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El bautismo del Espíritu Santo vs. la llenura del Espíritu Santo
El bautismo del Espíritu Santo vs. la llenura del Espíritu Santo

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Teología y doctrina

El bautismo del Espíritu Santo vs. la llenura del Espíritu Santo

Miguel Núñez 8 septiembre, 2011

Pocas doctrinas han generado tanta confusión en el mundo cristiano como la del bautismo del Espíritu Santo. Una cantidad considerable de creyentes lo identifica con el don de hablar en lenguas, apoyándose en pasajes del libro de los Hechos donde se narra que quienes creyeron «fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas» (Hch. 2:4). Sin embargo, una lectura cuidadosa de las Escrituras revela que esta identificación es imprecisa y que, de hecho, confunde dos realidades distintas: el bautismo del Espíritu y la llenura del Espíritu.

Comprender esta distinción no es un ejercicio teológico abstracto. Tiene implicaciones directas para la vida espiritual de cada creyente: afecta la manera en que entendemos nuestra conversión, nuestra santificación y nuestra responsabilidad de vivir bajo el señorío del Espíritu de Dios.

El bautismo del Espíritu: único, irrepetible y universal para todo creyente

El apóstol Pablo afirma con claridad en su primera carta a los corintios: «por un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo» (1 Co. 12:13). El contexto inmediato es significativo: Pablo acaba de señalar que el Espíritu distribuye «a cada uno en particular como Él quiere» (1 Co. 12:11) una variedad de dones, entre los cuales se incluyen «géneros de lenguas» e «interpretación de lenguas» (1 Co. 12:10). Si todos los creyentes han sido bautizados por el mismo Espíritu, pero no todos hablan en lenguas, resulta evidente que el bautismo del Espíritu no puede ser equivalente al don de lenguas.

Lo que ocurrió en Pentecostés fue que el bautismo del Espíritu coincidió, en ese momento inaugural, con la manifestación del hablar en otras lenguas. Pero esa coincidencia fue circunstancial, no normativa. El bautismo del Espíritu es la experiencia que incorpora al creyente al cuerpo de Cristo en el momento mismo de la conversión. Ocurre una sola vez, el día en que una persona cree genuinamente en Jesucristo como Señor y Salvador, arrepintiéndose de sus pecados. Es ese bautismo lo que traslada a alguien de la condición de no creyente a ser parte de la familia de Dios. No se pierde, no se repite y no es un privilegio de algunos: pertenece a todo aquel que ha creído.

La llenura del Espíritu: recurrente, progresiva y mandatoria

La llenura del Espíritu, en cambio, es una experiencia diferente. El libro de los Hechos la describe en múltiples momentos y en distintas personas. Pedro, que había sido lleno del Espíritu en Pentecostés (Hch. 2:4), vuelve a ser descrito como «lleno del Espíritu Santo» al dirigirse a los gobernantes de Israel (Hch. 4:8). Pablo recibe la llenura a través de Ananías poco después de su conversión en el camino a Damasco (Hch. 9:17) y es descrito nuevamente como «lleno del Espíritu Santo» al enfrentarse a Elimas el mago (Hch. 13:9). Los discípulos de Antioquía, a pesar de la persecución, «estaban continuamente llenos de gozo y del Espíritu Santo» (Hch. 13:52). La llenura, entonces, no es un evento único sino una realidad continua y renovable.

Vale la pena señalar que esta llenura no es exclusiva del Nuevo Testamento. Ya en el Antiguo Testamento encontramos artesanos llenos del espíritu de sabiduría para construir el tabernáculo (Éx. 28:3; 31:3), a Josué «lleno del espíritu de sabiduría» para conducir a Israel (Dt. 34:9) y al siervo de Isaías sobre quien reposa el Espíritu del Señor para proclamar buenas nuevas a los afligidos (Is. 61:1). La obra del Espíritu en los creyentes no comenzó en el aposento alto; tiene raíces profundas en la historia redentora.

El apóstol Pablo, lejos de presentar la llenura como una experiencia opcional o reservada a creyentes especialmente avanzados, la formula como un mandato directo: «No se embriaguen con vino, en lo cual hay disolución, sino sean llenos del Espíritu» (Ef. 5:18). El imperativo es claro. La pregunta, entonces, no es si la llenura es para todos los creyentes —lo es—, sino por qué no todos la experimentan.

En la medida en que nosotros nos rendimos a Dios, en esa misma medida el Espíritu de Dios hace su trabajo en nosotros.

La razón por la que muchos cristianos no viven en la llenura del Espíritu no es teológica sino práctica: esta llenura depende del grado en que el creyente está dispuesto a ceder el control de su vida a Dios. No es un logro ni una conquista espiritual; es el resultado natural de la rendición.

Una distinción que transforma la vida cristiana

Distinguir correctamente entre el bautismo y la llenura del Espíritu Santo no solo clarifica la doctrina, sino que orienta la vida cristiana de manera concreta. Todo creyente ha sido bautizado por el Espíritu en el momento de su conversión: esa es una realidad objetiva, firme e inmutable. Pero vivir en la llenura del Espíritu es una responsabilidad continua, renovada día a día en la medida en que el cristiano se rinde a Dios. Es precisamente esa llenura la que capacita para obedecer, para servir con fidelidad y para ejercer los dones espirituales de la manera que más glorifica a Cristo. Conocer la diferencia no es un lujo académico; es la base para una vida cristiana madura y fructífera.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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