IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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Miguel Núñez • 23 marzo, 2018
El debate sobre la pena de muerte divide a los creyentes en dos campos bien definidos. Quienes se oponen argumentan que los principios del Nuevo Testamento —gracia, misericordia y perdón— la hacen incompatible con la ética cristiana, y añaden que la Ley de Moisés fue cumplida por Cristo. Quienes la defienden responden que Génesis 9:6 no pertenece a la Ley mosaica, sino a los ordenamientos dados por Dios antes y más allá de ella, y que por tanto permanece en vigencia. Este no es un debate menor: en él se juega nuestra comprensión de la justicia, de la imagen de Dios y del rol del Estado en el mundo que Él gobierna.
Para participar en esta conversación con seriedad, es necesario ir más allá de las reacciones emocionales y examinar lo que las Escrituras enseñan con claridad. No es tan simple como parece.
El texto central de esta discusión es Génesis 9:6: «El que derrame sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada, porque a imagen de Dios hizo Él al hombre» (Gn 9:6). Este mandato fue dado a Noé mucho antes de que existiera Israel o la Ley mosaica. Se trata de un principio de orden creacional, no de una regulación ceremonial o civil del pacto con Israel. Cuando Cristo cumplió la Ley, abolió las ordenanzas que apuntaban a Él tipológicamente; pero los fundamentos del orden creacional —como el matrimonio o el valor inviolable de la vida— permanecen intactos.
A esto se suma el testimonio de Romanos 13, donde Pablo describe al gobernante civil como «servidor de Dios para tu bien» y aclara que «no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigo del que practica el mal» (Ro 13:4). La espada no es meramente simbólica: representa la autoridad legítima del Estado para ejecutar justicia sobre el crimen más grave, el asesinato deliberado. El gobierno, en este sentido, actúa como ministro delegado de Dios para defender la vida humana y castigar a quien la destruye.
El argumento más profundo a favor de la pena de muerte no es punitivo, sino teológico: el ser humano es portador de la imagen de Dios. Eso lo convierte en algo de valor incomparable. Cuando alguien asesina a otro, no solo destruye una vida; atropella la imagen de Dios inscrita en esa persona, y eso es algo que Dios mira con alto desagrado. Santiago lo expresa de manera elocuente al señalar que ni siquiera se debe hablar mal de un hermano, porque hacerlo daña la imagen de Dios en él (Stg 3:9). Si hablar mal es ya tan serio, ¿cuánto más lo es quitarle la vida a alguien?
El problema es que nuestra generación ha perdido esta perspectiva. Vivimos rodeados de un aborto normalizado, de una industria del entretenimiento que banaliza la muerte y de medios de comunicación que presentan los asesinatos con tal frialdad gráfica que ya no nos impactan. El resultado es una insensibilidad colectiva ante la pérdida de vida humana. Y es precisamente esa insensibilidad la que hace que la pena de muerte nos horrorice: no porque hayamos madurado moralmente, sino porque hemos dejado de ver el peso real de lo que significa matar a alguien que lleva la imagen de Dios.
Eliminar la imagen de Dios en esa persona es algo que Dios mira con alto desagrado.
Un matiz esencial en esta discusión es quién tiene autoridad para aplicar la pena de muerte. En el Israel antiguo, el sistema era diferente; hoy, esa autoridad no recae sobre el individuo agraviado. Si alguien asesina a un ser querido, la víctima o su familia no tienen derecho a tomar justicia por mano propia, porque esa autoridad no les ha sido delegada por Dios. La pena de muerte corresponde al Estado, y solo después de que los procesos judiciales debidos hayan establecido la culpabilidad con toda certeza. Este requisito de rigor procesal no es un detalle menor: precisamente porque la vida humana tiene un valor sagrado, los mecanismos para quitarla deben ser los más cuidadosos y justos posibles, evitando así los errores judiciales que han manchado la historia de su aplicación.
Apoyar la pena de muerte, lejos de contradecir el alto valor de la vida humana, es en realidad una afirmación de ese valor. Es reconocer que tomar una vida hecha a imagen de Dios tiene consecuencias que ninguna sociedad puede trivializar. La posición bíblica no es ni vengativa ni indiferente: es la que toma en serio tanto la justicia de Dios como la dignidad del ser humano. Recuperar esta perspectiva exige que los creyentes se acerquen a las Escrituras con honestidad, resistiendo la presión cultural que nos invita a relativizar lo que Dios ha establecido con claridad.
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