IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Semana tras semana, muchos creyentes escuchan sermones y participan en estudios bíblicos, pero al salir del culto no vuelven a pensar en lo que escucharon. Las verdades que no se meditan no transforman. El problema no es siempre la falta de exposición a la Palabra, sino la falta de reflexión sobre ella.
Cambiar no solo requiere esfuerzo; requiere intencionalidad y reflexión. Antes de poder cambiar, es necesario admitir que existen áreas y patrones en la vida que demandan transformación. Por eso, este artículo es una invitación a la reflexión, con el deseo y la oración de que cada hijo de Dios crezca en esta área, porque lo que todo creyente necesita es, precisamente, una mayor disposición a meditar en la Palabra.
La Escritura habla de la omnisciencia del Dios Creador, de cómo Él conoce y entiende todas las cosas. La criatura, en cambio, no solo es incapaz de conocer todas las cosas, sino que ni siquiera puede conocerse completamente a sí misma. El profeta Jeremías lo declara con claridad: «Más engañoso que todo, es el corazón, y sin remedio; ¿quién lo comprenderá?» (Jer. 17:9). Este solo versículo nos lleva a concluir que no nos conocemos tal como somos. Nos resulta imposible reconocer a plenitud lo que habita en nuestro interior: el orgullo, los celos, la envidia, la idolatría. La única persona que nos conoce como verdaderamente somos es Dios.
Sin embargo, Dios desea que nos conozcamos como Él nos conoce y, por tanto, usa Su Palabra para revelarnos quiénes somos ante Sus ojos y sacar a la luz lo que hay en nuestros corazones. Por eso, la interacción con la Escritura no debe ser meramente intelectual: debe llevarnos a la reflexión, a meditar en lo que hemos leído y a aplicarlo a nuestra vida.
Cuando por primera vez se medita en aquel pasaje de Jeremías, no es difícil verse confrontado de manera profunda y pasar semanas reflexionando sobre sus implicaciones. Solo así se pueden identificar y desarraigar las mentiras que alejan a una persona de Dios, porque al final la mentira es la raíz de la idolatría y la causa de la falta de devoción. Juan Calvino señalaba que el corazón del hombre es una fábrica de ídolos: tan pronto se destruye uno, ya está fabricando otro. Pero estos ídolos no nacen de la nada; nacen de una mentira que el corazón ha creído o fabricado. Por eso se necesita tomar las verdades de la Palabra, meditar en ellas y hacerlas propias, reflexionando durante días, semanas e incluso meses, hasta que, como un jabón, la Escritura vaya limpiando cada área de la vida que necesite ser lavada y transformada.
Si se destruye el ídolo pero la mentira permanece, esa mentira eventualmente fabricará otro ídolo. Para que el proceso de santificación avance de verdad, hay que desarraigar la mentira desde la raíz.
La mejor manera de desarraigar esas mentiras es conociendo más a Dios. «Mi pueblo perece por falta de conocimiento», declara el Señor (Os. 4:6). Nuestra forma natural de pensar y reaccionar no es igual a la de Dios, y la razón es sencilla: somos criaturas y Él es el Creador. Como advierte el salmista, tendemos a pensar que Dios es tal como nosotros (Sal. 50:21). Cuando creemos que Dios no escucha nuestras oraciones, lo proyectamos desde nuestra propia experiencia de no escuchar a otros. Cuando juzgamos algo como injusto, lo hacemos desde nuestra propia tendencia a la injusticia. Pensamos que Dios es como nosotros, y eso distorsiona todo.
Jesús, en cambio, demostró lo que significa conocer plenamente al Padre. En medio del sufrimiento de la cruz, afligido y con un dolor indescriptible, fue capaz de decir: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc. 23:34). Pudo hacerlo porque conocía a Dios y sabía que eso era el plan predeterminado del Padre (Hch. 2:23). Ante la misma situación, sin ese conocimiento, la reacción natural habría sido la indignación y la ira.
Por eso la Palabra de Dios nos invita a llevar nuestros pensamientos cautivos a los pies de Cristo (2 Co. 10:5) y nos instruye en cómo hacerlo: «todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad» (Fil. 4:8).
Cuanto más conocemos a Dios tal como se ha revelado a través de Su Palabra, en el proceso descubrimos quiénes somos realmente.
Juan Calvino, al abrir su monumental obra Institución de la Religión Cristiana, escribió: «El verdadero conocimiento consiste en conocer a Dios y luego en conocernos a nosotros mismos». El orden importa, porque no podemos conocernos a nosotros mismos hasta que no conozcamos a Dios. La mejor ilustración de esto es el profeta Isaías: al tener una visión extraordinaria de la santidad de Dios, se vio a sí mismo tal como era, un hombre de labios inmundos digno del juicio divino (Is. 6:1-5).
Cuando Adán pecó, ese fue su grito de autonomía. La santificación, en cambio, es un grito de dependencia; todo lo opuesto a lo que hizo Adán. Es un proceso de crecimiento en dependencia de Dios en todas las áreas de la vida. Al vernos como Él nos ve, comenzamos a arrepentirnos y a pedirle perdón por todo aquello en nosotros que no se asemeja a Su carácter, y al mismo tiempo nos vamos sometiendo a Su voluntad. Es entonces cuando nos volvemos más parecidos a Él.
Este es, en definitiva, un llamado a la reflexión y una invitación a conocer a Dios, quien ha dejado Su carácter plasmado en Su Palabra. Es conociéndolo más a Él donde se encuentra la solución a la idolatría, a los temores, a las inseguridades, a las insatisfacciones, a la soledad y a todas las carencias humanas. El cristiano conoce en parte (1 Co. 13:9), pero Dios conoce todos sus caminos y entiende desde lejos todos sus pensamientos (Sal. 139:2). Por eso hay que acudir a Él continuamente. ¡Meditemos sin cesar en Su Palabra!
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