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La historia bíblica de los 'Reyes magos'
La historia bíblica de los 'Reyes magos'

Foto de Mengliu Di en Pexels

Teología y doctrina

La historia bíblica de los 'Reyes magos'

Mayra Beltrán 10 enero, 2023

Cada diciembre, los pesebres llenan hogares, iglesias y plazas públicas con una escena entrañable: pastores, ángeles, bueyes y tres majestuosos reyes arrodillados ante un niño en un establo. Es una imagen hermosa y profundamente arraigada en la tradición navideña. Sin embargo, cuando nos acercamos al texto bíblico, descubrimos que la historia real de los sabios de Oriente es bastante diferente —y, si cabe, aún más fascinante.

¿Quiénes eran realmente estos hombres? ¿De dónde venían? ¿Llegaron a ver el establo? ¿Eran verdaderamente tres? Las respuestas a estas preguntas pueden sorprendernos, pero lejos de restarle valor a la historia, nos revelan algo aún más poderoso sobre la identidad de Jesús y la adoración que Él merece.

Lo que Mateo realmente nos cuenta

Los llamados «Reyes Magos» aparecen únicamente en el Evangelio de Mateo, y desde el primer versículo el relato deja en claro que el texto no los llama reyes, sino simplemente «sabios»: «Después de nacer Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, unos sabios del oriente llegaron a Jerusalén, preguntando: "¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos Su estrella en el oriente y lo hemos venido a adorar"» (Mt. 2:1-2).

Mateo no indica cuántos eran —la tradición del número tres surge de los tres regalos que trajeron—, ni los llama reyes, ni los describe llegando la noche del nacimiento. Lo que sí queda claro es que viajaron desde lejos guiados por una estrella, que se dirigieron primero a la corte del rey Herodes en Jerusalén y que, orientados por las profecías del Antiguo Testamento, llegaron finalmente a Belén. Y allí encontraron a Jesús, no en un pesebre, sino en una casa: «Entrando en la casa, vieron al Niño con su madre María, y postrándose lo adoraron; y abriendo sus tesoros le presentaron obsequios de oro, incienso y mirra» (Mt. 2:11).

Este detalle es significativo. Algunos estudiosos sugieren que Jesús podría haber tenido entre uno y dos años cuando los sabios llegaron, basándose en que el rey Herodes, al verse burlado por ellos, ordenó la matanza de todos los niños menores de dos años en Belén (Mt. 2:16). El pesebre ya quedaba atrás. Los magos no llegaron aquella noche de gloria; llegaron después, buscando con determinación al que habían reconocido como Rey.

Los regalos y lo que revelan sobre Cristo

Los tres regalos que los sabios llevaron a Jesús no eran simples ofrendas de cortesía. Eran artículos de extraordinario valor, probablemente importados de la Península Arábiga o del África subsahariana —lo mejor de sus tierras de origen— presentados ante quien reconocían como digno de toda honra.

El oro apunta a la divinidad y la realeza de Cristo, el Hijo de Dios. El incienso, quemado tradicionalmente como ofrenda a Dios en el culto hebreo, podía simbolizar la entrega sacrificial de Jesús por la humanidad. La mirra, utilizada para embalsamar a los muertos, señalaba hacia el sufrimiento y la muerte que aguardaban al niño que tenían ante sus ojos. Juntos, estos tres regalos trazan un retrato teológico completo: Jesús es Rey, es Dios y es el Salvador que vendría a morir.

Puede que los sabios no tuvieran plena conciencia del simbolismo de sus ofrendas. Mateo, en todo caso, no lo explica. Pero el Espíritu que inspiró las Escrituras sí lo sabía, y hoy nosotros lo leemos con la claridad que otorga la historia redimida.

Los hombres sabios honraron la realeza y el reino de Jesús mucho antes de que la mayoría se diera cuenta de quién Él era.

Una adoración que atraviesa fronteras

Quizás el aspecto más notable de esta historia no es cuándo llegaron los sabios ni cuántos eran, sino quiénes eran: eruditos, probablemente ricos, no judíos y muy posiblemente paganos. Hombres de Oriente que no pertenecían al pueblo del pacto, que no habían crecido leyendo la Torá ni esperando al Mesías —y sin embargo, fueron ellos quienes cruzaron desiertos para postrarse ante el niño de Belén.

El nacimiento de Jesús no fue un acontecimiento local. Fue el evento más universal de la historia humana. Dios se hizo carne no solo para Israel, sino para el mundo entero. Y estos sabios, arrodillados en aquella casa de Belén, fueron los primeros representantes de las naciones en reconocerlo.

Ese mismo llamado nos alcanza hoy. Como los sabios, somos invitados a dejar atrás lo cómodo y lo conocido, a seguir la luz que tenemos, y a presentarnos ante Cristo con todo lo que somos. No con oro ni mirra, sino con lo único que verdaderamente podemos ofrecerle: nosotros mismos, en adoración. Esos hombres —eruditos, poderosos, extranjeros— se arrodillaron ante un niño y lo adoraron. Esa es la respuesta correcta ante el Dios que se hizo carne por amor a nosotros. El desafío para cada creyente hoy es que ese amor se refleje en nuestras vidas mientras le adoramos con todo lo que tenemos.

Mayra Beltrán

Mayra Beltrán

Mayra Beltrán está comprometida a honrar el diseño de Dios para la mujer. Esposa de Federico Ortiz, madre de dos y abuela de tres. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Diaconisa y miembro de la IBI, donde sirve como consejera y coordinadora del Ministerio de Mujeres Ezer.

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