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Tu vida cristocéntrica como fiel testimonio de Su vida
Tu vida cristocéntrica como fiel testimonio de Su vida

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Vida cristiana

Tu vida cristocéntrica como fiel testimonio de Su vida

Miguel Núñez 19 marzo, 2024

Existe un mensaje que, de tener que elegir uno solo antes de morir, sería este: «Tu vida cristocéntrica como fiel testimonio de Su vida». No porque sea el más elocuente o profundo, sino porque contiene la cura para todos los males que aquejan a la Iglesia hoy. Esta afirmación puede parecer ambiciosa, pero su peso se hace evidente cuando se examina con honestidad la condición espiritual de muchos creyentes.

La realidad es que no seremos testigos fieles de la causa de Cristo hasta que nuestras vidas estén totalmente centradas en Él. Para la gran mayoría de personas, cada año comienza de la misma manera que terminó el anterior: con anhelos insatisfechos, frustraciones no resueltas, incertidumbre sobre el futuro y un propósito de vida difuso. ¿Por qué tantos hombres y mujeres —incluso creyentes— experimentan ese sentimiento persistente de vacío, a pesar de sus logros? La respuesta apunta directamente al centro de la vida cristiana.

El camino a la felicidad tiene forma de cruz

La búsqueda de la felicidad ha estado presente en la humanidad desde que Adán y Eva fueron expulsados del jardín del Edén, y es una búsqueda aparentemente insaciable. Considéralo así: cuando el uso de relojes con manecillas era más común, su particular sonido al moverse —tic, tic, tic— recordaba que algo en su interior los hacía funcionar. La pregunta para todo creyente es la misma: ¿qué te hace moverte cada mañana al despertar? Porque si, después de que Cristo te ha dado la vida eterna, lo que te impulsa cada día es algo meramente terrenal, estás viviendo la vida equivocada.

Los autores del libro The Cross Before Me lo expresan con precisión: «La felicidad es comunión con Dios. Y el camino a esta comunión es el camino de la cruz». Jesús mismo lo declaró sin rodeos: «Si alguien quiere venir conmigo, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de Mí y del evangelio, la salvará» (Mr. 8:34-35). Sin cruz no hay cristianismo. Sin cruz no hay redención. Y con la cruz de Cristo, pero sin la nuestra, no somos sus discípulos.

En Juan 12, Jesús revela con aún mayor claridad que en el reino de los cielos el camino a la gloria no es hacia arriba, sino hacia abajo: «En verdad les digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la pierde; y el que aborrece su vida en este mundo, la conservará para vida eterna» (Jn. 12:24-25). La felicidad, la libertad y la satisfacción parecen inalcanzables —incluso para muchos hijos de Dios— por una razón: todavía nos falta morir a nuestras voluntades, nuestros deseos, nuestros derechos, nuestras metas, nuestra búsqueda de reconocimiento y nuestro sentido de triunfo en la carrera de la vida.

Jesús murió como un perdedor, como un Mesías aparentemente derrotado. Y no fue sino hasta que fue crucificado y sepultado que, tres días después, resucitó y comenzó su ascenso a la gloria. Solo entonces Dios lo exaltó hasta lo sumo y le confirió el nombre que es sobre todo nombre (Fil. 2:9-11). La cruz de Cristo le costó todo, porque tuvo que entregar incluso su vida. La salvación nos es ofrecida gratuitamente, pero obtenerla nos costará todo (Lc. 14:26).

«Para mí, el vivir es Cristo»

Filipenses 1:19-25 registra el testimonio de un hombre común que nos muestra cómo luce una vida cristocéntrica. Pablo escribió estas palabras desde una prisión, y aun así dejó claro lo satisfecho que estaba: su encarcelamiento había permitido que toda la guardia pretoriana se enterara del evangelio. Su único deseo era que Cristo fuera exaltado en su cuerpo, ya fuera por vida o por muerte. Pablo tenía un solo interés: exaltar, proclamar, magnificar y dar a conocer a Cristo en toda su grandeza y esplendor. Y entendió que podía hacerlo tanto mediante su vida como mediante su muerte.

Cuando Cristo interceptó la vida de Pablo, todas sus ideas, proyectos, agendas y planes fueron permanentemente transformados. Desde ese momento vivió una vida transformada por Cristo, empoderada por Cristo, dirigida por Cristo y consagrada a Cristo. Por eso pudo afirmar: «para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Fil. 1:21). Cuando vivimos de esa manera, cada experiencia y cada circunstancia se evalúa en función de cómo afecta la causa de Cristo, y cada decisión se toma considerando su relación con Él. La cruz de Cristo debe redefinir toda nuestra vida.

Bajo la cruz, los valores se invierten: fracasar es tener éxito en las cosas que no importan; el éxito verdadero es vivir el propósito para el cual fuimos creados; la belleza interna tiene más valor que la externa; no buscamos fama para nuestro nombre, sino hacer famoso el nombre de Cristo. La vida de Jesús mostró cómo luce la buena vida y dejó al descubierto cuán pecaminosa y moralmente decadente es la vida que el mundo llama buena y apetecible. La cruz no fue simplemente el instrumento de salvación, sino también el instrumento de redefinición.

Si Cristo no es quien dirige cada decisión en tu vida, cada vez que das un paso, aquello que te motivó a hacerlo es tu dios funcional, y con ello niegas el señorío de Cristo y te conviertes en un idólatra.

Unidos a Cristo: crucificados para vivir su vida

Gálatas 2:20 revela con claridad el fundamento de esta vida: «Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gá. 2:20). En este versículo Pablo establece dos verdades inseparables: hemos sido crucificados con Cristo y ya no somos nosotros quienes vivemos, sino que Cristo vive en nosotros.

Ser crucificados con Cristo implica que todos los beneficios de la cruz han sido aplicados al creyente. En la cruz, Cristo pagó la deuda moral que teníamos con Dios: ya no somos deudores. Cristo triunfó sobre el pecado: ya no somos sus esclavos, aunque aún luchamos contra su influencia. Cristo abrió el camino a Dios: tenemos comunión íntima con Él sin mérito alguno de nuestra parte. Fuimos crucificados con Cristo (Gá. 2:20), sepultados con Él (Ro. 6:4), resucitados con Él (Col. 3:1), sentados con Él en los lugares celestiales (Ef. 2:6) y somos coherederos con Él (Ro. 8:17). Nada nos separará del amor de Dios que es en Cristo (Ro. 8:38-39).

Al ser crucificados con Cristo hemos perdido nuestra vida para ganar otra. Si ya no somos nosotros quienes vivimos, sino Cristo en nosotros, ¿por qué insistimos en hacer nuestra voluntad? ¿Por qué persistimos en tomar decisiones orientadas a obtener beneficios terrenales en lugar de procurar primero el reino de Dios? Hemos muerto, y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3). Por eso Pablo también escribió: «si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas» (2 Co. 5:17).

La obediencia como camino a las bendiciones de Dios

La expresión «en Cristo» aparece más de noventa veces en el Nuevo Testamento, sin contar las frases «en Él» y «en quien». Este dato no es trivial: la Biblia es cristocéntrica de principio a fin. Si así es la Escritura, no puede ser que nuestra vida, comprada a precio de sangre, no lo sea también. Así como cada pasaje de las Escrituras guarda alguna relación con Cristo —y no lo hemos entendido bien hasta encontrar esa relación—, cada decisión en nuestra vida debe guardar igualmente una relación con Él.

Si Dios es quien hace los planes, estará inclinado a bendecirlos. Pero si hacemos nuestros propios planes y luego se los llevamos a Dios para que los bendiga, lo estamos usando de manera utilitaria. Las bendiciones de Dios se encuentran en el camino de la obediencia, y ese camino exige una renuncia incondicional de toda nuestra vida personal para abrazar la vida de Cristo de manera igualmente incondicional. Vivir una vida cristocéntrica no es una aspiración piadosa entre muchas: es el único camino hacia la verdadera satisfacción, el único testimonio que honra a quien nos compró con su propia sangre, y el único propósito que justifica cada mañana que se nos regala.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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