Integridad y Sabiduria
El bautismo
El bautismo

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Teología y doctrina

El bautismo

Miguel Núñez 5 abril, 2016

Pocos temas en la vida cristiana generan tanta confusión como el bautismo. Algunos lo consideran un simple rito cultural o una tradición religiosa opcional; otros lo entienden como el medio mismo de la salvación. Ninguna de estas posiciones refleja con fidelidad lo que las Escrituras enseñan. El bautismo es, ante todo, un mandato del Señor Jesucristo: un acto de obediencia cargado de un profundo simbolismo que toda persona que ha creído en el evangelio está llamada a cumplir.

Para comprender por qué el bautismo no es una opción, es necesario examinar cuatro razones que la Biblia presenta con claridad: lo que simboliza, el modelo que Jesús nos dejó, la ordenanza final que Cristo entregó a sus discípulos y la práctica que siguió la iglesia desde sus inicios.

Lo que el bautismo simboliza

El bautismo proclama visiblemente un cambio que ya ha ocurrido en el interior del creyente. Ese cambio es radical: el paso de la muerte espiritual provocada por el pecado a una vida nueva en Cristo Jesús. El apóstol Pablo lo expresa con precisión en su carta a los Romanos: «¿O no saben que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en Su muerte? Por tanto, hemos sido sepultados con Él por medio del bautismo para muerte, a fin de que como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida. Porque si hemos sido unidos a Él en la semejanza de Su muerte, ciertamente lo seremos también en la semejanza de Su resurrección» (Rom. 6:3-5).

La inmersión en el agua y la posterior emersión representan con elocuencia ese cambio: la vieja vida sepultada y la nueva vida resucitada en Cristo. Como afirma Pablo en otra carta: «Por tanto, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas» (2 Cor. 5:17). Es fundamental entender que el bautismo no produce ese cambio, sino que lo declara públicamente. La transformación interior precede siempre al bautismo.

El modelo que Jesús nos dejó y la ordenanza que nos confió

Antes de iniciar su ministerio público, Jesús descendió al río Jordán para ser bautizado por Juan el Bautista. Mateo registra el momento: «Entonces llegó Jesús de Galilea a donde estaba Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo, diciendo: "Yo necesito ser bautizado por Ti, ¿y Tú vienes a mí?" Respondiendo, Jesús le dijo: "Permítelo ahora, porque es conveniente que cumplamos así toda justicia"» (Mat. 3:13-15). Aunque el bautismo de Jesús no representó un paso de muerte a vida —como ocurre en el caso del creyente—, sí marcó el inicio de su ministerio mesiánico y constituyó un testimonio público de quién era Él. El mismo Juan el Bautista declaró: «He visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios» (Juan 1:34).

Este episodio nos enseña tres cosas: que el bautismo señala un cambio de condición reconocido públicamente, que es un testimonio ante otros de la identidad del bautizado y que Jesús, siendo Dios, se sometió voluntariamente a este acto como expresión de obediencia y humildad ante el Padre. Si el Señor mismo se sometió al bautismo, ¿con qué argumento podría el creyente considerarlo prescindible?

Luego de su resurrección, y justo antes de ascender al Padre, Jesús entregó a sus discípulos la que se conoce como la Gran Comisión: «Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mat. 28:19). El bautismo no fue una sugerencia marginal, sino parte central del mandato final de Cristo a su iglesia.

Lo hacemos llenos de gozo y entusiasmo, no como una imposición, sino como un acto de obediencia a Aquel que nos amó y nos justificó, a quien debemos nuestra vida en agradecimiento eterno.

La práctica de la iglesia primitiva como confirmación

La iglesia apostólica entendió el bautismo exactamente así: como un mandato que debía obedecerse inmediatamente tras la conversión. El libro de los Hechos de los Apóstoles registra múltiples ejemplos de ello. Cuando Felipe predicó el evangelio en Samaria, «cuando creyeron a Felipe, que anunciaba las buenas nuevas del reino de Dios y el nombre de Cristo Jesús, se bautizaban, tanto hombres como mujeres» (Hech. 8:12). Tras la conversión de Pablo, «al instante cayeron de sus ojos como escamas, y recobró la vista; se levantó y fue bautizado» (Hech. 9:18). En casa de Cornelio, Pedro «mandó que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo» (Hech. 10:48).

El relato del etíope y Felipe en Hechos 8:35-39 ilustra, además, el orden correcto: primero se anuncia el evangelio, luego el oyente cree de corazón que Jesucristo es el Hijo de Dios y, a continuación, desciende a las aguas para ser bautizado por inmersión. Este modelo —comprensión del evangelio, fe genuina y obediencia en las aguas— es el patrón bíblico que la iglesia ha de preservar.

Un acto de obediencia gozosa, no de imposición

El bautismo es un mandato del Señor Jesucristo que la iglesia está llamada a promover y practicar con fidelidad. No se trata de un requisito para obtener la salvación, ni de una tradición opcional que cada creyente puede omitir según su conveniencia. Es una declaración pública de que hemos muerto al pecado y resucitado a una vida nueva en Cristo; es seguir el ejemplo de obediencia que Jesús mismo nos dejó; es cumplir la última ordenanza que nuestro Señor entregó a su iglesia. Quienes han creído de corazón en el evangelio tienen ante sí no una carga, sino un privilegio: el de testificar con gozo, ante Dios y ante los hombres, que pertenecen a Aquel que los amó y los justificó.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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