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La queja: Nuestra actitud de ingratitud
La queja: Nuestra actitud de ingratitud

Foto de Shamshir Lall en Pexels

Emociones y alma

La queja: Nuestra actitud de ingratitud

Mayra Beltrán 28 noviembre, 2023

Hay un veneno mortal que contamina el ambiente que respiramos. Parece inofensivo precisamente porque todos lo respiran, y porque es tan común que casi ni lo percibimos. Ese veneno es la ingratitud, y está en todas partes. Está en las conversaciones cotidianas, en las redes sociales, en los hogares y, si somos honestos, en nuestros propios corazones. La ingratitud se expresa de forma constante a través de la tristeza, el desaliento y la falta de esperanza, y muchos de los pecados que han devastado nuestra sociedad pueden rastrearse hasta esa raíz: un corazón que no reconoce la bondad de Dios.

La ingratitud y la queja son, en esencia, sinónimos. Cada vez que caemos en la murmuración, estamos siendo ingratos. Y esa conexión no es nueva: tiene su origen en los primeros capítulos de la historia humana.

El origen de la ingratitud: una caída que todos conocemos

La perfección y la gratitud duran apenas dos capítulos en la Biblia antes de que todo se venga abajo. Dios había creado al hombre y a la mujer, les había dado todo el jardín para disfrutar, y les había reservado únicamente un árbol. La pregunta que latía en ese momento era sencilla y devastadora a la vez: ¿serían capaces de contentarse con el 99,9 % de lo que se les había dado, o se desestabilizarían por el 0,1 % que no se les permitía tener? Ese minúsculo espacio fue la grieta por donde Satanás se coló.

El enemigo no llegó con una mentira grosera; llegó sembrando insatisfacción. Cuestionó el carácter de Dios y llenó el aire con el veneno de la ingratitud. Y Eva lo respiró. Su perspectiva se transformó: «Así que cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió, y también le dio a su marido que estaba con ella, y él comió» (Gn. 3:6). Ese cambio en el corazón —de la gratitud a la ingratitud— hizo caer la primera ficha de dominó. Si hubiesen reconocido la infinita bondad con la que Dios los había bendecido, difícilmente habrían desobedecido Su voluntad. En nuestra ingratitud rechazamos a Dios; en nuestra gratitud sintonizamos nuestro corazón con el de Él.

La queja, un pecado que normalizamos

Todos nos quejamos. Nos quejamos del clima, del trabajo, del tráfico, de los jefes, del salario, de la familia y de una lista interminable de inconvenientes cotidianos. La queja nos sale tan natural y espontánea que se nos olvida que es un pecado. Jerry Bridges, en uno de sus libros, la incluye entre los llamados «pecados respetables»: aquellos que raramente aparecen en nuestra lista de faltas graves y que, por eso mismo, son especialmente peligrosos.

La razón de fondo es el egoísmo propio de nuestra naturaleza caída: asumimos que toda la realidad debe servir a nuestras preferencias, y nos quejamos de cualquier cosa que no lo haga. Sin embargo, la queja no es un fruto del Espíritu, y el apóstol Pablo lo deja absolutamente claro en Filipenses 2:14-16: «Hagan todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones, para que sean irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin tacha en medio de una generación torcida y perversa, en medio de la cual ustedes resplandecen como luminares en el mundo, sosteniendo firmemente la palabra de vida» (Fil. 2:14-16). El término griego gongysmon, traducido como «murmuraciones», señala directamente el hábito de quejarse. Y la instrucción no admite excepciones: no dice «algunas cosas» ni «la mayoría», sino todas las cosas.

Vale aclarar que sentir desaliento, tristeza, ira o pérdida es completamente humano. Dios no nos pide que suprimamos nuestras emociones. Pero sí nos llama a actuar sobre la verdad y no sobre los sentimientos, porque los sentimientos vienen y van, mientras que la Palabra de Dios permanece para siempre. Para el cristiano, la queja es destructiva: debilita el alma y enturbia el testimonio. ¿Quién se sentiría atraído al evangelio al ver a creyentes continuamente insatisfechos con la vida?

Muchas personas piensan que dejarán de quejarse cuando por fin sean felices. ¡Pablo nos indica que serán felices cuando por fin dejen de quejarse!

La queja que llega a los oídos de Dios

El libro de Números es, en gran parte, una historia de murmuración. En Números 11:1, los israelitas comenzaron una campaña de quejas que encendió la ira de Dios: «El pueblo comenzó a quejarse en la adversidad a oídos del Señor; y cuando el Señor lo oyó, se encendió su ira, y el fuego del Señor ardió entre ellos y consumió un extremo del campamento» (Nm. 11:1). Más adelante, en Números 14:27-28, Dios habla con dolorosa claridad: «¿Hasta cuándo tendré que sobrellevar a esta congregación malvada que murmura contra mí? He oído las quejas de los hijos de Israel, que murmuran contra mí. Diles: "Vivo yo" —declara el Señor— "que tal como habéis hablado a mis oídos, así haré yo con vosotros"» (Nm. 14:27-28). Un viaje que debía tomar menos de dos semanas les tomó cuarenta años, a causa de su desobediencia y sus quejas.

Dios no ha cambiado. Si la murmuración despertó su ira hace miles de años, sigue haciéndolo hoy. Y la razón es profunda: desde la perspectiva de Dios, quejarse es dudar de Sus promesas y de Su provisión. Quejarse es blasfemar Su soberanía y atacar Su señorío. Quejarse es acusar a Dios de ser un mal Padre.

Cuando la gratitud se convierte en una decisión

Pablo escribió Filipenses desde la prisión. Tenía todas las razones humanas para quejarse, y sin embargo animaba a otros a no hacerlo. ¿Por qué? Porque había descubierto algo transformador: había reconocido la soberanía de Dios en su circunstancia y se veía a sí mismo como prisionero del Señor, no de Roma. Entendió que si estaba encarcelado, era porque Dios quería que las personas a su alrededor escucharan el evangelio. Tenía una elección: difundir malas noticias a través de la queja, o buenas noticias a través del testimonio. Eligió lo segundo.

Esa misma elección está frente a nosotros cada día. La gratitud no es un sentimiento que espera condiciones favorables; es una decisión que se toma en medio de cualquier circunstancia, porque descansa en la certeza de que Dios es bueno, que Su soberanía es real y que Sus promesas son firmes. Convirtamos las quejas en gratitud: no como un ejercicio de positivismo vacío, sino como un acto de fe en el Dios que lo controla todo y que, en Su amor, permite cada circunstancia en nuestras vidas.

Mayra Beltrán

Mayra Beltrán

Mayra Beltrán está comprometida a honrar el diseño de Dios para la mujer. Esposa de Federico Ortiz, madre de dos y abuela de tres. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Diaconisa y miembro de la IBI, donde sirve como consejera y coordinadora del Ministerio de Mujeres Ezer.

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