IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Luis Quintero en Pexels
Miguel Núñez • 8 noviembre, 2023
La quinta de las cinco solas de la Reforma —Sola Scriptura, Sola fide, Sola gratia, Solus Christus y Soli Deo Gloria— no es un simple remate retórico. Es, en realidad, la cumbre que corona y contiene a todas las demás. Michael Horton lo expresa con precisión: «Predicar las Escrituras es predicar a Cristo; predicar a Cristo es predicar la cruz; predicar la cruz es predicar la gracia; predicar la gracia es predicar la justificación [por fe solamente] y predicar la justificación es atribuir toda la salvación a la gloria de Dios y responder a esas buenas nuevas en obediencia agradecida a través de nuestra vocación en el mundo». Toda la cadena doctrinal desemboca en un solo punto: la gloria de Dios.
Esta verdad no es patrimonio exclusivo del púlpito. Todo creyente —pastor o no, en ministerio formal o en vocación secular— está llamado a ejercer su vida entera como un acto de glorificación. Como recuerda el apóstol Pablo: «Ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1 Co. 10:31). Comer, beber, trabajar, descansar, relacionarse: nada queda fuera del alcance de esta convocatoria.
La gloria de Dios no es un concepto abstracto reservado para tratados teológicos. En su dimensión interior, es el conjunto de atributos que constituyen el ser mismo de Dios; en su dimensión exterior, es el despliegue visible de esos atributos en la creación. Juan Calvino describía la creación como «el teatro de la gloria de Dios», y el Salmo 19 confirma que los cielos la proclaman sin pronunciar una sola palabra (Sal. 19:1): cada galaxia, cada amanecer y cada ley natural refleja Su sabiduría, Su poder y Su majestad.
Pero la creación tiene sus límites. El universo material no puede manifestar la bondad y la benevolencia de Dios en su plenitud. Solo la cruz pudo hacer eso. En ella se revela Su gracia, Su amor, Su misericordia, Su justicia y Su santidad de un modo que ningún otro escenario podría mostrar. Por eso Isaías registra la afirmación tajante del Señor: «Mi gloria no la daré a otro» (Is. 48:11). La gloria es lo que Dios es; no puede transferirse ni compartirse.
Los seres humanos fuimos creados para ser «espejos» que reciban esa gloria y la devuelvan a su fuente. Como Dios mismo declara en Isaías: «a todo el que es llamado por Mi nombre y a quien he creado para Mi gloria, a quien he formado y a quien he hecho» (Is. 43:7). La razón de nuestra existencia, de nuestro trabajo, de nuestro matrimonio y hasta de nuestros momentos de descanso tiene una orientación primaria: la gloria de Dios.
Sin embargo, David Wells advierte en su obra God in the Wasteland que esa gloria ha partido de la mente y del corazón de muchos creyentes. Habla del weightlessness of God —la falta de peso de Dios en nuestros días—, un diagnóstico que explica por qué este tema brilla por su ausencia en tantos púlpitos contemporáneos.
Cuando la Biblia presenta la historia de la redención, lo hace con un protagonista inequívoco: Dios. No el ser humano. La salvación no es una operación diseñada en torno a nuestras necesidades o preferencias; es una obra de la Trinidad completa, ejecutada en acuerdo perfecto entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo:
Dios es el dador; el ser humano, el receptor. Cuando éramos Sus enemigos, sin interés en buscarlo (Ro. 3:11), Dios intervino de una manera que ninguno de nosotros habría elegido: entregó a Su propio Hijo —hecho hombre— para que Sus enemigos llegaran a ser Sus hijos (Ro. 5:10; Ef. 2:3). Depositó Su ira sobre Cristo para derramar Su gracia sobre nosotros; aplicó Su justicia al Hijo para extender Su misericordia a los culpables (2 Co. 5:21).
Hemos predicado durante demasiado tiempo una salvación centrada en el hombre, cuando la Escritura describe una historia redentora Dios-céntrica de principio a fin. El teólogo Joseph Haroutunian lo señaló con lucidez: «Antes la religión estaba centrada en Dios; antes lo que no conducía a la gloria de Dios era infinitamente pecaminoso. Ahora lo que no conduce a la felicidad del hombre es pecaminoso, injusto e imposible de atribuírselo a Dios. Ahora la gloria de Dios consiste en el bien del hombre. Antes el hombre vivía para glorificar a Dios; hoy Dios vive para glorificar al hombre».
Antes el hombre vivía para glorificar a Dios; hoy Dios vive para glorificar al hombre.
Dar gloria a Dios no es simplemente una frase piadosa para cerrar una oración. Implica atribuirle a Él todo el crédito y reflejar, en palabras y en estilo de vida, las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable (1 P. 2:9). Tomás Watson lo expresó con claridad memorable: Dios puede darnos lluvia, sol, alimento, salud; puede darnos incluso a Su propio Hijo. Pero hay algo que no puede darnos: Su gloria. Porque Su gloria es lo que Él es.
El salmista, con menos revelación que la que nosotros tenemos del lado del Nuevo Testamento, ya lo entendía: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a Tu nombre da gloria» (Sal. 115:1). Y el apóstol Pablo sella esta verdad con palabras que no admiten ambigüedad: «Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre. Amén» (Ro. 11:36).
Todo lo que somos, todo lo que tenemos y todo lo que hacemos encuentra su razón última y su destino final en Él. Soli Deo Gloria: solo a Dios la gloria, en todo y por siempre.
Para profundizar en este tema, recomendamos leer Enseñanzas que transformaron el mundo por Miguel Núñez.
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