IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El mundo despertó un día con la noticia de la muerte de Billy Graham: sin lugar a dudas, la figura más emblemática del movimiento evangélico de las últimas décadas. Russell Moore afirmó que Graham fue el mayor evangelista desde la época del apóstol Pablo, y no es difícil entender por qué. Cientos de millones de personas fueron expuestas a la verdad del evangelio a través de su ministerio, y naciones enteras escucharon el mensaje de salvación por medio de un solo hombre consagrado a Dios.
La historia de Billy Graham recuerda la del apóstol Pablo, de quien J. Gresham Machen —fundador del Seminario Teológico de Westminster— afirmó que fue el instrumento a través del cual la fe cristiana dejó de ser vista como una secta del judaísmo en Jerusalén para convertirse en una religión mundial. Dios ha demostrado, una y otra vez, que puede cambiar el mundo una persona a la vez. Billy Graham fue, en nuestra generación, una prueba viviente de esa verdad.
A lo largo de toda su vida, Billy Graham tuvo un único tema de predicación: el evangelio de Jesucristo. Esa fidelidad a un solo mensaje fue la columna vertebral de su ministerio. No se dispersó en causas secundarias ni cedió a las presiones de quienes esperaban de él una agenda diferente. Fue buscado por varios presidentes de los Estados Unidos en momentos de crisis nacional, reconocido como un hombre confiable que podía interceder a favor de su pueblo. Y sin embargo, nunca incurrió en la política ni se vio involucrado en escándalos de ninguna naturaleza. Su camino fue recto desde su conversión hasta los umbrales de sus cien años de vida.
Lo que más impresiona de su trayectoria no es solo la escala de su influencia, sino la integridad con la que la sostuvo. En una ocasión, tras una de sus exposiciones en Europa, un periodista le preguntó a qué atribuía él que tanta gente respondiera a sus llamados al arrepentimiento, especialmente considerando que su predicación no era particularmente profunda desde el punto de vista teológico. La respuesta de Graham fue memorable: «Esa será la primera pregunta que le haré al Señor cuando entre a Su presencia». En esas palabras se resume su carácter: un hombre que nunca pensó más de sí mismo de lo que realmente era.
Sus logros fueron numerosos, pero su cabeza nunca creció a causa de ellos. A diferencia de su corazón, que siguió ensanchándose hasta el final de sus días por el amor a Dios, al evangelio y a los que aún no conocían al Señor Jesucristo. Pocos hombres en la historia reciente han mostrado una pasión tan sostenida y genuina por quienes todavía no han creído.
Billy Graham siempre estuvo consciente de la enorme misericordia de Dios y, al mismo tiempo, no perdía de vista que esa misericordia tiene un límite en el tiempo, y que tras ella viene el juicio. Por eso, con urgencia pastoral, repetía una y otra vez: «Hoy es el día. Ahora es la hora de definir tu vida. Esta es la hora del arrepentimiento». Sus palabras resonaban con el eco de las Escrituras: «He aquí, ahora es el tiempo aceptable; he aquí, ahora es el día de salvación» (2 Co. 6:2).
A diferencia de su corazón que siguió ensanchándose hasta el final de sus días debido a su amor por Dios, por el evangelio y por los perdidos.
La muerte de Billy Graham marca el fin de una era. Hay un antes y un después. Pero su legado no debería reducirse a una página de la historia eclesiástica: debería convertirse en una convocatoria viva para todos los que hoy lideran y para todos los que están siendo liderados.
Que su amor por el evangelio inspire a quienes predican. Que su integridad desafíe a quienes ejercen influencia. Que su humildad corrija a quienes confunden el éxito ministerial con grandeza personal. Y que su urgencia evangelística despierte en cada creyente una preocupación renovada por aquellos que aún no conocen al Señor. Ciertamente es Dios quien hace que las cosas ocurran, pero siempre lo hace a través de hombres y mujeres que Él elige para Sus propósitos. Billy Graham fue uno de ellos: un hombre de gran visión, de gran pasión y de gran corazón, respaldado sobre todo por un gran Dios, lento para la ira e infinito en misericordia. Damos gracias a Dios por su vida y por haber hecho de Billy Graham el siervo que llegó a ser.
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