jn. 6:63).

Lo que sigue no es una reflexión abstracta sobre la importancia de leer la Biblia. Es una exposición concreta de lo que la Palabra de Dios hace —y puede seguir haciendo— en quien se entrega a conocerla, atesorarla y vivirla.

Lo que la Palabra produce en el alma

Una de las cosas más extraordinarias que la Escritura realiza es devolver vida a lo que estaba muerto. En Ezequiel 37, el profeta recibe una visión en la que Dios le ordena: «Profetiza sobre estos huesos, y diles: "Huesos secos, oigan la palabra del Señor". Así dice el Señor Dios a estos huesos: "Voy a hacer que en ustedes entre espíritu, y vivirán"» (Ez. 37:4-5). Y los huesos oyeron la Palabra y revivieron. El salmista conocía bien ese poder vivificante y clamó: «Postrada está mi alma en el polvo; vivifícame conforme a Tu palabra» (Sal. 119:25). La Palabra es viva y eficaz (He. 4:12) y, como es viva, da vida eterna; porque siendo eterna la Palabra, así también es eterna la vida que imparte.

Pero la Escritura no solo vivifica: también previene el pecado. Por eso el salmista escribió: «En mi corazón he atesorado Tu palabra, para no pecar contra Ti» (Sal. 119:11). Esto es posible porque, como señala el pastor John MacArthur en su libro Unleashing God's Word in Your Life, «algunos libros pueden cambiar tu forma de pensar, pero solo la Palabra puede cambiar nuestra naturaleza». Y esto sucede porque la Palabra es «más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón» (He. 4:12). Con todo, para que esa transformación ocurra, la Palabra debe ser atesorada en la mente y el corazón; de lo contrario, en el momento de la tentación no recordaremos sus instrucciones ni las pondremos en práctica.

La libertad, la sabiduría y el orden que trae la Palabra

Además de restaurar el alma y prevenirnos del pecado, la Palabra de Dios nos hace libres. El salmista lo expresó con claridad: «Así que guardaré continuamente Tu ley, para siempre y eternamente. Y andaré en libertad, porque busco Tus preceptos» (Sal. 119:44-45). El salmista entiende que la libertad que disfruta es el resultado directo de su búsqueda de la ley de Dios. Cristo lo dijo de manera igualmente directa: «conocerán la verdad, y la verdad los hará libres» (Jn. 8:32). Las prisiones más profundas del ser humano —la culpa, la falta de esperanza, el resentimiento, la tristeza, la inseguridad— encuentran respuesta en las páginas de la Escritura, porque la Palabra está diseñada para liberar a los prisioneros de sus prisiones.

La Palabra también imparte sabiduría: «hace sabio al sencillo» (Sal. 19:7). Aquí vale precisar que sabio no equivale necesariamente a inteligente, pues hay grandes intelectuales que no han sabido vivir sabiamente. A la luz de la Escritura, sabio es quien descubre el propósito para el que fue creado y vive conforme a ese propósito. Y ese propósito solo puede descubrirse a través de la Palabra de Dios. Como afirma el Salmo 119: «Tus mandamientos me hacen más sabio que mis enemigos, porque son míos para siempre. Tengo más discernimiento que todos mis maestros, porque Tus testimonios son mi meditación. Entiendo más que los ancianos, porque Tus preceptos he guardado» (Sal. 119:98-100).

Vivir con integridad es vivir conforme a la ley de Dios; vivir con sabiduría es vivir conforme a los propósitos de Dios. El que vive de esa manera es una persona sabia sin importar su nivel de educación o grado de inteligencia.

Hay algo más que hace la Palabra: afirma y ordena los pasos del creyente. «Afirma mis pasos en Tu palabra, y que ninguna iniquidad me domine» (Sal. 119:133). No es raro encontrar creyentes que entraron más o menos al mismo tiempo en la familia de Dios y, sin embargo, se distinguen claramente: uno tiene sus prioridades en orden, el otro no. La diferencia, en gran medida, radica en que uno ha estado viviendo intencionalmente en la Palabra y el otro no. La Escritura organiza la mente y la vida del cristiano; sin ella, las prioridades permanecen invertidas y la vida, desordenada. Y junto con el orden, la Palabra produce dominio propio, pues el dominio propio es parte del fruto del Espíritu que se desarrolla en nosotros a medida que andamos en obediencia a Su Palabra.

La paz que sobrepasa toda circunstancia

Finalmente, la Palabra de Dios tiene el poder de llenarnos de paz. El salmista lo afirmó con precisión: «Mucha paz tienen los que aman Tu ley, y nada los hace tropezar» (Sal. 119:165). Nuestro grado de paz está directamente relacionado con cuánto amamos la Palabra de Dios. Job era un hombre que amaba la ley del Señor y, por eso, cuando le informaron que sus diez hijos habían muerto, no perdió la paz. Amar la Palabra es amar la sabiduría de Dios; amar Su sabiduría es amar Sus propósitos; y amar Sus propósitos es permanecer en paz, sabiendo que todo lo que acontece a nuestro alrededor obedece a un designio eterno que es bueno, agradable y perfecto.

De vez en cuando perdemos el foco, ponemos la mirada en las circunstancias y de inmediato nos llenamos de temor. Pero basta con regresar a la Palabra para ver cómo la mente de Dios, plasmada en la Escritura, reorienta nuestra mirada por encima del sol, transforma nuestra mente y nos llena de Su paz. No hay nada como reflexionar en la Palabra para ajustar el lente y calmar el espíritu.

Sin duda, vivir por la Palabra de Dios tiene innumerables beneficios para el creyente de manera individual, para la Iglesia como cuerpo de Cristo, y para la nación cuyos ciudadanos y gobernantes deciden honrar la revelación de Dios y dejarse transformar por ella. Ningún otro libro posee el poder de transformación que tiene la Biblia, porque sus páginas revelan la mente y el corazón de Dios. La Biblia es la semilla que salva (1 P. 1:23), la leche que nutre (1 P. 2:2), el alimento sólido que satisface (He. 5:14), el agua que limpia (Sal. 119:9), el fuego que purifica (Jer. 23:29), el martillo que destroza la roca (Jer. 23:29), la espada de dos filos que corta (He. 4:12), el espejo que nos refleja (Stg. 1:23-25) y la lámpara que guía nuestros pasos y alumbra nuestro camino (Sal. 119:105). Que la decisión de vivir el resto de nuestros días en la Palabra sea, para cada creyente, una decisión tomada con convicción y mantenida con fidelidad, para la gloria de Dios.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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