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Contra cultura
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Foto de Juan Cordero en Pexels

Cultura, sociedad y ética

Contra cultura

Inés Cedeño 14 julio, 2022

Vivimos en una era que ha declarado la guerra a los absolutos. El relativismo contemporáneo no solo cuestiona las grandes verdades filosóficas, sino que se resiste activamente a admitir que haya un único camino para la salvación del alma humana. En ese contexto, afirmar que Jesucristo es la verdad —no una verdad entre muchas, sino la verdad— suena, para muchos, como un ruido insoportable. Sin embargo, es precisamente en los tiempos de mayor confusión cuando el pueblo de Dios está llamado a aferrarse con mayor firmeza al Evangelio.

La pregunta no es si el mundo aceptará este mensaje, sino si quienes lo han recibido vivirán de manera coherente con él. Porque el peligro no solo está afuera: también acecha dentro de cada corazón que, expuesto al espíritu de la época, puede comenzar a correr en la misma dirección que el mundo sin siquiera advertirlo.

La cruz que transforma el mundo interior

Seguir a Cristo implica mucho más que adoptar una nueva etiqueta religiosa. Jesús fue claro al respecto: «Si alguien quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga» (Lc. 9:23). Este llamado apunta, ante todo, al mundo interior: a esas ideas asumidas durante años, a esos deseos que operan por debajo de la superficie, a esa naturaleza caída que —si no se enfrenta con la Palabra de Dios— seguirá determinando el rumbo de la vida.

¿Cómo vaciarse de uno mismo si no se bebe del pozo de agua de vida eterna? ¿Cómo renunciar a los deseos pecaminosos sin haber extendido la mano hacia el escudo de la fe que protege de los ataques continuos a los que todos estamos expuestos? La renovación cristiana no comienza en la conducta externa; comienza en una reconciliación genuina con la Palabra de Dios. Cuando esa Palabra es amada, el corazón empieza a alinearse con ella, y la vida entera comienza a tomar una forma diferente.

Jesús nos dejó ejemplo para que siguiéramos sus huellas. Comprendió, al renunciar a su propia voluntad en Getsemaní, que la mayor plenitud no se encuentra en satisfacer la naturaleza caída, sino en sujetarla. Lo mismo es cierto para todo aquel que le sigue: la santificación es un camino continuo donde la fe no puede quedarse en el intelecto, sino que debe manifestarse en las obras y en el accionar diario.

Vidas consagradas en tiempos de post-verdad

El profeta Jeremías advirtió al pueblo de Israel con palabras que resuenan con la misma fuerza hoy: «Ustedes confían en palabras engañosas que no aprovechan. Robar, matar, cometer adulterio, jurar en falso, ofrecer sacrificios a Baal y seguir a otros dioses que nunca conocieron, y luego vienen y se presentan ante Mí en esta casa que lleva Mi nombre, y dicen: "Estamos salvos", solo para seguir haciendo todas estas abominaciones» (Jer. 7:8-10). El Señor no pedía solo que el pueblo volviera al templo; exigía que enderezara sus caminos. La devoción exterior sin transformación interior es precisamente lo que la Escritura llama hipocresía.

Esta advertencia sigue siendo urgente. Es posible invocar el nombre del Señor y, al mismo tiempo, andar tras dioses extraños: el éxito, la aprobación, el confort, la ideología del momento. No se puede tomar el reino de los cielos a la ligera, ni codiciar el mundo que corre hacia el precipicio, atado a sus propias pasiones y destruyéndose a sí mismo al negar la verdad de Dios.

La verdad del Evangelio no es relativa, y tampoco deben serlo las acciones de quienes lo confiesan. Vivir vidas consagradas significa ser auténticos: que lo que se confiesa con la boca coincida con lo que se vive en casa, en el trabajo, en las redes sociales, en la intimidad. Las lámparas deben estar encendidas sobre la mesa, proyectando a Cristo, rechazando las falsas filosofías de la época y siendo luz precisamente donde el mundo propone oscuridad.

La verdad del Evangelio no es relativa, como tampoco deben serlo nuestras acciones.

La esperanza que sostiene al que persevera

En medio de este llamado a la firmeza, la Escritura no ofrece una estoicidad fría, sino una esperanza viva. No estamos exentos de las aflicciones propias de un mundo caído; habrá lágrimas, pruebas y dolor. Pero como afirma Romanos 5:2-6, nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios, y esa esperanza no avergüenza. Y en Romanos 12:12, el mandato es claro: «Alégrense en la esperanza, perseveren en el sufrimiento, sean constantes en la oración».

Caminar con los ojos puestos en Jesús no es una fórmula de optimismo fácil; es una decisión diaria de confiar en Aquel que venció al mundo. La promesa al final del camino es concreta e inamovible: «Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Ap. 21:4). Todo estará bien, no porque el mundo mejore por sí solo, sino porque Jesús —el camino, la verdad y la vida— lo ha prometido.

Inés Cedeño

Inés Cedeño

Inés Cedeño es esposa de Pedro Jiménez y madre de tres hijos. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional desde 2007, ha servido en el ministerio de jóvenes profesionales y en el ministerio de mujeres Ezer. Escribe también para el ministerio Mujeres de Esperanza de Radio TMG RD.

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