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Aprendiendo de Dios en medio de la tristeza
Aprendiendo de Dios en medio de la tristeza

Foto de Beto Santanna en Pexels

Emociones y alma

Aprendiendo de Dios en medio de la tristeza

Inés Cedeño 22 noviembre, 2023

Vivimos en un mundo caído. Los problemas y las circunstancias adversas forman parte inevitable de la experiencia humana, y ningún creyente está exento de ellos. Esta realidad, aunque puede sorprendernos o desestabilizarnos, no es nueva: ya la vivió en carne propia el profeta Jeremías hace más de dos mil años. Su historia no solo es un registro histórico del juicio de Dios sobre Jerusalén; es también un espejo en el que muchos creyentes pueden reconocer su propio dolor, su propia sensación de no ser escuchados, de haber sido incomprendidos o rechazados por causa de la verdad.

Dios llamó a Jeremías a predicarle a su pueblo, a advertirle sobre las consecuencias de su desobediencia y a llamarlo al arrepentimiento. Pero Jeremías se enfrentó a un pueblo indiferente e incrédulo. Durante más de diecinueve años levantó su voz de advertencia sin ser tomado en cuenta. Fue visto como un enemigo, fue encarcelado y sufrió como si fuera un malhechor, siendo él un elegido del Señor. Sobre este peso, Dios le indicó además que no tomara mujer ni formara familia, convirtiéndolo en un hombre profundamente solo, con un llamado exigente sobre los hombros: ser la voz de Dios en medio del cautiverio y la tribulación de Jerusalén.

El clamor del profeta: cuando el dolor busca palabras

El sufrimiento de Jeremías no fue silencioso ni estoico. Fue visceral, honesto y documentado en las propias páginas de la Escritura. Hay quienes en este momento se sienten mancillados, rechazados, incomprendidos o ignorados, y pueden identificarse con el clamor que brotó de los labios del profeta: «¡Ay de mí, madre mía, que me diste a luz como hombre de contiendas y disputas contra toda la nación! No he prestado ni me han prestado, pero todos me maldicen» (Jer. 15:10). Quizás el desconsuelo ha llegado aún más lejos y ha surgido la pregunta sobre el sentido mismo de la existencia. Así lo expresó Jeremías: «¿Por qué no morí en el seno materno? ¿Por qué no expiré al salir del vientre?» (Jer. 20:17).

Estas palabras de amargura no nacieron de incredulidad, sino del agotamiento de quien ha cargado fielmente con un llamado costoso. Jeremías sentía que toda su vida había sido problema y aflicción. No es difícil entender ese sentimiento. Tampoco es pecaminoso expresarlo con honestidad delante de Dios. Lo que resulta significativo es que la Escritura no censura ese clamor: lo registra, lo preserva y, sobre todo, lo responde.

La respuesta de Dios: promesas que sostienen en la tormenta

El Dios de Jeremías es un Dios grande y bueno, y habló palabras reconfortantes a su siervo en el momento de mayor quebranto. «Ciertamente te libraré para bien; haré que el enemigo te suplique en tiempos de calamidad y de angustia» (Jer. 15:11). El Señor no ignoró el dolor del profeta; lo escuchó y le respondió con una promesa concreta. Esta misma disposición caracteriza a Dios en su trato con todos los que invocan su nombre.

Entre las palabras más conocidas y más necesarias de todo este libro profético, se encuentran las que el Señor dirigió a su pueblo en medio del cautiverio babilónico: «Porque yo conozco los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza» (Jer. 29:11). Estas palabras fueron para Israel, fueron para Jeremías y son también para cada creyente hoy. En medio de la tristeza y del dolor, la fe es llamada a aferrarse a esta certeza: que Dios tiene planes buenos, un futuro de esperanza que supera nuestra imaginación y nuestra comprensión inmediata.

Y cuando el sufrimiento parecía aplastar a Jeremías, él encontró su ancla en esta declaración: «Pero el Señor está conmigo como un guerrero poderoso» (Jer. 20:11). No como un observador distante, sino como un guerrero. No como alguien que consuela desde lejos, sino como alguien que pelea al lado de su siervo.

No importa que tu alma se desgarre de dolor; Cristo en ti es más que suficiente.

Clama: el Señor está atento a sus hijos

El libro de Jeremías cierra este mensaje con una invitación directa y personal: «Clama a mí y te responderé; te daré a conocer cosas grandes e inaccesibles que tú no sabes» (Jer. 33:3). El Señor no solo tolera el clamor de sus hijos; lo solicita. Porque en Él brota el manantial de la vida, y tiene todo lo que sus hijos necesitan para esta vida y para la venidera.

No importa la profundidad de la situación que se esté atravesando; no importa cuán silencioso parezca el cielo o cuán pesada sea la carga. La Escritura afirma con plena convicción: «Este pobre clamó, y el Señor le oyó y lo libró de todas sus angustias. El ángel del Señor acampa en torno a los que le temen; a su lado está para librarlos. Prueben y vean que el Señor es bueno; dichosos los que en él se refugian» (Sal. 34:6-8). Vive para alabarle. No olvides sus promesas, aun en medio de la angustia. Clama su nombre y dile: «Sostenme, vuélvete a mí, Señor; afirma mis pasos en tu Palabra, defiende mi causa, vivifícame, porque en ti espera mi alma».

Inés Cedeño

Inés Cedeño

Inés Cedeño es esposa de Pedro Jiménez y madre de tres hijos. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional desde 2007, ha servido en el ministerio de jóvenes profesionales y en el ministerio de mujeres Ezer. Escribe también para el ministerio Mujeres de Esperanza de Radio TMG RD.

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