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La gratitud antídoto de la queja
La gratitud antídoto de la queja

Foto de Phạm Trần Hoàn Thịnh en Unsplash

Emociones y alma

La gratitud antídoto de la queja

Mayra Beltrán 26 noviembre, 2022

Hay momentos en la vida cristiana en que la fe deja de ser un concepto abstracto y se convierte en la única ancla posible. Son los momentos en que la despensa está vacía, el ánimo está quebrado y las opciones humanas se han agotado por completo. Es precisamente en esos momentos donde Dios, el Proveedor fiel, se revela con una claridad que ninguna abundancia podría enseñar.

Lo que sigue es un testimonio de esa realidad: el relato de una familia que atravesó una crisis económica severa y descubrió, en medio del quebranto, que el Señor no solo provee recursos materiales, sino que sostiene el corazón, renueva la esperanza y transforma el carácter de quienes descansan en Él.

Una crisis que pone a prueba más que las finanzas

Las malas inversiones, la pérdida de clientes clave, los ingresos escasos y los gastos acumulados pintaron un cuadro de angustia que fue mucho más allá de lo económico. Una moneda se atesoraba como si valiera miles, porque podía completar el sobre de la leche, pagar un botellón de agua o alcanzar para un pañal. El gas, el cable, la electricidad —servicios básicos— se fueron uno a uno. La mesa se sostenía con pasta o algún invento con harinas para rendir.

Pero la escasez material no fue lo único que se desgastó. El ambiente del hogar se tornó triste e intolerante a los errores, porque cada fallo sumaba al peso de lo que ya faltaba. Y en ese clima de presión, el enemigo encontró terreno fértil: hizo eco de las frustraciones, amplificó la baja estima, y alentó conductas que dañaban la relación matrimonial y el orden del hogar.

La crisis financiera reveló lo que había dentro. Y lo que salió no siempre fue hermoso. Pero ahí, en esa honestidad brutal, comenzó algo genuino.

El momento en que solo quedaba clamar

Llegó un día particular —sin visitas posibles, sin monedas sueltas, sin nada en la alacena ni en la nevera— en que se preparó el último poco de leche para la hija bebé. Un frío invadió el cuerpo, seguido de enojo e impotencia. Con los dientes apretados y el pecho adolorido, la única salida fue sentarse en la cama y hablar con el Padre.

No fue una oración perfecta. Fue una oración real, con el famoso «¿por qué?» incluido. Pero en medio del llanto y el clamor, el Espíritu llevó a pronunciar palabras que eran más grandes que el dolor: «Eres dueño del oro y la plata, eres dueño de mi vida, eres nuestro Proveedor. Tú conoces nuestra necesidad. Descanso en Ti; ayúdame a descansar y esperar en Ti por el milagro».

Esa es la promesa sobre la que descansó esa oración: «Y mi Dios proveerá a todas sus necesidades, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús» (Fil. 4:19). Y Dios respondió. A pocos minutos de terminar el gemir, sonó el teléfono. Eran los padres, que no sabían nada del drama del hogar: habían llegado del campo con cajas llenas de plátanos verdes, un cartón de huevos, una funda jumbo de leche. El Señor había enviado su respuesta a través de quienes no tenían idea de que hacía falta.

Las lágrimas que vinieron después no eran de angustia, sino de gratitud profunda. Era el cumplimiento vivo de la palabra del Señor: «Yo, el Señor, soy tu Dios... abre bien tu boca y la llenaré» (Sal. 81:10).

El milagro fue hecho, pero una verdad más gloriosa se clavó en mi corazón para siempre: El Señor es mi sustento en todo, Él lo llena todo, ¡Él tiene control de todo!

Tesoros en vasos de barro: lo que la escasez enseña

Al final de ese día, sentada nuevamente en la cama, las lágrimas tenían un sabor completamente distinto. La experiencia había enseñado algo que la abundancia no suele enseñar: a saborear el proceso de las consecuencias y a adorar a Dios en medio de ellas. A ser intencional en mantener una conducta casta y prudente en el matrimonio, y a modelarla ante los hijos.

El apóstol Pablo lo expresa con precisión quirúrgica: «Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros. Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos» (2 Cor. 4:7-10). La fragilidad del vaso no es un obstáculo para la gloria de Dios; es, precisamente, el escenario donde esa gloria brilla con mayor intensidad.

El corazón humano es insaciable por naturaleza. En la escasez clama por lo que falta; en la abundancia, pronto desea más. Por eso el Señor no solo es necesario en los tiempos difíciles: es igualmente necesario en los tiempos de prosperidad, porque solo su Espíritu puede mover al creyente —hombre o mujer— a vivir con esperanza real, independientemente de las circunstancias. La fidelidad de Dios no cambia con la economía. Él es el mismo Proveedor en la escasez y en la abundancia, y su provisión siempre apunta hacia algo más grande que el sustento diario: apunta hacia Él mismo.

Mayra Beltrán

Mayra Beltrán

Mayra Beltrán está comprometida a honrar el diseño de Dios para la mujer. Esposa de Federico Ortiz, madre de dos y abuela de tres. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Diaconisa y miembro de la IBI, donde sirve como consejera y coordinadora del Ministerio de Mujeres Ezer.

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