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La bendición de ser abuela
La bendición de ser abuela

Foto de Marthn Luther en Unsplash

Mujer e identidad

La bendición de ser abuela

Mayra Beltrán 15 julio, 2025

Hay una frase de autor desconocido que se escucha con frecuencia y que siempre arranca una sonrisa: «Si hubiera sabido lo maravilloso que es tener nietos, me habría saltado la parte de tener hijos». Aunque dicha con humor, encierra una verdad profunda: muchos abuelos descubren en sus nietos una alegría distinta, más libre de presiones, culpas y temores. Después de convertirme en abuela, entendí que quien acuñó esas palabras no estaba del todo equivocado. A los nietos se les ama de una manera diferente: sin el peso cotidiano de la crianza, sin el agotamiento de los años jóvenes y con la madurez que solo da la experiencia acumulada.

El investigador Arthur Kornhaber señala que hay tres eventos transformadores en la vida sobre los cuales no tenemos ningún control: nuestro nacimiento, nuestra muerte y convertirnos en abuelos. Qué pensamiento tan profundo. Ser abuela ha sido para mí un regalo del cielo, una bendición que llegó envuelta en risas pequeñas, abrazos sinceros y miradas que lo dicen todo sin palabras.

La presencia que da forma a una vida

Hace doce años nació mi primer nieto, Noé, a quien tuve la bendición de cuidar hasta que comenzó la escuela. Esa experiencia me confirmó algo que ya intuía: no hay mayor dicha que ser un abuelo o abuela presente. Estar disponible implica hacer espacio en la agenda, poner a los nietos como prioridad y elegir estar con ellos aunque eso signifique dejar otras cosas de lado. Es aprender a encajar en su mundo, sin esperar que ellos se ajusten al nuestro.

Cuando estaba por nacer Noé, una amiga y hermana en la fe me regaló el libro Creative Grandparenting, de Jerry y Judy Schreur. En sus páginas aprendí que los abuelos creativos no solo soportan a sus nietos, sino que verdaderamente los disfrutan. Experimentan gozo genuino al escuchar: «Abuela, me encanta estar contigo». Le dan gracias a Dios cada día por ellos y por el vínculo especial que comparten. Arthur Kornhaber y Kenneth Woodward, en su libro Grandparents/Grandchildren, llaman a esta relación «la conexión vital», y con razón: el lazo entre abuelos y nietos es profundamente significativo para el bienestar de ambas generaciones.

El legado que permanece cuando todo lo demás se va

Hace menos de un año, mi amado esposo Federico, con quien compartí 47 años de vida, partió con el Señor. Él cultivó con Noé una relación entrañable. Se llamaban mutuamente «compadres», una palabra muy nuestra que expresa una amistad profunda y leal. Federico le dejó a su nieto un legado de amor incondicional y de servicio, especialmente valioso por el tiempo que pudieron compartir antes de que la enfermedad avanzara.

Ese es el verdadero legado. La Escritura lo afirma con claridad: «El hombre bueno deja herencia a los hijos de sus hijos» (Prov. 13:22). Muchos piensan de inmediato en bienes materiales, pero el legado más valioso no es tangible. Federico no fue un hombre famoso, pero su funeral fue un testimonio elocuente de su fe: una celebración llena de esperanza, centrada en la Palabra de Dios. Como creyente en Cristo, estaba preparado para partir.

Mi exhortación a quienes somos abuelos es esta: esforcémonos por dejar un legado con valor eterno. Más allá de las posesiones, dejemos a nuestros nietos una pasión por la vida, un corazón para servir y una fe viva en Dios. Jesús mismo nos advirtió: «No se acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre destruyen, y donde los ladrones penetran y roban; sino acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre destruyen, y donde los ladrones no penetran ni roban; porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mat. 6:19-21).

Nuestros nietos necesitan ver que vivimos lo que creemos. Qué regalo tan poderoso sería que ellos dijeran: "Mi abuela vivía su fe; practicaba lo que predicaba".

Vivir bien para terminar bien

El legado piadoso no se construye en un solo momento, sino en la suma de días bien vividos. Se deja cuando amamos bien, servimos bien y terminamos bien. Como abuela, deseo poder decir algún día, junto con el apóstol Pablo: «He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe» (2 Tim. 4:7). Y anhelo escuchar a mi Señor decir: «Bien, sierva buena y fiel».

Ese es el legado de fe que quiero dejarles a mis nietos. La pregunta que nos queda a todos —abuelos, padres y creyentes en general— es la misma: ¿qué clase de legado estás dejando tú?

Mayra Beltrán

Mayra Beltrán

Mayra Beltrán está comprometida a honrar el diseño de Dios para la mujer. Esposa de Federico Ortiz, madre de dos y abuela de tres. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Diaconisa y miembro de la IBI, donde sirve como consejera y coordinadora del Ministerio de Mujeres Ezer.

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