IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Compagnons en Unsplash
Miguel Núñez • 26 mayo, 2022
Los recientes escándalos de abuso sexual reportados dentro de la Convención Bautista Sureña de Estados Unidos han obligado a muchos creyentes a contemplar con honestidad la profunda corrupción moral de la naturaleza humana, corrupción que no se detiene ante las puertas de la Iglesia. Esta realidad no es nueva ni sorprendente para quien conoce las Escrituras, pero sí exige una respuesta. El estado de la cristiandad en nuestro tiempo hace imperativo un llamado urgente al arrepentimiento, pues como bien advirtió el apóstol Pedro: «[…] es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si comienza por nosotros primero, ¿cuál será el fin de los que no obedecen al evangelio de Dios? Y si el justo con dificultad se salva, ¿qué será del impío y del pecador?» (1 P. 4:17-18).
La Iglesia no puede entretenerse señalando el pecado de quienes están afuera y descuidar al mismo tiempo el pecado de quienes están adentro. El apóstol Pablo fue claro: la disciplina y el cuidado de la santidad corresponden a los que forman parte del cuerpo de Cristo, mientras que a los de afuera los juzgará Dios (1 Co. 5:12-13). El momento exige sobriedad, valentía y, sobre todo, humillación genuina.
Voces como las de John MacArthur y Paul Washer han resonado en el contexto anglosajón con la misma firmeza y convicción con que Jeremías proclamó la Palabra de Dios antes de la caída de Jerusalén. Ambos han llamado enérgicamente a la Iglesia al arrepentimiento, sin ceder ante la presión cultural ni el aplauso popular. Latinoamérica necesita con urgencia esa misma clase de expositores: hombres y mujeres llenos de valor y profunda convicción, dispuestos a declarar la verdad en tiempos en que se prefieren palabras suaves.
Vivimos tiempos turbulentos, marcados por un rechazo creciente a las verdades del evangelio y a la moralidad bíblica. Todo indica que vendrán tiempos aún más difíciles. Y sin embargo, pocos pastores y líderes predican hoy sobre la necesidad de arrepentimiento dentro de la propia Iglesia. Se ha hablado mucho y bien sobre el evangelio —y eso es para celebrarse—, pero muchos han olvidado que ese mismo evangelio, que es tanto para incrédulos como para creyentes, nos llama a vivir una vida de arrepentimiento. El propio Martín Lutero lo expresó en la primera de sus 95 tesis. La gracia que da origen al evangelio proviene de un Dios santo que no trata el pecado con ligereza: ni en el incrédulo ni en el creyente.
El avivamiento que tanto anhelamos ver en nuestra región nunca llegará si el pueblo de Dios no regresa primero a Dios. El arrepentimiento no garantiza el avivamiento, pero este no puede producirse sin la humillación del creyente delante de Aquel que puede llamar las cosas que no son como si fueran. El pastor no es el Espíritu Santo, y no está llamado a discernir quiénes viven o no en la práctica del pecado —ese trabajo pertenece a Dios—. Pero sí tiene la responsabilidad de exponer fielmente las Escrituras, porque es a través de su Palabra y del poder de su Espíritu que Dios trae arrepentimiento a su pueblo.
Cuando alguien dice: «Pastor, pero Dios está en control», dice verdad. Sin embargo, esa verdad no impidió que Cristo llorara por el juicio que vendría sobre Jerusalén, ni que Jeremías lamentara la caída de su pueblo, ni que Daniel y Nehemías intercedieran con lágrimas por la condición de Israel. El control soberano de Dios no anula la responsabilidad del creyente ni silencia el dolor del pastor fiel. No ha habido una época en la historia bíblica en que el pueblo de Dios no haya sido juzgado o disciplinado por su falta de arrepentimiento, ya sea en el desierto, en la época de los jueces, en las siete iglesias del Apocalipsis o en los tiempos de Jonathan Edwards. Dios nunca ha pasado por alto el pecado en medio del pueblo sobre el cual se invoca su nombre.
El avivamiento que tanto deseamos ver en nuestra región y más allá nunca llegará si el pueblo de Dios no regresa a Dios primero.
Así como Jesús pasó juicio sobre las siete iglesias de Asia Menor (Ap. 1–3), Él juzga a su Iglesia hoy. Y al igual que entonces, su llamado no es de condenación sino de restauración: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo» (Ap. 3:20). Estas palabras son una invitación al arrepentimiento que abre paso a una comunión más profunda con Él, porque sin arrepentimiento no es posible disfrutar plenamente de las bendiciones de Dios.
La verdadera Iglesia también necesita arrepentirse, no para convertirse de nuevo, sino para volver a disfrutar de la presencia manifiesta de Dios. Lo que Dios hizo ayer, puede volver a hacerlo hoy. Por eso, si al leer y meditar en su Palabra nos percatamos de que necesitamos arrepentimiento, es vital prestar oído a su reprensión y no endurecer el corazón (He. 4:7). El llamado del cristiano es a perseverar en medio de las peores circunstancias y a no doblar las rodillas ante el mundo. Pero sin arrepentimiento genuino, sin comunión estrecha con Dios, sin su favor y cuidado, nadie podrá permanecer firme en la verdad. Pida al Señor que le conceda arrepentimiento genuino, que transforme su mente y su corazón por el poder de su Palabra, y que le ayude a pelear la buena batalla en el poder de su Espíritu.
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