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Esfuerzo, sabiduría y amor: El legado de la mujer virtuosa
Esfuerzo, sabiduría y amor: El legado de la mujer virtuosa

Foto de Teona Swift en Pexels

Mujer e identidad

Esfuerzo, sabiduría y amor: El legado de la mujer virtuosa

Inés Cedeño 25 marzo, 2025

Vivimos en una época en que la mujer es admirada principalmente por sus atributos externos. Pareciera que todo lo que tiene valor hoy en día se reduce a la apariencia física, sin importar cuán artificial o pasajera sea. Esta corriente no deja fuera a los cristianos: la tentación de fundar la propia estima en el aspecto exterior es real y constante. Sin embargo, esta visión es radicalmente opuesta a la que encontramos en Proverbios 31, donde se describe a una mujer valiosa. En ese texto no se resaltan por ningún lado los atributos de belleza externa, sino comportamientos que reflejan dignidad, confianza, laboriosidad, pasión, habilidad en el servicio y el don de transmitir sabiduría con amor.

El versículo 30 concluye el acróstico con una declaración contundente: «Engañosa es la gracia y vana la hermosura, pero la mujer que teme al Señor, ella será alabada» (Prov. 31:30). La belleza es engañosa no solo porque no perdura, sino porque no ofrece lo que realmente importa.

Los atributos que definen a la mujer de Proverbios 31

La mujer que describe Proverbios 31 es alabada por lo que hace y por quién es en su interior. Se ciñe la cintura y sus brazos son fuertes, es decir, está dispuesta para el trabajo. Su lámpara no se apaga de noche (Prov. 31:17–18), lo que habla de una actitud de permanente preparación y entrega. Es una mujer en quien se puede confiar, que lleva sustento a su hogar, cuida a su familia y es ejemplo de trabajo y servicio en su comunidad.

Además, tiene visión: confecciona y vende según las necesidades del entorno, lo que revela inteligencia práctica y atención a los negocios íntegros. Por eso puede «sonreírse del porvenir» (Prov. 31:25), afrontando el futuro con seguridad. Se reviste de fuerza y dignidad, y en su lengua está la ley de la clemencia (Prov. 31:26). Cada uno de estos atributos apunta hacia adentro: hacia el carácter formado por la convicción, la renuncia y el temor a Dios.

La esperanza: esta mujer se encuentra en Cristo

Ante semejante descripción, es natural preguntarse: ¿dónde se hallará esta mujer? El mismo capítulo lo anticipa en su versículo inicial: «Mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Su valor supera en mucho al de las joyas» (Prov. 31:10). La respuesta no es desalentadora, sino profundamente esperanzadora: esta mujer está escondida en Cristo. Es la persona que ha decidido caminar según los lineamientos de su Señor y Salvador, que ha renunciado a las imposiciones del mundo para abrazar la santidad y el reino de los cielos. Su valor proviene del sello de Cristo; pertenece a otro reino.

Todo lo que parece casi inalcanzable en Proverbios 31 se vuelve posible cuando el punto de partida es la dependencia del Señor. Es Jesucristo quien capacita, quien confiere dignidad y fuerza para afrontar el futuro, quien abre las puertas del porvenir y concede gracia delante de los demás. Él es quien llena de compasión hacia el necesitado y fortalece para ayudar al débil, «porque toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto» (Sant. 1:17). No se trata de un ideal inalcanzable por esfuerzo propio, sino de un carácter que se forma en la medida en que uno rinde su vida a los pies de Cristo.

La mujer que ha decidido rendir su vida y su caminar a los pies de Cristo cultiva las perlas preciosas del Evangelio, y al cultivarlas se convierte en una mujer valiosa, moldeada por su Señor y capacitada para proclamar las virtudes de aquel que la llamó de las tinieblas a su luz admirable.

El temor al Señor: el fundamento del verdadero valor

Quien vive bajo esta convicción —quien ha renunciado a cuanto el mundo impone en contra de su Señor— puede parecer difícil de encontrar, pero no es que no exista. Existe, y es reconocible porque cultiva las virtudes del Evangelio en lo cotidiano: en el hogar, en el trabajo, en el servicio, en la palabra que edifica. Como lo expresa Pedro al referirse al pueblo de Dios: «Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que proclamen las virtudes de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Ped. 2:9).

La belleza que el mundo ofrece es pasajera y engañosa. El carácter formado en Cristo, en cambio, es duradero y fructífero. El verdadero valor no se mide por lo que se ve, sino por a quién se pertenece y cómo eso transforma la vida entera. La persona que teme al Señor —que lo honra, lo obedece y depende de Él— esa será alabada.

Inés Cedeño

Inés Cedeño

Inés Cedeño es esposa de Pedro Jiménez y madre de tres hijos. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional desde 2007, ha servido en el ministerio de jóvenes profesionales y en el ministerio de mujeres Ezer. Escribe también para el ministerio Mujeres de Esperanza de Radio TMG RD.

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