IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Efesios 4:11-15 presenta a Cristo como aquel que dotó a su iglesia con apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, «a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (Ef. 4:12). Este texto ha sido fuente de amplio debate: ¿son todos estos ministerios permanentes? ¿Deben existir apóstoles y profetas en la iglesia de hoy? Para responder con rigor, es necesario dejar que las Escrituras mismas definan los términos y establezcan los límites de cada oficio.
El pasaje de Efesios 4 no especifica los criterios para ejercer estos ministerios, ni aclara cuáles son permanentes. Para eso debemos acudir a otros textos bíblicos que arrojan luz sobre la naturaleza y duración de cada oficio. Lo que descubrimos al hacerlo transforma la conversación por completo.
Efesios 2:20-21 es determinante: «Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular, en quien todo el edificio, bien ajustado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor» (Ef. 2:20-21). La imagen arquitectónica es elocuente: Cristo es la piedra angular, y los apóstoles y profetas constituyen el fundamento. Todo aquel que conoce algo de construcción sabe que el fundamento de un edificio se echa una sola vez; sobre él se levanta la estructura, pero no se vuelve a verter. Los dos textos de Efesios —2:20-21 y 4:11-15— no se contradicen: ambos hablan del mismo edificio, la iglesia, pero desde ángulos complementarios.
Este principio explica por qué, cuando Pablo escribe a Timoteo sobre el liderazgo de la iglesia, solo establece requisitos para ancianos y diáconos, sin mencionar a los apóstoles. La razón es sencilla: Pablo sabía que ese oficio no requería criterios de reemplazo, porque no estaba destinado a perpetuarse. El propio Pablo afirma en 1 Corintios 15:8 que él fue el último de los apóstoles.
El único reemplazo apostólico registrado en el Nuevo Testamento es el de Judas por Matías (Hch. 1:21-22), y ese caso es excepcional: Judas nunca perteneció genuinamente al grupo apostólico —el mismo Cristo lo reveló—, de modo que lo que Pedro y los demás hicieron fue completar el número con alguien que cumpliera los requisitos que Judas jamás satisfizo. Pedro los enunció con claridad: el candidato debía haber acompañado a Jesús desde el bautismo de Juan hasta la ascensión, y debía ser testigo de la resurrección. Sobre esa base fue elegido Matías.
Pablo también cumplió esos criterios. Fue testigo de la resurrección en el camino a Damasco (Hch. 9), y recibió el evangelio no de ningún hombre, sino por revelación directa de Jesucristo: «Pues ni lo recibí de hombre, ni me fue enseñado, sino que lo recibí por medio de una revelación de Jesucristo» (Gál. 1:12). Más aún, cuando su apostolado fue reconocido, tuvo que presentarse ante quienes habían sido constituidos apóstoles antes que él —Jacobo, Pedro y Juan—, quienes le dieron «la diestra de compañerismo» (Gál. 2:9). Los llamados apóstoles de hoy no pueden replicar ninguno de estos pasos: no fueron testigos oculares de la resurrección, no recibieron su mensaje por revelación directa de Cristo, y no pueden presentarse ante los apóstoles originales para recibir confirmación. Solo pueden ser validados por otros «apóstoles» nombrados por hombres, lo cual no guarda ninguna continuidad con el patrón del Nuevo Testamento. Por más de diecinueve siglos la iglesia estuvo sin apóstoles; el fenómeno de «nuevos apóstoles» es propio de las décadas de 1970 y 1980, y esa ruptura histórica exige una explicación que sus promotores no han podido ofrecer.
La confusión en torno al profeta es igual de profunda, aunque de distinta naturaleza. La función primaria del profeta no es predecir el futuro, sino exponer la voluntad de Dios. Así lo confirma 1 Corintios 14:3, donde se dice que quien profetiza lo hace para «exhortación, edificación y consolación» —sin que aparezca en ningún lugar la palabra «predicción». En el Antiguo Testamento, la profecía predictiva era un medio por el que Dios acreditaba a su mensajero en una era en que las Escrituras aún no existían en su totalidad. Hoy esa acreditación la provee la exposición fiel de la Palabra ya revelada y completamente consignada en el canon.
Más aún, el Nuevo Testamento distingue claramente el don de profetizar del oficio veterotestamentario del profeta. Tres evidencias lo demuestran. Primero, Lucas 16:16 establece que «la Ley y los Profetas llegaron hasta Juan», quien fue la última figura de esa categoría y cumplió un papel de transición. Segundo, en Hechos 21:8-14 el profeta Agabo anuncia que Pablo será atado en Jerusalén, pero el apóstol contradice la aplicación práctica de esa profecía y afirma que de todas formas debe ir. Eso jamás habría ocurrido con un profeta del Antiguo Testamento, cuya palabra era infalible e inapelable. La comunidad termina diciendo «que se haga la voluntad del Señor» (Hch. 21:14), frase que habría sido innecesaria si Agabo hubiese hablado con la autoridad absoluta de los profetas del Antiguo Testamento. Tercero, 1 Corintios 14:29 ordena que «dos o tres profetas hablen, y los demás juzguen», sometiendo la palabra profética al escrutinio de la congregación —algo impensable bajo el paradigma veterotestamentario, donde la palabra del profeta era incuestionable por ser Palabra de Dios.
El oficio del profeta que habló y escribió infaliblemente de parte del Señor fue reemplazado por el oficio de apóstol en el Nuevo Testamento, quienes también escribieron infaliblemente.
El estándar para los profetas que sí pretenden hablar predictivamente sigue vigente en Deuteronomio 18:20-22: si lo anunciado no se cumple, el profeta es falso. Hoy abundan quienes formulan predicciones incumplidas y, sin embargo, conservan su título y su plataforma sin que nadie les pida cuentas. Esto no implica que Dios no pueda traer una revelación a alguien en circunstancias particulares, pero tal experiencia no constituye a esa persona en profeta, ni esa revelación puede ser de carácter doctrinal, pues en ese caso el canon de las Escrituras tendría que ser revisado permanentemente.
Efesios 4:11-15 sigue siendo completamente relevante para la iglesia de hoy. Los ministerios de evangelista, pastor y maestro continúan en plena vigencia, y en 1 Timoteo 3 se establece que los ancianos deben ser «aptos para enseñar» (1 Tim. 3:2), lo que abarca las funciones de enseñanza, pastorado y proclamación del evangelio que ese texto describe. La edificación del cuerpo de Cristo sigue adelante; lo que ha cesado es el fundamento, precisamente porque ya fue echado.
Cuando se defiende esta posición, la intención no es dividir al pueblo de Dios, sino llamarlo de regreso a la Escritura como única norma de fe y práctica. Los bereanos del libro de los Hechos son el modelo a seguir: «Recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando diariamente las Escrituras, para ver si estas cosas eran así» (Hch. 17:11). Esa misma disposición —humilde, diligente y fiel a la Palabra— es la que la iglesia necesita hoy para discernir entre lo que edifica y lo que confunde.
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